Zardoz john Boorman (con Bill Stair)



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Capítulo X - EL FIN DEL COMIENZO

Toda la habitación era de vidrio negro. El piso cedió lentamente, y Zed descendió hacia lo más profundo del diamante, a su mismo centro. Había visitado sólo una pequeña faceta de su superficie, y actualmente se deslizaba en medio de las múltiples facetas del núcleo del diamante.

El Tabernáculo estaba leyendo sus pensamientos, tratando de destruirlo con ilusiones y con diferentes tácticas. Zed sobreviviría si podía rechazar las imágenes que se le presentaban. Pero su objetivo no era únicamente el de sobrevivir. Tenía que llegar al centro operativo del Tabernáculo, y continuó con fe su búsqueda del verdadero y vital centro de la piedra.

Ya fuera fantasía o realidad, en esta habitación se libraría la última batalla.

Unas figuras aparecieron a lo lejos, luego lo rodearon: May, Consuella, el Amigo, Avalow…, algo distantes de Zed, irreales, pero fieles a su lado. Tocó a uno de ellos, mientras se lanzaba corriendo detrás de la superficie de una pantalla. La imagen era insubstancial, y se esfumó lentamente al tocarla.

Había más imágenes; Consuella y May se aproximaron. Zed se obligó a sí mismo a borrar toda esa belleza de su mente, aunque le dolió más de lo que era capaz de resistir. Escuchó a continuación los llantos agonizantes mientras las erradicaba. Si Consuella muriese ahora, muerta quedaría para siempre. A May le ocurriría lo mismo. Zed se mordió los labios y siguió adelante, a pesar de los llantos rogando por ayuda.

Fueron desapareciendo uno a uno en la oscuridad total, el Amigo, los Renegados y los Apáticos. Sus amores y odios, sus previas mentes, receptoras de los más brillantes cerebros de los siglos, se hallaban nuevamente relegadas al tiempo real, lo mismo que Zed. Las voces y sonidos se mezclaban y aumentaban ruidosamente, como un torbellino de viento. Pero no vencerían a Zed: su corazón estaba frío, y su misión cerca del fin. Finalmente callaron.

El Tabernáculo se expresó:

—Nosotros nos hemos retirado. Tú estás solo.

A continuación Zed vio a su contrincante final, que se le asemejaba en calibre y fuerza: se trataba del mismo Zed.

Sus propios recuerdos, como así también los transcurridos en el Vórtice, acudieron a su mente, reproduciendo las ofertas de armonía e inmortalidad que le habían extendido. La imagen avanzaba hacia él, revólver en mano. Zed corrió, alejándose de la confrontación final, chocando contra espejos y paredes, perseguido por su propia persona y su restituyente pasado.

¿Era ésta la última farsa? El Tabernáculo se reservaba su mejor carta para el final. Si lograba su triunfo allí, todo podía darse por concluido.

Él era real, el otro Zed que veía frente a él era una imagen lisa, de brillante estructura… pero falsa; sólo una colorida copia iluminada.

Zed tendría que enfrentarse consigo mismo. Si era capaz de afrontar a su persona con todas sus verdades, se liberaría. Las acciones cometidas… su verdadera personalidad… Si lograba aceptarlas, podría seguir adelante; no como había sido en el pasado, sino como era hoy.

Si el Tabernáculo era capaz de liquidarlo con una descarga de energía, ¿por qué no lo había hecho? Si bien no podía apropiarse de vida, podía aniquilar sus sentidos arrastrándolo a su autodestrucción. La única arma del Tabernáculo era la incitación al suicidio. Podía volverlo loco al punto de instigar su propia muerte, pero no podía apretar el gatillo.

¿Moriría Zed si disparaba contra su propia imagen? ¿Habría logrado convencerlo el Tabernáculo de que era simplemente un reflejo? Si disparaba contra su propia imagen, ¿llegaría el balazo a atravesar su propio cuerpo?

