Viaje de un naturalista alrededor del mundo



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CAPITULO VI


SUMARIO: Marcha a Buenos Aires.- El río Sauce.- La sierra Ventana.- Tercera posta.- Caballos.- Bolas.- Perdices y zorras.- Caracteres del país.- Chorlito real, de patas largas.­Teru-tero- Tempestad de granizo.- Cercados naturales en la Sierra Tapalguen- Carne del puma.- Alimentación exclusiva de carne.- Guardia del Monte.- Efectos del ganado sobre la vegetación.- Cardo.- Buenos Aires.- Corral donde se matan los bueyes.

De Bahía Blanca a Buenos Aires.

8 de septiembre 1833.- Me convengo con un gaucho para que me acompañe durante mi viaje hasta Buenos Aires; me cuesta no poco trabajo encontrar uno. Ya es un padre que no quiere dejar partir a su hijo; ya vienen a participarme que otro, que parecía dispuesto a ir conmigo, es tan cobarde que si ve a lo lejos un avestruz lo tomará por un indio y huirá inmediatamente. Desde Bahía Blanca a Buenos Aires hay unas 400 millas (640 kilómetros), y así siempre se atraviesa un país deshabitado. Salimos una mañana muy temprano. Después de una ascensión de algu­nos centenares de pies, para salir de la hondonada de verde césped donde se asienta Bahía Blanca, entramos en una extensa llanura desolada. Está cubierta de restos de rocas calcáreas y arcillosas, pero el clima es tan seco que apenas se ven algunas matas de hierba marchita, sin un solo árbol, sin un solo tallar que rompa su monotonía. El tiempo es hermoso, pero la atmósfera está muy caliginosa. Creía yo que ese estado atmosférico presagiaba una tormenta; el gaucho me dijo que ese estado se debe al incendio de la llanura a una gran distancia en el interior. Después de haber galo­pado mucho tiempo y de cambiar de caballo dos veces, llegamos al río Sauce. Es un riachuelo profundo y rápido que sólo tiene 25 pies de anchura. La segunda posta del camino de Buenos Aires está en sus márgenes. Un poco más arriba de la costa hay un vado, donde el agua no llega al vientre de los caballos; pero desde ese sitio hasta el mar es imposible vadearlo; por tanto, ese río forma una barrera muy útil contra los indios.

Sin embargo, el jesuita Falcorer, cuyas noticias suelen ser tan correctas, habla de este insignificante riachuelo como de un río que tiene sus fuentes al pie de la Cordillera. Creo que, en efecto, nace allí, pues el gaucho me afirma que ese río se desborda todos los años a mediados del estío, en la misma época que el Colorado; pues bien, esos desbordamientos sólo pueden provenir de la fusión de las nieves de los Andes. Pero es muy improbable que un río tan insignifi­cante como el Sauce, en el momento en que lo vi, cruce toda la anchura del continente; además, si en esta estación no fuese sino el residuo de un gran río, sus aguas estarían cargadas de sal, como se ha visto en tantos casos y en tan numerosos países. Por consiguiente, las aguas claras y lim­pias que corren por su cauce durante el invierno debemos atribuirlas a los manantiales existentes alrededor de la sie­rra Ventan. Creo que los llanos de la Patagonia, como los de Australia, están cruzados por muchas corrientes de agua, que sólo en ciertas épocas desempeñan funciones de ríos. Así es probable que suceda con el río que desemboca en el puerto de Desire; y lo mismo con el río Chupat, en las orillas del cual han encontrado escorias celulares los oficia­les encargados de levantar el plano de sus márgenes.

Como aún era temprano en el momento de nuestra lle­gada, tomamos caballos de refresco y un soldado para guiarnos y salimos en dirección a la sierra de la Ventan. Esta montaña se ve desde el puesto de Bahía-Blanca; y el capitán Fitz-Roy estima su altura en 3.340 pies (1.000 metros), altitud muy notable en la parte oriental del conti­nente. Téngome por el primer europeo que ha subido a la cima de esta montaña; un corto número de soldados de la guarnición de Bahía Blanca tuvieron también la curiosidad de visitarla. Por eso se repetían toda clase de historias acerca de las capas de carbón, las minas de oro y plata, las cavernas y los bosques que contenía, historias que espolea­ban mi curiosidad, pero me aguardaba cruel desengaño. Desde la posta a la montaña hay unas seis leguas a través de una planicie tan llana y tan yerma como la que por la mañana habíamos atravesado; pero no por eso era menos interesante el camino, pues cada paso nos iba aproximando a la montaña, cuyas verdaderas formas se nos aparecían más claramente. Así que llegamos al pie de ella, nos costó mucho trabajo encontrar agua, y por un momento pensa­mos vernos obligados a pasar la noche sin poder propor­cionárnosla. Al cabo concluimos por descubrirla buscando en las laderas; pues, aun a la distancia de algunos centenares de metros, los arroyuelos quedan absorbidos por las piedras calcáreas quebradizas y los montones de piedrecillas que las rodean. No creo que la naturaleza haya producido nunca una roca más árida y solitaria; aquel peñón merece muy bien su nombre de hurtado. La montaña es escarpada, abrupta en extremo, llena de grietas y desprovista tan en absoluto de árboles y hasta de monte bajo, que a pesar de todas nuestras pesquisas no podemos encontrar con qué hacer un asador de palo para asar carne sobre una fogata de tallos de cardo silvestre1. El extraño aspecto de esta montaña está realzado por la llanura circundante, parecido al mar; llanura que no sólo viene a morir al pie de sus faldas abruptas, sino que separa también las estribaciones parale­las. Lo uniforme del color hace muy monótono el paisaje; en efecto, ningún matiz más brillante se destaca sobre el fondo gris blanquecino de la roca silícea y -sobre el moreno claro de la marchita hierba del llano. En las cercanías de una montaña elevada, suele esperarse ver un terreno muy desi­gual y sembrado de inmensos fragmentos de peñasco. La na­turaleza da aquí la prueba de que el último movimiento que se produce para convertir el álveo del mar en tierra seca, puede efectuarse a veces con mucha tranquilidad. En esas circunstancias, sentíame curioso por saber a qué distancia podían haber sido transportados los guijarros procedentes de la roca primitiva. Pues bien: en las costas de Bahía Blanca y junto a la ciudad de este nombre, se encuentran pedazos de cuarzo que, con certeza, provienen de esta mon­taña, sita a 45 millas de distancia (72 kilómetros).

