Viaje de un naturalista alrededor del mundo



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CAPITULO XVII



SUMARIO: Todo el grupo es volcánico.- Número de los cráteres.- Arbustos desprovistos de hojas.- Colonia en la isla de San Carlos.- La isla James.- Lago salado en un cráter.- Historia general, del archipiélago.- Ornitología: gorriones curiosos.­Reptiles.- Inmensas tortugas; sus costumbres.- Lagarto marino; se alimenta de plantas marinas.- Lagarto terrestre; su molde en el suelo; es herbívoro- Importancia de los reptiles en el archipiélago.- Peces, conchas, insectos.- Botánica.- Tipo de organización americana.- Diferencia entre las especies o las razas en las distintas islas.- Los pájaros están casi domesticados.- El miedo al hombre es un instinto adquirido.

Archipiélago de los Galápagos.

15 de septiembre de 1835.- El archipiélago de las Galá­pagos se compone de diez islas principales, de las cuales cinco son mucho más grandes que las otras. Está situado este archipiélago junto al Ecuador, a 500 ó 600 millas al oeste de la costa de América. Todas las islas se componen de rocas volcánicas; algunos fragmentos de granito vitrifi­cados de un modo especial y modificados por el calor consti­tuyen apenas una excepción. Varios cráteres que coronan las islas más grandes tienen extensión considerable y se elevan a 3.000 ó 4.000 pies, viéndose a los lados otros innumerables orificios menores. No dudaría en asegurar que hay por lo menos dos mil cráteres en todo el archipié­lago; ora formados de lavas o escorias, ora de tobas admira­blemente estratificadas y muy parecidas al gres. La mayor parte de islas tienen formas simétricas y deben su origen a erupciones de lodo volcánico sin erupción de lava. Y, hecho notable, los veintiocho cráteres, compuestos de la manera que acabo de indicar y que he examinado por mí mismo, tienen el lado meridional mucho menos elevado que los otros, y en algunos hasta quebrado y arrancado. Como parece casi seguro que todos estos cráteres se han formado en medio del mar, sin dificultad se explica aquel hecho en cráteres compuestos de materia tan poco resistente como la toba, por razón de que los vientos alisios y las olas procedentes del Pacífico unirían sus esfuerzos para combatir la costa meridional de todas las islas.

El clima no es en extremo cálido, teniendo en cuenta que están las islas bajo el mismo Ecuador, y esa circunstancia se debe sin duda a la muy baja temperatura de las aguas que las rodean, que están muy mezcladas con la gran corriente polar del sur. Llueve raras veces, fuera de una estación cortísima, y aun en ésta con poca regularidad; pero están siempre las nubes muy bajas, lo que hace que la parte infe­rior de las islas sea por demás improductiva, mientras que las superiores, desde 1.000 pies en adelante, tienen clima húmedo y vegetación muy abundante. Donde más y mejor se produce ésta es en las regiones expuestas a los vientos, por se las primeras en recibir y condensar los vapores de la atmósfera.

El 17 por la mañana desembarcamos en la isla Chatham. Como todas las demás, es redondeada y no tiene más de particular que unas cuantas colinas, restos de antiguos crá­teres. En una palabra, no hay nada menos atractivo que el aspecto de esta isla. Arbustos raquíticos, tostados por el sol y que apenas pueden vivir, cubren en toda su extensión una corriente de lava basáltica negra, de rugosísima superficie y hendida en varias partes por inmensas grietas. Calentada en exceso por los rayos de un sol ardiente, la superficie del terreno, callosa a fuerza de estar seca, hace pesado y asfi­xiante el aire como si saliese de un horno. Parecíanos que hasta los árboles se sentían mal. Traté de recoger todas las plantas que pude, pero obtuve muy pocas, y son todas hier­bas tan pequeñas y de aspecto tan enfermizo, que más bien parecen de la flora ártica que de la ecuatorial. Vistos a cierta distancia, me parecían los arbustos desprovistos de hoja, como lo están nuestros árboles- en invierno; y se tarda mucho tiempo en descubrir que no sólo tienen todos tantas hojas como pueden tener, sino que la mayoría están es flor.

El más común pertenece a la familia de las euforbiáceas. Sólo dos árboles dan un poco de sombra y son: una acacia y un gran cactus de forma muy grotesca. Dícese que después de la estación de las lluvias reverdecen en parte por algún tiempo. El único país en que he visto vegetación compara­ble a la de las Galápagos en la isla volcánica de Fernando Noronha, situada, por muchos conceptos, en condiciones análogas.

Rodea el Beagle la isla Chatham y ancla en varias bahías. Paso una noche en tierra, en una parte de la isla donde hay un gran número de conitos truncados negros y poco eleva­dos; cuento hasta sesenta y todos coronados por cráteres más o menos perfectos. Casi todos consisten en un anillo de escorias rojas, cimentadas en conjunto; no se elevan apenas más que de 50 a 100 pies sobre el nivel del llano de lava, y ninguno da signos de actividad reciente. Toda la superficie de esta parte de la isla parece haber sido agujereada, como una espumadera por los vapores subterráneos; en varios puntos, se halla soplada, en grandes burbujas, la lava, toda­vía maleable; en otros sitios se han desplomado las cubier­tas de las cavernas así formadas y se ven en el centro pozos circulares con sus brocales derechos. La forma regular de estos numerosos cráteres da al país un aspecto de artificio, que me recuerda mucho el de las regiones del Stafforshire donde hay muchos altos hornos. Hacía un calor horroroso; sentía increíble angustia arrastrándome sobre aquella superficie rugosa; pero el extraño aspecto de una escena ciclópea compensaba con exceso mis fatigas. Durante el paseo encontré dos tortugas, cada una de las cuales debería pesar 200 libras; una de ellas se comía un pedazo de cactus, y cuando me acerqué me miró con atención y se alejó len­tamente; la otra dio un silbido formidable y escondió la cabeza bajo el caparazón. Estos reptiles inmensos, rodeados de lavas negras, de arbustos sin hojas y de colosales cactus me parecen verdaderos animales antidiluvianos. Los pocos pájaros, de colores oscuros, que encontré no parecieron ocuparse de mí más que de las grandes tortugas.



23 de septiembre.- Dirígese el Beagle a la isla Carlos.

