Zardoz john Boorman (con Bill Stair)



Descargar 470.96 Kb.
Página9/10
Fecha de conversión04.02.2019
Tamaño470.96 Kb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10

Capítulo IX - INTERCAMBIO DE PODERES

Los tres conspiradores se hallaban en el centro del campo de tareas del Amigo.

Estatuas, cuadros, escudos, disfraces, armas, joyas y chucherías: solidificados testimonios del pasado. El Amigo había logrado una hazaña insuperable, y había construido pasajes que comunicaban entre sí toda la acumulación de siglos que él compartía. Su remoción y colocación en grupos afines le había llevado incontables años. Luego hubo de efectuar la catalogación del contenido de las cajas y su debida correlación antes de que pudiera extraer conclusiones de esta colección de monumentos, representativos de la diversidad del hombre. Estas conclusiones del pasado agrupaban hechos acaecidos largo tiempo atrás. No obstante, ¿cuál era el objeto?

Quizá por ello el Amigo se había convertido en un cínico.

Sin embargo, éste sería un lugar adecuado para instruir a Zed, y el Amigo sería un buen maestro… y aún un mejor guía, a través de la suma total del pasado. Se encontraban en el subterráneo, en el centro del laberinto, bien protegidos por sólidas puertas herméticamente cerradas.

May y su séquito femenino eran unas instructoras objetivas. Cada una era la mensajera y comunicante de una rama de los saberes. Ellas le darían individualmente armas de conocimiento, con las cuales él podría combatir a su principal enemigo. Física, química, matemática, lingüística, filosofía… Y cada una de ellas poseía nociones en otros campos, a fin de prepararlo para la batalla y ayudarlo en la búsqueda y destrucción del Tabernáculo.

Así como Zed dentro del Vórtice era como una aguja en un pajar, el Tabernáculo se amparaba dentro del vasto límite de la comunidad. Zed concebía que así como la superficie del Vórtice era circular, él podía encontrarse ahora en otro mundo subterráneo y esférico, pero igualmente prisionero. Percibía que el globo se extendía a gran distancia de su persona. En el centro se encontraba el creador de la fuerza, y en su proximidad, se hallaba Zed. La única manera de penetrar la pared era la de un ataque al centro.

Como primera medida debía equiparse como cualquier otro guerrero: con armas especiales para el combate, y con toda la información necesaria para encontrar y liquidar a su presa. Las paredes se desplomarían, y una vez que el aniquilamiento hubiera sido completado, sus aliados se volcarían en la ciudad y matarían a toda la población, y luego emprenderían la retirada después de haber cumplido su misión.

Zed era un espía dentro de la Ciudadela, pero había quedado expuesto, capturado y sentenciado y se encontraba actualmente sobreviviendo con tiempo prestado. No había tiempo para preparar su búsqueda. Brillante como era, no podría absorber todas las habilidades necesarias. Para adquirirlas necesitaría largos años de estudio y de ejercicio mental. Ningún hombre podía escalar esas alturas. El tiempo lo había derrotado. Era cautivo de una fuerza invisible e inexorable. El tiempo, esa era la clave.

Ya tenía aliados. El Amigo era un implacable colega que compartía el odio por el sistema, y su propósito era el mismo: exterminar el lugar. El acuerdo negociado con May sería respetado; la inseminaría a ella y a su séquito de mujeres, y les daría orientaciones para que pudieran abandonar el lugar rumbo al este, una vez que hiciera estallar las murallas. Podrían comenzar una nueva vida y un nuevo mundo, y fecundar esas tierras desoladas. Con la combinación de fuerzas en su poder podrían repoblar la tierra, y si por algún infortunio fueran victimadas, sería por designio natural.

May quería la vida insuflada por él. Ella no lo defraudaría, aunque quizás el tiempo podría ser capaz de hacerlo.

Estas reflexiones embargaban su mente cuando sus pensamientos fueron interrumpidos por un estruendoso ruido que provenía de la superficie. La tropa de Consuella se encontraba a la puerta.

—¿Cuánto tiempo nos queda? —preguntó Zed a May, a pesar de que sabía de antemano la respuesta.

—Nosotros no actuaremos en términos de tiempo. Te instruiremos a través del contacto físico. Recibirás nuestros conocimientos por ósmosis. Tus poderes mentales son superiores a los nuestros, y con ese conocimiento podrás lograr aquello que nosotros no pudimos.

Guiarían y empaparían a Zed con su sabiduría hasta llegar a una fusión mental por medio del contacto epidérmico, y a medida que se producía la inseminación, ellas le pasarían sus semillas de sapiencia, que germinarían en su ser. Zed, a su vez, les trasmitiría la fuerza vital, que se arraigaría en ellas.

