Viaje de un naturalista alrededor del mundo



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CAPITULO XXI

SUMARIO: Magnífico aspecto de la isla Mauricio.- Montes crateriformes.- Indous- Santa Elena.- Historia de los cambios de la vegetación de esta isla.- Causa de la extinción de las conchas terrestres.- Isla de la Ascensión.- Variaciones en las ratas importadas.- Bombas volcánicas.- Capas de infusorios.­Bahía.- Brasil.- Esplendor de los paisajes tropicales.­Pernambuco- Arrecife especial.- Esclavitud.- Vuelta a Inglaterra.- Ojeada sobre nuestro viaje.

De la isla Mauricio a Inglaterra.

29 de abril de 1836.- Por la mañana doblamos la extre­midad septentrional de la isla Mauricio o isla de Francia. Desde este punto no desmiente el aspecto de la isla la idea que de ella se forma al leer las numerosas descripciones de su magnífico paisaje. En primer término la hermosa llanura de las Pamplemusas salpicadas de casas y coloreada de verde muy brillante por inmensos campos de caña de azú­car. Se hace más notar el brillo de esta verdura. por cuanto el verde no es de ordinario hermoso, sino a muy corta distan­cia. Hacia el centro de la isla limita esta llanura, tan bien cultivada, un grupo de montes poblados de árboles. Las cumbres de estos cerros están cortados en agudas puntas, como suele suceder con las rocas volcánicas antiguas. Algu­nos grupos de nubes blancas cubren aquellas agujas como si quisiesen ofrecer al viajero ese agradable contraste. Toda la isla, con sus montes centrales y el llano que llega hasta la orilla del mar, tiene una exquisita elegancia;. el paisaje es, valga la expresión, en alto grado armonioso.

Paso la mayor parte del siguiente día paseando por la población y visitando a varias personas. La ciudad es grande, tiene, dicen, 20.000 habitantes; las calles son regu­lares y están limpias. Aunque desde hace muchos años pertenece la isla a Inglaterra, reina siempre en ella el carácter francés. Los residentes ingleses hablan en francés a los cria­dos. Todas las tiendas son francesas; hasta podría decirse, creo, que Calais y Boulogne se han hecho mucho más ingle­sas que la isla Mauricio. Hay aquí un teatrito precioso donde se cantan muy buenas óperas. Con alguna sorpresa vemos librerías bien surtidas. La música y la lectura nos indican que nos acercamos al antiguo mundo; porque Australia y América son mundos nuevos en toda la extensión de la palabra.

Uno de los espectáculos más interesantes que ofrece la ciudad de Puerto Luis es ver circular por las calles hombres de todas las razas. Se trae aquí a los indios condenados a la deportación; en la actualidad hay ochocientos, empleados en varias obras públicas. Antes de ver a estas gentes me figuraba yo que tenían imponente aspecto los indios; tienen la piel sumamente oscura; muchos de los viejos llevan grandes bigotes y toda la barba blanca como la nieve. Esa barba, unida al vigor de su fisonomía, les da el más notable aspecto. La mayor parte han sido deportados por asesinatos u otros crímenes; otros por causas que apenas pueden considerarse como infracciones de las reglas de moral, por ejemplo, por no haber obedecido las leyes inglesas por motivo de superstición. Estos hombres, por lo común, muy tranquilos, se portan muy bien; su conducta, su limpieza, la fiel observancia de su extraña religión, todo concurre a hacer de ellos una clase muy distinta a la de nuestros mise­rables penados en Nueva Gales del Sur.

1.° de mayo; domingo.- Quiero dar un paseo a la orilla del mar, por el norte de la ciudad. En este lado no está labrado el llano; es un campo formado de lavas negras cubiertas de gramíneas ordinarias y malezas. Los árboles mezclados con estas últimas son casi todos mimosas. Puede decirse que el paisaje tiene un carácter medio entre el de las Galápagos y el de Taití; pero temo que tal descripción muestre poco mi opinión. En suma, es un país muy agrada­ble, pero sin los encantos de Taití, ni la grandeza del Brasil. Al día siguiente subo a la Pulga, monte llamado así porque está coronado por una roca que tiene la figura de una pulga; se alza detrás de la ciudad a una altura de 2.600 pies. El centro de la isla consiste en una gran meseta rodeada de montes antiguos basálticos en ruinas, cuyas capas se incli­nan hacia el mar. La meseta central formada por corrientes de lava relativamente reciente, es oval, teniendo el eje menor una longitud de 13 millas geográficas. Los montes que la guarnecen por fuera pertenecen a la clase llamada cráteres de elevación; se supone que no se han formado como los cráteres ordinarios, sino que resultan de un levan­tamiento repentino y grande. Paréceme que esta explica­ción tiene objeciones incontestables; además, tampoco estoy muy inclinado a creer que en este caso y en algunos otros, no sean estas montañas crateriformes marginales, sino la base de inmensos volcanes cuyos vértices han sido arrancados o han desaparecido en los abismos subterráneos.

Desde esta altura se ve toda la isla. El país parece bien cultivado y dividido en parcelas; sin embargo, me aseguran que sólo la mitad de la isla está labrada. Siendo esto así, y teniendo en cuenta hasta dónde alcanza la cifra de exporta­ción del azúcar, cuando esté más poblada, será incalculable el valor de esta isla. Dícese que desde que Inglaterra tomó posesión de ella ha aumentado la exportación de azúcar en la proporción de 1 a 75. Una de las razones de esta prospe­ridad es el excelente estado de los caminos. En la isla Bour­bon, que está muy próxima y que pertenece a Francia, se ven todavía los caminos en el miserable estado en que esta­ban aquí cuando tomamos posesión de ésta. Aun cuando esta prosperidad haya aprovechado mucho a los residentes franceses, debo declarar que no goza el gobierno inglés de popularidad ninguna.



3 de mayo.- Esta tarde, el capitán Lloyd, Inspector general de Ingenieros de Caminos, que con tanto esmero ha estudiado el istmo de Panamá, nos invita a Mister Stokes y a mí a ir a visitar su casa de campo, situada junto a los llanos de Wilheim a unas seis millas de la ciudad. Dos das perma­necemos en aquella deliciosa casa, donde el aire es siempre fresco, puesto que está situada a 800 pies sobre el nivel del mar; y en ese tiempo hago varios paseos agradabilísimos. Muy cerca de la casa hay una gran quebrada, formada a 500 pies de profundidad en las corrientes de lava procedentes de la meseta central.

