Zardoz john Boorman (con Bill Stair)



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Capítulo VII - EL DÍA DEL JUICIO UNIVERSAL SE APROXIMA

Zed corrió hasta más allá del límite de sus posibilidades. Aquí existía un misterio que no podía penetrar. El conocimiento y las intenciones de May podían ahora ser conocidas por todos. Votarían por el olvido instantáneo, y estarían probablemente debatiéndolo en ese momento. ¿Podrían esas miradas realmente matar, o habría el Amigo, pobre perdido Amigo, bromeado cuando dijo: “Las miradas pueden matar aquí”? ¿Estarían recurriendo a un instrumento capaz de atraparlo mientras corría, o podrían solamente aturdir lo que tenían a la vista?

Zed hizo un esfuerzo supremo para salir de ese lugar.

Corrió sobre los lucientes y verdes campos, hacia el borde del Vórtice. Echó un vistazo a las negras colinas bordeantes de la tierra, y luego reemprendió su desesperada carrera hacia la frontera, divisando la orilla de vida.

Una chamuscada zanja de unos 10 metros de ancho se extendía hasta donde alcanzaba la vista, separando los desperdicios de ceniza ―que conocía tan bien― del verde Vórtice, como un cuchillo que, pendiente sobre la garganta, decide la vida o la muerte. Mantuvo su avance a zancadas mientras se acercaba a la línea que debía superar de un salto, ya que con seguridad estaría envenenada y su simple roce sería fatal. El viento trajo como eco una voz familiar.

—Cuidado, te estás aproximando al Resguardo Periférico.

Entonces sintió un tirón hacia atrás, como si hubiera tropezado con una pared invulnerable y final. Con todas sus energías corrió a lo largo del borde, con la misma presión siempre reteniéndolo con fuerza insoportable. Inclusive el viento estaba inmóvil. Una prisión sin barras, glacial y perfecta.

Atisbó las laderas de las colinas quizá por última vez, el sitio que no sería ya más su coto de caza. Tres jinetes aparecieron en la distante cumbre y clavaron la vista sobre él. Eran guerreros familiares. Zed levantó sus brazos en señal de saludo. El caballo de la vanguardia se encabritó. Dispararon un brillante cohete retribuyendo el saludo, luego se dieron vuelta y desaparecieron impasibles.

Zed resbaló entre los árboles. No podía escapar, y decidió atacar. Su única posibilidad, no obstante su frágil viabilidad, era la de dar batalla al Vórtice.

Sus hombres estaban en las cercanías, a una distancia que podría ser muy bien un centenar de kilómetros de aquí o a 80 metros apenas. Lucharía hasta que la muralla fuera quebrantada. Si no fallaba, Zed podía derribar el Vórtice desde el centro… o morir en el intento. La perspectiva lo estremeció. Todas las probabilidades se alineaban en su contra. Sería una contienda final para un gran guerrero.

Caminó en forma circular. Siguió la frondosa senda cuidadosamente, de modo de no encontrar ningún caminante. No era muy trillada. Salió de esa senda y marchó en círculo cerca de ella, a través de los matorrales; luego se precipitó a la inmensa ventana que abarcaba en un costado, desde el suelo hasta el techo, percibiendo la luz solar. Estaba de regreso en la vivienda de los Renegados.

Adentro, la vida de negrura como la tinta seguía su curso estremecedor. Muchas vidas en realidad, consagradas inexorablemente a cierto tipo de actividades. La visión de Zed fue ofuscada por los reflejos de los árboles. Se arrimó más cerca y puso las manos sobre los ojos como visera, pegando la cara a los vidrios.

Los ancianos estaban bailando. Lentamente daban vueltas, pareja por pareja en torno a la vieja pista de baile. Una cara decrépita giró para mirar a Zed; su largo brazo huesudo se levantó lentamente para señalarlo, como si lo reconociera. Los ojos acuosos y las bocas desdentadas temblaron con inusitado esfuerzo. Zed se sintió punzado…, no por la punitiva mirada de los Eternos, sino por un sentimiento de piedad por esos seres. Admiración también, por la insistencia de ellos de mantener su ridicula danza, con el afán de llevar el paso con el tiempo, aparentemente para siempre. Impelido hacia ellos por una oscura razón, cruzó la puerta corrediza.

—Busco al Amigo. ¿Lo han visto ustedes?

Los ancianos parecían no escucharle, pero le devolvieron la pregunta con una sonrisa maliciosa. Súbitamente, el Amigo apareció allí, vestido como el resto de ellos, pero joven. Volvió el rostro: la mitad de su cara se había arruinado…, surcada de arrugas, el ojo abotagado, la boca floja; aun su cabello había encanecido en ese lado. Su brazo colgaba flácido, arrastrando además la pierna. El gigante lo había golpeado con dureza.

