Viaje de un naturalista alrededor del mundo



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CAPITULO XX

SUMARIO: Isla Keeling- Aspecto original.- Transporte de granos.- Pájaros e insectos.- Manantiales.- Campos de coral muerto.- Piedras transportadas en raíces de árboles.- Gran escarabajo.- Coral urticante.- Pez que come coral.- Islas de coral.- Attols (arrecifes de coral).- Profundidad a que pueden vivir los corales.- Hundimiento.- Arrecifes barreras.- Arreci­fes guarniciones.- Conversión de los arrecifes guarniciones y de los arrecifes barreras en attols- Pruebas de cambios de nivel.­Aberturas en los arrecifes barreras.- Attols de las Maldivas; su configuración particular.- Arrecifes muertos y sumergidos. Áreas de depresión y de levantamiento.- Distribución de los vol­canes.- Hundimientos lentos y considerables.

Irla Keeling- Irlas de coral.

1.0 de abril de 1836.- Llegamos a la vista de la isla Keeling o isla de los Cocos, situada en el océano Indico, a unas 600 millas de la costa de Sumatra. En un attol o isla de coral semejante a los que ya hemos visto en el archipiélago Peligroso. En el instante en que el barco entra en el paso, Mister Liesk, residente inglés, viene a nuestro encuentro en su lancha. En pocas palabras puede contarse la historia de los habitantes de esta isla. Hace nueve años que un aventu­rero, Mister Hare, sacó del archipiélago indio cierto número de esclavos malayos, que hoy llegarán quizá, incluyendo los niños, a unos ciento. Poco tiempo después, cierto capitán Ross, que había visitado ya estas islas, llegó de Inglaterra, llevando a su familia para establecerse en este punto; iba con él, sirviéndole de segundo Mister Liesk. Los esclavos malayos abandonaron la isla en que se había establecido Mister Hare parea ir a unirse con el capitán Ross, teniendo el primero que abandonar la isla.

Los malayos son hoy libres bajo el punto de vista de su trato individual por lo menos; pero, bajo los demás conceptos, se les considera como esclavos. No van las cosas muy bien, sin duda por el descontento de estos malayos, por los cambios frecuentes de isla a isla y algo también por no haber un jefe de voluntad enérgica. No tiene la isla ningún cuadrúpedo doméstico, fuera del cerdo; el principal pro­ducto vegetal es el cocotero. Toda la prosperidad de esta isla se basa en este árbol; exportándose aceite de coco y hasta sus nueces, que van a Singapoore y á la isla Mauricio, donde las emplean de diferentes maneras. Los cerdos, que son muy gordos, los pollos y los patos se alimentan casi exclusiva­mente de nueces de coco. También se encuentra en esta isla un inmenso escarabajo terrestre al cual ha dotado la naturaleza de los instrumentos necesarios para abrir esta preciosa fruta.

El anillo de coral que rodea la isla principal está coronado en varios puntos por pequeños islotes. En la parte norte hay en este anillo un paso por el que pueden entrar los barcos. Cuando se penetra en esta especie de lago interior, es muy curioso y hasta hermoso el espectáculo, principal­mente por el esplendor de los colores. En el interior del lagoon el agua transparente, tranquila, poco profunda, des­cansa en casi toda su extensión sobre un fondo de arena blanca, de modo que cuando está iluminada por los rayos verticales del sol, afecta los más brillantes matices verdes; una línea de rompientes, cubiertas siempre de espuma, separa este lago tranquilo de las agitadas aguas del océano; por otra parte, las achatadas capas de los cocoteros inte­rrumpen el azul del cielo. ¿Quién no ha observado el encan­tador contraste que una nube blanca produce en el oscuro azul del cielo? Pues ese es el efecto de estos lagos en los cuales oscurecen acá y acullá los tintes brillantes del agua grupos de corales vivos.

A la mañana siguiente desembarco en la isla de la Direc­ción, que no tiene más que unos cuantos cientos de metros de anchura, y termina por el lado del lago en unas rocas calcáreas blancas cuya radiación se hace insoportable a la vista; por el lado del océano termina por un banco de coral muy grueso que rompe la violencia de las olas más grandes.

En su totalidad forman el suelo fragmentos redondeados de coral, a excepción del lado del lago, en que hay un poco de arena. Es indispensable de todo punto el clima de las regio­nes intertropicales para producir una vegetación vigorosa en un suelo tan petroso y tan árido. ¡Y qué elegantes resul­tan estos bosques de cocoteros que crecen en pequeños islo­tes rodeados por un anillo de arena blanca deslumbradora!

Voy ahora a decir algo sobre la historia natural de estas islas, cuya misma pobreza despierta cierto interés. A pri­mera vista parece que el cocotero es el único representante de esta selva, y, sin embargo, hay otras cinco o seis calidades de árboles. Una de estas especies adquiere una altura respe­table; pero es tan tierna su madera, que no puede utilizarse; otra hay, por el contrario, de muy buenas condiciones para la construcción. Aparte de los árboles, es muy limitado el número de plantas, que no son más que gramíneas insigni­ficantes. En mi colección, que creo que comprende la flora completa de estas islas, hay veinte especies de plantas, sin contar un musgo, un liquen y un hongo. A este total hay que agregar dos árboles: uno, que no estaba en flor cuando yo lo estudiaba, y otro que no he visto. Este último es único en su especie; crece cerca de la costa donde han llevado las olas un solo grano de su semilla. En uno de los islotes hay también una Guilandina. No incluyo en la lista que acabo de hacer la caña de azúcar, la banana, ciertas legumbres, algunos árbo­les frutales y varias gramíneas, porque han sido importadas. La formación es exclusivamente de coral, y antes han debido ser simples arrecifes, por lo cual todas las produc­ciones terrestres han debido ser llevadas por las olas. Me participa el doctor Henslow, que de las veinte especies de que acabo de hablar, pertenecen a distintos géneros, diez y nueve, y éstos son ¡de diez y seis familias diversas!

M.A.S. Keating, que ha vivido un año en estas islas, indica en los Viajes de Holman las semillas y demás objetos que han sido aportados por las olas. «En la costa, dice, se encuentran muchas veces semillas y plantas que vienen de Java y de Sumatra. he visto entre ellas el kimiri, indígena de Sumatra y de la península de Malaca; la nuez de coco de Balci, notable por su forma y tamaño; el Dadass, que plan­tan los malayos al mismo tiempo que el pimentero, alrede­dor del cual se arrolla éste último, enganchándose en las espinas que cubren su tronco; el árbol del jabón, el ricino; troncos de palmera sagú y varias clases de semillas descono­cidas para los malayos establecidos en la isla. Se supone que todas esas semillas han sido llevadas por el monzón del noroeste hasta la costa de Nueva Holanda, y desde ésta por el alisio sudeste hasta las islas Keeling. Se han encontrado también sobre la costa verdaderas masas de teck de Java y de madera amarilla, además de inmensos troncos de cedro blanco y rojo y del gomero de Nueva Holanda. Las semillas duras, tales como las de las plantas trepadoras, llegan en perfecto estado de conservación; pero las blandas, tales como las del mangostín, pierden su poder germinativo. Por último, se han encontrado en la costa canoas de pesca que venían, probablemente, de Java». Muy interesante es ver cuán numerosas son las semillas que, procedentes de varios países, transporta el océano a través de su inmensidad Me asegura el profesor Henslow que casi todas las plantas que de esas islas he traído, son especies que crecen, por lo gene­ral, en la costa en el archipiélago índico. Pero la dirección de los vientos y de las corrientes opone obstáculo insuperable para que vengan aquí en línea recta. Si, como indica con mucha razón Mister Keating, han ido primero las semillas a la costa de Nueva Holanda, para volver hasta aquí con los productos de éste último país, antes de hallar terreno apro­piado para su desarrollo han debido recorrer un espacio de 1.800 a 2.400 millas.

Chamisso, describiendo el archipiélago Radack, situado en la parte occidental del océano Pacífico, dice que «el mar lleva a aquellas islas las semillas y los frutos de muchos árboles desconocidos en el archipiélago; y la mayor parte de ellos conservan la facultad de germinar». Dícese también que se han encontrado en estas costas palmeras y bambúes, procedentes de algunos países de la zona tórrida y troncos de pinos septentrionales, que deben haber recorrido una distancia inmensa. Estos hechos son muy interesantes; y es indudable que si hubiese pájaros terrestres que recogiesen las simientes en cuanto llegan a la costa y fuese más apto el suelo para su crecimiento, la más desolada de estas islas tendría muy pronto una flora mucho más abundante que la que hoy tienen.