El rocío, que durante la primera parte de la noche había mojado las cubiertas con que nos tapábamos, habíase trans­formado en hielo a la mañana siguiente. Aunque la llanura parece horizontal, se eleva poco a poco, y nos hallábamos a 800 ó 900 pies sobre el nivel del mar. El 9 de septiembre por la mañana me aconseja el guía que suba a la estribación más próxima, la cual acaso me conduzca a los cuatro picos que coronan a plomo la montaña. Trepar sobre peñascales tan rugosos fatiga en extremo; las laderas de la montaña están cortadas tan hondamente, que con frecuencia se pierde en un minuto el camino andado en cinco. Llego, por fin, a la cima, pero para sufrir un gran desencanto; estaba al borde de un precipicio, en el fondo del cual hay un valle a nivel de la llanura, valle que corta la estribación transver­salmente y me separa de los cuatro picos. Este valle es muy estrecho, pero muy plano, y forma un buen paso para los indios, pues hace comunicar entre sí los llanos que hay al norte y al sur de la cadena. Al bajar al valle para atravesarlo, veo dos caballos; en seguida me escondo entre las altas hierbas y examino con cuidado las cercanías; pero al no advertir señales de indios, comienzo mi segunda ascensión. Avanzaba ya el día; y esa parte de la montaña es tan escar­pada y desigual como la otra. Llego por fin a la cima del segundo pico a las dos horas, pero no lo consigo sino con la mayor dificultad; en efecto, cada 20 metros sentía calambres en la parte superior de ambos muslos, hasta el punto de no saber si podría volver a bajar. También me fue preciso dar la `vuelta por otro camino, pues no me sentía con fuerzas para escalar de nuevo la montaña que había atravesado por la mañana. Por tanto, me vi obligado a renunciar a subir a los dos picos más altos. La diferencia de altura no es muy grande, y desde el punto de vista geológico sabía yo cuanto deseaba saber; por consiguiente, el resto no merecía otra nueva fatiga. Supongo que mis calambres eran efecto del gran cambio de acción muscular, el trepar mucho, después de una larga carrera a caballo. Esta es una lección que con­viene recordar, pues en ciertos casos pudiera verse uno muy apurado.

Ya he dicho que la montaña se compone de rocas de cuarzo blanco, mezclado con un poco de esquisto arcilloso brillante. A la altura de algunos cientos de pies por encima del llano se adhieren a las rocas en varios sitios montones de conglomerados. Por su dureza, y por la naturaleza del cemento que los une, se parecen a las masas que diaria­mente se ven formarse en algunas costas. No dudo que la aglomeración de esos cantos rodados se efectuó de igual manera en la época en que la gran formación caliza se depositaba debajo del mar circundante. Es fácil figurarse cómo el cuarzo, tan excavado y recortado, reproduce aún los efectos de las grandes olas de un inmenso océano.

En resumen, esa ascensión me desilusionó mucho. La vista es insignificante: una llanura tan lisa como el mar, pero sin el hermoso color de éste y sin líneas tan precisas. Sea como fuere, aquella escena era enteramente nueva para mí; aparte de eso, tuve cierta emoción cuando creí ver pre­sentarse indios. Sin embargo, el peligro no era muy terrible, puesto qué' mis dos acompañantes encendieron una gran hoguera, cosa que no se hace nunca cuando se teme la pro­ximidad de los indios. Regresamos a nuestro campamento al caer la noche; y después de beber mucho mate y de fumar varios cigarros, en seguida me acosté. Soplaba con violencia un viento muy frío, lo cual no me impidió dormir mejor que nunca he dormido.



