Zardoz john Boorman (con Bill Stair)



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Capítulo II - LA CAVERNA

Al principio fue un susurro. Luego se convirtió en un ruido seco, y finalmente se escuchó un eco sordo como de lluvia, líquida pero insistente.

Zed pudo oír nuevamente. Mantenía los ojos abiertos y estaba sumido en la oscuridad. Con la boca abierta, no podía sin embargo emitir sonido alguno. Se sentía sofocado, en la insondable profundidad de un pozo. Sus brazos se deslizaron suavemente a través de los pedazos de granito que lo impelían hacia el fondo. Su arma de fuego se arrastró hasta salir al aire libre. El arma emergió primero, y luego el brazo y el cuerpo de Zed retornaron a la vida.

Mientras las semillas que lo habían rodeado caían como una cascada sobre su cuerpo, Zed se encontró dentro de una cripta de piedra, abovedada, muy antigua y resplandeciente. Estaba iluminada por el brillo rutilante de dos globos. El maíz todavía lo golpeteaba cuando volvió la vista al interior que lo había engullido. Sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y las cosas tomaron forma entre la luz y la oscuridad. Por encima, permanecían unas figuras de crisálidas; debajo de ellas, unos gastados peldaños de piedra descendían hasta donde Zed se mantenía de pie.

En medio se hallaban hacinados unos productos de la tierra: maíz y vellones de lana.

La entrada a la caverna, larga y estrecha, estaba a corta distancia. Afuera, las nubes y la bruma cruzaban raudas.

Zed se encontraba a la deriva, flotando en el aire en la volátil cabeza de piedra de Zardoz. Había penetrado en la boca como una presa de alimento, y ahora permaneció como un pensamiento errante dentro del espacio cerebral de la monstruosa cabeza.

Y en la pared próxima a él se veía la huella de una mano. La presencia del hombre estaba allí. Era un signo, una firma de paternidad intelectual.

Ascendiendo velozmente los peldaños de piedra se dirigió hacia dos figuras situadas encima. Los muros eran fríos, y la humedad brillaba con resplandores. La luz de los dos globos emanaba su fulgor de sus nichos en la piedra a su paso.

Rayos de arco iris danzaban delante de sus ojos, mientras caminaba con paso firme hacia arriba, con el arma lista. En la cima la ruta estaba bloqueada. Largas filas de cuerpos desnudos atisbaban, con la vista fija, a través de enormes sacos fetales. No estaban vivos ni muertos, si bien todos mostraban huellas de violencia. Parecían montar guardia en la vasta caverna. ¿Eran los cadáveres rescatados de alguna batalla? ¿Había estado él mismo entre ellos, y luego escapado? ¿O acaso su mente no se encontraba estable todavía?

Atravesó esas extrañas apariciones desde la oscuridad a los círculos de luz, y contemplando a través de las agrietadas y brillantes transparencias percibió un paisaje situado en lontananza.

El panorama era móvil. Se hallaba en vuelo, desplazándose lentamente por el aire, por encima de la estéril y desolada tierra que había ayudado a crear. Perdido en la maravilla de este paisaje, no pudo escuchar las primeras pisadas debajo y por detrás suyo. Mirando hacia abajo, vio una figura moviéndose hacia la entrada de la caverna, directamente debajo de donde estaba.

Zed giró, saltó y cayó a tierra como un gato detrás de la figura, que permanecía ahora indiferentemente inclinada hacia el borde superior de la estrecha entrada, observando ―igual que Zed lo había hecho un momento antes― el pasaje por sobre la fragmentada y ruinosa ciudad. El individuo giró la vista y miró a Zed como si lo hubiera esperado: sin la menor alarma, animado pero sereno. Zed vio una cara regordeta y oval, con una pequeña barba y alegres y chispeantes ojos. Como la gente en los sacos transparentes de arriba, un aterrador desdén fisonomizaba la barbada mueca. Lucía extrañas y coloridas ropas, como para pasar por un ser inferior, condescendientemente, con descuido. Tenía la mirada de un hombre que podría desaparecer, o convertirse en un espíritu travieso, ajeno, elaborado y letal. Y sobre todo, la aterrorizante y persistente actitud de quien se siente seguro hasta el punto de una sobrehumana supremacía.