5 de mayo.- Nos lleva el capitán Lloyd al río Negro, situado a unas cuantas millas hacia el sur, para que pueda yo examinar algunas rocas de coral levantadas. Atravesamos jardines encantadores, hermosos campos de caña de azúcar, que crecen en medio de inmensos bloques de lava. Orlan el camino algunas mimosas, y cerca de la mayor parte de las casas se ven alamedas de nopales. Nada más pintoresco que el contraste de las colinas escarpadas y los campos cultiva­dos; a cada instante dan ganas de exclamar: ¡qué feliz pasa­ría yo aquí la vida! Tiene el capitán Lloyd un elefante y lo pone a nuestra disposición por si querernos hacer un viaje al estilo indio. Lo que más me sorprende es que este animal no haga ningún ruido al andar. No hay en toda la isla más que este elefante, pero dicen que van a traer otros.

9 de mayo.- Salimos de Puerto-Luis, hacemos escala en el cabo de Buena Esperanza y el 8 de julio llegamos a la vista de Santa Elena. Esta isla, de cuyo desagradable aspecto tanto se ha escrito, se levanta abrupta en medio del océano como inmenso castillo negro. Cerca de la población y como si se hubiese querido completar la defensa natural, fuertes y cañones ocupan todos los intersticios de las rocas. La ciudad se levanta en un estrecho valle llano; las casas tienen bas­tante buen aspecto y de cuando en cuando se ven algunos árboles. Al aproximarse al puerto se distingue un castillo irregular, posado en el vértice de una colina elevada y rodeada de pinos que se destacan fuertemente en el azul del cielo.

En la mañana del día siguiente me alojo a poca distancia de la tumba de Napoleón1. Desde esta posición central puedo hacer excursiones en todos sentidos. Durante los cuatro días que permanezco aquí consagro todos los momentos a visitar toda la isla para estudiar- su historia geológica. La casa que habito está situada a una altura de 2.000 pies. Hace frío y viento casi constante, caen frecuen­tes aguaceros, y de cuando en cuando se forman nieblas muy densas.

Cerca de la costa está la lava enteramente desnuda; en las partes centrales más altas, han producido las rocas feldespá­ticas, descomponiéndose, un suelo plomizo, que brilla en todos los sitios en que no está cubierto por la vegetación. Regado el terreno, en esta época del año, por constantes chaparrones se cubre de pastos magníficos y muy verdes, que a medida que se baja van siendo cada vez menos ricos. Sorprende mucho encontrar una vegetación de carácter verdaderamente inglés a 160 de latitud y a 1.500 pies de altura. Irregulares plantaciones de pinos escoceses coronan las colinas, cuyas faldas cubren espinos y brezos y brillantes flores amarillas. Hay muchos sauces llorones a la orilla de los arroyos, y los cercados los forman espesas enredaderas de grosellas, cuyo fruto es tan usado. Se explica sin dificul­tad el carácter inglés de la vegetación, considerando que hay en la isla setecientos cuarenta y seis especies de plantas, de las cuales sólo son indígenas cincuenta y dos, siendo casi todas las demás importadas de Inglaterra. Muchas de éstas crecen aquí mejor que en su punto de origen, y lo mismo sucede con las importadas de Australia. Las importadas han debido destruir algunas de las especies indígenas; porque sólo domina hoy la flora indígena en los valles más altos y solitarios.

Divisiones de terreno cultivado, casitas blancas enterra­das unas en el fondo de los valles más profundos y como colgadas otras en la cumbre de los cerros más altos dan al paisaje carácter muy inglés. Descúbrense lontananzas inte­resantísimas, como la que, por ejemplo, se disfruta desde la casa de sir W. Dovetow; desde donde se ve un esbelto y atrevido pico llamado el Lot, que se levanta entre una oscura selva de pinos, y al que sirven de cuña o apoyo los rojizos montes de la costa meridional. Colocándose en un lugar alto y examinando la isla, lo primero que llama la atención es el número de caminos y de fuertes; las obras públicas están en gran desproporción con el valor y la extensión de la isla, prescindiendo de su carácter de prisión. Tan poca tierra laborable hay, que sorprende que puedan vivir en la isla 5.000 personas. Las clases inferiores, o escla­vos emancipados, son, creo, muy pobres, y se quejan de falta de trabajo. Ha aumentado la pobreza a consecuencia de la retirada de muchos funcionarios y de la emigración de casi todas las familias ricas, desde que abandonó la isla la Com­pañía de las Indias orientales. Los pobres se alimentan principalmente de arroz y un poco de carne salada; mas como ninguno de estos artículos los produce la isla, hay que comprarlos con dinero, y los jornales son tan pequeños, que dan lugar a muchas penalidades. Hoy que la libertad es completa, y este derecho lo estiman los habitantes en su justo valor, es probable que la población aumente, y enton­ces ¿qué será de esta pobre isla de Santa Elena?

Mi guía, hombre de edad avanzada, había sido en sus mocedades cabrero, y conocía los menores resquicios de las rocas. Perteneciente a una raza cruzada muchas veces, no tiene la expresión desagradable de los mulatos, aun cuando tiene la piel muy bronceada. Es muy fino y muy pacífico, caracteres con que distinguen la mayor parte de los habitan­tes de esta isla. No sin gran sorpresa oigo a este hombre casi blanco hablar indiferente de la época en que era esclavo. Lleva mi comida y un cuerno con agua; detalle indispensable, porque no se encuentran más que aguas salobres en los valles inferiores; yo daba con él todos los días grandes paseos.

Por debajo de la meseta central, alta y cubierta de ver­dura, son áridos y están inhabitados los valles, del todo silvestres. El geólogo encuentra allí escenas del más alto interés, porque indican cambios sucesivos y trastornos extraordinarios. En mi concepto, Santa Elena ha existido como isla desde un período muy remoto; sin embargo, se encuentran algunas pruebas de levantamiento de las tierras.

Creo que los picos elevados del centro de la isla forman parte de un inmenso cráter, cuyo lado meridional ha sido barrido por completo por el mar; hay, además, un muro exterior de rocas negras basálticas, que se parecen a los montes de la isla Mauricio, más antiguas que las corrientes centrales volcánicas. En las partes más altas se encuentra empotrada en el suelo una concha que se ha creído por mucho tiempo especie marina; es un Cochlogena, concha terrestre de forma muy original. He encontrado otras seis especies de conchas, y en otro sitio una octava especie; con la particularidad de que no las hay vivas, dependiendo quizá su desaparición de la destrucción de los montes, ocurrida a principios del siglo último, con lo que perdieron su ali­mento y su abrigo.