Esa unión sexual y mística los envolvería en un elevado ambiente astral, ajeno al mundo y fuera del espacio y del tiempo. Para una persona como Zed ―que ignoraba el arte de la meditación y perfeccionamiento físico― el proceso iba a ser arduo, pero no restaba otra alternativa.


Tomándolo de la mano, May lo condujo al Museo, donde sus compañeras lo esperaban escondidas entre las estatuas. Lo recostaron y cubrieron su cuerpo con los propios, como pétalos. Ciencia, religión, filosofía y arte…, cuatro áreas monumentales que debían ser abarcadas en breve tiempo, con el cual no contaban.

El curriculum de estudios no estaría completo, ya que era imposible transmitirle todas las facetas de ficción y realidad, arte y vida. A pesar de que la armazón no sería adecuada, bastaría para protegerlo…, siempre que Zed fuera capaz de resistir la locura que podía apoderarse de él, al alejarse del tiempo nuevamente. Cada Eterno había practicado y desarrollado lentamente la técnica de transportarse a elevadas regiones de ensueño, donde el tiempo refluía como una ola; una ciencia que les demandó un siglo de estudio y consagración a ella.

La inmersión de Zed en peligrosas y profundas distancias de otro tiempo y la sacudida que la receptividad de esta nueva sabiduría provocaría en su ser, podrían combinadamente resultar fatales.

Ese era el riesgo que debían asumir. Era considerable, como así también las probabilidades de éxito. Contaban en sus manos con la última carta, y tenían que triunfar. Habían extirpado una vez sus secretos pensamientos, y retrocedido en el tiempo para observar los orígenes del Vórtice. Zed esta vez recibiría imágenes de la existencia de otros seres que lo colmarían con pensamientos sólidos y bien modelados. Una arquitectura que se había solidificado a través de la inquietud humana y las pruebas del tiempo.

Los Apáticos habían vaciado virtualmente su espíritu, vacío que los acontecimientos venideros ayudarían a rellenar. Los Eternos habían agotado su cuerpo, dejándole dolorosas llagas; estas mujeres masajearían sus músculos con suavizantes bálsamos, mientras él atravesaba esta etapa de sueño con plena conciencia.

Zed miró a su alrededor y vio que se encontraba en un ámbito rodeado de cortinaje aterciopelado, tendido en un sofá. Sintió luego un contacto femenino que lo transportaba en una continuidad de espacio y tiempo, que se extendía como un camino llano y zigzagueante inundado por un oscuro vacío, por el cual deambuló abandonado, perdido y a la deriva.

Signos en lenguas foráneas y palabras entonadas en distintos idiomas danzaban ante su vista: la música y poesía de épocas inmemoriales.

Las mujeres rodaban encima de él y a su alrededor. Zed flotaba más allá de toda gravitación. Otras imágenes de distintas épocas se le antepusieron; su mente absorbía esta interminable información. Todo ese valioso caudal de datos pasaba por su cerebro de modo tan acelerado, que su consciente no lograba asimilarlo.

Las mujeres le hacían masajes, montadas sobre él e inversamente. Zed sentía la comunión de sus cuerpos y mentes.

Allí donde los Apáticos lo habían tocado, experimentaba el dolor del vacío; en cambio donde lo hacían ellas sentía la felicidad de un aporte. Las imágenes proyectadas deslumbraban su vista. Amebas, suaves y plegables, crecieron y danzaron en dimensiones nunca soñadas y lo envolvieron dentro de su masa gelatinosa. Emergieron palacios geométricos en escala inimaginable e intrincada en torno suyo, llenos de números y circuitos que se iluminaban y apagaban con cambiantes luces.

Los cuerpos de las mujeres se tornaron más voluminosos, y su carne se disolvió para mostrar sus huesos y sus mecanismos vitales. Entonces se tranformaron en diagrama de vida, que se remontaba a los antiguos delineamientos del organismo del hombre, el linaje de su existencia. Luego avanzaron hacia el presente, y una vez más Zed fue engullido por la placentera presencia de la fuerza femenina, entera, firme y cálida.

Miró con nuevos ojos. La enceguecedora luz no los lastimó. Estaba henchido y lleno de brillo; todas sus venas fluorescían, cada una vivificada con el nuevo crecimiento. Zed fue transportado a elevadas alturas y luego descendido hasta el abismo terrestre, al núcleo de las moléculas; y nuevamente fue trasladado al espacio, para observar desde allí su propia e infinita insignificancia.

Miles de guerreros reemprendían guerras a través suyo; campañas de un siglo de duración transcurrían en su ser vertiginosamente. Sones musicales repercutían y se multiplicaban dentro de su sistema, su cuerpo convertido en un arpa viviente.

Distintos matices de colores, de formas deslumbrantes, crecían a su alrededor hasta dimensiones gigantescas y luego se encogían, maravillando a Zed por su pequeñez e intrincadas formas, en contraste con su grotesco tamaño.