10 de septiembre.- Hacia la mitad del día llegamos a la posta del Sauce, después de haber corrido bravamente ante la tempestad. En el camino hemos visto un gran número de ciervos, y más cerca de la montaña un guanaco. Extraños barrancos cruzan el llano que va a morir al pie de la sierra; uno de ellos, de unos 20 pies de ancho por 30 lo menos de profundidad, nos obliga a dar un gran rodeo antes de poder atravesarlo.

Pasamos la noche en la posta; la conversación, como siempre, versa acerca de los indios. Antiguamente la sierra Ventana era uno de sus puestos favoritos, y hace tres o cuatro años se ha peleado mucho en este sitio. Mi guía estuvo en uno de esos combates, donde muchos indios per­dieron la vida. Las mujeres lograron llegar a la cima del monte y allí se defendieron con bravura, haciendo caer grandes piedras sobre los soldados. Muchas de ellas acaba­ron por ponerse a salvo.



11 de septiembre.- Nos dirigimos a la tercera «posta», en compañía del teniente que la mandaba. Dícese que hay 15 leguas entre las dos postas, pero sólo es una suposición y por lo común se exagera un poco. El camino tiene poco interés; continuamente se cruza una llanura seca, cubierta de césped; por nuestra izquierda, a una distancia variable, hay uña fila de montecillos que atravesamos en el momento de llegar a la posta. Encontramos también un inmenso rebaño de bueyes y de caballos, custodiado por quince solda­dos que nos dicen haber perdido ya muchos animales. En efecto, es muy difícil hacer a éstos atravesar las llanuras; porque si durante la noche se acerca a la piara un puma, o aunque sea una zorra, nada puede impedir que los caballos enloquecidos se dispersen en todas direcciones; el mismo efecto les produce una tempestad. Hace poco tiempo salió de Buenos Aires un oficial con 500 caballos y sólo tenía 20 cuando se reunió al ejército.

Poco rato después, una nube de polvo nos advierte que se dirige hacia nosotros un tropel de jinetes; mis acompañan­tes conocen que son indios, cuando aún están a grandísima distancia, por sus cabellos esparcidos por la espalda. Por lo común, los indios llevan una venda alrededor de la cabeza, sin ropa ninguna, y sus largos cabellos negros, levantados por el viento, les dan un aspecto aún más salvaje. Es una parte de la amiga tribu de Bernantio, que va a una salina para proveerse de sal. Los indios comen mucha sal; sus niños mascan terrones de sal, como los nuestros de azúcar. Los gauchos tienen un gusto muy diferente, pues apenas la comen, aunque llevan el mismo género de vida; según Mungo Park2, los pueblos que sólo se alimentan de ver­duras tienen verdadera pasión por la sal. Los indios nos saludaron amistosamente al pasar a galope; llevaban ante sí una manada de caballos, y seguíalos a su vez una turba de perros flacos.



12 y 13 de septiembre.- Permanezco dos días en esta posta; espero a un pelotón de soldados que ha de pasar por aquí, dirigiéndose a Buenos Aires. El general Rosas ha tenido la bondad de prevenirme acerca del paso de esas tropas y me invita a aguardarlas para aprovecharme de tan buena escolta. Por la mañana voy a visitar algunas colinas de las cercanías, por ver el país y para examinarlas desde el punto de vista geológico.

Después de comer, los soldados se dividen en dos bandos para ensayar su habilidad con las bolas. Plántanse dos lan­zas en el suelo, a 35 metros de distancia una de otra; pero las bolas no las alcanzan sino una vez por cada cuatro o cinco. Pueden arrojarse las bolas a 50 ó 60 metros, pero sin puntería. Sin embargo, ésta distancia no se aplica a los hombres a caballo: cuando la velocidad del caballo se agrega a la fuerza del brazo, dícese que se puede arrojarlas a 80 metros, casi con certeza de dar en el blanco. Como prueba de la fuerza de este arma, puedo citar este hecho: cuando en las islas Falkland asesinaron los españoles a una parte de sus compatriotas y a todos los ingleses que allí estaban, huía un español a todo correr. Un individuo llamado Luciano, fornido y guapo mozo, perseguíale a galope gritando que se detuviese, pues deseaba decirle unas palabras. En el momento de ir a llegar ya el español a la barca, Luciano le tiró las bolas; se enroscaron éstas con tal fuerza en derredor de las piernas del fugitivo, que cayó desmayado. Así que Luciano le hubo dicho lo que tenía que decirle, permitiose al joven que embarcase. Nos dijo que sus piernas llevaban grandes verdugones allí donde se arrolló la cuerda, como si hubiese sufrido la pena del látigo.