El general Beatton consagra, en la historia de la isla, un capítulo muy curioso a los cambios sufridos por los altos llanos de Longvood y de Deadvood. Estas dos llanuras dícese que estaban antiguamente cubiertas de árboles y lle­vaban el nombre de Grandes Selvas. En 1710 había todavía muchos árboles, pero habían caído ya casi todos los viejos hacia 1724, y los más jóvenes se los habían comido las cabras y los cerdos, animales que vagaban entonces por todas partes. Si hemos de dar crédito a los documentos oficiales, pocos años después había sustituido a la selva la maleza y las hierbas más ordinarias, que se apoderaron de toda la superficie. Añade el general Beatton que hoy se encuentra el llano cubierto de hermosos pastos, que son los mejores de toda la isla. Calcúlase en 2.800 acres por lo menos la superficie en que se extendía la antigua selva, pero hoy no se encuentra un solo árbol en todo este terreno. Dícese también que en 1709 había muchos árboles muertos en la bahía de Sandy, pero está hoy tan árido este lugar, que ha sido necesario que vea yo un documento oficial para poder creer que hubiesen crecido allí árboles en algún tiempo. En resumen, parece probado que las cabras y los cerdos acabaron con todos los árboles jóvenes, y -que aqué­llos con los cuales no podían fueron desapareciendo unos tras otros. Las cabras fueron importadas en 1502; ochenta y seis años más tarde, en la época de Cavendish, se habían reproducido extraordinariamente. Pasado un siglo largo, hacia 1731, y cuando el mal era irremediable, se mandó matar a todos los animales vagabundos. Es muy interesante el hecho de que la traída de animales a Santa Elena, en 1501, no modificó el aspecto de la isla, no habiéndose efec­tuado el cambio hasta después de un período de doscientos veinte años, puesto que las cabras se introdujeron en 1502 y hasta 1724 no se notó la desaparición de los árboles viejos. Este gran cambio de la vegetación no ha afectado sólo a las conchas terrestres, originando la extinción de ocho espe­cies, sino que alcanzó también a muchos insectos.

Excita Santa Elena nuestra curiosidad porque, situada tan lejos de todo continente, en medio de un gran océano, posee flora única. Las ocho conchas terrestres, aunque extingui­das, y una Succinea viva son especies peculiares que no se encuentran en ninguna otra parte. Me comunica, sin embargo, Mr. Cuning, que hoy es allí muy común una helix inglesa, siendo muy probable que sus huevos hayan sido llevados al mismo tiempo que una de las muchas plantas introducidas en la isla. Mr. Cuning ha encontrado en la costa diez y seis especies de conchas marinas, de las cuales cree que siete son peculiares de la isla. Los pájaros y los insectos2 están en pequeñísimo número, y hasta creo que han sido introducidos hace poco.

Encuén­transe bastantes perdices y faisanes; es la isla demasiado inglesa para que no se hayan aplicado las leyes de caza en todo su rigor. Hasta se me ha dicho que se habían hecho, en honor a estas leyes, sacrificios mayores que en Inglaterra. La gente pobre tenía antes costumbre de quemar una planta que crece a la orilla del mar, extrayendo de ella la sosa; pero se publicó un bando prohibiendo tocar a tales plantas, dando por única razón que si se destruían ¡no tendrían ya las perdices dónde anidar!

En mis paseos, cruzo varias veces los llanos cubiertos de césped y guarnecidos de profundos valles donde se encuen­tra Longwood. Vista a corta distancia se parece esta habitación a la casa de campo de un hombre acomodado. Delante del edificio algunas tierras de labor; detrás, una colina for­mada de rocas coloreadas llamada le Mat (el Mástil) y la masa negra desgarrada de la Granje (la Granja). En suma, el espectáculo es triste y poco interesante. Los impetuosos vientos que reinan en éste llano me han molestado mucho durante mis paseos. Un día he observado una circunstancia curiosa: hallábame de pie en la orilla de un llano terminado en un gran precipicio de cerca de 1.000 pies de profundidad; a unos cuantos metros de distancia vi unos pájaros que luchaban contra un viento fortísimo, mientras que a mi alrededor estaba el aire en completa calma; me acerqué entonces al borde mismo del precipicio, cuya muralla pare­cía detener la corriente de aire, extendí la mano, e inmedia­tamente sentí la fuerza del viento. Una barrera invisible que apenas tendría dos metros de anchura separaba un aire tranquilo por completo de un viento violentísimo. Tanto placer me habían causado los paseos entre las rocas y montañas de Santa Elena, que bajé casi con pena a la ciudad el día 14. Antes de las doce del día estaba ya a bordo, y el Beagle se daba a la vela.

El 19 de julio llegamos a la Ascensión; el que haya visto una isla volcánica situada bajo un cielo de fuego, no tardará en figurarse lo que es la Ascensión. Se le representarán colinas cónicas de color rojo vivo, de vértices casi todos truncados, y que surgen independientes de un llano de lava negra y rugosa. Un cerro principal situado en el centro de la isla parece ser la madre de todos los conos menores, y se llama la Colina Verde; porque la cubre ligera verdura ape­nas perceptible, en esta estación del año, desde el puerto en que hemos anclado. Para completar este cuadro de desola­ción las rocas negras que forman la costa están siempre cubiertas por un mar en constante agitación.

La colonia está situada en la costa y consiste en unas cuantas casas y cuarteles irregularmente dispuestos, pero edificados de piedra blanca. Los únicos habitantes son marinos de guerra y algunos negros libertos por la captura de negreros: a estos negros les da el gobierno una pensión. No hay un solo particular en la isla. La mayor parte de los soldados parecen hallarse satisfechos con su suerte; creen que vale más cumplir su compromiso de veintiún años en tierra, sea ésta cual fuere, que en un barco, y confieso que participo de su misma opinión.

Al siguiente día subo al monte Verde, que tiene 2.840 pies de altura; desde allí atravieso la isla para dirigirme a la costa situada al lado opuesto. Un buen camino carretero conduce desde el establecimiento de la costa a las casas, jardines y campos situados cerca de la cumbre del monte central. A la orilla del camino hay cisternas llenas de agua muy buena, con la cual pueden apagar la sed los viajeros. En toda la isla se ha procurado recoger los manantiales de manera que no se pierda una sola gota de agua; puede, en rigor, compararse la isla a un gran barco, cuidado con el más perfecto orden. Admirando el talento empleado para obte­ner estos resultados con tan pocos medios, no puedo por menos de sentir al mismo tiempo la inutilidad de todo esto. Con razón ha dicho Mister Lesson, que sólo Inglaterra ha podido pensar en hacer de Ascensión un punto productor; cualquier otro pueblo hubiese hecho de ella una sencilla fortaleza en medio del océano.