El Tabernáculo no podría matar. Indudablemente este mandato fue impuesto como esencial al crearse el Vórtice. Entonces, ¿qué proceso estaba utilizando el Tabernáculo para llevarlo a su autodestrucción?

Debía tratarse del derivado corrupto de un método que en tiempos pasados se utilizaba para hacer el bien. Seguramente basado en un método de meditación, desarrollado para ayudar a los Eternos a verse tal cual eran.

Esto parecía ser cierto. Crecientes recuerdos del pasado emergían, obsesionando a Zed.

Nuevamente cabalgaba y mataba. Combatía con May y Consuella en la sala de tejidos; los Renegados se abalanzaban contra él, y los Apáticos le chupaban la vida como vampiros. Todo esto se proyectaba simultáneamente en los espejos que lo rodeaban.

El Tabernáculo era un maestro, ineludible y benigno. Era una fuerza con fines benéficos: un monumento a sus creadores. Más y más imágenes acudieron a su mente. Había una faceta que proyectaba a Zed el Exterminador: delgado, brutal y mortífero. Vio luego al nuevo Zed: un hombre pleno de sabiduría, que sentía compasión y repugnancia frente a la matanza. Zed tenía que disparar contra la imagen reflejada antes de que el Zed brutal pudiera liquidarlo.

Alzó el revólver con lentitud, apuntando al ojo de la imagen, al Zed que una vez había sido. Apretó el gatillo.

Las imágenes se convulsionaron. El estampido azotó las paredes como un rayo, repercutiendo por todos los pasillos. Zed observó la extinción de su propio pasado. El Exterminador cayó a sus pies con los fragmentos de cristal.
Reinaba el caos en el museo del Amigo. El batallón de Consuella se había retirado hacía un buen rato, pero aún quedaban otros Eternos, indisciplinados y con la obsesión del pillaje y la destrucción. Se reían estrepitosamente y gritaban, mientras convertían en ruinas los tesoros, igual que soldados borrachos dedicados al saqueo de una ciudad derrotada. Destrozaron y desacralizaron los objetos invalorables, aplastándolos en incontrolada y demencial acción. Aún continuaban la búsqueda de Zed.

—Está en alguna parte. ¡Inspeccionen por todos lados!

—Obliguémoslo a salir de su escondrijo por asfixia. ¡Enciendan fuego!

Surgieron entonces las devoradoras y mortales llamas. El incendio se propagó con furor, estimulado por la sequedad de la atmósfera; crepitante y saltando de madero en madero, arrasaba a su paso las cajas, pinturas, tapices y disfraces con más velocidad que una turbamulta.

En el recinto del Amigo, Zed yacía tendido de bruces sobre la pequeña mesa. El diamante reposaba en su mano izquierda, la bola de cristal y el anillo se encontraban frente a él, el revólver en su mano derecha, rodeado de cápsulas vacías.

May y sus amigos avanzaron hacia donde estaba Zed. Lo habían observado desde lejos durante la batalla, mientras su cuerpo era presa de las tensiones y su mente combatía al Tabernáculo. Lo vieron luego caer de bruces.

El humo se infiltró en la habitación, seguido de un vocerío. El Amigo sacudió a Zed.

—Están aquí.

Pero Zed permaneció inmóvil. El Amigo indicó a los otros:

—Llévenlo a la puerta del este.

Lo arrastraron lejos de sus vandálicos perseguidores, pero aquellos de quienes escapaban representaban sólo una fracción de los enemigos. El Amigo y las mujeres de May tuvieron que combatir a otro grupo igualmente temible, que ingresaba por la puerta Oriental que ellos buscaban. Todos perecerían inevitablemente; los habían reconocido. Los atacantes avanzaban gesticulantes, empuñando sus armas, listos para completar su plan destructivo.

El Amigo se dirigió a Zed en demanda de ayuda, suspirando.

—¡Es demasiado tarde, Zed está liquidado! —gritó Consuella, surgiendo de las sombras.

May la miró con rencor. Consuella sacudió la cabeza y se acercó al exhausto cuerpo de Zed, besando dulcemente sus párpados, infundiéndole amor.