—Amigo.


—Sí ―el Amigo tornó plenamente el rostro hacia Zed—. Viejo amigo… ¡Esta es tu obra! —gesticuló hacia él su cara llena de estragos.

Cesó la música.

—Escuchen esto, viejos idiotas. Conozcan a esta criatura del mundo exterior… —vengativo, cínico, levantó la mano de Zed como la de un campeón—. ¡Este hombre tiene el don de la muerte! Puede repartirla, y morir él mismo. ¡Es un mortal!

Ellos se arremolinaron alrededor de Zed, curiosos, tembleques y serviles. Una vieja trató de besarlo.

―¿Lo devolvemos a la muerte?

La multitud vociferó:

—¡Sí!

—¡Gloriosa Muerte!



—¡Sí!

—¡Muerte silenciosa!

—¡Sí!

Se aproximaron más ahora, no en trance amoroso sino violentamente, presionando con más intensidad, dándole de puñetes. Zed sintió el horror de esos viejos huesos en torno suyo y pensó: “Me sería fácil eludirlos”, pero ellos lo machucaban con tal vigor, que no tuvo más remedio que luchar para zafarse.



Había mas para reemplazar a los primeros. El Amigo continuó azuzándolos hasta el frenesí y Zed quedó acorralado contra una pared, atrapado, tieso.

—¡May, la científica, quiere usarlo para producir otra generación que sufra nuestras agonías!

De modo que el Amigo conocía los pensamientos, tal como Zed había imaginado…

Ellos aullaron en fútil furor luego de esto. A pesar de sus enfermedades ―o a causa de ellas―, trataron de demoler a Zed. Lo arañaban y rasguñaban, saltando sobre él, sumergiéndolo en olas de decrépita energía, dañosa pero antigua. Zed, vapuleado, rodaba entre los arrugados vejetes. Muchos más reemplazaban a los que Zed había puesto fuera de combate; como perros de presa en pos de un cerdo salvaje, no abandonarían la lucha.

Se dio maña para pelear, acercándose hacia donde estaba el Amigo. Se produjo entonces un poderoso rugido:

—¡ALTO!


Retumbó a través de la habitación. Se apartaron de Zed, que ya no podía salir ni adelantarse.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó al Amigo.

—Una Muerte Dulce. El olvido.

—¿Para ti, o para la totalidad del Vórtice?

—Para todos. Un fin para la carrera humana, que ha plagado este hermoso planeta desde hace demasiado tiempo.

El Amigo parecía ahora en trance casi poético; al fin había algo que él sentía profundamente. Los Renegados habían cesado de escuchar, y lo aclamaron a través de crepitantes gargantas.

Zed, en tono despectivo, acusó:

—¡Ustedes están apestados por la desesperanza!

—¡Sí! —cacareó el Amigo, demostrando conformidad.

—¡Defiéndanse! —respondió Zed.

La multitud aplaudía ahora tanto a Zed como al Amigo. El Amigo lo miraba extrañamente, mientras los Renegados vitoreaban con alborozo.

—Yo pensé al principio que tú eras el llamado para ayudar, pero ya es irremediable. Todos mis poderes se han perdido. Me han arrebatado incluso mi anillo comunicador.

El espíritu del Amigo se hundía, pero Zed lo sacudió.

—¡Lucharermos por la muerte, si es eso lo que ustedes quieren!

Todos estaban de su lado ahora; viejos y achacosos, pero aliados al fin de cuentas. Zed les había tocado la fibra más íntima: su anhelo por la muerte. Esta era el arma secreta. Si él podía llevarlos a la muerte, o la promesa de ello, serían suyos.

—¿Dónde está… el Tabernáculo?

El Amigo sacudió la cabeza.

—El Tabernáculo… no podemos recordar. ¿Cómo podría ser eso?

—¿Quién lo hizo? Alguien debe saber cómo destruirlo.

—Sí. Él… ―dijo.

Apuntó hacia el hombre que Zed había visto primero a través de la ventana. Un individuo postrado en cama, aquel que lo había señalado de manera tan acusadora y terminante.

—Uno de los genios que descubrieron la inmortalidad. Pero no le gustaba para sí mismo. No se conformaba, y esto es lo que esa agradecida gente hizo de él.

El Amigo se encorvó, gritó en el oído del anciano y lo picaneó con un garrote.

—¡Queremos morir! ¿Cuál es el artificio?

Nuevamente el anciano miró a Zed y despaciosamente levantó su dedo índice hacia el ojo de Zed. Sonrió con una mueca desdentada, luego resollando habló.

—¡Muerte!

Los otros retrocedieron, como si Zed hubiera sido designado Ángel de la Muerte por el Arquitecto de la Vida Eterna. Zed retuvo la acuosa mirada del anciano y le fijó la vista profundamente en los ojos.