La lista de los animales terrestres es aún más pobre que la de las plantas. Un ratón traído en un barco, procedente de la isla Mauricio, que naufragó aquí, habita alguno de estos islotes. Mister Waterhouse considera estos ratones idénticos a la especie inglesa; sin embargo, son más peque­ños y de color más brillante. No se encuentran aves terres­tres, puesto que una becada y un rascón (Rallos Philipen­sis), aunque viven en las hierbas secas, pertenecen al orden de las zancudas. Dícese que en varias isletas bajas del Pací­fico se encuentran aves de este orden. En la Ascensión, donde no hay aves terrestres, fue muerto un rascón (Porphyrio simplex) cerca de la cumbre de un monte: evi­dentemente se trataba de un viajero solitario. En Tristán de Acuña, donde según Carmichael, no hay más que dos pája­ros terrestres, hay una zarceta. Dados estos hechos, creo que las zancudas son por regla general, entre las innumerables especies de palmípedas, los primeros colonos de las peque­ñas islas aisladas. Puedo añadir que siempre que he obser­vado aves que no pertenecían a las especies oceánicas, muy adentro en el mar, eran siempre de este orden; es, por lo tanto, muy natural que sean los primeros colonos de las tierras apartadas.

En representación de los reptiles no he visto más que un lagarto pequeño. He puesto el mayor cuidado en coleccionar todas las especies de insectos; hay trece, sin contar las ara­ñas, que son numerosas. Entre esas especies no hay más que un escarabajo. Una hormiguilla que se encuentra a millares debajo de los bosques sueltos de coral es el-mismo insecto en realidad abundante. Pero si los productos de la tierra son poco numerosos, puede decirse que las aguas inmediatas rebosan de seres orgánicos en número infinito. Chamisso ha descrito la historia natural de una isla semejante, en el archipiélago Radaek, y es muy notable ver que sus habitantes, tanto por el número como por la especie, se parecen mucho a los de la isla Keeling. Encuéntranse un lagarto y dos zancudas, esto es, una gallineta ciega y un chorlito; hay diez y nueve especies de plantas, comprendiendo un hele­cho; y algunas de esas especies son idénticas a las que crecen aquí, aun cuando se hallen separadas las islas por distancia extraordinaria y en océanos distintos.

Las largas cintas de tierra que forman los islotes salen fuera del agua nada más que lo preciso para que la ola pueda arrojar sobre ellos fragmentos de coral, y el viento acumular allí arenas calcáreas. El banco de coral plano y sólido que reviste el exterior rompe la violencia primera de las olas, que, de otro modo, en un día arrastrarían los islotes con todas sus producciones. Océano y tierra firme parece que luchan de continuo en estos sitios a ver quién arrastrará a quién; ahora bien, aun cuando la tierra haya, en cierto modo, obtenido la victoria, no quieren todavía los habitan­tes del agua abandonar un terreno que parece que miran como de su propiedad. Por todas partes se encuentran esca­rabajos eremitas de más de una especie que llevan a la espalda conchas robadas en la costa inmediata. Rabihorca­das, ocas y esterletas, perchean en gran número sobre los árboles; no se ve otra cosa más que nidos y la atmósfera está apestada con el olor del estiércol de las aves. Las ocas, posadas en sus toscos nidos, os miran pasar con aire estú­pido, pero irritado. Los bobos, como lo indica su nombre, son animalitos estúpidos también. Sin embargo, hay un pájaro precioso, que es una golondrina de mar, blanca como la nieve, que se cierne a pocos pies de elevación sobre la cabeza del que la contempla, como si con sus hermosos ojos negros estudiase nuestra fisonomía. No hay que hacer grandes esfuerzos de imaginación para figurarse que algún hada errante habita en aquel ligero y delicado cuerpo.

Domingo. 3 de abril.- Después del Ejercicio Divino acompaño al capitán Fitz-Roy hasta la colonia situada a unas cuantas millas más arriba de la punta de un islote cubierto de inmensos cocoteros. El capitán Ross y Mister Liesk habitan una especie de hórreo, abierto por sus dos extremos y tapizado por dentro con esteras de cortezas. Las casas de los malayos están enfiladas a lo largo de la costa. Toda la aldea presenta el aspecto de la desolación, puesto que no hay jardines, ni vestigios de cultivo. Los habitantes pertenecen a diferentes islas del archipiélago índico, pero todos hablan la misma lengua. Encontramos allí indígenas de Borneo, de las Célebes, de Java y de Sumatra. Tienen la piel del mismo color que la de los taitianos y las facciones casi idénticas a las de éstos. Algunas mujeres presentan, sin, embargo, rasgos de tipo chino. En general puedo asegurar que sus fisonomías y el timbre de su voz me han agradado. Parecen ser muy pobres; en sus casas no hay ningún mue­ble; pero los hermosos niños que he visto demuestran bien que las nueces de coco y las tortugas forman todo un magní­fico alimento.

En esta isla es en la que se hallan los manantiales en que pueden los barcos proporcionarse agua. Raro parece el que el agua dulce suba y baje con la marea, y hasta ha llegado a creerse que el agua de estos pozos no era más que agua de mar desprovista de sus principios salinos por la filtración a través de la arena1. En algunas de las islas bajas de las Indias occidentales, son muy comunes los pozos que parti­cipan de los movimientos de la marea.

El agua de mar penetra en la arena comprimida o en las rocas porosas de coral como en una esponja; ahora bien, la lluvia que cae en la superficie, debe bajar hasta el nivel del mar circundante y acumularse allí, desalojando un volumen igual de agua salada. A medida que el agua que se encuentra en la parte inferior de esta gran masa de corales, que hemos comparado con una esponja, sube y baja con la marea, debe seguir el mismo movimiento el agua situada más cerca de la superficie; por eso sigue siendo dulce si está en masa sufi­cientemente compacta para no dejar facilidad a que se veri­fique la mezcla mecánica. Pero allí donde esté formado el suelo por grandes bloques de coral, si se hacen pozos se obtendrá siempre agua salobre.

Después de comer nos quedamos para ver una escena medio supersticiosa que representan las mujeres indígenas. Una gran cuchara de madera, vestida y transportada sobre la tumba de uno de los suyos, recibe, dicen ellas, inspiracio­nes a la luz de la luna y baila. Después de algunos prepara­tivos, sostenida la cuchara por dos mujeres, se agitó con movimientos convulsivos y empezó a bailar siguiendo el compás del canto de las mujeres y de los niños. Era aquello un espectáculo absurdo; pero sostiene, sin embargo, Mister Liesk que la mayor parte de los malayos creen el movi­miento espontáneo de la cuchara. El baile no empieza hasta que sale la luna; pero yo no sentí haberme quedado, porque me resultó magnífico el espectáculo de la luna brillando por entre las largas ramas de los cocoteros, débilmente agitados por la brisa de la noche. Estas escenas de los trópicos son tan deliciosas, que casi igualan a las de la patria que por tantos conceptos nos son tan queridas.

Al día siguiente estudié el origen y formación, tan senci­llos como interesantes, de estas islas. Hallándose el mar sumamente tranquilo avanzo hasta los bancos de coral vivo, en los que se rompen las grandes olas, y observo en todas partes magníficos peces verdes y admirables zoófitos; admirables bajo el punto de vista de la forma y del color. Me explico muy bien que se experimente vivo entusiasmo a la vista del número infinito de seres organizados que pueblan los mares de los trópicos; y sin embargo, debo añadir que los naturalistas que han descrito en términos bien conoci­dos las grutas submarinas adornadas de mil bellezas han cedido muy poco a los impulsos de su imaginación.