Zed despertó y se puso de pie, consciente y alerta. Enfrentó a sus agresores y extendió la mano hacia ellos en ademán de desafío. Se detuvieron. Zed se dirigió a sus aliados.

—Permanezcan cerca de mí, dentro de mi aura.

Los atacantes comenzaron a replegarse, mientras Zed avanzaba. Las estatuas pulverizadas volvieron a sus pedestales y fueron rehechas, exactamente como eran antes. Las rasgadas pinturas se restauraron instantáneamente.

La multitud corría en retroceso, con la extraña certeza de que no caería. Corrieron hacia la escalinata ubicada al este, seguidos por Zed, que mantenía el diamante en alto. Los que estaban próximos quedaron atónitos ante lo que presenciaban. Zed había revertido el tiempo.

Salieron a la superficie. Súbitamente, el tiempo marchó hacia adelante nuevamente y la multitud rodó escaleras abajo como lo habían hecho antes, destrozando a su paso estatuas y pinturas. Pero Zed y su cortejo estaban a salvo en la superficie, respirando nuevamente aire puro bajo el cielo.

El Amigo, May, Consuella y el resto rodearon a Zed, contemplándolo con ojos azorados. El haber revertido el tiempo poniéndolos a salvo superaba las más remotas habilidades de Avalow.


May y Consuella se abrazaron, en tanto la primera se despedía, marchándose a preparar su partida. El Amigo se aproximó cautelosamente a Zed, como si fuera una persona diferente a aquella que él había instruido. El maestro se veía convertido en alumno.

—¿Puedes decirnos cómo están las cosas? ¿Y qué pasará ahora?

Zed lo miró como si hubiera escuchado una voz distante.

—Un anciano me llama.

A continuación, se dirigió hacia el paraje de los Renegados.
Se detuvo al costado del lecho del líder de los Renegados, aquél que había dado comienzo al experimento que generó el Vórtice. El anciano se encontraba débil, y habló en voz muy baja.

—Ahora… recuerdo lo acontecido.

Una vez destruido el Tabernáculo, el recuerdo de sus orígenes había retornado a su mente. Zed sostenía el diamante delante de su vista, afectada por cataratas. El anciano fijó la mirada en la piedra preciosa y asintió.

—Nosotros desafiamos el orden natural. El Vórtice es un reto a la naturaleza. Ésta… tenía que encontrar la manera de destruirnos. Fue una lucha de voluntades. Por ello te creó a ti. Forzamos la mano de la evolución…

El anciano, en un resuello que podía semejar una risa, emitió por la garganta un estertor agónico. Sus ojos quedaron inmóviles. Zed los cerró con su mano y permaneció silencioso durante un momento frente al extinto científico.

De ese modo la naturaleza los venció. El Fundador del Vórtice acababa de extinguirse. Zed había triunfado.

—Una buena muerte —expresó Zed en su homenaje.

El llanto de alegría del Amigo quebró la paz. Aquél había comprendido que la muerte natural de un Renegado significaba que el Tabernáculo había cesado en sus funciones.

—Tú lo lograste —exclamó alborozado.

El hombre que había desempeñado el papel de la Muerte se hizo presente para cerciorarse.

—Está muerto —dijo a los otros Renegados que se habían amontonado alrededor para observar.

Luego escucharon un estruendoso ruido que provenía del espacio: la Cabeza estaba cayendo.

La rotunda Cabeza de piedra que había desafiado la gravedad por tanto tiempo, había cedido finalmente a la lucha antinatural. Estaba desplomándose sobre la tierra, en medio de un viento rugiente. Aquellos que se habían congregado en el hotel de los Renegados la vieron pasar como un rayo por la ventana. Se produjo un estruendo que sacudió la tierra, seguido por intensas ondas sonoras.

El Tabernáculo había sido verdaderamente derrotado. Las cosas habían llegado a su epílogo. El maravilloso comienzo que había sido el Vórtice iba disminuyendo su marcha hasta detenerse. Si la Cabeza ya no volaba más, si los ancianos podían ahora morir, la muralla en torno al Vórtice no tenía ya razón para subsistir.