En el curso de la jornada llegaron de la posta siguiente dos hombres encargados de un bulto para el general Rosas. Así, aparte de esos dos hombres, nuestra tropa se componía de mi guía, yo, el teniente y sus cuatro soldados. Estos últimos eran muy estrafalarios: el primero, un hermoso negro muy joven; el segundo, un mestizo de indio y de negro; respecto a los otros era imposible determinar nada, un antiguo minero chileno de color caoba y un mulato cuar­terón. Nunca vi mestizo de expresión más odiosa. Por la noche me retiro un poco apartado, mientras juegan ellos a las cartas sentados en derredor del fuego, para contemplar a mis anchas aquella escena digna del pincel de Salvator Rosa. Estaban sentados al pie de un montecillo casi a plomo, de suerte que dominaba yo la escena; alrededor de ellos, perros dormidos, armas, restos de ciervo y de aves­truz, y sus lanzones clavados en el suelo. En segundo tér­mino, entre una oscuridad relativa, sus caballos atados a estacas y dispuestos para un caso de alerta. Si la tranquilidad reinante en la llanura era turbada por el ladrido de sus perros, uno de los soldados abandonaba la hoguera, ponía el oído contra el suelo y escuchaba con atención. hasta si el alborotador teru-teto prorrumpía en un grito estridente, suspendíase en el acto la conversación y todas las cabezas se inclinaban para poner oído un instante.

¡Cuán mísera existencia la de esos hombres! Estaban lo menos a diez leguas del puesto de Sauce; y, desde la matanza hecha por los indios, a veinte leguas de cualquier otro puesto. Supónese que los indios habían atacado a media noche el puesto destruido; pues al día siguiente de esa matanza se les vio, felizmente, acercarse por la mañana muy temprano al puesto donde ahora estoy. El pequeño pelotón de tropa pudo escaparse y llevar consigo los caba­llos; huyendo cada uno de los soldados por su parte, condu­ciendo cuantos caballos le fue posible.

Esos soldados viven en una choza pequeña, construida con tallos de cardo, que no les resguarda contra el viento ni la lluvia; en este último caso, la única función de la techum­bre consiste en reunirla en gotas más gruesas. No les dan víveres: para alimentarse sólo tienen lo que pueden cazar, avestruces, ciervos, armadillos, etc.; por único combustible, no tienen sino los tallos de una pequeña planta, parecida un poco al áloes. El único lujo que pueden permitirse esos hombres es fumar cigarrillos y mascar mate. No podía menos de pensar que los buitres, habituales acompañantes del hombre en estas desiertas llanuras, encaramados en los altos más próximos, con su paciencia ejemplar parecían decir a cada instante: «¡Ah, qué banquete cuando vengan los indios!».

Por la mañana salimos todos a cazar: no logramos gran­des triunfos venatorios, y la cacería, sin embargo, resulta animada. Poco después de nuestra marcha nos separamos: mis compañeros de caza forman su plan de modo que en cierto momento del día (son muy hábiles para calcular las horas) encuéntranse todos, viniendo de diferentes partes a un sitio determinado, para acorralar así en ese punto a todos los animales que puedan encontrar. Un día estuve de caza en Bahía Blanca; allí los hombres se limitaron a formar un semicírculo, separados unos de otros como de un cuarto de milla. Los jinetes más avanzados sorprendieron a un avestruz macho, que trató de escaparse por un lado. Persi­guiéronle los gauchos a toda velocidad de los caballos, haciendo cada uno de ellos girar las terribles bolas alrededor de su cabeza. Por último, el que estaba más cerca del aves­truz se las arrojó con vigor extraordinario y fueron a enros­carse en las patas del ave, que cayó inerte al suelo.



Tres especies de perdices3, dos de ellas tan grandes como faisanes, abundan en los llanos que nos rodean. Tam­bién se encuentra un gran número de bonitas zorras peque­ñas, su mortal enemigo, de las cuales vimos aquel día cua­renta o cincuenta lo menos; por lo común suelen estar a la entrada de su escondrijo, lo cual no impide a los perros matar a una de ellas. A nuestro regreso a la posta, encon­tramos a dos de nuestros hombres que habían estado de caza por su parte. Han matado a un puma y descubierto un nido de avestruz con 27 huevos. Dícese que cada uno de esos huevos pesa tanto como once de gallina, lo cual hace que ese solo nido nos suministre tanto alimento como pudieran hacerlo 297 huevos de gallina.

14 de septiembre:- Los soldados pertenecientes a la posta siguiente quieren volverse a ella; y como juntándonos con ellos seremos cinco hombres, todos armados, decido no aguardar a las tropas anunciadas. Mi hospedero, el teniente, hace todos los esfuerzos posibles para retenerme. Ha sido en extremo atento conmigo; no sólo me ha dado de comer, sino que me ha prestado los caballos de su propiedad parti­cular. Por eso, deseo remunerarle de cualquier modo que sea. Pregunto a mi guía si la costumbre me permite hacerlo, y me contesta que no, añadiendo que, además de una nega­tiva, me diría algo por este estilo: «En nuestro país damos carne a nuestros perros; de modo que no vamos a vendér­sela a los cristianos». No debe suponerse que el empleo de teniente en un ejército de esa calaña sea la causa de esa negativa a cobrar, no; eso proviene de que en toda la exten­sión de esas provincias (todos los viajeros pueden afir­marlo) cada uno considera un deber la hospitalidad. Luego de haber galopado unas cuantas leguas seguidas, entramos en una región baja y cenagosa que se extiende hacia el Norte, durante cerca de 80 millas (123 kilómetros), hasta la sierra Tapalguen. En algunas partes, esa comarca consiste en hermosas llanuras húmedas, cubiertas de césped; en otras, en un suelo blando, negro y turboso. Encuéntranse allí muchos lagos muy grandes, pero poco profundos, e inmensos cañaverales. En resumen: ese país se asemeja a las partes más bellas de las ciénagas del Cambridgeshire. Por la noche nos es algo difícil encontrar enmedio de los pantanos un sitio seco donde establecer nuestros campa­mento.