Desde hace mucho tiempo es bastante frecuentado este archipiélago; primero, por los cazadores y ahora por los balleneros; pero casi no hace más que seis años que se ha establecido una pequeña colonia. Hay doscientos o trescien­tos habitantes, y casi todos son gentes de color condenados por causas políticas en la República del Ecuador, cuya capi­tal es Quito. La colonia se ha instalado a cuatro millas y media tierra adentro y a unos 1.000 pies de elevación. La primera parte del camino que a ella conduce está entre arbustos sin hojas, parecidos a los que hemos visto en la isla Chatham. Un poco más arriba se presentan más verdes, y al llegar a la cumbre o vértice de la isla se disfruta una fresca brisa del sur y descansa la vista una hermosa vegetación verde. Las hierbas bastas y los hongos abundan también en esta región superior; pero no hay helechos arborescentes, ni se encuentra tampoco ningún miembro de la familia de las palmeras, cosa tanto más extraña, cuanto que a 360 millas más al norte, toma nombre la isla de los Cocos del sinnú­mero de cocoteros que la pueblan. Están construidas irregu­larmente las casas en un terreno llano, donde se cultivan la patata y las bananas. Difícil es imaginar el gusto con que volvemos a ver el mantillo, después de tanto tiempo de no ver más que el suelo abrasado del Perú y de Chile septen­trional. Aunque los habitantes se quejan sin cesar de la pobreza, se proporcionan sin gran trabajo todos los alimen­tos que necesitan. En los bosques encuentran muchos jaba­líes y cabras monteses; pero su principal alimento son las tortugas. Aun cuando ha disminuido muchísimo en esta isla el número de estos animales, se dice que en dos días de caza debe obtenerse alimento para el resto de la semana. Se asegura que antiguamente se llevaban algunas lanchas de una sola vez hasta setecientas tortugas, y que los tripulantes de una fragata se llevaron a la costa en un sólo día doscientas.



29 de septiembre.- Doblamos el extremo sudoeste de la isla de Albemarle, y al día siguiente nos alcanza una calma entre esta isla y la de Narborough. Las dos islas están cubiertas por enorme cantidad de lava negra que se ha desbordado de los inmensos cráteres, como la pez se sale del vaso en que se la hace hervir, o se ha escapado por los pequeños orificios de los lados del cráter. En su caída han cubierto estas lavas gran parte de la costa. Se sabe que en estas dos islas se han verificado algunas erupciones, y en la de Albemarle hemos visto nosotros escapar un chorrito de humo por el vértice de uno de los cráteres grandes. Por la tarde anclamos en la bahía de Bank en las costas de Albe­marle, y al siguiente día me voy a tierra. Al sur del cráter de toba resquebrajado en -que ha echado el ancla el Beagle hay otro de forma elíptica y simétrico, cuyo eje mayor tiene poco menos de una milla y unos 500 pies de profundidad En el fondo hay un lago y en su centro ha formado un islote otro pequeñísimo cráter. Hacía un calor horroroso; el lago con su agua transparente y azulada me atraía insensible­mente; me precipité en las cenizas que formaban sus orillas y medio asfixiado por el polvo me apresuré a probar el agua; por desgracia era saladísima.

En las rocas de la costa abundan lagartos negros de tres o cuatro pies de longitud; en las colinas hay en igual cantidad otra especie y unos huían al vernos y otros se ocultaban en su agujero; pero ahora describiré con detalles las costum­bres dé estos dos reptiles. Toda esta parte septentrional de la isla Albemarle es sumamente estéril.



8 de octubre.- Llegamos a la isla James, que como la de Carlos se llama así en honor a los Stuardos. Me quedo ocho días aquí con Mister Bince y nuestros criados, y se va el Bea­gle para hacer agua, dejándonos provisiones y una tienda. Encontramos una cuadrilla de españoles que desde Carlos habían mandado aquí para secar pescados y salar tortugas. A unas seis millas hacia el interior y a cerca de 2.000 pies de altura han fabricado una choza, en la cual viven dos hom­bres ocupados en pillar las tortugas; los otros pescan en la costa. Dos veces he ido a visitar esta choza y he pasado en ella una noche. Como en todas las demás islas de este archi­piélago, está cubierta la región inferior de arbustos que casi no tienen hojas; pero los árboles crecen aquí mejor que en las otras; pues yo he visto varios que tenían dos pies y hasta dos pies y nueve pulgadas de diámetro. En la parte superior, conservan las nubes la humedad y por eso la vegetación es muy hermosa. Tan húmedo está el suelo en estas regiones superiores, que he encontrado grandes prados de un Cype­rus ordinario en que viven gran número de rasconcillos de agua. Mientras he estado en esta parte alta casi no he comido otra cosa que carne de tortuga. El pecho, asado al estilo de los gauchos, es decir, sin quitarle la piel (carne con cuero) es excelente; con las tortugas jóvenes se hace muy buena sopa, pero no puedo decir que me entusiasme esta carne.

Un día acompañé a los españoles en su ballenera hasta una salina o lago donde se proporcionan la sal. Después de desembarcar tenemos que hacer un largo viaje por una capa de lava reciente, muy rugosa, que casi ha rodeado un cráter de toba, en cuyo fondo está el lago de agua salada. No hay más que tres o cuatro pulgadas de agua que descansan sobre una capa de sal blanca preciosamente cristalizada. El lago es redondo, y lo rodean magníficas plantas de color verde bri­llante; las paredes, casi perpendiculares, del cráter, están cubiertas de árboles; todo el cuadro es, en una palabra, por demás curioso y pintoresco.

Hace algunos años asesinaron los marineros de un balle­nero a su capitán en estos apartados lugares: entre las malezas he visto su cráneo.

Durante la mayor parte de nuestra estancia, una semana, estuvo el cielo despejado; cuando dejaba de soplar el alisio por espacio de una hora, el calor se hacía insoportable. Dos días seguidos marcó el termómetro en el interior de la tienda durante algunas horas 930F (330,8C), pero al aire libre, al sol y al viento no marcaba más que 850F (290,4C). La arena estaba extraordinariamente caliente; coloqué un termómetro en arena parda y subió enseguida el mercurio a 1370F (580,3C), y no sé hasta dónde hubiese llegado, por­que, por desgracia, terminaba allí la escala. La arena negra estaba todavía más caliente, en tales términos, que apenas se podía andar por encima aun llevando botas muy gruesas. Muy curiosa es la historia natural de estas islas, y merece la mayor atención. La mayor parte de las producciones orgánicas son esencialmente indígenas, y no se las encuen­tra en ninguna otra parte; hasta entre los habitantes de las diferentes islas se encuentra cierta diversidad. Todos los organismos tienen, sin embargo, cierto grado de parentesco más o menos marcado con los de América, aun cuando separan al archipiélago del continente 500 ó 600 millas de océano. En una palabra, este archipiélago forma por sí solo un pequeño mundo, o más bien un satélite adjunto a Amé­rica, de donde ha sacado algunos habitantes y de donde procede el carácter general de sus producciones indígenas. Extraña todavía más el número de seres aborígenes que alimentan estas islas, teniendo en cuenta su poca extensión. Viendo todas la colinas coronadas por sus cráteres, y perfec­tamente marcados todavía los límites de cada corriente de lava, hay motivo para creer que, en una época geológica­mente reciente se extendía el océano donde se encuentran ellas hoy. Así pues, tanto en el tiempo como en el espacio nos encontramos frente a frente del gran fenómeno, del misterio de los misterios: la primera aparición de nuevos seres sobre la tierra.