Zed caminó a través del césped, lejos de los agonizantes rebeldes y hacia la Casa. Ardía, pero todavía permanecía en pie.

Una extraña voz ultraterrena llamó a Zed y a todos los sobrevivientes. Era Avalow. Zed, al igual que los demás, se hizo camino entre los heridos que cubrían el césped hacia la laguna con reflejos plateados, próxima a la Casa. Situada entre palmeras y flores, estaba a la vista de las tierras negras foráneas, contra las cuales el Vórtice se había mantenido seguro y libre de temores.

Avalow estaba en el centro de la laguna, como si hubiera caminado sobre el agua para situarse allí. Cantaba, e incitaba a todos a unírsele. Eternos, Renegados y Apáticos forzaron su camino hacia ese punto. Llegaron todos desgreñados y rengueantes.

May y sus mujeres, todas a caballo, esperaban en una senda vecina; llevaban vestidos de viaje para temperaturas inclementes y unas mulas cargadas portaban su equipaje. Zed elevó su mirada hacia May. Las mujeres esperaban al pie de un gigantesco árbol, el añejo ciprés bajo el cual había visto a los Eternos meditando días atrás.

En aquel entonces, la Casa, situada en el fondo tras de las ramas, los campos y la gente que se paseaba por ellos, ofrecían la promisora calma de una perenne Edad de Oro. La paz que allí reinaba proyectaba una longevidad de miles de años.

Ahora todo había cambiado. La Casa todavía subsistía, pero en ruinas. Prevalecía un ambiente de desolación, propio del campo de la batalla que se había librado allí. Una guerra civil había convertido en escombros esa ciudad-estado.

El equilibrio artificial que se estableciera entre el Vórtice y el mundo exterior había oscilado bruscamente en favor de un orden natural. Este paraíso artificial, inserto en el mundo real, acentuando con su presencia la pobreza que lo circundaba, había sido avasallado. Todas las bondades que habían sido hábilmente almacenadas aquí se redistribuirían ahora entre los sitios de los cuales habían sido robadas. Al abandonar el lugar, May y su caravana de mujeres darían comienzo a este proceso.

Zed tomó la mano de May.

—Galopa hacia el este, y atravesarás a salvo la muralla. ―Le devolvió el diamante que había sido su clave—. Deja que tus hijos e hijas miren en él.

May intentó hablar, pero unas emociones largamente olvidadas surgieron en ella. Su pulso se aceleró. Se debatía entre el deber y el sentimiento ―algo más que amor― que tenía por ese extraño, que había destrozado todo cuanto constituyera su vida, pero al mismo tiempo le había restituído las pasiones y una nueva razón de ser.

—¿Qué será de ti, Zed? ¿Regresarás al seno de tu gente?

Zed negó con la cabeza.

Ella sintió el impulso de saltar del caballo y permanecer para siempre a su lado. Detrás, la columna de mujeres aguardaba impaciente. Así como Zed nunca se reuniría con su tribu, May tenía que conducir esta expedición hacia lo desconocido, para formar una nueva raza. Ambos estaban comprometidos con sus destinos.

Zed no regresaría a su gente hasta que la muerte pudiera unirlos en un mundo espiritual, si tal cosa existiera. May tenía que propagar una nueva tribu que ella nunca llegaría a ver. Ambos se hallaban ahora en tiempo mortal; todos los minutos contaban. Compartían un momento de tristeza que se prolongaba demasiado.

Zed rompió el silencio:

—He llegado demasiado lejos para echarme atrás.

May empuñó las riendas y se alejó con su caravana hacia el fin del Vórtice y hacia nuevas tierras. Zed no miró atrás. Su antiguo ejército estaba atacando por el oeste, y no se encontraría con ellas.

