Viaje de un naturalista alrededor del mundo



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CAPITULO XVIII

SUMARIO: Atravesamos el archipiélago Peligroso.- Tahití.­Aspecto.- Vegetación en las montañas.- Vista de Eimeo.­Excursión al interior.- Desfiladeros profundos.- Serie de caídas de agua.- Los habitantes.- Su estado moral.- Reunión del Parlamento.- Nueva-Zelanda.- Bahía de las islas.- Hippalis.­Excursión a Waimate- Establecimiento de los misioneros.­Plantas inglesas convertidas en silvestres.- Waiomio.- Funera­les de una mujer de Nueva-Zelanda.- Nos hacemos a la vela para Australia.

Taití y Nueva-Zelanda.

20 de octubre de 1835.- Después de haber hecho el estudio hidrográfico del archipiélago de las Galápagos, ponemos rumbo a Tahití; comenzando entonces una larga travesía de 3.200 millas (5.120 kilómetros). Al cabo de algu­nos días salimos del espacio oscuro y nuboso que durante el invierno se extiende muy lejos en el océano, frente a la costa sudamericana, se vuelve el tiempo hermosísimo, e impulsados por los vientos alisios constantes hacemos de 150 a 160 millas al día. La temperatura es más alta en esta parte central del Pacífico que en la costa americana; se mantiene el termómetro en la cámara, noche y día entre 80 y 830 Fahrenheit (260,6 y 280,3C), lo que resulta muy agrada­ble; con un par de grados más, el calor sería insoportable. Atravesamos el archipiélago Peligroso, donde vemos varios de esos curiosos anillos de islas de coral, que se elevan hasta asomar por encima del agua, y que se llaman laggoons o attols. Una costa sumamente blanca, cubierta por una faja de vegetación verde, que desaparece en el horizonte; eso es lo que constituye un laggoons. Desde el tope del palo mayor se ve el agua tranquila en el interior del anillo. Estas islas de coral, bajas y huecas, se hallan en total desproporción con el vasto océano, donde se elevan abruptamente; y sorprende que tan débil barrera no la destruyan las olas prepotentes y siempre agitadas de este inmenso océano, que con tan poca razón se llama Pacífico.

15 de noviembre.- Al rayar el día llegamos a la vista de Taití, isla clásica para todos los viajeros del mar del sur. Vista a cierta distancia es poco atractiva: no se distingue todavía la admirable vegetación de las tierras bajas y casi no se ven, entre el celaje, más que los picos abruptos y los precipicios que forman el centro de la isla. Gran número de canoas vienen a rodear nuestro barco tan pronto como echamos el ancla en la bahía de Matavai; para nosotros es domingo, para Taití es lunes, pues de otro modo no hubié­semos recibido ni una sola visita; porque los habitantes obedecen con exactitud la orden de no echar al mar una canoa en domingo. Después de almorzar desembarcamos para disfrutar de todas las deliciosas impresiones que pro­duce siempre un país nuevo, y sobre todo cuando ese país es la encantadora Taití. Una porción de hombres, de mujeres y niños, todos alegres y divertidos, se reúnen en la célebre punta Venus para recibirnos, y nos llevan a casa de Mister Wilson, misionero del distrito, que nos acoge con la mayor cordialidad. Después de descansar allí unos momentos vamos a dar un paseo.

Las tierras cultivables no son más que una faja de terreno de aluvión alrededor de la base de las montañas y protegida contra las olas del mar por un arrecife de coral que rodea toda la isla. Entre este arrecife y la costa está el agua tan tranquila como la de un lago; allí pueden echar los indíge­nas sus canoas con toda seguridad, y en el mismo sitio suelen anclar los buques. Las tierras bajas que se extienden hasta las orillas del mar están cubiertas por los más admi­rables productos de las regiones intertropicales. En medio de los bananeros, naranjos, cocoteros y árboles del pan se labran algunos campos en que se cultiva la batata, la patata, la caña de azúcar y el ananás (piña). El monte mismo está constituido por un árbol frutal, el guava, que, a pesar de haber sido importado es hoy tan abundante que casi se ha convertido en una mala hierba. En el Brasil había yo visto el admirable contraste que forman los bananeros, palmeras y naranjos; pero aquí se añade el árbol del pan de espléndidas hojas brillantes y profundamente escotadas. Es magnífico ver bosques enteros compuestos de árboles tan vigorosos como las encinas y cargados de inmensos frutos nutritivos. Raro es que la idea de la utilidad de un objeto se añada al placer que proporciona mirarlo, y sin embargo, cuando se trata de estos árboles hermosísimos, es indudable que se admira doblemente su utilidad. Entre los sombreados campos serpentean muchos senderos que conducen a casitas diseminadas por doquiera; y en todas ellas nos reciben con la hospitalidad más amable.

Los habitantes son en realidad encantadores. Tienen sus facciones tal dulzura de expresión que no es posible imaginar que sean salvajes; y es tan grande su inteligencia que progresan en la civilización con suma rapidez. Los trabaja­dores van desnudos hasta la cintura, y así es como mejor puede admirarse a los taitianos. Son altos, bien proporcio­nados, anchos de hombros; en una palabra, verdaderos atle­tas. No sé quién ha dicho que el europeo se acostumbra con facilidad al espectáculo de las pieles oscuras y que éstas lle­gan a parecerle tan agradables y tan naturales como la suya blanca. Un hombre blanco que se baña al lado de un taitiano hace el mismo efecto que una planta blanqueada a fuerza de cuidados, al lado de un hermoso brote verde oscuro que crece vigoroso en medio del campo. Casi todos los hombres están pintarrajeados; pero acompañan tan graciosamente esas pinturas las curvas del cuerpo que producen un efecto muy elegante. Uno de los dibujos más comunes, pero cuyos detalles varían al infinito, puede compararse a la corona de una palmera. Parten estos dibujos, de ordinario, de la columna vertebral y se encorvan con arte a los lados del cuerpo. Podrá creerse que exagero, pero viendo el cuerpo de un hombre ornamentado en esta forma no he podido pres­cindir de compararlo al tronco de un hermoso árbol rodeado por delicadas plantas trepadoras.

Casi todos los viejos tienen los pies cubiertos de dibujos delicados, dispuestos de manera que simulan un zapato; aun cuando ha desaparecido ya en gran parte esta moda, siendo sustituida por otra. Aquí como en todas partes cambian las modas con bastante frecuencia; pero quieras o no quieras, hay que someterse a dejar que reine cuando se es joven. De este modo cada viejo lleva impresa, por decirlo así, su edad en su cuerpo y no puede jugar a los pollos. Las mujeres se pintan lo mismo que los hombres, y muchas veces llevan tatuajes en los dedos. Ahora (1835) se ha hecho casi univer­sal la moda de afeitarse la parte superior de la cabeza no dejando más que una corona de cabellos. Los misioneros han intentado reducir a los taitianos a que abandonen tal costumbre, pero es moda, y esta razón es tan suficiente en Taití como en París. Declaro que las mujeres me han desen­cantado; están muy lejos de ser tan hermosas como los hombres. Tienen, sin embargo, costumbres muy bonitas; por ejemplo: la de llevar una flor blanca o roja en la parte posterior de la cabeza, o en agujerito hecho en cada oreja. También suelen llevar una corona de hojas de cocotero, pero esto no es ya un adorno sino protección para los ojos. En resumen, paréceme que las mujeres ganarían mucho, más que los hombres, llevando un traje cualquiera.

Casi todos los indígenas saben algo de inglés, esto es, que conocen los nombres de las cosas más usuales; lo cual basta, con algunos signos, para poder conversar con ellos. Al vol­ver por la tarde al barco nos detenemos para contemplar una escena deliciosa. Muchos niños jugaban a la orilla del mar; quemaban fuegos artificiales que iluminaban los árbo­les y se reflejaban en las aguas, otros agarrados de las manos cantaban canciones del país. Nos sentamos en la arena para presenciar la pequeña fiesta, y pudimos com­prender que las canciones improvisadas se referían a nues­tra llegada. Una niña cantaba una frase y las otras la repe­tían en coro. Sólo esta escena bastaría para convencernos de que nos encontrábamos en la costa de una isla del célebre mar del Sur.

17 de noviembre.- Nuestro libro de ruta marca como fecha martes 17 en lugar de lunes 16. Avanzando siempre cada vez más al este, hemos ganado un día. Antes de almor­zar rodea nuestro barco una verdadera flotilla de canoas; seguro estoy de que suben a bordo doscientos indígenas lo menos. Todos estamos conformes en que en todos los demás países que hemos visitado hubiera sido imposible recibir al mismo tiempo a tan crecido número de indígenas. Todos llevaban alguna cosa que vender, principalmente conchas. Los taitianos comprenden hoy muy bien el valor del dinero y lo prefieren a los antiguos trajes y a otros objetos; sin embargo las diferentes clases de monedas inglesas o españolas les estorban y preocupan: no están tranquilos hasta que se les cambian las pequeñas en duros o en dollars. Casi todos los jefes han llegado a acumular teso­ros. Uno de ellos ofrecía no hace mucho tiempo 800 dollars (4.000 pesetas) por una lancha; y no es raro verlos gastarse 50 ó 100 dollars en comprar una ballenera o un caballo.

