Zardoz john Boorman (con Bill Stair)



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Capítulo IV - EL PUEBLO

Zed corrió velozmente a través de la lujuriosa vegetación de plantas exóticas, hasta que se sintió seguro para detenerse. Los árboles, de intenso verdor, tenían pródigo follaje y eran ricos en capullos. Más adelante, por entre las ramas, divisó una casa más grande que la anterior. Construida de piedra amarillenta y labrada, muy añeja, tenía una adicional extrañeza: unas elevadas y transparentes cúpulas se apiñaban para formar una inmensa terraza sobre la antigua estructura. Observó ―y no ocultó su admiración― ante el poco familiar orden reinante en las habitaciones. Se notaba el marcado contraste con las ventanas entreabiertas, ennegrecidas por el humo, que se veían en la casa de enfrente. Los cristales relucían en cada hoja de ventana. ¡Cuan diferentes eran las tejas y vigas de la mágica terraza sobre la casa que se levantaba ante él, de las ruinosas ciudades de las tierras vecinas! Todo se hallaba en exquisito orden. Inclusive las plantas en el suelo parecían construidas y primorosamente pintadas luego.

Recogió una y la puso junto al anillo, que había traído consigo.

—¿Qué es esto?

—Una flor ―repuso el anillo.

—¿Para qué?

—Decorativa.

El objeto, pulcro y ricamente colorido, cayó de entre sus dedos.

Se produjo un sonido agudo e hipnótico que pareció crecer entre los árboles. Una muchacha había aparecido como por arte de magia del bosque: los senos desnudos, rubia, a horcajadas de un caballo blanco. Ella lo contempló, miró a través de él con ojos penetrantes, en sus más recónditos huecos. Era una del otro pueblo; sin embargo, no presentaba rasgos de desdén en su rostro, solamente amor infinito y sapiencia.

Zed controló su anillo de cristal. ¿Sería una de sus alucinaciones?

Luego surgieron otras, súbitamente visibles a medida que ascendía su canción combinada. Se sentaron en grupos, debajo del alto ramaje y al pie de un enorme árbol, un gigantesco ciprés. Estaban ausentes de Zed, en algún otro mundo que éste no podía percibir, unidas por su canto, su meditación. ¿Estaba la hermosa muchacha invitándole a unirse al grupo, para acompañar su música? No podía haber artimaña, pensó Zed; empero, le parecía que le era ofrecido un nuevo e infinito universo a medida que avanzaba, atraído, hacia el lugar.

Ella esperó sobre su caballo, pasiva y omnisciente. No era una ilusión, sino más bella que cualquiera de sus visiones ensoñadoras, donde tales mujeres parecidas a diosas a menudo transitaban. Entonces ella desapareció, y el ensalmo se quebró. Las hojas se agitaron en otra dirección. Los transportadores de los cuerpos mutilados se aproximaban.

Zed los siguió de cerca, pero se mantuvo a cubierto. Así se acercó más a la casa. Un mullido césped verde se extendía a su frente. En el centro del césped se erguía una pirámide tan alta como Zed, hecha de una dura, brillante y lisa substancia que casi emitía un sonido al reflejar la luz. Aquéllos que llevaban los cuerpos caminaron tras de la pirámide, y ya no reaparecieron: la pequeña fila fue de algún modo devorada por esa pequeña estructura.

Zed se apoyó contra un árbol y clavó la vista en el anillo, la pirámide, la casa. Respiró hondamente, y luego se marchó corriendo a través de los bosques, hacia algo que conocía y necesitaba: agua cristalina.

Bebió ávidamente. La fría superficie lo reanimó. Reflejaba las nubes, y las tierras oscuras allende de lo que conocía bien. El líquido helado lo refrescó, aclarando sus pensamientos. Esto era real. Junto a la orilla del lago recuperó su serenidad.

Alguien se aproximaba silenciosamente a lo largo del borde del agua. Una mujer caminaba con paso parejo, directamente hacia él.

Volvió la vista y marchó en dirección a ella, apuntando con el arma. Sintió que era demasiado tarde. Si bien ella se hallaba casi desnuda y desarmada, y solitaria sobre la playa, lo poseyó el miedo.

Un agudo y deslumbrador temblor saltó de los ojos de ella y penetró en Zed. Tambaleó en el agua poco profunda; el arma voló de sus manos, ya sea arrojada por él o arrebatada. Había ocurrido algo que no podía expresar, excepto que la fuente de su zozobra había sido ella.

Desarmado, Zed confrontó a la mujer. Era de una belleza tan grande como las demás, aunque parecía más fuerte; había una amenaza aquí. Su cabello, de un castaño rojizo, fluía en torno a su rostro; los ojos eran ligeramente sesgados y, como las comisuras de su boca, mantenían una burlona certeza, poder y gracia. Era una adversaria.

—¿Sabes de dónde eres?

—De un Vórtice…

—Tú provienes de tierras extrañas. ¿Se te dijo algo acerca del Vórtice?

—Zardoz dijo…

Zed miró nerviosamente alrededor de sí. La zozobra que ella le inculcaba era real, se sintió inerme. ¿Cuál era su plan? ¿Podría ella ver dentro de su mente, discriminar la verdad de la falsedad? Debía ganar tiempo.

—¿Qué es lo que dijo Zardoz? —sus ojos taladraban la mirada de Zed.

—Zardoz dijo que si uno le obedece, cuando muera irá a Vórtice y allí vivirá para siempre… eh…

—¿Dichoso?

—Sí.


—¿Así que tú piensas que estás muerto?

—¿Lo estoy?

Extendió la vista sobre el silencioso lago de ensueño. Él, que conocía la muerte tan bien era, sin embargo, un extraño a ella. ¿Podía ser éste el lugar más allá de la muerte? Estaba todavía transpirando, pero se sintió más confiado. Debía evitar esos ojos punzantes.

Ella se aproximó. Zed estaba de espaldas al lago, no podía correr.

—¿Tú eres un Exterminador? —otra pregunta-afirmación para él.

—Yo mato por Zardoz.

No podía retroceder más, sin embargo ella siguió avanzando.

—Tú viniste aquí en la Cabeza de Piedra.

—No lo sé.

—Es el único camino y pasaje hacia el Vórtice. Tú me enseñarás cómo hiciste para venir aquí.

Había quietud. La luz del sol poniente jugaba sobre el agua, y un rayo de luz solar hizo una escala de Jacob entre ambos. El rostro de la mujer estaba abstraído mientras permanecía en profundo pensamiento.

Zed pudo apreciarla por primera vez como mujer. El sol iluminaba la pictórica línea de su pecho y su estrecha cadera, y entonces ella se volvió para enrostrarlo. Consciente ahora del cambio operado en él, estaba indecisa. Zed se sintió más seguro de sí mismo, pero fue un sentimiento de duración efímera.

—Tú tienes un nombre.

―Zed.


―Zed ―repitió ella.

La luz del sol iluminó su seno izquierdo y pareció separarlo del resto de su cuerpo. Zed estaba extasiado por su belleza, paralizado por el poder que emanaba de ella. Sus ojos estaban elevados hacia la mujer, irresistiblemente abstraídos. Una silenciosa centella de luz relampagueó desde los ojos de ella ―peor que el shock cuando había perdido su arma― y entró en su cerebro. Su mirada taladró más profundamente que cualquier proyectil; no obstante Zed vivía…, pero cayó en una oscuridad, y el vacío debajo de sus pies se puso de sesgo al expirar el último rayo de luz.





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