Zardoz john Boorman (con Bill Stair)



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Capítulo VI - EL PRINCIPIO DEL FIN

El Amigo guió a Zed a través de la puerta de hierro de una jaula, cerrándola a su paso. Zed examinó a sus captores y la escena que se desarrollaba, mientras que el Amigo se detuvo frente a un hombre al cual Zed llegaría a conocer como George Zaden, otra víctima del sistema. Ambos exhibían sus eternas e inescrutables caras.

—Monstruo, mañana trabajarás para mí. Mi otro caballo murió la semana pasada.

Dieron media vuelta y se alejaron a través de otras jaulas de animales extraños, dejando a Zed en contemplación de los tumultuosos acontecimientos de su primer día en el Vórtice.

Este arcaico corral había sido adaptado como una prisión para animales. Hembras y machos robustos de diferentes especies, representaban su ganado y bestias de carga; y escondidos en un pequeño rincón, cerca de un gigantesco portón que atraía toda la luz, en la porción más reducida se encontraban ―en homenaje a los eternos antepasados― varios monos y uno que otro simio, y ahora el más preciado botín: Zed.

Al menos no le obstruían la visión, y podía ver la luna, y respirar el aire fresco de la noche a través de los barrotes. La paja de la jaula estaba limpia, así como la jarra llena de agua fresca; también disponía de grano molido para alimentarse.

Y faltaban tres semanas completas para su ejecución.
—Bueno Monstruo, levántate que es hora de trabajar.

La jaula se abrió bajo el fulgor del sol matinal. Atravesó la jaula, precediendo al Amigo a través del patio y el arco de piedra. Consuella y otros se hallaban allí alimentando y cepillando a los animales; Zed se sorprendió de verlos cumpliendo trabajos domésticos, tarea de esclavos. Mientras cruzaban el oscuro portal, el Amigo golpeó a Zed con un látigo en la espalda, causándole una caída contra las paredes del corredor de salida.

Zed reaccionó e iba a defenderse, pero fue rápidamente fulminado por dos letales miradas del Amigo. No tan intensas como las de May, que lo habían dejado inconsciente, pero igualmente dañosas.

—Está bien. Dejémonos de tonterías. ¿Dónde está Arthur Frayn?

Zed no se movió, ni emitió palabra alguna.

—¿Alguna vez escuchaste la expresión “si las miradas fulminaran”? Pues aquí lo hacen. No hay necesidad de que finjas conmigo. Yo no soy como los otros; sé más de lo que tú crees. En el conocimiento confidencial de Arthur Frayn, soy Zardoz.

Luego de sus palabras, el Amigo esperó una reacción de Zed, pero éste permaneció mudo: ni su cara ni su cuerpo evidenciaban una respuesta.

—Está bien; esperaremos… y veremos.

Se encaminaron hacia la vetusta torre del reloj, que se encontraba aislada de las demás construcciones; así el Amigo estaba apartado de los demás Eternos.

—No te enfades, yo velaré por ti. Cuando estés listo, hazme preguntas; las que tú quieras.

El Amigo deslizó su anillo de cristal frente a la puerta, siguiendo una fórmula particular. La puerta se abrió, mostrando, al hacerlo, una larga escalinata subterránea de piedra. El Amigo invitó a Zed, con una encantadora sonrisa y una venia, a dirigir el camino.

—Aquí es donde trabajarás todas las mañanas, desempeñando tareas domésticas, pero nada abrumadoras.

El Amigo tendía a ocultar un doble significado en sus sarcásticas palabras. ¿Se estaba ofreciendo como aliado?

La escalinata parecía tan interminable como los profundos pasadizos de una pirámide. El aire se tornó más frío. Pronto se encontrarían a nivel de la sala de interrogaciones, con su inevitable oscuridad y ominoso misterio.

Zed se dio vuelta y preguntó al Amigo:

—¿Esta es la casa de tu dios?

—¿Buscas dioses aquí?

El Amigo rió. Habían llegado al fondo de la escalinata. El corredor daba salida a una inmensa bóveda circular, su techo perdido en la oscuridad. Estaba atestado de estatuas, en innumerables poses y provenientes de diversas culturas. Permanecían petrificadas, atisbándose entre ellas, en medio de cajas de madera parcialmente vacías de las que brotaban pequeños objetos. En esa inmensa bóveda yacía el Museo de Arte secular, las aspiraciones, los sueños y el arte de docenas de civilizaciones.

—Aquí los tienes: dioses, diosas, reyes y reinas. Haz tu elección.

Atravesaron un corredor formado por dos hileras de grotescas estatuas que compendiaban una infinidad de otros ídolos.

—Pero… están todos muertos.

—¿Muertos?

—¡Murieron de aburrimiento!

El Amigo se largó a reír nuevamente, con un rictus amargo y melancólico que parecía sacudir la inerte piedra que los rodeaba.

El centro de actividades del Amigo mereció la aprobación de Zed. El Amigo había ubicado en forma dispersa algunos objetos favoritos de su botín ―incluyendo algunas cómodas sillas― y dejando que el resto se apilara desordenadamente alrededor. Los objetos escogidos se hallaban en el centro del demencial laberinto. Pilas de libros ―los primeros que Zed había visto― cubrían el piso. Esta polvorienta y vivida área era la residencia del Amigo.

El Amigo la recorrió en su totalidad, mientras conversaba con Zed.

—Aquí es donde trabajo, Monstruo. Éste es el lugar donde hago mis investigaciones y busco pautas. Todo empezó hace centenares de años, cuando era más joven de lo que me ves ahora, aunque, por supuesto, no lo demuestre. Se trataba simplemente de un proceso científico: anotar, tabular y extraer conclusiones del pasado; pero mientras más profundizaba en el asunto fue creciendo, en mayor grado, mi interés.

»Yo creía que todo este tesoro de otros mundos guardaba los secretos de su propio fin, pero sólo reflejaba la certeza de nuestra propia caída, mientras que conservaba su información para sí mismo. Debo admitirlo: me encanta. A medida que hago mayores hallazgos, cada vez sé menos. Apenas obtengo un conjunto de nociones organizadas, otra situación las refuta. Todo es desemejante y delicioso; sin embargo, todas las cosas parecen ser las mismas. No es un empleo, es un viaje sin escalas. Solía ser un ascético académico; ahora no soy otra cosa que un cínico buscador de tesoros. Tú no podrías comprender esto, ¿verdad? ¿O hay en ti algo más que simplemente una cara fea?

En una de sus idas y venidas se agachó y tomó una escoba, que arrojó a Zed.

—Todos debemos trabajar, Monstruo; persevera ahora. Nada de aflojar… o no irás al Cielo.

El maestro trabajó en su escritorio, mientras Zed barría de una manera ociosa y rítmica. Era bastante ineficaz, pero se dio tiempo para meter el dedo a través del ojo de un retrato pintado; ambos hombres estaban felices en su trabajo. El Amigo utilizó su anillo de comunicaciones para proyectar películas sobre la pared. Unos vehículos con ruedas se proyectaron en la pantalla, principiando con un carruaje con aspecto de carreta; Zed hubiera asumido su utilidad si hubiera tirado de él un caballo. Pasaron en la proyección por muchos cambios; los vehículos crecían gradualmente, volviéndose más bruñidos y metálicos. El Amigo se puso furioso con la película. Gritó en su anillo.