Después de almorzar me voy a tierra y trepo por la falda de la montaña más próxima hasta una altura de 2 a 3.000 pies. Las montañas próximas a la costa son cónicas y escar­padas; las rocas volcánicas que las componen están cortadas por numerosas quebradas que todas se dirigen hacia el cen­tro de la isla. Después de haber atravesado la estrecha faja de tierra fértil habitada que rodea el mar, sigo una pequeña loma situada entre los dos desfiladeros más profundos. La vegetación, que es original, consiste casi exclusi­vamente en helechos pequeños mezclados más arriba con gramíneas bastas; esta vegetación se parece a la que se encuentra en algunas colinas del país de Gales, y esto sor­prende mucho por lo mismo que acabamos de dejar bosque­cillos de plantas tropicales. En el punto más alto a que he llegado aparecen de nuevo los árboles. La primera de las tres zonas que he atravesado debe su humedad y su fertili­dad, por consiguiente, a su completa planicie; apenas se eleva, en efecto, sobre el nivel del mar y corre el agua en ella con mucha lentitud. La zona media como no se halla sumergida, como la superior, en una atmósfera húmeda y nubosa, es por completo estéril. Los árboles de la zona superior son muy lindos: helechos arborescentes reempla­zan a los cocoteros de la costa; pero no se crea que estos bosques sean espléndidos como los del Brasil; ni debía espe­rarse encontrar en una isla tan considerable número de producciones como en un continente.



Desde el punto más alto a que he llegado distingo muy bien, a pesar de la gran distancia, la isla de Eimeo, que pertenece al dominio de Taití. En las montañas altas de esta isla descansan inmensas masas de nubes que parecen for­mar una isla en el azul del cielo. A excepción de un paso muy estrecho, está rodeada la isla por un arrecife. Vista a tanta distancia como yo estoy, se distingue una línea blanca y estrecha, pero muy definida, a la cual van las olas a rom­perse en un muro de coral. Elévanse las montañas de repente y abruptas, desde un verdadero lago que se encien­rra en el interior de esa línea blanca, por fuera de la cual presentan las agitadas aguas del océano coloraciones oscu­ras. Este espectáculo es chocante; podría compararse a un grabado cuyo marco estuviese representado por los arreci­fes, el margen blanco por las aguas tranquillas del lago, y el grabado en sí por la misma isla. Cuando por la tarde bajé del monte encontré a un hombre al cual le había hecho un regalillo por la mañana: me trae bananas asadas calientitas, una piña y varias nueces de coco. No conozco nada más deliciosamente refrescante que la leche de una nuez de coco después de un paseo largo bajo un sol ardiente. Tantas piñas hay en esta isla que se comen como los nabos silves­tres en Inglaterra. Tienen un aroma delicioso, preferible quizá al de las que se cultivan en Inglaterra, y creo que este es el mayor elogio que puede hacerse de una fruta. Antes de volver a bordo encargo a Mister Wilson que le diga al taitiano que tan amable se ha mostrado conmigo, que nece­sito de él y de otro hombre para acompañarme en una breve excursión por las montañas.

18 de noviembre.- Salto a tierra muy temprano; me llevo un saco lleno de provisiones y dos mantas, una para mí y otra para mi criado. Se ata todo a los dos extremos de un palo largo que mis guías taitianos llevan por turno al hombro. Estos hombres están acostumbrados a llevar así durante días enteros 50 libras lo menos, en cada punta del palo. Les prevengo que tienen que proveerse de comida y de abrigo, y me responden que respecto de alimentos los hay de sobra en la montaña, y en cuanto a abrigos con la piel les basta. Subimos por el valle de Tiaauru, por el cual corre un río que desagua en el mar en la punta Venus: es uno de los ríos principales de la isla, y nace en la base de las montañas centrales más altas, que alcanzan una elevación de 7.000 pies. Es tan montañosa esta isla, que sólo puede penetrarse en el interior siguiendo los valles. Comenzamos por atravesar los bosques que orlan las orillas del río; los hori­zontes y puntos de vista a través de los árboles en las altas montañas del centro de la isla son extraordinariamente pin­torescos. Muy pronto se estrecha el valle, se elevan las montañas que lo limitan y toman el aspecto de verdaderos precipicios. Después de tres o cuatro horas de marcha nos encontramos en un verdadero desfiladero cuyo ancho no excede del lecho de un torrente. Las paredes a cada lado son verticales, pero están tan blandas estas capas volcánicas que en todas las depresiones crecen árboles y plantas numero­sas. Estas murallas tienen por lo menos varios miles de pies de altura, lo que hace esta garganta infinitamente más her­mosa que todo cuanto he visto hasta el presente. Hasta el medio día en que el sol lanzaba sus rayos directos sobre nuestras cabezas, el aire era fresco y bastante húmedo, pero después se hizo el calor asfixiante y nos detuvimos para comer a la sombra de un saliente de las rocas, debajo de un muro de lavas dispuestas en columnas. Mis guías se propor­cionaron un plato de peces y cangrejos pequeños, porque iban provistos de una redecilla extendida en un círculo y donde quiera que el agua estaba bastante profunda se sumergían, siguiendo al pez por todos los agujeros donde iba a refugiarse y le cogían con la red.

Los taitianos se manejan en el agua como si fuesen anfi­bios. una anécdota que Ellis cuenta, prueba que se hallan en este elemento como en su propia casa. En 1817, se desembarcaba un caballo para la reina Pomaré; se rompieron las cuerdas y el caballo cayó al agua; echáronse inmediatamente al mar los indígenas y con sus gritos y sus esfuerzos por ayudarle casi hicieron ahogarse al pobre animal; pero tan pronto como el caballo tomó tierra, se marchó toda la población para huir del cochino que lleva al hombre, nom­bre que habían dado al caballo.



Un poco más arriba se divide el río en tres pequeños torrentes. Dos de ellos son impracticables, pues forman una serie de cascadas que parten del vértice de la montaña más alta; el otro parecía tan inaccesible como los primeros, pero sin embargo llegamos a remontar su curso por un camino muy extraordinario. Los lados del valle son casi perpendicu­lares en este punto; pero, como muchas veces sucede en las rocas estratificadas, se encuentran pequeños salientes cubiertos de bananeros silvestres, de plantas liliáceas, y otras admirables producciones de los trópicos. Trepando los taitianos por aquellas eminencias para buscar frutas, descu­bren un sendero que permite subir hasta el vértice del pre­cipicio. Al principio la ascensión es peligrosa, porque hay que pasar sobre una superficie de rocas inclinadísimas, donde no hay una planta a que agarrarse, para salir de este sitio tuvimos que valernos de las cuerdas que habíamos llevado con las provisiones. Cómo se ha llegado a descubrir que este terrible paso es el único punto practicable del cor­tado de la cordillera es lo que no he podido comprender. Entonces seguimos una de las eminencias de la roca que nos condujo a uno de los tres torrentes. Esta eminencia forma una pequeña plataforma, por encima de la cual proyecta sus aguas una magnífica cascada, que tendrá varios cientos de pies de altura, y por debajo otra cascada muy alta va a verter sus aguas en el valle que está a nuestros pies. Tenemos que dar un rodeo para evitar que nos caiga el agua de la cascada, que se halla sobre nuestras cabezas. Seguimos nuestro camino por los salientes estrechísimos de las rocas, donde una abundante vegetación nos oculta en parte los peligros que corremos a cada paso. De pronto, para pasar de un saliente a otro tenemos que saltar por un muro vertical. Uno de mis guías apoya el tronco de un árbol contra esta muralla, trepa por un árbol y consigue al fin alcanzar la cima, aprovechando las desigualdades; ata entonces las cuerdas a una eminencia de la roca, y nos echa uno de los extremos; de este modo hicimos pasar nuestro equipaje y el perro, y nos dispusimos a saltar nosotros. Por debajo de la eminencia en que habíamos colocado el tronco había un precipicio que no tendría menos de 500 a 600 pies de pro­fundidad; si los helechos y los lirios no hubiesen disimulado en parte este abismo, habría yo tenido vértigo, y me hubiera sido imposible salvar estos arriesgados pasos. Seguimos nuestra ascensión, unas veces atravesando pequeñas plataformas, otras marchando por crestas divisorias de profun­das quebradas. En las cordilleras había yo visto montañas mucho mayores, pero no con mucho tan ásperas y acciden­tadas. Al caer la tarde, llegamos, por fin a un punto llano, a la orilla del torrente que habíamos ido siguiendo, y que no es más que una serie continua de cascadas, y establecemos en aquel sitio nuestro vivac para la noche. A los dos lados del desfiladero hay verdaderas selvas de bananeros de mote, cuajados de frutas maduras; muchos de estos árboles tenían de 20 a 25 pies de altura, y de 3 a 4 de circunferencia. En pocos minutos nos construyeron los taitianos una magnífica casa con pedazos de cortezas, sostenidos por cuerdas y tallos de bambú en vez de postes, cubierto todo con hojas inmen­sas de bananero; haciéndonos después una cama blandísima con hojas secas.