Zed no le temía. Levantó su arma sin esfuerzo, para enfrentar la cara sonriente. Disparó. El cuerpo recibió el proyectil con un leve movimiento, que hizo que lo atravesara limpiamente el trozo de metal.

Su cabeza giró hacia Zed, para suplicar tal vez.

―¡Tú! ¡Qué tonto! Yo podía haberte mostrado… Sin mí no eres nadie. Tan insubstancial… ―lanzó una carcajada y cayó. Tomado en la corriente de declive, quedó suspendido por un momento―. ¡Cuan inútil! ―gritó de nuevo. Danzó un momento sobre el fino aire y luego se perdió sin proferir una exclamación más.

Zed lo vio caer como una flecha rutilante; debajo, en las nubes, su capa todavía se agitaba alegremente como en un gesto de mofa ante su muerte.

Capítulo III - EL VÓRTICE COMO CIELO

Zed se quedó todavía en la boca de la cabeza, inclinándose contra la dentadura superior, remedando la última posición de su víctima. Había tomado el lugar de ese cuerpo en más de una manera. Era el único consciente de estar en esa nave flotante; todos los demás estaban muertos o a punto de expirar. Sonrió ante este pensamiento.

Contempló el entorno con el mismo aire de triunfo que el hombre caído había exteriorizado antes. Se permitió esbozar una débil sonrisa. Las cosas iban progresando favorablemente. Él todavía estaba vivo.

Dejó que el azote del viento le golpeara la ropa, y que la ligera lluvia se abatiera sobre él. Se evadió de su cuerpo, así como lo hizo también del vehículo volante.

Mientras la llovizna corría por los labios de Zed, lo hacía también por los curvados labios de Zardoz, y Zed divisó, desde ese terrible vano de la boca, una figura diminuta. La bostezante boca y los penetrantes ojos seguían flotando serenamente en el aire, pero contenían un nuevo jefe: Zed.

A través de los resplandecientes globos que lo habían atemorizado tanto cuando había sido niño, joven y hombre, Zed bajó la vista hacia las ciudades a las que tanto temió antes. Había penetrado en la Divinidad. Estaba dentro de la corteza cóncava que otrora tanto veneró. Por qué causa y cómo se movía ésta, lo ignoraba; pero era falso que estuviera en lo cierto. El amor y la reverencia que otras veces había experimentado ya no podían protegerlo, porque había encontrado que su dios era tan hueco como esta embarcación. Su indagación había comenzado.

La Cabeza seguía flotando en descenso, a través de las nubes, hacia un valle que acunaba un lago: un fértil, verde oasis en medio de la tierra negra. Voló cada vez más bajo, complaciéndose con su verdosa exactitud. Las sendas estaban cuidadosamente trazadas, y los canales entrecruzaban la tierra pulcramente cultivada. Hileras de árboles cargados de fruta conducían el camino en descenso. Una profusión de capullos y coloridas flores se erguían para dar su alborozada bienvenida a la Cabeza. Zardoz giró en círculos lentamente, como si estuviera buscando una brecha en una invisible muralla, como si el valle estuviera protegido por algo más que altos acantilados y montañas.

Se sumergió entre un racimo de moradas, extrañas y elegantes aunque arcaicas. Zed no fijó la atención en ellas; se había vuelto a sepultar en el grano acumulado en el centro de la Cabeza.

Con un extraño siseo ―como los suspiros de miles de voces―, la Cabeza vino a descansar sobre el suelo. Zed esperó un momento, luego corrió a la boca, dio un brinco a través de ella y se desplomó sobre la pétrea barba, buscando refugio tan rápido como sus ágiles reflejos y fuertes músculos se lo permitieron. No hubo pausa para mirar y maravillarse; apenas tuvo el tiempo necesario para correr, saltar y ocultarse. La Cabeza había llegado a reposar cerca de un apretado haz de granjas, y su boca había quedado ubicada frente al interior de un patio, los ojos mirando fijamente a los tejados.