Nada vive cerca de la costa; más adentro se encuentran de vez en cuando una planta de ricino y algunas langostas; esas verdaderas amigas del desierto. En la meseta central se halla dispersa alguna hierba; en fin, parece que nos halla­mos en las regiones más pobres de los montes del país de Gales. Pero por miserables que parezcan estos pastos, no dejan de alcanzar a nutrir unos seiscientos carneros, muchas cabras, algunas vacas y unos cuantos caballos. Como mues­tra de animales indígenas se encuentran muchos ratones y escarabajos terrestres. El ratón puede que no sea indígena; dos variedades ha descrito Mister Waterhouse; una negra, de piel brillante que vive en la meseta central; otra, parda, menos brillante, de pelo más largo, habita la aldea, cerca de la costa. Las dos variedades son un tercio menores que el ratón negro común (Mus Ratus); difieren además de éste por el color y por las condiciones de su piel, pero no hay otra diferencia esencial. Me inclino a creer que estos rato­nes, como el ordinario, que también se ha hecho silvestre, han sido importados, y que, como en las islas Galápagos, han variado en razón de los efectos de las nuevas condicio­nes a que se han encontrado expuestos; por lo tanto, la variedad de la parte alta de la isla, difiere de la costa. Aquí no hay pájaros indígenas; pero es muy común la gallina de Guinea, importada de las islas de Cabo Verde, y como las aves comunes se ha hecho también silvestre. Los gatos que trajeron al principio para destruir los ratones y ratas se han multiplicado hasta tal punto que causan grandes daños. En toda la isla no hay un sólo árbol, y bajo este punto de vista, como por otros muchos conceptos, es muy inferior a la de Santa Elena.

En una de mis excursiones llegué al extremo Sudoeste de la isla; hacía muy buen tiempo y bastante calor, entonces vi, no toda su belleza, sino su completa desnudez e insignificancia. Las corrientes de lava están arrugadas hasta un extremo difícil de explicar geológicamente. Los espacios que las separan desaparecen bajo capas de piedra pómez, cenizas y tobas volcánicas. Cuando llegamos, y mientras que veíamos esta parte de la isla desde el mar, no podía yo darme cuenta de lo que eran las manchas blancas que por todas partes veía; ahora tengo la explicación del fenómeno: son aves marinas que duermen tan llenas de confianza, que puede un hombre pasearse por entre ellas en medio del día y coger cuantas quiera. Estos pájaros son los únicos seres vivos que he visto en todo el día. A la orilla del mar se rompen con furor las olas contra las lavas, aun cuando el viento sea muy leve.

Por muchos conceptos es interesante la geología de esta isla. En muchos puntos he notado bombas volcánicas, es decir, masas de lavas proyectadas al aire en estado fluido, y que por lo tanto, han tomado la forma esférica. La configu­ración exterior y en muchos casos, su estructura íntima, prueban de la manera más curiosa, que han girado sobre sí mismas durante su viaje aéreo. Por dentro son estas masas toscamente celulares; decreciendo desde el centro a la superficie la magnitud de las células, que llegan a formar una especie de cáscara de piedra compacta del grosor de un tercio de pulgada, cubierta a su vez por una costra de lava celular. Es indudable que esa costra exterior se enfría rápi­damente para solidificarse en el estado en que hoy la encon­tramos; y en segundo lugar que la lava, todavía fluida por dentro, fue impulsada por la fuerza centrífuga engendrada por la revolución de la bola hacia la cubierta exterior y de ese modo produjo la capa de piedra sólida, y por último, que la fuerza centrífuga, disminuyendo la presión en el interior de la bomba, permite que los vapores separen las partículas de las lavas y producen la masa celular que hoy observamos.

Una colina formada por una serie de rocas volcánicas antiguas, considerada aunque sin fundamento como el crá­ter de un volcán, es notable porque su vértice ancho, lige­ramente escotado y circular ha estado relleno muchas veces por capas sucesivas de cenizas y escorias finas. Estas capas, en forma de salvilla se extienden hasta el borde y forman anillos perfectos de diferentes colores que dan al vértice un aspecto verdaderamente fantástico; uno de esos anillos de bastante espesor y muy blanco, parece una pista alrededor de la cual hubiesen corrido caballos durante mucho tiempo; por lo que ha recibido la colina el nombre de una de estas capas de toba de color de rosa, y, ¡cosa extraordinaria! encuentra el profesor Ehremberg que están casi exclusiva­mente compuestas de materias que han sido organizadas; habiendo hallado en ella infusorios de agua dulce y de capa­razón silíceo y veinticinco especies diferentes de tejidos silíceos de plantas, en particular gramíneas. Por razón de la absoluta falta de materia carbonosa cree el profesor Ehremberg que estos cuerpos orgánicos han experimentado la acción de los fuegos volcánicos y han sido lanzadas en el estado en que las vemos hoy. El aspecto de las capas me inclina a creer que han sido depositadas debajo del agua, aunque por la extremada sequedad del clima he tenido pre­cisión de imaginar que acompañaron a alguna gran erup­ción, torrentes de lluvia formándose así un lago temporal en el que se depositaron las cenizas. Quizá hay hoy motivo para creer que no fuese temporal el lago; pero de todas maneras, podemos estar seguros de que en algún período anterior han sido muy diferentes a los actuales el clima y producciones de la Ascensión. ¿Dónde encontraremos en la superficie de la tierra un punto en que no sea posible descu­brir vestigios de esos perpetuos cambios a que la costa terrestre se halla sometida?

Salimos de la Ascensión y nos hacemos a la vela para Bahía, en la costa del Brasil, a fin de completar nuestras observaciones cronométricas alrededor del mundo. Llega­mos el día 1.0 de agosto y permanecemos allí cuatro días, durante los cuales doy largos paseos. Me satisface mucho ver que no es sólo el sentimiento de la novedad el que me ha hecho admirar la naturaleza tropical; pero debe mencio­narse el número y la sencillez de los elementos de esta naturaleza, para prueba de cuán insignificantes circunstan­cias bastan, reunidas, para constituir lo que puede llamarse belleza en toda la extensión de la palabra.

Puede decirse que este país es una meseta de 300 pies de altitud, cortada en muchos puntos por valles de fondo llano. En un país granítico, es rara tal forma; pero resulta casi universal en todas las capas más tiernas que de ordinario forman las llanuras. Toda la superficie está cubierta de especies varias de árboles magníficos; acá y allá, campos cultivados, en medio de los cuales se alzan casas, conventos e iglesias. Bueno es recordar que bajo los trópicos no des­aparece, ni aun junto a las grandes poblaciones el lujo bri­llante de la naturaleza, pues los trabajos artificiales del hombre desaparecen muy pronto bajo la potente vegetación de aquellas tierras. Por lo tanto, hay muy pocos sitios en que el suelo, rojo brillante, contraste con el revestimiento verde universal. Desde esta meseta se ven el océano y la gran bahía rodeada de árboles que sumergen sus ramas en el mar, en el cual se distinguen numerosos barcos y canoas cubier­tas de blanco velamen. Fuera de estos sitios, el horizonte es muy limitado, distinguiéndose apenas algunas lontananzas en los valles. Las casas, y más todavía las iglesias, tienen una arquitectura especial y bastante fantástica. Todas están blanqueadas con cal de tal modo, que cuando las ilumina el sol o se destacan sobre el azul del cielo, más parecen pala­cios de hadas que edificios reales.

