Zardoz john Boorman (con Bill Stair)



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Capítulo V - INTERROGACIÓN SUBTERRÁNEA

Zed se encontró de nuevo en su tierra, cazando.

Galoparon a lo largo de la orilla del mar, algunas veces salpicando a través de la rompiente espuma, siempre deslizándose tras de su presa. Los chorros de arena esparcidos por los cascos de sus caballos hacían eco a la balas clavadas en el suelo: el disparo ocasional que había ido sin puntería. Más divertido era usar la lanza, para clavar la presa. Algunos preferían cortar con el sable. Para Zed las tres maneras significaban lo mismo.

Las presas escapaban hacia adelante, cayendo algunos, otros dando vueltas a fin de tratar de desviar al cazador lejos de las mujeres, dedicadas a proteger a sus crías. La tenacidad con la que esos seres inferiores se aferraban a la vida era grande, y añadía atractivo a la caza.

Zed se inclinó hacia adelante y golpeó en la espalda a un hombre que hacía bruscos movimientos. La pequeña figura tiró de las riendas de su caballo y se perdió de vista. Otro blanco. Este hombre todavía llevaba clavada la lanza que había partido su espalda, y aún tenía un hálito de vida. Zed se le apareó; una presa viva era lo mejor. Blandió el sable y ejecutó un perfecto corte. La cabeza voló de los hombros del Brutal, cayendo debajo de él.

Se alzó sobre sus estribos y cercenó limpiamente la cabeza de otra criatura, mediante un preciso corte en el cuello, lanzado desde la cadera. Los hombres de Zed rugieron en señal de aprobación. Había sido una buena jornada.

Zed escuchó su propia voz pronunciando estas palabras:

—Me encanta aquel que se empeñe en una buena lucha. Me gusta igualmente verles correr. Ningún disfrute es comparable al momento de su muerte cuando soy uno con Zardoz.

Otra voz penetró en el nublado cerebro de Zed:

—Su coordinación es excepcional.

¿Era esta voz un sueño del pasado, o del futuro? ¿Era ésta una vida que él podía sentir y exhalar, o un sueño? La voz traía un eco a la memoria, el de una muchacha de cabello castaño a la vera de un lago.

Zed superó al galope el lugar donde estaban la mayor parte de los muertos y moribundos, dejándolos a sus seguidores para el remate. Tenía los ojos puestos en un premio mayor.

La mujer andaba a paso raudo. Como las otras, estaba sucia y andrajosamente vestida y chapoteaba a lo largo de la margen del mar. Pero a diferencia de las otras mujeres, ella no había tratado de ofrecerse o de proteger a su pequeño. Debía ser fresca y novata, un buen espécimen.

Zed se recostó en su montura y extrajo la red. La lanzó alto y ampliamente delante de ella. Se desenrolló, y luego se extendió en forma de abanico en su torno. Chasqueó la red, cerrándose sobre ella, y la mujer agitó los miembros. Zed sujetó la brida, saltó de su caballo y se lanzó sobre su víctima. Besó sus labios y luego la mordisqueó, mientras ella ofrecía cada vez menos lucha.

El sueño retornó en el ánimo de Zed. La mujer de castaño rojizo que lo había lastimado tenía una amiga: otra mujer como ella, orgullosa y fuerte. Tenía ojos de un azul pálido y cabello castaño, y vestía ropas de color verde. Más alta que la primera, lucía una mirada glacial y evidenciaba un profundo desdén por él. Las dos conferenciaron dentro de una helada habitación sin vidrios, echándole una ojeada de tanto en tanto. Él estaba maniatado, o así lo parecía. El sueño se desvaneció.

Zed se trepó sobre la mujer capturada. Se dio al placer, y luego se levantó, arrastrándola tras de sí. Ella era un buen botín, apropiada para llevársela consigo en ancas de su montura, para tener un niño en homenaje a Zardoz.