Prepáranse a encender fuego para guisar la cena, y lo obtienen frotando un pedazo de madera, cortado en punta tosca, en una ranura hecha en otro leño, como si se propu­sieran agrandar ésta; a fuerza de frotar se inflama la madera. Para este uso no emplean más que una madera sumamente blanca y muy ligera (Hibiscus liliaceus), la misma que les sirve para portear pesos, y con la que hacen las canoas. De este modo se proporcionan lumbre en pocos segundos; pero para el que no sepa la manera de hacerlo; es muy difícil, y no se logra el resultado sino a costa de muchí­simo trabajo; yo conseguí hacer fuego, y me sentía orgulloso de haberlo obtenido. El gaucho de las Pampas emplea dife­rente método; toma un palo flexible como de 18 pulgadas de largo, apoya uno de sus extremos en el pecho y aplica .el otro, cortado en punta, en un agujero hecho en medio de un trozo de madera; haciendo girar entonces con mucha rapi­dez la parte curva del palo, como si fuese un berbiquí, prén­dese el fuego en la madera. Cuando los tahitianos tuvieron encendida la lumbre, tomaron una veintena de piedras como del tamaño de una pelota común, y las colocaron sobre el leño inflamado. Diez minutos después se había consumido la madera y las piedras estaban calientes. Durante est tiempo habían envuelto en hojas los trocos de carne de vaca, los peces y las bananas que querían cocer, y después colocaron estos paquetitos entre dos capas de pie­dras calientes, y lo cubrieron con tierra de modo que el vapor no pudiese escapar. Al cabo de un cuarto de hora estaba cocida la cena, y todo resultaba delicioso. Presenta­ron la comida en hojas de bananero, y sirvieron de tazas las cáscaras de las nueces de coco: pocas veces he comido tan bien.

Imposible era dirigir la vista sobre las plantas que nos rodeaban sin experimentar la mayor admiración. Por todas partes se veían bosques de bananeros, cuyos frutos, aunque utilizables en grande escala para la alimentación, se pudrían en el suelo en cantidades increíbles. Delante de nosotros se extendía un campo inmenso de cañas de azúcar silvestres, y, por último, a los lados del torrente enormes cantidades de ava, planta de tallo nudoso, verde oscuro, y tan famosa en lo antiguo por sus poderosas cualidades embriagadoras. Yo masqué un pedacito, pero le encontré un gusto muy des­agradable y acre, hasta el extremo de parecerme que mas­caba una planta venenosa. Gracias a los misioneros no crece ya esta planta más que en los desfiladeros más apartados. Muy cerca pude ver el yaro silvestre, cuyas raíces cocidas son muy buenas de comer y cuyas hojas tiernas son mejores que las espinacas. También se encuentran allí la batata sil­vestre y una planta liliácea llamada ti, que crece en gran abundancia: tiene una raíz parda, blanda y tan semejante a un tarugo de madera, que pueden confundirse: esta raíz nos sirvió de postre; es tan azucarada como la melaza y tiene un gusto muy agradable. Hay además otras muchas especies de frutas silvestres y plantas útiles. En el torrente pequeño se ven muchas anguilas y bastantes cangrejos. No podía por menos de admirar esta escena y compararla con un punto no cultivado de las zonas templadas; y cada vez me conven­cía más de que el hombre, o al menos el hombre salvaje, cuya razón está todavía en parte sin desarrollar, debe ser hijo de los trópicos.

Antes que cerrase del todo la noche fui a pasearme a la sombra de los bananeros, subiendo por el torrente; pero no tardé en verme detenido, porque el torrente formaba una catarata en aquel punto de 200 ó 300 pies de altura; y más arriba había todavía otra. Menciono todos estos saltos en el curso de mi camino para dar una idea de la inclinación general del suelo. La pequeña depresión en que el torrente se precipita está rodeada de bananeros, y al verlos, diríase que jamás ha soplado el viento en este sitio, porque las grandes hojas de estos árboles, cubiertas de espuma, están perfectamente intactas, en vez de romperse en mil filamentos como de ordinario acontece. Suspendidos como lo esta­mos en un costado de la montaña, presentan un magnífico espectáculo los profundos valles inmediatos: por otra parte, las montañas altas del centro de la isla nos ocultan en parte el cielo. ¡Qué sublime espectáculo es ver desaparecer gra­dualmente la luz en estos elevados picos!

Antes de acostarse el viejo taitiano se puso de rodillas y con los ojos cerrados, repitió una larga oración en su lengua materna. Rezó como verdadero cristiano que no teme el ridículo, ni hace ostentación de su piedad Tampoco nin­guno de mis dos guías hubiese probado bocado sin decir primero una corta oración. Los viajeros que piensan que el taitiano no reza más que delante del misionero hubieran debido encontrarse con nosotros esta noche en medio de la falda de las montañas. Llueve muchísimo durante la noche; pero nuestro techo de hojas de bananero nos garantiza con­tra la lluvia.

Al apuntar el día preparan mis guías un excelente almuerzo, como la cena de la víspera. En verdad para ellos es una fiesta la comida: pocas veces he visto gente que coma tanto. Supongo que deben tener dilatado el estómago, por­que la mayor parte de sus alimentos son frutas y legumbres que, en determinado volumen, contienen una parte relati­vamente pequeña de elementos nutritivos. Sin saberlo, impulsé a mis acompañantes a violar una de sus leyes; llevaba para mi uso un frasco de aguardiente y tanto les animé a que lo bebiesen, que no pudieron negarse; pero en cuanto hubieron tomado el primer sorbo se pusieron un dedo sobre los labios pronunciando la palabra: «Misione­ros». Hace unos dos años, y a pesar de estar prohibida el ava, produjo tan espantosos estragos la embriaguez a con­secuencia de la introducción de los alcoholes, que los misio­neros tuvieron que convencer a los hombres más inteligen­tes, capaces de comprender el peligro de la rápida despoblación del país, para que constituyeran una sociedad de templanza. Arrastrados por el buen sentido o avergon­zados de quedarse fuera, todos los jefes y la misma reina se hicieron miembros de la sociedad En el acto se votó una ley prohibiendo la introducción de alcoholes y castigando con multa al que introdujera o vendiese este artículo prohibido. Para llevar la justicia hasta el extremo se concedió un plazo para consumir las existencias que hubiese en la isla; pero el día en que debía comenzar a regir la ley se giró una visita general, de la que ni siquiera se exceptuaron las casas de los misioneros y se arrojó a las calles cuanta ava se encontró (los indígenas dan el nombre genérico de ava a todos los alcoholes). Considerando los efectos de la intemperancia en los indígenas de ambas Américas, creo que cualquiera que estime a Taití debe estar agradecido a los misioneros. Todo el tiempo que la pequeña isla de Santa Elena perteneció a la Compañía de las Indias Orientales se prohibió allí la venta de alcoholes, por el daño que había causado y se llevaba el vino del Cabo de Buena Esperanza. Es muy extraño y casi no nos favoreció que en el mismo año en que se permitiera de nuevo la venta de alcoholes en Santa Elena, prohibió su uso el pueblo de Taití.

Después de almorzar emprendemos otra vez nuestra marcha. El único objeto que me proponía era ver un poco el interior de la isla; y volvemos, por consiguiente, por otro sendero que nos conduce algo más abajo al valle principal. Al principio es muy difícil la marcha en este costado de la montaña que cierra el valle; pero luego que el terreno se allana algo, atravesamos verdaderas selvas de bananeros silvestres. Cuando se ve, bajo la oscura sombra de estos árboles, a los taitianos desnudos y pintados, y con la cabeza adornada de flores, sin poderlo remediar se piensa en los habitantes de un -mundo primitivo. Para bajar al valle tenemos que seguir una larga serie de desigualdades de la roca, muy estrechas y tan inclinadas en algunos sitios como una escalera; pero están cubiertas de magnífica vegetación. El cuidado extremo que hay que poner para asegurarse bien a cada paso hace la marcha cansadísima. No dejaba de sorprenderme a la vista de tantas escarpaduras y precipi­cios; y cuando posado como un pájaro, en uno de esos sa­lientes de la roca vi el valle a mis pies, encontrándome aislado en el aire me parecía ir en un globo. Sólo una vez tuvimos que valernos de las cuerdas, en el punto en que el sendero se une con el valle principal. Pasamos la noche debajo de la roca en que habíamos comido la víspera; noche muy hermosa, muy apetecible y de oscuridad muy densa, por lo profundo de la cañada, y su anchura muy escasa.