Tales son los elementos del paisaje, pero sería inútil tra­tar de pintar su efecto general. Sabios naturalistas han tra­tado de pintar estos paisajes del trópico, nombrando multi­tud de objetos e indicando algunos rasgos característicos de cada uno de ellos; sistema que puede dar algunas ideas definidas a un viajero que lo haya visto; pero ¿cómo es posible imaginar el aspecto de una planta en el suelo que la vio nacer, cuando no se la ha visto más que en una estufa? ¿Ni quién, por haber visto una planta de muestra en un invernadero, puede imaginar lo que podrá ser cuando adquiera las dimensiones de un árbol frutal o formando selvas impenetrables? ¿Quién podría, por sólo haber visto en una colección de entomología, magníficas mariposas exóticas, especiales cicadiadas, asociar a esos objetos sin vida la música incesante que producen éstos últimos, el vuelo lento y perezoso de las primeras? Pues esos son espectáculos que en todos los momentos se ven bajo los trópicos. En el instante de llegar el sol a su mayor altura, es cuando hay que considerar el espectáculo: el magnífico follaje del nopal proyecta entonces espesa sombra sobre el suelo, mientras que las ramas superiores resplandecen con el verde más brillante bajo los rayos de un sol abrasador. En las zonas templadas el caso es muy distinto; no tiene la vegetación colores tan acentuados ni tan ricos, por lo que sólo los rayos rojos del sol dan esos tonos purpúreos o amarillos que embellecen nuestros paisajes.

¡Cuántas veces he deseado encontrar términos capaces de expresar mis sensaciones, mientras me paseaba a la sombra de estas selvas espléndidas! Todos los epítetos me parecen muy débiles para dar a los que no han visto las regiones intertropicales la idea de la sensación de gozo que se expe­rimenta. ya he dicho que es imposible formar concepto de lo que es la vegetación de los trópicos, viendo las plantas encerradas en una estufa; pero debo insistir aún sobre este punto. Todo el paisaje es una inmensa estufa rebosante, creada por la naturaleza misma, pero de la cual ha tomado posesión el hombre, embelleciéndola con preciosas casas y magníficos jardines. ¿No han deseado con ardor todos los admiradores de la naturaleza ver un paisaje de otro pla­neta? Pues bien; en verdad puede decirse que el europeo encuentra aquí, a poca distancia de su patria, todos los esplendores de otro mundo. Durante mi último paseo traté de embriagarme, por decirlo así, con todas estas bellezas, y trataba de fijar mi espíritu una impresión que ya sabía yo que había de desaparecer algún día. Se recuerda bien la forma del naranjo, del cocotero, de la palmera, del nopal, del bananero, del helecho arborescente, pero las mil belle­zas que de todos estos árboles hacen un cuadro delicioso, eso tarde o temprano se borra. Sin embargo, como un cuento oído en los días de la niñez, dejan en nosotros una impresión como un sueño plagado de figuras indeterminadas, pero admirables.



6 de agosto.- Volvemos al mar por la tarde, con inten­ción de marchar directamente a las islas de Cabo Verde. Retiénennos vientos contrarios, y el 19 entramos en Per­nambuco, gran población de la costa del Brasil, a los 80 de latitud sur. Echamos el ancla fuera de la barra, pero poco después viene un piloto a bordo y nos conduce al puerto interior, donde nos encontramos al lado de la ciudad.

Está construido Pernambuco sobre unos cuantos bancos de arena estrechos y poco elevados, separados entre sí por canales de agua salada poco profundos. Las tres partes de que se compone la ciudad están unidas unas a otras por dos puentes muy largos, edificados sobre pilotes. Esta población es desagradable, las calles son estrechas, mal pavimentadas, llenas de inmundicias, y las casas altas y tristes. Acaba ape­nas de pasar la estación de las lluvias, y todos los alrededo­res, muy poco elevados sobre el nivel del mar, están aún encharcados; por lo cual no pude dar ni un paseo. La llanura pantanosa sobre que se alza Pernambuco está rodeada en varias millas de extensión por un semicírculo de colinas poco elevadas, límite extremo de una meseta que se eleva a unos 200 pies sobre el nivel del mar. La antigua villa de Olenda está situada en uno de los extremos de esa cadena. Un día tomo una canoa y me dirijo a la ciudad, que por su situación es más limpia y agradable que Pernambuco; y voy a referir un hecho que se me presenta por primera vez en los cinco años casi que llevo de viaje, y es que encuentro gentes poco amables y poco corteses; me niegan del modo más grosero en dos casas permiso para atravesar las huer­tas, con objeto de subir a una colina no labrada para ver el país; con gran trabajo obtengo la autorización en otra casa. Me alegro de que haya sucedido esto en el Brasil, porque me gusta poco este país, donde reina todavía la esclavitud. A un español le hubiese dado vergüenza negar una petición como la mía, y conducirse tan impolíticamente con un extranjero. El canal que conduce a Olenda está guarnecido a cada lado por dos filas de árboles, que crecen en los bancos de lodo, y forman una especie de bosque en miniatura. El verde brillante de estos árboles me recuerda siempre las hierbas tan verdes de los cementerios; éstas recuerdan la muerte, las otras indican con harta frecuencia ¡ay! que la muerte va a sorprendernos.