—May podría saber —gruñó.

—Es probable —el Amigo tembló con excitación.

Zed giró a la izquierda, y corrió para encontrar a la mujer que podría saber.


Zed conocía bien los predios, y escabullándose sigilosamente logró llegar hasta la Casa Invisible con rapidez.

Algunos de los Eternos se habían desplazado del grupo central de contemplación a otros lugares de embelesamiento. Zed vio a May a través de la ventana de la habitación de los telares, mientras pasaba a hurtadillas a lo largo del exterior de la Casa. Permanecía silenciosamente entre las muchas y coloridas colgaduras. Su cuerpo rígido pero relajado estaba en el centro, una flor de agua con los colores de las madejas que mezclaba a su paso.

Una vez en la habitación, Zed caminó lentamente por el piso de madera, levantando capa tras capa de gasa para llegar a su lado. Su cuerpo se tornó más y más distinto a medida que Zed se aproximaba, hasta que finalmente sólo su propio ropaje de contemplación la separaba del aire exterior… y de sus manos.

May estaba inmóvil dentro de sus envolturas de seda. Su lenta y regular respiración era el único signo externo de vida; una estatua viviente en un bosque de tapicerías transparentes.

Zed se plantó frente a ella. Sus ojos enfocaron retrospectivamente desde el infinito al presente.

—May… necesito tu ayuda.

Sin hacer un movimiento o darse cuenta de su presencia, ella habló.

—Tú quieres destruir el Tabernáculo.

—Deseo la verdad.

—Tú debes darme la verdad, si quieres recibirla.

—Estoy listo.

—Te quemará.

—Entonces quémame.

Zed comprendió que ése sería su momento más débil, pues al dar el próximo paso estaría dentro de su poder, en su total fortaleza. Si él daba un paso dentro de la trama que ella sostenía tan atractivamente, estaría perdido por muchos minutos; sería atrapado y transportado, su cuerpo no más que una corteza, que podría ser muerta en su ausencia espiritual. ¿Daría el paso adelante?

May sonrió, hizo ademanes insinuantes. Un hermoso rostro, pero ¿qué es lo que se ocultaba detrás? ¿Podría ella convertirse en una bruja intratable cuando él estuviera en sus brazos, y entonces extinguirlo a voluntad?

Tenía que confiar en ella. Sólo May tenía las llaves de la última puerta. Él sabía que ella lo necesitaba más de lo que podía admitir ahora… Lo deseaba: cuerpo, alma, espíritu y simiente. ¿Lo desposaría y luego lo mataría, como cierta araña, para descartar luego su cuerpo vacío?

Él la miró nuevamente. La sonrisa de May se apagó y sus ojos bajaron por un instante, luego se levantaron para desafiarlo: con naturalidad, sin asomo de otro designio que no fuera el impulso de hacer nueva vida partiendo de la antigua.

Zed hizo una pausa; aspiró una bocanada de aire como si se zambullera bajo el agua, y luego se deslizó debajo de la superficie de su velo irisado. May avanzó, y Zed estaba con ella. Quedó encerrado, envuelto por la trama modelada. Sintió correr un cosquilleo sobre su piel, proveniente de sí mismo o de ella, o del débil resplandor del velo que no conocía.

—Dímelo todo, muéstrame imágenes. Abre tu mente, tu memoria. Retrocede al comienzo, abierto-abierto-abierto.

Zed estaba atrapado dentro de la trama. Como una mosca en poder de una araña, había volado voluntariamente al centro viscoso, mientras ella meramente esperaba. Lo había aguardado. No había escapatoria. Sólo los ojos de ella llenaban su mente, y la terrible mirada penetrante se hizo más dilatada. Zed trató de aferrarse a los extremos de su estado de conciencia, pero se sintió resbalar en la oscura bruma de sueño que ella controlaba.

Luchó contra ello como un marinero náufrago, al garete con una sola tabla de salvación. Como si sus manos dejaran de asirse a la tabla flotante, así su mente se deslizó de su conciencia y lo dejó a flor de agua y solitario en la superficie.
Zardoz bramó:

—Ustedes son los elegidos. ¡Salgan a las Tierras Foráneas y maten!

El viento cruel los mordió mientras ellos proclamaban en un grito su eterno amor por Zardoz. Sus voces, diminutas como el mismo viento, diseminaron los sonidos a lo largo de las llanuras hasta las montañas, donde el eco de su Dios todavía retemblaba.

La voz de May, como en un sueño borroso, expresó:

—Ven. Ya hemos visto ésto. Mira más profundo y distante.

—Zardoz es nuestro único dios —respondió Zed—. Él se manifiesta de misteriosas maneras… —Zed pudo verla con precisión. Simplemente comprendió el juego que May desplegaba, con él como tablero y todas las piezas.