La imagen desapareció de su mente y quedó en blanco.
La cabeza de Zed se aclaró. Las dos mujeres lo contemplaban. Sus rostros traslucían pleno disgusto Fue como si la última escena se hubiera trastrocado. Zed era el débil, atrapado en una red invisible. Las mujeres eran sus captoras, sus futuras líderes y sus dueñas.

Experimentó lo mismo que los Brutales debieron sentir, pero en lo más hondo de sí mismo todavía se sentía fuerte. Si bien Zardoz lo había traicionado, y aunque había sido capturado en las profundidades del Vórtice por dos mujeres que le causaban asombro, estaba con vida.

Su pensamiento retrocedió a ese día junto al mar…, pero el recuerdo quedó absorbido por las dos mujeres:

—Zarday 312, veinticinco Brutales exterminados. Tomó a una mujer en su nombre, Zardoz.

Se levantó del costado de la muchacha y contempló el mar y la arena. No tenía una palabra para “playa”. Un lugar donde el mar se junta con la tierra.

Forzó su imaginación para percibir la realidad del momento. Las dos mujeres estaban agotando su mente, y lo proyectaban sobre una pared. Se convirtió en su títere mental: un juguete en manos de ellas, manejado a su capricho. Zed luchó a través de todas las capas de su poderío. La memoria se detendría.

La mujer de cabello castaño habló:

—Está en tinieblas otra vez, May, aunque parece estar en condiciones de controlar su memoria.

La otra ignoró sus palabras, y ordenó a Zed:

—Muéstranos más de tu obra.

Zed percibió que su mente resbalaba nuevamente hacia una lejanía cada vez mayor…

Era un trigal, durante un día soleado. Veinte Brutales trabajaban rítmicamente cavando hacia adelante, al sonido del tambor. La mente de Zed podía ver la habitación en la cual yacía, y al mismo tiempo revivir esos momentos en el campo de trigo.

Las paredes se aguzaron hacia arriba. Tenían un color negro vidrioso. Encima se abría una delgada claraboya, en el cielorraso, que se confundía con la oscuridad. Las paredes parecían tener una pulsación; detrás de su vidrioso exterior había vida: húmeda, fresca y terrible. Sin embargo, en una pared estaba su vida.

Las dos mujeres, May y la otra, estaban de alguna forma extrayendo los pensamientos de Zed, mientras yacía en una losa en el centro de la habitación. Trataban de hacerlos aparecer tan brillantes como el día en que habían sucedido. Hablaban dentro de los anillos que usaban. Ésa sería la maquinaria del predicamento de Zed; el anillo de cristal siempre en el centro.

Uno de los Brutales tropezó. Zed levantó su brazo y disparó; la bala le atravesó la cabeza con exacta puntería, para dejarlo muerto. El hombre cayó. Los otros continuaron cavando. Era durante la época de la siembra y la plantación. May habló:

—¿Cuándo fue esto, Consuella?

—Éste es un recuerdo más reciente. El cultivo ha comenzado.

—Zardoz nos hacía… cultivar cosechas —exclamó la voz de Zed.

La presión en la mente de Zed disminuyó. Los pesos se retiraron un tanto. Las dos mujeres conferenciaron, y era patente el contraste entre sus frágiles vestiduras y su duro designio.

―¿Cansada? ―preguntó May.

―Un poco ―Consuella parecía más preocupada de lo que podía admitir.

―Las Tierras Extrañas deben ser controladas.

May parecía en alguna manera a su favor. ¿Podría ser su aliada en una fecha futura? Zed había despertado mientras se dirimía una controversia sobre su persona.

—Yo siempre he votado en contra del trabajo forzado.

—Pero te comes el pan —insistió May, sarcástica.

—Tenemos que excluirnos. Tenemos que…

May se dio la vuelta:

—¿En ayuda de él?

—Este es el primer contacto visual con las Tierras Extrañas en años, desde que Arthur fue delegado para controlarlas. Es apropiado que investiguemos…

—Es mejor no saber; esas imágenes nos contaminarán. ¡Sofócalo! ¡Apágalo!