Comenzó a recorrer la tierra nuevamente, desde los albores del tiempo. En él se encarnaban todos los hombres y mujeres del pasado. Cayó a través de enormes brechas, negros precipicios que podrían devorarlo como a una blanca chispa de luz. Pero un relámpago brillante iluminó el espacio: él podía ser la fuente, la oscuridad, la luz eléctrica y el flameante foco, todo en uno a la vez… y lo era.

Las pulsaciones latían por su cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, causándole placer. Zed penetró el cuerpo de cada una de ellas, por turno. Sus orgasmos explotaban como centellas de fuego ante sus ojos, revelando cada uno una nueva luz y sabiduría carnal.


El trémulo y satisfecho grupo compuesto por Zed, May y su séquito de mujeres, pareció desprenderse por un instante. La sexual y sensual comunión había decaído. El momento culminante había pasado. Avanzaron juntos, como en vuelo, por encima de una colorida cordillera. No existía ninguna escala para medir la altitud. Volaban por encima de los picos más elevados y lentamente la oscuridad se transformó en luz diurna.

Las mujeres descansaban, al igual que Zed. Él las veía ahora como algo más amplio que un grupo; eran parte de un ser superior: el Vórtice. Cada una de ellas, como unidades de un robot, habían sido seleccionadas desde el inicio, elegidas como parejas selectas para una singular función: la de trabajar en armonía con su contraparte.

Cuando los Renegados comenzaron a amenazar al estático sistema y fueron expulsados, el Vórtice perdió sus mejores y siniestras mentes, lo cual recargó las labores del resto. Quedaba solamente el núcleo central para hacer frente al creciente extremismo. Este ser único, dotado de amplios recursos y reservas ilimitadas, estaba demasiado forzado. Trataba de escindirse y rebrotar. May y su grupo serían las células de un organismo viviente que podían trasladarle a otro lugar.

El Tabernáculo era el sistema nervioso que distribuía los acontecimientos de un sector, grupo o individuo, a los otros, a todo lo largo de la geografía del Vórtice; el organismo que constituía la Comuna. Por consiguiente, no se trataba de un cerebro central. Era un sistema de líneas de sabiduría, entrelazadas y entrecruzadas cuando la ocasión lo exigiera. Era un enemigo diferente al que Zed había imaginado; no un gigante, sino una legión.

Su ira se acrecentaba incontroladamente, y parecía que estuviera en la sala del Tabernáculo: en el vientre de ese ser, y el lugar en que el Vórtice se regeneraba. ¿Se encontraba el Tabernáculo detrás de estas paredes?

Disparó ciegamente su revólver, pero ninguna de las balas estalló contra la pared. Los cartuchos estaban vacíos.

May exclamó:

—El Tabernáculo es indestructible y eterno.

Con este grito se despertó de su sueño, y se halló nuevamente sobre el diván. Las mujeres lo acariciaban, aún hambrientas de su cuerpo, despertadas de sus siglos de frigidez glacial.

El Amigo entró a esta habitación velada por cortinas, la carpa donde habían renovado la mente de Zed a cambio de una nueva vida. La pesadilla pasó como un relámpago a través de Zed, y se sintió ahora relajado y nuevamente en el presente. Antes de lanzarlo nuevamente al espacio para aterrizar en el camino oscuro que lo conduciría del principio hasta el final de los tiempos, el Amigo pasó las manos por los ojos de Zed, y esto bastó para que reaparecieran en el camino intemporal.


Se encontraban observando el principio de la historia del Vórtice. Los Eternos se hallaban sentados en la sala de contemplación ―ese lugar donde Zed había sido previamente exhibido―, protegidos por sus capullos de seda, cuyos límites servían de coadyuvantes que aceleraban el proceso contemplativo. Se mostraban visibles, pero distantes a la vez, hasta que sus mentes volvieran a su quicio.

Como fantasmas, el Amigo y Zed se pasearon en medio de ellos. Algunos recitaban para sí una letanía de aprendizaje. Infinidades de juegos de destreza y fuerza extraídos de la historia y del azar se practicaban con la velocidad de un rayo, y también fluía información y livianos debates.

Zed y el Amigo avanzaron años en esos ambientes. Un mayor número de Eternos se hallaba embargado en la contemplación. Habiendo descubierto que el intercambio de hechos y estudios avanzados no les abría nuevos horizontes, se habían volcado a la búsqueda del perfeccionamiento espiritual, y las travesías astrales constituían el único medio para realizar exploraciones distantes. Avalow crecía en este medio educativo.

En contraste, otros viajaban ausentes, vacíos y pasivos, como en una alfombra mágica, mientras las imágenes rotaban en la superficie de sus capullos. Más adelante, se convirtirían en Apáticos.