Confieso que antes de ver el país por mí mismo, no podía comprender bien dos hechos referidos por Ellis: 1.0 que después de las terribles batallas de los tiempos antiguos los supervivientes del partido vencido se retiraron a las mon­tañas, donde un puñado de hombres podía resistir a todo un ejército. Y es seguro que media docena de hombres hubie­sen bastado para rechazar a mil en el sitio en que tuvimos que valernos de un tronco como escalera; 2.0 que, después de la conversión de los habitantes al cristianismo, quedaron en las montañas hombres salvajes, cuyas guaridas eran des­conocidas para los más civilizados.



20 de noviembre.- Emprendemos de nuevo el camino, muy temprano para llegar al mediodía a Matavai. En el camino nos encontramos una cuadrilla de hombres robustí­simos que van a buscar bananas silvestres. Al llegar me dicen que no pudiendo el barco proporcionarse agua dulce en cantidad suficiente ha ido a anclar al puerto de Papawa y me dirijo enseguida a dicho punto, que es muy bonito la bahía está rodeada de arrecifes y tan tranquila el agua como un lago; los terrenos cultivados, cubiertos de hermosas pro­ducciones de los trópicos, bajan hasta la orilla; por todas partes se ven quintas.

Antes de llegar a esta isla había yo leído muchos relatos contradictorios sobre el carácter de sus habitantes, y por lo tanto deseaba más juzgar por mí de su estado moral, por más que este juicio hubiera de ser necesariamente imper­fecto. Las primeras impresiones dependen casi siempre de idea preconcebidas. Lo que yo sabía acerca de estas islas lo habían visto en su parte principal, en la obra de Ellis (Poly­nesiam Researches), obra admirable y en extremo intere­sante pero en la que todo se presenta por el lado más favorable. Había leído también la relación del viaje de Bee­cheg y la de Kotzebue, encarnizados enemigos de todo cuanto oliese a misioneros. Comparando estos tres relatos puede formarse una idea bastante exacta de lo que es Taití en el momento actual (1835); pero sin embargo, los dos últimos autores citados me habían dado una opinión del todo inexacta, esto es, que los taitianos se habían vuelto sombríos, perezosos y que tenían un miedo espantoso a los misioneros. Declaro no haber encontrado vestigios de tal sentimiento, a menos que se confunda el temor con el respeto. Creía encontrar un pueblo descontento, y aseguro, por el contrario, que sería muy difícil hallar en Europa una nación tan alegre y tan dichosa. Sólo se les critica a los misioneros como una pequeñez y una locura el haber prohibido el uso de la flauta y el baile; también les critican la estricta observancia del domingo, que en estas islas han establecido. Yo que no he llegado a estar aquí ni siquiera tantos días como años han estado otros no me creo autori­zado para dar opinión acerca de este punto.

En resumen, paréceme que los sentimientos morales y religiosos de los habitantes son dignos de estudio. Muchas personas hay que atacan con mayor viveza todavía que Kot­zebue, ora a los misioneros, ora su sistema, ora los resulta­dos que éste ha obtenido; pero no se toman el trabajo de comparar el estado actual de la isla con el de hace apenas veinte años, ni aun con el estado de Europa en nuestra época: querrían encontrar en esta isla la perfección cris­tiana; querrían que los misioneros hubiesen logrado lo que los mismos apóstoles no alcanzaron; no piensan más que en acusar a los misioneros de no haber traído a estos pueblos el estado de moralidad más perfecto, en lugar de elogiar los resultados que han obtenido. Olvidan éstos o no quieren recordar, que los sacrificios humanos el poder de los sacerdotes idólatras un sistema de disolución sin ejemplo en ninguna otra parte del mundo -el infanticidio, conse­cuencia de este sistema- las guerras crueles, durante las cuales no perdonaban los vencedores ni a las mujeres, ni a los niños, han desaparecido hoy; que la introducción del cristianismo ha reducido mucho el fraude, la intemperancia y el vicio. Olvidar todo esto es una ingratitud en un viajero, que si llega a naufragar en alguna costa desconocida debe desear vivamente que las enseñanzas de los misioneros hayan penetrado hasta ella.

Dícese, es cierto, que no son ahora las mujeres mucho más virtuosas que lo eran antes; pero antes de maldecir de los misioneros conviene recordar las escenas descritas por el capitán Cook y Mister Banks, en que tienen puesto como actrices las abuelas y las madres de las mujeres de hoy. Los más severos deberían acordarse de que la buena conducta de las mujeres en Europa, proviene, en parte, de las lecciones y de los ejemplos que las madres dan a sus hijos, tanto como de los preceptos religiosos. Pero inútil es razonar con esas gentes; pues estoy convencido de que encolerizados por no haber encontrado tantas facilidades para el vicio como en otro tiempo no quieren conceder el honor de este progreso a una moral que no desean en modo alguno practicar, o a una religión que rebajan si no desprecian.

Domingo 22.- El puerto de Papieté, donde reside la reina, puede considerarse como la capital de la isla; también tiene allí su asiento el gobierno, y allí acuden la mayor parte de los buques. El capitán Fitz-Roy llevó a esta punto una parte de la tripulación para que oyesen el Oficio divino, primero en taitiano y luego en inglés. Celebró el Oficio Mister Pritchard, misionero principal de la isla. La capilla, construida en madera, estaba completamente llena de gente, limpia y muy comedida, de todas edades y sexos. No quedé muy satisfecho de la atención que prestaban al Oficio, pero quizá esperaba ya demasiadas lindezas. De todas maneras, sería muy difícil encontrar gran diferencia entre el Oficio divino celebrado en Taití y el de una aldea cualquiera de Inglaterra. El canto de los himnos era muy agradable, pero el sermón, aunque el orador se expresaba con facilidad, resultaba bastante monótono, quizá por la repetición cons­tantes de las palabras: Tata ta mata mai. Después del Oficio inglés nos volvimos a pie hasta Matavai, paseo delicioso, unas veces a la orilla del mar, otras a la sombra de magnífi­cos árboles.

Hace unos dos años que un barquito que llevaba el pabe­llón inglés fue saqueado por los habitantes de una isla com­prendida en los dominios de la reina de Taití. Atribuyóse este acto a ciertas órdenes dadas por su majestad; y el gobierno inglés pidió una compensación, que fue aceptada, conviniendo en que se pagaría una suma de cerca de 3.000 dollars el día 1.0 de septiembre último. El comandante de la escuadra de Lima había ordenado al capitán Fitz-Roy que se ocupase de este asunto y de pedir satisfacción si no se le entregaba el dinero conforme se había convenido. Pidió éste, por lo tanto, audiencia a la reina Pomaré, famosa después de los malos tratos que le hicieron sufrir los france­ses, y ella ordenó que se reuniese, bajo su presidencia un parlamento, compuesto de los principales jefes de la isla, para estudiar esta cuestión. No trataré de describir esta escena, después de haberlo hecho ya, y de un modo tan interesante, el capitán. No se había entregado el dinero y tal vez las razones aducidas para explicar el retraso no eran del todo satisfactorias; pero no encuentro palabras para expre­sar la sorpresa que experimentamos todos viendo el buen sentido; la energía del razonamiento, la moderación, el can­dor, la prontitud de resolución que mostró el parlamento. Salimos todos de la reunión con una idea muy diferente respecto de los taitianos, de la que llevábamos al entrar. Los jefes y el pueblo resolvieron subscribirse para obtener a prorrata la cantidad necesaria. El capitán Fitz-Roy les hizo notar que era duro sacrificar sus propiedades particulares para borrar crímenes de insulares muy alejados; y respon­dieron que agradecían mucho sus palabras al capitán, pero que Pomaré era su reina y estaban decididos a ayudarle en esta dificultad. Este acuerdo y su ejecución pronta, puesto que al día siguiente quedó la suscripción abierta, termina­ron admirablemente esta notable escena de lealtad y de buenos sentimientos.



Con motivo de la discusión habida, varios jefes hicieron muchas preguntas al capitán Fitz-Roy sobre las leyes y cos­tumbres internacionales, en particular acerca del trato usado con los barcos y los extranjeros. En seguida comen­zaba la discusión y muy poco después quedaban votadas las leyes. Varias horas duró este parlamento taitiano; y cuando se cerró la sesión invitó a la reina Pomaré el capitán Fitz­Roy a que visitara el Beagle.