Zed consiguió dirigir la vista a la izquierda, para echar un vislumbre de las negras profundidades de la pared. Allí dentro distinguió figuras que nadaban, cuerpos desnudos y mutilados. Enviados ahí tal vez desde la Cabeza. A un cuerpo le falta una pierna; en torno al muñón, una membrana protegía lo que podría ser un nuevo miembro en crecimiento.

Figuras más pequeñas ―y espantosas― flotaban detrás del primer cuerpo. Zed estaba enterrado en una bóveda, atrapado en un bolsillo de aire, aterido y paralizado, mientras dos gélidos seres discutían su vida y muerte.

Siguió con los ojos a las mujeres. May permanecía inmóvil mirando la persiana. Consuella se acercó suavemente hacia ella y la tomó en sus brazos, acarició su cabello y la besó en actitud suplicante.

May estaba fría, las imágenes todavía la fascinaban.

—Tal vez puedan explicar ―dijo― cómo fue que Arthur ha desaparecido tan misteriosamente.

—May, por favor… —Consuella puso su mano sobre el hombro de May, pero ésta comenzó a alejarse de la pantalla.

—¿Todavía transmite la memoria de Arthur Frayn?

La voz familiar del anillo respondió, suave y calma:

—Arthur Frayn cesó la transmisión hace tres días.

—Repita los últimos registros de su memoria.

Zed no tenía adónde evadirse, aun si hubiera podido mover sus piernas. Se llenó de terror.

Sobre la pantalla vino la caída arremolinada de Arthur Frayn, las nubes y la lluvia. Exactamente como había sucedido antes, y sin embargo distorsionada a través de la memoria, según Zed la recordaba. Era una elaborada reconstrucción de la realidad, y como tal rigurosamente verídica, pero más grande que la visión de los propios ojos.

El suelo se acercó velozmente y engulló a los espectadores. Oscuridad.

—Repite las imágenes precedentes, de modo que podamos descubrir cómo sufrió Arthur esa caída.

Las imágenes sobre la pantalla se proyectaron en tiempo invertido.

—Se permite sólo mostrar el accidente. Ninguna otra imagen de la memoria puede proyectarse sin el consentimiento de las personas interesadas.

La escena se detuvo, y luego el rollo comenzó a proyectarse nuevamente hacia adelante.

—Arthur Frayn murió. La reconstrucción ha comenzado.

May y Consuella se adelantaron para examinar el interior de un sector de la pared. Iluminaron un minúsculo feto que crecía detrás del vidrio. Zed experimentó un escalofrío de horror. May habló, casi tiernamente.

—Ah, sí. Allí.

Consuella giró en redondo movida por la ira, segura ahora de que Zed debía morir.

—Ése es el fin de todo esto. ¡Mátalo, May!

—No.

—May…, por nuestro amor.



—¡Consuella!

—Oh, no.


Lucharon, una tratando de abrazar a la otra. May mantuvo a Consuella a distancia.

―Invocaré el voto de la comunidad.

—La comunidad seguirá mi intuición —respondió Consuella.

—Entonces… iré al Vórtice.

May se mostraba inexorable, Consuella angustiada.

—¡Me estás dañando!

May se inclinó sobre Zed.

—Éste es un experimento, Consuella; debemos averiguar cómo vino aquí ―se encaró con Zed―: ¿Dónde está Arthur Frayn? ¿Cómo llegaste dentro de la Piedra?

Zed sintió sus ojos nuevamente, y un velo ascendió sobre su mente. Pudo sentir con precisión la imagen volante de Zardoz. La escena fue proyectada sobre la pantalla.

—Zardoz… la Piedra…

Se descorrió el velo. Otra vez Zed estaba cazando, involuntariamente, en una retrospección de su vida. Cabalgaba orgullosamente, usando la máscara de Zardoz. A semejanza de su dios, los enormes cascos tenían caras en el anverso y reverso, para horrorizar a los Brutales y en loor de su rey.