Con el arma primero, Zed tanteó dentro del edificio en cuyo portal se había refugiado. Tenía un extraño y polvoriento interior, polvo blanco en todas partes. Unos largos conos derramaban más polvo dentro de varios sacos. El aroma del pan horneado llenaba el aire. Se deslizó pausadamente a lo largo de hileras de hogazas de pan fresco. Estiró el brazo y tomó uno de ellos. En tanto el molino trituraba el maíz en harina, ésta era mezclada y cocida, todo por la misma mano invisible. Zed probó alimento por primera vez en muchos días.

Tomó solamente un bocado. El pan era verde. Pan, un alimento de esclavos; el verde significaba magia. Palpó la superficie harinosa; luego, como el observador y vigilante cazador que era, escudriñó la habitación; entonces, con soltura y rapidez, dejó la panadería para alejarse como había entrado, casi sin un ruido.

Se encontró nuevamente en el patio. La cabeza yacía fuera, la panadería tras de él. A su derecha, otro edificio parecía llamarlo. Era una casa de campo, con dos cúpulas transparentes salientes ―a la manera de un par de senos― y distendidas encima de ella, y llenas de plantas.

Intrigado, se aproximó cautelosamente. Sobre el techo había unas delicadas veletas de plata que giraban al sol, siguiendo sus rayos como una flor. Ya dentro de la cabaña empujó cuidadosamente las puertas de entrada de la cúpula; se abrieron como labios. Zed estaba dentro de un nido de follaje, que contenía muchos pimpollos transparentes y brotes de crecimiento de plantas en ciernes. Habitaban en unas membranas, que se hinchaban y crecían desde el piso hasta el techo, cada una contigua a otras plantas, servidas por unas tuberías como fuentes de nutrición.

La tierra húmeda yacía en artesas, rebosante de vida, con gusanos, blandos insectos y ciempiés. Un fuerte olor a descomposición penetraba el ambiente. El aire húmedo parecía cerrarse en su torno, condensarse sobre su piel. Capullos de vívidos colores colgaban delante de él. Se frotó contra unas gruesas hojas, que parecían modeladas por la mano del demonio antes que bendecidas por el sol. Erizadas espinas le arañaban al pasar. Esferas dentro de esferas contenían otros retoños, más verdes aún, colgando en húmedas guirnaldas.

El cieno producía gases y nutrientes para las plantas, las que a su vez alimentaban otras especies más largas y extrañas, cumpliendo algún sutil plan biológico. Las estaciones acortábanse o se aceleraban en otros tanques y toneles.

Familiares plantas de trigo se asoleaban bajo unas sobrenaturales luces violetas, mientras que sus desnudas raíces flotaban en un líquido claro. Algunas plantas con grano eran monstruosamente altas; otras gruesas y bruñidas, con tallos macizos. El conjunto, una verde colección de lo exótico y semi-real, formaba un universo en el cual Zed era el extraño. Todo ello tenía un propósito. Era un solitario mamífero al garete en esa tierra.

A pesar de esto, debía haber, a fin de cuentas, alguna presencia humana. La excelente afinación de la tubería, las vasijas delicadamente calibradas, las escalas, las brillantes bolsas de polvos coloreados, el límpido y pulcro arreglo del lugar… todo indicaba la existencia de un planificador. Todo era complejo y entretejido; no obstante, había sido concebido y ordenado. La exuberante vegetación era el resultado de incontables planes y una lenta progresión. ¿Dónde estaba el creador de toda esta vida?

Zed estaba envuelto por ―y perdido en― el resbaladizo bosque enano de cristal y plantas. El húmedo aire era opresivo. Tentó hallar una puerta, una salida al aire. Palpó las paredes, husmeando como un perro en busca de su presa. Se sentía acechante aquí. En alguna cueva más profunda que ésta, más allá de estas paredes y sin embargo al alcance de la mano, estaría el hombre que había hecho todo eso.

Sus manos rebuscaron por las paredes, en afanosa búsqueda. Los hábiles dedos encontraron una hendedura, y ante su presión se abrió una puerta, dejando ver un tramo ascendente de escaleras. Su talento de cazador iba dando frutos.