—¡Eso es incorrecto!

—Está catalogada de acuerdo a sus instrucciones.

—Yo quería que Ud. analizara el crecimiento de diseños a través de todas las marcas de automóviles, no una lista cronológica de un único fabricante.

—Se requiere un programa mucho más complejo. ¿Puedo solicitar consentimiento a Vórtice para un programa más largo?

La voz repitió monótonamente su pregunta hasta que el Amigo vociferó “Sí” para acallarla.

—Llevará tiempo —continuó la voz—. Hay demora en algunos circuitos.

Zed disfrutaba de la discusión: el hombre contra el mágico anillo. El pequeño ojo brilloso del Amigo giró hacia Zed y lo vio sonreír.

—Bueno, tengo tiempo suficiente. Define tres semanas.

Zed se sobresaltó al oír esto. Era un comentario demasiado próximo a su corazón.

—21 días; 504 horas; 30.200 minutos; 1.814.400 segundos.

Mientras rodaban las cifras que definían el período de vida de Zed, el Amigo levantó un reloj que se encontraba sobre un estante y retrocedió sus manecillas. Un repentino zumbido precedió a un estrepitoso campanilleo, que sobresaltó a Zed e hizo reír al Amigo. Éste dio unas pasos atrás, divirtiéndose con la aflicción de Zed.

¿Debería confiar en este malicioso personaje? ¿Podría fiarse de él? Presintió peligro en ese curso de acción. Algo lo refrenaba.
Zed se encontraba nuevamente bajo el dominio de May. Ella lo guió a través de un túnel hacia una habitación mucho más apacible. Se habían alejado del trecho contemplativo, donde los capullos de los gusanos de seda se elevaban hacia el techo formando la alta cúpula transparente que Zed había divisado la primera vez que vio la casa.

Caminaron sigilosamente en la oscuridad hasta que llegaron al comedor. Una inmensa mesa, pulida como un espejo, estaba servida para toda la comunidad. Simples utensilios y una frugal comida habían sido colocados en torno a la mesa. Una enorme parra crecía por encima de la mesa, de manera que las uvas colgaban de las ramas más bajas. La habitación era espaciosa y vetusta, y tenía la apariencia de un área que había sido tradicionalmente un sitio de reuniones y regocijo por generaciones. No tenía nada del aspecto místico ―aunque ascético― de la habitación que acababan de dejar. Un suave sonido ―similar a aquel que había estremecido a Zed en el Museo del Amigo―, proveniente de pequeñas campanas mecidas por la tenue brisa que batía las ventanas, llenaba el ambiente. El Amigo, acompañado de un colega, contemplaba la aproximación de Zed y May sonriéndose con una mueca de satisfacción.

—¿Quieres decir que nunca antes vio un reloj?

—Obviamente no —replicó jocosamente el Amigo.

Consuella también se acercó a la pareja, y preguntó:

—¿No vas a tomar la comida con nosotros, May?

Otros se unieron en la sutil mofa, riéndose entre dientes en medio de visajes.

—Se ha tomado sus estudios seriamente.

—En realidad, hay un plazo de solamente tres semanas…

May se mostró impertérrita y tomó la mano de Zed para seguir guiándolo. Al cruzar otra puerta, ingresaron a un taller de tejido, donde transparentes madejas de hilo formaban una trama colorida entre la distante ventana y la puerta. May lo condujo hacia el jardín, donde una resplandeciente pirámide se erguía entre las flores y las estatuas.

Consuella los vio alejarse. Ella y el grupo se encontraban sentados en sus lugares habituales en torno a la mesa. Consuella observaba a la distante pareja con una mirada que traslucía envidia. Levantando su anillo de cristal, se dirigió a éste con dulzura.

—¿Aún no tienes conocimiento de cómo llegó aquí el Brutal?

—No hay ninguna conclusión. No se han recibido suficientes datos.

Los concurrentes se pasaron una hogaza de pan, besándola en homenaje a los frutos del campo, seguido este ritual por una bendición y acción de gracias. Era como si el Brutal nunca hubiera estado entre ellos. Terminada la plegaria, procedieron a comer entre charlas y risas.

Junto a la pirámide, May llamó a Zed. Éste se acercó cautelosamente.

—Entra.


Utilizando su anillo, May deslizó la mano sobre ciertos puntos de la superficie de la Pirámide. La reluciente superficie se separó como si hubiera sido agua; entonces se convirtió en un oscuro pozo, esfumándose en un vacío bajo sus pies. Había vestigios de sólidas paredes alrededor, pero ningún escalón ni pasamanos. Solamente el foso.

May le reiteró:

—¡Entra!

Zed sintió un fuerte empujón y empezó a descender al centro de la Pirámide. Había penetrado por la cúspide, la única parte visible desde el jardín, y seguía cayendo sin nada que lo detuviera; mientras lo hacía divisó a May, que se precipitaba detrás suyo.

El tubo se ensanchó alrededor de Zed. Estaba cayendo en la sala de interrogaciones, allí donde Frayn estaba siendo sometido a un proceso de nuevo crecimiento sobre el tablón donde lo habían tendido antes a Zed.

Sus brazos no le respondieron cuando trató de impedir su caída. Oyó una débil risa, y a continuación él y May flotaron en una mullida base sobre el duro piso. Zed aterrizó bruscamente, mientras que ella lo hizo como una flor sobre el agua.

La única entrada de la Pirámide era la más sagaz que él había atravesado. Conocía, previo control, a todos aquellos que la trasponían. El timbre era una llave, y al mismo tiempo un ornamento de identificación. El transparente pasaje de la pirámide aseguraba un control absoluto de quienes caían en él. Si existía el deseo de provocar la muerte, lo hacía mediante una aceleración de la caída.

La pirámide, fuera quien fuese que la dominara, era una impenetrable fortaleza, doblemente resguardada por sus sagaces entradas.

Zed continuó reflexionando en este nuevo nicho. Debió haber estado inconsciente la primera vez que se deslizó por el tubo, aún perplejo por la mirada de May. Ella debió haberlo cargado, y sin embargo parecía tan frágil… Los poderes de esta gente parecían interminables.

Otro aspecto que le intrigaba era de qué manera habría salido de ese lugar anteriormente. Es probable que una vez finalizado el análisis, el mismo mecanismo propulsor que los había hecho descender fuera empleado a la inversa para elevarlos a la superficie. Nuevamente se demostraba la excelente planificación del paraje.

Zed se sentía impotente contra el elaborado sistema. Uno podía permanecer atrapado eternamente entre esos sombríos seres de apariencia fetal que se veían detrás del vidrio. Arthur Frayn aceleraba su crecimiento a poca distancia de allí.

May se puso en cuclillas al lado de Zed y comenzó a observarle, utilizando su anillo a modo de un poderoso lente. Lo hacía como si fuera un espécimen del campo, un ser inferior que justificaba algo más que un interés pasajero. Ella podía ver cosas dentro de él, cosas que Zed jamás hubiera sospechado.

