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CAPITULO I
REBELION Y FIDELIDAD
MAQUINABAN los corifeos de las sectas establecer un Estado, que dejara de gobernar en nombre de Dios y no redactara leyes de acuerdo con su voluntad, sino en nombre del pueblo y según el voluble querer del mismo, leyes que ellos se industriarían en formular con sus maniobras. Querían destruir poco a poco lo que hasta entonces habían predicado hipócritamente que se debía respetar, pero de modo que los pueblos no lo advirtieran, o solamente cuando ya estuvieran preparados por la corrupción de las costumbres y los errores imbuidos en su mente a través de periódicos, libros, obras teatrales, escuelas y reuniones políticas. Para este fin predicaban la necesidad de la independencia nacional, y se hacían apóstoles de la libertad de pensamiento, de conciencia, de religión y de prensa. Era la libertad que San Pedro llamaba: Velamen habentes malitiae libertatem (como quienes hacen de la libertad un pretexto para la maldad) 1, esto es, en el fondo, la guerra contra todo lo que, de lejos o de cerca, recuerda ((2)) a la soberbia humana que hay un solo Dios, a quien se debe absoluta obediencia. Y por ello los legisladores sectarios han proclamado y siguen proclamando: Nosotros somos la ley y no hay nadie por encima de la ley, ni Dios, ni Iglesia. Consideraron a la Iglesia católica como una simple sociedad privada, sin valor, sin derechos, sin intereses en la vida civil, separada del Estado y, lo que es todavía peor, enemiga a la que incesantemente había que combatir. Rex sum ego! (íyo soy Rey!), proclamó Jesucristo: pero ellos le responden: Nolumus hunc regnare super nos (no queremos que éste reine sobre nosotros).
1 I Pedro, 2, 16. 12
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Pero vae qui condunt leges iniquas (íay, los que decretan leyes inicuasí), amenazaba Isaías 2.
La política de todo orden, dice Bonald, se fortalece con cuanto concede a la religión y se empobrece con cuanto le niega. Allí donde venga a menos el respeto hacia el Papa, allí desaparece el respeto hacia el Soberano. El célebre Colbert decía así en su testamento a Luis XIV, incitado por sus pérfidos consejeros contra la Iglesia: «Jamás se rebela impunemente el hijo contra el padre. Todas las empresas que Vos emprendáis contra el Sumo Pontífice, recaerán sobre vuestra Majestad».
Y por desgracia los gobernantes de los pueblos despreciaron a la Iglesia y fueron arrastrados por la revolución, que quiere la soberanía del pueblo para hacer del monarca un esclavo del parlamento, y al parlamento un esclavo de las masas. Su última palabra será: Basta de dioses, basta de reyes, basta de patronos. íAbajo la propiedad! íSocialismo y comunismo!
Pero la voz y la plegaria de la santa madre Iglesia y el omnipotente brazo del Señor frustrarán el insensato proyecto, mas no sin que antes las naciones apóstatas paguen el castigo de su rebelión.
((3)) Sin embargo, como sal de la tierra y luz del mundo, no había nación, no había ciudad ni pueblo alguno, donde no florecieran santas personas de toda suerte, especialmente obispos, sacerdotes y religiosos, los cuales, a la par que invocaban la divina misericordia sobre los hombres, aliviaban a los desgraciados con obras heroicas de caridad, prestaban a Dios y a la Iglesia el tributo de obediencia, que le negaban los insensatos. Uno de éstos era don Bosco. El se había propuesto como código de sus obras el decálogo, los mandamientos de la Iglesia, las obligaciones del propio estado, y ponía todo su empeño en observarlas con fidelidad. Estaba tan compenetrado con el espíritu de fidelidad, que durante todo el tiempo de su vida dio la impresión de que no podía obrar de otro modo. No se descubrió en él en todo su proceder, defecto o descuido en el cumplimiento de sus deberes de cristiano, de sacerdote, de cabeza de Comunidad, de Superior de una Congregación: era observantísimo de las reglas que él mismo había dado a ésta.
