Zardoz john Boorman (con Bill Stair)



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Capítulo VIII - CONSUELLA, JEFA GUERRERA

La superficie de plástico cedía bajo la presión. Avalow retrocedió con la mano extendida, demasiado tarde para salvar a Zed, mientras la temblorosa estructura se desplomaba por encima de ellos. La muchedumbre avanzó como una ola sobre la base semicircular; acuchillaron con sus espadas y armas de filo, pero la delgada membrana no sucumbía.

Pero el material finalmente cedió. Un garrote introducido por la abertura golpeó su cuerpo. Zed cayó. Todo el anexo se estremeció, gimió, luego se dobló aplastado como una carpa sobre él. Lo iba a sofocar. Arrastrándose sobre sus rodillas y manos, trató de abrirse camino, pero la membrana, aunque clara como el agua, era resistente como el acero.

Una lluvia de golpes le cayó encima. Sus atacantes trataban de ultimarlo, exprimiendo el aire de la membrana y por ende de sus pulmones. Cerró en un puño su mano derecha y la colocó delante de su rostro. Lentamente se puso de espaldas, concentrándose como cuando Consuella trató de victimarlo, y comenzó a presionar contra la membrana.

El plástico cedía bajo la presión de su puño. Sus atacantes se detuvieron para observar sus agónicos esfuerzos contra el impenetrable material, pero se quedaron atónitos, viendo cómo su mano salía, lenta pero firmemente, hacia la luz que era la vida. Dieron un paso atrás, atemorizados, y a medida que ellos retrocedían, Zed avanzaba.

Con energía sobrehumana destrozó la membrana que lo aprisionaba, y como una víbora que se desprende de su piel se zafó de la bolsa embrional, dejándola vacía y arrugada; sólo residuos de plantas y recipientes destrozados componían ahora el jardín experimental de Frayn. Mientras permanecía erecto, lo azotaron nuevamente. Salió corriendo, y cruzó como una flecha a través de ellos hacia una carreta próxima a la panadería, y arrebatando una bolsa de harina recién molida, la arrojó al paso de sus perseguidores.

Una enceguecedora nube de polvo blanco se esparció entre ellos, detrás de la cual Zed desapareció. En medio de la densa bruma, los Eternos perdieron su derrotero y su presa.

Cuando todo se aclaró, él ya había huido. No quedaron ni huella ni rastro de Zed, ni siquiera una verja batiente delataba su trayectoria. Estaba libre dentro del perímetro del Vórtice, enardecido y con poderes mortales, habiendo probado poseer una fuerza incontenible y ser un avezado homicida.


Corrió con cautela hacia el lugar de la periferia donde había divisado a sus compañeros por última vez. Una mayor cantidad se había congregado —reunidos en el límite de la muralla invisible, en espera de su comandante Zed—. Él les indicó rápidamente que solamente tenía un plazo de seis días de vida, y tal vez menos, y que su tarea distaba de estar cumplida. Seguidamente les señaló que retornaran a su escondite, ya que oyó el rumor de los caballos de Consuella.

Se fundieron con la maleza, mientras que Consuella, a la cabeza de un séquito de perseguidores, pasaban como ráfaga a lo largo de la estrecha frontera de la muralla.

Consuella debió haber formado grupos para que aceleradamente cubrieran a lo largo de la circunferencia los límites de sus dominios. De esta manera podría abarcar toda la periferia en cuestión de minutos. ¿Sabría ella que Zed tenía partidarios esperando en las Tierras Foráneas, a escasa proximidad de la muralla, o pensaría que él trataría de huir por su cuenta, en su último intento de fuga?