6 de abril.- Acompaño también al capitán hasta una isla situada al extremo del lagoon; circula el canal a través de campos de coral de ramas delicadas. Vemos varias tortugas, y dos lanchas ocupadas en su persecución. Tan profunda y transparente es el agua, que aun cuando la tortuga se sumerge muy deprisa la vuelven a ver al instante los pesca­dores de la canoa. En la proa va un hombre preparado para lanzarse sobre la presa, y tan luego como la ve salta sobre ella, la coge por el cuello y se deja arrastrar hasta que el animal se rinde; entonces es muy fácil dominarlo. Era muy entretenido ver las dos lanchas caracolear en todos los sen­tidos y a los hombres arrojándose de cabeza para caer sobre sus víctimas. Me cuenta el capitán Moresby que en el archi­piélago de las Chagos, en el mismo océano, tienen los indígenas un procedimiento horrible para desprender el capa­razón de las tortugas vivas. «Cubren la tortuga con ascuas para que el caparazón se ablande y desprenda, y lo despegan luego con un cuchillo, aplastándolo después entre dos plan­chas antes que se enfríe. Concluido este bárbaro trato dejan que la tortuga vuelva al mar, donde al cabo de algún tiempo se les forma otro caparazón, aunque tan delgado que no puede utilizarse, y los animales viven siempre enfermos después de sufrir esta horrorosa operación».

Llegados al extremo del lagoon atravesamos un estrecho islote, donde rompen espumosas las olas en el lado del viento. No puedo explicar con facilidad las razones por las cuales encuentro tanta magnificencia en el espectáculo de las costas exteriores de estos islotes de coral. ¿Será quizá por la sencillez de esta gran barrera donde vienen a rom­perse las olas furiosas, o por la belleza de estos bosques verdes de cocoteros, o bien por la manifesta fuerza de esta muralla de coral muerto sembrado acá y allá de grandes bloques? El océano cubre por siempre con sus aguas el ancho arrecife; siendo, como se comprende, un enemigo omnipotente, casi invencible, y vencido, sin embargo, por medios que a primera vista parecen tan débiles e ineficaces. Y no es que el océano perdone a la roca de coral: los frag­mentos dispersos sobre el arrecife y acumulados sobre la costa, donde se alzan los cocoteros, prueban, por el contra­rio, la violencia de las olas. Esa potencia actúa sin cesar; la ola grande originada por la acción suave, pero constante, de los vientos alisios, que siempre soplan en la misma direc­ción y en superficie inmensa, engendra otras olas que tienen casi la misma violencia de las que observamos durante una tempestad en las regiones templadas; pues esas olas hieren constantemente al arrecife, sin punto de reposo. No es posible ver estas olas sin adquirir el pleno convencimiento de que, aun cuando se construyese una isla de las rocas más duras, de pórfido, de granito, o de cuarzo, acabaría por sucumbir ante tan irresistible presión. Sin embargo, estos insignificantes islotes de coral resisten y cantan victoria: y es que otra potencia viene en auxilio suyo en el combate. Las fuerzas orgánicas, roban a las espumosas olas, uno a uno, lo átomos de carbonato de cal y los absorben para transformarlos en una construcción simétrica Rómpalas la tempestad, si quiere, en mil fragmentos, ¡qué importa! ¡Qué significará ese desgarramiento pasajero comparado con el trabajo de miles de millones de arquitectos siempre activos, noche y día, meses, años, siglos! ¿No es, pues, soberbio espectáculo ver que el cuerpo blando y gelatinoso de un pólipo vence, por medio de las leyes de la vida, la inmensa potencia mecánica de las olas de un océano, a que ni la industria del hombre, ni las obras inanimadas de la natura­leza han podido resistir con éxito?

Hemos regresado muy tarde por habernos pasado largo tiempo en la lancha examinando los campos de coral y las gigantescas conchas de las Cames; si se le ocurriese a un hombre introducir la mano en estas conchas, no podría sacarla mientras el animal viviese. Cerca del extremo del lagoóns me ha sorprendido mucho encontrar un campo, demás de una milla cuadrada, cubierto de un bosque de corales de ramas delicadas, que aun cuando todavía se mantenían erguidas, se hallaban todas muertas y caían en ruinas.

Al principio me costó trabajo comprender las causas productoras de este resultado, y pensé si se trataría del efecto de una combinación de circunstancias curiosa. Comenzaré por decir que el coral no sobrevive a poco que se exponga a los rayos del sol, por lo cual el límite superior de su crecimiento lo determina el nivel de las mareas bajas. Si hemos de dar fe a lo que indican los antiguos mapas, la isla larga que existe en la dirección del viento estaba dividida en lo antiguo en varios islotes por medio de anchos canales, probando la verdad de esta afirmación el hecho de ser los árboles de estas partes más jóvenes y más verdes. En las condiciones antiguas del arrecife, una brisa fuerte, echando el agua por encima de la barrera, tendía a elevar el nivel de las aguas del lago. Hoy todo obra en sentido contrario, pues, en efecto, no sólo no aumenta el agua del lago por corrien­tes exteriores, sino que la despide la fuerza del viento. Por eso se ha observado que cerca del extremo del lago no se eleva tanto la marea con viento fuerte como con tiempo de calma. Esa diferencia de nivel, aun siendo tan pequeña, es la que, en mi concepto, ha originado la muerte a esas ramitas de coral que habían alcanzado el límite superior de su cre­cimiento en las antiguas condiciones del arrecife exterior.

Pocas millas al norte de Keeling hay otro pequeño attol, cuyo lagoon está casi relleno por el lodo del coral. Empo­trado en el conglomerado encontró el capitán Ross, en la costa exterior, un pedazo de -gres redondeado poco más grueso que la cabeza de un hombre, causándole tanta sor­presa este hallazgo que recogió la piedra y la conserva como curiosidad. Muy extraordinario es, en efecto, encontrar esta piedra única en un punto en que todo cuanto hay sólido está formado de materias calcáreas. Estas islas han sido poco visitadas y no es probable que haya naufragado en ellas ningún buque. A falta de mejor explicación, me atengo a creer que este bloc de gres ha debido venir transportado por las raíces de algún árbol corpulento. Por otra parte, considerando la inmensa distancia que hay a la tierra más pró­xima, pensando en los muchos obstáculos que existen para que sea aprisionada de tal modo una piedra, para que un árbol caiga en el mar, para que llegue flotando hasta tan lejos, y que llegue felizmente, y que se coloque la piedra de tal modo que pueda descubrírsela, decía para mis adentros que había ideado una explicación harto improbable; pero he tenido la satisfacción de ver confirmada mi explicación por Chamisso, el sabio naturalista que acompañó a Kotzebue, quien asegura que los habitantes del archipiélago Radack, grupo de islas de- coral situadas en medio del Pacífico, se proporcionaban las piedras necesarias para afilar sus herramientas, buscándolas entre las raíces de los árboles traídos por las olas a las costas de las islas.

Es, pues, evidente que han debido encontrarse varias veces, puesto que la ley del país ordena que las tales piedras pertenezcan a los jefes, y todo el que se apodere de una sufra castigo. Considerando la situación apartada de estas islas en medio de un océano inmenso -la gran distancia a que se encuentran de toda tierra que no sean islas de coral, demostrada por el valor que los habitantes, valientes nave­gantes como son, conceden a una piedra-; la lentitud de las corrientes del océano; parece en realidad extraño que pue­dan transportarse piedras de esa manera. Y sin embargo, podría suceder que esos transportes fuesen mucho más fre­cuentes de lo que pensamos, pues si, en efecto, estuviese compuesto el suelo adonde vienen a parar de algo más que de coral, apenas llamarían la atención, y además no se sos­pecharía siquiera su origen. Por último, puede que en mucho tiempo no se tenga prueba directa de estos transpor­tes, porque es fácil que los troncos, y en particular si llevan piedras, floten por debajo de la superficie. A cada paso se observan en las orillas de los canales que cruzan la Tierra del Fuego masas de madera en suspensión y, sin embargo, es muy raro ver un árbol en el agua. Estos hechos pueden servir para explicar la presencia de piedras angulosas o redondeadas que suelen encontrarse empotradas en los depósitos de sedimento.