Experimentaba, al mismo tiempo, gran pena al ver cómo muchos conculcaban la ley divina, al oír blasfemar del santo nombre de Dios, de nuestro Señor Jesucristo y de la Santísima Virgen; se sentía profundamente amargado al descubrir cómo la inmoralidad acechaba
2 Isaías, X, 1. 13
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la inocencia de muchos jovencitos; sangraba su corazón al saber que se ultrajaba al Papa y no se reconocían los derechos de la Iglesia. Su obediencia a los preceptos de esta buena Madre abrazaba las prescripciones más pequeñas, las sagradas ceremonias y rúbricas, las respuestas de las Sagradas Congregaciones romanas, y exigía que hicieran lo mismo sus subordinados. En aquellas cosas en que se dejaba libertad de interpretación y de acción, elegía la opinión más conforme con el espíritu de la Iglesia.
((4)) El teólogo Ascanio Savio afirmaba: «Le conocí irreprochable en todo y nunca experimenté en mi corazón la menor sospecha de que él hubiera perdido la inocencia bautismal».
El teólogo Reviglio apoya este testimonio escribiendo: «Tenía tan grande horror al pecado, que durante los once años que conviví con él, no le vi cometer jamás deliberadamente un pecado venial».
Y don Miguel Rúa no dudaba en decir: «He vivido al lado de don Bosco durante treinta y siete años, y cuanto más pienso en su forma de vida, en los ejemplos que nos ha dejado, en las enseñanzas que nos dio, tanto más crece en mí el aprecio y la veneración por él, la opinión de santidad, al extremo de poder decir que su vida fue toda del Señor. Me causaba mayor impresión contemplar a don Bosco actuando, aún en las cosas más pequeñas, que leer y meditar cualquier libro de devoción».
Centenares de quienes convivieron con el querido don Bosco, de 1846 a 1888, nos han manifestado la misma convicción. 14
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CAPITULO II
MUCHACHOS RECOGIDOS EN EL ASILO DE VALDOCCO -PADRE, SALVEME -UN MOZO DE CAFE EN PELIGRO -DON BOSCO MENDIGO DE SUS HUERFANOS -LA PROVIDENCIA NO FALLA NUNCA -CONTRAVENENOS -LAS BUENAS NOCHES Y LAS PREGUNTAS -LAS CUARENTA HORAS Y LA CLASE DE CANTO -EXTRAÑA REPRESENTACION TEATRAL -AMOR, HUMILDAD Y VIGILANCIA
PROSEGUIMOS nuestra narración. Mientras atendía don Bosco a la cultura religiosa y moral de más de setecientos muchachos en el Oratorio festivo de San Francisco de Sales y se preocupaba del millar que acudía a los de San Luis Gonzaga y del Angel Custodio, no perdía de vista a los pobres huerfanitos de su naciente asilo. Más aún, eran éstos la pupila de sus ojos, y se preocupaba tanto de ellos, que no hubiera hecho nada igual el más solícito y afectuoso de los padres. Tenía aquel año casi cuarenta. Constantemente le escribían párrocos, padres u otras personas recomendándole algún niño. Don Bosco, al oír tantas miserias, se conmovía, y por miedo a que por una sola negativa suya un muchacho acabase mal, frecuentemente le hospedaba. No sabía resistirse a la petición si venía de labios de los mismos muchachos.
Alvaro Bonino, Inspector de Enseñanza en La Spezia, nos contaba el año 1884 este gracioso hecho, del que él mismo ((6)) fue testigo en 1850, cuando acudía al Oratorio como catequista, y era maestro municipal de primera enseñanza.