—Pero tú perdiste tu fe. Enséñame cómo.

Él se hundió más hondo todavía.


La calle de la ciudad bullía con el ir y venir de la gente. Se trataba de una selecta cacería, galopando dentro y fuera de las casas, vuelta y vuelta. La cantera era buena. Jóvenes y resueltos eran los que se resistían ahora, no como en tiempos más lejanos. Estos hombres tenían fortaleza; algunos inclusive llevaban armas. No eran de aquellos hombres horribles, semejantes a monstruos; tal como Zed, éstos tenían piernas hábiles, eran fuertes y rápidos…, pero todavía no eran tan vigorosos y ágiles como Zed, ni tan flexibles y peligrosos como él. ¿Cómo serían, cuando Zardoz no fuera con ellos?

Los Exterminadores que habían caído sobre estos Brutales no podían esperar un rápido desenlace. No podrían extender la muerte por varios días ―con gran regocijo―, pues las armas eran la fuente real de la celebración. Este sueño consistía en capturar armas.

Todo ello hizo más excitante la empresa para los ángeles de la Exterminación. Asesinar a los seniles, los pasivos y débiles constituía simplemente un quehacer doméstico. Ahora, estos eran hombres.

Las calles ―como las casas― estaban cubiertas de desperdicios y escombros, formando una batahola de piedra, con muchos Brutales que actuaban desde las paredes y los tejados. Ellos perseguían a sus víctimas hasta grandes distancias.

—Zardoz nos dio el Arma. Resistimos bien. Yo sabía la verdad. El Hombre ha nacido para cazar y matar. Eso era suficiente. Pero… algo ocurrió. Cambió todo. Perdí mi… inocencia.

La calle conducía a una vasta plaza, con edificios más grandes. En el centro estaba el campamento de los Brutales. Allí concentrarían su resistencia, entre sus harapientas tiendas de campaña y los niños, cuando les fuera ya imposible huir.

Una luz centelleó en una alta ventana, a la izquierda de Zed. Se revolvió y divisó una cara que hacía señas; luego se desvaneció: era un rostro enmascarado, o quizá un monstruo. Desmontó del caballo y penetró en el edificio, mientras sus amigos ponían el campamento bajo el dominio de la Espada. Zed los dejaría hacer su juego; esta nueva cacería era más interesante.

Atravesó varios corredores que se estrechaban, se volvían más bajos, y proliferaban. Estaban atestados de libros desde el piso hasta el techo. Todos ellos enmohecidos, muchos dañados; algunos habían caído sobre el piso, como ladrillos de una derrumbada pared. El sitio tenía el aspecto de una ciudad interior de papel. Como en el exterior, se veían áreas abiertas como plazas, espacios más pequeños, y cosas por el estilo. Zed olfateó en pos del rastro del hombre y avanzó pausadamente a través de este laberinto, sobre añejos volúmenes y destartalados escritorios, en plan de búsqueda.

Una figura ―el hombre que había visto antes― se detuvo brevemente al pie de los peldaños de madera. Hizo señas a Zed, luego se dio vuelta y subió la escalera silenciosamente hasta perderse en la oscuridad. Habituado al arte de la emboscada ―aunque intrigado―, Zed ascendió cautelosamente tras la diminuta figura. Con el percutor del arma preparado, se deslizó en todas direcciones. Su sentido homicida le indicó dónde estaba escondido el hombre. Ahora lo tenía en sus manos.

El hombre estaba de espaldas a la puerta, encerrado en un callejón sin salida. Zed levantó su arma, centró la mira sobre la espalda del sujeto… y luego la bajó.

—¿Por qué le perdonaste la vida?

—Algo… No sé.

El hombre sostenía un libro en sus manos, leyéndolo calmosamente.

—¿Has visto alguna vez un libro antes?

—Nunca.

Zed echó un vistazo en torno del sector donde estaban. Los libros eran más brillantes y sencillos que los otros, sus tapas más tersas. El volumen que el hombre sostenía estaba ilustrado. Permaneció de espaldas a Zed, completamente libre de temor, y abstraído en la extraña prosecución de escrutar las páginas. Zed se movió más cerca; si eso era de mayor importancia que el miedo a la muerte, debería saberlo. Había visto a muchos hombres implorar y llorar y aun reír, cara a la muerte…, pero nunca esto.



A medida que se aproximaba, el hombre se escurrió lateralmente y se esfumó por un invisible pasaje, y dejó el libro flotando en el aire.

Esto lo asombró tanto que no prosiguió la persecución del individuo por el laberinto por el cual había huido. Sólo quedó el libro. Lo tocó cuidadosamente, y sintió los delgados alambres que lo sostenían y conducían hasta el techo. Aquí no había trampa. No existía nada preparado para caer sobre él o disparar, simplemente… ese libro.