Los Brutales fueron presa del terror y abandonaron sus espadas; no fueron en realidad necesarias las máscaras del terror. Los fugitivos se desparramaron por las dunas dominados por el espanto, mientras los jinetes cargaban sobre ellos.

—Esas ridiculas máscaras…

—Pero es tan hermoso.

Zed percibió un nuevo ambiente circundante. Estaba de pie y paralizado, pero el embotado y diminuto sector libre de su mente le permitió distinguir una habitación grande de color anaranjado, un nuevo sitio.

Ahora había más personas en torno suyo: las dos mujeres, y otros seres como ellas. Los hombres eran extrañamente parecidos a las mujeres, estériles y decorativos. Zed los encontró aún más pasivos que las mujeres. Todos se hallaban congregados en torno a la pantalla, entre risas y aplausos. Ésta era la comunidad, tal vez veinticinco en total. Esto era lo que había venido a ver; había penetrado en el corazón de un Vórtice.

Hombres y mujeres estaban exóticamente vestidos, luciendo variaciones de un mismo estilo. Una pañoleta en la cabeza dejaba al descubierto los rostros, pero se extendía para cubrir el cuello, desplegada en forma de abanico. Unas ajustadas chaquetas, abiertas en la garganta y atadas con cintas a través de sus pechos, se brotaban en los hombros, adquiriendo la forma de alas. Estaban ceñidas y enjoyadas con piezas de bacalao, en una recargada trama de metales, mientras que unos cinturones aseguraban sus faldas, ampliamente divididas, que les llegaban a la altura de la rodilla.

Zapatos con hebillas, de un lustre reluciente, completaban su indumentaria. Todos lucían ricas joyas, pero cada persona en particular llevaba un anillo de cristal en el tercer dedo de la mano izquierda, que brillaba con luz interior propia.

Los materiales de sus ropas variaban: algunos eran tan finos como alas de mariposa; otras telas eran ostentosas o brillantes, como terciopelo negro y seda púrpura. Todo exhibía mucho de riqueza en tiempo, en ingeniosidad y elaboración.

Sus estrechos talles revelaban cuerpos flexibles y ondulantes debajo de sus correajes. Las vestimentas, que cubrían sus cuerpos de cinturas delgadas y miembros alargados, les mostraban tan bellos como jóvenes, como un anticipo para todas las recreaciones y promesas del Amor.

Por añadidura, había quienes llevaban un manto largo del más fino trabajo, como humo colorido, que les confería a sus cuerpos un matiz borroso. Algunos lo usaban como amplias capas, mientras otros se sentaban en el interior ―al modo de hacerlo en una carpa― y mientras el color difuminaba sus formas con luz suave, de manera que parecían a tono con mundos más suaves y amables que el áspero que conoció Zed: envueltos en un capullo de seda, aislados, remotos, pero visibles en su ensueño.

Su mente fue empujada al pasado, su estado de consciencia se hundió otra vez.


Era de nuevo la playa. Él perseguía a lo largo, al frente de los demás. Las mujeres de los Brutales trataban de disuadirlo del ataque; tres de ellas se ofrecían a sí mismas invitándolo, seduciéndolo.

Zed no pudo resistir. Saltó de su caballo.

—Mi padre fue escogido… mi madre fue escogida… Sólo nosotros podríamos procrear… Únicamente los elegidos…

La voz de May interceptó su memoria.

—¿Procreación selectiva, crees tú? ¿Qué es lo que Arthur estuvo haciendo allí todos estos años?

Consuella respondió:

—Él nunca trató esto en el Vórtice. Tendrá que ser exhaustivamente investigado. Éste es un comportamiento altamente punible.

