Zardoz john Boorman (con Bill Stair)



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Capítulo I - HABLA ZARDOZ

Nada era fácil. La vida se presentaba dura y breve. Zed, el jovencito, buscó refugio del viento incesante a un costado de su padre. Tenían suerte, eran los escogidos. Esperaban en la cima de la montaña.

Otros se estaban juntando, montados a caballo. Todos se movían hacia el punto señalado, con las cabezas vueltas hacia el horizonte por donde Zardoz vendría.

La aguzada mirada de Zed barrió el árido paisaje. Varias hectáreas de arbustos espinosos, enganchados entre sí, se mecían ante el viento incesante, sus hojas secas cuchicheando a lo ancho de la tundra. Pequeños pastizales grises se abrían para dar paso a bosques deformados y robles enanos, que se levantaban de unas lagunas de agua salobre, aceitosa. Y todas las plantas estaban muertas.

Primero hubo una pequeña señal. Luego, uno de los vigías apuntó hacia los cielos. Entonces se levantó un coro:

―¡Viene Zardoz!

A través de las nubes más bajas vino su dios. Para Zed, sería la primera visión de él. Aun siendo hijo de un guerrero, se sacudió de miedo y cayó de rodillas cuando vio a Dios.

Una gigantesca cabeza de piedra descendió hacia ellos. Vasta y amenazante, en su enorme rostro había sido tallado un gesto agresivo. Sus ojos resplandecían sobre la cara, que brillaba con agua de lluvia. ¿Cómo podía vivir una cabeza sin cuerpo? ¿Qué clase de criatura pudo haber dado a luz a este monstruo? Quizás el cuerpo y lo que le rodeaba eran invisibles. Zed permaneció firme. Los guerreros lanzaron un gran saludo cuando la cabeza se posó frente a ellos, en la cima de una colina.

Zed era un privilegiado. Su padre tenía el derecho de matar y procrear, y esos iban a ser sus derechos también. Podía tomar mujeres en nombre de Zardoz, y también matar bajo ese nombre. Sería uno con Zardoz, sería un Hombre.

―Zardoz les habla a ustedes, sus elegidos.

La tierra tembló con la voz. Los guerreros, con la mirada desviada, respondieron:

―Nosotros somos los elegidos.

Zed se atrevió a levantar la cabeza y miró hacia la negra bocaza de Zardoz. Y hacia esos ojos deslumbrantes.

―Ustedes han sido sacados de la brutalidad, y criados para matar a los Brutales que se multiplican y son una legión. Con este objeto, Zardoz, vuestro Dios, les dio el beneficio de las armas.

Por encima de la cabeza apareció una mano, portando un revólver. Tan real era el sueño que Zed hizo ademán de tocarlo, pero entonces, el gigantesco pulgar activó el percutor, el índice presionó el gatillo y el revólver disparó. El estampido superó aun la voz de trueno de Zardoz. ¡El Arma!

Ésta era ya una letanía familiar para toda la congregación, excepto para Zed, para quien el milagro de la visión que dispara sólo pudo ser superado por la siguiente imagen.

―El Arma es buena ―bramó Zardoz.

―El Arma es buena ―repitieron los guerreros.

―El pene es maligno. El pene derrama semillas y hace que la nueva vida envenene la Tierra con la plaga de los hombres, como fue antes. Pero el arma dispara la muerte y purifica la tierra de la carroña de los Brutales. Adelante, y a matar. Zardoz ha hablado.

Ante la mirada atónita de Zed, el dios vomitó cientos de armas: revólveres, espadas, rifles, todo brotando de su boca y cayendo por la colina. Los Exterminadores, los matadores de los Brutales, se lanzaron, olvidando su temor del gran dios. Disputaron por las armas, y dieron gracias a Zardoz por este botín. Zed también se abalanzó, reclamando su primer arma, un revólver. Ahora ya era un hombre, un guerrero, un sacerdote de Zardoz.


Zed vivía con su padre en un campamento situado en una colina. Más allá el terreno se achataba, extendiéndose como una ancha planicie que mostraba huellas de otros tiempos y otros hombres. Altas paredes terrosas se levantaban sobre profundas zanjas, y parecían crecer más con las estacas puntiagudas que sostenían las pútridas cabezas de los Brutales masacrados. Los guardias recorrían las murallas y gritaban los nombres de aquellos que cruzaban por los arcos de entrada. Siempre se trataba de amigos que regresaban. Esas entradas conducían a una intersección alrededor de la cual crecía el campamento, una profusión de refugios de distintas formas, levantados con telas, pieles, latones y madera. Humeantes y de feo aspecto, rodeaban la larga choza de los guerreros: una estructura más alta, que parecía el casco de un barco dado vuelta.

Las mujeres y los niños ocupaban las chozas. Pertenecían al nivel de los esclavos. Las mujeres adultas, capturadas en las redadas, eran elegidas por su fortaleza y por las características señaladas por Zardoz, cuyo altar estaba en el extremo principal de la casa larga, donde los hombres vivían recluidos la mayor parte del tiempo.