Zed contaba con que Consuella creyera en esta última opción, puesto que eso significaría que continuaba menospreciándolo. Con esa esperanza, Zed saltó bruscamente en el aire y cayó casi verticalmente, a lo largo de una extensa ladera que, por su inclinación, ningún caballo podría recorrer. Él podría haber saltado justamente antes que ella llegara. Sus señales, el retiro de sus tropas y su escapatoria podría haberlas logrado secretamente. Si ella hubiera estado galopando con firme ritmo, los árboles podrían haberle brindado esa cobertura, esos segundos adicionales. Tocó suelo y salió corriendo, sin perder tiempo en mirar hacia atrás y ver si alguien lo había divisado. Consuella había patrullado los límites de la frontera, y pronto recogería la red para atraparlo de una vez por todas.

Zed trotó a través del bosque hacia el familiar claustro de los Apáticos, cuyas ventanas se asomaban oscuras entre las piedras. Se desplazó a lo largo de la pared y entre los erguidos árboles y saltó al patio. Ahora le llevaba una pequeña delantera a Consuella; seguramente lo habrían visto entrar. Zed vaciló y se escabulló en una galería, en el mismo lugar donde una vez había arrojado el pan y se había embarcado en una frenética danza ante el inerte auditorio de los Apáticos.

Entre esa gente agobiada por una parálisis, no existían amenazas, estaba todo inmóvil. Allí permanecían, todavía perdidos en una suerte de niebla subacuática, marchando hacia él tan lentamente que Zed casi no podía percibir ninguna noción de vida, mientras resollaba roncamente para respirar, tragando el aire que ellos escasamente aspiraban. Les volvió la espalda y apoyó su rostro en la pared de piedra ―que lo golpeó húmedamente y rasguñó su mejilla―, lo que le permitió espiar con un ojo en derredor a la plaza exterior. Consuella y su banda lo buscaban en el patio.

Zed miró hacia atrás y vio que los Apáticos habían avanzado apenas, como letales plantas vivientes; en alguna medida inhumanas, pero al mismo tiempo con las condiciones de seres vitales.

En la vanguardia estaba la muchacha que había abrazado, acariciado y después repudiado. Ésta abrió la boca y trató de hablar. Aterradoramente, todos trataban de tocarlo como arácnidos, con sus brazos extendidos igual que algas flotando en una profunda corriente marina.

Se oían ruidos de cascos sobre el empedrado trasero. Consuella y sus tropas habían invadido la plaza; un chasquido de fuego se unió al ruido del paso de la caballería. Consuella estaba incendiando todos los edificios, segando con la humareda a los animales de la granja, que huían en pos del aire libre, mientras ella mantenía la expectativa de atrapar al homicida.

Los Apáticos fueron embestidos y expulsados de sus refugios, bajo los cascos de los caballos de caza.

Consuella tenía un aspecto de marcial realeza, que Zed halló digno de admiración. Su pelo flotaba hacia atrás, mientras ella espoleaba a su cabalgadura. El cazador, ahora convertido en presa, se identificaba con su persecutora, y esto le complacía.

Una muchacha detrás de él extendió su mano, recogió una gota argentífera de la transpiración que emanaba del cuello de Zed, y la llevó a sus labios. Un temblor recorrió su cuerpo. Zed volvió la vista para observarlos. Los Apáticos se agruparon más cerca de él, observando el cambio en el cuerpo de la muchacha, y ella pasó a su vez la transpiración a otro par de labios, los de un hombre, y éste también tembló al tocarla y la siguió pasando con el mismo ritual. Otros la tocaban, y así se engendró una ola que se esparcía desde el centro hasta los grupos marginales, abarcando todo el grupo.

El humo avanzaba por las casas incendiadas. La muchacha besó a Zed en los labios.

—Nosotros… adquirimos… vida… de ti.

Luego volteó su rostro y besó a una vecina, que besó a otro. Continuaron besándose hombres y mujeres en una segunda ola. Esta energía trasmitida en forma colectiva derretía los congelados miembros y calentaba sus articulaciones y músculos. Algunos comenzaron a gemir, mientras la vida bullía en sus venas. Se pegaron al cuerpo de Zed como ventosas, oprimiéndolo con sus húmedos labios y extrayendo su esencia a través de su piel, igual que vampiros sobre una víctima en activa defensa.