Cierto padre se había hecho protestante en Turín para recibir las «treinta monedas» con que los enemigos de Dios pagaban las apostasías. Pretendía el desgraciado que su mujer y su hijo hicieran lo mismo, pero no lo lograba, porque la buena mujer se mantenía firme en la religión, y su pequeño con ella. Eran saboyanos. La pobre madre lloraba y rezaba. Cuando he aquí que una noche el hijo soñó. Le pareció que le arrastraban por la fuerza al templo protestante y que luchaba en vano para resistir su violencia. Pero, mientras luchaba, vio aparecer un sacerdote que le libraba de sus garras y se lo llevaba consigo. Por la mañana contó el sueño a su madre, y ésta se echó a 15
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la calle en busca de alojamiento para su hijo en cualquier institución, pues el padre no desistía de su pérfido intento. A lo largo de la semana se encontró con una persona que le aconsejó se presentara a don Bosco en Valdocco, para ver si encontraba refugio para su hijo en el Oratorio. El domingo por la mañana fue allí con el muchacho y, al saber que estaba en una función religiosa, entró en la iglesia. Salía don Bosco al altar. Alvaro Bonino estaba de rodillas junto a aquel muchacho, el cual apenas vio a don Bosco gritó como fuera de sí: C'est lui, maman!, c'est lui mÛme! c'est lui mÛme! (íes él, mamá: él mismo, él mismo!) el sacerdote del sueño. Gritaba el niño y lloraba la madre. El señor Bonino le avisó de que en la iglesia no se gritaba de aquel modo; al ver que no lograba calmarlo, acompañó a la sacristía a la madre y al hijo. La madre le contó el sueño y cómo el hijo había reconocido en don Bosco al sacerdote libertador.
Volvió don Bosco a la sacristía; aún no había terminado de quitarse los ornamentos cuando el chiquillo corrió a abrazarse a sus rodillas diciéndole:
((7)) -Padre, sálveme.
Don Bosco le aceptó en casa, y el saboyanito permaneció varios años en el Oratorio.
Don Bosco salvó a muchos otros muchachos, a quienes él mismo encontró en peligro, y los recogió en su casa.
Entró un día en un café de Turín. Acudió a atenderle un muchacho de agraciado aspecto. Mientras le servía el café, don Bosco empezó a preguntarle amablemente. De pregunta en pregunta pasó a sondear su corazón. El muchacho, vencido por su paternal proceder, no tuvo secretos para él y le manifestó enteramente el estado de su alma, muy lastimoso por cierto. El diálogo quedaba interrumpido cada vez que el muchacho iba a servir a nuevos clientes, pero volvía junto a don Bosco, con un pretexto u otro. Don Bosco hablaba en voz baja y nadie, ni siquiera el dueño, se dio cuenta del interesante diálogo.
Terminó diciéndole don Bosco:
-Pide permiso a tu amo para ir al Oratorio y arreglaremos las cosas.
-El amo no me dará nunca permiso.
-Pero tú no debes continuar aquí.
-Lo veo, lo comprendo; mas »qué hacer?
-Escápate.
-»Adónde?
-A casa de tus padres. 16
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-No los tengo: murieron; estoy solo.
-Entonces, ven conmigo.
-»Adónde?
-A Valdocco, número tal.
-»Cuándo?
-Toma tus cosas, lo antes posible, y ven conmigo. Haz de modo que nadie se dé cuenta de tus intenciones, y ven; no te faltará pan ni cama, ((8)) y una educación que te prepare un buen porvenir. Yo te haré de padre.
Don Bosco salió del establecimiento. Al día siguiente el jovencito se fugó al Oratorio con su pobre ajuar bajo el brazo. Llegó a ser un excelente cristiano y durante varios años fue modelo de los alumnos del Oratorio.
Pero don Bosco debía pensar en mantener, calzar y vestir a éstos y a los demás. Dada la condición de recomendantes y recomendados, no se podía contar con la ayuda de una pensión, y la mayor parte de sus asilados no ganaba nada o casi nada. El no tenía emolumento alguno ni contaba con ninguna entrada. Por lo cual las deudas, ocasionadas también por los Oratorios festivos, aumentaban desmesuradamente, y con mucha frecuencia, no teniendo cómo satisfacerlas en la fecha y medida que exigían los acreedores, se veía amenazado por el peligro de dejar sufrir a sus hijos o de devolverlos a quien se los había entregado. Pero ninguna de las dos alternativas podía ser admitida por su caritativo corazón.
Por lo cual, después de colocar su confianza en Dios, en las promesas de la Virgen y en la seguridad de su propia misión, le hubierais visto salir de cuando en cuando, durante la semana, para ir, ora a una, ora a otra alta personalidad de la ciudad, y con las más humildes formas y con toda la gracia que le era posible, pedir ayuda para ellos. Cuando alguien le encontraba por la calle y le preguntaba adónde iba respondía: Voy buscando alpiste para mis jilgueros, y seguía su camino.