Respeto de mamíferos terrestres, no hay más que uno que pueda considerarse como indígena: un ratón (Mus galapaguensis), y hasta donde yo puedo asegurarlo se halla confinado en la isla Chatham, la más oriental del grupo. Mister Waterhouse me dice que pertenece a una división de la familia de los ratones particular en América. En la isla James se encuentra una rata, muy diferente de la especie común, que ha merecido ser denominada y descrita por Mister Waterhouse; pero como pertenece a la rama de la familia que habita el antiguo mundo, y como muchos barcos han visitado esta isla durante los ciento cincuenta últimos años, es indudable que debe ser una simple variedad produ­cida por clima, alimentación y país nuevos y por todo extremo originales. Aun cuando nadie tiene derecho a sacar conclusiones que no se apoyen en hechos adquiridos, debo decir que el ratón de Chatham puede ser una especie ameri­cana importada a esta isla. En un lugar muy poco frecuentado de las Pampas he visto, en efecto, un ratón vivo en el tejado de una choza recién construida; lo probable es que hubiese sido llevado en algún buque; y el doctor Richardson ha observado hechos análogos en la América septentrional.

Me he proporcionado veintiséis especies de pájaros te­rrestres, todos especiales, de este grupo de islas; no se los encuentra en ninguna otra parte, a excepción de un gorrión parecido a la alondra de Norteamérica (Dolichonyx ovyzi­vorus) que habita ese continente hasta los 540 de latitud norte, y que frecuenta los pantanos. Las otras veinticinco especies de pájaros consisten: 1.0 en un halcón que, por su figura, es un curioso intermedio entre el halcón voraz y el grupo americano de los Polyboros, que se alimentan de carne podrida, y se aproxima mucho a estos últimos pájaros por todas sus costumbres y hasta por la voz; 2.0 dos búhos que representan a los de orejas cortas y a los blancos de las granjas de Europa; 3.0 un reyezuelo, tres papa-moscas (dos de éstos últimos son especies de Pyrocephalus, y uno o dos no deberían considerarse sino como variedades, en con­cepto de algunos ornitólogos), y una paloma; aunque todos se parecen a las especies americanas, son muy diferentes; 4.0 una golondrina que, aun cuando no se diferencia de la Progue purpurea de ambas Américas sino en que es más oscuro su plumaje, y es más pequeña y más fina, la consi­deró Mister Gould como específicamente distinta, y 5.0 tres especies de pájaros burlones1, forma que caracteriza en particular a América.

Los otros pájaros terrestres forman un grupo muy especial de gorriones que se parecen entre sí por la conformación de los picos, por la cola corta, la forma del cuerpo y el plumaje. Hay trece especies que ha dividido Mister Gould en cuatro subgrupos. Todas son exclusivas de este archipiélago, lo mismo que el grupo entero, a excep­ción de una especie de subgrupo Cactornis, importado hace poco de la isla Bow, que forma parte del archipiélago Peligroso.

Con frecuencia se ven las dos especies de Cactornis posarse en las flores de los grandes cactus; pero todas las otras especies de este grupo de gorriones habitan los terre­nos secos y estériles de los distritos bajos, mezcladas sin distinción y marchando en bandadas. Los machos de todas las especies, o por lo menos de la mayoría de ellas, son negros como el azabache; las hembras, con una o dos excep­ciones a lo más, son pardas. El fenómeno más curioso es la perfecta graduación en el grueso de los picos, en las diferen­tes especies de Geospira, que varía entre el tamaño del de un pico-gordo y el de un pinzón; y si ha comprendido Mis­ter Gould, con razón en el grupo principal, el subgrupo Certhidea podría decirse que hasta el tamaño del pico de una silvia. El pico del Cactornis se parece algo al del estor­vino; el del cuarto subgrupo, Camarhynchus, afecta en cierto modo la forma del papagayo. Al considerar esta graduación y diversidad de conformaciones en un grupito de pájaros tan próximos unos a otros, podría creerse que en virtud de una pobreza original de pájaros en el archipiélago, se había modificado una sola especie para llegar a fines diferentes. Del mismo modo podría imaginarse que un pájaro primitivamente próximo a los búhos había llegado a desempeñar el papel de los Polyborus en el continente americano.

No he podido proporcionarme más que once especies de zancudas y pájaros acuáticos, y sólo tres de ellas, incluso un rascón que se encuentra en las cumbres húmedas de la isla, son especies nuevas. Teniendo en cuenta las costumbres errantes de las gaviotas, es muy raro que la especie que habita estas islas sea también original, aunque resulte muy inmediata a otra especie que frecuenta las partes meridiona­les de Sudamérica.

El carácter propio, mucho más marcado que el observado en los pájaros terrestres, es decir, que de veintiséis especies, veinticinco son nuevas o al menos razas nuevas, en comparación con las zancudas y las palmípedas, concuerda bien con la mayor extensión de la habitación de estos últimos órdenes en todo el mundo. No tardaremos en ver que la ley en virtud de la cual las formas acuáticas sean de agua dulce o salada, difieren menos, en un punto cualquiera de la super­ficie del globo, que las formas terrestres correspondientes a las mismas clases, se encuentra a la perfección confirmada por las conchas, y en menor grado por los insectos de este archipiélago.

Dos zancudas son algo menores que las mismas especies importadas en estas islas; también la golondrina es algo más pequeña, por más que se dude que sea diferente de su análoga. Los dos búhos, los dos papamoscas (Pyrocephalus) y la paloma son también más pequeñas que las especies análogas, pero diferentes, con las cuales tienen más inme­diato parentesco, y la gaviota, en cambio, es más grande.

Los dos búhos, la golondrina, las tres especies de sinson­tes, la paloma en sus colores aislados, pero no el conjunto de su plumaje, el Totamus y la gaviota tienen colores más oscuros que las especies análogas, y en particular los sinson­tes y el tótamus mucho más oscuros que los de todas las demás especies de los dos géneros. Fuera de un reyezuelo que tiene una hermosa pechuga color escarlata, ninguno de estos pájaros tiene colores brillantes, como hubiera podido creerse hallándose en el Ecuador. Esto parece probar que las mismas causas cuya acción ha hecho disminuir el tamaño de algunas de las especies inmigrantes, han obrado también haciendo más pequeñas y de colores más oscuros la mayor parte de las especies peculiares del archipiélago de las Galápagos.

Todas las plantas tienen un aspecto miserable, y no he encontrado ni una flor. Por su parte los insectos son peque­ños, tienen colores oscuros, y, como dice Mister Water­house, nada podría hacer sospechar en ellos que proceden de un país ecuatorial. En una palabra; pájaros, plantas e insectos tienen el carácter del desierto, no tienen colores más brillantes que los dula Patagonia meridional. Podemos asegurar, pues, que los colores magníficos que de ordinario se ven en las producciones intertropicales, no provienen ni del calor ni de la luz particular de estas zonas, sino que se deben a otra causa: quizá a que las condiciones de existencia son más favorables a la vida.