15 de septiembre.- Partimos temprano. Bien pronto pasamos junto a las ruinas de la posta cuyos cinco soldados fueron muertos por los indios; el jefe recibió 18 heridas de chuzo. A la mitad de la jornada, después de galopar muchí­simo tiempo, llegamos a la quinta posta. Lo difícil de pro­porcionarnos caballos nos obliga a pasar allí la noche. Ese punto es el más expuesto de toda la línea, por lo cual hay en él 21 soldados. A la puesta del sol regresan de cacería, trayendo siete ciervos, tres avestruces, varios armadillos y gran número de perdices. Cuando se recorre la llanura, es costumbre prender fuego a las hierbas: eso han hecho hoy los soldados, por lo cual vemos de noche magníficas confla­graciones y el horizonte se ilumina por todas partes. Se incendia la llanura para achicharrar a los indios que puedan verse rodeados por las llamas, pero principalmente para mejorar los pastos. En los llanos cubiertos de césped pero no frecuentados por los grandes rumiantes parece necesario destruir por medio del fuego lo superfluo de la vegetación, de manera que pueda brotar otra nueva cosecha.

En este sitio, el rancho ni siguiera tiene techo; consiste simplemente en una fila de tallos de cardo silvestre dispues­tos de modo que defiendan un poco a los hombres contra el viento. Este rancho está situado en las orillas de un lago muy extenso pero muy poco profundo, literalmente cubierto de aves salvajes, entre las cuales llama la atención el cisne de cuello negro.



La especie de chorlito real de patas largas, que parece andar con zancos (Himantopus nigricollis), se encuentra aquí en bandadas considerables. Hase acusado sin razón a este ave de tener poca elegancia cuando va por el agua poco profunda, su residencia favorita, dista mucho de carecer de gracia. Reunidas en bandadas, estas aves dejan oír un grito que se asemeja muchísimo a los ladridos de una jauría de perros pequeños en plena caza; despierto de pronto en mitad de la noche; durante algunos momentos me parece oír ladridos. El teru-tero (Vanellus Cayanus) es otra ave que a menudo turba también el silencio de la noche. Por su aspecto y sus costumbres se parece, desde muchos puntos de vista, a nuestros vencejos; sin embargo, tiene armadas las alas con unos espolones agudos como los que el gallo común lleva en las patas. Cuando se atraviesan las llanuras cubier­tas de césped, esas aves se persiguen incesantemente; pare­cen profesar odio al hombre, el cual se lo devuelve con creces, pues no hay nada tan desagradable como su agudo grito, siempre el mismo y que no deja de hacerse oír ni un solo instante. El cazador las aborrece porque anuncian su aproximación a las demás aves y a todos los cuadrúpedos. Quizá prestan algunos servicios a los viajeros, pues, como dice Molina, le anuncian la vecindad de los ladrones en los caminos. Durante la estación de los amores fingen estar heridas y poder huir apenas, con el propósito de llevar lejos de sus nidos a los perros y a todos sus demás enemigos. Dícese que los huevos de estas aves son un manjar muy delicado.

16 de septiembre.- Llegamos a la séptima posta, situada al pie de la sierra Tapalguen. Hemos atravesado un país absolutamente llano; el suelo, blando y turboso, está cubierto de ásperas hierbas. La choza está muy limpia y es muy habitable; los postes y las vigas consisten en una docena de tallos de cardo silvestre, atados con tiras de cuero; esos pies derechos, que parecen columnas jónicas, sostienen la techumbre y los costados, cubiertos de cañas a manera de bálago. Aquí me refieren un hecho que no hubiera podido creer si no hubiese sido en parte testigo presencial de él. Durante la noche anterior, un granizo tan gordo como manzanitas y en extremo duro, había caído con tal violen­cia, que causó la muerte a un gran número de animales salvajes. Uno de los soldados encontró trece cadáveres de ciervos (Cervus campestris), y me enseñaron la piel aún fresca de éstos; minutos después de mi llegada, otro soldado trajo siete más. Pues bien; me consta que un hombre sin perros no hubiera podido matar siete ciervos en una semana. Los hombres afirmaban haber visto lo menos quince avestruces muertos (uno lo teníamos para comer); añadían que otros muchos se habían quedado ciegos. Gran número de aves más pequeñas, como patos, halcones y per­dices, habían quedado muertas. Enseñáronme una perdiz cuyo dorso estaba todo negro, como si la hubieran herido con una piedra grande. Un seto de tallos de cardo que rodeaba a la choza estaba casi deshecho; y al sacar uno de los hombres la cabeza para ver qué sucedía, recibió una herida grave; llevaba puesto un vendaje. Me dijeron que la tempes­tad sólo produjo estragos en una extensión de terreno poco considerable. En efecto, desde nuestro campamento de la noche última habíamos visto una nube muy negra y relám­pagos en esa dirección. Es increíble que animales tan fuer­tes como los ciervos hayan sido muertos de esa manera; pero, por las pruebas que acabo de referir, estoy convencido de que me han contado el hecho sin abultarlo.