Si May y sus compañeras no perecían en el camino, tendrían un duro invierno por delante ―contando el tiempo anterior al nacimiento de sus vástagos―, y riesgos aún mayores que superar, ya que ahora eran vulnerables. Algunas no engendrarían hijos, pero todas tenían a su favor cientos de años de estudios, y ejercicios que las habían preparado para esta experiencia. Eran los seres más sagaces de su época, y eran muchas.

Zed las envidió. Serían los primeros seres en dejar esta nave, los primeros exploradores que pisarían la tierra. La minúscula comitiva se enfrentaría con un planeta hostil, con sólo sus mentes para asistirlas, pero… ¡qué mentes, y qué entereza poseían!

Zed estaba próximo a la laguna donde se encontraba Avalow, parada en su centro sobre un pedestal. Como por arte de magia, su cuerpo estaba seco, habiendo llegado a ese punto de una manera milagrosa; una última demostración de los sublimes poderes que ahora poseía.

El llamamiento de Avalow a los habitantes del Vórtice continuaba.

Entonces aparecieron detrás de la casa, como respondiendo al llamado de Avalow, los restantes perseguidores, aún sedientos de la sangre de Zed. Lo vieron y comenzaron a correr hacia él gritando, en un desesperado y postrer esfuerzo.

Consuella les hizo frente. Ellos se refrenaron, reconociendo su autoridad.

—No tiene sentido. Todo ha terminado.

Les hizo señas para que retrocedieran. Ellos se enfurecieron, pero luego se alejaron cabizbajos.

El Amigo se aproximó, anunciando:

—¡Los Renegados están muriendo como moscas!

Consuella se dirigió a los presentes, señalando a Zed.

—Él no tiene la culpa. Nos hemos destruido nosotros mismos.

Las armas restantes cayeron de las manos de los Eternos. El canto de Avalow aumentaba en volumen, acercándolos con su poder.

Arthur Frayn apareció, y se dirigió al público presente para compartir su punto de vista.

—Lo que has dicho, Consuella, es aún más verdadero de lo que crees. Y es aquí donde yo pienso que merezco crédito.

Todos lo miraron con incredulidad y sorpresa. Frayn estaba disfrutando de la atención que merecía.

—Vean, nuestro deseo por la muerte era tortuoso y profundo. ―Se dirigió a Zed—. Yo, en cuanto Zardoz, pude elegir a tus antepasados. Una cuidadosa reproducción genética te produjo, Zed: el esclavo que llegaría a liberar a sus amos.

Hizo un gesto con los brazos, abarcando a todos sus oyentes, terminando con un saludo. Luego se dirigió a una figura familiar, que se hallaba entre la muchedumbre.

—¡Y el Amigo fue mi cómplice!

Se reía mientras observaba la incómoda reacción del público, que estaba demasiado agotado como para atacarlo; incluso estaba más allá de todo sentimiento de rencor. Dirigiéndose nuevamente a Zed, prosiguió:

—¿No recuerdas al hombre en la biblioteca? Fui yo quien te dirigió hacia el libro El mago de Oz.

La cara de Zed estaba petrificada.

—Fui yo quien te dio acceso a la Cabeza. Fui yo. ¡Yo te guié! ¡Yo te crié!

Arthur saltaba de alegría. De ser posible, se hubiera congratulado a sí mismo palmeándose la espalda. Zed dio media vuelta para responderle.

—Y yo he visto a la Fuerza que puso esa idea en tu mente. Tú también has sido criado y guiado.

Arthur y el Amigo estaban deleitados. La ironía de las palabras de Zed los llenaba de risa. Se miraron entre ellos, y exclamaron, como niños mellizos delatando un secreto:

—¡Todos hemos sido usados!

—¡Y rehusados!

—¡Abusados!

—¡Y entretenidos!
El canto de Avalow continuaba, como un coro de despedida que contenía dolor y alabanza, una última celebración de sus poderes, y un saludo a la nueva vida. Por última vez sus mentes y almas se unieron en perfecta comunión.

Zed no podía compartir su sublime felicidad. Se hallaba solo, y miró hacia el Occidente.