Una manzana figuraba en la primera página, sobre un signo, una “A”. En la siguiente, una pelota encima de ella otra marca, una “B”. En el dorso un diminuto gato, debajo una “C”.1

—¿Aprendiste a leer?

—Sí.

—¿Cuánto tiempo te tomó?



—No mucho. Yo leí todo. Aprendí todo aquello de que se me había privado. Las características del mundo antes de que cayera la oscuridad. Entonces encontré el libro llamado… llamado…

Su voz balbuceó, tomada por una extraña emoción; algo demasido doloroso para recordar.

El cerebro dilatado de Zed había leído con increíble velocidad. Había aprendido la manera de leer en unos pocos minutos. Encontró que podía leer un libro con suma rapidez. Su vista podía pasar sobre las páginas más rápido que el pensamiento, y todo cuanto leyó lo retuvo prontamente en la cabeza. Se embebió en el aprendizaje como la primera lluvia en un desierto, incesantemente y sin esfuerzo. Se sintió llenar hasta el borde con una nueva vida. Toda su existencia lentamente pivoteó sobre un nuevo eje.

Un libro lo detuvo como una bala.

—¿Cuál era ese libro? ¿Cuál era su título?

May lo presionaba. Dábase cuenta de la importancia de ese libro.

Zed lo partió en dos, y luego en mitades nuevamente una y otra vez, hasta que los pedazos quedaron del tamaño de copos de nieve. Zed los dispersó por el aire, luego desgarró los diccionarios, las enciclopedias, las cartillas de lectura, los textos de matemática, las historias de los anaqueles, arrojándolos por el aire. Una ventisca de papel se arremolinó a su alrededor, presa de su furia. Era el centro de esa tormenta.
Zed retornó a la habitación. May seguía presionándolo. Luchaba contra la voluntad de ella.

—No recuerdo.

—¡Dime! ¡Muéstrame! ¡Debes decírmelo!

Zed estaba paralizado por los ojos de May.

—No puedo…

Parecía que ella lo cegaría para siempre. Zed trató de desasirse, pero no pudo resistir sus tiernos brazos atrayendo su cara a sus pechos. Ella le acarició el cabello.

—Cuéntame cómo viniste dentro de la Piedra.

—No lo sé.

—Por supuesto que lo sabes.

—No puedo recordarlo.

Zed sintió que comenzaba a sofocarse debajo de la ropa, dentro de sus brazos. Podía ver afuera, distinguir la habitación, pero hasta el borde del Vórtice. Se sentía sellado interiormente.

—Sí, tú puedes.

Zed retrocedía en el tiempo nuevamente, de retorno a la Cabeza, entre el grano.

—Tú sabías que Arthur era Zardoz, ¿no es cierto?

—¡No!

—¿Tú mataste a Arthur?



Otra vez vio a Arthur en la cabeza volante.

—No.


—Muéstrame la imagen entera.

Desesperadamente trató de retener en el olvido la imagen de Arthur.

—No…

No podía resistir por más tiempo. Estalló en su mente, y otra vez Zed le disparó a muerte, derecho a través del cuerpo; y de nuevo se dio vuelta y sonrió, ese hombre que estaba de regreso tan pronto de la muerte, levantándose, mientras ahora Zed se estaba hundiendo.



Zed se convulsionó en la habitación de los telares, abrumado de dolor. May lo consolaba mientras trataba de apaciguarlo.

—Asesinaste a tu dios… por accidente. ¿O no fue un accidente?

Zed sintió tal paz, que se descargó de la memoria; el agudo dolor de cabeza se le había ido. Ella dibujó una sonrisa y luego ronroneó.

—Ahora… muéstrame el libro.

May lo acunaba como a un gato. Si se movía, los ojos de ave de presa se hundirían hondamente en su cerebro. Calidez tras de la crueldad, capas de bien y mal en su corazón. El cuerpo de Zed respondió como poseído, exánime ante la locura de ella.

—El libro. Ese libro.

Zed lo rasgó y rompió una vez más hasta hacerlo trizas.

—¡Todo es una treta! ¡Todo es una treta! ―gritó.

—¿Cuál fue la treta? ¡Dímelo!

Los ojos de May lo habían dañado, estaba herido. No podría resistir. Su cabeza cayó hacia adelante. Estaba exhausto, liquidado.

La confesión fluyó tranquilamente.
Zardoz dijo:

―¡Alto!… ¡Basta!…

Los campos se extendían hasta los bordes ennegrecidos del paisaje. Debajo de la tierra cenicienta, estéril, chamuscada y corrompida por anónimas manos, sin duda alguna y desde hace tiempo, yace un suelo húmedo y fértil, en espera de las semillas.