Sin embargo, tengo la satisfacción de que el jesuita Dro­brizhoffer4 haya confirmado de antemano ese testimo­nio. Hablando de un país situado mucho más al norte, dice: «Ha caído un granizo tan gordo, que ha muerto a un gran número de bestias». Los indios, desde esa época, llaman al sitio donde cayó Lalegraicavalca, es decir «Las pequeñas cosas blancas». El doctor Malcolmson también me participa que presenció en la India, en 1831, una tempestad de granizo que mató a un gran número de aves grandes e hirió a muchos mamíferos. Las piedras eran planas: una de ellas tenía 10 pulgadas de circunferencia y otra pesaba dos onzas; esos granizos deshicieron el firme de una carretera de grava, como hubiera podido hacerlo las balas; pasaban a través de los vidrios, produciendo un agujero redondo, pero sin resquebrajarlos.

Después de comer, cruzamos la sierra Tapalguen, cadena de montañas de algunos centenares de pies de elevación, que comienza en el cabo Corrientes. En la parte del país donde me encuentro, la roca es cuarzo puro; dícenme que más al este es granito. Las colinas tienen una forma nota­ble: consisten en mesetas rodeadas de escarpes verticales poco altos, como los trozos desprendidos de una capa sedi­mentaria. La colina donde subí es muy poco importante, sólo tiene 200 metros de diámetro; pero veo otras mayores.

Una de ellas, a la cual han dado el nombre de Corral, se dice que tiene dos ó tres millas de diámetro y está cerrada por cantiles verticales de 30 a 40 pies de altura, excepto en un sitio por donde se halla la entrada Falconer 5 cuenta que los indios encierran en ese recinto natural rebaños de caba­llos salvajes y que les basta custodiar la entrada para impe­dirles salir. Nunca he oído citar ningún otro ejemplo de mesetas en una formación de cuarzo, lo cual, en la colina que yo examiné, no tenía ningún vestigio de estratificación. Me han dicho que la roca del Corral es blanca y produce chispas golpeándola.

Llegamos después de cerrar la noche a la posta, sita en las márgenes del río Tapalguen. Al cenar, según algunas pala­bras que oigo decir, me estremezco repentinamente de horror pensando que como uno de los platos favoritos del país: ternera sin acabar de formarse. Era puma: la carne de este animal es muy blanca y tiene gusto a ternera. Mucho se han burlado del doctor Shaw por haber dicho que «la carne del león es muy estimada y que por su color y sabor se parece mucho a la carne de ternera». Así sucede cierta­mente con el puma. Los gauchos difieren de opinión en cuanto al jaguar; pero todos ellos dicen que el gato es un manjar excelente.

17 de septiembre.- Seguimos el río Tapalguen a través de un país fértil, hasta la novena posta. Tapalguen mismo, o la ciudad de Tapalguen (si puede dársele este nombre) consiste en una llanura perfectamente plana y sembrada hasta donde alcanza la vista de toldos o chozas en forma de horno, de los indios. Aquí residen las familias de los indios aliados que combaten en las filas del ejército de Rosas. Encontramos un gran número de indias jóvenes, montadas dos o tres juntas en un mismo caballo; la mayor parte son muy guapas, y su tez tan fresca podría tomarse por el emblema de la salud. Además de los toldos, hay allí tres ranchos: uno lo habita el comandante, y los otros dos unos españoles con pequeñas tiendas.

Por fin puedo comprar un poco de galleta. Desde hace varios días no como más que carne; este nuevo régimen no me disgusta, pero me parece que sólo podría soportarlo a condición de hacer un ejercicio violento. He oído decir que en Inglaterra, enfermos a quienes se ordena una alimenta­ción exclusivamente animal, apenas pueden decidirse a someterse a ella, ni aun con la esperanza de prolongar la vida. Sin embargo, los gauchos de las Pampas no comen sino vaca durante meses enteros. Pero he observado que toman una gran cantidad de grasa, que es de naturaleza menos animal y aborrecen particularmente la carne magra como la del agutí. El doctor Richardson6, ha notado también que «alimentándose por largo tiempo exclusiva­mente de carne magra, se experimenta un deseo tan irresis­tible de comer gordura, que se puede consumir una cantidad considerable hasta de grasa oleosa, sin sentir náuseas»; esto me parece un hecho fisiológico muy curioso. Quizá como consecuencia de su dieta exclusivamente animal, es por lo que los gauchos, como todos los demás carnívoros, pueden abstenerse de alimento durante mucho tiempo. Me han asegurado que en Tandeel unos soldados persiguieron voluntariamente a una tropa de indios por espacio de tres días, sin comer ni beber.