El más curioso objeto que he visto por estos alrededores es el arrecife que forma el puerto. No creo que haya en todo el mundo otra formación natural con un aspecto más artificial. Se extiende este arrecife enteramente en línea recta en una longitud de varias millas a poca distancia de la costa. Su ancho varía entre 30 y 60 metros, su cresta o cima es plana y lisa, está formado de gres muy duro, en el que apenas pue­den distinguirse las capas. Durante la marea alta se rompen las olas en este parapeto; durante la baja permanecen en seco el borde superior que podría tomarse por un rompeo­las fabricado por cíclopes. En esta costa tienden las corrien­tes a arrojar las arenas sobre la tierra, y por eso está cons­truida sobre arenas, de tal modo acarreadas, la ciudad de Pernambuco. Parece haberse consolidado en lo antiguo un largo depósito de esta naturaleza, por la adición de materias calcáreas levantadas poco a poco más tarde las partes fria­bles deben haber sido arrastradas por las olas, quedando el núcleo sólido tal como hoy le vemos. Por más que las aguas del Atlántico, cargadas de detritus, vengan día y noche a romperse contra el escarpado flanco de este muro de piedra, no han podido encontrar ningún cambio en su aspecto los pilotes más ancianos. Esta duración es uno de los fenóme­nos más curiosos de su historia, y se debe a un revesti­miento muy duro de materias calcáreas que no tiene más que unas cuantas pulgadas de espesor, formado por el crecimiento y muerte sucesivos de pequeños tubos de Sérpoles, Anatifas y Nullíperos. Estos nullíperos que son plantas marinas duras y de organización muy sencilla, desempeñan papel análogo e igualmente importante en la protección de las superficies superiores de los arrecifes de coral, sobre los cuales se rompen las olas, cuando los verdaderos corales han muerto a causa de su exposición al sol y al aire. Estos seres insignificantes y sobre todo los sérpoles han prestado grandes servicios a los habitantes de Pernambuco; pues, en efecto, sin su intervención hace tiempo que este arrecife de gres habría sido destruido, y sin él no existiría el puerto.

El 19 de agosto abandonamos en definitiva las costas del Brasil, dando ya gracias a Dios de no tener que volver a visitar países de esclavos. Todavía hoy, cuando oigo un lamento lejano me acuerdo de que el pasar por delante de una casa de Pernambuco oí quejarse; en el acto se me repre­sentó en la imaginación, y así era en efecto, que atormenta­ban a un pobre esclavo; pero al mismo tiempo comprendí que no podía intervenir. En Río Janeiro vivía yo en frente de casa de una señora vieja que tenía tornillos para estrujar­les los dedos a sus esclavas. He vivido también en una casa en la que un joven mulato era sin cesar insultado, perse­guido y apaleado con una rabia que no se emplearía contra el animal más ínfimo. Un día he visto, antes que pudiese interponerme, dar a un niño de seis o siete años tres porra­zos en la cabeza con el mango de un látigo, por haberme traído un vaso que no estaba limpio; el padre del chico presenció este verdadero tormento y bajó la cabeza sin atreverse a proferir ni una palabra. Pues bien, estas cruel­dades ocurrían en una colonia española donde se asegura que se trata a los esclavos mejor que lo hacen los portugue­ses, los ingleses y las demás naciones de Europa. En Río Janeiro he visto un negro, en lo mejor de la edad, no atre­verse levantar el brazo para desviar el golpe que creía dirigido contra su cara. He visto a un hombre, tipo de benevolencia a los ojos del mundo, a punto de separar de los hombres, a las mujeres y a los niños que constituían nume­rosas familias. No aludiría a estas atrocidades de que he oído hablar, y que por desgracia son muy verdaderas, ni hubiese citado los hechos que acabo de referir, si no hubiese visto personas que, engañadas por la natural alegría del negro, hablan de la esclavitud como de un mal soportable. Esas personas no han visitado sin duda más que las casas de las clases más elevadas, donde por lo común tratan bien a los esclavos domésticos; pero no han tenido ocasión, como yo, de vivir entre las clases inferiores. Esas gentes pregun­tan por regla general a los mismos esclavos para saber su condición; pero se olvidan de que sería muy insensato el esclavo que al contestar no pensase en que tarde o tem­prano llegará su respuesta a oídos del amo.

Se asegura, es verdad, que basta el interés para impedir las crueldades excesivas; pero, pregunto yo, ¿ha protegido alguna vez el interés a nuestros animales domésticos, que mucho menos degradados que los esclavos, tienen ocasión, sin embargo, de provocar el furor de sus amos? Contra ese argumento ha protestado con gran energía el ilustre Hum­boldt. También se ha tratado de excusar muchas veces la esclavitud, comparando la condición de los esclavos con la de nuestros campesinos pobres. Grande es, en verdad, nues­tra falta si resulta la miseria de nuestros pobres, no de las leyes naturales, sino de nuestras instituciones; pero casi no puedo comprender qué relación tiene esto con la esclavitud; ¿se podrá perdonar que en un país se empleen, por ejem­plo, instrumentos a propósito para triturar los dedos de los esclavos, fundándose en que en otros países están sujetos los hombres a enfermedades tanto ó más dolorosas? Los que excusan a los dueños de esclavos y permanecen indife­rentes ante la posición de sus víctimas no se han puesto jamás en el lugar de estos infelices, ¡qué porvenir tan terri­ble, sin esperanza del cambió más ligero! ¡Figuraos cuál sería vuestra vida si tuviéseis constantemente presente la idea de que vuestra mujer y vuestros hijos -esos seres que las leyes naturales hacen tan queridos hasta a los esclavos­ han de ser arrancados del hogar para ser vendidos, como bestias de carga, al mejor postor! Pues bien; hombres que profesan grande amor al prójimo, que creen en Dios, que piden todos los días que se haga su voluntad sobre la tierra, son los que toleran, ¿qué digo?, ¡realizan esos actos! ¡Se me enciende la sangre cuando pienso que nosotros, ingleses, que nuestros descendientes, americanos, que todos cuantos, en una palabra, proclamamos tan alto nuestras libertades, nos hemos hecho culpables de actos de este género! Al me­nos me queda el consuelo de pensar que, para expiar nues­tros crímenes, hemos hecho un sacrificio mucho más grande que ninguna otra nación del mundo.

El 31 de agosto echamos en ancla por segunda vez en Porto-Praya, en el archipiélago de Cabo Verde; desde aquí nos vamos a las Azores, donde permanecemos seis días, y el día 2 de octubre saludamos las costas de Inglaterra. En Falmouth dejó el Beagle después de haber pasado cerca de cinco años a bordo de este encantador barquito.

Ha concluido nuestro viaje; sólo me queda echar una rápida ojeada sobre las ventajas y desventajas, los trabajos y las satisfacciones de nuestra navegación alrededor del mundo. Si se me preguntase mi opinión antes de empren­der un viaje largo, dependería por completo mi respuesta de las aficiones que el viajero tuviese por tal o cual ciencia y de las ventajas que pudiese obtener bajo el punto de vista de sus estudios. Es indudable que se experimenta viva satisfac­ción, contemplando países tan diversos, pasando, digá­moslo así, revista á las diferentes razas humanas; pero esa satisfacción no compensa ni con mucho las penalidades. Se necesita, por consiguiente, que haya un objeto, ya sea un estudio por completar, una verdad que descubrir, y que el objeto, en fin, tenga interés bastante para sosteneros y alentaros.