Otros, que divisaron nuevas rutas y cambios que no estaban permitidos, sufrieron desasosiego, resultando finalmente Renegados. Así como algunos tenían una visión limitada, la de los Renegados era excesiva.
De retorno al presente, el Amigo se dirigió a Zed, exclamando:

—Habíamos estado al borde de penetrar los misterios, sólo para encontrar que nuestras mentes eran ineficientes. Queríamos resolver todos los problemas que habían traicionado al hombre, pero carecíamos de la capacidad suficiente.

Zed hizo una seña afirmativa.

—Yo veo solamente a un ser: un monstruo ciego condenado a la vida eterna, renaciendo en base a planes desvanecidos.

Apenas las células del cuerpo humano envejecían y perecían eran copiadas, permitiendo que las imperfecciones fueran reproducidas. Éstas a su vez saldrían más opacas y defectuosas que las anteriores; de ahí que cuando los Eternos se re-producían subsistieran pálidas sombras de su composición anterior. Y así sucesivamente, hasta que esas sombras se derretían en el olvido.

¿Cómo estaban vinculados entre sí, y al Tabernáculo? El Amigo hizo retroceder a Zed en el tiempo, hasta el mismo comienzo.


Se encontraban frente a un eminente científico, que en la actualidad era un Renegado charlatán, el mismo que había señalado a Zed cuando entró por la ventana. Éste se encontraba parado al lado de una mesa, sobre la cual se hallaba May, con una profunda incisión en la frente. El científico tenía en sus manos una pinza con un diminuto cristal en las puntas, el que colocó en la herida, diciendo:

—Este cristal nos unirá el uno al otro, y a todos con el Tabernáculo.

Cada uno era provisto ceremoniosamente con ese tercer ojo. Y así todos los Eternos llevaban ese diminuto transmisor, que irradiaba cada experiencia para ser grabada en el Tabernáculo. Cuando perecían eran reconstruidos sobre sus mismos esquemas, comenzando por un tejido registrado. El acelerado feto era programado con toda la vida y experiencia del difunto hasta el momento de su muerte, de manera que él o ella pudiera reinstalarse nuevamente en su lugar en el Vórtice. Los viejos científicos dieron comienzo al proceso, explicó el Amigo.

—Ellos eran los mejores científicos del mundo, pero eran hombres de edad madura y demasiado condicionados a la mortalidad, y por ello se convirtieron en Renegados. Nosotros nacimos en el Vórtice, y somos sus descendientes. Éramos más aptos para encarar la vida eterna. Los Renegados sólo vociferan vehementemente los tristes vestigios de su gloria pasada.

Mientras Zed observaba, el Amigo condujo retrospectivamente a los Renegados. Su aspecto y facciones mostraban seres aun más orgullosos y majestuosos. El científico jefe estaba sobre una plataforma, frente a su auditorio.

—Nos enclaustraremos en este lugar de estudio. La muerte será esfumada. Solicito al Tabernáculo que borre de nosotros todos los recuerdos de su construcción, de manera que jamás lo podamos destruir. Si alguna vez uno de nosotros tuviera un imperativo deseo de morir, aquí el hombre y la suma de su conocimiento nunca se extinguirá, y el conjunto proseguirá su marcha hacia la perfección.

Los creadores de la Comuna habían ocultado deliberadamente todo conocimiento de la construcción de la vida eterna, de modo de protegerse ante cualquier ataque, inclusive uno propio.

La época en que se construyó la Comuna era desesperante; el mundo y todos sus habitantes sufrían dolencias mayores que las del terror. Un nuevo Diluvio había arrasado con todos, excepto por estos pocos que, preparados como el astuto Noé, habían navegado sobre la cresta de una ola hasta el aislado Vórtice. El Arca era hermética, de manera que quedaron protegidos y a la vez encerrados en su interior para siempre.

―¡Es una prisión! ¡Es una prisión! ―gritó Zed.

Se hallaba nuevamente sobre el diván, mientras el Amigo, en actitud de maestro y doctor, sagazmente meneaba la cabeza en medio de la batahola de tiempos idos y promesas de días venideros.

El Amigo lánguidamente aconsejaba a Zed. Era como si este último se encontrara en un viaje submarino, con el Amigo a flote para ayudarlo cuando emergiera a la superficie y para observarlo mientras nadaba en las profundidades.
Zed sobrevivió a su recorrido por todos esos lugares, y absorbió todo cuanto salió a su encuentro. No era un viajante pasivo ni durmiente. Estaba tan deslumbrado por la belleza de las escenas panorámicas y novedosas sensaciones, que flotaba de felicidad. Se sentía orgulloso y alerta, y temerario como un cautivo capitán bárbaro llevado a la Ciudad Imperial. Y no era una mera ilusión, ya que se encontraba en el centro de todo lo que había combatido; pero no rendiría homenaje alguno, prefiriendo observar, aprender y esperar la oportunidad de atacar. Si bien se hallaba solo y encadenado, su espíritu era supremo. Su lúcido ojo nunca pestañeó ante el miedo; vagaba sólido por los nuevos paisajes, aprendiendo continuamente.