Examinemos ahora el orden de los reptiles, que caracte­riza en especial la zoología de estas islas. No son muchas las especies, pero sí el número de los individuos de cada una. Hay un lagarto pequeño que pertenece a un género de América merdional, y, por lo menos, dos especies de Amblyrhynchus, género propio de las Galápagos. Hay tam­bién una culebra muy abundante, idéntica, según Mister Bibron, al Psammophis Temminckü de Chile. Creo que hay más de una especie de tortuga de mar, y dos o tres especies o razas de tortugas de tierra, como lo probaré a continua­ción. No se encuentran sapos ni ranas, lo que me ha sor­prendido mucho, porque los bosques húmedos, situados en lugares templados de estas islas, parecían propios para estos animales. Esto me recuerda la observación de Bory Saint-Vincent: que no se encuentra ningún representante de esta familia en las islas volcánicas de los grandes océa­nos. Hasta donde yo he podido apreciarlo, y consultando diversas obras, parece muy exacta esta observación respecto de todo el océano Pacífico y aun de las grandes islas que forman el archipiélago de las Sandwich. Tal vez forma excepción a esta regla la isla Mauricio, donde he visto gran número de ejemplares de Rana mascariensis, dícese que esta rana habita hoy las islas Seychelles, Madagascar y Burbón. Pero, por otra parte, asegura Du Bois, en su viaje de 1769, que no había en Burbón más reptiles que las tortugas; y, a su vez, el oficial del Rey afirma que antes de 1768 se trató, sin resultado, de introducir las ranas en la isla Mauri­cio, creo que para usarlas como alimento. Estos hechos nos permiten dudar de que la rana sea animal indígena en las islas Galápagos. La falta de la familia de las ranas en las islas oceánicas es tanto más notable cuanto es considerable el número de lagartos que se encuentran en las islas más pequeñas. ¿Provendrá esa diferencia de la mayor facilidad con que los huevos de los lagartos pueden ser transportados a través del agua salada, protegidos por conchas calcáreas, mientras que el desove de las ranas se perdería seguramente?

Comenzaré por describir las costumbres de la tortuga (Testudo nigra, antiguamente llamada índica) a que tantas veces me he referido. Creo que en todas las islas del archi­piélago se encuentran estos animales, pero con seguridad en el mayor número. Parece que prefieren las partes eleva­das y húmedas, aun cuando también se las encuentra en las bajas y áridas. El número de tortugas cazadas en un día prueba su abundancia. Algunas alcanzan tamaños fabulo­sos; un inglés subgobernador de la colonia, Mister Lawson, me ha dicho que ha visto tortugas tan grandes, que se nece­sitan seis u ocho hombres para levantarlas del suelo, y que algunas daban hasta 200 libras de carne. Los machos viejos son los más grandes; las hembras muy pocas veces adquie­ren tales magnitudes; se distingue muy bien el macho de la hembra en que tiene la cola más larga. Las tortugas que habitan las islas donde no hay agua, o las partes bajas y secas de las otras islas se alimentan principalmente de cac­tus. Las que frecuentan las regiones altas y húmedas comen hojas de distintos árboles, una especie de baya ácida y desa­gradable llamada guayavita y un liquen filamentoso verde pálido (Usuera plicata) que cuelga como trenzas de las ramas de los árboles.

La tortuga es muy aficionada al agua: bebe grandes canti­dades y se revuelca en el barro. Las islas algo grandes de este grupo son las únicas que tienen manantiales, situados siempre en la parte central, y a gran altura. Las tortugas que habitan las regiones bajas, se ven obligadas a hacer largos viajes cuando tienen sed. A fuerza de pasar por los mismos sitios han trazado verdaderos caminos que irradian en todas direcciones desde los manantiales hasta la costa; siguiendo estos senderos fue como descubrieron los españoles los manantiales. Cuando yo desembarqué en la isla Chatham me preguntaba con extrañeza, qué animal sería el que tan metódicamente seguía los senderos trazados en la dirección más corta. Es muy curioso ver cerca de los manantiales un gran número de estos inmensas criaturas, dirigiéndose unas con mucha prisa hacia el agua con el cuello extendido, y las otras marchando en calma con la sed satisfecha. Cuando la tortuga llega al manantial, sin preocuparse de si la miran o no, sumerge la cabeza en el agua y traga apresurada grandes bocanadas, unas diez por minuto. Dicen los habitantes que todas las tortugas permanecen tres o cuatro días cerca del manantial y luego vuelven a las regiones bajas del país; pero es difícil saber si repite con frecuencia las visitas. Pro­bablemente se acomodarán a la naturaleza de los alimentos que usen. De todas maneras, es cierto que pueden vivir hasta en las islas en que no hay más agua que la que cae durante los pocos días lluviosos del año.

Está probado ya hoy, creo, que la vejiga de la rana sirve de reservorio a la humedad necesaria para su existencia; y parece ser que ocurre lo mismo con la tortuga; pues se nota, en efecto, que después de su visita a los manantiales se distiende la vejiga de estos animales de un modo extraordi­nario, y se llena de un fluido que disminuye por grados, haciéndose cada vez menos puro. Los habitantes que viajan por las regiones bajas aprovechan esta circunstancia, cuando la sed acosa, y beben el contenido de la vejiga si está llena. He visto matar una tortuga en estas condiciones, y el agua que contenía la vejiga estaba perfectamente límpida, aunque con sabor algo amargo. No obstante, los habitantes comienzan por beber el agua que se encuentra en el peri­cardio, que dicen es mucho mejor.

Cuando las tortugas se dirigen a un punto determinado, caminan día y noche y llegan al límite de su viaje mucho más pronto de lo que podría creerse. Los habitantes han observado a algunos de estos animales que tenían marcados, y han llegado a saber, por este medio, que andan 8 millas en dos o tres días yo he vigilado a una tortuga grande, y andaba 60 metros en diez minutos; lo que hace 360 metros por hora, o sea, seis y medio kilómetros al día, dejando un poco de tiempo para que comiese en el camino. Durante el celo, en que el macho y la hembra están reunidos, produce el primero un grito ronco, especie de ladrido, que puede oírse, dicen, a más de 100 metros. La hembra no hace uso de la voz nunca, y el macho sólo en la época que he citado; por lo cual, cuando se oye el tal ruido se sabe que los dos anima­les están juntos.

En la época de mi visita (octubre), ponían las hembras, que depositan sus huevos en grupos; cuando el suelo es arenoso los cubren con arena, y cuando es rocoso los deposi­tan en los agujeros o fisuras que pueden encontrar. Mister Bynoe encontró siete en una sola fisura. El huevo es blanco y esférico: he medido uno que tenía siete pulgadas y tres octavos de circunferencia, que era, por lo tanto, más grueso que un huevo de gallina. Los búhos hacen encarnizada gue­rra a las tortugas jóvenes al salir del huevo; las que llegan a viejas no prece que mueran sino por accidente, cayendo, por ejemplo, desde lo alto de un precipicio; al menos, los habi­tantes de las islas me han asegurado que no han visto nunca que una tortuga muera de muerte natural.