Una nueva voz habló:

―Nadie quiso gobernar las Tierras Extrañas… es un artista. Lo hace con la imaginación. Permítanle, por lo menos…

La voz provino de un hombre lánguido, próximo a Zed. A diferencia de los otros, allí parecía arder otra luz en su interior. Cinismo, duda tal vez. Un hombre de mediana altura y apariencia extrañamente indescriptible, no obstante familiar en rostro y forma; un hombre con quien Zed hubiera cabalgado, o luchado en contra y matado un centenar de veces. Un hombre común.

Sin embargo, era un hombre caracterizado con el extraño matiz de lo excepcional. Bajó su mirada como las comisuras de la boca, de modo tal que pareció ásperamente fuera del mundo en todos los tiempos. Luego las comisuras se crisparon rápidamente, como si el corazón traicionara a la mente. Un hombre a la vez peligroso y resignado; de aguda inteligencia, aunque débil de carácter. Una segunda cuerda para el arco de otro. Zed percibió una astucia algo más tortuosa que la de aquellos que parecían desearle lo mejor. Su servilismo y desesperación escondían un corazón más oscuro y fuerte que la mayoría.

Tenía un aire aniñado: casi demasiado delgado, de cabello rizado, un tanto afeminadas sus amargas palabras. Hombre de doble filo y vil, su rostro llameaba con calidez e ingenio, un sentido del humor que no podía ocultarse a la vista de Zed. Un pensador, y no un hombre de acción; un conspirador, astuto y mañoso. Era un zorro entre lobos, pero un viejo zorro gris entre lobeznos, un hombre en un matriarcado. Zed vio que le agradaba mucho ser incisivo; cortando con el filo, obtendría más que su lengua.

Consuella contestó:

—Él es potencialmente un renegado, como tú lo sabes, Amigo.

Estaban discutiendo de Arthur Frayn nuevamente, pensó Zed. Luego le extrajeron más visiones. Debía luchar para impedir que ellas lo abandonaran. Debía luchar para no traicionarse.
Galopó sobre las dunas, una vez más a la cabeza de la columna. ¡Qué bienestar sentir el rocío, el sol, la velocidad de su caballo! La voz de los vigilantes flotaba sobre su lánguido arrobamiento.

—Es terriblemente excitante.

—Pero el sufrimiento…

—Oh, no puedes igualar sus sentimientos con los nuestros.

—Es un simple entretenimiento.

Otras voces se amontonaron en el trunco diálogo:

—¿Dónde consiguieron los Brutales esas ropas?

—Las encontraron probablemente en algún depósito viejo.

Otro diálogo despectivo se entrecruzó con el primero:

—Son muy duchos.

—Bien, están inspirados por un fervor religioso.

Zed comprendió que, más bien que prestar atención a las palabras, importaba mucho más para él su significado. ¿Era Arthur Frayn el Arthur a que ellos se referían? ¿Podría ser su vida parte de un propósito más vasto? ¿Era él simplemente el instrumento de un ser omnipotente, que seguía su propio camino? No podía discernir las posibles explicaciones en ese instante, pues su mente estaba compulsivamente dirigida a revelar el pasado, cuando azotaba la tierra de la horda Brutal.

Todavía otras voces se dejaron oír, remotas pero enfáticas.

—Esa es una proposición absurda…

—No existen precedentes para esta clase de intrusión.

—Sin duda, tenemos que investigar posibilidades…

La gente hablaba como si Zed fuera una mera clave o una cifra, una pauta de líneas susceptibles de ser borradas y reorganizadas al antojo del proyectista. Pero él era un hombre. Zed arrastró su mente desde el pasado y la empujó hasta el presente. La pantalla se tornó difusa y se apagó.

Los vigilantes emitieron gemidos. Zed se hallaba ahora plenamente consciente. El tal Amigo estaba a su lado, mirándole como un presunto comprador en un mercado de esclavos.

—Carne obscena en decadencia…, la olorosa fragancia de la putrefacción ya en el aire. Pero es una fuerte y excelente bestia, querida May. ¿Qué es lo que quieres hacer, exactamente?