Zed había considerado al Vórtice como una prisión, en la que los Eternos estaban encerrados a perpetuidad entre sus paredes. Si se comportaban en forma correcta, podían anticipar cientos de años de vida común. Todos se encontraban en celdas lujosas. Los desobedientes envejecerían en oscuros calabozos. Aquellos que cometieran suicidio eran trasladados nuevamente a la prisión. Las almas más débiles, cuyas mentes habían visto las condiciones verdaderas y carecían de la voluntad para cambiar, se convirtieron en enfermizos Apáticos, destinados finalmente al olvido. No obstante, no había ningún carcelero: sólo el Proceso, el Tabernáculo que gobernaba este espantoso lugar.

Era extraño pensar en los Brutales tratando de ingresar en este extraño enclave, convencidos de una belleza que ellos consideraban real y tan deseable. Esta prisión era la más cruel en su complejidad.
El Amigo interrumpió sus pensamientos, expresándose en voz alta:

—Es una nave. Una nave espacial. Toda esta tecnología tenía por finalidad viajar a las distantes estrellas. Ésta es la razón por la cual se desarrolló una vida prolongada y mecanismos contra la ley de gravedad: la Cabeza de Piedra voladora.

—¿Tú hiciste el viaje?

—Sí, y fue otro callejón sin salida. Existen todavía otros en el espacio, viajando en el vacío.

—Necesito tiempo —musitó Zed.

Era, en resumen, un Arca puesta a la deriva para esperar la marea baja. Fue planeada para asentarse en algún lugar y reiniciar la Tierra…, o, si las aguas no cedieran, navegar para siempre al garete; impotente, pero sin perder la esperanza. Otras naves fueron a las estrellas, para perpetuar los problemas de la humanidad en planetas lejanos; nunca se supo si aterrizaron con éxito o no. Si acaso lo hicieron, tenían aún que confrontar su propia idiosincracia, como así también los ignotos problemas del flamante planeta.

El sistema de control de los vuelos espaciales se encontraba en el Vórtice, y si esas naves se encontraban viajando a través de los años luz, y tenían que llegar a las estrellas más cercanas, habrían necesitado este mecanismo inmortalizante para sus tripulaciones. Todos sus especialistas, todo el sistema de control de la nave estaban ligados entre sí y a toda la nave por un Tabernáculo.

Toda la nave estaba circunscrita por un muro, a través del cual ellos podían ver pero que servía de protección contra los meteoros que pudieran atacarla; de ahí la potente pared que rodeaba al Vórtice. La fuerza era extraída de la propia gravitación; esto explicaba cómo volaba la Cabeza.

La meditación, la mente comunal, era para mantenerlos espiritualmente fuertes y estrechamente unidos.

El zoológico, en el cual Zed había vivido para repoblar el planeta insular sobre el cual ellos aterrizaron, contenía una recia raza de la cual se podrían procrear nuevas generaciones. De ahí que los Eternos fueran como navegantes monásticos, viviendo existencias de duro trabajo y ejercicios espirituales, meditando y perfeccionando aptitudes mentales hasta el momento en que pudieran aterrizar y colonizar.

Este Vórtice, en el cual Zed ahora permanecía, era el Centro de Control. Y si éste, el hogar modelo, estaba en decadencia antes de su llegada, entonces los otros mostrarían problemas similares. El diseño básico estaba en falla; las flaquezas eran inherentes al plan. El eslabón dejado en la tierra era un vehículo gemelo de los que se movían por el espacio, tan rápido como su par sobre el veloz planeta Tierra; un satélite impermeable al nivel de la superficie de la tierra.

Vórtice, la nave del tiempo.


May y sus mujeres habían prolongado la existencia de Zed al acelerar su índice de vida. Volaron a través del tiempo como cohetes, haciendo que el mundo exterior pareciera imbuido en la pereza. No obstante, las tropas de Consuella se hallaban prácticamente a la puerta, y quedaba muy poco tiempo real.

Avalow había entrado por una senda secreta, y se situó frente a Zed. Le dio otra prenda de su poderío: un cristal muy parecido a aquellos implantados en sus frentes tiempo atrás, pero mucho más grande. Al ofrecérselo, le dijo:

—Ahora te hemos dado todo lo que somos, y sólo queda un regalo pendiente. Contiene todo… y nada. Mira dentro del cristal, y verás allí las líneas conducentes al futuro. Cuando seas capaz de ver en este cristal, sólo entonces estarás preparado.

Zed miró dentro de la preciosa piedra y vio solamente el reflejo de su rostro, multiplicado y estrambótico. Pero no podía ver nada más en él; no le indicaba pista alguna.