Otro día he ido a visitar el islote occidental, en el cual es mucho más espléndida la vegetación que en las demás islas. Por regla general, crecen los cocoteros a cierta distancia unos de otros; pero aquí crecen los jóvenes a la sombra de sus inmensos padres y forman los más umbrosos retiros. Sólo aquellos que hayan tenido la fortuna de probarlo, saben cuán delicioso es descansar a la sombra de estos árbo­les y beber la fresca y agradable leche del coco. Hay en esta isla una especie de bahía, cuyo suelo es de blanquísima arena; es perfectamente horizontal y no se cubre de agua más que durante la marea alta; y forma pequeños ancones que entran en los bosques inmediatos. Este campo de arena blanco-brillante rodeado de magníficos cocoteros es un cua­dro encantador.

Ya he hecho referencia de un escarabajo que se alimenta de nueces de coco; es muy común en todos los puntos secos y adquiere un tamaño monstruoso; tiene parentesco muy próximo con el Birgus latro, si no es idéntico a él. El primer par de patas de este escarabajo termina en unas pinzas fortísimas y muy pesadas; el último par tiene otras más débiles pero muy afiladas. A primera vista parece imposible que un escarabajo pueda abrir una nuez de coco gruesa, cubierta por su corteza, pero Mister Liesk me asegura el hecho. Primero rompe el animal la cáscara, fibra por fibra, comenzando por el extremo en que se encuentran las tres aberturas de la nuez; cuando ya ha roto todas las fibras, se vale de las pinzas gruesas como de un martillo y golpea en las aberturas hasta que las despega. Entonces se vuelve y con las pinzas afiladas extrae la sustancia blanca albumi­nosa que se encuentra en el interior de la nuez: curioso ejemplo de instinto, como lo es también de adaptación de conformaciones entre dos objetos tan distantes entre sí, en el plan general de la naturaleza, como un escarabajo y un cocotero. El Birgue no sale más que de día, aun cuando se dice que todas las noches va al mar, para bañarse, sin duda Los jóvenes nacen en la costa. Estos escarabajos habitan en madrigueras profundas que labran debajo de las raíces de los árboles; en ellas acumulan inmensas cantidades de fibras de las que quitan a los cocos y se hacen verdaderas camas sobre las cuales se acuestan. Los malayos recogen esas masas de fibras, y las emplean como estopa. Estos escaraba­jos son muy buenos de comer; debajo de la cola de los más grandes se encuentra un depósito de grasa que, derretido, da más de un litro de aceite muy claro. Dicen algunos viajeros que los birgues se suben a los cocoteros para coger las nueces; pero yo declaro que dudo mucho que puedan hacerlo. Mister Liesk me asegura que, en estas islas, no se alimentan los repetidos escarabajos más que de las nueces caídas en el suelo.

Me dice el capitán Moresby que este escarabajo vive en el archipiélago de las Chagos y en el de las Sechelles, pero que no se halla en el archipiélago inmediato de las Maldivas. Lo había antes en abundancia en la isla Mauricio, pero ya no hay sino muy pocos y muy pequeños. Dicen que en el Pací­fico habita esta especie u otra de costumbres muy semejan­tes una sola isla de coral situada al norte del archipiélago de la Sociedad. Para probar la fuerza extraordinaria de las pin­zas con que terminan las patas delanteras de estos animales, puedo añadir que el capitán Moresby había encerrado uno en una caja fuerte de hoja de lata de las galletas, y sujetando la tapa con alambre; pues el escarabajo dobló hacia afuera los bordes de la caja y se escapó: en varios, puntos había agujereado además la caja.

Mucho me ha sorprendido encontrar dos especies de coral del género Millepora (Millepora complanata y alci­cornis), que tienen la facultad de urticar. Las ramas petrosas de estas especies, cuando se las saca del agua están duras al tacto, en lugar de ser untuosas, y emiten un olor fuerte y desagradable. La facultad de urticar varía en los distintos ejemplares; cuando se frota la piel de la cara o de los brazos con un pedazo de este coral suele sentirse -una sensación particular de quemadura que se produce con intervalo de un segundo y no dura más que unos cuantos minutos. Sin embargo, nada más que por tocarme la cara un día con una de esas ramitas, sentí dolor inmediato, que aumentó al cabo de algunos segundos, siguió siendo bastante vivo varios minutos, y todavía me duraba al cabo de media hora. El dolor es tan vivo como el que se siente cuando se tocan las ortigas, pero se parece mucho más a la quemadura produ­cida por la Fisalia; origina en la piel del brazo pequeños botones rojos (habones) que parece como si hubiesen de transformarse en pústulas; pero no sucede. Mister Quoy menciona esas picaduras producidas por las milleporas; también he oído yo hablar de los corales urticantes en las Indias occidentales. Muchos animales marinos tienen esa facultad de urticar: además de la crisálida, varios peces gela­tinosos y el aplysia o babosa de mar de las islas de Cabo­Verde, se lee en el Voyage de l'Astrolabe, que una actinia o anémona de mar y un zoófito flexible, pariente de las sertu­larias, poseen también este arma ofensiva o defensiva. Dícese también que en las Indias occidentales hay un alga armada del mismo modo.

Dos especies de peces del género Scarus son aquí muy frecuentes y se alimentan sólo de coral; los dos son de un color azul verdoso, precioso: uno habita siempre el lagoon, el otro los escollos del exterior. Me asegura Mister Liesk que ha visto muchas veces bandadas enteras, comiéndose los extremos de las ramas del coral: he abierto algunos y he encontrado sus intestinos llenos de una especie de arena calcárea amarillenta. Las holoturias (parientes de nuestra estrella de mar), esos peces viscosos e ingratos que tanto apetecen los gastrónomos chinos, se nutren también de coral si hemos de dar crédito al doctor Allán; y, por lo demás, el aparato óseo que se encuentra en el interior de su cuerpo, parece adaptarse muy bien a tal objeto. Las holotu­rias, los peces de que acabamos de hablar, las numerosas conchas cavadoras, los gusanos nereidas que taladran todos los bloques de coral muerto, deben ser los agentes produc­tores de la hermosa arena blanca, que se ve en el fondo y en las costas del lagoon. El profesor Eherenberg ha reconocido, sin embargo, que una parte de esa arena, que se parece mucho a la creta pulverizada cuando se moja, está com­puesta de infusorios de caparacete silíceo.

12 de abril.- Dejamos la isla Keeling por la mañana para irnos a la isla de Francia; me gusta mucho que haya­mos visitado estas islas, porque formaciones como éstas merecen casi el nombre de maravillas del mundo. Con una sonda de 7.200 pies de longitud no ha encontrado fondo el capitán Fitz-Roy a 2.000 metros sólo de la costa. Forma, pues, esta isla una montaña submarina elevadísima, cuyos costados más abruptos que los del cono volcánico más escarpado. Su vértice, en forma de salvilla, tiene cerca de diez millas de ancho; pues bien, cada átomo2 de este inmenso edificio, desde el más pequeño pedazo de roca hasta el más grueso lleva en sí la prueba de que resulta de composiciones orgánicas, y por considerable que sea este amontonamiento, es insignificante comparado con otros muchos que se conocen. Cuando los viajeros nos hablan de las dimensiones de las Pirámides y de algunas otras grandes ruinas, sentimos cierta sorpresa, pero ¡las ruinas más gran­des no son nada, al lado de estas montañas de piedra acumu­ladas por animalillos pequeñísimos! Son de tal naturaleza estas maravillas que no se presentan, desde luego, a nues­tros sentidos, sino que se necesita de la reflexión para poder apreciar toda su magnitud.

Voy a discutir brevemente las tres clases de arrecifes de coral, es decir, los attols, los arrecifes-barreras y los arreci­fes-guarniciones, y a explicar en pocas palabras mi opinión acerca de sus formaciones. Casi todos los viajeros que han atravesado el Pacífico han expresado la extrañeza que les causaba la vista de las islas de coral, o como las llamaré en adelante, dándoles su nombre indio, attols, casi todos han tratado también de dar alguna explicación. Ya en 1605 escribía Pyrard de Laval con razón: «Es una maravilla ver cada attollon de éstos rodeado por un banco de piedra en toda su extensión, sin tener nada de artificio humano». El furor de las olas que van a romperse contra esos arrecifes forma, con la escasa elevación del terreno y la tranquilidad de la hermosa agua verde del interior del anillo, un con­traste que no es posible comprender sin haberlo visto.