Por los huecos de los techos se levantaba el humo de los fuegos de cocina, y una piara de cerdos era mantenida cerca de las murallas. Los niños varones les eran retirados a sus madres a temprana edad, y se los adiestraba en las artes marciales. Las mujeres se transformaban ―como sus madres― en propiedades y esclavas del campo. La vida era realmente lóbrega para ellas. Cada guerrero podía tener tantas mujeres como podía, si su rango se lo permitía. El padre de Zed, señor de la guerra, tenía muchas. Si Zed era lo suficientemente fuerte, él también podría mantener esposas y concubinas. Y también podría llegar a ser el principal jefe de esa colina.
Zed se transformó en un soldado ejemplar, y un combatiente temerario en nombre de Zardoz: un gran cruzado en nombre de Él. Mató y creció, y a medida que se desarrollaba multiplicaba sus muertes. Como Zardoz, era insaciable. Y cuando tomaba una mujer, lo hacía con enloquecida lujuria, comparable a su acción de matar. El único sentido de su vida era el servicio a Zardoz, la absoluta obediencia a esa única fuerza. ¿Acaso este dios no le había dado el derecho de procrear, los medios para matar? ¿Qué otra cosa tenía sentido? Zardoz lo había formado y Zed era, por tanto, un instrumento de su voluntad. Y a medida que pasaban los hechos, se transformó, como su padre, en el líder, el sumo sacerdote, el caballero supremo de la santa orden.

Montados en sus caballos, los guerreros eran como un solo ser viviente con las bestias: los Exterminadores los adornaban con monturas y bridas de cuero rojo, y viejos trofeos que cascabeleaban, porque se trataba de cráneos, dedos, huesos, trinquetes, restos de los muertos. Las patas de los caballos, pintadas en zigzag, lastimaban la vista cuando galopaban.

Los guerreros montaban erguidos, luciendo gruesos mostachos que caían por sus quijadas, el cabello largo amarrado hacia atrás o encima, a veces sujeto con un hueso humano. Para infundir miedo entre los Brutales usaban máscaras rojas con el rostro de Zardoz.

Zed se vestía severamente de rojo. Con el largo cabello atado atrás, y el mostacho oscureciendo su rostro moreno, era un líder que despreciaba la fineza o el decoro. Su gigantesco caballo era color azabache, brillante y ágil como las alas de un cuervo. Zed usaba botas largas hasta los muslos, un braguero rojo y bandoleras de munición cruzadas sobre su pecho desnudo. Llevaba un rifle en la funda de la montura, un revólver de seis tiros a la cadera y un sable envainado también en la montura. En su mano solía sostener una lanza con punta de acero, en la que flameaba un pendón rojo sangre, como todo lo que ellos usaban; una figura que, proyectada contra el sol, tenía un aspecto siniestramente negro.

Después de cada luna llena, se reunían para rendir homenaje a su rey. Ofrecían sacrificios humanos; para el caso, unos cuantos Brutales a los que consideraban afortunados porque habían sobrevivido para ver al Gran Poderoso antes de morir. Después de estas ceremonias, recibían nuevos aprovisionamientos para continuar con su interminable campaña de carnicería. Revitalizados, frescos, volvían a cumplir con su deber.
Zed tuvo que recorrer muchos kilómetros a caballo en su búsqueda, a través de extraños bosques muertos, terribles lugares donde alguna vez deambularon los Brutales, campamentos que hace mucho tiempo exhibían las cicatrices dejadas por los Exterminadores. En otras ocasiones, los cascos de sus caballos repicaban sobre la piedra. Cazaban a los que luego iban a morir a través de extrañas edificaciones, como cavernas abiertas, que habían estado vacías por mucho tiempo. Zed no tenía miedo, porque aunque se había dicho que esos edificios estaban hechizados ―sin duda malditos por los espíritus de los gigantes muertos hacía tanto tiempo, que construyeron esos ingeniosos refugios―, él sabía que Zardoz estaba siempre de su lado.

Ni el miedo ni la compasión podían asomarse a esa mente, que sólo sabía que era un vehículo, un ángel de la muerte inspirado por Zardoz. Cuando mataba, como en el momento final del acto de amor, se sentía supremo. Éste era su propósito. Sabía que era un instrumento del Todopoderoso, del Inmisericorde, del Visionario.

Muchos caminos se recorrieron por la causa de Zardoz. Muchas rutas cruzadas y repasadas, a través de los restos de los viejos tiempos, o en las tierras yermas de más allá. Cuántas veces la espada se levantó y cayó por la causa, y vomitaron los revólveres muerte y confusión entre los subhumanos que huían de los cascos de su caballo de guerra. Era una horrible multitud la que caía bajo su espada, tan distintos a sus seguidores como para que parecieran una especie extraña: algunos corrían apoyándose en miembros monstruosos, otros tenían muchas cabezas, otros se arrastraban; otros, sin ojos, detectaban su presencia por medio de unas antenas; había unos que lo miraban con un ojo verde y otro rojo, de piel moteada que se mimetizaba con la tierra. No eran hombres, y sin embargo todos parecían responder a ese origen. Recorrió incansablemente las tierras muertas, casi sin detenerse, porque todo debía ser reducido y destruido.