—No te muevas. Mira el anillo.

Mientras observaba a través de la delgada superficie frontal del anillo, Zed sintió cómo escudriñaba en lo más profundo del ser, y luego vio una radiografía de venas proyectada en la pantalla situada delante de él. May las congeló, o quizás el anillo mantenía fija esa imagen. Luego ella procedió en silencio a observar ese diagrama.

Zed presentía que existían en el asentamiento otras habitaciones y bóvedas. Podrían contener el mecanismo funcional del anillo. ¿Cómo se podría lograr el acceso allí? ¿Habría duplicados en otras cavernas, listos para tomar el lugar del otro, en caso de que sufriera desperfectos? Presumió que habría organismos gemelos lejos de este lugar, listos, silenciosos y expectantes. Eran un valioso enemigo, un ejército incomparable.

Y todavía, si uno pudiera introducirse en el alma de un enemigo, podría destruirlo, aunque fuera todopoderoso. Si el espíritu fuera quebrantado, el cuerpo caería.

El brillante enrejado de los vasos sanguíneos se puso nuevamente en movimento.

—No hay anormalidades retinales. El funcionamiento es normal. Los vasos del cristalino y la retina son normales. No hay hemorragias o exudaciones. El área de mácula es clara.

Era la voz familiar que había empavorecido tanto a Zed en la casa de campo. Sonaba demasiado remota para ser de un líder, pero más cierta que la de un esclavo. El dueño de la voz vivía subterráneamente en algún lugar contiguo.

La visión se amplió más; una vena creció ante los ojos de Zed. May observó impasiblemente, luego le murmuró nuevamente al anillo y la película se amplió aun más, y las propias células sanguíneas llenaron la pantalla. Ella congeló la película, habló como si advirtiera un detalle y quedó otra vez perdida en las mecánicas del descubrimiento.

La leve voz del anillo interrumpió su contemplación.

—Continuación del juicio contra George Zaden, del Vórtice Cuatro.

Fastidiada, May observó empalidecida su escena escogida, en favor de una cara en blanco, un hombre, uno del grupo.

—George Zaden, acusado de transmitir un magnetismo negativo en el segundo nivel.

El hombre comenzó a hablar. May observó con atención, pero golpeó impacientemente con el pie, como para apurarlo.

—Eso no es cierto. He estudiado nuestras subestructuras emocionales en el plano social por ciento cuarenta años. Mis pensamientos son críticas constructivas piramidales. Soy inocente de violencia psíquica. En la medida en que examinen mi cara y ojos, verán ustedes que ésa es la verdad.

Zed podía imaginar las agitadas manos de los votantes; las mutiladas voces interfirieron su parloteo con comentarios a la voz principal. El rostro del hombre en la pantalla se crispó ligeramente; luego se serenó, dándose cuenta de su error. Los músculos lo habían traicionado. Zed le tomó simpatía.

—Está mintiendo —murmuró May.


Zed había completado el circuito. Nuevamente estaba en el patio próximo a la panadería, pero esta vez era una bestia de carga, no un cazador. Esperaba, sujeto a las varas de una pequeña carreta, en tanto el Amigo la cargaba hasta el borde con las verdes hogazas. Otros entraban y salían bulliciosamente de la panadería. Zed clavó la vista en el portón principal, recordando cómo la Cabeza había aterrizado allí, trayéndolo a este lugar, unos pocos días antes. El Amigo captó su mirada.

—¿Buscas la Cabeza, Monstruo? Se ha ido. En camino hacia su viaje infinito. De Vórtice en Vórtice, una y otra vez, como yo con el pan. Por siempre jamás.

Estalló una reyerta entre los trabajadores, que interrumpió las meditaciones del Amigo. Parecía como si uno de los hombres hubiera herido a una mujer con su mirada, al mismo tiempo que Zed era atacado con menor dureza; éste era el primer episodio agresivo que había presenciado.

Varias personas avanzaron para detener al hombre que había perpetrado una violencia psíquica. El Amigo se unió a ellos, zangoloteando a Zed como el caballo que era.

―¿Será castigado por ese acto?

―Por supuesto ―respondió el Amigo, sonriendo mientras acudían recuerdos a su mente.

Juntos atravesaron senderos arbolados, alejándose de los edificios principales en dirección al lago donde Zed tuvo su primer encuentro con May.

—Pero… ¿ustedes no tienen ni Policías, ni Exterminadores?

El Amigo se rió.

—Eso lo discutimos interminablemente. Cada pequeña transgresión es examinada repetidamente.

—Entonces, ¿que es lo que le ocurrirá a él?

—Le asignarán por lo menos seis meses.

—¿De prisión?

El Amigo se rió.

—No. De envejecimiento.

―¿Envejecimiento? ¿Qué es lo que quiso decir con eso?

—Yo también estoy envejeciendo —reflexionó el Amigo lánguidamente, desde su cómodo asiento en la carreta—. Seis meses por aquí. Un año por allá. Estos períodos suman años. Te avejentan, pero no te permiten morir.

—¿Y por qué no te suicidas? —se aventuró a preguntar Zed.

—Lo hago de vez en cuando, pero el Eterno Tabernáculo me reconstruye ―otro pensamiento sardónico vino a su mente, provocándole una sonrisa—. ¿Quieres ver cómo funciona la inmortalidad? —preguntó el Amigo al jadeante Zed, y al hacerlo lo zamarreó camino abajo rumbo a una colina.

Un curioso edificio se antepuso a ellos: STARLIGHT HOTEL. El Amigo estaba deleitado con la confusión de Zed.

—Aquí es donde viven los Renegados. Están condenados a una perpetua senilidad. Les proporcionamos alimentos, pero son repudiados. Son seres maliciosos y depravados, o sea que hay que entrar y salir rápidamente. Yo personalmente me siento muy a gusto ahí adentro.

Se dirigieron hacia una enorme entrada de vidrio que permanecía abierta. Alrededor de treinta personas ancianas se acercaron a saludarlos. Provenían de épocas inmemoriales.

La habitación estaba en total deterioro, y era horripilante. Harapos y jirones colgantes la decoraban, y una murga de tres tocaba en una esquina: vestían amarillentos y parchados trajes de noche. Alrededor del piso, en lo que antes habían sido utilizadas como butacas para comer, otros, demasiado viejos para moverse, yacían en arcones. Zed apuró la carreta hacia la sala de baile y se deslizó rápidamente en una curva que facilitaba la salida, mientras el Amigo arrojaba las hogazas. Los ancianos se galvanizaron y corrieron hacia la comida emitiendo chillidos, se pelearon entre ellos y despedazaron el pan reduciéndolo a migajas, mientras la carreta se alejaba hacia el sol y el bosque. La cháchara de los Renegados los acompañó mientras descendían la colina.

Llegaron a otro lugar, cuyos altos portones estaban abiertos. Se encontraron delante de otro patio, rodeado de desoladas casuchas. A su paso, el Amigo lanzaba hogazas de pan delante de las puertas. No se vio un rostro. Era un lugar muerto. Luego dirigió la carreta hacia el granero y descendió, aliviando a Zed de su carga.