En efecto, es evidente que se empieza perdiendo mucho; hay que separarse de los amigos; hay que romper lazos que os unen con tantos recuerdos queridos.... Es verdad que os alienta, hasta cierto punto, la esperanza de volver; porque si, como dicen los poetas, la vida es un sueño, estoy seguro de que las visiones del viaje son las que más ayudan a pasar pronto una noche larga. Otras privaciones, que al principio no se sienten, producen pronto un gran vacío alrededor nuestro: la falta de una habitación independiente, donde poder descansar y recogerse; la sensación de prisa perma­nente; la privación de ciertas comodidades, la ausencia de la familia, la absoluta falta de música y de otros placeres que distraen la imaginación. No hay para qué decir, al hablar de cosas tan insignificantes, que se está habituado ya a las molestias reales de la vida de marino y que no se teme ya nada a excepción de los accidentes propios de la navegación. En estos sesenta últimos años se han hecho, en realidad, mucho más fáciles los viajes lejanos. En tiempo de Cook, el que dejaba su casa para emprender tales expediciones se exponía a las más duras privaciones. Hoy puede darse la vuelta al mundo en un yacht, donde pueden disfrutarse las comodidades más exquisitas. Además de los progresos realizados en la construcción de los buques, sobre los pro­gresos en los recursos navales, están bien conocidas todas las costas occidentales de América, y es ya Australia país civilizado. ¡Qué diferencia no hay entre un naufragio en el Pacífico hoy, y en la época de Cook! ¡Desde los viajes de éste, todo un hemisferio ha entrado en la vía de la civilización!

El que se maree, mire despacio lo que hace antes de emprender un viaje largo. No es enfermedad de que se vea uno libre en pocos días; y hablo por experiencia. Si, por el contrario, se tiene afición al mar, sin interesan las manio­bras de a bordo, hay seguridad de tener en qué ocuparse; pero no debe olvidarse que son muchos menos los días de escala en los puertos en comparación de los muy largos paseos por el mar. ¿Y qué son, después de todo, las tan decantadas bellezas del inmenso océano! El océano es una soledad angustiante, un desierto de agua, como lo llaman los árabes. Cierto es que ofrece algunos espectáculos dignos de admirarse, como, por ejemplo, una noche de luna, en que brillan en el cielo innumerables estrellas y los vientos alisios hinchen las blancas velas del buque; o la calma perfecta, cuando el mar está liso como un espejo, todo tranquilo y apenas si el menor soplo hace oscilar las velas que cuelgan inútiles de los respectivos palos. También es hermoso pre­senciar los comienzos de una borrasca, cuando el viento levanta olas como montañas; pero ¿lo diré? Me había figu­rado algo más grandioso, más terrible. Una tempestad vista desde la costa, con los árboles doblados por el viento, los pájaros luchando trabajosamente, el brillo de los relámpa­gos y el ruido de los torrentes que indican el batallar de los elementos, ofrece, en realidad, mucho más hermoso cuadro. En el mar parecen hallarse muy a gusto los albatros y los petreles; sube y baja el agua como si llénase su misión acostumbrada; barco y tripulantes parece que son objeto único de furor de los elementos. Indudablemente es distinto el cuadro, presenciado desde lo alto de una costa salvaje Y produce entonces impresión mucho más profunda.

Volvamos la vista ahora a cosas más agradables de la escena. El placer que nos ha causado el aspecto general de. los diferentes países que hemos visitado ha sido, sin dis­puta, el más constante manantial de nuestras satisfacciones. Es más que probable que la pintoresca hermosura de muchos puntos de Europa sea superior a todo lo que hemos visto; pero siempre se experimenta cierto placer compa­rando los caracteres de los diferentes países, cosa que difiere en cierto modo de la admiración que despierta la simple belleza. Depende, en primer lugar, ese placer del conoci­miento que pueda tenerse de las regiones especiales de cada país. Por mi parte, me inclino mucho a creer que una per­sona que conozca la música como para poder apreciar cada nota aislada, apreciará mejor el conjunto en un concierto, si tiene buen gusto; así como el que pueda apreciar en detalle todas las partes de un paisaje está más en condiciones de formar idea del total. Un viajero debe, pues ser botánico; porque en todos los paisajes, el más hermoso ornamento lo forman las plantas. Los grupos de rocas peladas, aunque afecten las formas más agrestes, pueden presentar sublime aspecto por unos instantes; pero este espectáculo no tarda en resultar monótono. Revístanse esas rocas de colores espléndidos, como en Chile septentrional, y tendremos una escena fantástica; pero cúbrase de vegetación, y nos dará un cuadro admirable.

Cuando he dicho que los paisajes de muchos lugares de Europa son quizá más pintorescos que todo lo que hemos visto, entiéndase bien que exceptuamos las zonas intertropicales; pero ya he tratado de indicar varias veces cuáles el género de grandeza de aquellas regiones. La fuerza, la viveza de las impresiones, depende la mayor parte de las veces de las ideas previas. Puedo asegurar que he agotado mis ideas repasando las narraciones personales de Hum­boldt, cuyas descripciones superan a cuanto de más mérito he leído; y sin embargo, a pesar de las ilusiones que yo había creído forjarme, no he experimentado el más mínimo des­encanto al desembarcar en el Brasil.

Entre los cuadros que más honda impresión han causado en mi espíritu, ninguno tan sublime como el aspecto de las selvas vírgenes en que no hay ni vestigios de paso del hom­bre; sean éstas las del Brasil, donde domina la vida en toda su exhuberancia; sean las de la Tierra del Fuego, donde se enseñorea la muerte. Ambas son dos verdaderos templos llenos de todas las producciones del Dios naturaleza. Creo que no hay nadie que pueda penetrar en estas soledades inmensas sin experimentar viva emoción y sin comprender que hay en el hombre algo más que la vida animal. Cuando evoco los recuerdos del pasado, se representan en mi memoria muchas veces las llanuras de la Patagonia, a pesar de la conformidad en que se hallan todos los viajeros en afirmar que aquello no son otra cosa que miserables desier­tos. Casi no pueden atribuírsele sino caracteres negativos; no hay, en efecto, habitaciones, agua, árboles ni montes; apenas se hallan algunos arbustos raquíticos. ¿Por qué, pues, han hecho en mí, y no soy único ejemplo, tanta impresión aquellos desiertos? ¿Por qué las pampas, todavía más llanas, aunque más verdes y más fértiles y que por lo menos son útiles al hombre, no me han producido impre­sión semejante? No trato de analizar estos sentimientos, pero en parte deben provenir del libre campo abierto a la imaginación. Las llanuras de Patagonia son ilimitadas; ape­nas puede atravesárselas; por eso son tan desconocidas; parece que desde hace siglos deben hallarse en el estado en que hoy se ven y que para siempre han de seguir sin cambio alguno en su superficie. Si, como suponían los antiguos, fuese la tierra plana y rodeada por una faja de agua o por desiertos, verdaderas hornazas, imposibles de atravesar, ¿quién dejaría de experimentar profunda, aunque indefi­nida sensación, al borde de esos límites impuestos a los conocimientos humanos?