Avalow se dirigió a la muchedumbre levantando sus brazos, como si los estuviera bendiciendo:

—La muerte se aproxima. Somos nuevamente mortales. Ahora podemos decirle sí a la muerte, pero nunca más “no”. Debemos despedirnos los unos de los otros, como también debemos hacerlo de la luna y el sol, los árboles y el cielo, la tierra y las piedras, el paisaje de nuestro largo sueño vivido.

Luego dijo, dirigiéndose a Zed:

—Zed, el Libertador, ¡libérame de acuerdo con lo prometido!

Él levantó su revólver, pero no podía apretar el gatillo. Consuella estaba a su lado.

—¡Hazlo! Hazlo! Todo lo que yo era… ya no existe.

Se oyó un disparo. Brotó sangre del pecho de Avalow, y ella se desvaneció, mientras la muchedumbre la observaba con felicidad.

Los Eternos lo acosaron, sin saber que Zed no había sido quien la mató.

—¡Ahora, mátame a mí! —le rogó una joven.

Arthur se dirigió al Amigo:

—Matémonos el uno al otro. Ten un debido sentido del humor ―Arthur pensó por un momento, y con un ademán extrajo una paloma blanca de la nada, diciendo—: ¡Un último truco!

Los Exterminadores se hallaban en la arboleda, disparando sobre los Eternos.

El Amigo tomó a Arthur de la mano. Ambos miraron en torno por última vez. El Amigo recibió un balazo y cayó.

—¡Éxito! ¡Todo era una broma! —hizo una pausa—. ¿Eso es todo? Agh… duele…

Y con esas últimas palabras, expiró.

Los Exterminadores salieron de su escondite, traspasando con sus espadas los cuerpos que aún vivían. Los Eternos les agradecían a medida que morían en sus manos.

Zed asió la mano de Consuella y se alejó agachado, corriendo en zigzag a través de la muchedumbre, hacia el cercano y espeso bosque.
En lo alto, en el extremo oriental del valle, May detuvo su caravana, levantó el cuello de su capa para protegerse del viento y dirigió una última mirada al brillante lago junto al cual ella había vivido y muerto hace tiempo y a menudo. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Dio media vuelta y siguió su marcha.
El líder de los Exterminadores interrumpió su tarea y miró alrededor. Llevó una mano a la boca y llamó.

—¡Zed!


No hubo respuesta, excepto algunos disparos que produjeron ecos a través de los árboles.

—¡Zed!


Caminando hacia otra dirección, volvió a llamarlo.

—¡Zed!


Dirigió su mirada hacia todos los puntos de la brújula: norte, este, sur, oeste. Zed tenía que estar cerca, si es que estaba aún vivo… O quizá habría muerto mientras trataba de introducirse en la muralla.

—¡Zed!


Zed y Consuella estaban protegidos por el tupido bosque. La aplastada Cabeza se hallaba frente a ellos. Yacía de costado, semienterrada, su grotesca boca formando una caverna. Había caído recto en el bosque, sin alterar las breñas que la rodeaban; nadie iba a sospechar que se encontrara allí. Zed condujo a Consuella hacia la caverna, dentro de la boca que lo había traído al Vórtice.

Mientras los Exterminadores saqueaban y destruían aquello que jamás comprendieron o comprenderían, Zed confortaba a Consuella. Permanecerían escondidos en la Cabeza hasta que pasara la tormenta.


Días más tarde, los últimos soldados habían desaparecido. Zed se aventuró a salir en búsqueda de alimentos y regresó muy pronto. Ésta sería su nueva morada.

Vivieron juntos muchos años. Consuella le dio un hijo, que cuando creció tomó su propio rumbo. Quizá fuera a encontrarse con los hijos de May.



Zed y Consuella envejecieron juntos. La muerte se los llevó, y luego el tiempo convirtió sus huesos en polvo, hasta que todo lo que quedó fue su revólver, junto a la huella de una mano sobre una roca. FIN


1 Correspondientes a apple (manzana), ball (pelota) y cat (gato).



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