Se cree que estos animales son completamente sordos, y en efecto, no oyen a una persona que camine inmediata­mente detrás de ellos. Es muy divertido adelantarse a uno de estos monstruos que marcha tranquilamente; en cuanto observa al hombre, silva con fuerza, encoge las patas y la cabeza, cubriéndolas con el caparazón y se deja caer con abandono sobre el suelo como si hubiese sido víctima de un golpe mortal. Muchas veces montaba yo sobre la concha y golpeando en la parte posterior de ésta se levanta el animal y sigue marchando; pero es muy difícil sostenerse de pie encima de ellas cuando andan. Grandes cantidades se consumen de carne de estos animales, ya fresca, ya salada; las partes grasas proporcionan un aceite en extremo límpido. Cuando se coge una tortuga se empieza, por lo común, haciéndole una abertura en la piel cerca de la cola para ver si la gordura llena todo el espacio hueco de debajo de la concha. Si no está bastante gorda se la deja ir y dicen que no le perjudica nada en adelante la referida operación. Para apoderarse de una tortuga de tierra no basta, como se hace con las de mar, volverla patas arriba, porque casi siempre logra volverse a su posición normal.

Es casi seguro que esta tortuga es habitante indígena del archipiélago de las Galápagos; pues se la encuentra en todas o en casi todas las islas de este grupo, hasta en las muy pequeñas en que no hay agua. Si hubiese sido importada esta especie, es probable que no lo hubiera sido en un archi­piélago tan poco frecuentado. Además los cazadores anti­guos la han encontrado en cantidad mucho mayor de la que se halla ahora. Mister Vood y Mister Rogers decían tam­bién en 1778 que, según los españoles, no se la encuentra en ninguna otra parte del mundo. Hoy se encuentra esta tor­tuga en muchos puntos, pero es dudoso que sea indígena en ningún otro lugar. El esqueleto de una tortuga encontrado en la isla Mauricio, al mismo tiempo que el de un Dodo extinguido, se considera por la mayoría de los naturalistas como perteneciente a esta especie. Si así fuese debería ser indígena de esa isla; pero Mister Bibron está convencido de que es una especie distinta como la que hoy habita la repe­tida isla.

Es peculiar de este archipiélago un género muy notable de lagarto, el Amblyrhynchus, del cual hay dos especies que se parecen mucho, aunque una es terrestre y la otra acuática Esta última (Amblyrhynchus cristatus) fue descrita por primera vez por Mister Bell, el cual viendo su cabeza ancha y corta y sus fuertes garras de igual longitud, predijo que sus costumbres deberían ser muy originales y diferir mucho de las de su pariente más próximo, la iguana. Este lagarto es muy común en todas las islas del archipiélago; no vive más que en las rocas de la costa; nunca se le encuentra a más de diez metros de la orilla del mar. Es un animal horrible, de color negro, sucio; parece estúpido y sus movimientos son muy lentos. La longitud general de un individuo que haya alcanzado el máximo de su crecimiento viene a ser de un metro, pero los hay hasta de cuatro pies de largo; yo he visto uno que pesaba veinte libras: parece que se desarro­llan mejor en la isla de Albemarle. La cola es aplanada lateralmente, y las patas en parte palmeadas. A veces se les ve nadar a varios cientos de metros de la costa. Dice el capitán Colluet en el relato de su viaje: «Estos lagartos se van al mar a pescar por manadas, o descansan al sol sobre las rocas; pueden, en fin, llamárseles cocodrilos en minia­tura». No hay que pensar, sin embargo, que se alimenten de peces. Nadan con la mayor facilidad y con gran rapidez; avanzan imprimiendo a su cuerpo y cola aplastada una especie de movimiento ondulatorio. Mientas nadan dejan las patas inmóviles y extendidas a los lados del cuerpo. Un marinero le ató un peso grande a uno de estos animales para sumergirle, creyendo matarle así enseguida, y cuando al cabo de una hora lo sacó del agua estaba el lagarto tan vivo como antes. Sus miembros y sus poderosas garras están perfectamente dispuestos para arrastrarse por las masas de lava rugosa y llena de fisuras que forman estas costas. A cada paso se encuentra un grupo de seis o siete de estos horribles reptiles tendidos al sol en las rocas negras a pocos pies por encima del agua.

He abierto varios lagartos de éstos; y casi siempre he visto su estómago fuertemente distendido por una planta marina pulverizada (Ulvoe) que crece bajo la forma de hojas delgadas de color verde brillante o rojo oscuro. No recuerdo haber visto esta planta marina en cantidad de importancia sobre las rocas alternativamente cubiertas y descubiertas por la marea, y tengo algunas razones para creer que crece en el fondo del mar a cierta distancia de la costa. Si así sucede se explica muy bien que estos animales anden en el mar. El estómago no tenía más que esa planta. Mister Bynoe ha encontrado, sin embargo, un pedazo de escarabajo en el estómago de otro de estos lagartos; pero ha podido encontrarse allí por accidente, como la oruga que encontré yo entre los líquenes en el estómago de una tor­tuga. Los intestinos son grandes como en los demás anima­les herbívoros. La naturaleza de los alimentos de este lagarto, la conformación de su cola y patas, el hecho de habérsele visto sumergirse voluntariamente en el agua prueban de un modo terminante sus costumbres acuáticas; a pesar de lo cual presenta bajo este punto de vista una ano­malía extraña: cuando se asustan, no se arrojan al agua, por lo cual es muy fácil cazar estos animales aun en sitios que caigan sobre el mar, donde se dejan coger por la cola mejor que saltar al agua. Ni parecen tener siquiera idea de mor­der; pero cuando están muy asustados arrojan por cada ventana de la nariz una gota de cierto fluido. He tirado a uno varias veces seguidas, y todo lo lejos que he podido, en un estanque profundo que había dejado la marea al reti­rarse, y volvía invariablemente en línea recta al punto en que yo me hallaba. Nadaba cerca del fondo con movimien­tos rápidos y graciosos; a veces se ayudaba con las patas en el fondo del estanque. Al llegar cerca de la orilla, pero todavía dentro del agua, trataba de ocultarse bajo las masas de plantas marinas o entrándose en cualquier hendidura, y cuando creía pasado el peligro salía de su agujero para vol­ver a tenderse al sol, sacudiéndose tan fuertemente como podía. Varias veces cogí este mismo lagarto persiguiéndole hasta un punto donde hubiera podido entrarse en el agua, pero, ¡nada! no pude decidirle a que lo hiciese; por muchas veces que lo echase, volvía de la manera que he dicho. Podría explicarse, tal vez, esta estupidez aparente por el hecho de que este reptil no tiene ningún enemigo al cual temer en la costa, mientras que cuando está en el mar debe ser alguna vez presa de los muchos tiburones que frecuen­tan estos parajes; habiendo, por tanto, en él un instinto fijo y hereditario que le impulse a mirar la costa como lugar de seguridad y a refugiarse a ella en cualquier circunstancia.

Durante nuestra estancia, en octubre, vi muy pocos indi­viduos pequeños de esta especie; todos tenían, por lo menos, un año. Es, pues, probable, que no hubiese comen­zado todavía la estación del celo. A varias personas pre­gunté si podrían decirme dónde depositaban los huevos estos lagartos, y todos me contestaron a una que ni sabían siquiera cómo se propagaban, por más que todos conocían muy bien los huevos de la especie terrestre; lo cual es bas­tante extraordinario teniendo en cuenta lo muy común que es la especie marina.