He visto en los comercios muchos artículos, como man­tas de caballo, cinturones y ligas, tejidos por las mujeres indias. Los dibujos son muy bonitos, y brillantes los colores. El trabajo de las ligas es tan perfecto, que un negociante inglés de Buenos Aires me sostenía que habrían sido fabri­cadas en Inglaterra; para convencerle fue preciso enseñarle que las bellotas estaban adheridas con trozos de nervios hendidos.

18 de septiembre.- Hoy hemos hecho una larga etapa. En la duodécima posta, siete leguas al sur del río Salado, encontramos la primera estancia con bestias y mujeres blancas. Enseguida tenemos que atravesar varias millas del país inundado; el agua sube hasta por encima de las rodillas de los caballos. Cruzando los estribos y montando como los árabes, es decir, con las piernas encogidas y las rodillas muy altas, conseguimos no mojarnos en demasía. Es casi de noche cuando llegamos al Salado. Este río es profundo y tiene unos 40 metros de anchura; en verano se seca casi por completo, y la poca agua que en él queda aún se vuelve tan salobre como la del mar. Dormimos en una de las grandes estancias del general Rosas. Está fortificada y tiene tal importancia, que al llegar de noche la tomo por una ciudad y su fortaleza. Al día siguiente vemos inmensos rebaños vacunos; el general posee aquí 74 leguas cuadradas de terreno. Antiguamente empleaba cerca de 300 hombres en esta propiedad, y tenían tal disciplina que desafiaban a todos los ataques de los, indios.

19 de septiembre.-- Atravesamos Guardia del Monte. Es un lindo pueblecillo un poco desparramado, con numerosos jardines plantados de albérchigos y membrillos. La llanura es enteramente igual que la que rodea a Buenos Aires.

El césped es corto y de un hermoso color verde, interca­lándose campos de trébol y de cardos; también se ven numerosas guaridas de viscaches. En cuanto se cruza el Salado, cambia por completo de aspecto el paisaje; hasta entonces sólo nos circuían hierbas silvestres, y ahora cami­namos sobre una hermosa alfombra de verdura. Ante todo creo deber atribuir este cambio a una modificación en la naturaleza del suelo; pero los habitantes me afirman que aquí, lo mismo que en la banda oriental, donde se nota una diferencia tan grande entre el país que rodea a Montevideo y las sabanas tan poco habitadas de Colonia, es preciso atribuir esa mudanza a la presencia de cuadrúpedos. Exac­tamente el mismo hecho se ha observado en las praderas de la América del Norte7, donde hierbas comunes y rudas, de cinco a seis pies de altura, se transforman en césped en cuanto se introducen allí animales en suficiente número. No soy bastante botánico para pretender decir si la trans­formación proviene de introducirse nuevas especies, de modificaciones en el crecimiento de las mismas hierbas o de disminuir número proporcional. También le chocó mucho a Azara ese cambio de aspecto; además se pregunta cuál es el motivo de la aparición inmediata, en todos los senderos que conducen a una choza recién construida, de plantas que no crecen en las cercanías. En otro pasaje dice8: «Estos caballos (salvajes) tienen la manía de preferir los caminos y el borde de las carreteras para depositar sus excrementos; montones de ellos se encuentran en esos lugares». Pero, ¿no es eso una explicación del hecho? ¿No se producen así líneas de terreno ricamente abonado, que sirven de comuni­cación a través de inmensas regiones?

Junto a Guardia encontramos el límite meridional de dos plantas europeas que se han hecho extraordinariamente comunes. El hinojo abunda en los revestimientos de los hoyos en las cercanías de Buenos Aires, Montevideo y otras ciudades. Pero el cardo9 aún se ha difundido mucho más: se le encuentra en estas latitudes a los dos lados de la cordi­llera, en todo el ancho del continente. Lo he hallado en sitios casi desiertos de Chile, de Entre Ríos y de la banda oriental. Sólo en este último país, hartas millas cuadradas (probablemente muchos centenares), están cubiertas por una masa de estas plantas armadas de pinchos, en sitios donde no pueden penetrar hombres ni animales. Ninguna otra planta puede existir actualmente en las llanuras ondu­ladas donde crecen esos cardos; pero, antes de haberse introducido, la superficie debió estar cubierta de grandes hierbas, como todas las demás partes. Dudo que pueda citarse un ejemplo más extraordinario de invasiones de una planta efectuadas en una escala tan grande. Según ya he dicho, no he visto en ninguna parte el cardo al sur del Salado, pero es probable que conforme se pueble el país irá extendiéndose sus límites al cardo. El cardo gigante de las Pampas, de hojas variadas, se conduce de un modo muy diferente, pues lo he encontrado en el valle del Sauce.