Era éste un sacrificio heroico, cuyo valor sólo Dios puede apreciar. «Según su propia confesión, nos escribe monseñor Cagliero, su carácter era fogoso y altivo, por lo cual no podía sufrir la contradicción, y sostenía dentro de sí mismo una lucha indecible, cuando debía presentarse a alguien pidiendo limosna. Sin embargo, supo, con muchísimos actos en contra, ((9)) vencerse de tal modo, que se dirigía con las mejores disposiciones, no solamente a quienes estaban dispuestos a socorrerle, sino también a aquéllos que sabía eran más o menos indiferentes o adversarios. Si a la primera no obtenía lo que 17
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deseaba, se volvía a presentar una y otra vez, con tal agrado, que doblegaba los ánimos. Y puedo atestiguarlo, porque, más tarde, le acompañé muchísimas veces a estas visitas, y por las confidencias que para mi conocimiento me hacía a veces.
»No ahorraba fatigas ni humillaciones en el trato con sus muchachos. A veces no recibía más que buenas palabras; en ocasiones sufría mortificaciones, insultos y amargas repulsas, pero todo lo sufría alegremente sin molestarse, ni disminuir al ardor de su caridad. Multiplicaba sus cartas a las personas adineradas, suplicándoles le socorrieran. Un día, tenía que responder una carta insultante: encargó a uno de los suyos que lo hiciera, indicóle el lenguaje que debía emplear y le dijo:
»-Escríbele, que si no quiere o no puede ayudar a mis huérfanos, es muy dueño de hacerlo; pero que insultarme, porque me preocupo de ellos, no es agradable al Señor; sin embargo, preséntale mis respetos y asegúrale que no guardo por ello el menor resentimiento.
»Aquel señor, al recibir esta carta volvió sobre sí mismo, cambió de opinión y, a partir de aquel momento, se convirtió en amigo y admirador de don Bosco».
Pero don Bosco no era importuno ni molesto. Se conformaba con exponer las necesidades de sus muchachos sin precisar ninguna cantidad; dejaba que los que le escuchaban, sacaran ellos mismo la consecuencia caritativa y lógica de su razonamiento. Muchas veces le preguntaron qué cantidad necesitaba y él repetía simplemente lo expuesto, sin atender a la pregunta. Su método le proporcionaba limosnas superiores a lo que podía haber esperado de los más generosos.
((10)) Mas no siempre se presentaba suplicante ante un señor rico; en ocasiones extraordinarias le exigía, amablemente, como quien tiene autoridad para ello, la entrega de una cantidad considerable, y obtenía lo que pedía. Fue ésta una de las maravillas de don Bosco, que aparecía como representante de una voluntad sobrenatural. A su tiempo expondremos los hechos.
No guardaba para sí mismo ni un céntimo. A menudo se privó de lo necesario para darlo a sus muchachos. Su gran corazón destinaba a ellos todas las limosnas que recibía. Empleaba el dinero como convenía a un hábil administrador, y cuando era necesario hacer gastos, sabía hacerlos bien y a su debido tiempo. Esta era la opinión que de él tenían cuantos le conocían. «Un día, contaba José Brosio, me encontraba, años atrás, por asuntos de negocio, en una 18
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reunión de grandes comerciantes, banqueros, periodistas, entre los que me pareció reconocer a Govean y Bottero de la Gaceta del Pueblo. Aunque adversarios de la Religión y por consiguiente enemigos de don Bosco y del Oratorio, oí que no se avergonzaban de repetir que, si don Bosco hubiera sido ministro, no tendría deudas el reino. -Este aprecio era la causa de la confianza que en él ponía la gente, al darle sus limosnas».
Pero muchas veces parecía que iban a faltar los socorros. Durante el año 1850, a consecuencia de la guerra y otras adversas vicisitudes, aquella pequeña familia pasó, a menudo, grandes apuros. A veces se sabía que no había en la despensa pan para el día siguiente ni un céntimo en casa, pero don Bosco no mostraba la menor duda de que los recursos llegarían, y decía a todos, tranquilo y alegre:
-Comed, hijitos míos, que habrá lo necesario.