25 de noviembre.- Envíanse, por la tarde, cuatro canoas para transportar a S.M., el barco está empavesado y coloca­dos los marineros en los obenques, cuando llega la Corte a bordo; acompañan a la reina casi todos los jefes, que se conducen con toda corrección; no pidieron nada y parecían muy satisfechos de los obsequios que el capitán les hizo. La reina es una mujer gorda que no tiene gracia, ni belleza, ni dignidad; sólo posee una cualidad real: una perfecta indife­rencia para todo cuanto la rodea Los cohetes causaron uni­versal entusiasmo, después de cada explosión se levantaba un formidable grito en toda la bahía; admiraron mucho los cantos de los marineros, y dijo la reina que uno de los más alegres era en realidad un himno. Hasta después de media noche no regresó a tierra el cortejo real.

26 de noviembre.- Levamos anclas durante la tarde y favorecidos por una hermosa brisa de tierra nos alejamos en dirección de Nueva-Zelanda. Al ponerse el sol echamos la última mirada sobre las montañas de Taití, isla a que cada viajero ha pagado un tributo de admiración.

19 de diciembre.- Por la tarde comenzamos a distinguir. en lontananza la Nueva-Zelanda. Ahora podemos decir que casi hemos atravesado el Pacífico. Se necesita haber navegado por este inmenso océano para comprender todo lo grande que es: semanas enteras hemos corrido, y muy deprisa, sin encontrar nada por delante, sin ver nada más que agua azul y profunda. En los mismos archipiélagos no son las islas más que puntos microscópicos muy separados entre sí. Acostumbrados como estamos a estudiar cartas hechas en pequeña escala, recargadas de puntos, sombras y letreros, se nos hace muy difícil comprender lo muy pequeña que es la proporción de las tierras respecto a la de las aguas en esta extensión inmensa. Hemos atravesado el meridiano de los antípodas y nos hace dichosos la idea de que cada legua recorrida ahora nos acerca a Inglaterra. ¡Los antípodas! Es esta una palabra que evoca en el espíritu innumerables ideas desarrolladas en la infancia, multitud de perplejidades experimentadas entonces. Todavía hace pö cos días pensaba yo en ese límite imaginario, como en un punto definido en nuestro viaje hacia la patria; hoy tengo que confesarme que todos esos lugares que la imaginación nos representa son otros tantos fantasmas, que el hombre no consigue nunca alcanzar. Una tempestad que ha durado varios días nos ha dado tiempo para calcular lo que todavía nos queda que hacer antes de regresar a nuestro país, y nos ha hecho desear más, si cabe, el término del viaje.

21 de diciembre.- Por la mañana penetramos en la bahía de las islas, y en el momento de entrar cae el viento, por lo cual llegan las doce del día antes que logremos echar el ancla. El país es muy montañoso; sus contornos redon­deados; muchos brazos de mar que parten de la bahía, pene­tran muy adentro en las tierras. A cierta distancia parece el suelo cubierto por prados de hierbas ordinarias, que no son más que helechos. En las colinas distantes y en algunos lugares de los valles se ven muchos árboles. El tinte general del país no es verde brillante, sino que se parece algo a la región situada al sur de Concepción en Chile. En varios puntos de la bahía bajan hasta la orilla del agua varios pueblecillos compuestos de casas cuadradas y limpias. En el puerto hay tres balleneros, y de vez en cuando atraviesa una canoa de un punto a otro de la costa. Con esas ligeras excepciones citadas parece reinar en todo el país la quietud más completa. Una sola canoa sale a nuestro encuentro. En suma: esta soledad y el aspecto total del cuadro forman duro y poco agradable contraste con la alegre acogida que tuvi­mos en Taití.

Por la tarde nos dirigimos a tierra, desembarcando junto a uno de los más numerosos grupos de casas, qué apenas merece el nombre de pueblo. Esta aldea se llama Pahia: es la residencia de los misioneros, y no hay en ella ningún indígena, fuera de los criados y los obreros. En total, hay unos 200 ó 300 ingleses entre el vecindario de la bahía de las islas; todas las casitas, que están blanqueadas con cal y muy limpias, son propiedad de los ingleses. Las chozas de los indígenas son tan pequeñas e insignificantes, que no se las distingue hasta estar encima de ellas. ¡Qué gusto da volver a encontrar en Pahia las flores inglesas que adornan los jardines que dan acceso a las casas! Hay allí rosas de varias clases, madreselvas, jazmines, alelíes y cercados ente­ros de agavanzos.



22 de diciembre.- Voy a dar un paseo por la mañana, pero no tardo en convencerme de que es imposible recorrer el país. todas las colinas están cubiertas de helechos inmen­sos y de unas plantas parecidas al ciprés, que forma maleza apretadísima; hasta ahora no se ha roturado y cultivado sino muy poco terreno. Trato de recorrer la orilla del mar, y también allí, por donde quiera que dirigía mis pasos, me veía detenido por brazuelos de mar o por profundos arro­yos. Como sucede en Chiloé, no pueden comunicarse los habitantes de los diferentes puntos de la bahía sino embar­cados. Con alguna sorpresa observo que casi todas las coli­nas han estado en otro tiempo fortificadas. La cumbre está labrada en gradas o terrazas sucesivas y defendidas además, muchas de ellas, por un foso profundo. Después vi que también las colinas principales del interior tienen esa forma artificial debida al trabajo humano, a lo cual llaman los habitantes los palis y de que habla mucho Cook con el nombre de Hippali, diferencia de pronunciación que depende de que en el segundo caso va el artículo añadido al nombre. Los montones de conchas y las zanjas en que me han dicho que acostumbran los indígenas a conservar las patatas, prueban que en lo antiguo estuvieron muy pobla­dos los palis. Como en estas colonias no hay agua, no podían sus defensores sostener en ellas un sitio prolongado; pero podían impedir un ataque repentino y defenderse gra­dualmente de terraza en terraza. La introducción general de las armas de fuego ha cambiado todo el sistema de la guerra en estos pueblos, puesto que la cumbre de una colina es hoy una situación muy expuesta; por eso se construyen hoy (1835) los palis en las llanuras. Consisten éstos en una doble estacada formada con pedazos de madera muy grue­sos y muy altos, colocados en zig-zag, de manera que se puede hacer frente al enemigo por detrás o por los flancos. En el interior de la estacada se levanta un montecillo artifi­cial, detrás del cual pueden abrigarse los defensores del fuerte. En la empalizada de circunvalación se abren varias puertecillas muy bajas para que los defensores puedan salir a reconocer al enemigo. Añade el reverendo V. Williams, a quien debo estos detalles, que en uno de esos palis habíanse encontrado separaciones, y preguntándole al jefe para qué servían, le dijo que para separar a los hombres, a fin de que si algunos eran muertos, los de al lado no los viesen y no se desalentaran. Los neo-zelandeses consideran estos palis como exce­lente medio de defensa; y en efecto, sus enemigos no han estado nunca lo bastante disciplinados para precipitarse en grupos sobre la empalizada, destruirla y tomarla. Cuando una tribu guerrea, no puede el jefe mandar a un hombre que vaya aquí o allí: cada uno combate como mejor le parece; ahora bien, todos deben considerar que aproximarse a una empalizada defendida por hombres que llevan armas de fuego, es exponerse a una muerte segura. No creo, sin embargo, que pueda darse raza más guerrillera que los neo­zelandeses. Su conducta, cuando vieron por primera vez un buque, como lo cuenta el capitán Cook, es el mejor ejemplo: se necesita, en efecto, un valor muy grande para apedrear un objeto tan grande y tan nuevo, y para gritar: «Venid a tierra, os mataremos y os comeremos a todos». La mayor parte de sus trajes y hasta sus más insignificantes actos demuestran ese espíritu guerrero. Si un neo-zelandés recibe un golpe, aunque sea jugando, tiene que devolverlo; y he visto varios ejemplos.