El granero estaba colmado de gente que tenía el semblante de los transportados, excepto que no estaban revestidos de ningún tipo de tela de seda. Y se asemejaban a las estatuas del Amigo, aunque estaban indudablemente vivos. Pero… ¿qué clase de vida era ésa?

El Amigo sonrió ante el azoramiento de Zed, señalando a una joven de facciones marchitas.

—Yo la quise, Monstruo —y posteriormente dijo, dirigiéndose a los concurrentes—: Ustedes son realmente un espectáculo melancólico.

El gong proveniente del anillo interrumpió al Amigo.

—Se llama a votación, al finalizar el juicio de George Zaden. Comenzará a continuación la defensa del acusado.

La imagen de George Zaden se proyectó a través del anillo en la cara del Amigo. Los presentes se revolvieron pausadamente para mirarlo. Zaden comenzó a hablar y mientras lo hacía, el grupo se aglomeró lentamente alrededor de ellos, formando un cerco letal.

—Yo confieso las inculpaciones. Trato de reprimir esos pensamientos, pero se me filtran por la herida causada por mi tercera muerte. Mi reparación fue imperfecta… ―su expresión cambió, mostrando desafío—. No. ¡No es verdad! ¡Yo pienso lo que pienso!

El Amigo a continuación sonrió.

—Esto es más verídico. ¡Yo estoy contigo, George!

George pareció haberlo escuchado:

—Los odio a todos, los odio a todos. Los odio a todos, especialmente a mí.

La imagen desapareció.

—Voten, por favor. Voten, por favor.

Las caras que los rodeaban parecían comprender, pero carecían de poder para actuar, ya sea por atrofia o meses de desidia, sus cuerpos erguidos al borde de la vida y la razón.

El Amigo habló al anillo.

—Yo estoy votando por el pobre ser vegetal. No servirá de nada, es inútil… ¡Absolución completa!

Zed se encaminó hacia una bellísima joven, que parecía escudriñarlo. La tomó de un pecho y lo apretó. No hubo reacción alguna. Ella continuaba enfocando lentamente la escena anterior; su sistema nervioso, que no acompasaba por su lentitud al de Zed, estaba embotado y vencido.

El Amigo sonrió burlón al verlo.

—Sigue, ¡sírvete!

Zed acarició suavemente a la muchacha, y luego lo hizo con furia. Ella se sometió ciegamente, sin adoptar la menor resistencia, ni tampoco complacencia. El Amigo caminó entre los demás, y tomando sus brazos los colocó en posiciones fantásticas. Así permanecieron, y después lentamente recobraron sus posiciones originales a través del aire líquido.

—¿Zardoz no te habló acerca de los apáticos? ¿No? Se trata de una enfermedad, y está propagándose lentamente por todos los Vórtices. Es la causa por la que Zardoz te hace trabajar en las cosechas: para alimentar a esas gentes. No podemos sostenerlas más tiempo. Apático o renegado: haz tu elección.

Zed quedó sin resuello ante la información, que quedó indeleble en su ánimo. Su Dios no era más que un despachador de cereales, para alimentar a esa gente enferma. Silencios emocionales, tristes estatuas que una vez fueron Eternos. Zed vio con claridad todo ello, hizo un examen introspectivo y constató un vacío que podría consumirlo. Experimentó la impresión de su grande y aciago vacío, y sintió miedo. Ningún enemigo había sido tan pasivo y a la vez tan fuerte. En su verdadera fragilidad residía su poderío.

Zed sintió como si los espíritus de los difuntos lo arrastraran dentro de una sepultura que no tenía fin. Esos apáticos lo sumieron en una noche interminable, donde podía ver y sentir, pero era incapaz de hacer un movimiento: paralizado por el demonio de un gran insecto, como una desvalida larva, y luego seguir existiendo mientras la llaga gangrenosa de otra cultura devoraba su viviente pero atormentada carne. Los apáticos habían cesado de vivir, y sin embargo no podrían morir nunca. Zed se dio cuenta del comienzo del proceso: sus miembros adquirieron la pesadez del plomo. No se podía mover. No podía gritar. Estaba enterrado vivo en el frágil y tenue aire.

Su corazón todavía palpitaba con ritmo estable, aunque sufrió algunas lentitudes que lo sumieron en un letargo. La sangre empezó a enfriársele hasta un nivel helado. Entonces, su corazón volvió a latir normalmente y a bombear más ligero. No sería envuelto en su telaraña. Zed sobreviría y triunfaría. Podría resistir y superar todas las vicisitudes. Su cuerpo despertó jubilosamente, sus miembros recobraron su flexibilidad, estaba vivo con un súbito hálito primaveral.

Tomó a la muchacha y la derribó sobre un rimero de paja, donde quedó yacente como una monstruosa muñeca. Zed estrelló un barril contra la pared. Volcó una carreta, y exteriorizó su energía vital con un estrepitoso grito. Algunos de los apáticos salieron de su atonía y otros llegaron a ponerse de pie. Los ojos de la muchacha pestañaban desde el montón de paja, tal vez con temor. Zed se detuvo, físicamente exhausto. El Amigo aplaudió irónicamente.

—Bien, ahora empiezas a mostrarte.

Zed sintió que le tocaba, por vez primera, la viscosa mano de la desesperación. El enemigo anónimo y de rostro desconocido que lo confrontaba parecía abrumador.

El gong sonó nuevamente. Los apáticos se acomodaron penosamente en actitud de escucha.

—Votación final. En favor: 9, en contra: 586. En blanco: 86. Sentencia: George Zaden será envejecido cinco años.

El Amigo frunció el ceño, luego se le aclaró la fisonomía y se dirigió a Zed.

—Bienvenido al Paraíso.
La comunidad estaba reunida. Una vez más, Zed estaba en exhibición en la habitación anaranjada. Mientras los concurrentes lo examinaban, Zed hacía lo propio con ellos.

No había más de treinta miembos activos, como en cualquier momento dado, si bien el edificio y sus terrenos adyacentes tenían capacidad para acomodar a una cantidad mucho mayor. ¿Dónde estaban ahora? ¿Eran apáticos o renegados?

Los detalles de su ejecución ocasionaron un derroche estéril de tiempo. ¿Cuál sería la fecha, y cómo lo matarían? Conocía la muerte, pero los Eternos, estoica mezcla de conocimiento superior, indiferencia emocional y perpetuo infantilismo, le estremecieron. Eran como los perversos y malcriados niños de un padre gigante, que habían sido dejados en esta lujosa guardería. Tal vez crecieron gradualmente hasta la adultez a lo largo de centenares de años. ¿Habrían despachado a sus mayores? Zed estaba a merced de unos genios infantiles, que tenían el intelecto de dioses pero eran arrastrados por sentimientos más siniestros de los que podía comprender.

Se obligó a calmarse cuando tomó conciencia de lo que estaba ocurriendo con sus pensamientos. Era cierto que su manera de pensar comenzaba a resbalar hacia el pánico. ¿Qué es lo que sabía, que podía serle útil?