En efecto la Divina Providencia no le abandonó jamás: y mientras el número de ((11)) muchachos recogidos crecía de día en día, y las dificultades de los tiempos se hacían mayores, no tuvo que alejar del Oratorio ni a uno solo por falta de lo necesario. Fue éste un premio de toda su vida, que muy bien puede tomarse como un ejemplo de caridad heroica hacia el prójimo, en el que se empleó él mismo con toda suerte de trabajos y santas industrias.
Pero usaba la más exquisita solicitud para los intereses del alma. Los medios de perversión eran cada día más acuciantes y funestos. Merced a la libertad de imprenta se esparcían a manos llenas, por talleres y establecimientos, libros y folletos perniciosos. Era muy frecuente el caso de oír a patrones y empleados, negociantes y subalternos, sastres y zapateros, que discutían sobre religión y sobre moral, soltando verdaderas sentencias, cual si fueran otros tantos doctores de la Sorbona, por lo que la fe y las buenas costumbres sufrían gran riesgo. Don Bosco, obligado a enviar a sus muchachos a la ciudad para aprender un arte u oficio, se informaba minuciosamente de la honradez de los individuos a quienes quería confiarles, y, si era preciso, les sacaba de un puesto para colocarlos en otro, que le ofreciera mayores garantías. A más de esto, iba a pedir nuevas al patrono sobre su comportamiento, dando con ello a entender lo mucho que le importaba su fidelidad en el trabajo, y, al mismo tiempo, su interés porque sus queridos protegidos no encontrasen peligros, ni para la moral ni para la religión. Después, se entretenía con ellos en casa el mayor tiempo que le era posible; hábilmente se enteraba de lo malo que habían visto u oído durante la jornada; y después, cual médico experto y amoroso, ponía inmediatamente el contraveneno, para sacar 19
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de sus mentes los principios mal asimilados y arrancar de su corazón las malas impresiones recibidas.
((12)) Ya desde el primer año acostumbraba dirigir una charla después de las oraciones de la noche; pero si al principio esto lo hacía rara vez, y solamente en vísperas de fiestas o con ocasión de alguna solemnidad, este año empezó a hacerlo muy a menudo y casi todas las noches. Exponía en un discursito, que duraba de dos a tres minutos, unas veces un punto doctrinal, otras veces una verdad moral, y esto a través de un apólogo que los muchachos oían con placer. Buscaba él, sobre todo, prevenirles contra las locas opiniones del día y contra los errores protestantes que circulaban por Turín. A veces, para cautivar la atención y grabar más profundamente en el alma una buena máxima, les contaba un hecho edificante, sucedido durante el día, sacado de la historia o de la vida de un santo. Otras veces, como había ya hecho y todavía hacía con los externos del Oratorio festivo, proponía una pregunta a contestar o una cuestión a resolver, como por ejemplo qué significaban las palabras «Dios» y «Jesucristo»; qué sentido tenía la denominación «Iglesia Católica»; cuál era el significado de «Concilio»; por qué el Señor castiga al pecador impenitente con penas eternas, y otras por el estilo. Generalmente daba unos días de tiempo para responder. La respuesta se hacía por escrito, con el nombre y apellido del autor; y se daba un premio a quien acertaba. De esta forma don Bosco hacía pensar, y, a la par, abría caminos para desarrollar las verdades más útiles, que así no se olvidaban nunca. Esta pequeña charla iba siempre precedida de la presentación de los objetos que los muchachos habían encontrado perdidos por la casa o por el patio. Don Bosco los anunciaba y se acercaban a retirarlos aquéllos a quienes pertenecían.
Mientras tanto, añadía a las diversas prácticas de piedad y solemnidades religiosas que había instituido para promover la frecuencia ((13) de la confesión y la comunión, todos los años la exposición del Santísimo Sacramento, llamada de las Cuarenta Horas: en la pequeña iglesia-cobertizo, primorosamente vestida de fiesta, se hacían tres días de exposición con misa cantada, vísperas y tántum ergo en música y con sermón todos los días, al igual que en las parroquias. Era ésta una nueva ocasión que servía de ejercicio para las clases de música. Dividía a los muchachos en tres grupos y, para sostener el canto, ponía en cada grupo, a uno de los alumnos ya amaestrado y conocedor del solfeo. Estaba entre éstos Santiago Bellia.