Quédame que señalar bajo el punto de vista pintoresco, el panorama que se desarrolla a los pies del viajero situado en la cima de una montaña elevada. El cuadro bajo ciertos puntos de vista, no es, en realidad hermoso, pero el recuerdo que deja impreso perdura largo tiempo. Cuando, llegado a la más alta cresta de la cordillera, por ejemplo, miramos a nuestro alrededor, quedamos estupefactos, por el desembarazo de los detalles y las dimensiones colosales de las masas que nos rodean.

Respecto de los seres animados, nada causa tanta extra­ñeza como los salvajes, es decir, el hombre en estado ínfimo. Se remonta el espíritu hacia el pasado y no puede menos de preguntarse si nuestros primeros antecesores se parecían a estos hombres, cuyos signos fisionómicos son para nosotros menos inteligibles que los de los animales domésticos; a estos hombres, que no tienen el instinto de esos animales, pero que tampoco parecen participar de la razón humana, o al menos de las artes que de ella se des­prenden. No creo posible describir la diferencia que existe entre el hombre salvaje y el civilizado. Puede decirse, sin embargo, que es casi la misma que se encuentra entre el animal silvestre y el doméstico. Gran parte del interés que encontramos contemplando a un salvaje es el mismo sen­timiento que nos impulsa a ver un león en el desierto, el tigre desgarrando su presa sobre el terreno, o el rinoceronte vagando por las ignotas llanuras del África.

También pueden contarse entre las escenas magníficas que hemos tenido ocasión de contemplar la Cruz del Sur, la Sombra de Magallanes y la otras constelaciones del hemis­ferio austral; los ventisqueros que llegaban hasta el mar y a veces caían verticalmente sobre él, las islas de coral cons­truidas por corales vivos; los volcanes en actividad; los efec­tos aterradores de un terremoto. Estos últimos fenómenos tienen quizá para mí atractivo especial por estar íntima­mente ligados a la estructura geológica del globo. Sin embargo, para todo el mundo debe ser el terremoto suceso capaz de producir impresión profunda. Acostumbrados desde la infancia a considerar la tierra como el tipo de la solidez, sentirla oscilar bajo nuestros pies como pudiera hacerlo una delgada película; ver las más sólidas y más soberbias obras del hombre derruidas en un instante, ¿cómo no han de hacer sentir la pequeñez de esta pretendida potencia de que tan orgullosos nos mostramos?

Se dice que la afición a la caza es una pasión inherente al hombre, último vestigio de un instinto poderoso. Si esto es así, estoy seguro de que el placer de vivir al aire libre con el cielo por techo y el suelo por mesa, forma parte de ese mismo instinto: el del salvaje vuelto a sus costumbres pri­mitivas. Recuerdo siempre mis excursiones en lancha, y mis viajes a través de los países no habitados con una satisfac­ción que no me hubiese producido ninguna escena civili­zada. Es indudable que todos los viajeros recuerdan con vivísima satisfacción las sensaciones que han experimen­tado al verse en medio de un país en que o no ha entrado nunca o rara vez penetró el hombre civilizado.

Un viaje largo tiene otros muchos motivos de satisfac­ción de naturaleza más razonable. El mapamundi deja de ser una vana imagen para un viajero y se convierte en cuadro cubierto de las más animadas y diversas figuras. Cada porción de ese mapa recobra las dimensiones que le corresponden; no se miran ya los continentes como peque­ñas islas, ni éstas como puntitos, sino que muchas se ven como realmente son, mayores que muchos reinos de Europa. África, Norteamérica, Sudamérica, son nombres sonoros que se pronuncian con facilidad; pero sólo después de haber navegado durante semanas enteras a lo largo de sus costas, se llega a comprender cuán inmensos espacios implican estos nombres en nuestro globo.

Cuando se considera el actual estado del hemisferio aus­tral, no se puede menos de esperar mucho respecto de su futuro progreso. No creo que puede hallarse en la historia ningún símil de progresos del hemisferio austral, y que tan de cerca han seguido a la introducción, del cristianismo. Tanto más notable es el hecho cuanto que apenas hace sesenta años, un hombre cuyo excelente juicio no puede ponerse en duda, el capitán Cook, no preveía cambio semejante; a pesar de lo cual se han realizado por el espíritu filantrópico de la nación inglesa3 .

Australia viene a ser, en el mismo hemisferio, un gran centro de civilización, e indudablemente será dentro de poco la reina de esta mitad del mundo. No puede un inglés visitar estas colonias sin sentirse orgulloso y satisfecho. Izar en cualquier parte la bandera inglesa es asegurarse de que se llama allí la prosperidad, la civilización, la riqueza.

En resumen; paréceme que nada hay tan provechoso para un naturalista joven, como un viaje por apartadas tie­rras; satisfaciéndolo en parte, afina ese ardor, esa necesidad de saber, que, según sir J. Herschel, tiene en sí todo hombre. La novedad de los objetos, la posibilidad de los éxitos, comunican al joven sabio doble actividad. Además, como un gran número de hechos aislados no tarda en perder todo interés, se dedica a compararlos y llega a generalizar. Por otra parte, como el viajero, fuerza es decirlo, permanece poco tiempo en cada lugar, no pueden sus descripciones cargarse de detalles de observación, de lo que resulta, y esto me ha costado muy caro, que siempre se está dispuesto a reemplazar los conocimientos que faltan con hipótesis poco fundadas.



Pero me ha proporcionado tan grandes alegrías este viaje, que, no dudo en recomendar a todos los naturalistas, aun cuando no puedan lograr tan amables compañeros como los míos, que viajen a todo trance y emprendan excur­siones por tierra, si es posible, o si no largas travesías. Se puede estar seguro, salvo en casos extremadamente raros, de no tener demasiadas dificultades graves que vencer, ni grandes peligros que afrontar. Ejercitan estos viajes la paciencia, borran todo rastro de egoísmo, enseñan a elegir por uno mismo y a acomodarse a todo; en una palabra, dan las cualidades que distinguen a los marinos. También ense­ñan los viajes un poco a desconfiar, pero permiten descu­brir que hay en el mundo muchas personas de corazón excelente, dispuestas siempre a serviros aun cuando no se las haya visto jamás ni deban volverse a encontrar nunca.


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