El anillo: cada miembro de la comuna portaba uno. Con él podían hablarse el uno al otro y a un “ser” central, quien tenía el poder de reunir, organizar y transmitir ésta y otras informaciones a los demás.

Un ser central presidía sobre todo el Tabernáculo. La pirámide era una fortaleza subterránea. Podría haberse construido como refugio, contra un enemigo cuya fuerza Zed no podía imaginar. En rigor de verdad, era inexpugnable, y contenía el corazón de la comunidad. Se le denominaba el cuarto del Tabernáculo. Para Zed era un lugar de interrogación y horror.

Aquí es donde los Eternos eran rehechos, si resultaban dañados o muertos. Ello lo condujo a esta última conclusión: eran Eternos. Sus huéspedes no morirían nunca. Aun si se dispusiera su eliminación, comenzarían a renacer en recónditas zonas subterráneas y reaparecerían misteriosamente, como el maíz primaveral, desde la tierra, equiparación exacta de la última cosecha. Zed sabía también que la extraña maquinaria trabajaba más velozmente que su contraparte humana. Frayn, el hombre que Zed había matado, retornaría en pocos días completamente formado, con todas sus facultades y recuerdos intactos, para confrontar a su victimario.

Así, la mente central se mantenía oculta, protegida por el tenue aire; la única entrada a ella era a través del cristal sobre el anillo. El Tabernáculo era inexpugnable. Los Eternos jamás serían destruidos.

Zed era su prisionero temporario, hasta la muerte o la evasión. Todos estos hechos eran reales.

Y todavía existían otros significados, otros indicios en torno a Zed que importaban otras anécdotas esperanzadas. Las líderes eran May y Consuella, otrora unidas por más que un interés común: por amor. Pero esa poderosa unión había terminado hace tiempo. Zed podía percibir la existencia de viejos apetitos agitándose en ellas, suscitados por él y por su concupiscencia. ¿O era la revancha a su vitalidad?

May parecía la más débil de las dos por el momento, pero contaba con un numeroso grupo adicto, compuesto exclusivamente por el sexo femenino; un grupo silencioso y discreto, pero con firme devoción. Consuella, si bien la más fuerte, estaba solitaria. Zed percibía su mortífera presencia. Ella no podía ser comprada o atacada por los flancos, pues su alternativa se concretaba en salir victoriosa… o vencida.

La disensión en el centro del grupo era evidente, y Zed podía contribuir a acentuarla.

El Amigo podía ser un aliado, pero se hallaba tan remoto y débil como todos los hombres aquí. Vivía al borde de la tribu, y podía muy pronto ser enviado al exilio. ¿Osaría Zed seguirlo como a un camarada, o podría tal esfuerzo quedar malogrado? La apatía podría convertirse pronto en su sino. Por lo menos, la existencia de esos apáticos semi-muertos demostraba que el Vórtice estaba en decadencia, y el plan central tenía fallas. Si se frustró aquí, Zed podría hacerlo fracasar en otra parte.

No obstante, todos los reclusos aquí eran talentosos y con dotes especiales. Cada uno tenía su propia esfera de conocimiento, pero aún así tenían que cumplir tareas domésticas y servirles cotidianamente.

Al parecer necesitaban mantenerse en contacto con el aire y la tierra, pues eran casi nada más que espíritus. Zed estaba vital y fuerte, y su alma era una sola unidad con su cuerpo; esas gentes eran casi fantasmas. Se les interrumpía siempre para fusionarlos con el proceso gobernante, mientras en la tribu de Zed todo se realizaba alegremente. Aquí, sus reyertas y conflictos menudos neutralizaban el cambio.

Zed debía mantenerlos en un plano de conjeturas respecto a él, y por ende, mientras más prolongada la intriga, mayores serían sus posibilidades de supervivencia. Debía continuar dividiéndolos, maravillándolos; así sería mayor la posibilidad de lograr su entrada al centro secreto. Pero su vida pendía entre la vida y la muerte. Ellos carecían de corazón, y no existía fuego en su interior.

Estaban a salvo, a cubierto de inseguridades, y eran sabios. Zed no había visto ningún ser predador, o gato gigante desde su llegada.

No conoció ningún tipo de correrías o crímenes. Nadie iba armado, ni necesitaba hacerlo; en consecuencia, ¿por qué su agitación respecto a él? Zed debía encontrar pronto dónde habían ocultado su arma, pues así provisto podría competir con todos ellos.

Los habitantes de la comunidad estaban protegidos por alguna cosa alrededor de sus tierras que nunca dormía, que permanecía siempre en vigilancia. Aun así, Zed había una vez atravesado esta mágica pantalla. Si consiguió hacerlo, ¿qué se interponía en su camino ahora, que no pudiera derrotar?

Esas preciosas enemigas suyas, de atractivo sin par, poseían juventud, pujanza e intelecto para siempre. Habían sido cotejadas y elegidas; pero igual ocurrió con él. Eran como diosas, pero podía ver sus centros vacíos. Zed podía ver a esos enemigos como eran en la realidad: horribles, depravados y protervos, parásitos superficiales sobre esta agostada tierra.

Esta tribu había declinado hace tiempo, pero no lo aparentaba todavía. Infundía aún temor reverencial, pero en grado mucho menor que antes. Advertía Zed las grietas. Si pudiera contar con algo de tiempo… Ese tiempo corría a su lado adversamente, en una carrera por su propia vida o por la muerte de toda la tribu.

Estas reminiscencias y análisis giraron por su mente, mientras seguía en la contemplación del grupo. Zed estaba superado en número, pero era un guerrero acostumbrado a la batalla y los feroces combates. Le gustaba la lucha a muerte. Los protagonistas aquí congregados, aun la criatura mágica del anillo, no eran luchadores, no tenían los medios para matar. Aun si tuvieran la noción en sus cabezas, no existía el sentimiento; era contra su modalidad, contra su principio de vida, pasivo, lento e incólume. ¿Por qué aprender a luchar, cuando no se puede morir?

Consuella conducía esta investigación. Zed debía ser cauteloso, ya que ella podía utilizar esta oportunidad para acelerar el proceso hacia su condena de muerte. Era un hecho aciago que ella fuera su enemiga; Consuella era guapa, fuerte y resuelta, una digna contendiente para un líder como él.

Todo aquí debía tornarse en ventaja suya. Cada antagonista podría volverse su amigo. En Consuella tenía su enemiga mortal; no obstante, podía subvertirla.

Allí donde Zed había permanecido antes para entretener a la comuna con el relato de sus recuerdos, hoy se encontraba nuevamente en capilla. El Amigo se hallaba en primera fila del auditorio, y May en profunda expectación, cuando Consuella inició su exposición.

—La erección del pene fue uno de los muchos misterios no resueltos de la sexualidad. Todas las sociedades tuvieron una elaborada subcultura consagrada al estímulo erótico…

El auditorio mostraba aburrimiento, pero miraba soñoliento a su nuevo juguete ―Zed― con indulgente interés.