«Don Bosco, escribió Carlos Tomatis, tecleaba un pobre piano para enseñarnos sus melodías, y enseñaba a veces a manejar el violín 20
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a algún aficionado a este instrumento, para acompañar algún solo. Un día del 1850 se inspiró en un motivo que oyó tocar a las trompetas de los soldados que iban a ensayarse cerca del Oratorio, y escribió un tántum ergo a una voz, que yo conservo y que canté muchas veces, yendo con él y otros compañeros músicos a las funciones sagradas que se celebraban en Turín, en los pueblos cercanos y con más frecuencia en la Crocetta. También Félix Reviglio ayudaba a don Bosco en el canto desde 1850 a 1856.
»Algún tiempo después hizo don Bosco un regalo a sus músicos. Adquirió un órgano pequeño con tubos de madera, fabricado tal vez dos siglos antes. Estaba en muy mal estado, desafinado, pero servía para ejercitar los dedos del principiante. Todos recuerdan aquel tubo cuya lengüeta rota producía cierta especie de aullidos desgalichados, que provocaban las risas más divertidas de los muchachos. Este instrumento fue colocado en una habitación junto a la de don Bosco, y algunos de los primeros que lo tocaron llegaron a ser famosos organistas.
((14)) »Como música y teatro se complementan, don Bosco continuó proporcionando a los muchachos la diversión de agradables representaciones. Pero excluía toda obra escénica que exigiera gastos de vestuario.
»Esto ocasionó algunas graciosas escenas, que eran memorables muchos años después. Prepararon los actores un drama titulado Los tres Reyes Magos, y se pusieron secretamente de acuerdo: so pretexto de unas vísperas solemnes que, según ellos decían, se iban a cantar en el Oratorio, acudieron al Refugio y a otras parroquias pidiendo prestadas cuatro capas pluviales, porque faltaba también un manto para Herodes. Al presentarse en nombre de don Bosco las obtuvieron fácilmente. Las escondieron con mucho cuidado y, al llegar el momento de entrar en escena, hételos triunfantes con sus pluviales sobre los hombros. No son para describir las risas despampanantes de los espectadores y la ridícula figura de aquellos jóvenes, a quienes mandó don Bosco enseguida quitarse las vestiduras sagradas.
»Reinaba una alegre e ingenua despreocupación en la mayor parte de mis compañeros, los cuales, sin embargo, estudiaban y trabajaban con amor. Seguían funcionando las clases nocturnas. Don Bosco nos enseñaba aritmética y caligrafía, y su presencia infundía en todos un sentimiento de gozo inexplicable.
»Lo que admirábamos en él en éstas y en otras mil circunstancias era ver cómo unía a la firmeza una dulzura de modales, una paciencia 21
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y una ilimitada longanimidad, con las que superaba o no se creaba obstáculos, lo mismo en las cosas pequeñas que en las grandes, y todo lo llevaba a feliz término. Pero sobre todo nos atraían su humildad.
»Una noche, enseñándonos el sistema métrico y haciendo cálculos sobre el encerado, casualmente se equivocó y por lo tanto, no lograba llegar a término con la solución del problema. Los numerosos alumnos estaban atentos y no entendían. ((15)) Yo, que me di cuenta de dónde estaba el error, me levanté y, como mejor pude, le corregí. Otro maestro no hubiera aceptado semejante observación en público; pero don Bosco la aceptó amablemente y, desde entonces, me mostró mayor estimación, por lo que yo quedé maravillado.
»Su vigilancia sobre nuestra conducta era constante: no podía sufrir que el demonio le robase las almas».
Hasta aquí Carlos Tomatis. Le ayudaba en la disciplina durante aquellos años 1849-1850, el sacerdote Grassini, que hacía de Prefecto y residía en el Oratorio cuando don Bosco salía a una u otra población del Piamonte. 22
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