Su embeleso fue interrumpido por una voz distante.

—He venido por ti.

Zed se puso de pie de un salto, empuñando el revólver en una mano y el cristal en la otra.

—Aquí —exclamó la voz, atrayendo su atención.

Zed acudió al llamado de la voz, pasando por corredores llenos de estatuas de hombres de piedra y mujeres de bronce, hacia el rincón de los disfraces, donde yacían figuras de cera lujosamente trajeadas esperando que se les rindiera un homenaje que nunca llegaría. Las vestimentas representaban a reyes, reinas y cortesanas de otros tiempos, una concreta reminiscencia del pasado de la tierra para los Eternos. Sin duda habían sido diseñados para su preservación en un museo o en algún lugar de aterrizaje, o tal vez fuera simplemente un botín saqueado con apuro antes de que el mundo cayera preso del desorden y del colapso, o quizá sólo un recuerdo de las locuras del poder que habían llevado al mundo a esta situación.

La voz provenía de entre ellos. Los macilentos rostros parecían más siniestros aún por su inmovilidad. Zed se abrió paso con el arma adelante. Una mano de guante blanco lo tocó mientras pasaba. Zed se revolvió hacia una elevada figura, vestida con sombrero de copa, capa y traje de etiqueta, y rasgó su inexpresivo rostro, arrancándole una delgada máscara de goma.

—Nos hemos conocido antes, ¿no es así? ―dijo el personaje.

La cara era redonda y sonriente, y llevaba una corta barba. Era Arthur Frayn.

—Frayn…

—Acércate; mis amigos Brutales me llaman Zardoz.



La sonrisa se desvaneció. Zed lo miró en los ojos desbordantes de locura, y no advirtió a tiempo que la mano de Frayn se descargaba sobre su tórax. Vio la hoja de una daga desaparecer dentro de su pecho, pero no sintió dolor. El shock de saber que se estaba muriendo lo azotó como una lluvia helada. Fue tomado por sorpresa por un embaucador.

—¡Venganza! —exclamó Frayn.

Zed agarró la daga mientras Frayn soltaba la empuñadura, se sonreía, daba media vuelta y se marchaba. Zed arrancó la daga de su pecho, y ésta rebotó. Era una broma: una daga de utilería, otro de los trucos de Frayn.

—¡Ahora estamos a mano!

Frayn había reaparecido al extremo de la fila de figuras. Podría tratarse de una alucinación, pensó Zed, y lo observó cautelosamente, aún jadeante por el shock de su ilusoria muerte.

Arthur hizo una seña con los dedos y apareció una bola resplandeciente flotando en el aire. El redivivo la tomó pasándola de mano a mano, una esfera rotativa de vidrio.

—“Habría valido la pena

El haber agredido la materia con una sonrisa,

El haber comprimido el universo en una bola



Para hacerla rodar en dirección a un abrumador enigma,

Para decir: Yo soy Lázaro, vengo de los muertos…”

Zed estaba trémulo. Zardoz había regresado, y los viejos temores latían en él.

—¿Te sabes la próxima estrofa? Es de T. S. Eliot.

Zed contestó:

—“Yo soy Lázaro, salido de la tumba,

Regreso para deciros todo, yo os diré todo…”

—Bien hecho. Bien hecho. Has aprendido bien tus lecciones.

—¿Qué vienes a decirme?

Arturo rió. Lanzó la bola de cristal hacia Zed; éste la tomó.

—¿Qué es lo que ves en la bola?

Zed la escudriñó al igual que el diamante de Avalow. No le aportó ninguna solución.

—Nada.

—Entonces… no tengo nada que añadir. No obstante, te enseñaré algunos trucos. Trucos de magia.



A continuación aparecieron coloridas madejas de seda, que flotaban en el aire provenientes de su vestimenta. Las recogió como flores mágicas. Banderas y pañoletas flotaron saliendo de la nada, mientras Arthur mantenía su inalterable sonrisa. Zed no pudo evitar acompañarlo en su gesto. El absurdo de la creación lo impactó. Arthur expresó:

—Bien, tú percibes la broma. Uno debe comprenderla: la broma cósmica.