Sobre la gigantesca pantalla se proyectó una sucesión de escenas sexuales. Los acoplamientos de diversas épocas: divertidos, tristes, con movimientos de diversos grados de belleza, dependiendo del período y la cultura de que provenían. Los espectadores no dieron indicios de inquietud, puesto que habían sido formados asexuales e inanimados hace largo tiempo.

—…pero nadie podía descubrir como ocurrió esto.

Consuella señaló en la pantalla con su largo puntero la aparición de un pene flaccido. Lo golpeó, y éste se alzó hasta la plena erección. Alguien bostezó, otro se rascó la nariz y miró hacia el lejano jardín de la habitación; sólo el Amigo observaba atento el experimento. Consuella estaba absorta e indiferente al público, mientras se apasionaba con su proyecto.

—Por supuesto, conocemos el proceso físico en cuestión, pero no el vínculo entre estímulo y respuesta. Parece haber una correlación de violencia con temor. Muchos hombres ahorcados murieron con una erección. Todos ustedes están más o menos al corriente de nuestras intensivas investigaciones sobre el tema.

Uno o dos se movieron inquietamente bajo su mirada, como si recordasen alguna humillación pública pasada.

—La sexualidad probablemente declinó porque se fue extinguiendo la necesidad de procrear. Los Eternos descubrieron pronto que la erección era imposible de lograr, y ya no somos más víctimas de ese acto convulsivo y violento, que tanto degradaba a las mujeres y traicionaba a los hombres.

¿Podrá ser cierto eso?, pensó Zed. Eran todos removidos de su verdadero ser para convertirse simplemente en envases para sus intelectos. ¿Se habría atrofiado la superficie de su epidermis hasta el adormecimiento? ¿Podrían dejar de sentir las urgencias interiores de placer, privación y unión?

—Este Brutal, como otros primates que llevan vidas inconscientes de sí mismas, es capaz de erecciones espontáneas y reflejas. Como parte de los estudios sobre este ser cumplidos por May, trataremos de encontrar el eslabón entre el estímulo erótico y la erección. Este experimento probará el estímulo auto-erótico de la capa externa de un órgano, conductivo a la erección.

Con una mirada relampagueante, May trató de medir la reacción del grupo ante las palabras de Consuella. Unos pocos se excitaron en anticipación ―tal vez con el recuerdo de la proyección de la vida de Zed― y la esperanza ahora de algo incitante.

Consuella pasó el anillo comunicador sobre la cabeza y el cuerpo de Zed, y apareció una línea en la pantalla, ligeramente oscilante: un visible reflejo de la pulsación sexual de Zed. Los pies de los espectadores se restregaron mientras se inclinaban hacia adelante para observar mejor la pantalla.

Zed fue colocado en posición de afrontar la pantalla. Las imágenes comenzaron a aparecer allí. Imágenes que empezaron a compelerlo. Cada aspecto imaginable de una mujer sexual apareció ante sus ojos, aún algunos que no podía haber imaginado. Incesantemente, en secuencias y cadencias, se proyectaron ante él.

Recordando su razonamiento antes de que principiara la exposición, se dio cuenta de que no debía actuar como se había pronosticado; mientras más tiempo pudiera confundirlos, mayor sería la duración de su vida.

May se aproximó a él y comenzó a masajearle el cuerpo. El conjunto de imágenes creció en intensidad, pero Zed percibió un fondo mecánico en las secuencias de la película. Había una organización detrás, pues se registraban hábiles repeticiones. Escrutó la línea de su propia reacción, moviéndose a través de las escenas como una onda en un estanque, constante y calma. Enfocó la línea, su uniformidad y metódico orden.

Era una proyección de sí mismo. Al contemplar su quietud, Zed se sintió inundado de mayor calma todavía. Las visiones de mujeres detrás de la línea crecieron en ardor sensual y convulsiones, pero Zed fijó la vista sobre la línea blanca, por delante de las encendidas contorsiones.

El solícito interés de May se hizo más patente. Zed se impuso una respiración pareja. Podía recordar algunos pasajes visuales. Estaban volviendo a pasar el programa; una reedición, pero en forma más continua. El cuerpo de Zed estaba estabilizado en su interior, y en actitud de afrontar al Tabernáculo, disputando su poder.

May hizo señas a Consuella. Ella caminó entre Zed y la pantalla. Zed la miró sin temor. Consuella no se atrevería a golpearlo en público durante un experimento sin riesgo de desprestigiarse.

Ocurrió que los Eternos creyeron que Zed era tan áspero como su exterior: un duro y activo animal, carente de poder pensante. No pararon mientes en que él tenía facultades de razonamiento.

Consuella lo miró, permaneció frente a él orgullosamente y le clavó la vista en los ojos. Detrás de ella la pantalla estaba en blanco, sin imágenes, excepto la línea relativa a su pulsación sexual. Ésta continuó trazando una trayectoria firme.

Zed fluctuó su mirada entre Consuella y la línea, alternativamente. Un pensamiento cruzó su mente, y emitió a través de su rostro una fugaz sonrisa: podía controlar su cuerpo.

Consuella seguía todavía allí, hierática. Zed produjo la deseada erección para el disfrute del auditorio.

—¡Consuella ha sido la autora de la treta! —dijo el Amigo.

El auditorio, entre risitas y carcajadas, aplaudió finalmente. Consuella era el objeto del amor del Brutal. Pudo producir la erección refleja; por tanto, ella no era mejor que el primate cautivo.

Zed le sonrió dulcemente. Consuella se ruborizó, encolerizada; pero él detectó una sombra de envidia reflejándose en el rostro de May.


Consuella observaba a Zed dormido en su jaula. Habló a su anillo comunicador:

—El Brutal está ahora en la cuarta hora de sueño inconsciente. Es pasmoso que el Homo sapiens consuma tanto tiempo en esta condición vulnerable, a merced de sus enemigos. ¿Existen antecedentes sobre las pautas de sueño de la gente primitiva?

—¿Es una petición prioritaria?

—Sí. Experimentaré ahora su respuesta de trabajo frente a estímulos de peligro —comentó Consuella.

Llegó a introducir en la jaula su mano, como una garra extendida, hacia el profundamente dormido Exterminador.

La mano de Zed apareció, asió la muñeca de Consuella. Se despertó instantáneamente alerta. Ella jadeó ante el contacto físico, y Zed la soltó.

—¿Te gusta dormir? ―preguntó Consuella.

Zed asintió.

—Sí.

—¿Por qué?



—Tengo sueños.

Mientras Consuella escrutaba su rostro en busca de un significado, la voz del Tabernáculo comenzó a responder a la anterior pregunta de Consuella.

—El sueño era necesario para el hombre, cuando sus vidas en vigilia e inconsciente estaban separadas. Cuando los Eternos lograron total estado de conciencia, el sueño resultó obsoleto, y la meditación de nivel secundario tomó su lugar. El sueño estaba íntimamente conectado con la muerte.

Zed contempló el cielo nocturno y sus diminutos puntos de luz a gran altura sobre los tejados, danzando mientras irradiaban su fulgor en un armónico orden dentro de una curiosa arquitectura orgánica.


—Tú. Tu estructura genética. Tu diagrama vital —era la voz de May.