Gracias a la civilización son ya las guerras mucho menos frecuentes, fuera de las de las tribus meridionales. Me han contado un rasgo característico de estas tribus ocurrido hace algún tiempo. Llegó un misionero a casa de un jefe y encon­tró a toda la tribu preparándose para la guerra; los fusiles estaban limpios y dispuestas las municiones. Hizo el misio­nero largos discursos para convencer a los indígenas de la inutilidad de la guerra y la simpleza de las causas que a ella los impulsaban, y tanto y tan bien habló que el jefe adoptó la inquebrantable resolución de renunciar a la guerra; pero se acuerda de improviso de que tenía un barril de pólvora en muy mal estado y que no podría conservarse ya mucho tiempo: este fue argumento irresistible que demostró la necesidad de una guerra inmediata; porque habría sido una lástima perder tan buena pólvora, y quedó decidida la lucha. Me han contado los misioneros que el amor a la guerra ha sido el único y exclusivo móvil de todas las acciones de Shongi, el jefe que estuvo en Inglaterra. La tribu de que era jefe había sido antes muy oprimida por la que habita las, orillas del río Thames; y los hombres juraron solemne­mente que tan pronto como sus hijos tuviesen edad y fuerza suficientes para luchar, no perdonarían nunca lo que se les había hecho sufrir. El principal objeto del viaje de Shongi a Inglaterra había sido encontrar los medios de cumplir ese voto. No se cuidaban de los regalos que se les hacían sino en tanto que pudiesen convertirse en armas; no les interesó más que la fabricación de éstas. Por una extraña coinciden­cia al pasar por Sydney encontró Shongi en casa de Mister Marsden al jefe de la tribu de las orillas del Thames; se saludaron cortésmente, y después dijo Shongi a su enemigo que tan pronto como volviese a Nueva-Zelanda le daría una guerra sin tregua ni cuartel. El otro aceptó el reto, y en cuanto Shongi volvió cumplió su palabra al pie de la letra; acabando por destruir por completo la tribu del Thames y por matar al jefe a quien había desafiado. Fuera de ese vivo sentimiento de odio y de venganza Shongi era, dicen, una buena persona.

Por la tarde, voy con el capitán Fitz-Roy y Mister Baker, uno de los misioneros, a visitar a Kororadika; paseamos por el pueblo charlando con mucha gente, hombres, mujeres y niños. Como es natural, comparamos a los neo-zelandeses con los taitianos, que en medio de todo, pertenecen a la misma raza; pero no resulta ventajosa la comparación para los primeros: tal vez tengan más energía que los taitianos, pero por todos los demás conceptos son inferiores a éstos. No hay más que mirar a unos y a otros para convencerse de que los unos son salvajes y los otros hombres civilizados. En vano se buscaría en toda Nueva Zelanda un hombre con la expresión y el aire distinguido del viejo jefe taitiano Utamme. Quizá depende esto de que los extravagantes dibujos del tatuaje de los neo-zelandeses les den un aspecto desagradable. Sorprende y choca, cuando no se está acos­tumbrado a ver los complicados aunque simétricos dibujos del tatuaje que cubre los cuerpos de estas gentes; y es tam­bién muy probable que las profundas incisiones que se hacen en la cara destruya el juego de los músculos superfi­ciales y les dé el aire de rigidez inflexible que presentan. Al lado de esto tienen también cierta expresión en la mirada que indica astucia y ferocidad. Son altos y muy robustos pero no puede comparárseles, bajo el punto de vista de la elegancia, ni con las clases más inferiores de Taití.

Sus personas y sus casas son muy sucias y despiden un olor horrible, como si jamás hubiesen tenido ni pensa­miento de lavarse o de limpiar sus cosas. He visto a un jefe que llevaba la camisa negra y cubierta de porquería, que parecía almidonada. Preguntándole cómo era que iba tan sucio: «¿Pero no ve usted, me respondió con extrañeza, que es una camisa vieja?» Algunos llevan camisa, pero la cos­tumbre general del país es una manta grande y muy sucia que llevan sobre los hombros con poquísima gracia. Algu­nos de los jefes principales tienen trajes ingleses bastante limpios, pero no los usan más que en las grandes solemnidades.



23 de diciembre.- Los misioneros han comprado algu­nos terrenos para establecer cultivos en un sitio llamado Waimate a unas 15 millas de la bahía de las islas y a mitad de camino entre la costa occidental y la oriental. Me habían presentado al reverendo W. Williams, quien, cuando le manifesté mi deseo me invitó a visitar su establecimiento, y Mister Buthby, el residente inglés, me ofreció llevarme embarcado a un ancón donde vería una bonita cascada, lo cual acortaría mucho el camino que tenía que hacer a pie. También me proporcionó un guía. Preguntó a un jefe vecino, si podría recomendar a alguien para que me guiase y el mismo jefe se ofreció a acompañarme. Tan por completo ignoraba este jefe el valor del dinero que me preguntó primero cuántas libras esterlinas le daría por su servicio, y enseguida se conformó con dos dollars. Cuando le enseñé un paquetito que quería llevar declaró que tenía que hacerse acompañar por un esclavo. Estos sentimientos de orgullo comienzan a desaparecer; pero hace poco tiempo, cualquier jefe hubiera preferido morir, antes de someterse a la indig­nidad de llevar la más pequeña carga. Era mi guía hombre activo; llevaba una capa muy sucia y la cara toda pintarra­jeada; en otro tiempo era un gran guerrero. Parecía estar en muy buenas relaciones con Mister Buthby, lo que no impe­día que a veces tuviesen violentos altercados. Mi compatriota me dijo que el mejor medio de entenderse con esta gente, aun en los momentos en que más encolerizados se hallan, es reírse tranquilamente de ellos. «Un día vino este jefe a decirle a Mister Buthby amenazándole: Un gran jefe, un gran hombre, uno de mis amigos ha venido a visitarme; es menester que usted le dé algo muy bueno que comer, que le haga usted buenos regalos, etc.». Mister Buthby le dejó concluir y después le dijo con mucha calma: «¿Y qué más tendrá que hacer su esclavo en favor de usted?» El otro le miró con aire de grandísima sorpresa, pero dejó sus bravatas.

Hace algún tiempo tuvo que resistir un ataque mucho más serio. Un jefe acompañado de mucha tropa trató de penetrar en su casa a media noche; pero no pudiendo lograrlo, iniciaron un fuego de mosquetería bastante vivo. Mister Buthby fue herido ligeramente, pero logró rechazar a los agresores.

Poco después se descubrió al autor, al jefe que había mandado aquella tropa y se provocó una reunión para tratar el asunto. Los neo-zelandeses consideraron este acto como odioso, por haber tenido lugar el ataque durante la noche y por estar la señora Buthby enferma en la casa (hay que declarar en honor suyo que consideran la presencia de una persona enferma como una protección), y convinieron en confiscar las tierras del agresor para remitírselas al rey de Inglaterra. Hasta entonces no se había dado ejemplo de que un jefe fuese juzgado ni menos aún castigado. Además fue degradado aquel individuo; lo que los ingleses consideraron mucho más importante que la confiscación de sus bienes.

En el momento en que el barco abandonaba la costa, entró en él otro jefe, que no tenía más deseo qué pasearse por el ancón. No he visto en mi vida expresión más horri­ble, ni más feroz que la cara de aquel hombre; y sin embargo me parecía haber visto su retrato en alguna parte: lo encontrará el que desee verlo en los dibujos que ha hecho Retzch para ilustrar la balada Fridohir de Schiller, donde dos hombres empujan a Roberto al horno: éste es el que pone el brazo sobre el pecho de Roberto. Prescindiendo de esto, tenía en mi presencia un perfecto ejemplo de fisono­mías; este jefe era un asesino, y al mismo tiempo, la iniqui­dad personificada. Cuando desembarcamos me acompañó Mister Buthby algunos metros para mostrarme el camino. No pude por menos de admirar la imprudencia del viejo cochino que habíamos dejado en el barco, cuando le gritó a Mister Buthby: «No se estén ustedes ahí mucho tiempo, que me carga esperarlos aquí».

El camino que seguimos es un sendero muy batido, orlado en ambos lados por altos helechos semejantes a los que cubren todo el país. Al cabo de algunos minutos llega­mos a una aldeíta compuesta de varias chozas rodeadas de campos de patata. La introducción de esta planta en Nueva­Zelanda, ha sido un beneficio para esta isla. Hoy se cultiva más que ninguna otra legumbre indígena. Este país pre­senta una ventaja natural inmensa; y es que no pueden morir de hambre sus habitantes: ya he dicho que todo el país está cubierto de helechos; pues bien, si las raíces de esta planta no son un alimento muy agradable, por lo menos contienen muchos principios nutritivos; por lo cual puede un indígena estar seguro de no morirse de hambre, alimen­tándose con esas raíces y con conchas, que abundan en extremo en todas las regiones de la costa. En todas las aldeas lo primero que se ven son unas plataformas sosteni­das en cuatro postas1 y a 10 ó 12 pies sobre el suelo, donde se colocan las cosechas para ponerlas al abrigo de toda clase de accidentes.