Increíblemente, le estaban sustrayendo la vida. Después de todos los peligros que había superado, iba a morir en manos de estas criaturas letales. Zed, tambaleante, se echó para atrás, tanteando en su cuerpo para hallar la mágica hoja que Avalow le había proporcionado. Sus dedos tocaron la ajada hoja y la extrajo; llevándola a su jadeante boca la tragó, luchando por respirar.

Los Eternos estaban acercándose al escondite, atraídos por el creciente ruido, mientras un mayor número de Apáticos peleaba por el cuerpo del Exterminador. Se estaban dinamizando con su poderosa psíquis, que se sobreponía a su débil mentalidad, transformándolos en seres activos.

La poción de Avalow comenzó a restituirle la vida. Una vez más, había logrado sobrevivir. Consuella y dos jinetes avanzaron con estrépito por el empedrado y retrocedieron al verlo. Zed los distinguió, y se deslizó a tropezones buscando otra salida. Volcó una carreta para impedir que lo siguieran hasta el patio y atravesó el portal por el que había entrado, cerrándolo a su paso, y corrió hasta encontrarse nuevamente en el bosque, aún perseguido.

Miró por encima del hombro mientras corría y vio a los renovados Apáticos y al grupo de Consuella entreverarse en lucha. Muchos fueron pisoteados, pero otros Apáticos desmontaron a los Eternos de sus caballos; el humo empezó a elevarse impidiendo su visión de la escena y unas llamaradas se extendieron detrás de Zed mientras corría. El Vórtice estaba envuelto en su propia lucha. Podrían ser los primeros momentos de un holocausto que lo destruiría, si Zed sobreviviera para mantener vivo el fuego.

Tropezó, se sacudió y volvió a correr con paso tambaleante. Su cuerpo estaba sostenido sólo por su voluntad y la sabiduría de Avalow contenida en la hoja. Pero el día se extinguía, y lo propio ocurría con su ánimo. Su mente empalidecía como la luz del sol, al que captaba horizontalmente mientras huía por el bosque.

En la semioscuridad, Zed escuchó un extraño canto acompañado de música. Diminutas luces oscilaban delante de él, como fuegos fatuos en una extraña danza.

Las luces eran llevadas por los Renegados, cuyas cabezas parecían hinchadas y grotescas bajo su fulgor. Zed se acercó más y vio que estaban disfrazados con máscaras, quizás en celebración del incendio de los edificios. Gritaban, bailaban y lanzaban risotadas.

Zed estaba demasiado cansado para defenderse. Lo tenían en sus manos. Un viejo lo sacudió y exclamó:

—¡Es él, es él!

Un individuo disfrazado como la Muerte se agachó sobre el cuerpo exhausto de Zed.

—Ninguno de ellos podría atraparlo, pero cae en las manos de los pobres y viejos Renegados…

Zed se dirigió susurrante al círculo de caras que lo rodeaban:

—La muerte… Yo les puedo traer la muerte a todos ustedes. Busquen al Amigo. ¡Llévenme al Amigo!

—¿Qué dice? —preguntó una vieja.

—¡Cállate! —contestó otra.

Zed trató de visualizarlos como habían sido antes. Esas ruinas humanas habían sido la flor y nata del Vórtice: vigorosos, alertas y brillantes. Eran los únicos que ahora podían ayudarlo. Si sólo pudieran levantar sus velos de senilidad y verse como un reflejo de su propio pasado… Pero rechinaban los dientes, temblorosos, mientras argüían entre sí en una disputa privada y desconocida.

Zed cerró los ojos, exhausto.