Zed había inspeccionado la planificación y las excavaciones. Los prisioneros trabajaban en hileras, hasta que morían y eran reemplazados. Zardoz lo había decretado así. Les dio unas semillas especiales, y sólo ellas germinarían. Procedían del Cielo-Vórtice, obsequios divinos que debían reverenciarse y plantarse con plegarias y nutrición.

—Zardoz te instruyó no matar más.

—Sí.


—Sino a tomar prisioneros.

—Sí.


—Hacer esclavos.

—Sí.


—Cultivar la tierra, en vez de matar.

—Sí.


—Producir trigo.

—Sí.


—¿Necesitabas el trigo?

—No, nosotros comíamos carne. Éramos cazadores, no agricultores. Zardoz nos traicionó.

—¿Realmente tú sabías acerca de Zardoz, o intuías…? Ese libro.

—No.


—Explica cómo lograste introducirte en la Piedra. ¡Dímelo!

Zed estaba preparado. Los demás, tal como él, estaban a la espera. Zed había transmitido su instrucción a los otros y todos ellos, con la misma aptitud de absorber conocimiento, habían madurado junto con Zed para este momento. La Cabeza pasó lentamente sobre ellos, mientras hundían sus caras en el suelo, en homenaje y temor por su venida.

Las filas de carretas tiradas por caballos aguardaban mansamente, rebosantes del áureo grano, plantado, espigado, cosechado y cernido de acuerdo con las órdenes impartidas desde la Cabeza. Llegado entonces el momento de acopiar su cosecha, Zed esperaba invadir el territorio natal de la criatura, tal como Zardoz había invadido el suyo.

—¿Tus amigos eran Mutantes también?

—Sí.

—¿Tenías un complot?



—Sí.

—¿Por venganza?

―La verdad. Nosotros queríamos la verdad.

—Demuéstralo. ¿Qué libro era ese?

May había asido de nuevo su mente y la dirigió a la biblioteca. Reveló por fin el libro que aún retenía. No podía ocultarlo por más tiempo.
EL MAGO DE OZ

Por L. Frank Baum

con ilustraciones de

W. W. Denslow

Geo. M. Hill

CHICAGO - NUEVA YORK

1900
“EL MAGO DE OZ - WIZARD OF OZ”. El título impactó su memoria, remontándolo al tiempo en que Zed penetró en la oscura boca.

Zed y sus tres camaradas se hallaban sobre los labios de Zardoz, flagelando a los esclavos para que descargaran allí las canastas de granos. Éstos se alinearon en un circuito formado desde las carretas al centro de la boca.

Zed hizo señas a sus colaboradores y se zambulló en el rimero de granos. Ellos comenzaron a cubrirlo con paladas ininterrumpidas. Ahora se encontraba oculto en la profundidad de la carga de Zardoz, formando parte vivencial del sacrificio anual, listo para ser transportado al recinto del dios, conocido como “Vórtice”.

—Comprendí el truco. Era simplemente esto: Wizard of Oz… ZARD-OZ… Zardoz.

Y en su recorrido retrospectivo, nuevamente cubrió las letras con sus dedos, para recrear el nombre sagrado del título de un libro para niños.

Volviendo al presente, Zed revivió el momento en que lo habían dejado en la Cabeza. Miró hacia arriba a través del trigo y ahí estaba Arthur Frayn, hablándole a su anillo comunicador. Se escuchaba la voz distorsionada de Zardoz, mientras Frayn observaba entretenido, a través de los ojos cristalinos, a la muchedumbre postrada en el exterior de la boca.

—Zardoz está complacido. Velará por ustedes. Trabajen arduamente y produzcan buenos cultivos; cuando se mueran, todos irán al Vórtice y vivirán… eternamente.

Ésta fue la explicación de todo. Había sido por mucho tiempo la idea de Arthur. La calificaba como un simple método de controlar las Tierras Foráneos.

El Mago de Oz es un viejo relato sobre un hombre cuya amplificada voz y horrible máscara atemorizaban a la gente. Hasta que vieron detrás de la máscara, y hallaron la verdad.

Como en el libro, así sucedió en las Tierras Foráneas. La gente crédula y timorata había sido sometida por viles trucos. Había trabajado con reverencia para un charlatán, un mequetrefe personificando a dios. Los había intimidado, y a cambio les había dado consejos baratos disfrazados como religión. Mientras tanto, los explotaba forzándolos a vivir en la incertidumbre, y los utilizaba para ejercer su control sobre el conjunto.

La vida de Zed había constituído la fantasía de ese hombre. Bajo su yugo de superstición, no podían lograr sabiduría, libertad y una mejor comprensión del mundo. Estaban limitados a vivir siempre en las tinieblas del terror, la ignorancia y la explotación.