Nos acercamos a una de las chozas y veo un espectáculo que me divierte mucho: la ceremonia del froté de las nari­ces. En cuanto nos ven acercarnos empiezan las mujeres a salmodiar en el tono más melancólico y luego se sientan sobre los talones, con la cara vuelta hacia afuera. Aproxí­mase mi compañero sucesivamente a cada una de ellas, y coloca la nariz en ángulo recto con la de ella; apretándola con bastante fuerza. Esta operación dura un poco más que nuestro ordinario apretón de manos; y también como nos­otros apretamos más o menos fuerte, según el afecto, así hacen ellos; añadiendo durante la ceremonia pequeños gru­ñidos de satisfacción, muy parecidos a los que producen los cerdos que se rascan uno con otro. Observo que el esclavo se frota la nariz con todo el que encuentra en el camino, sin cuidarse de dar la primacía a su amo. Aunque entre estos salvajes tienen los jefes derecho absoluto de vida y muerte sobre sus esclavos, hay falta absoluta de etiqueta entre unos y otros. Mister Burchell ha visto lo mismo entre los grose­ros bachapines que habitan el África meridional. Donde­quiera que la civilización alcanza cierto grado, se producen en el acto gran número de formalidades entre los individuos que pertenecen a clases diferentes: en Taití está todo el mundo obligado a descubrirse hasta la cintura en presencia del rey.

Cuando acabó mi acompañante de frotarse la nariz, con todos los individuos presentes, nos sentamos en círculo delante de una de las chozas y descansamos una media hora. Todas las chozas tienen casi la misma forma y tamaño, y todas se parecen en otra cosa, esto es, en que están tan abominablemente sucias las unas como las otras. Parecen establos abiertos por un extremo: en el interior tienen un tabique con un orificio cuadrado, lo que constituye una pequeña habitación muy oscura. Allí es donde los indígenas conservan todo lo que tienen, y donde se acuestan cuando hace frío; pero comen y pasan el día en la parte abierta. Cuando mis guías acabaron de fumar su pipa, volvimos a emprender el camino. El sendero sigue cruzando un país ondulado cubierto en todas partes de helechos. A nuestra derecha vemos un riachuelo que describe numerosas vueltas; las orillas están pobladas de árboles y también se ven arbustos y malezas en las faldas de las colinas. A pesar de su color verde parece el paisaje desolado; la vista de tanto helecho da idea de la esterilidad; opinión, sin embargo, incorrecta, puesto que dondequiera que los helechos se dan bien, hay seguridad de que el suelo será muy fértil si se lo labra. Creen algunos residentes que en otras épocas estaba todo este país cubierto de bosques, que han sido destruidos por el fuego. Se dice que cavando en los puntos más descu­biertos se encuentran pedazos de resina como la que corre por el pino de Kauri. Sin duda han tenido los indígenas motivo para destruir esas selvas, puesto que los helechos que les proporcionaban buen alimento, no crecen sino en los lugares abiertos. La casi completa falta de otras especies gramíneas, notable carácter de la vegetación de estas islas, puede explicarse tal vez por el hecho de que en lo antiguo se hallaban estos campos del todo cubiertos por las selvas.

El terreno es volcánico; en algunos puntos pasamos sobre corrientes de lava, y en algunas colinas próximas se distinguen cráteres. Mucho placer me proporciona este paseo, aunque en ningún sentido sea hermoso el país; y aún me hubiese agradado más, si mi compañero, el jefe, no hubiera sido un detestable parlanchín. Yo no sabía más que tres palabras de la lengua: «bueno, malo y sí». Alternativa­mente las iba empleando para contestar a todo lo que me decía, por supuesto, sin entender ni una palabra de su dis­curso. El parecía estar muy satisfecho de encontrar persona que prestase tan grande atención a sus palabras, por lo cual no cesó un sólo instante de hablarme.

Por fin llegamos a Waimate. Después de haber atrave­sado un país deshabitado e inculto de tantas millas de extensión, nada tan grato como encontrarse de improviso ante una granja inglesa, rodeada de campos bien labrados. No está en su casa Mister Williams, pero Mister Davies me recibe del modo más afectuoso. Después de haber tomado el té con su familia vamos a dar un paseo por la granja. Tres grandes casas hay en Waimate, donde residen los misione­ros Mr. Williams, Davies y Clark; y cerca de ellas están las chozas de los braceros indígenas. En una colonia próxima se ven hazas magníficas de trigo y de cebada; en otros puntos, campos de patatas y de tréboles. No puedo describir todo lo que he visto: grandes jardines, donde se hallan todas las frutas y todas las legumbres de Inglaterra y otras muchas pertenecientes a climas más cálidos; pudiendo citar como ejemplo: el espárrago, la judía, el cohombro, el ruibarbo, la manzana, la pera, el higo, el melocotón, el albaricoque, las uvas, la aceituna, la grosella, la mora y el lúpulo; los brezos forman los cercados y de trecho en trecho se ven algunas encinas; cultivándose también muchas especies de flores. Alrededor del patio de la granja, establos, una era para separar el trigo, una máquina de echar, una fragua; sobre el suelo carros y otros instrumentos agrícolas; en medio del patio, cerdos y gallinas que parecen gozar de la misma felicidad que en una hacienda inglesa. A unos cuantos cien­tos de metros se ha encauzado un arroyuelo y se ha estable­cido un molino de agua.

Todo esto es tanto más sorprendente cuanto que hace cinco años no se veían aquí más que helechos; y los que han ejecutado estos trabajos son obreros indígenas. Neo­zelandeses son los que han edificado las casas, los que han hecho la ventanas, los que han labrado los campos, los que han injertado los árboles. En el molino he visto a un neo­zelandés todo enharinado como su compañero el molinero inglés. Estas escenas me han llenado de admiración; pero no proviene tanto esta admiración de creerme vuelto a Inglaterra -y sin embargo al cerrar la noche los ruidos domésticos que hieren mis oídos, los campos de trigo que me rodean hacen la ilusión completa, y hubiera podido creerme de regreso en mi país- no proviene tanto del legítimo orgullo que me causa la vista de los progresos obtenidos por mis compatriotas, como de la esperanza que este espectáculo me inspira para el porvenir de esta her­mosa isla.

Varios jóvenes rescatados por los misioneros están empleados en la granja; llevan camisa, pantalón y chaqueta y tienen aire muy respetable. Si puede juzgarse por un detalle insignificante, creo que han de ser honrados. Uno de estos labradores se acercó a Mister Davies, cuando estába­mos paseando por la granja, para entregarle un cuchillo, y una barrena que había encontrado en el camino, y que no sabía, dijo, de quién serían. Parecen estar muy satisfechos. Por las tardes juegan a los caballitos con los hijos de los misioneros, lo que no deja de hacerme reír pensando en lo que se moteja a los misioneros de llevar su austeridad hasta el absurdo. El aspecto de las muchachas que sirven de cria­das en el interior de las casas me choca todavía más. Están tan limpias, tan bien vestidas y parecen disfrutar de tan buena salud como las domésticas de las haciendas de Ingla­terra, lo que contrasta de un modo sorprendente con las mujeres que habitan las innobles chozas de Kororadika. Quisieron las esposas de los misioneros convencerlas para que renunciaran al tatuaje; pero un día apareció un famoso operador del sur de la isla y no pudieron resistir la tenta­ción. «Es preciso, dijeron, que nos hagamos pintar algunas líneas en los labios, porque si no cuando seamos viejas y se nos arrugue la boca vamos a estar demasiado feas». La moda del tatuaje tiende a desaparecer, y tal vez dure más por un signo distintivo entre el amo y el esclavo. Es raro lo pronto que nos acostumbramos a lo que nos pareció más extraordinario; así sucede que los misioneros mismos encuentran falta de algo importante a una cara cuando no está tatuada y no les parece entonces el rostro de un caba­llero de Nueva-Zelanda.

Al caer la tarde me vuelvo a casa de Mister Williams, donde he de pernoctar.

Encuentro allí muchos niños reunidos para celebrar la Nochebuena; todos están sentados alrededor de una gran mesa y tomando té. ¡Nunca he visto grupo más lindo de niños, ni más alegre; y admira pensar que esto se ve en una isla donde el canibalismo, el asesinato y todos los crímenes más atroces reinan como en propio dominio! Por otra parte, hasta los mismos jefes de la casa de la Misión parecen disfrutar de la alegría y de la felicidad que respiran todas estas caritas.

24 de diciembre.- Dícese la oración de la mañana en neo-zelandés en presencia de toda la familia. Después del desayuno me voy a pasear por el patio y por la huerta. Es día de mercado; los indígenas de las cercanías llevan sus patatas, su maíz y sus cochinos, que cambian por mantas y por tabaco; a veces a fuerza de persuasiones logran los misioneros que compren un poco de jabón. El hijo mayor de Mister Davies, que explota una finca es el jefe superior del mercado. Los hijos de los misioneros que han venido jóve­nes a vivir en la isla comprenden la lengua indígena mejor que sus padres, y también se hacen obedecer mejor que ellos por los salvajes.