Estaban nuevamente debajo de la tierra a gran profundidad, dentro de la Pirámide, en adoración al Tabernáculo. May recitó una prolija letanía científica ante la pantalla; un homenaje al anillo maestro. Ella había examinado minuciosamente el cuerpo de Zed con su anillo comunicador. Bajo su orden, había explorado y captado el diseño de Zed. Su piel, vasos sanguíneos y fibras musculares, luego más profundamente y en áreas más pequeñas, dentro de las células y más allá de ellas, en el interior de sus componentes. Finalmente, sus partículas esenciales, el plan más minúsculo dentro de Zed, había sido proyectado para beneficio de May y para el ojo que vio y proyectó para ella.

¿No podría haber sido examinado también para su propio beneficio? Escudriñó toda la información entrante y seleccionó lo principal y más importante, para su uso ulterior como una línea de defensa y posible ataque.

Utilizando su mentalidad militar, Zed supo que cualquier cosa que yaciera al final de los hilos invisibles que conducían y conectaban con el Centro —eje de la telaraña mística— era un rey silencioso y durmiente, conspirando cuidadosamente para una confrontación y batalla final: su Armagedón.

¿Había exteriorizado sus más recónditos pensamientos, así como sus detalles físicos? Para estar seguro, podría tener clasificada su apariencia hasta ahora, pero no su alma. No todavía, nunca.

—¡Mira!


Sus ojos continuaron siguiendo las pautas, mientras disminuían y fluían delante de sí. Zed se esforzaba, pero no podía descifrar las imágenes sobre la pantalla.

—Tú eres un variable. Una segunda, quizá tercera generación. Por consiguiente, genéticamente estable.

Las frases de May le llegaron en tono deliberado, lentamente, como si fueran reflexiones confirmadas y con visos de realidad por su admisión vocal, como anotaciones en un libro largamente guardado. Estaba subrayando las sospechas que habían surgido a su llegada.

—Cerebro agrandado. ¡Total recordación! Tu potencial es…

May se quedó sin habla. Sus brazos se levantaron como si abarcaran un humo que crecía y llenaba la habitación. Se encogió de hombros y no pudo articular palabras.

—Tu potencial de procreación…

—¿Procreación? ―inquirió Zed, inclinándose sobre la losa.

Ambos hicieron una pausa, conscientes de que May había expuesto un flanco débil a Zed con esas palabras. Ella le fijó la vista con el ceño fruncido, ahora en estado de alerta.

—Arthur Frayn.

Zed desvió la mirada, turbado. Su mente omitió un pensamiento o dos, luego resbaló hacia su punto de concusión. Procrear… Él podría hacerlo en las Tierras Extrañas; era su sagrado derecho. Zardoz lo había decretado así. Había sentido que era un justo y verdadero premio a su superioridad sobre los demás. Podía solamente desposarse con aquellas mujeres que estaban tan bien formadas como él. Ninguna mutante podía ser inseminada por él, ni podía ser suya ninguna bruja salvaje; solamente aquellas con el diseño prescripto por Zardoz.

Entonces la machacona duda comenzó a roerlo, y sintió la náusea de que fue la concreción de Frayn. Zed simplemente había sido otra forma vital para que Frayn jugueteara. Sus acciones amorosas habían sido parte del plan de un gran jardinero, una cuidadosa plantación en la época primaveral, vigilada desde lejos. ¿Podían sus matanzas haber sido la poda y el desmote para el distante hacendado? ¿Era Zed simplemente la única flor con púas, en un campo de otros capullos especiales? ¿No podía acaso ser tan grotesco como los mutantes que él aborrecía? ¿Era el producto de una premeditada razón humana, Frayn?

No debía traicionar esos sentimientos ni para sí mismo, o se debilitaría y quedaría a merced de convertirse en mero instrumento de ella.

—¿Cómo te introdujiste en el Vórtice? ¿Cuál es tu propósito?

Zed sabía que May lo deseaba, por muy poderosa que ella fuera. El interés objetivo de May estaba provocado por el potencial de Zed. El cuerpo de ella anhelaba el suyo.

—Tú eres mental y físicamente superior a mí, o a cualquier otra persona aquí ―dijo ella.

Los ojos de May pestañaron. Zed tuvo la sensación de que el velo estaba rasgado; que las amenazas ya previstas, y el potencial que ella había puesto en descubierto, eran lo mismo.

—Tú puedes ser cualquier cosa. Puedes hacer cualquier cosa… —May hizo un ademán, y luego lanzó su jugada—: Tú… debes ser destruido.

¿Sentía ella realmente esto? Y de ser cierto, ¿cuando cumpliría su amenaza?

—¿Por qué? ―dijo Zed con suavidad.

—Porque podrías destruirnos.

Zed respiró profundamente.

—¿Como han destruido el resto de la vida? ¿Puedes olvidar cuanto sabes ahora acerca de mí?

Ella meditó por un momento, luego replicó:

—Por el bien de la ciencia, mantendré este conocimiento fuera de los otros por el momento. Te conservaré vivo, pero tú debes seguirme, obedecerme, ser circunspecto y hacer calladamente cualquier trabajo que se te encomiende. Yo te vigilaré.


En la comida se escuchó el barullo de siempre. Todos los Eternos estaban presentes. La luz del atardecer se reflejó desde el espejo de la mesa en sus rostros y centelleó a través de la cristalería puesta sobre la superficie.

La habitación era tibia y amistosa, la comida sencilla pero sabrosa. Como una elegante y rica familia, los comensales fisgoneaban e intercambiaban bromas mientras comían, demasiado engreídos realmente para comprender nada fuera de su propio mundo. No obstante, presentaban un atractivo cuadro a Zed mientras ayudaba al Amigo, cuyo turno era servir la mesa.

Zed no dejó de admirar la elegancia y finos detalles del lugar. La mantelería, la cuchillería, y el conjunto de deslumbrantes servicios contrastaban su belleza con la falta de apreciación de sus dueños. Estos actuaban como si fuera su derecho: miraban, pero no veían.

Zed se desenvolvía con naturalidad, llevando y trayendo las papas de la humeante cocina, contento de estar vivo y plenamente ágil, apto para desempeñarse en el oficio más humilde. El Amigo no tomaba sus quehaceres tan fácilmente. Sudoroso e irritado, se mordía el labio y continuaba la tarea.

Zed cumplió sus instrucciones al pie de la letra. A cada persona debía aproximársele por la izquierda, una ligera venia y el ofrecimiento del plato: “¿Desea más?” y levantando después lo servido. Tranquila, humildemente, en rotación, atendía igualmente a todos sin distinción.

—Muévete, estúpida bestia —vociferaba el Amigo.

Los otros prestaban escasa atención a Zed. Más bien lo veían con agrado, especialmente las muchachas, que sonreían y emitían risitas. Con toda calma, Zed proseguía su rutina. Consuella sería la próxima en ser servida; comenzó a temblar con repulsión ante su acercamiento.

—Amigo, ¡lleva esa cosa afuera!

Lanzó una mirada de odio a ambos. Un silencio ominoso cayó sobre la mesa. El Amigo suspiró, provocativamente amable.