Examinemos ahora la especie terrestre (Amblyrhyncbus Demarlii). Esta especie tiene la cola redonda y las patas no son palmeadas. En lugar de encontrarse como la especie acuática en todas las islas, no habita ésta más que las partes centrales del archipiélago, es decir, las islas Albermarle, James, Barrington e Infatigable. En las islas Carlos, Hood y Chatham, situadas más al sur, y en las Towers, Bindloes y Abingdon, más al norte, no la he visto ni he oído hablar de ella. Diríase que este animal ha sido creado en el centro del archipiélago y que no se propaga desde allí nada más que hasta cierta distancia. Encuéntranse algunos en las partes elevadas y húmedas de las islas, pero son mucho más nume­rosos en las regiones bajas y secas, cerca de la costa. Para dar idea de su abundancia diré que durante nuestra estancia en la isla James, nos costó muchísimo trabajo encontrar, para situar nuestra tienda, un punto que no estuviese lleno de sus madrigueras. Lo mismo que sus primos de la especie marina, son animales muy feos; la parte baja del vientre es amarillo anaranjada y el dorso rojo-parduzco; el ángulo facial, extremadamente pequeño, les da aspecto de gran estupidez. Quizá sori algo más pequeños que la especie marina, a pesar de que he encontrado algunos que pesaban de 10 a 15 libras. Sus movimientos son lentos y parecen hallarse casi siempre sumidos en un semiestupor. Cuando no están asustados marchan lentamente arrastrando la cola y el vientre por el suelo. Con frecuencia se detienen y parece que se duermen, durante uno o dos minutos, con los ojos cerrados y las patas traseras extendidas sobre el ardiente suelo.

Habitan en madrigueras que labran a veces entre frag­mentos de lava, pero con más frecuencia en las partes pla­nas de la toba blanda que se parece al gres. Sus cuevas no deben ser muy profundas; penetran bajo el terreno for­mando un ángulo muy pequeño con la superficie, de modo que cuando se anda por un sitio habitado por estos lagartos se hunden los pies a cada paso. Con una de las patas delan­teras escarba la tierra cierto tiempo, echándola hacia la pata trasera, colocada de manera que impida que la tierra caiga en el agujero; cuando se cansa de un lado, trabaja con las patas del otro, y continúa así alternativamente. He pasado mucho rato viendo a uno en esta labor, hasta que la mitad de su cuerpo desapareció en el agujero; me acerqué a él entonces y le tiré de la cola. Pareció muy sorprendido de este accidente y salió del agujero para ver en qué consistía, y se quedó mirándome cara a cara como queriéndome decir: «¿Por qué diablos me tira usted de la cola?»

Estos animales comen durante el día y se apartan poco de sus madrigueras; si se les asusta corren de una manera muy cómica: no lo pueden hacer muy deprisa, sino cuando bajan una pendiente a causa de la posición lateral de sus patas. No son miedosos, y cuando miran a alguno con atención, levan­tan la cola, se empinan sobre las patas delanteras, agitan sin cesar la cabeza de arriba abajo y procuran tomar el aspecto más malo posible; pero en el fondo no son dañinos: gol­peándolos con el pie bajan enseguida la cola y huyen con toda la prisa que pueden. He observado muchas veces que los pequeñuelos que comen moscas imprimen a sus cabezas el mismo movimiento de arriba a abajo que cuando obser­van alguna cosa; y no puedo darme explicación de este hecho. Poniendo frente a frente dos animales de éstos, luchan y se muerden hasta hacerse sangre.

Los individuos que habitan las regiones bajas del país, y son el mayor número, apenas encuentran una gota de agua en todo el año; pero comen mucho cactus, aprovechando las ramas que rompe el viento. Cuando yo veía dos o tres jun­tos, me divertía echándoles un pedazo de cactus: era graciosísimo ver cómo se apoderaba uno de ellos y trataba de tragárselo, a semejanza de los perros amaestrados cuando le quitan un hueso a sus compañeros. Aunque no mastican sus alimentos, comen muy despacio. Los pájaros saben que estos animales son inofensivos; he visto a los gorriones ir a picotear el extremo de un pedazo de cactus; planta que apetecen mucho todos los animales de la región inferior, mientras que un lagarto mordía el otro extremo; y no es raro que el pajarillo salte luego y vaya a posarse sobre el lomo del reptil.

He abierto varios animales de éstos y tienen siempre el estómago lleno de fibras vegetales y de hojas de diferentes árboles, en particular de una acacia. En la región superior comen con más frecuencia las bayas ácidas y astringentes de la guayavita; debajo de estos árboles he visto muchas veces, juntos, varios lagartos y grandes tortugas. Para buscar las hojas de acacia trepan por los árboles poco elevados, y no es raro ver un par de ellos ramonear posados tranquilamente en una rama a varios pies de elevación. Cocidos estos lagar­tos tienen una carne muy blanca y son manjar muy esti­mado por las gentes cuyo estómago no se altera por la imaginación. Ya observó Humboldt que en todas las regio­nes intertropicales de Sudamérica se aprecia como muy delicada la carne de los lagartos que habitan lugares secos. Aseguran los habitantes que los lagartos de las regiones húmedas de la isla beben agua, pero los otros, al contrario que las tortugas, no hacen nunca viaje para beber. En la época de mi visita llevaban las hembras en el cuerpo muchos huevos gruesos y alargados; los ponen en las madrigueras y son muy solicitados por los habitantes para comérselos.

Como ya he dicho, se parecen estas dos especies de Amblyrhynchus por su conformación general y por la mayor parte de sus costumbres. Ninguna de las dos disfruta de los movimientos rápidos que caracterizan los géneros Lacerta e Iguana, y ambas son herbívoras, aun cuando sus alimentos sean tan diferentes. Mister Bell ha denominado así este género por lo corto de su hocico; la forma de la boca puede compararse también a la de la tortuga, y tal vez sea consecuencia de sus hábitos herbívoros. En suma, es muy interesante encontrar un género bien caracterizado que tiene una especie marina y otra terrestre, confinado en esta pequeñísima parte del mundo. La especie acuática es la más notable en el sentido de que es el único lagarto -conocido que se alimenta de plantas marinas. Ya he dicho que no son tan notables estas islas por el número de especies de reptiles como por el de individuos de tales especies. Recordando los senderos construidos por los millares de tortugas colosales de tierra, las muchas tortugas marinas, los verdaderos hor­migueros de amblyrhynchus terrestres, la innumerable serie de representantes de la especie marina que a cada paso se encuentran en las rocas quebradizas de la costa en todas las islas del archipiélago, hay que admitir que en ninguna otra parte del mundo reemplaza este orden a los mamíferos herbívoros de un modo tan extraordinario. Considerando el geólogo lo que ocurre en el archipiélago de las Galápagos, se encuentra a su pesar transportado a la época secundaria, en que los lagartos, herbívoros unos, carnívoros otros, y cuyas dimensiones no pueden compararse más que con las de nuestras actuales ballenas, habitaban en número incon­mensurable tierra y mar. Es fenómeno digno de notar con insistencia el de que en lugar de tener este archipiélago un clima húmedo y una vegetación exhuberante, sea en reali­dad muy árido, y para ser país tropical de muy templado clima.