Esta nueva habitación era completamente distinta de la primera. Era una mescolanza de extraños objetos y piezas, pero parecía tener una vida, un propósito más feliz que los lugares de abajo. Dibujos, planos y juguetes estaban en desorden y amontonados en la buhardilla de la casa. Zed tomó una caja y al abrirla, saltó un minúsculo muñeco en forma repentina, luego quedó colgando, flácidamente suspendido. ¿Se trataría de una compleja broma? ¿O era más bien parte de un vasto juego?

Caminó a través de una cortina de abalorios a otra habitación, donde unas cortinas de terciopelo circundaban una pintura.

—¡Zardoz!

Zed retrocedió de un salto, como si hubiera sido descubierto. ¿Podría Zardoz verlo todavía? ¿Era el Dios redivivo?

—¡Atención, atención, atención!

Zed sintió que no había sido descubierto todavía, pero sabía que la voz estaba cerca. Provenía de una caja espejada. Al abrirla vio un anillo con una piedra cristalina; resplandecía con luz interna y una voz salió de ella:

—La cosecha reditúa informes. Presente excedentes y necesidades para trueque e intercambio inter-vórtice, año 2293, rinde de tercera cosecha.

Mientras Zed jugaba con el anillo, las cifras principiaron a girar en el aire ante él, en rojo, verde y blanco.

Llegó a tocarlas, recordando cómo había tratado de tocar el arma de Zardoz de la misma manera, cuando era un niño. Las cifras se desvanecieron, y reaparecieron en orden ascendente y descendente: Jabón, cuero, sal, cebada, avena. Los excedentes de un Vórtice pasarían a otro que tuviera necesidad de ellos. Los números pasaron de una sección a otra, todo en el aire, brotando del anillo. Movió su mano y cogió las cifras en su palma, comprimiéndolas hasta que una mano cubrió la otra. Eso envió las imágenes en forma de espiral, disparándolas por todo el cuarto. Luego se esfumaron, y el aire quedó inmóvil.

El hambre comenzó a acuciarle. Su ayuno había sido prolongado.

—Carne —musitó.

La carne apareció en el aire, transparente pero real. Una imagen en el tenue aire. Podía mirar dentro del anillo y ver la imagen todavía. Podía proyectarlas sobre las paredes y comandarla. Zed habló nuevamente:

—¿Quién vive aquí?

El rostro del hombre a quien había matado en la boca de la cabeza flotante, apareció ante él.

—Soy Arthur Frayn, Vórtice Cuatro.

¡No! ¿Cómo podía este hombre reaparecer para perseguirle desde el más allá, y traicionarse? El rostro comenzó a agrandarse, hasta que un solo ojo llenó la pared. Dio tumbos a través del techo mientras Zed le estrechaba la mano.

—Soy Arthur Frayn, Vórtice Cuatro. Arthur Frayn, Vórtice Cuatro.

La acusadora voz continuó sin alterarse, pero cruel en su calmada insistencia: una burlona desmentida de su propia muerte.

Zed temblaba de temor; no existía fin para esta reiterada respuesta. Su pregunta había comenzado un incesante comentario sobre su asesina acción. Sacudió el anillo, lo golpeó, le gritó que concluyera, pero la voz zumbaba monótona, como para volverle loco. En un gesto de desesperación insertó el anillo debajo de un cojín para sofocar la imagen. Pero pronto la voz volvió desde su forzado escondite, amortiguada pero discernible.

—Yo soy Arthur Frayn, Vórtice Cuatro.

Zed quedó sobrecogido por nuevas voces que venían del exterior de las paredes. Acercándose a la ventana miró hacia abajo, y vio a un grupo de gentes descargando los cuerpos cubiertos por membranas de la cabeza de Zardoz. Todos eran jóvenes y atrayentes. Los arrojaban negligentemente sobre unas carretas de madera. Una muchacha los fue contando:

—Tres del Vórtice 8. Cuatro del Vórtice 5.

―¿Has visto alguna vez miembros de un cuerpo tan destrozados?

—Alguna clase de roca cayó en su cantera.

―Mal funcionamiento del hígado… Miopía del ojo izquierdo…

Otros ayudaron a descargar el grano en el cual Zed se había escondido. Procedieron luego a llevarlo a la panadería.

Todos hablaban con familiaridad y bromeaban mientras trabajaban, pero se estaban acercando peligrosamente al lugar de su escondite.





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