Frayn se marchó entonces, dejando a Zed con otro obsequio más, o quizá otra pauta: una bola de cristal, formando un trío de auxilio juntamente con el diamante y su recuperado revólver.
Consuella y sus acompañantes estaban actualmente dentro del Museo; se movían encolerizados por su profunda superficie. Zed estaba protegido por las barreras interiores de defensa que levantaron en torno a él: el laberinto de corredores, y también la gigantesca área con todos sus extraños ocupantes y objetos. El Amigo había construido un increíble laberinto, que pocos podían penetrar. El túnel hacía de trinchera contra sus perseguidores. Las estatuas se balanceaban, a medida que el grupo de enloquecidos Eternos corrían desaforadamente entre ellas, buscándolo. Un hombre de piedra se tambaleó, cayó y se hizo trizas. Los valiosos tesoros artísticos cuidadosamente preservados fueron objeto del pillaje y el vandalismo, semejante a la violación de una tumba desacralizada.
Zed, sentado en el centro de la habitación del Amigo, en un alto sillón frente a una pequeña mesa, contemplaba los regalos que había recibido: el revólver, la piedra preciosa y la bola de cristal. La respuesta residía en esos objetos. Tenía que resolver el misterio… pero percibía que faltaba una pieza, otro obsequio tal vez.

Consuella se introdujo sigilosamente en la habitación, parándose a sus espaldas mientras que Zed, absorto en sus pensamientos y demasiado enfrascado en la solución del rompecabezas, no percibió su presencia.

La mujer llevaba una larga daga en la cadera. El cuello de Zed se encontraba a su alcance. Levantó su daga hasta que la hoja mostró su resplandor sobre la cabeza de Zed. Por fin Zed la vio reflejada en la bola de cristal, pero no se movió. El cuchillo quedó suspendido sobre su cabeza, ya sea detenido por la propia mano de Consuella o por una fuerza desconocida. Zed continuaba inmóvil: dejaría la decisión al destino.

Ella no podía atacarlo. Consuella finalmente le dirigió la palabra:

—He esperado con anhelo este momento…

Trató de prolongar unos instantes su alegría, pero su ánimo se tornó en remordimiento y derrota.

Zed se dio vuelta para mirarla a los ojos. Consuella dejó caer la mano que sostenía la daga y ésta cayó a sus pies.

—La búsqueda es siempre más interesante que la cacería —exclamó Zed, poniendo a un lado el revólver que empuñaba.

Consuella lo miró y añadió:

—Durante el curso de la persecución me identifiqué contigo… y destruí lo que comencé defendiendo.

—“Aquél que pelea demasiado tiempo contra los dragones, termina convirtiéndose en dragón”. Nietzsche.

—Yo no soy como las otras. Yo podría llenarte de vida y de amor…

Ella se sacó el anillo comunicador y lo puso en el tercer dedo de la mano izquierda de Zed, el dedo en el cual todos los Eternos lo usaban. Con ese acto, ella renunciaba a su posición en favor de él. Se unía a su causa, y lo situaba en un plano de igualdad con ella. Consuella reconocía los poderes de Zed.

—Tú me has dado lo que ninguna otra mujer me dio: amor. Si salimos de ésta, viviremos juntos. Vete ahora.

Su mente regresó a la superficie de la mesa situada frente a él, con el revólver, la piedra preciosa y la bola de cristal. Poseía ahora un regalo adicional: el anillo comunicador de Consuella, que colocó junto a los otros. Zed volvió a su estado pensativo, mientras que ella se alejó en silencio de la habitación.

En el exterior se escuchaban otras voces, que aullaban y gritaban en la oscuridad. Consuella salió a su encuentro, dirigiéndose a ellos con voz de mando:

—El Brutal no está aquí. Fue un error venir.

Zed levantó el diamante y lo acercó a sus ojos. Tenía muchas facetas, y estaba tallado por un experto para permitir la máxima reflexión y refracción. Alguien había tallado esta magnífica obra a partir de una piedrecilla opaca, para revelar su actual forma. Levantó también la bola de cristal, y la sostuvo entre él y el diamante. La bola actuaba como una lente magnificante.

—Refracción de luz infinita…

La luz podía ser dividida en muchas clases de destellos, de variados colores ―algunos invisibles para el hombre―, y todos ellos podían ser contenidos en este brillante y duro objeto. Los objetos de mayor reflexión y refracción de la tierra estaban hechos de carbono, uno de sus elementos más comunes. Aplastado bajo inmensa presión a kilómetros bajo tierra, el carbono había formado este diamante, la clave de su búsqueda.

Zed se dirigió al anillo comunicador, diciéndole:

—Tabernáculo, ¿qué eres?

Se encendió con una suave luz, pero no acudió ninguna imagen, solamente la voz.

—No está permitido.

—¿Dónde estás?

—No está permitido.

—¿Me conoces?

—Eres Zed. Tengo la impresión de tu voz y tu código genético, pero sólo cuento con fragmentos de tu memoria.

Zed colocó el diamante frente al anillo, para que el monstruo lo viera.

—Dime algo sobre el transmisor de cristal.

—No puedo proporcionar información que pudiera poner en peligro mi propia seguridad.

Zed miró el cristal y luego el anillo, y dio respuesta a su propia pregunta.

—Las emisiones cerebrales refractan rayos láser de onda longitudinal, filtrándose a través del cristal inserto en la frente. Son mensajes en clave, para su interpretación y archivo. ¿Sí o no?