Las quince especies de peces de mar que aquí he podido proporcionarme son todas nuevas. Se distribuyen en doce géneros muy extendidos todos, a excepción del Prionotus, cuyas cuatro especies conocidas habitan los mares del oriente de América. He recogido diez y seis especies de conchas terrestres y dos variedades muy determinadas, que son peculiares de este archipiélago, a excepción de un Helix que se encuentra en Tahití y en la tierra de Van­Diemen. Antes de nuestro viaje se había proporcionado aquí Mister Cuming noventa especies de conchas marinas, a pesar de lo cual no tenía varias especies de Trochus, de Turleo, de Monodowta y de Nasa, que todavía no han sido específicamente estudiadas. Mister Cuming ha tenido la bondad de comunicarme los interesantes resultados siguientes a que ha llegado: 49 de estas 90 conchas son desconocidas en otras partes, hecho más extraño dada la amplitud inmensa de la habitación de las conchas marinas. Entre las 43 que se encuentran en otras partes del mundo, 25 habitan la costa occidental de América y ocho de éstas no son más que variedades; las 18 restantes, incluso una varie­dad, las ha encontrado Mister Cuming en el archipiélago Peligroso, y algunas en Filipinas.

Conviene observar que conchas que procedan de islas situadas en el centro del Pacífico, se encuentran también aquí; ninguna concha marina es común, en efecto, a las islas de este océano y a la costa occidental de América Bañando el océano esta costa en las direcciones norte y sur está separada en dos provincias conchológicas completamente distintas; el archipiélago de las Galápagos parece formar un verdadero punto de cita donde se han producido muchas formas nuevas, y a donde cada una de esas provincias con­chológicas ha enviado varios colonos. La provincia ameri­cana ha enviado allí representantes de sus especies, puesto que se encuentra en las Galápagos: una especie de Monoce­ros, género que no existe más que en la costa occidental de América, y especies de Fisturella o de Cancellaria, género común en dicha costa, pero que según Mr. Cuming no se encuentra en las islas centrales del Pacífico. Hay, por otra parte, en las Galápagos especies de Oniscia y de Stilifer, género frecuente en las islas occidentales y en los mares de la China y de la India, pero que no se encuentra ni en la cos­ta occidental de América ni en el Pacífico central. Puedo aña­dir que Mister Cuming y Mister Hinds han comparado unas 2.000 conchas encontradas en las costas occidentales y orientales de América, y sólo una bahía que habitase a la vez las Indias occidentales, la costa de Panamá y las islas Galá­pagos: la Púrpura patulata. En esta parte del mundo encontramos, por lo tanto, tres grandes provincias marítimas conchológicas enteramente distintas, aunque muy próximas entre sí, puesto que no las separan más que largas lenguas de tierra o brazos de mar que se extienden de norte a sur.

He recogido con mucho cuidado todos los insectos que he podido encontrar; pero, fuera de la Tierra del Fuego, no he visto país más pobre que éste en la materia. Hasta en las regiones húmedas superiores hay muy pocos insectos, donde no he visto casi más que unos cuantos dípteros y otros himenópteros pequeños de forma muy común. Como ya he indicado, son muy pequeños todos los insectos y de colores sumamente oscuros, si se considera que se hallan en un país tropical. He recogido veinticinco especies de esca­rabajos, sin contar un Dermeste y un Corinetes, importados dondequiera que toca un barco; de esas veinticinco especies pertenecen dos a los harpálidos, dos a los hydrophílidos, nueve a tres familias de heterómeros y las otras doce a otras tantas familias diferentes. El hecho de que los insectos, y puedo añadir también que los vegetales, cuando son pocos en número, pertenecen a muchas familias diferentes, creo que es muy general. Mister Waterhouse, que ha publicado una descripción de los insectos de este archipiélago y a quien debo los detalles que acabo de indicar, me dice que hay en aquellas islas algunos géneros nuevos. Entre los no nuevos uno o dos son americanos, y los otros los hay en todo el mundo. A excepción del Apate, que se alimenta de maderas, y uno o quizá dos escarabajos acuáticos, proceden­tes del continente americano, todas las especies parecen nuevas.

Bajo el punto de vista botánico, presenta este archipié­lago tanto interés como bajo el zoológico. El doctor Hooker publicará pronto en las Linnean Transactionr un estudio detallada de esta flora y ha tenido la amabilidad de comuni­carme las particularidades siguientes: conócense- hasta ahora 185 especies de plantas con flores y 40 especies criptógamas, en total 225 especies; yo he tenido la fortuna de describir 193. De las 225, hay 100 que son nuevas, limitadas probablemente a este archipiélago. Cree el doctor Hooker que por lo menos 10 especies, entre las que no son peculia­res del archipiélago y se han encontrado cerca de los terre­nos cultivados en la isla de San Carlos, han sido importadas. Muy extraño es, creo, que no se haya introducido de un modo natural en este archipiélago mayor número de espe­cies, considerando que no le separan del continente más de 500 a 600 millas de distancia; además, y según Colluet, van a las costas sudoeste de estas líneas muy a menudo bam­búes, cañas de azúcar, nueces de palmera, maderas de todas clases, en una palabra, arrastradas por las corrientes. Siendo especies nuevas cien plantas con flores, de las 185, o de las 175 si no se cuentan las plantas importadas, es, en mi concepto, más de lo que se necesita para que el archipiélago de las Galápagos constituya una región botánica distinta, aun cuando esté lejos de ser esta flora tan notable como la de Santa Elena, o, si se ha de creer al doctor Hooker, como la de Juan Fernández. La singularidad de la flora que estu­diamos se manifiesta especialmente en algunas familias; hay allí, en efecto, 21 especies de compuestas, de las cuales 20 son exclusivas del archipiélago; esas 20 especies perte­necen a doce géneros y 10 de éstos no se encuentran más que en las Galápagos. Me manifiesta el doctor Hooker que esta flora tiene en realidad carácter americano, y que no puede probar en ella ninguna afinidad con la del Pacífico. Si exceptuamos, pues, diez y ocho conchas marinas, una de agua dulce y una terrestre, que parece haber venido aquí como colono de las islas centrales del Pacífico; descontando también la especie diferente de gorriones, pertenecientes al mismo océano, vemos que este archipiélago, aunque situado en el Pacífico, zoológicamente forma parte de América

Si este carácter procediese sólo de inmigración ameri­cana, nada habría de particular en el hecho; pero hemos visto que la inmensa mayoría de los animales terrestres y más de la mitad de las plantas son producciones indígenas. No hay cosa tan sorprendente como verse rodeado de pájaros nuevos, nuevos reptiles, conchas nuevas y nuevos insec­tos, lo mismo que de plantas también nuevas, y sentirse, sin embargo, transportado, por decirlo así, a las templadas lla­nuras de la Patagonia o á los muy cálidos desiertos del Norte de Chile por innumerables pequeños detalles de con­formación y hasta por la voz y el plumaje de los pájaros. ¿Cómo es que, en estos pequeños islotes, que todavía hace poco, geológicamente hablando, debían estar cubiertos por las aguas del océano, formados de lavas basálticas, y que difieren, por lo tanto, del carácter geológico del continente americano, además de hallarse situadas bajo un clima parti­cular, cómo es, repito, que en estos islotes, siendo tan dife­rentes los habitantes, por el número y por la especie de los del continente, y reaccionando, por consiguiente, el uno sobre el otro de tan distinto modo, han sido creados con el tipo americano? Es probable que las islas de Cabo Verde se parezcan por todas sus condiciones físicas a las Galápagos mucho más de lo que estás se parecen físicamente a la costa de América, y sin embargo, los habitantes indígenas de los dos grupos son muy desemejantes: los de las de Cabo Verde tienen el sello de África, como los de las Galápagos llevan el de América.