Los primeros viajeros pensaban que los animales cons­truían el coral edificando instintivamente grandes círculos, de modo que pudiesen habitar tranquilos la parte interior; pero esta explicación está tan lejos de la verdad, que los pólipos ordinarios, cuyo trabajo en el lado exterior asegura la existencia misma del arrecife, no pueden vivir dentro, donde florecen otras especies que fabrican ramas delicadas. Además, si nos colocamos en este punto de vista, hay que suponer que muchas especies, pertenecientes a géneros y familias distintas, combinan sus esfuerzos a un objeto común; y es sabido que no se encuentra en la naturaleza un solo ejemplo de esta clase de combinaciones. La teoría más generalmente adoptada es que los attols están basados en cráteres submarinos; pero si se considera con atención la forma y magnitud de algunos de estos attols, su número, su proximidad, y las posiciones relativas de otros muchos, es difícil conformarse con esta explicación. Así, el attol de Suadivia tiene 44 millas geográficas de diámetro en una dirección, y 34 en otra; el de Rimsky tiene 54 por 20 y un borde sumamente sinuoso; el de Bor 30 millas de longitud y un promedio de seis de ancho; el de Menchikoff consiste en tres unidos entre sí. Además, esta teoría no es aplicable a los attols septentrionales de las Maldivas en el océano Indico (uno de ellos de 88 millas de largo, y entre 10 y 20 de ancho); porque no están rodeados como los attols ordina­rios por arrecifes estrechos, sino por gran número de attols separados; otros attols pequeños se levantan en el interior de los grandes espacios que representa el lagoon central. Chamisso ha propuesto una tercera teoría que me parece más aceptable; sostiene, y esto está probado, que los corales crecen con más vigor cuando están expuestos a la ola del océano; por consiguiente, las partes exteriores deberían crecer más que las otras, lo cual explica la estructura en forma de anillo y en forma de copa. Pero en seguida vamos a ver que, en esta teoría, lo mismo que en la que toma un cráter por punto de partida para la formación, se ha descui­dado una consideración de suma importancia: ¿sobre qué han basado sus construcciones masivas los pólipos cons­tructores de arrecifes que pueden vivir a grandes profundidades?



El capitán Fitz-Roy ha hecho con mucho cuidado nume­rosos sondeos en el lado exterior escarpado del attol Kee­ling, y ha encontrado que hasta diez brazas de profundidad el sebo colocado bajo el plomo recoge invariablemente impresiones de corales vivos; pero queda tan limpio como si se le hubiese hecho bajar sobre una alfombra de césped A medida que aumenta la profundidad, van siendo las impre­siones cada vez menos numerosas, pero aumenta el número de las partículas de arena que se adhieren al sebo hasta que, por último, se hace evidente que el fondo consiste en una capa arenosa; para continuar la comparación que he hecho con el césped, disminuyen por grados las briznas de hierba hasta que resulta el suelo tan estéril que nada se encuentra en él. Confirmadas estas observaciones por otras muchas nos permiten dar por sentado que la profundidad a que pueden vivir los pólipos se halla entre 20 y 30 brazas. Ahora bien, en el océano Pacífico y en el Indico hay enor­mes superficies en las cuales no se encuentran más que islas de coral, y éstas no se levantan sobre las aguas más que lo suficiente para que las olas puedan arrojar fragmentos y los vientos acumular arenas. Por eso el grupo de attols del archipiélago de las Radack forma un cuadrilátero irregular que tren 520 millas de longitud y 240 de anchura; el archi­piélago Peligroso afecta una forma elíptica cuyo eje mayor tiene 800 millas y el menor 420. Hay otros grupos menores, otras islas solitarias muy bajas, entre estos dos archipiéla­gos, que comprenden un espacio longitudinal de 4.000 millas en el cual no se eleva ninguna isla por encima de la altura que acabamos de indicar. Además, hay en el océano Indico un espacio de 1.500 millas de longitud en el cual se encuentran tres archipiélagos en que todas las islas son bajas y formadas de coral. Como está probado que los pólipos constructores no pueden vivir a grandes profundidades, es muy cierto que, allí donde hoy se encuentra un attol, en estos grandes espacios ha debido hallarse una base a 20 ó 30 brazas de la superficie. No es probable en modo alguno que hayan podido depositarse en las partes centrales y más pro­fundas del océano Pacífico y del Indico y a inmensa distan­cia de todo continente, donde el agua está perfectamente límpida, capas extensas de sedimentos, altas, aisladas y de costados abruptos. Tampoco es probable que fuerzas de tensión hayan levantado en estos inmensos espacios bancos innumerables de rocas hasta 20 ó 30 brazas, es decir, hasta 120 ó 180 pies de la superficie del mar, y que ni un solo punto se haya alzado por encima de ese nivel. ¿Dónde, pues, encontraremos en toda la superficie del globo una sola cadena de montañas aunque no tenga más que unos cuantos cientos de millas de longitud, cuyos numerosos vértices se eleven todos al mismo nivel, sin que domine un solo pico? Luego si las fundaciones sobre las cuales se han establecido los pólipos constructores de attols no están formadas por sedimentos, si no han sido levantadas a ese nivel necesario, es indispensable que se hayan deprimido hasta ese nivel; y eso es lo que resuelve en el acto el problema.

En efecto, a medida que montaña tras montaña e isla tras isla desaparecían lentamente bajo la superficie del agua, se formaban nuevas bases sobre las cuales iban a establecerse los pólipos. Imposible entrar aquí en todos los detalles necesarios, pero no tengo inconveniente en desafiar a cual­quiera a que explique de otro modo la existencia de las muchas islas distribuidas en estos vastos espacios, bajas todas, y todas formadas de coral, cuyos constructores necesitaban de un punto de apoyo y a poca profundidad3.

Antes de explicar la causa de la forma especial de los attols hay que examinar la segunda clase de los arrecifes de coral, esto es, los arrecifes barreras. Estos se extienden en línea recta delante de las costas de un continente o de una isla grande o bien rodean las islas pequeñas; en ambos casos están separados de la tierra por un canal ancho y bastante profundo que se parece al lagoon del interior del attol. Rarí­simo es que se hayan estudiado tan poco los arrecifes barre­ras, porque son, en realidad, construcciones extraordinarias. En unos casos todo el arrecife se convierte en tierra firme; lo más frecuente es que haya una línea de grandes arrecifes en los cuales rompan de continuo las olas y acá y allá un pequeño islote cubierto de cocoteros separe las agitadas aguas del océano de las aguas verdes y tranquilas del canal. Este canal baña de ordinario una faja de terreno de aluvión que se encuentra al pie de las abruptas montañas centrales, faja cubierta por las más esplendorosas producciones de los trópicos.

Esos arrecifes que rodean por completo una isla, presen­tan todos los tamaños desde 3 a 44 millas de diámetro; el que se prolonga por una de las caras y rodea los dos extre­mos de Nueva Caledonia tiene 400 millas de longitud. Cada arrecife rodea una, dos o varias islas rocosas de diferentes alturas, y, en un caso, hasta doce islas separadas, hallándose a una distancia más o menos grande de la isla a que rodea: en el archipiélago de la Sociedad varía entre 1, 2 ó 4 millas. En Hogoleu se encuentra el arrecife a 20 millas de la isla central por el sur, y a 14 millas por el norte. También varía mucho la profundidad del canal; pudiendo decirse que alcanzan por término medio de 10 a 30 brazas; pero hay en Vanikoro puntos en que se encuentran en el canal profun­didades de 56 brazas ó 336 pies. Por dentro, baja el arrecife en pendiente suave en el canal o termina por un muro perpendicular que tiene a veces 200 ó 300 pies bajo el agua. Al exterior se levanta perpendicular el arrecife desde las profundidades del océano como un attol. ¿Puede haber nada más original que estas formaciones? Vemos una isla, que puede compararse a un castillo, situado en la cumbre de una elevada montaña submarina, protegido por un gran muro de coral siempre tallado a pico por fuera y muchas veces también por dentro, y cuyo vértice ancho es plano y en el cual se abren, de trecho en trecho, puertas estrechas a través de las cuales pueden entrar los mayores buques; esos pasos dan acceso al canal que podría compararse con un foso inmenso.

Mientras se trata del arrecife de coral en sí mismo, no hay la menor diferencia bajo el punto de vista de la magni­tud, del aspecto y aun de la agrupación de los menores detalles de estructura, entre un attol y un arrecife-barrera. El geógrafo Balbi hizo la observación muy razonable de que una isla rodeada por un arrecife es un attol en cuyo lagoon de corales, por lo que se parecen algo a los attols, de mismo perfecto.

¿Pero por qué se han levantado esos arrecifes a tanta distancia de las costas de las islas que rodean? No puede ser porque no puedan formarse los corales muy cerca de la tierra, puesto que en interior del canal, cuando las costas no están cubiertas de terrenos de aluvión, suelen llevar arreci­fes vivos; por otra parte; veremos pronto que hay una clase entera de arrecifes pegados a las costas de los continentes -y de las islas y que por esa razón los he llamado arrecifes­guarniciones. Todavía puede preguntarse sobre qué han fundado las construcciones que rodean las islas los pólipos que no pueden vivir a grandes profundidades. Punto es éste muy importante y que se ha descuidado por regla general: ya hemos hablado de él al tratar de los attols. ¿Será necesa­rio suponer que cada isla está rodeada por una especie de collar de rocas submarinas o por inmensas capas de sedi­mento que terminan abruptas en el mismo punto en que termina el arrecife? Si el mar hubiera roído profundamente estas islas antes que hubiesen sido protegidas por arrecifes, y hubiese dispuesto de ese modo alrededor de ellas una especie de plataforma a poca profundidad, las costas actua­les estarían en realidad guarnecidas por grandes precipi­cios; pero esto es muy raro. Además, si se adopta tal suposición, no es posible explicar por qué se habría levantado el arrecife como un muro al borde extremo de esa plataforma, dejando de ordinario, entre él y la isla, un espacio grande de agua, demasiado profundo para que pudieran desarrollarse los pólipos. La acumulación de un inmenso depósito de sedimento alrededor de estas islas, tanto más ancho por lo común cuanto más pequeñas son las islas, es también cosa poco probable, sobre todo teniendo en cuenta que estas islas están situadas en las partes más centrales y profundas del océano. Tomemos, por ejemplo, el arrecife de Nueva­Caledonia que se extiende a 150 millas más allá del extremo septentrional de la isla, simple prolongación de la línea recta que limita la costa occidental. ¿Es creíble que hayan podido depositarse sedimentos en línea recta frente a una isla elevada y que hayan prolongado los tales depósitos mucho más allá de su extremo? Por último, si examinamos otras islas oceánicas de igual altitud, aproximada y de cons­titución geológica análoga, pero no rodeadas de arrecifes de coral, buscaremos en vano a su alrededor esa profundidad de 30 brazas, excepto en la inmediación de las costas. En efecto, por regla general, las islas cuyas costas no son escar­padas, como suele suceder a la mayor parte de las oceánicas, estén o no rodeadas de arrecifes, se prolongan también abruptamente por debajo del agua. ¿Sobre qué, repito, des­cansan entonces esos arrecifes? ¿Por qué ese profundo canal interior? ¿Por qué están los arrecifes tan separados de la tierra que rodean? Enseguida vamos a ver que es muy fácil resolver estos problemas.

Pero antes examinaremos la tercera clase de arrecifes, arrecifes-guarniciones, para lo cual bastarán pocas palabras. Dondequiera que la tierra penetra abruptamente en el mar, no tienen estos arrecifes más que algunos metros de ancho, y forman una simple guarnición o franja alrededor de las costas; donde la tierra entra bajo el agua 1 en pendiente suave, el arrecife se extiende más lejos, a veces hasta a una milla de la tierra; los sondeos hechos, en este último caso, más allá del arrecife prueban siempre que la prolongación submarina de la isla baja en pendiente suave. En una pala­bra, los arrecifes no se extienden a más distancia de la costa que a la cual encuentran la base necesaria a una profundidad de 20 a 30 brazas. En cuanto al arrecife en sí, no hay dife­rencia esencial entre él y los que forman anillo o attol; siendo, sin embargo, menos ancho, y por consiguiente, con menos islotes encima. Como los corales crecen con más vigor por fuera, y como por el lado de la isla les sirven de impedimento los constantes depósitos sedimentarios, el lado exterior del arrecife está más alto y deja por lo común entre él y la tierra un canalito arenoso que tiene varios pies de profundidad. Dondequiera que se acumulan cerca de la superficie las capas de sedimento, como en algunos puntos de las Indias occidentales, se encuentran a veces rodeadas de corales, por lo que se parecen algo a los attols, del mismo modo que los arrecifes guarniciones se parecen un tanto a los arrecifes barreras cuando rodean islas que penetran en el mar en pendiente suave.

Toda la teoría sobre la formación de los arrecifes de coral, para ser satisfactoria, debe explicar las tres grandes clases que acabamos de señalar. Hemos visto que estamos obliga­dos a creer en la depresión de esas inmensas superficies, interrumpidas por islas bajas, de las cuales no se eleva nin­guna por encima de la altura a que el viento y las olas pueden arrojar arenas o bloques de rocas, y que, no obs­tante, han sido construidas por animales que necesitan un punto de apoyo, con la condición de que no esté a gran profundidad. Examinamos una isla rodeada de arrecifes guarniciones cuya explicación no presenta dificultad nin­guna, y suponemos que esta isla se sumerge lentamente. A medida que la isla baja, ya sea unos cuantos pies de una vez, ya insensiblemente, podemos asegurar después de lo que sabemos de las condiciones favorables al crecimiento del coral, que las masas vivas bañadas por la espuma en el borde del arrecife, no tardarán en llegar a la superficie. Sin embargo, avanzará el agua poco a poco sobre la costa, estre­chándose cada vez más la isla y aumentando de continuo el espacio comprendido entre el borde interno del arrecife y la costa. Será el canal tanto más profundo cuanto más rápido haya sido el hundimiento, según sea más o menos grande la cantidad de sedimento acumulado y según se desarrolle con más o menos facilidad el coral de ramas delicadas. Así se explica por qué los arrecifes-barreras están tan lejos de las costas que rodean, y se comprende que una línea perpendi­cular que fuese desde el vértice del borde exterior del nuevo arrecife hasta las rocas situadas debajo del primitivo, guar­nición, hubiese de tener tantos pies sobre la escasa profun­didad a que pueden vivir los pólipos, como pies ha habido de hundimiento: a medida que el conjunto de la isla baja, siguen los pequeños arquitectos edificando su gran anillo, tomando por punto de apoyo los corales ya construidos y sus fragmentos consolidados. De este modo desaparece la dificultad de esta labor que parecía tan grande.

Si en lugar de una isla hubiésemos estudiado la costa de un continente festoneado de arrecifes, y hubiésemos supuesto que ese continente se había deprimido, evidente­mente habría resultado una gran barrera recta como la de Australia o de Nueva-Caledonia, separada de la tierra firme por un canal ancho y profundo.

Examinanemos ahora nuestro arrecife-barrera y supon­gamos que el hundimiento continúa. A medida que el arre­cife anular se hunde se desarrollan los corales con más vigor y salen siempre hacia la superficie; pero también a medida que baja la isla cubre el agua el terreno; las montañas aisla­das forman primero islas separadas en el interior de un gran arrecife, y luego desaparece por fin el punto más ele­vado de la isla. Desde ese instante de la desaparición tene­mos un attol perfecto. Hace un momento he dicho: quítese la isla central de un arrecife-barrera y quedará un attol; pues ya se ha quitado la isla. Ahora puede comprenderse cómo es que edificados los attols sobre los arrecifes-barrera se les parecen en la forma, en la manera como están agrupados y en su disposición en líneas sencillas o dobles; puede, en una palabra, considerárseles como modelos toscos de las islas deprimidas sobre que descansan. Además, se puede com­prender cómo es que los attols del Pacífico y del océano Indico se extienden paralelamente a los espacios en que faltan en estos mares las islas elevadas. Me atrevo, pues, a afirmar que por la teoría del crecimiento continuo de los corales durante los hundimientos del terreno4 pueden explicarse sin dificultad todos los caracteres principales de los attols, esas sorprendentes construcciones que desde hace tanto tiempo llaman la atención de los viajeros, lo mismo que los de los arrecifes-barreras, formaciones no menos notables, ya rodeen pequeñas islas, ya se extiendan por centenas de millas a lo largo de las costas de un continente.

Tal vez se me pregunte si puedo dar una prueba directa de la depresión de los arrecifes-barreras o de los attols: pero a este propósito hay que recordar lo muy difícil que es determinar un movimiento cuando su tendencia es ocultar bajo el agua la parte afectada. Sin embargo, he observado en el attol de Keeling, todo alrededor del lagoon, cocoteros viejos minados por las aguas y a punto de caer; en otro sitio he visto los cimientos de una granja que, según dicen los habitantes, se hallaban hace siete años, precisamente al ras de la marea alta, y ahora están cubiertos de agua todas las mareas; he sabido además que durante los diez últimos años se han sentido aquí tres terremotos, uno de los cuales fue muy grave. En Vanikoro es profundísimo el canal; se ha acumulado muy poco terreno de aluvión al pie de las mon­tañas altas y se han formado muy pocos islotes en los arreci­fes que la rodean; estos hechos y otros semejantes me indu­cen a creer que esta isla ha debido deprimirse recientemen­te y levantarse el arrecife; todavía son aquí muy frecuentes y violentos los terremotos. Por otra parte, en el archipiélago de la Sociedad en que están casi rellenos los canales, en que se han acumulado muchos terrenos de aluvión y hasta en algunos casos se han formado arrecifes, islotes largos hechos que prueban que no se han deprimido estas islas recientemente- se observan muy rara vez terremotos y los que se producen son muy débiles. En estas islas de coral, en que parece que la tierra y el agua se disputan sin cesar la vic­toria, será siempre muy difícil decidir entre los efectos de un cambio en la dirección de las corrientes y los de un ligero hundimiento. Cierto es que muchos de estos arrecifes y de estos attols están sometidos a diversos cambios; en algunos attols parece que los islotes han crecido mucho en tiempo reciente; en otros, se han perdido, en parte, o por completo. Los habitantes de ciertas regiones del archipiélago de las Maldivas recuerdan la época de la formación de algunos islotes; en otros lugares viven hoy los pólipos en arrecifes lavados por las olas y en los que al cavar fosas mortuorias se encuentra la prueba de la existencia de una tierra antigua­mente habitada. Difícil es creer en frecuentes cambios de las corrientes del Grande Océano, cuando los temblores de tierra que se verifican en algunos attols, las inmensas grie­tas que se observan en otros, indican con toda claridad cambios y trastornos perpetuos en las regiones subte­rráneas.

Por mi teoría es evidente que las costas guarnecidas de arrecifes no han debido deprimirse, y por consiguiente, después del crecimiento de los corales, han debido perma­necer estacionarias o ser ligeramente levantadas. Y como se da el notable caso de que casi siempre puede probarse por la presencia de restos orgánicos, que las islas guarnecidas por arrecifes de coral han sido levantadas, esta prueba indirecta favorece por necesidad mi teoría. Mucho me llamó la aten­ción este hecho, cuando con gran sorpresa vi que las des­cripciones de Mister Quoy y Mister Gaimard se refieren, no a los arrecifes en general, como ellos pretenden, sino sólo a la clase de. los arrecifes-guarniciones; no obstante, mi extrañeza cesó al saber después que por rara coincidencia, todas las islas visitadas por estos eminentes naturalistas, han sido levantadas en un período geológico reciente, y que en sus mismos asertos se halla la prueba de tales levantamientos.

La teoría del hundimiento que nos hemos visto obligados a aceptar para las superficies de que se trata, por la necesi­dad de buscar un punto de apoyo para el coral a la profundi­dad deseada, no sólo explica los grandes caracteres que dis­tinguen la conformación de los arrecifes-barreras de la de los attols, y su analogía de forma y magnitud, sino también muchos de los detalles de conformación y algunos casos excepcionales que sería casi imposible explicar de otro modo. Sólo daré de ello algunos ejemplos. Hase observado a veces, con sorpresa, que las aberturas encontradas en los arrecifes se hallaban exactamente en frente de los valles de la tierra firme, aun estando separado el arrecife de ésta por un canal muy ancho y más profundo que la misma abertura, en términos tales, que parecería imposible que la pequeña cantidad de agua y de sedimentos vertida por el valle pudiese perjudicar a los pólipos; pues bien, todos los arreci­fes pertenecientes a la clase de guarniciones están inte­rrumpidos enfrente del más pequeño arroyo, aun admi­tiendo que esté seco la mayor parte del año; pues, en efecto, el barro, la arena o la grava que de cuando en cuando pueda transportar el arroyo matan a los pólipos. Por consiguiente, cuando una isla guarnecida de esta manera por corales, se deprime, aun cuando la mayor parte de sus grietas se hayan de cerrar pronto por el crecimiento del coral, las que no se cierran, y muchas necesitan arrojar al mar sedimentos y aguas, siguen hallándose con toda exactitud frente por frente de las partes superiores de los valles, en cuya desembocadura se encontraba interrumpida la guarnición primi­tiva.

Fácil es comprender por qué una isla de la que sólo un lado y las dos extremidades están guarnecidas por arreci­fes, puede convertirse, después de un hundimiento prolon­gado, ora en un sólo arrecife semejante a un muro, ora en un attol con un gran espolón, ora en dos ó tres attols unidos entre sí por arrecifes rectos; casos todos que, aunque excep­cionales, se presentan. Los pólipos constructores del coral necesitan alimentarse, están expuestos a ser devorados por animales o muertos por los sedimentos, pueden fijarse en puntos de escasa solidez y ser arrastrados a profundidades donde no pueden vivir; por lo tanto, no es de extrañar que algunas partes de los attols y de las barreras estén imperfec­tos. El gran arrecife de Nueva Caledonia está incompleto y roto en muchos puntos; por lo cual, después de una larga depresión no dará lugar a un gran attol de 400 millas de longitud, sino a una cadena o a un archipiélago de attols casi de las mismas dimensiones que los del archipiélago de las Maldivas. Además, tan luego como se interrumpe un attol es más que probable que la marca y las corrientes oceánicas pasen a través de las aberturas y no puedan los corales unir los dos lados de la abertura, sobre todo si el hundimiento continúa, para formar el círculo completo; en este caso, a medida que el conjunto desciende se divide el attol en varios. En el archipiélago de la Maldivas hay varios attols distintos, cuya disposición indica una relación tan íntima, que es imposible dejar de creer que no hayan sido en otro tiempo uno solo; sin embargo, los separan entre sí canales sumamente profundos; por ejemplo, el canal que separa los attols de Ross y de Ari tiene 150 brazas de profundidad, y el que separa el atto¡ septentrional de Nillandoo del meridio­nal tiene 200 brazas de fondo. En este mismo archipiélago, el attol Mahlos-Mahdoo se halla dividido por un canal de varias bifurcaciones, que tiene una profundidad de 100 a 132 brazas, en términos que es muy difícil asegurar si son tres attols o si es uno solo grande, cuya división no está terminada todavía.

No daré muchos más detalles; pero sin embargo, debo indicar que la curiosa conformación de los attols septen­trionales de las Maldivas, teniendo en cuenta el libre acceso del mar, por sus bordes rasgados, se explica muy bien por el crecimiento de los corales que han tomado para punto de apoyo los pequeños arrecifes que se producen de ordinario en los 1agoons y las partes rotas del arrecife marginal que guarnece todos los attols de forma común. No puedo por menos de hacer fijar la atención una vez más en la particula­ridad de estas construcciones complejas: ¡un gran disco are­noso, y, por regla general, cóncavo levántase abruptamente de las profundidades del océano, con su centro cubierto de coral, que llega hasta la misma superficie, y a veces se cubre de la más hermosa vegetación; y cada uno encierra un lago de agua límpida!

Otro punto todavía: como en dos archipiélagos próximos se ve que crecen muy bien los corales en uno y no en el otro, como afectan a su existencia tantas condiciones ya enume­radas, sería inexplicable que en medio de los cambios a que se hallan sometidos la tierra, el aire y el agua, siguiesen viviendo los pólipos constructores por toda una eternidad y en un mismo punto. Mas como en virtud de mi teoría las superficies sobre que se encuentran los attols y los arrecifes­barreras se deprimen continuamente, deberían encontrarse de cuando en cuando arrecifes muertos y sumergidos. En todos los arrecifes se derraman los sedimentos del lagoon o del canal-lagoon hacia el lado del viento, que, por lo tanto, es el menos favorable al crecimiento prolongado de los corales; por consiguiente, se encuentran con mucha fre­cuencia partes de arrecifes muertos en ese lado de las islas; los cuales, aun conservando todavía su aspecto de muralla, se hallan en muchos casos a varias brazas por debajo de la superficie. El grupo de las Chagos parece que se halla ahora por algún motivo, quizá la excesiva rapidez de su hundi­miento, menos favorablemente situado para el crecimiento de los corales, de lo que lo estaba en otros tiempos. En un attol de este grupo está muerta y sumergida una porción de arrecife marginal que tiene nueve millas de longitud, y en otro no hay más que algunas porcioncitas vivas que se ele­van hasta la superficie; un tercero y un cuarto están completamente muertos y sumergidos, y el quinto es una masa de ruinas cuya conformación casi ha desaparecido. Es notable que en todos esos casos las partes de arrecife o arrecifes muertos están casi a la misma profundidad, esto es, a seis u ocho brazas bajo la superficie, como si hubiesen sido arras­trados por un movimiento uniforme. Uno de estos attols medio ahogados, como dice el capitán Moresby, tiene una extensión considerable: 90 millas náuticas de diámetro en una dirección y 70 en la otra; este attol es muy curioso por muchos conceptos. Resulta de mi teoría que dondequiera que haya hundimiento deben, por regla general, formarse nuevos attols; de modo que podrían hacérseme dos objecio­nes muy graves: 1.- que los attols deben aumentar en número de un modo indefinido; 2.- que en los puntos en que la depresión se prolongue por mucho tiempo cada attol aislado debe crecer sin límite en espesor. Las pruebas que acabo de dar de la destrucción accidental de los corales vivos responden victoriosamente a las dos objeciones. He aquí, en pocas palabras, la historia de esos grandes anillos de coral desde su origen, pasando por los cambios que experimen­tan, por los accidentes que pueden interrumpir su existen­cia, hasta su muerte y su desaparición final.

En mi obra sobre los arrecifes de coral he publicado un mapa, en el cual he hecho colorear de azul oscuro todos los attols, de azul claro los arrecifes-barreras, y de rojo los guarniciones. Estos últimos se han formado mientras ha permanecido estacionario el suelo, o, si hemos de dar cré­dito a la presencia frecuente de restos orgánicos levantados, mientras que el terreno se elevaba lentamente; por el con­trario, los attols y arrecifes-barreras se han formado durante un movimiento de depresión, que ha debido ser muy gra­dual, y respecto de los attols bastante grande, como para hacer desaparecer todos los vértices de las montañas en un espacio considerable. Se ve en ese mapa que los arrecifes teñidos de azul claro u oscuro, producidos por el mismo género de movimiento, se encuentran, por común, bastante próximos unos a otros. Se nota, además, que las áreas que llevan trazos de los dos tintes azules tienen mucha exten­sión, y que están situadas muy lejos de las largas líneas de costas teñidas de rojo. Estas dos circunstancias se despren­den naturalmente de una teoría que atribuye la formación de los arrecifes a la naturaleza de los movimientos de la cor­teza terrestre. Bueno es indicar que casi en todas partes donde se aproximan los círculos rojos y azules puedo probar que hubo oscilaciones de nivel; porque, en este caso, los círculos rojos representan attols formados primitivamente .durante un movimiento de descenso, pero que se han levantado luego; por otra parte, algunas de las islas marcadas de azul pálido están formadas por rocas de coral que han debido ser levantadas a la altura actual, antes del movi­miento descendente que permitió la formación de los arrecifes-barreras que la rodean.

Algunos autores han notado con sorpresa que, por más que los attols sean los edificios de coral más comunes en enormes espacios oceánicos, faltan por completo en otros mares, como en las Indias occidentales, por ejemplo. Hoy es fácil de explicar la causa de este hecho: donde no ha habido hundimientos no han podido formarse los attols. Pero sabemos que las Indias occidentales y una parte del archi­piélago índico han participado de un movimiento de eleva­ción en época reciente. Las grandes superficies teñidas de rojo y de azul tienen todas formas alargadas; los dos colores parece que alternan como si el levantamiento del uno hubiese contrabalanceado la depresión del otro. Si se tienen en cuenta las pruebas de levantamiento recientes, ya en las costas guarnecidas de coral, ya en algunas otras de la Amé­rica meridional, por ejemplo, donde no hay arrecifes, se llega a deducir que los grandes continentes ceden en su mayor parte a un movimiento de elevación, y que las partes centrales de los grandes océanos se deprimen de continuo. El archipiélago índico, punto el más revuelto que hay en el mundo, se levanta en ciertas regiones; pero está rodeado y hasta penetrado en muchos sitios por pequeñas áreas de hundimiento.

Con puntos de bermellón he indicado los numerosos vol­canes activos conocidos que se hallan dentro de los límites del mismo mapa; y es muy notable que falten por completo en todas las grandes áreas de depresión, coloreadas de azul claro u oscuro. No menos notable coincidencia es la de la aproximación de las principales cadenas volcánicas y de las partes teñidas de rojo; lo que significa que estas partes permanecen hace mucho tiempo estacionarias, o que, más bien, se han levantado recientemente. Aunque algunos vol­canes se encuentren a poca distancia de círculos aislados teñidos de azul, no se encuentra, sin embargo, volcán activo en un radio de varios cientos de millas de un archipiélago, ni aun de un pequeño grupo de attols. Es, por consiguiente, muy extraordinario que en el archipiélago de la Sociedad que se compone de un grupo de attols levantados y destrui­dos en parte después, se sabe que han estado en actividad dos volcanes y tal vez más. Por otra parte, aunque la mayo­ría de las islas del Pacífico, rodeadas de arrecifes, tengan origen volcánico y puedan descubrirse en ellas vestigios de cráteres, ninguno de esos volcanes ha estado en actividad en período reciente; parece, pues, que la acción volcánica se produce o desaparece en los mismos puntos, según domi­nan los movimientos de elevación o de depresión. Podrían citarse innumerables hechos que tienden a probar que se encuentran muchos restos orgánicos dondequiera que hay volcanes activos; pero hubiera sido arriesgado sostener, por más que el hecho sea probable en sí mismo, que la distribu­ción de los volcanes dependa del levantamiento o hundi­miento de la superficie de la tierra, hasta probarse que en las tres áreas de depresión no existen los volcanes o al menos no son activos. Creo que hoy podemos admitir esta deducción importante.

Si echamos una ojeada sobre el mapa cuidando de recor­dar lo que hemos dicho acerca de los restos orgánicos halla­dos, debemos experimentar profunda sorpresa al ver la extensión de las áreas que han cambiado de nivel, ora deprimiéndose, ora levantándose, durante un período geo­lógicamente poco antiguo. Parecerá también que los movi­mientos de elevación y depresión obedecen casi todos a las mismas leyes. Ha debido ser grandísima la depresión en esos inmensos espacios en que se encuentran los attols y donde no hay ya un solo pico sobre el nivel del mar. Haya sido continuo el hundimiento o se haya reproducido a intervalos suficientemente largos para permitir que los corales eleven sus edificios vivos hasta la superficie, ha debido ser por necesidad muy lento. Esta conclusión es quizá la más importante que- se desprende del estudio de las islas de coral; y hubiera sido muy difícil llegar a ella de otro modo. Tampoco puedo pasar en silencio la probabilidad de la existencia de inmensos archipiélagos compuestos de islas elevadas, allí donde hoy sólo se encuentran algunos anillos de coral, por lo que ilumina acerca de la distribución de los habitantes de las otras islas situadas ahora tan apartadas entre sí en medio de los grandes océanos. Los pólipos cons­tructores del coral han levantado extraños testimonios de las oscilaciones subterráneas del nivel; cada arrecife nos prueba que en el punto en que está situado se ha hundido el suelo, y cada attol es un monumento levantado en una isla hoy desaparecida. Podemos, pues, como un geólogo que hubiese vivido diez mil años, cuidando de anotar los cam­bios que se hubiesen verificado durante su vida, aprender a conocer el gran sistema en virtud del cual está tan profun­damente modificada la superficie del globo y tan a menudo han cambiado de lugar la tierra y las aguas.





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