Volvió a la realidad, y se encontró caminando. Sentía que su fuerza retornaba a medida que avanzaba. Las pequeñas luces aún bailaban alrededor suyo, y él formaba parte de la procesión por la Muerte. Zed caminaba con la Muerte. Era la novia de la Muerte.

Los astutos Renegados lo habían vestido con un viejo traje de bodas. Un velo cubría su rostro. A través de la gasa del encaje veía nítidamente distintas clases de luces; antorchas que eran llevadas de hoguera en hoguera y las llamas que flameaban y crepitaban a su alrededor. Toda la población estaba atolondradamente ebria por viejas reminiscencias de épocas violentas, revividas por el fuego.

Las pasiones estaban irrumpiendo a través de las arraigadas y estoicas costumbres que en una época constituyeron el firme sustento del Vórtice. Estupidizados por el exceso, los Renegados se bamboleaban borrachos, como si el mundo estuviera ladeándose, sacudido en su propio eje. En medio de esa conmoción, continuaban su traviesa marcha. La Muerte tenía apoyado sobre su brazo el de Zed, y éste lo palmeó, dirigiéndole una burlona mirada a través del velo. Zed percibió un vetusto chispazo en los juveniles ojos que iluminaban la arrugada cara, evocativa de otros hechos y épocas.

Zed miró en su torno con creciente horror. Las brechas en este mundo se ensanchaban, dando paso a una explosión interna. Algunos Apáticos habían atrapado a un Eterno en los matorrales y lo estaban matando a pedradas; sus risas acallaban los gritos de la víctima. Unas parejas hacían el amor apasionadamente, bajo la luz de las casas incendiadas donde bramaban aquellos que habían quedado atrapados. Reinaba la locura.

Jóvenes y viejos reían, bailaban, mataban y hacían el amor, en una negligente histeria que sacudió inclusive a Zed, quien había vivido e iniciado actos aún peores. Podría ser que Zed estuviera flaqueando en su propósito de destruir el centro operativo del Vórtice.

Un viejo Renegado se agachó para observar a dos ex Apáticos que rodaban abrazados.

—Es un milagro. Somos Apáticos ―dijo uno de ellos.

—Dinos cómo ha pasado. Por favor… Nosotros también queremos algo.

—Comenzamos a perseguirlo. Vimos a alguien y nos entusiasmamos, pensando que podía ser Zed —explicó la Apática.

—No lo era, pero lo matamos de todas maneras —agregó su compañero.

—Luego sentimos deseos —acotó la mujer.

La infecciosa violencia de Zed había sacudido yacentes deseos sexuales.

Como parte de la exterminación incesante, estimulada por el incendio, caían cuerpos y árboles, mientras los Eternos se movilizaban rápido bajo el tenue y rojo fulgor, que resaltaba las espadas y armas de fuego que portaban con el fin de destruir a Zed.

—Mira la excitación que has causado, tú, malcriada jovenzuela —exclamó la Muerte, aferrando la mano de la supuesta novia.


Amanecía sobre el convulsionado Vórtice. Aquel mundo que el atardecer de la víspera había despedido en un marco de orden, complacencia y seguridad, ofrecía al llegar el alba la imagen de un siglo transcurrido súbitamente, o que hubiera sido saqueado por la ferocidad devastadora de la oscuridad nocturna.

La estructura de la comuna había sido presa del incendio, violaciones y estragos, pero su corazón de acero seguía latiendo intacto en el inviolable subterráneo de la pirámide. Los muertos seguramente resucitarían al salir el sol, y unos gemelos de estos cuerpos alegremente reconstruirían el caos, restaurando nuevamente el paraje en aquel estable infierno que hoy ardía como un rescoldo en su entorno.

La Muerte y su prometida se aproximaron a la casa, con la majestuosa parodia de una marcha nupcial. Consuella caracoleaba sobre su caballo impartiendo órdenes. Zed la vio, orgullosa y bella, y sintió en ese momento el eco de sus propios y antiguos hábitos marciales. Era un indicio de su recuperación física.