Más aún: tenían que adorarle y obedecerle. Si acaso los abandonaba…, sin sus armas, superados en número por los Brutales, como ocurría, habrían sido eliminados en cuestión de días.

Peor aún: Zardoz los había antagonizado. Eran unos soldados genocidas, matando a su propia estirpe, derramando su propia sangre en nombre de una causa grotescamente ajena. Actualmente se los usaba como un granero de esclavos para el reino de Zardoz. Y mientras la gente de Zed desfallecía de hambre y se moría, Zardoz engordaba cada vez más y se reía de ellos.
May lo trasladó de nuevo al presente. El pasado ya no discurría delante de sus ojos. Ya no necesitaba Zed forzarse para mantener su lucidez mental, durante el tiempo que su mente estaba a merced del control de ella.

—Se trataba de un procedimiento amañado para hacer que la gente cumpliera esa sucia tarea por cuenta ajena.

—¡Los ricos han hecho siempre lo mismo con los pobres! ―ladró Zed.

—Mentira.

—¿La verdad es más tolerable? Yo no lo creo.

—La historia demuestra habitualmente su preferencia por la supersticiosa religión frente a la verdad.

—Yo busco la verdad ―aseguró Zed.

—¿Verdad o venganza?

—¡La verdad!

—¿Verdad o venganza?

—¡Venganza! ¡Venganza!

Zed cayó entre sus brazos, mientras las últimas palabras de su complot le eran arrancadas. Era un niño nuevamente. May lo besó en la frente y acarició su cabeza.

―Recuerdo sentimientos como éstos… Me conmueven… ―dijo.

Zed besó sus senos, que temblaban con anticipación; sensaciones olvidadas recorrían su cuerpo, provocadas por él. Había una unión entre ellos. Los ojos de May se clavaron en éxtasis en el techo… y se volcaron luego hacia la puerta, atraídos por un ruido.

Consuella apareció allí, triunfante y enardecida.

—¡Así que ésta es tu investigación científica! Hay otra palabra para describirla: ¡bestialidad!

Zed se dio vuelta, poniéndose de pie en dirección a la voz, mientras preparaba su defensa. Consuella apartó bruscamente su mirada de May y fulminó a Zed con un vistazo mortal.

—Esto te costará un envejecimiento de cincuenta años —gritó Consuella—. ¡Ningún hombre, mujer o bestia volverá a desearte!

Zed se esforzó por apearse. Debilitado por el despiadado interrogatorio de May y herido por el dardo de Consuella, consiguió a duras penas ponerse de pie. Ella le dirigió una nueva mirada centelleante y Zed volvió a caer…, pero se irguió de nuevo, a pesar de las olas de mortal odio que emanaban de los ojos de Consuella. Si Zed no lograba superar esta prueba, moriría; de ello estaba seguro.

Consuella le lanzó, concentrando toda su fuerza, su más ponzoñosa centella de ira. Zed se inclinó y caminó hacia ella, no obstante el enceguecedor dolor que perforaba sus huesos y cuerpo.

May miraba, azorada. Zed sobrevivía a las peores pruebas; sus poderes eran supremos. Consuella había desatado unas fuerzas suficientes para detener a cincuenta hombres, y había sido derrotada. Gemía de frustración, y luego de una emoción que estas mimadas criaturas nunca habían experimentado.

Zed estaba insensibilizado por el dolor. Era nuevamente una bestia. Tiró a Consuella al piso, mientras May trataba de contenerlo. En su caída, los telares se desplomaron y Zed se enredó en las madejas, lo que aprovecharon las dos mujeres para huir del alcance de su caótica furia. A tientas trataba de encontrarlas.

May exclamó:

—Está ciego…

—No podemos controlarlo más —jadeó Consuella—. Ahora debemos convertirnos en cazadores y homicidas.

Se escurrieron por la puerta y escaparon.

Zed tropezó con los encajes, que lo enredaban en una maraña. No podía ver. La andanada de Consuella había quemado sus ojos. Escuchó que alguien se aproximaba. Una suave mano tomó la suya y lo condujo afuera.

Era Avalow.

—Ven —le dijo, y lo guió fuera de la habitación.
Estaba en la casa verde que daba frente al chalet de Frayn, de pie entre los árboles y plantas, solo con Avalow. Ella lo había conducido ―tambaleante y casi ciego― a través de secretos pasajes a esta habitación, que no estaba bajo techo ni en la parte externa. Avalow le colocó hojas frescas y hierbas sobre los ojos para mitigar el dolor.

—Esto te restaurará la vista. Luego verás mejor y con mayor profundidad, como nunca lo has hecho antes.