Alguna vida penosa aún existía en esta estéril y gredosa tierra, en la forma más perversamente primitiva. En el musgo de los árboles, un gusano de muchos pies trataba de succionar la humedad. Cerdos de largos hocicos buscaban el sustento husmeando entre los cadáveres, y encontraban entre esos cuerpos agusanados la necesaria energía como para matar a cualquier hombre que todavía se mantuviera en pie. Estos cerdos servían de alimento a enormes gatos y perros, estos a los osos y a los hombres, mientras sobre toda la desperdiciada tierra las aves de rapiña volaban, esperando.

Toda forma de vida, ya fuera que se arrastrara, tuviera cuatro o dos extremidades, o volara, era gris como el polvo, excepto los sub-humanos. Eran pálidos; todavía no estaban ennegrecidos por el pigmento venenoso.

El mundo tenía que transformarse como Zardoz lo deseaba. El modelo eran esas tierras estériles, cenicientas, sobre las cuales dominaba la horda destructora, donde la tierra negra retumbaba bajo sus pies. Todo tenía que ser como Zardoz ordenó: tierra desnuda, yerma y muerta… excepto por los guerreros, que recorrerían por siempre las negras llanuras de su Dios. Tenía que llegarse a este objetivo, tal como Zardoz lo había ordenado. Los martillos de su voluntad eran los Exterminadores, y los Brutales eran los yunques, los andrajosos remanentes de aquello que alguna vez abarcó toda la tierra: la humanidad.


Zed era poderoso. Nadie era más fervoroso en la alabanza de Dios, ni más talentoso en ejecutar su voluntad. Su sabiduría excedía en brillo a los otros; ningún ojo era más certero, nadie más fuerte, ninguna mente más potente. Los otros temían sus pensamientos más que al hombre mismo. El propio Zed estaba perseguido por constantes sueños: vio cosas que no eran perceptibles. Podría haber sido expulsado de la tribu y muerto como un espíritu maligno, de no haber mediado su probada grandeza como jefe guerrero. Su espada y su arma de fuego eran las más vitales del grupo. ¿No demostraba que él estaba poseído por Zardoz? ¿No contaba con los poderes del propio Dios? Los adictos de Zed crecieron; ningún grupo de asesinos podía comparársele. Nadie podía exceder sus cosechas. Y fue entonces que Zed encontró que había otros como él.

Había sólo un puñado; otros tres señores de la guerra como él. Se reunían en una congregación de tribus. Zed reconoció que todos ellos eran hermanos en intelecto e intuición. Pronunciaban pocas palabras, pero sus manos se juntaban en un vínculo duradero de mayor significación que la simple amistad. No estaba solo; ellos eran hermanos en mente y espíritu. Aun como hijo superior de Zardoz, había encontrado sin duda compañeros afines. Se trataba no sólo de soldados; poseían los mismos extraños y aterrorizadores poderes que Zed: su intelecto superaba a sus proezas físicas.

A medida que Zed creció y formó su círculo íntimo de hermanos, así lo hizo también Zardoz. El poderoso dios, no menos mortífero, comenzó a dotar a sus adictos de una nueva sabiduría. Zed se sintió perturbado, pero disolvió sus dudas en su pasión por la obediencia. Las nuevas órdenes concernían al crecimiento. Lo mismo que Zed y un pequeño núcleo especial podía procrear, así Zardoz dio una nueva simiente a la campiña. Zardoz ordenó que fueran traídos prisioneros, no para ser sacrificados en su nombre, sino para trabajar, cultivar el suelo y hacer germinar el cereal.

Pese a resultarle odioso y desagradable el encargo, Zed obedeció. Los esclavos sembraron la tierra con cereales que provenían de la boca de Zardoz y a su tiempo el grano germinó y se multiplicó, fue cosechado y luego volvió a la boca de donde vino, las mandíbulas de Zardoz. Las cosechas no podían prosperar en el suelo amargo, pero Zardoz les dio nuevas semillas, hechas a prueba contra los venenos de la tierra marchita.

Zardoz exigió alimento, demandó cereal y todavía entregó más armas para la interminable pero cambiante lucha contra los Brutales. Ahora, no obstante, los prisioneros debían ser conducidos con la red y la soga. Sólo unos pocos podían ser muertos, en representaciones rituales de viejos tiempos. Zardoz era poderoso, infinito e incontrovertible. Zed, pese a toda su apasionada creencia, sentía extrañas dudas, al igual que sus flamantes hermanos. En los actos del culto —la captura y la muerte—, sentía ahora incertidumbre. ¿Osaría hablar a los demás? ¿Se atrevería a compartir sus dudas?

Mientras se hallaba ante la poderosa cabeza, como le había ocurrido muchas veces antes, aturdido como siempre por la presencia y el poder de su dios, escuchó un murmullo dentro de su cerebro que no parecía provenir de él. Y menos del rostro de piedra que lo enfrentaba ahora. Mucho tiempo transcurriría antes que Zed pudiera descifrar los temores e interrogantes que surgían de su mente; vendrían indicios y ayuda de inesperadas procedencias. Habría tiempo, habrían oportunidades.





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