La voz de Consuella incitaba a combatir mientras comandaba a sus soldados. Zed sentía también el deseo de pelear.

—Vuestra labor es la de rescatar todas las armas y alimentos. Diríjanse de casa en casa y de este a oeste; y si encuentran al Brutal… aniquílenlo inmediatamente. Está atrapado; ahora es sólo cuestión de tiempo.

“Y tú también estás atrapada”, pensó mientras la observaba. “Ambos estamos unidos como dos venenosos escorpiones en una botella verde”. Luego lo reconsideró: Consuella era la cabeza de un lobo, y él era el mortal insecto, escondido bajo su piel, que inocularía un veneno paralizante en sus venas mientras la enloquecía de irritación.

El sistema se estaba autodestruyendo; a Zed lo habían tenido a su alcance centenares de veces durante esa noche, y lo habían matado hipotéticamente al menos una docena de veces más. Viejas enemistades se estaban solucionando en nombre de la ley y el orden. Si Zed pudiera asestar sólo un golpe en el punto vital —en el cerebro de acero—, todo esto le pertenecería. El enorme daño visible, aterrorizante como era, tenía un carácter superficial. Debía imperiosamente llegar al subterráneo para confrontarse con su más mortal enemigo.

Consuella torció las bridas de su caballo al pasar al galope, y Zed tuvo que retroceder para abrirle paso mientras se perdía en la lejanía.


La Muerte guió a Zed de la mano hasta una puerta, frente a la cual se encontraba un hombre en su taller de trabajo.

—¡Amigo! ¡Amigo!

El aludido sonrió a la Muerte, su viejo colega, resignadamente. Sus facciones traslucían desesperación, pero su inmutable cara no podía ocultar una gran satisfacción por lo que estaba ocurriendo.

—Besa a la novia, estimado Amigo. Bésala.

El Amigo se dejó codear y manosear por estos demenciales y seniles infantes, mientras lo aproximaban a Zed.

—Lo hiciste bien —susurró el Amigo a la Muerte—. Yo me llevaré a la novia. La muerte se acerca para todos. Encuentra a May, y dile que el Amigo la necesita.

La derrengada procesión siguió su marcha, imitando la partida de las tropas de Consuella. El Amigo condujo del brazo a Zed por la entrada del Museo y el seno de su laberíntico subterráneo.
May se abrió camino en dirección a ellos a través de la sucesión de estatuas. El monumental desorden de la caverna del Amigo lucía ordenado en comparación con la rapaz carnicería de la superficie. May llevaba el arma de Zed; agitaba el extraño objeto en su mano y jugueteaba con los dedos a lo largo del caño y la culata, y con las balas en su otra mano, mientras observaba a ambos hombres alternativamente.

—Amigo, yo no puedo apoyar esta violencia y destrucción.

—Es demasiado tarde, May. Ya no podemos volver atrás.

May le suplicó, amenazándolo con el revólver.

—No destruyas el Vórtice. Renovémoslo. Con el tiempo, una raza mejor podría prosperar aquí…

—¿Más tiempo necesitas? ¿La eternidad no era suficiente? —exclamó el Amigo.

Zed habló finalmente:

—Este lugar va contra la vida, y por consiguiente debe extinguirse.

Sus palabras fueron implacables. May tembló, vaciló y luego le pasó el revólver a Zed, como una demostración de su acuerdo.

—Tengo a mis partidarias. Insemínanos, y en compensación nosotras te enseñaremos todo cuanto sabemos; yo te entregaré todo lo que poseo. Puedes destruir el Tabernáculo, o correr la misma suerte.

El Amigo estrechó las manos de May uniéndolas a las de Zed. Un pacto triple. Un triángulo contra el círculo del Vórtice.

Amigo: —¡El fin de la eternidad!

May: —¡Un nivel más elevado!

Zed: —¡Venganza!





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