La belleza de Avalow lo deslumbró. Era perfecta, incorrupta e inaccesible, no obstante estar tan próxima. Zed levantó en dirección a ella una mano temblorosa, recordando las rígidas normas que habían regido su conducta en las Tierras Foráneas. Una nueva emoción surgió en su pecho. Se sintió movido por un sentimiento de ternura. Sintió compasión.

—Yo he visto a tus hombres violar a una vieja inválida en una acequia mojada por la lluvia.

Reconoció esta nueva sensibilidad como un signo de debilidad. Avalow miró dentro de sus ojos, nuevamente recuperados de su visión, y vio allí su futuro. Empalideció y tembló.

—Percibo ahora por qué tú estás aquí. Tú eres el Elegido, el Libertador.

Conjugaba palabras misteriosas, todavía incomprensibles para el entendimiento de Zed. Ella parecía estar en los lindes de una decisión.

—Yo te ayudaré…, si cuando llegue el tiempo tú me liberas. Posees gran poderío, pero hay momentos en que esa fortaleza te fallará ―ella desgajó una hoja de una planta de almizcle y se la dio—. Come esto cuando surja la necesidad.

Zed la guardó en su bolsillo. Se sintió renovado ahora por esta ayuda, pero la nueva emoción había dado lugar a otra, una amarga autocompasión.

—Este lugar está construido sobre mentiras y sufrimientos. ¿Cómo pudieron hacer lo que han hecho con nosotros?

Los ojos de Avalow se cerraron. Miró tristemente hacia el pasado.

—El mundo estaba muriendo. Tomamos lo que aún era bueno, e hicimos un oasis.

Ella asió su mano y fue como si hubieran retrocedido a la fundación del Vórtice. Eran como fantasmas, insustanciales e incapaces de cambiar acontecimientos, aptos sólo para observar y aprender de ellos.
Estaban en el borde del Vórtice, en la periferia del enclave. Los Eternos paseaban en grupos, reían, hacían jardinería y se asoleaban; mientras tanto, afuera, en el otro lado, detrás de la muralla invisible, centenares de gentes harapientas ―los antepasados de Zed― golpeaban y arañaban en vano. Imploraban, mendigaban y caían sollozantes al suelo. Hombres, mujeres y niños de todas las edades, con el común denominador de la miseria. Tan pobres ellos como ricos eran los de adentro.

Aislados de los estertores de los agónicos, los habitantes del Vórtice apartaban la vista de los orantes y plañideros remanentes del viejo y mortecino mundo. Éstos se lanzaban como perros contra la pared, impotentes de aceptar que serían abandonados por tan bello, rico y educado grupo como aquél que vivía dentro del glacial recinto.

Avalow le habló suavemente.

—Nosotros, los pocos ricos, los poderosos y conocedores, nos desvinculamos para proteger la sabiduría y el tesoro de la civilización en tanto el mundo se sumergía en una era de oscurantismo. Para ello tuvimos que endurecer nuestros corazones contra el sufrimiento exterior. Somos los custodios del pasado, frente al futuro desconocido.

Los Brutales golpeaban desesperadamente contra el poderoso muro, cuya frágil transparencia contradecía su solidez. Su superficie era impenetrable para todo tipo de sonidos y vendavales; sin embargo, la suave y cálida brisa podía deslizarse libremente. Había, sin embargo, una entrada en lo alto para permitir el acceso de la cabeza de Zardoz.

Hubo una época en que está muralla no existía, y por consiguiente a su turno desaparecía; pues nada construido por el hombre poseía el don de la perennidad. Mientras los eternos se deslizaban entre capullos, pavos reales y estatuas sobre el césped pulcramente alambrado, marcaban contraste con los tonos marrones, grises y oscuros del otro lado de la ciudadela. Para los Brutales era como una pintura paradisíaca; sin embargo, ningún pigmento, luz o sombra creadas por un artista podían haber representado un ambiente celestial tan convincente como éste que ellos veían. Por más que fueran científicos y no artistas los que construyeron este despiadado paraje que se burlaba de sus miserias.

Los Brutales, mientras pugnaban por atravesar la muralla, cambiaron de aspecto. Zed tenía la impresión de que se habían convertido en Eternos, esforzándose por encontrar un medio para introducirse.
Zed y Avalow retornaron al presente. Sus espíritus volvieron a sus cuerpos. Su estructura astral se reunió con la corporal, unificándose nuevamente. Estaban aún dentro del suave y transparente invernadero, protegidos de reflejos y con conciencia de sí mismos; y mientras Zed se reubicaba en su cuerpo, su mirada retenía la imagen de los Brutales lanzándose contra el cerco periférico.

De ahí pasó a la escena actual, su realidad. Consuella y una docena de hombres golpeaban contra el insustancial caparazón que resguardaba ese paraje tropical. Lo habían divisado, y demolerían la cúpula encima de él con sus puños y armas, y lo golpearían hasta matarlo.





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