Según los principios tan bien expuestos por M. Lyell, pocos países han sufrido modificaciones más notables desde el año 1535, en que desembarcó el primer colono con 72 caballos en las orillas del Plata. Los innumerables rebaños de ganado caballar, vacuno y lanar no sólo han modificado el carácter de la vegetación, sino que también han rechazado de todas partes y hecho casi desaparecer al gua­naco, el ciervo y el avestruz. También han debido producirse otros cambios; el cerdo salvaje reemplaza muy proba­blemente al pecarí en muchos sitios; puede oírse a manadas de perros salvajes aullar en los bosques que cubren los bor­des de los ríos menos frecuentados; y la rata común, conver­tida en un animal grande y feroz, habita en las colinas peñascosas. Como M. d'Orbigny lo ha hecho notar, el número de buitres ha debido acrecentarse de un modo inmenso desde la introducción de los animales domésticos; y he indicado con brevedad las razones que me hacen creer que han extendido muchísimo su residencia hacia el sur. Sin duda ninguna, también otras muchas plantas, además del hinojo y del cardo, se han aclimatado, prueba de ello, el número de duraznos y de naranjos que crecen en las islas de la desembocadura del Paraná, y que provienen de las semi­llas transportadas allí por las aguas del río.

Mientras cambiábamos de caballos en Guardia, varias personas se acercaron a dirigirme una multitud de pregun­tas acerca del ejército. Nunca he visto una popularidad más grande que la de Rosas, ni mayor entusiasmo por «la guerra más justa de las guerras, puesto que va dirigida contra los salvajes». Preciso es confesar que se comprende algún tanto ese arranque, si se tiene en cuenta que aún hace poco tiem­po estaban expuestos a los ultrajes de los indios los hom­bres, las mujeres, los niños, los caballos. Durante todo el día recorremos una hermosa llanura verde, cubierta de reba­ños; acá y allá una estancia solitaria, sin más sombra que un sólo árbol. Por la tarde se pone a llover; llegamos a un destacamento, pero el jefe nos dice que, si no tenemos pasaportes muy en regla, no podemos seguir nuestro camino, pues hay tantos ladrones que no quiere fiarse de nadie. Le presento mi pasaporte, y en cuanto lee en él las primeras palabras El naturalista D. Carlos, se vuelve tan respetuoso y cortés como desconfiado estaba antes. ¡Natura­lista! Seguro estoy de que ni él ni sus compatriotas comprenden bien qué podrá querer decir eso; pero es probable que mi título misterioso no haga sino inspirarle una idea más alta de mi persona.

20 de septiembre.- A mitad del día llegamos a Buenos Aires. Los setos de agaves, los bosques de olivos, de albér­chigos y de sauces, cuyas hojas empiezan a abrirse, dan a los arrabales de la ciudad un aspecto delicioso. Me encamino a la casa de M. Lumb, negociante inglés, quien, durante mi estancia en el país, me ha colmado de obsequios.

La ciudad de Buenos Aires es grande y una de las más regulares, creo, que hay en el mundo. Todas las calles se cortan en ángulo recto; y hallándose a igual distancia unas de otras todas las calles paralelas, las casas forman cuadrados sólidos de iguales dimensiones, llamados cuadras.

Las casas, cuyos aposentos dan todos a un patio pequeño muy bonito, no suelen tener más que un piso coronado por una azotea con asientos, donde los habitantes acostumbran a estar por el verano. En el centro de la ciudad está la plaza, alrededor de la cual se ven los edificios públicos, la forta­leza, la catedral, etc.; antes de la revolución, también estaba allí el palacio de los virreyes. El conjunto de esos edificios presenta magnífico golpe de vista, aun cuando ninguno de ellos tenga pretensiones de arquitectura bella.

Uno de los espectáculos más curiosos de Buenos Aires es el gran corral donde se guardan, antes de darles muerte, los animales que han de servir para el aprovisionamiento de la ciudad. Es realmente pasmosa la fuerza del caballo compa­rada con la del buey. Un hombre a caballo, después de sujetar con su lazo al buey por la cornamenta, puede arras­trar a éste donde quiera. El animal hace hincapié en el suelo con las patas extendidas hacia adelante, para resistir á la fuerza que le arrastra, pero todo es inútil; por lo común, también el buey toma carrera y se echa a un lado, pero el caballo se revuelve inmediatamente para recibir el choque, el cual se produce con tanta violencia, que el buey es casi derribado; lo asombroso es que no se desnuque. Conviene advertir que el combate no es del todo igual, pues mientras que el caballo tira con el pecho, el buey tira con lo alto de la cabeza. Además, un hombre puede retener de idéntica manera al caballo más salvaje, si el lazo le sujeta precisa­mente por detrás de las orejas. Se arrastra al buey hasta el sitio donde han de sacrificarle; después el matador, acercándose con cautela, le corta el corvejón. Entonces el animal exhala su mugido de muerte, el más terrible grito de agonía que conozco. Lo he oído a menudo desde una gran distancia, distinguiéndolo entre otra multitud de ruidos, y siempre comprendí que la lucha estaba concluida. Toda esa escena es horrible y repugnante: se anda sobre una capa de osamen­tas, y caballos y jinetes van cubiertos de sangre.




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