May replicó en tono de alegato, dirigiéndose a la comunidad:

—Un estudio genético completo. Descifrar su código biológico ancestral, para ver si hubo algún cambio estructural o evolutivo desde que los nuestros fueron analizados, hace doscientos años. Descubrir cualquier nuevo factor de enfermedad hereditaria que pueda haber emergido, lo que pudiera resultar en una ampliación de nuestro espectro de inmunización. Estudiar sus elementos psíquicos y emocionales en relación a su sociología…

El auditorio había seguido gradualmente la dirección de Amigo, y todos se hallaban ahora en torno a Zed, hurgando, analizando y pinchándole. Él observaba y esperaba. Ellos eran distintos a él, aunque humanos. Todos tenían una curiosa apariencia sempiterna; sin embargo, ninguno podía pasar de los veinte años. Era niños en sus movimientos y ademanes, pero sus ojos eran viejos.

El tal Amigo parecía mayor que el resto, pero tan sólo unas pocas líneas en su cara delataban edad, trabajo o preocupaciones; nada más. Excepto Zed, ninguno en la habitación denunciaba los rastros del tiempo; ninguna lesión, ni cabellos grises, ni arrugas estropeaban sus hermosos y jóvenes cuerpos. Su mentalidad quizás fuera diferente. May y Consuella mantenían una amistad de vieja data, que había sido mucho más; conllevaba roces y disputas sociales que escasamente traslucían estando en la comunidad. El Amigo mostraba ciertamente una visible lesión mental. Era más listo que los demás, pero carecía de su lánguida, omnisciente serenidad. Se parecía a Zed, quien era diferente de lo que aparentaba: un hombre con un secreto conocimiento, una herejía que podía conducir a su destrucción, pero un secreto que podía significar el fin para otros.

Consuella contestó a la alocución de May como si se hubiera tratado de un ataque personal, pero se dirigió a todos los presentes, con calma:

—Todo suena respetablemente científico, pero ¿cuál es el pensamiento subyacente en May? No hace mucho, ella estaba pidiendo nuevos nacimientos, aunque no tenemos fallecimientos. Estamos perfectamente estabilizados. Nosotros dijimos que no. Ahora quiere introducir a este peligroso animal de afuera. Piensen en nuestro equilibrio. Recuerden el delicado equilibrio que debemos mantener. Justamente su presencia desalentará nuestra tranquilidad. May es una gran mujer de ciencia, pero tiene tendencias destructivas.

El grupo fue aglomerándose alrededor de su cautivo, con muestras afectivas. Zed se sintió confuso, calenturiento, molesto, pero mantuvo su control. Las mujeres eran las más interesadas. Pareció despertar en ellas recuerdos olvidados hacía mucho tiempo; igual sensación le suscitaron ellas. May y Consuella siguieron arguyendo, abstraídas de la pequeña multitud que ahora sólo tenía ojos y manos para Zed.

—Tenemos medios inadecuados de control, pero lo cierto es que no somos tan vulnerables…

La cólera de Consuella estalló, apagando la voz de May.

—Miren esto: el cautivo sabe que su vida está en juego; de lo contrario, cometería estupros y muertes como ha hecho siempre.

Los Eternos se miraron unos a otros, en un creciente alud de confusas respuestas acerca del hombre aparentemente inocente que tenían ante sí. Se rieron, discutieron, pero todos estaban divididos e indecisos. Zed recapacitó: había detenido la mano de la ejecución otra vez. Si podía seguir sembrando la división, constituyendo una fuente de desorganización de su unidad, podría vivir más tiempo. El alboroto y las disensiones podrían ser el comienzo de un cisma que repercutiera en el corazón del Vórtice Cuatro. No se permitió exteriorizar placer en el descontento reinante, porque ello traicionaría su inteligencia y tenía todavía que mantener su aspecto de ignorancia.

El murmullo de la discusión giró en torno a Zed, mientras éste mantenía su aire de inocencia. La voz de Consuella se perdió en el barullo.