—¿Alguien más está molesto? Llevemos a efecto otra aburrida votación democrática. ¿Lo hacemos, Consuella?

Zed cuidadosamente le brindó las papas, desde la izquierda. El vaho de la comida trazó su camino ante sus ojos, y se asentó condensado sobre sus sienes. Ella se lo sacudió, pero rebajó el tono de su voz.

—Es el día del Amigo para preparar la comida. Debe hacerlo sin ayuda, como ocurre con todos. Es fundamental para nuestra sociedad que cumplamos nuestras tareas sobre igual base, y el Amigo lo sabe perfectamente bien.

Zed sostuvo una húmeda papa en el cucharón, adelantado hacia su cara.

—¿Sí o no? —dijo. Su voz sonó fuerte.

Ella se retorció para encararlo, exasperada por su interrupción en el debate.

—¿Papas? Sí o no.

Todos se rieron, excepto Consuella. Mientras las cosas se apaciguaban, el Amigo continuó peligrosamente su sarcástico monólogo.

—Hágase una votación. Afirmo que debe haber más Zeds para realizar el trabajo. Nosotros tenemos vida eterna, y sin embargo nos sentenciamos a toda esta faena penosa. Las aseguro que estoy cansado de doscientos años de lavado; estoy harto de corroer mis manos desnudas contra la ciega, brutal estupidez de la naturaleza.

La garrulería se calmó; el ambiente se puso tenso. Las líneas de batalla se estaban trazando con más firmeza. Zed consideró que debía frenar la confrontación, pero no podía hacerlo por su sola iniciativa. Consuella y el Amigo tendrían su batalla final pronto, y uno de ellos acabaría en la expulsión y la caída: ¿renegado… o apático? ¿A cuál le tocaría esa suerte, y de qué modo sería?

Zed podría sufrir la degradación con ellos. Se acercó a May.

—Tú puedes hacer algo en este asunto, antes de que pase a peores.

Era su cometido protegerlo ahora: compartían un secreto que podría ponerla también en peligro. May asintió; era valioso mantener vivo a Zed por un plazo mayor que el fijado en su sentencia.

—Consuella tiene razón ―dijo, en voz alta―. Zed continúa preso aquí en razón de los estudios científicos. Puede ganarse su mantenimiento en nuestra comunidad, pero no debería hacer el trabajo de un sirviente.

Consuella no estaba dispuesta a recoger esa mano de amistad.

—Ha transcurrido el tiempo suficiente para que finalizaran tus estudios, May. Destrúyelo. Mira cómo desorganiza nuestra comunidad.

¿Podía detectar Zed un significado más amplio en esas palabras?

—Los estudios están casi terminados…

La agitación en torno a la mesa probó que el reclamo de Consuella carecía de serenidad, y era perturbador. Fuera de carácter, parecía muy insignificante y débil. Una muchacha interpuso su voz:

—¿Cómo puedes hablar así frente a Zed? Parece equivocado. Siento de esa manera.

—¡Votemos! —exclamó Consuella.

El Amigo respaldó la petición.

—¡Sí! ¡Votemos!

Los dos extremistas se encararon. Los breves y rápidos gestos del lenguaje privado de los Eternos expresaron discordia, entremezclándose con los ruidos de la disensión. Los altercados y la acritud se hacían manifiestos. La pendencia recomenzó, como había sucedido los otros días, entre Consuella y el Amigo, otrora una sola personalidad. ¿Cómo podrían resolver una división eterna y fundamental, mientras se encerraran para siempre en el mismo edificio? Las viejas heridas lentamente se reabrían.

La votación concluyó. Una mujer, que había sido el foco de la actividad, habló:

—A May se le dieron siete días para completar sus estudios. Entonces Zed será exterminado.

Si bien el proceso de la votación había terminado, muchos proseguían todavía su confuso debate. Zed quedó horrorizado por las noticias, pero tenía que esperar su oportunidad para la evasión.

El clamor de los Eternos subió de punto. Sólo Avalow no perdió la calma; posó la mirada en Zed y May… y comprendió. Se levantó calladamente. Sus manos comenzaron a revolotear y agitarse frente a ella, mientras una prolongada y baja nota —más que musical— surgió de su garganta. Los miembros de la comunidad quedaron azorados y convergieron su mirada, se aquietaron y creció su curiosidad. La disputa había finalizado.

Zed podía percibir que todos estaban concentrados en una persona invisible, gradual e inevitablemente.

—El Monstruo es un espejo.

El grupo se levantó, casi flotando sobre sus pies; sus manos comenzaron a tocarse, sus ojos abiertos para ver más allá de la habitación y retraerse en un estado de ánimo general y unánime. Avalow era la iniciadora, la alta sacerdotisa de su comunión.

—Cuando lo miramos, lo hacemos también en nuestros propios rostros ocultos… — sus ojos naturales estaban completamente ciegos, sus cuerpos parecían vehículos vacíos—. Mediten en esto en Segundo Nivel…

Algunos emitieron una suave música. Otros arrojaron al aire sus velos transparantes, de manera que quedaran sobre sus cuerpos como un aislante en contra de la realidad. Se estaban convirtiendo en una sola personalidad.

Había una excepción: el Amigo. Combatió la mente comunal, todavía sentado, y luego se expresó con voz ahogada:

—No, no, no, yo no iré al Segundo Nivel; no quiero. No seré una sola mente con ustedes. Yo sé lo que May desea con Zed. El Vórtice es una obscenidad... ¡No! ¡Odio a todas las mujeres! Nacimiento, fertilidad, superstición… ¡No! ¡No!

Sus palabras causaron aflicción a los meditadores. Se volvieron hacia él con sus palmas, señalando enfocar su pensamiento mientras se debatía en lucha. Sus ojos se agrandaron, mortíferos y resueltos como un solo hombre. Un solo ojo ciclópeo enorme. ¿Acaso May habría hablado para silenciarlo? Zed se corrió hacia la ventana.

—El Amigo está más allá de la redención.

El Amigo gritó:

—¡No!


—El Amigo es un Renegado. ¡Expúlsenlo! ¡Arrójenlo! ―corearon todos los Eternos.

Zed sintió la invisible, tremenda y desigual batalla que se estaba librando en torno a su persona. Los únicos signos exteriores eran las manos estrechadas. Mientras señalaban al Amigo, éste pareció doblarse bajo olas de presión, en plena lucha defensiva, tratando de desprenderse de la garra de un gigante. Luego se abalanzó sobre la mesa, muerto o herido por una fuerza fantasmal paralizante, y el anillo de cristal cayó de su dedo arrancado por una mano invisible.

Los Eternos se miraron entre sí. Bajando lentamente sus manos, hicieron una pausa, luego continuaron con sus asambleas. Se volvieron el uno hacia el otro y se tocaron, resultando la misma criatura ciega que el Amigo había rehusado ser, y la que lo había castigado. Los ojos del Amigo se enrollaron, su boca quedó siniestramente abierta.

Zed se aproximó a su lado. Levantó la pesada cabeza. Se le escapó de las manos y golpeó sobre la fría superficie de la mesa.

Zed percibió la muerte, su propia muerte. Echó a correr.



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