Un poco antes del mediodía me llevaron, Mister Williams y Mister Davies a una selva inmediata para ense­ñarme los famosos pinos Kauris. Medí uno de estos magní­ficos árboles y por encima de las mismas raíces tiene 31 pies de circunferencia. A cierta distancia hay otro, demasiado lejos para que yo vaya a verlo, que tiene 33 pies de circunfe­rencia, y otro me han citado que tiene 40. Son muy notables estos árboles porque tienen el tronco liso y cilíndrico y que se eleva hasta una altura de 60 pies y a veces hasta 90 pies, conservando en toda esta extensión casi el mismo diámetro y sin una sola rama. La copa es pequeñísima en compara­ción del tronco y las hojas muy pequeñas respecto de las ramas. Esta selva está casi en totalidad formada por los kauris; el paralelismo con que están situados, da a los árbo­les más grandes el aspecto de gigantescas columnas de madera. Esta madera es la producción más preciosa de la isla; además sale del tronco una gran cantidad de resina, que entonces se les vendía a los americanos a 10 céntimos la libra2, porque en realidad no conocían sus usos. Paré­ceme que algunos de los bosques de Nueva-Zelanda deben ser completamente impenetrables; pues me ha contado Mister Matthews que conocía uno que no tendría menos de 34 millas de ancho, que separa dos regiones habitadas y que acababa de atravesar por primera vez. Acompañado por otro misionero, y cada uno a la cabeza de cincuenta hom­bres, trató de abrirse paso a través de esta selva; y sólo pudieron lograrlo después de quince días de trabajo. Muy pocos pájaros he visto en el monte. En cuanto a los demás animales, es muy raro que en una isla de más de 700 millas de norte a sur, y en muchos puntos de 90 millas de ancho, que tiene localidades muy diversas, un buen clima y terrenos situados a todas las alturas desde el nivel del mar hasta 14.000 pies, no tenga más que un ratón representando a los animales indígenas. Varias especies de pájaros gigantescos, pertenecientes a la familia de los deinornis, parecen haber reemplazado aquí a los mamíferos, como todavía los reem­plazan los reptiles en el archipiélago de las Galápagos. Se dice que el ratón común de Noruega ha destruido en dos años al de Nueva-Zelanda en todo el norte de la isla. En muchos puntos he encontrado varias especies de plantas que, lo mismo que los ratones, he conocido como compa­triotas. Un puerro ha invadido distritos enteros; induda­blemente produjo no pocas dificultades, cuando por gran favor lo trajo aquí un barco francés. La bardana común está también muy extendida y será siempre testimonio dé la picardía de un inglés que trajo sus semillas en vez de las del tabaco.



Voy a comer con Mister Williams al volver de este paseo; en un caballo que me prestó vuelvo a la bahía de las islas, dejando a los misioneros después de darles muy expresivas gracias por su afectuosísima acogida y lleno de admiración por su celo y sus sacrificios, pues creo que sería muy difícil encontrar hombres más dignos que lo son éstos de ocupar el importante puesto que tan bien desempeñan.

Día de Navidad.- Dentro de pocos días hará cuatro años que salimos de Inglaterra. Celebramos las primeras Navi­dades en Plymouth; las segundas en la bahía de San Martín, cerca del Cabo de Hornos; las terceras en Puerto Deseado, en Patagonia; las cuartas en un puerto salvaje de Tres Mon­tes; las quintas aquí, y espero que celebraremos las próxi­mas en Inglaterra. Asistimos al Oficio divino en la capilla de Pahia; parte de él se hace en inglés y parte en lengua indígena. Durante nuestra estancia en Nueva-Zelanda no hemos oído hablar de actos recientes de canibalismo; pero Mister Stokes ha encontrado huesos humanos calcinados, esparcidos junto a un hogar en una isleta próxima al lugar en que está anclado nuestro buque; es probable, sin embargo, que los restos de aquel soberbio banquete estuvie­sen allí desde hace muchos años, puesto que la moralidad del país va mejorando muy deprisa. Mister Buthby refiere un hecho gracioso como prueba de la sinceridad de algunos, al menos, de los indígenas convertidos al cristianismo. Uno de los jóvenes de que he hablado y que leía las oraciones a los otros criados, se despidió. Unas cuantas semanas des­pués tuvo ocasión de pasar de noche y bastante tarde cerca de una casa aislada y vio a este joven que al resplandor de la lumbre les leía la Biblia a varios individuos que había reunido alrededor suyo. Concluida la lectura se arrodillaron todos para rezar y nombraron en sus oraciones a Mister Buthby, a su familia y a todos los misioneros del distrito.

26 de diciembre.- Nos ofrece Mister Buthby a Mister Sullivan y a mí llevarnos en canoa algunas millas al interior por el río Cawa-Cawa, acompañándonos después a la aldea de Waiomio, donde hay algunas rocas curiosas. Remonta­mos por uno de los brazos de la bahía, disfrutando de la vista de un paisaje delicioso; seguimos nuestro viaje en barco hasta que llegamos a una aldea desde la cual no es ya el río navegable. Un jefe de esta aldea y algunos hombres salen para acompañarnos hasta Waiomio, que está a unas cuatro millas de aquí. Este jefe era al presente un poco célebre, porque acababa de ahorcar a una de sus mujeres y a un esclavo, culpables de adulterio. Habiéndole dirigido un misionero algunas amonestaciones con ese motivo, le res­pondió muy sorprendido que creía haber seguido en abso­luto el método inglés. El viejo Shongi, que se hallaba en Inglaterra durante el proceso de la reina, no dejaba nunca de decir, cuando se le hablaba de ello, lo muy mal que le parecía aquel proceder. «Cinco mujeres tengo, decía, y pre­feriría más cortarles la cabeza a todas que someterme a tales molestias por causa de una sola».

Después de descansar un rato en la aldea, nos vamos a otra, colgada en una colina apoca distancia. Cinco días antes de nuestra llegada había muerto una de las hijas del jefe, que todavía era pagano. habían quemado la choza en que había muerto, y colocado el cadáver de pie entre dos canoas en el suelo, y rodeado de una empalizada cubierta por las imágenes de sus dioses, talladas en madera; todo esto pintado de rojo, para que pudiera verse desde muy lejos. Las ropas de la muerta estaban atadas al sepulcro, y los cabellos, cortados, colocados a sus pies. Los padres se habían cubierto de heridas los brazos, el cuerpo y la cara, en términos que todavía estaban llenos de coágulos de sangre; las mujeres viejas en este estado se ponen horrorosas. Algunos oficiales visitaron a estas gentes al otro día para verlos; las mujeres seguían gimiendo todavía y cortándose la piel.



Siguiendo nuestro paseo no tardamos en llegar a Waio­mio. Hay masas de gres originales, que parecen antiguos castillos ruinosos. Estas rocas han servido mucho tiempo para sepultura, y por lo tanto, se consideran como lugares sagrados, y no es posible acercarse demasiado a ellas. Sin embargo, uno de los jóvenes que nos acompañan, exclama: «¡Seamos valientes!» y se lanza hacia adelante; le sigue toda la cuadrilla hasta unos cien metros de la roca, y allí, de común acuerdo, se detienen todos. Debo advertir que nos dejaron visitar este lugar, sin hacernos la menor observa­ción. Descansamos en la aldea algunas horas, durante las cuales ha tenido Mister Buthby una discusión con un viejo, a propósito del derecho a vender ciertas tierras; el viejo, que parece estar muy fuerte en la genealogía local, indica los poseedores sucesivos de las tierras, clavando en el suelo una serie de estacas. Antes de abandonar la aldea nos regala a cada uno un cesto de patatas asadas, que nosotros, siguiendo la costumbre, aceptamos para comerlas por el camino. Entre las mujeres ocupadas de guisar he visto un esclavo varón. Humillante oficio debe ser en un pueblo tan gue­rrero ocuparse en una faena que se considera casi indigna de las mismas mujeres. A los esclavos no se les permite hacer la guerra; pero, ¿es bastante enérgica la privación? Yo he oído hablar de un desgraciado que, durante una batalla, se pasó al enemigo. Dos hombres se apoderaron de él en el acto; pero como no pudieron entenderse respecto de a cuál de ellos pertenecía, ambos le amenazaban de muerte con su hacha de piedra, y los dos parecía que se hallaban decididos, por lo menos, a impedir que el otro se lo llevase vivo. La habilidad de la mujer de un jefe salvó a aquel infeliz, que ya estaba medio muerto de miedo. Volvemos a la canoa, y llegamos a bordo de nuestro barco por la tarde, muy tarde.

30 de diciembre.- Después del medio día dejamos la bahía de las islas para dirigirnos a Sidney. Creo que todos nos consideramos dichosos de abandonar la Nueva­Zelanda. Es seguro que no hay en ella cosa agradable. No se encuentra en estos indígenas aquella atractiva sencillez, que tanto gustaba en Taití; por otra parte, la mayoría de los ingleses que en esta isla habitan son la espuma de la socie­dad. No puede decirse, no, que sea el país atractivo. Sólo un recuerdo feliz me ha dejado Nueva-Zelanda: Waimate y sus habitantes cristianos.


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