—Vean el efecto desbaratador…

El Amigo intervino:

—Que subsista el debate, cualquier cosa para aliviar el aburrimiento.

Estalló la discusión. Comenzaron a disputar como niños sobre un nuevo juguete. El rostro de Consuella se calmó, mientras se dirigía a otra persona que la contemplaba silenciosa desde la oscuridad. Zed le siguió la mirada: era la muchacha que él había visto la primera vez, sobre el caballo blanco. La misma que había penetrado en su corazón y no lo había traicionado entonces. ¿Lo haría ahora?

La habitación se llenó de silencio. Las miradas se apartaron de Zed mientras seguían a la muchacha que, con el mayor mutismo, atravesó el lugar. El silencio fue interrumpido solamente por la pantalla gigante, ahora en blanco, y por unas columnas de gasa brillante que parecían colgar del aire, semejantes a los vehículos para transportar cuerpos que Zed había visto dentro de la Cabeza de Zardoz. No obstante, esas delicadas columnas cilindricas parecían carecer de un eje vital. Se deslizaban como una telaraña al paso de la muchacha, como rindiéndole homenaje. Ella tenía un aura de realeza, sin ser arrogante; muy joven, pero de una sabiduría como el tiempo.

Consuella la saludó.

—Esta es una conmoción psíquica. Avalow, ¿qué proyectas para el futuro?

Ella dirigió su mirada a Zed, quien recobró la tranquilidad, ahuyentando el temor. Avalow le fijó la mirada. Podía ver en su totalidad al hombre que había sido, al Zed actual y probablemente al que sobreviviría. Supo entonces que ella nunca lo delataría ante los otros. Vio confianza y compasión en su cara, emociones hasta ahora desconocidas para él; y mientras Zed la miraba, Avalow se transfiguró. Adquirió un aire de transparencia, y emanaba como un brillo de ella. Entonces habló.

—¿Cómo conjuramos a este monstruo, y por qué? Ésas son las cuestiones que debemos resolver.

A medida que terminaba de hablar, volvía ser la muchacha sólida, bella, real y mortal. Hubo una pausa, mientras el grupo analizaba lo que ella acababa de decir. Se alejó sonriente, con un semblante de hechicera.

Brotó la conversación. Pequeños grupos de personas comenzaron a dialogar en corrillos reducidos, utilizando extrañas y esotéricas expresiones que Zed no podía comprender. No entendía nada, excepto que él era el centro del diálogo. ¿Debería evadirse mientras continuaba el debate, cuando todavía restaba tiempo?

Pero antes de que se decidiera dar un solo paso, sintió una suave presión sobre el brazo. Era el sonriente Amigo.

—Tú promoviste la actual disidencia. Me pregunto: ¿qué transcurre en tu diminuta mente? —y le revolvió el pelo amistosamente—. Te tengo aprecio, viejo y astuto monstruo. ¿Me oyes?

En actitud servil, Zed lamió la mano que lo reconfortaba, mientras que el Amigo retrocedía. Daban la impresión de comprenderse mutuamente. Hombre y siervo, aunque hermanos en un futuro crimen. La charla continuaba rápidamente, las extrañas palabras y ademanes iban y venían en voz concordante:

—¡Voto! ¡Voto! ¡Voto!

Una mujer preguntó:

—¿Aquellos a favor?

Zed observaba intrigado, mientras los concurrentes expresaban con gestos y palabras su voto, que no se limitaba al simple “sí” o “no”.

—¿Aquellos en contra?

Mientras esperaba la votación, la mujer los observaba alternativamente y en forma calculadora. Zed se sentía incómodo a pesar de que la actuación era curiosa; en tanto, May le dirigía una triunfante mirada a Consuella, quien le correspondió airadamente al gesto. May se alejó orgullosa, con aire victorioso, indicándole a Zed que la siguiera, cosa que hizo. Mientras se retiraban, el Amigo le susurró a Zed:

—Felicitaciones. Plazo de ejecución: tres semanas.





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