El Tabernáculo hizo una pausa antes de contestar. Una rara vacilación. Un cambio en su procesamiento normal.

—No está permitido.

Zed continuó con la descripción de la naturaleza del Tabernáculo, tratando de sacar la clave a la superficie para provocar una confrontación.

—Un receptor debe ser como el transmisor. Yo creo que tú eres un cristal. En efecto, como este diamante… —Zed mantuvo el diamante próximo al anillo—. Aquí hay infinito espacio para el almacenaje de modelos de rayos refractados.

Esperó una respuesta. Cuando finalmente fue emitida, delataba una cierta humanidad y humor:

—Me tienes en la palma de tu mano.

—Pero… ¿podrías encontrarte en otro lugar?

El Tabernáculo podía moverse a través del espacio, proyectando su información de una a otra base. De este modo, si se atacaba y aplastaba un diamante, podía alejarse en vuelo antes de que llegara su fin. Era posible que hubiera miles de diamantes en el Vórtice; existían numerosos refugios para la luz que lo sabía todo. Un atacante jamás podría destruirlos a todos, ya que algunos estaban probablemente sepultados. No obstante, el Tabernáculo en su totalidad había sido absorbido por el diamante que él tenía en su mano. Lo había atraído de su guarida. La batalla propiamente dicha comenzaría ahora. Zed podía ser derrotado, y no había ninguna garantía de que aun si muriera en el proceso, la luz que era el propio Tabernáculo pudiera oscurecerse, apagarse o extinguirse.

Zed observaba una de las facetas del diamante, y ésta de pronto le reveló un agrupamiento de millones de ondas longitudinales, provenientes de todo el espectro y de más allá; deslumbrantes olas de energía se agitaban dentro del glacial recipiente. Finalmente podía ver dentro del diamante, tal como Avalow había predicho. Zed estaba confrontando con toda la sabiduría del Vórtice. El Tabernáculo optó por permanecer con Zed, a pesar de que podría haberse trasladado a una segura lejanía.

—No obstante, prefiero permanecer aquí.

—¿Por qué?

—Para confrontarte. Ya has aprendido a leer las ondas longitudinales en el diamante; ahora tratarás de borrar las reflexiones y destruirme. Tu ambición es destruirme, ¿no es cierto?

—Sí.


—¿Matarías a Dios?

—Oh, qué vanidad.

—Yo soy el resumen de todos estos seres, y de su sabiduría.

La batalla comenzaba. Zed sentía el poder seductor que trataba de atraerlo. Luego la voz se quebró en dos, tres, una docena y luego cientos de voces. Todos los seres que eran y habían formado parte del Tabernáculo comenzaron a implorar por su inmortalidad, formando un coro suplicante. El diamante brillaba con luces de colores que bailaban hipnóticamente frente a sus azorados ojos.

—Lo veo todo. Estoy por doquiera, y en ningún lado. Esta frase ha sido a menudo utilizada para definir a Dios. ―La sinfonía de voces se multiplicaba en innumerables coros, que cantaban sólo para Zed—. ¿Destruirías todo lo que somos y representamos?

—Debo hacerlo.

—¿No quisieras formar parte de nuestro núcleo? Unirte a nosotros, una luz brillando hacia el futuro… Amarnos, fomentar la verdad…

Todo era sumamente seductor; su resolución estaba flaqueando. De pronto, gritó: “¡NO!”, y simultáneamente todas las atractivas ilusiones desaparecieron.

El Tabernáculo había tratado de convencerlo con ternura. Zed no había esperado un ataque de esa naturaleza, pero lo sobrellevó bien.

¿Qué intentaría ahora, cómo lo atacaría?

Pero Zed estaba errado. El cerebro no se aventuró a confrontarlo otra vez; desapareció de su mano.

Zed miró alrededor, y todo se veía distinto. Corrió, tocando las paredes. Estaban cambiando; eran duras y vidriosas. La ilusión del cuarto se disolvió cuando golpeó contra los brillosos paneles que en un tiempo fueron pasajes del paraje subterráneo del Amigo. El interior que lo rodeaba era sólido y brillante. O el Tabernáculo había crecido a su alrededor, o lo había reducido a un tamaño microscópico, tragándoselo entero. No importaba cuál de los sucesos había tenido lugar, ya que ambos eran similares en su consecuencia. Zed estaba vivo, y en su organismo no se había producido ninguna alteración, ni tampoco en el Tabernáculo.

Las diversas posibilidades lo volvían loco antes de la inminente batalla. Ahuyentó sus temores y tanteó su revólver. Era lo suficientemente sólido.

El Tabernáculo habló nuevamente:

—Tú me has penetrado.

Zed esperó que las paredes lo atraparan, que los fantasmas saltaran sobre él. No pensó en mirar hacia abajo.





Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal