Viaje de un naturalista alrededor del mundo



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CAPITULO XIX

SUMARIO: Sydney.- Excursión a Bathurst- Aspecto de los bosques.- Bandos de indígenas.- Extinción gradual de- los indígenas.- Epidemias engendradas por la aglomeración de hom­bres sanos.- Montañas Azules.- Aspecto de los grandes valles que parecen golfos.- Su origen y formación.- Bathursr cortesía de las clases inferiores.- Estado de la sociedad.- Tierra de Van­Diemeit.- Hobart Town- Todos los indígenas desterrados.­Monte Wellington- Estrecho del rey Jorge.- Aspecto melancó­lico del país.- Cuadrilla de indígenas.- Salimos de Australia.

Australia.

12 de enero de 1836.- Un viento favorable nos empuja casi al rayar el día a la entrada del puerto Jackson. En lugar de ver un país verdegueante y cubierto de casas hermosas, acantilados amarillentos que se extienden hasta donde alcanza la vista, nos recuerdan las costas de Patagonia. Un faro solitario construido con piedras blancas es lo único que nos indica que nos acercamos a una ciudad populosa. Entramos en el puerto que nos parece grande y espacioso: está cerrado por acantilados de gres estratificado horizon­talmente. El país, casi llano, está cubierto de árboles mise­rables: todo indica la esterilidad. A medida que avanzamos va, sin embargo, mejorando; comienzan a verse algunos hoteles hermosos, algunas fincas bonitas a orillas del mar. Más lejos todavía, casas de piedra de dos y tres pisos y molinos de viento, al extremo de un promontorio, nos indi­can la proximidad de la capital de Australia.

Al fin anclamos en el puerto de Sydney. Allí encontramos muchos y muy hermosos buques; todo el puerto está rodeado de almacenes. Por la tarde doy el primer paseo por la población y vuelvo admiradísimo de lo que he visto. Esto es, a no dudarlg, una de las pruebas más admirables del poder de la nación inglesa. En unos cuantos años, y en un país que ofrecía menos recursos que Sudamérica, se ha hecho aquí mil veces más de lo que allí abajo han hecho en siglos. Mi primer sentimiento es felicitarme de ser inglés. Algo disminuyó mi admiración unos cuantos días después, cuando me fue mejor conocida la población; sin embargo, Sydney es una ciudad hermosa. Las calles son regulares, anchas, limpias y muy bien conservadas; las casas son gran­des y las tiendas muy bien adornadas. Esta ciudad puede compararse a las grandes afueras de Londres y de otras poblaciones de Inglaterra; pero ni en Londres, ni en Birmingham se nota un crecimiento tan rápido. El número de las casas grandes y edificios de otros géneros recién cons­truidos, es en realidad sorprendente; y, sin embargo, todo el mundo se queja de la carestía de los alquileres y de la dificul­tad de encontrar habitación. Como acababa de llegar de América donde en todas las poblaciones se conoce en se­guida a las gentes ricas, lo que más me sorprendió era no saber en el acto a quién pertenecía, por ejemplo, el carruaje que acababa de pasar.

Contrato un hombre y dos caballos para que me lleven a Bathurst, centro de una gran región pastoril situada a unas 120 millas al interior. De este modo espero darme cuenta del aspecto general del país. Salgo el día 16 de enero por la mañana, y en la primera etapa voy a Paramatta, pequeña población que no cede en importancia a Sydney. Las calles son excelentes y su pavimento hecho por los procedimien­tos indicados por Mac Adam. Para continuarlas han traído piedras de canteras situadas a muchas millas de distancia. Por muchos conceptos podría creerse que nos hallábamos en Inglaterra; sólo son más numerosas aquí las tabernas. Lo que más sorprende son las cadenas de deportados o forza­dos que han cometido crímenes en la colonia: trabajan en­cadenados bajo la vigilancia de centinelas que tienen el fusil cargado. Creo que una de las causas de la rápida prosperidad de esta colonia es que, teniendo el Gobierno a su disposición los presos condenados a trabajos forzados, ha podido hacer en seguida buenos caminos en todas las regiones del país.

Pasé la noche en un hotelito muy bien acondicionado, si­tuado cerca de la barca de Emu, a 35 millas de Sydney, al pie de las montañas Azules. Este camino es muy pasajero, y el primero que se abrió en la colonia. Todas las propiedades están rodeadas de altas empalizadas, porque no han podido todavía los inquilinos hacer que crezcan los árboles. A cada paso se ven casas de muy buen aspecto, y muchas hazas bien labradas, pero la mayor parte del terreno se halla como en los primeros tiempos después de descubrirse.

La extremada uniformidad de la vegetación forma el carácter más notable del paisaje en la mayor parte de Nueva Gales del Sur. Por todas partes se ven grupitos de árboles; está el suelo cubierto de prados bastante míseros, y no puede decirse que el verde sea muy brillante. Casi todos los árboles permanecen a una misma familia, y también tienen casi todos las hojas colocadas en posición vertical en lugar de estar casi horizontales como en Europa. Además, es bas­tante raro el follaje y tiene un tinte especial verde claro, sin ningún reflejo brillante, por lo cual parece que los árboles no dan sombra; quitando así comodidad para el viajero que atraviesa este país bajo los ardientes rayos de un sol de verano; pero, por otra parte, es muy conveniente para los colonos, porque crece la hierba hasta el mismo pie del árbol. No se caen las hojas periódicamente, carácter que parece común a todo el hemisferio meridional, esto es, a Sudamé­rica, a Australia y al cabo de Buena Esperanza. También pierden los habitantes de este hemisferio y de las regiones intertropicales uno de los más espléndidos espectáculos aunque para nosotros sea muy común- que puede ofrecer la naturaleza: me refiero al brote de las primeras hojas. Es verdad que ellos pueden responder que nosotros pagamos muy caro este espectáculo; porque está la tierra durante varios meses cubierta de esqueletos desnudos. Es verdad, pero podemos replicar que así comprendemos mejor la exquisita belleza de los verdores de la primavera, de que no pueden gozar los que viven entre los trópicos; y cuyos ojos se hastían durante todo el año con las brillantes producciones de estos soberbios climas. El mayor número de los árboles a excepción de los gomeros, alcanzan poco grueso, pero son altos y bastante derechos. Anualmente cae la corteza de algunos eucaliptus o cuelga a lo largo del tronco en grandes pedazos que agita el viento, dando a los montes un aspecto triste y desagradable. Imposible es hallar un contraste más completo bajo todos los aspectos, que el que existe entre las selvas de Valdivia y de Chiloé y los campos de Australia.

Al caer la tarde encontramos una veintena de indígenas, todos los cuales llevan, según costumbre; su paquete de flechas y otras armas. le doy un shilling (1,25 pesetas) a uno de aquellos jóvenes que me parece que la pide e inmediata­mente se detienen y arrojan sus flechas para festejarme. Llevan alguna ropa y la mayoría saben varias palabras inglesas. Sus caras respiran buen humor; no tienen las fac­ciones desagradables y me parecen mucho menos degrada­dos de lo que suponía. Saben utilizar muy bien las armas: colocado un casquete a 30 metros de distancia lo traspasan con uno de sus venablos, que disparan con un palo de tiro; parecen flechas disparadas por el mejor arquero. Tienen grandísima sagacidad cuando se trata de perseguir al hom­bre o a los animales; he oído hacer a algunos observaciones que demuestran mucha agudeza, pero por nada del mundo se deciden a cultivar la tierra, edificar casas, ni establecerse en punto fijo en ninguna parte; ni siquiera quieren tomarse el trabajo de cuidar los ganados que se les dan. En suma, es­tán un poco por encima de los fueguenses en la escala de la civilización.

Muy curioso es ver en medio de un pueblo civilizado, cierto número de salvajes inofensivos que vagan por todas partes sin saber dónde pasarán la noche y que se buscan el alimento cazando por los bosques.

A medida que avanza el hombre blanco hacia el interior, invade territorios pertenecientes a varias tribus. Aunque rodeadas por todas partes, no se mezclan estas tribus unas con otras y hasta se hacen la guerra. Recientemente ha tenido lugar una de esas colisiones, habiendo elegido los adversarios por extraño campo de batalla la plaza Mayor de la villa de Bathursa; lo que en realidad fue buena idea, porque los, vencidos pudieron refugiarse en las casas.

El número de indígenas disminuye con rapidez. Durante todo mi viaje, no he encontrado, fuera de la partida de que acabo de hablar, más que algunos chiquillos educados por los ingleses. Esta desaparición procede, sin duda, del uso de los alcohólicos, de las enfermedades europeas (las enferme­dades más sencillas de Europa, tales como la roseola provo­can en los salvajes los estragos más espantosos), y la extin­ción gradual de los animales silvestres. Dícese que la vida errante de los salvajes hace morir muchos niños durante los primeros meses de vida; pero a medida que se hace más difícil proporcionarse alimentos, se hace también más nece­sario vagar mucho. En suma, que, sin que la mortalidad pueda atribuirse al hambre, decrece de un modo rapidísimo la población, respecto de lo que pasa en los países civiliza­dos. En éstos, pueden los padres acabar con su salud, reali­zando trabajos superiores a sus fuerzas, pero no dañan con ello a la salud de sus hijos.

Además de estas causas evidentes de destrucción, parece que funcione aquí algún agente misterioso. Donde quiera que el europeo endereza sus pasos parece que persigue la muerte a los indígenas. Consideremos, por ejemplo, las dos Américas, la Polinesia, el Cabo de Buena Esperanza y Aus­tralia: en todas partes observamos el mismo resultado. Y es sólo el hombre blanco el que desempeña este papel des­tructor: los polinesios de procedencia malasia han arras­trado también entre sí a los indígenas de piel más negra, en ciertos puntos del archipiélago de las Indias orientales. Las variedades humanas parece que reaccionan más sobre otras de la misma manera que las diferentes especies animales, destruyendo siempre el más fuerte al más débil. No dejó de producirme tristeza oír en Nueva-Zelanda a los más impor­tantes indígenas que estaban convencidos de que sus hijos no tardarían en desaparecer de la superficie de la tierra. No hay nadie que no haya oído hablar de la inexplicable dismi­nución de la población indígena tan hermosa y tan sana de la isla de Taití desde la época del viaje del capitán Kook; allí debería, por el contrario haberse visto un aumento de población; porque el infanticidio, que antes reinaba con intensidad extraordinaria, ha desaparecido casi por completo, y no son tan malas las costumbres, y las guerras se han hecho mucho menos frecuentes.



El reverendo Williams sostiene en su interesante obra1 que, dondequiera que los indígenas y los europeos se encuentran, «se producen invariablemente fiebres, disente­rías, o algunas otras enfermedades que se llevan a una por­ción de gentes». Y añade: «hay un hecho cierto y que no tiene respuesta, y es: que la mayor parte de las enfermeda­des que han reinado en las islas durante mi residencia han sido importadas por los barcos; y lo que hace todavía más notable este hecho es que no podía comprobarse ninguna enfermedad en la tripulación del barco origen de estas terribles epidemias». No es tan extraordinaria esta obser­vación como a primera vista podría parecer; puesto que pueden citarse muchos casos de fiebres terribles que se han declarado sin que hayan sentido sus efectos los mismos que han sido causa de ellas. En la primera parte del reinado de Jorge III, fueron cuatro agentes de policía a buscar, para llevarlo a presencia del juez, a un preso que había estado mucho tiempo en un calabozo; por más que este hombre no había estado enfermo, murieron en pocos días los cuatro agentes de terribles fiebres pútridas, y no se extendió el contagio a nadie más. Estos hechos parecen indicar que los efluvios de cierto número de hombres reunidos durante cierto tiempo se convierten en verdaderos venenos para los que los respiran, y que esta ponzoña se hará más virulenta cuando los hombres pertenecen a razas diferentes. Por mis­teriosos que parezcan estos hechos, ¿son más sorprenden­tes que el muy conocido de que el cuerpo de un hombre que acaba de morir y antes de comenzar la putrefacción, engen­dra a veces principios tan deletéreos, que una simple pica­dura hecha con un instrumento que haya servido para dise­car el cadáver origina una muerte cierta?

17 de enero.- Al rayar el alba atravesamos el Nepean en una barca. Aunque este río es ancho y profundo en esta parte, tiene muy poca corriente. Desembarcamos en una llanura y no tardamos en llegar a la falda de las montañas Azules. No es muy penosa la subida, porque se ha trazado el camino con mucho cuidado en un lado de una roca de gres. En la cima se extiende una meseta casi plana, pero que se eleva algo hacia el oeste, terminando por alcanzar una altura de 3.000 pies. Un nombre tan sonoro como el de Montañas Azules hacía esperar una cadena inmensa de montañas que atravesaran todo el país. En lugar de esto, un llano ligeramente inclinado presenta un relieve de poca importancia hacia el lado de las tierras bajas que se extien­den hasta la costa, y no hay más. Desde la primera elevación es muy notable el aspecto de los bosques, situados al oriente, porque los árboles son magníficos. Pero en cuanto se llega al llano de gres, se hace el paisaje sumamente monótono, y a cada lado del camino se ven árboles raquíti­cos, todos de la familia de los eucaliptus. Fuera de dos o tres paradores pequeños no se encuentran casas ni tierras labra­das; el camino es solitario y apenas si de vez en cuando se ven algún carro tirado por bueyes y lleno de balas de lana.

Hacia el mediodía nos detenemos para dar descanso a los caballos en un parador llamado Weatherboard (pupilaje temporal). Allí nos hallamos a 2.800 pies sobre el nivel del mar. A milla y media poco más o menos de esta posada hay un sitio que vale la pena visitarse. Al extremo de un valle por el cual corre un riachuelo, se abre de repente en medio de los árboles que festonean el sendero, un gran pozo de unos 1.500 pies de profundidad; avanzando unos cuantos pasos más se llega al borde de un gran precipicio; viéndose a los pies del espectador una gran bahía o un golfo, porque no sé qué otro nombre podría darle, literalmente cubierto por espesa selva. El riachuelo parece que desemboca a la entrada de una bahía, porque los acantilados se separan cada vez más a uno y- otro lado y se distinguen una serte de promontorios como los que suele haber a orillas del mar. Estos acantilados están compuestos de gres blancuzco en capas horizontales; es tan perpendicular la muralla que, en muchos puntos, colocándose en el borde y tirando una piedra se la ve dar en los árboles del abismo que hay a nuestros pies. Es tan seguida esta muralla que si se quiere llegar al pie de la catarata que el riachuelo forma, hay que dar un rodeo de 16 millas. Delante y a unas 5 millas se ve otra línea de cantiles que parece que cierran por completo el valle, lo que justifica el nombre de bahía dado a esta inmensa depresión. Imaginando un puerto en el que no se puede entrar sino dando muchos rodeos y que está rodeado de acantilados tallados a pico, y ha sido desecado, rempla­zando al agua una selva, se tendrá una idea aproximada de esta depresión. Era la primera vez que yo veía cosa seme­jante, y me ha impresionado mucho la magnificencia del espectáculo.



Por la tarde llegamos al Blackheath (matorral negro). Aquí alcanza el llano de gres una altura de 3.400 pies; siempre cubierto de árboles miserables. De trecho en trecho se ve un valle profundo parecido al que acabo de describir, pero es tanta la profundidad de estos valles y tan escarpados sus límites, que apenas puede distinguirse el fondo. El Blackheath es una posada muy bien llevada por un soldado viejo, que me recuerda muchos los paradores del norte del país de Gales.

18 de enero.- Por la mañana me voy a tres millas de distancia para ver el salto de Govest, valle muy semejante al que he descrito cerca del Weatherboard, pero quizá más sorprendente todavía. A las siete de la mañana está este valle lleno de vapores azules que, aunque perjudican al efecto general del panorama, hacen parecer todavía más grande la profundidad a que se encuentra la selva que se extiende a nuestros pies. Estos valles, que durante tanto tiempo han opuesto una barrera insuperable a los colonos más emprendedores que se dirigían hacia el interior, son en extremo notables. En su extremo superior se ensanchan algunas cañadas que semejan brazos que parten del valle principal y penetran en el llano de gres; por otra parte, esta meseta forma promontorios en esos valles y deja a veces en medio de éstos, masas inmensas casi aisladas. Para bajar a algunos de estos valles hay que dar un rodeo de 20 millas; hay algunos en los cuales se ha entrado por primera vez poco ha, y en que los colonos no han podido todavía introducir sus ganados. Pero el más original carácter de su conformación es que, aun cuando en uno de sus extremos tengan varias millas de anchura, se estrechan siempre por el otro extremo, y hasta tal punto que no puede salir un hombre por él. El inspector general, sir T. Mitchell, trató inútilmente andando primero, y arrastrándose después, entre masas de gres, de atravesar la garganta por la cual va el río Grose a unirse con el Nepean; y sin embargo, el valle del Grose en su parte superior, por la que yo lo he visto, forma un hermoso prado casi horizontal de varias millas de ancho, rodeado por todas partes por acantilados cuyas cimas no estarán en ningún punto a menos de 3.000 pies sobre el nivel del mar. Por un sendero que yo he seguido, y es en parte natural y en parte construido por el dueño del terreno en el valle de Wolgan, han hecho bajar a algunos toros, que ya no han podido salir, porque en todo lo demás de su extensión está este valle cerrado por acantilados perpendiculares; ocho milla más allá este mismo valle, que tiene una anchura media de media milla, se estrecha en tales términos que ni hombres ni animales pueden pasar por la cortadura que lo pone en comunicación con otro inmediato. Asegura sir T. Mitchell que el gran valle del río que encierra también a todos sus afluentes se estrecha tanto en el punto en que se une con el de Nepean, que forma una garganta de 2.200 metros de ancho y cerca de 1.000 pies de profundidad, pudiendo yo citar otros muchos casos análogos.

La primera impresión que se experimenta al ver repro­ducirse con exactitud, a uno y otro lado de estas inmensas depresiones, las capas horizontales, es que ha debido produ­cirlas la acción de las aguas. Pero al reflexionar en la canti­dad incalculable de piedras que, admitiendo tal suposición, habría que haber arrastrado a través de tan estrechas gargantas, como las que hemos citado, por las que ni un hom­bre podía pasar, hay que pensar en si no provendrán más bien estas depresiones de hundimientos del terreno. Por otra parte, teniendo en cuenta la forma irregular de las cañadas que se derivan de los valles principales, conside­rando los promontorios estrechos que forma la meseta en estos valles, hay que desechar esa explicación. Sería absurdo atribuir tales depresiones a la acción de las aguas actuales; puesto que procediendo éstas del desagüe de la meseta, no siempre caen, como tuve ocasión de verlo cerca de Weat­herboard, en el punto que forma la cabeza de los valles, sino en una de las gargantas de los lados. Algunos de los habi­tantes me han dicho que, siempre que veían estas cañadas que parecen bahías con promontorios separados a los lados de la costa, les chocaba su parecido con las costas del mar. Estas observación es muy fundada; y además en la costa actual de la Nueva Gales del Sur, los muchos puertos llenos de bahías unidas al mar por una abertura muy estrecha, tallada en el acantilado de gres y cuyo ancho varía entre una milla y un cuarto de milla, se parecen mucho, aunque con menor tamaño, a los grandes valles del interior. Pero ahora se nos presenta una dificultad poco menos que insu­perable: ¿cómo se explica que el mar haya tallado esas inmensas depresiones en esta meseta y que ¡lo haya en la abertura más que gargantas tan estrechas por las que habrían tenido que pasar la inmensidad de materiales arras­trada por las aguas? La única explicación que puedo yo dar a este enigma es que parece que hoy se forman bancos de formas irregulares y cuyos costados son muy abruptos, en varios mares; por ejemplo: en las Indias occidentales y en el mar Rojo. Tengo motivos para suponer que estos bancos están formados de sedimentos traídos por corrientes vio­lentas en un fondo irregular. Después de examinar las cos­tas de las Indias, no puede dudarse, duque, en algunos casos, en lugar de depositar el mar los sedimentos que contiene en forma de capas uniformes los amontona alrededor de rocas y de islas submarinas; además, he observado en muchos puntos de Sudamérica que las olas pueden formar acantila­dos abruptos hasta en los mismos puertos. Para aplicar estas nociones a las mesetas de gres de Nueva Gales del Sur, es preciso figurarse que las capas han sido amontonadas por la acción de las corrientes violentas y las ondulaciones de un mar libre en un fondo irregular, y además, que los espacios que vemos hoy bajo la forma de valles no le han rellenado, y que sus límites han tomado el carácter de acantilados durante una elevación lenta del terreno: el gres levantado, en este caso, habría sido llevado por el mar en el momento de abrir éste gargantas estrechas para retirarse o más tarde por la acción de las lluvias.

Poco después de haber salido de Blackheath, bajamos de la meseta de gres por el paso del monte Victoria. Para abrir este paso ha sido necesario quitar enorme cantidad de pie­dras; por el plan que ha presidido a la construcción de este camino, por la manera como se ha ejecutado, puede compa­rarse a las hermosas vías de Europa. Por aquí entramos en un país menos elevado, quizá un millar de pies, en el que ya son las rocas de granito, y, gracias a este cambio, es más hermosa la vegetación, están los árboles más separados y los pastos mucho más verdes y abundantes. en Hassan Walls, dejo el camino ancho y doy un pequeño rodeo para ir a la hacienda de Wallrawang a presentar una carta que me dieron en Sydney para el jefe del establecimiento. Me invita Mister Browne a pasar algunos días con él; lo que acepto con mucho gusto. Esta finca, o mejor dicho, este estableci­miento para la cría de carneros es uno de los más curiosos de la colonia. Hay en él más bueyes y más caballos de lo que se acostumbra en estas fincas, porque los valles inmediatos son pantanosos y sus pastos demasiado bastos. Cerca de los edificios destinados a habitación se han roturado algunas tierras para cultivar en ellas trigo; en el momento de mi visita se hacía la recolección, reducida a lo necesario para abastecer a los obreros de la finca. De ordinario hay aquí unos cuarenta penados trabajando; ahora hay algunos más. Aun cuando no falta nada de lo necesario, no resulta agra­dable esta residencia; tal vez porque no hay en ella ni un! mujer. La tarde de un día hermoso, suele dar a todo el que está en el campo cierto aire de felicidad apacible; pero en esta hacienda aislada, ni los más brillantes matices de los árboles que nos rodean pueden hacerme olvidar que me encuentro entre cuarenta malvados. Ahora vuelven del tra­bajo. Estos hombres pueden compararse a negros, que no despiertan, sin embargo, la compasión que se experimenta a la vista de estos últimos.

Al día siguiente tuvo el subdirector, Mister Archer, la bondad de llevarme a la caza del canguro. La mayor parte del día la pasamos a caballo, pero con tan poco éxito, que no vimos ni un canguro, ni siquiera un perro montés. Los perros persiguen una rata-canguro, que se refugia en un árbol hueco, donde vamos a cobrarla. Tiene este animal el tamaño del conejo, pero se parece al canguro hace algunos años abundaba mucho la caza en este país; pero ahora hay que alejarse mucho para encontrar sus rastros, y el canguro se ha ido haciendo muy caro. Los dos animales han desapa­recido ante el lebrel inglés. Puede que pase todavía mucho tiempo antes que los exterminen por completo, pero su desaparición es segura. Los indígenas piden prestados a los arrendatarios de las fincas los perros, que éstos dan con gusto, obsequiándoles, además, con los desperdicios de los animales que pueden matar y algunas gotas de leche; por este medio van penetrando pacíficamente cada vez más adelante en el interior de las tierras. Cegados los indígenas con esas míseras atenciones, ven con gusto avanzar al hom­bre blanco que parece destinado a apoderarse de su país.

Aun cuando nuestra caza ha sido bastante desdichada, el paseo no ha resultado desagradable. Están diseminados los árboles, que se puede galopar muy bien en medio del bosque. Con el monte alternan de vez en cuando valles, de fondo llano, en los que no se ve más que césped, como si se tratase de un parque artificial. Por todas partes se ven seña­les de fuego, lo que da al paisaje una uniformidad desespe­rante; puesto que la única diferencia consiste en que los rastros sean más o menos recientes y en que estén más o menos negros los troncos de los árboles. En estos montes hay muy pocos pájaros; sin embargo, he visto en un trigo grandes bandadas de cacatúas blancas, y varios papagayos magníficos; también se ven con frecuencia cornejas muy parecidas a nuestra chova o grajo, y otro pájaro muy seme­jante a la marica. Voy por la tarde a pasear junto a los estanques, que en este país tan seco, representan el lecho de un río, y tengo la suerte de ver algunos ejemplares del famoso mamífero Ornithorhychus paradoxus, se sumergían o juntaban en la superficie del agua, pero se les veía tan poco el cuerpo, que con facilidad hubieran podido confun­dirse con ratas de agua; Mister Browne mató uno: es ani­mal, en verdad, extraordinario; los ejemplares disecados no dan buena idea de la cabeza y del pico, porque éste último se contrae al endurecerse2.



20 de enero.- Mediante una larga jornada a caballo llego a Bathurst. Seguimos un sendero a través del monte para ir hast el camino ancho; el país está desierto. En este día sentimos el viento de Australia muy parecido al siroco y que sopla de los desiertos del interior. Se ven nubes de polvo en todas direcciones; parece como si el viento hubiese pasado por un horno. Después he sabido que el termómetro colo­cado fuera de las casas había marcado 1190F (480,3C), y en una habitación herméticamente cerrada 960F (350,5C). en las primeras horas de la tarde distinguimos las dunas de Bathurst. Estas llanuras onduladas, pero casi planas, son muy notables, porque no se ven en ellas ni un árbol; están cubiertas de una especie de hierba parda. Atravesamos varias millas de estos llanos y llegamos a la ciudad de Bat­hurst, situada en medio de lo que podría llamarse un valle muy ancho, o una llanura estrecha.

Hanme dicho en Sydney que no forme demasiado mala idea de Australia, juzgando por lo que vea en el camino; y me han prevenido también para que no juzgue demasiado bien por lo que vea en Bathurst; confieso, que bajo este último punto de vista no había para qué prevenirme; sin embargo, justo es decir que la estación no es nada favorable; porque la sequedad es muy grande. La causa de la prosperi­dad de Bathurst es esa hierba parda que tan extraña parece cuando se ve por primera vez, pero que es excelente para los carneros. Está la ciudad a 2.200 pies sobre el nivel del mar, a la orilla del Macquarie, que es uno de los dos ríos que se dirigen hacia el interior de este continente apenas cono­cido. La divisoria que separa los ríos que se dirigen hacia el interior de los que van a la costa tiene unos 3.000 pies de altura y se extiende de norte a sur a 80 ó 100 millas de la costa. Según los mapas, el Macquarie es un río muy respeta­ble; es el mayor de los que riegan esta región; pero con gran sorpresa no encuentro más que una serie de estanques sepa­rados por espacios casi secos. De ordinario tiene poca corriente y a veces también inundaciones considerables. Por poca agua que haya aquí es todavía mucha en comparación con la que se encuentra más adelante.



22 de enero.- Tomo el camino para volver a Sydney, pero siguiendo una ruta diferente llamada la liga del Lock­yer que atraviesa un paisaje más montañoso y más pinto­resco. Hacemos una jornada larga, y como la casa donde vamos a pasar la noche está bastante separada del camino, nos cuesta mucho trabajo encontrarla. En ésta como en otras muchas ocasiones no tengo motivos sino para elogiar la cortesía de las clases inferiores, hecho tanto más notable, teniendo en cuenta lo que son y lo que han sido. La finca en que hago noche pertenece a dos jóvenes recién venidos y que comienzan ahora su vida de colonos. No hay en ella ninguna especie de comodidades; pero para ellos está esto compensado con exceso, por la certeza de un pronto éxito en su empresa.

Al día siguiente por la mañana atravesamos una región toda incendiada; a cada instante cruzan el camino inmensas nubes de humo. Hacia el mediodía volvemos a encontrar el camino que ya hemos seguido y hago la ascensión al monte Victoria. Voy a dormir al parador del Weatherboard, y antes de anochecer voy a contemplar por última vez el valle de que ya he hablado. Al volver a Sydney paso una tarde muy agradable con el capitán King en Dunheved. Así ter­mina mi pequeña excursión en la colonia de Nueva Gales del Sur.

Los tres puntos que más me interesaban antes de llegar aquí, eran: el estado de la sociedad en las clases superiores, la situación de los penados y las ventajas que podían decidir a los colonos a venir a establecerse en este país. No hay para qué decir que con tan corta permanencia, no puede mi opinión tener gran peso; sin embargo, es tan difícil no formar opinión como juzgar correctamente las cosas. En resumen, por lo que he oído decir, mucho más que por lo que he visto, el estado de la sociedad ha sido un desengaño para mí. Los habitantes me parecen peligrosamente dividi­dos en casi todos los asuntos. Los que por su posición debe­rían tener conducta más digna, hacen una vida tal que casi no pueden tratarlos las personas honradas. Hay mucha envidia entre los hijos de los emancipados ricos y los colo­nos libres; considerando los primeros a los segundos como aventureros. Toda la población, lo mismo ricos que pobres no tienen más que un objeto: hacer dinero. Entre las clases más elevadas no se habla más que de una cosa: la lana y la cría de los carneros. La vida doméstica es casi imposible, porque se está siempre rodeado por los criados presidiarios. ¡Cuán desagradable no ha de ser estar servido por un hom­bre al que quizá la víspera han azotado en público a petición vuestra por alguna falta poco importante! Las criadas son mucho peores todavía, y los niños usan las expresiones más groseras; pudiendo considerarse muy dichoso el que no adquiere costumbres perversas en extremo.

Por otra parte, los capitales dan a sus dueños sin el menor trabajo, triple interés que el que pudiera esperarse en Inglaterra; con un poco de prudencia es seguro hacer fortuna. Aunque algo más caro que en Inglaterra, es posible proporcionarse todo lo que es lujo; pero en cambio los alimentos son más baratos que en la madre patria. El clima es excelente y muy sano; pero me parece que el aspecto poco agradable del país le hacer perder una gran parte de sus encantos. Los colonos tienen, además, una gran ventaja, y es que sus hijos, aunque sean muy jóvenes les prestan importantes servicios. No es raro ver jóvenes de diez y seis a veinte años dirigir fincas lejanas; pero estos niños tienen entonces que permanecer en constante contacto con los penados. No sé que el tono de la sociedad haya tomado carácter especial; pero dadas esas costumbres y conside­rando el poco trabajo intelectual que se hace en la colonia, paréceme que no pueden por menos de ir degenerando las virtudes sociales. En resumen: sólo la necesidad podría con­ducirme a emigrar.

No puedo dar opinión, porque no entiendo mucho estos asuntos, sobre el porvenir posible de esta colonia. Los dos principales productos de explotación son la lana y el aceite de ballena; pero en ambos productos hay un límite. En este país no pueden hacerse canales; por consiguiente, no se pueden criar los carneros muy al interior, porque los gastos del transporte de la lana unidos a los de la cría y del esquileo subirían demasiado. Son en todas partes tan pobres los pastos, que ya se han visto obligados los colonos a inter­narse mucho; y mientras más se aparta de la costa se hace el país más estéril. La agricultura no podrá ejercerse nunca en grande escala a causa de las sequías. Por consiguiente, me parece que Australia deberá limitarse a ser en el porvenir el centro del comercio del hemisferio austral; tal vez pueda haber aquí fábricas, porque hay carbón de piedra y se puede disponer de la fuerza motriz necesaria al efecto. Extendién­dose el país habitable a lo largo de la costa y siendo sus colonos ingleses ha de ser en realidad potencia marítima. Me figuraba yo que Australia podía llegar a ser un país tan grande y tan poderoso como América del Norte, pero ahora que lo he visto he dado un poco de lado a estos sueños de grandeza.

Menos ocasión he tenido todavía de juzgar de lo que hay en la condición de los penados. Lo primero que se pregunta es si el transporte es un castigo; por menos, nadie puede sostener que sea pena muy dura. Creo, sin embargo, que tiene alguna importancia mientras que los malhechores de la misma patria lo teman. A los penados no les falta nada; pueden esperar la libertad y algún socorro; conduciéndose bien, están seguros de lograr ambas cosas.



Cuando se libera a un hombre, y obtiene esta liberación si se porta bien durante un número de años proporcional a la magnitud de la pena impuesta, puede circular libremente en una región dada mientras no se haga sospechoso de ningún crimen. De todas maneras, sin contar con la prisión en Inglaterra y la terrible travesía, los años que tiene que pasar en Australia como penado son desdichadísimos. Persona muy inteligente me ha hecho notar que los penados no tienen más placer que la sensualidad, y esta pasión no pue­den satisfacerla. La gran recompensa, es decir, el perdón, que el gobierno puede darles, y el horror profundo que todos los criminales tienen a la prisión previenen en reali­dad, los crímenes; pero no hay que creer que dejen de ser criminales esas gentes porque se avergüencen de cometer un crimen; no conocen tal sentimiento, y yo podría citar pruebas bien curiosas en apoyo de ese aserto. Todo el mundo me dice y declaro que es hecho curioso, que casi todos los penados son muy flojos; los hay que arrastrados por la desesperación se hacen indiferentes a la vida; pero rara vez ejecutan un plan que reclame sangre fría y valor sostenido. En resumen; lo que me parece más triste es que, aun cuando en virtud de lo que podría llamarse progreso legal, ocurren en esta población de presidiarios pocas cosas que caigan bajo la jurisdicción de los tribunales, no creo posible que se llegue a un progreso moral. Personas que pueden juzgar de esto me aseguran que un penado que tratara de convertirse al bien, no podría hacerlo mientras permanezca al lado de sus compañeros de crimen: sería para él la vida una larga serie de miserias y persecuciones. No hay que olvidar tampoco el mal ejemplo, los vicios engendrados por la aglomeración en las prisiones y a bordo de los buques de transporte. En suma, la traslación no pro­porciona el resultado que se prometía, examinada sólo bajo el punto de vista de la pena; no lo logra tampoco por lo que se refiere a la moralización; pero en este caso sucedería lo propio con cualquier otro sistema. Por el contrario, ha resultado favorable, en proporción muy superior a lo que podía esperarse, como medio de dar a los criminales la exterioridad de personas honradas y como medio de con­vertir a los vagabundos completamente inútiles en un hemisferio, en ciudadanos muy activos de otro, donde han creado un país magnífico y un gran centro de civilización.

30 de enero de 1836.- Dase el Beagle a la vela con rumbo a Hobart Town en la Tierra de Van-Diemen. El 5 de febrero, después de una travesía de seis días, cuya primera parte fue tan hermosa como fría y desagradable la segunda, entramos en la bahía de las Tormentas, con un tiempo que justifica muy bien este terrible nombre. La bahía debería llamarse más bien estuario, porque recibe las aguas del Derwen. Cerca de la desembocadura hay unos llanos de basalto muy elevados, y más adelante se hace el terreno montuoso y se puebla de bosque espeso. Las faldas de las colinas que rodean la bahía están cultivadas; pareciendo muy prósperas las hazas de trigo y de patatas. Por la tarde echamos el ancla en una pequeña y linda bahía a cuyas orillas se alza la capital de la Tasmania. El aspecto de esta ciudad es muy inferior al de Sydney. Hobart Town está situada al pie del monte Wellington, de 3.100 pies de eleva­ción, y es muy pintoresca. Alrededor de la bahía se ven muchos almacenes y un puertecito muy pequeño. Cuando se viene de las colonias españolas, cuyas fortificaciones suelen ser tan magníficas, no puede menos de chocar la insuficien­cia de medios de defensa de nuestras colonias. En compara­ción con lo que he visto en Sydney, lo que más me sor­prende es el pequeño número de edificios grandes, construidos o en construcción. Según el censo de 1835 tiene Hobart Town 13.826 habitantes, y toda la Tasmania 36.505.

A todos los indígenas los han llevado a una isla del estre­cho de Bass, de manera que la Tierra de Van-Diemen tiene la ventaja de hallarse libre de toda población indígena. Esta cruel medida se hizo inevitable, como único medio de poner fin a una tremenda serie de robos, incendios y asesinatos cometidos por los negros y que, tarde o temprano, hubiesen acarreado su exterminio completo. Confieso que todos estos males y sus consecuencias son probablemente efectos de la infame conducta de algunos de nuestros compatriotas. Treinta años es un período bien corto para desterrar hasta el último indígena de una isla casi tan grande como Irlanda La correspondencia cambiada con este motivo entre el gobierno inglés y sus representantes en la Tierra de Van­Diemen es muy interesante. Muchos indígenas habían sido muertos o hechos prisioneros en los continuos combates que por espacio de bastantes años se sucedieron; pero nada llegó a convencer a aquellas gentes de nuestra inmensa superioridad como la declaración del estado de sitio de toda la isla, el año de 1830, y la proclama en cuya virtud se llamaba a las armas a toda la población blanca para apode­rarse de todos los indígenas. El plan adoptado se parecía mucho al de las grandes cacerías de la India: se había for­mado una gran línea extendida a través de toda la isla con objeto de cazar a todos los indígenas en un fondo de saco, en la península de Tasmania; pero fracasó este plan porque los indígenas amordazaron sus perros y consiguieron romper las líneas en una noche oscura. No debe extrañar teniendo en cuenta lo extraordinario de sus sentidos y los ingeniosos medios que emplean para sorprender a los animales silvestres.

Me han asegurado que pueden ocultarse en un terreno casi descubierto, cosa difícil de creer no viéndola; pero que sucede porque su cuerpo negro se confunde con las raíces ennegrecidas de los árboles que hay en todo el país. A este propósito me han contado una apuesta que hicieron unos ingleses con un indígena: había de colocarse éste de pie y muy a la vista en la falda de una colina pelada, y apostaba a que si los ingleses cerraban los ojos durante menos de un minuto se escondería, sin que pudieran encontrarle, en el suelo; y ganó la apuesta. Comprendiendo los indígenas la clase de guerra que se les hacía, concibieron la más viva inquietud por conocer muy bien el poderío de los blancos, y entonces trece de ellos, pertenecientes a dos tribus, se rin­dieron reconociendo su impotencia. Por último, gracias a las intrépidas marchas de Mister Robinson, hombre lleno de actividad y de benevolencia, que no temía visitar a los indígenas más hostiles, se rindieron todos. Entonces se los llevó a una isla, donde se les proporcionaban alimentos y ropas. El conde de Strzelecki afirma que en la época de su deportación, en 1835, quedaban todavía 210 indígenas; en 1842 no había ya más que 54. De modo que, mientras las familias del interior de la Nueva Gales del Sur, indígenas preservados del contacto con los blancos, tienen hijos en gran número, los indígenas transportados a la isla de Flin­ders, no han tenido más que ¡14 hijos en ocho años!

Debiendo permanecer el Beagle diez días en Hobart Town, aprovecho la estancia para hacer varias excursiones interesantes por los alrededores, con el principal objeto de estudiar la conformación geológica de la isla. Desde el pri­mer momento me llama la atención un punto, y es: unas capas que contienen muchos fósiles pertenecientes al período devónico o carbonífero; encuentro la prueba de un pequeño levantamiento de época reciente, y descubro, por último, una capa aislada y superficial decreta amarillenta o travertino que conserva numerosas impresiones de hojas de árboles y conchas terrestres que no existen hoy. Es muy probable que esta pequeña cantera sea todo lo que quede de la vegetación de la Tierra de Van-Diemen en remotas épocas.



El clima es más húmedo que el de Nueva Gales del Sur, y por lo tanto, más fértil el suelo. La agricultura está muy floreciente, los campos labrados tienen hermoso aspecto y las huertas están llenas de legumbres y árboles frutales. He visto algunas quintas encantadoras en puntos muy distan­tes. El aspecto general de la vegetación se parece al de la Australia, aunque con un verde algo más alegre los árboles y más abundantes los pastos. Un día voy a dar un paseo largo por el lado de la bahía opuesto al en que se halla la pobla­ción, y cruzo la bahía en un vaporcito cuyas máquinas se han construido por completo en la colonia. ¡Y apenas hace tres años que se han establecido aquí los ingleses! Otro día subo al monte Wellington en compañía de algunos oficiales; tuvimos que tomar un guía porque el monte es muy espeso y nos hubiésemos perdido si hubiésemos ido solos. Por desgracia, nuestro guía es un simplón que nos hace tomar por la vertiente meridional del monte, que es la más húmeda y en la que más viva está la vegetación, y, por lo tanto, donde mayor es la dificultad para subir por los tron­cos podridos que hay en tan crecido número casi como en la Tierra del Fuego o en Chiloé. Necesitamos cinco horas y media de verdadero trabajo para llegar a la cumbre. En muchos puntos adquieren los eucaliptus extraordinario gro­sor y forman espesa selva. En algunas cañadas húmedas hay magníficos helechos arborescentes: uno he visto de 20 pies lo menos de altura y 6 de grueso; las ramas forman elegan­tes sombrillas que producen sombra tan densa que puede compararse al crepúsculo. La cima del monte, ancha y plana, está formada de grandes masas angulares de gres, y está a 3.100 pies sobre el nivel del mar. Está el tiempo magnífico y la vista es muy hermosa: por el norte se pre­senta el país bajo la forma de una masa de montañas pobla­das de árboles, de altura semejante a la cual nos encontra­mos y de igual configuración; por el sur está el terreno dividido en bahías numerosas. Permanecemos algunas horas en lo alto del monte y volvemos a bajar por un camino más fácil, pero son más de las ocho de la noche cuando llegamos al Beagle.

7 de febrero.- Sale el Beagle de Tasmania y llegamos al estrecho del rey Jorge, situado al sudoeste de Australia. Permanecemos allí ocho días, que son los más desagrada­bles de todo nuestro viaje. Visto el país desde la cima de un montecillo no es más que un llano inmenso poblado de árboles entre los que se alzan dispersos algunos cerros pelados de granito. Un día damos un paseo bastante largo con la esperanza de cazar algunos canguros. Por todas par­tes es arenoso y estéril el terreno y no produce más que malezas, gramíneas bastas o árboles raquíticos; parecía estar en la meseta de gres de los Montes Azules; encuén­trase, sin embargo, en abundancia, el Casuarina, árbol que se parece algo al pino escocés; el eucaliptus es más raro. En las partes abiertas se ven muchas gramíneas arborescentes, plantas algo semejantes a las palmeras, pero que en lugar de estar coronadas por hermosas hojas, llevan en lo alto de su tallo una espesa mata de filamentos tosquísimos. Visto a distancia el hermoso color verde de aquellos matorrales, parece indicar una gran fertilidad; pero basta un ligero paseo para disipar esta ilusión.

Acompaño al capitán Fitz-Roy al cabo Bald Head, de que tanto han hablado los navegantes; unos, imaginando ver allí corales, otros, árboles petrificados en la posición en que crecieron. En mi concepto han formado las capas el viento, que ha levantado partículas de arena sumamente finas, compuestas de detritus de conchas y corales, y esta arena se ha acumulado en las ramas y en las raíces de los árboles, del mismo modo que sobre muchas conchas terrestres. Enton­ces han consolidado toda esta masa infiltraciones calcáreas, y las cavidades cilíndricas que han quedado vacías por la putrefacción de la madera se han llenado de una especie de las estalactitas. Destruidas por el tiempo las partes blandas, y cambiadas hoy las raíces y las ramas en piedras duras, se elevan sobre la superficie del suelo, presentando el aspecto de un bosque de piedra.

Mientras que nos hallamos en el estrecho del rey Jorge viene a visitarnos una tribu numerosa de indígenas llamada de los Cockatoos blancos, lo mismo a estos indígenas que a sus vecinos los obsequiamos con algunos paquetes de arroz y de azúcar y les pedimos que nos den el espectáculo de un corrobery o gran baile. Al anochecer encienden pequeñas hogueras y empiezan los hombres a hacer su tocado, que consiste en cubrirse el cuerpo de líneas y puntos blancos. Una vez dispuestos, avivan los fuegos, alrededor de los cuales se sientan las mujeres y los niños para presenciar el espectáculo. Las dos tribus forman dos partidos distintos que suelen bailar uno frente al otro. Consiste la danza en correr de lado o en marchar en fila india marcando el paso con cuidado; para esto golpean el suelo con el talón, lan­zando fina especie de ronquido y chocan entre sí su maza y su lanza; no hay para qué decir que hacen otros mil gestos extraordinarios, extienden los brazos y sacuden el cuerpo de todas las maneras posibles. Es, en suma, un espectáculo grosero y bárbaro y que no tiene para nosotros significación de ningún género; pero observamos que las mujeres y los niños lo presencian con el mayor gusto. Probablemente en su principio representarían estos bailes actos bien defini­dos, tales como guerras y victorias. Hay uno que se llama la danza del emeu durante la cual todos los hombres extienden un brazo imitando la forma del cuello de este pájaro; en otro imita un hombre los movimientos del canguro y se le acerca otro imitando darle una lanzada.

Cuando las dos tribus bailan juntas resuena el suelo bajo sus pies, y se estremece el aire con sus gritos salvajes. Estando todos muy animados, casi desnudos, y vistos al resplandor de las hogueras agitándose con odiosa regulari­dad, representan por completo el espectáculo de una fiesta entre los salvajes más ínfimos. En la Tierra del Fuego habíamos visto escenas curiosas de la vida, pero ninguna creo tan animada, y en que los actores pareciesen más satisfechos. Cuando acabó el baile toda la tribu se puso en cucli­llas en el suelo formando círculo, y se les repartió arroz con azúcar, entre verdaderos aullidos de alegría.

Después de varios retrasos, penosos por causa del mal tiempo, nos damos a la vela, por fin, el 14 de marzo; deja­mos el estrecho del rey Jorge para dirigirnos a la isla Kee­ling. ¡Adiós Australia! Todavía no eres más que una niña, pero indudablemente reinarás un día en el hemisferio meridional; eres demasiado grande y demasiado ambiciosa para que se te pueda querer, pero no eres todavía lo bas­tante poderosa para que se te respete. Te dejo, pues, sin pena y sin arrepentimiento.



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