Todavía no he hablado del carácter más notable de la historia natural de este archipiélago, y es: que las diferentes islas están habitadas por animales de índole marcadísimamente distinta. El sub-gobernador, Mister Lawson, fue quien me llamó la atención acerca de este hecho, y me aseguró que las mismas tortugas diferían mucho en las diversas islas; pudiendo él decir con certeza la isla de donde procedía cualquiera de estos animales que se le presentase. Por desgracia, olvidé esta afirmación al principio y mezclé las colecciones procedentes de dos de las islas. Nunca hubiera podido imaginar que tuviesen animales diferentes unas islas situadas a 50 ó 60 millas de distancia, casi todas viéndose de unas a otras, formadas de la misma clase de rocas, situadas bajo un clima enteramente igual y eleván­dose todas a la propia altura; pero pronto veremos que el hecho es exacto. A la mayor parte de los viajeros les sucede, por desgracia, que se ven obligados a marchar cuando des­cubren lo más interesante de una localidad; pero yo he tenido la fortuna de poder proporcionarme materiales en cantidad suficiente para establecer el notable fenómeno de la distribución de los animales.



Ya he dicho que los habitantes aseguran que pueden dis­tinguir las tortugas procedentes de las diferentes islas, y afirman también que esos animales no tienen el mismo grueso y ofrecen caracteres diferentes. El capitán Porter ha descrito las tortugas de la isla Carlos y de la isla Hood, inmediata a la anterior; y según dice, tienen el caparazón grueso por delante, de forma análoga a la de las sillas espa­ñolas de montar; las tortugas de la isla James son, por el contrario, más redondas, más negras y tienen mejor gusto cuando se las cuece. Mister Bibron me asegura también que ha encontrado dos especies de tortugas distintas en el archipiélago Galápagos, pero no sabe de qué islas proce­dían. Los ejemplares a que yo me he referido procedían de tres islas; eran individuos jóvenes, y tal vez por eso no hemos podido, Mister Gray ni yo, descubir en ellos ninguna diferencia específica. He observado y dicho que el Amblyrhynchus marino era más grande en la isla Alber­marle que en todas las demás, y Mister Bibron, a su vez, me ha enterado de que ha visto dos especies acuáticas diferen­tes de este género; por consiguiente, es probable que las diversas islas posean sus razas y especies particulares de amblyrhynchus como las tienen las tortugas. Pero lo que, sobre todo, llamó mi atención, fue la comparación de los muchos ejemplares de sinsontes muertos por mí o por los oficiales del buque. Con gran sorpresa observé que todos los que procedían de la isla Carlos pertenecían a la especie Mimus trifasciatus; los de la isla Albermarle a la especie Mimus parvulus; todos los de James y Chatham, entre las cuales hay otras dos islas que forman como un lazo de unión, pertenecían a la especie Mimur melanotis. Estas dos últimas especies son muy aproximadas y algunos ornitólo­gos no las consideran sino como razas o variedades bien de­terminadas; pero la-especie Mimur trifasciatus es por completo distinta. Por desgracia, la mayor parte de los ejempla­res de gorriones se han mezclado, pero tengo muchos motivos para creer que algunas especies del subgrupo geos­piza no se encuentran más que en ciertas islas. Si las diver­sas islas poseen sus especies particulares de geospiza, así puede explicarse el gran número de especies de este sub­grupo en tan pequeño archipiélago; también puede atribuirse al número considerable de las especies, la serie gra­duada y uniforme del grosor de los picos. Dos especies del subgrupo cactornis y otras dos del camarhynchus proceden de estos archipiélagos; ahora bien, los numerosos ejempla­res muertos por cuatro cazadores en la isla James pertene­cen todos a una especie de cada grupo, mientras que los muertos en la isla Chatham o en la isla Carlos, que ambos lotes se han mezclado, pertenecen todos a las otras dos especies; luego podemos afirmar, en conclusión, que estas islas poseen sus especies particulares de estos dos grupos. No se parece esta ley de distribución a las conchas terres­tres. Examinando Mister Waterhouse mi pequeña colección de insectos ha notado que ninguno de ellos es común a dos islas, pero es claro que no ha podido hacer esta observación sino con aquellos a los cuales había yo puesto el nombre del lugar de su encuentro.

Si examinamos ahora la flora, hallaremos también que las plantas indígenas de las diferentes islas presentan, como la fauna, caracteres muy distintos. De los trabajos de mi amigo el doctor J. Hooker, que tiene indiscutible autoridad en la materia, tomo los datos siguientes: comenzaré por decir que he recogido todas las plantas en flor en las dife­rentes islas sin pensar en separarlas; sin embargo, la colec­ción recogida en cada isla se colocó felizmente en cubierta aparte.

No obstante, no pude concederse absoluta confianza a los resultados que voy a indicar, porque las pequeñas colecciones hechas por otros naturalistas al paso que con­firman en parte estos resultados, prueban también en abso­luto que se necesitan todavía muchos estudios en la botánica de este archipiélago; además, yo no doy las cifras aproxima­das sino respecto de las leguminosas:


Nombre de la Isla

Número Total de Especies

Número de especies halladas en otras partes del mundo

Número de especies particulares del archipiélago de las Galápagos

Número confinado en una sola isla

Número de especies confinadas en el archipiélago de los Galápagos pero halladas en mas de una sola isla

James

Albermarle

Chatham

Carlos


71

46

32



68

33

18

16



39 (O 29, si se restan las plantas que han sido probablemente importadas.)

38

26

16



29

30

22

12



21

8

4

4



8


Resulta de este cuadro un hecho sorprendente, en verdad, y es que de las treinta y ocho plantas de la isla James peculiares del archipiélago de las Galápagos o, en otros términos, que no se encuentran en ninguna otra parte del mundo, treinta eran exclusivas de dicha isla. De las veinti­séis plantas de la isla de Albermarle, exclusivas de las Galá­pagos, no se encuentran más que en esta isla, es decir, que sólo cuatro crecen en las otras islas del archipiélago, hasta donde pueden probarlo, al menos, las investigaciones efec­tuadas hasta ahora. El inmediato cuadro demuestra que sucede lo mismo con las plantas de la isla Carlos y con las de Chatham; y todavía lo harán más palmario, tal vez, algunos ejemplos: así; el notable género arborescente de las Scalesia, que pertenece a la familia de las compuestas, no se encuen­tra más que en este archipiélago; comprende seis especies: una existe en la isla Chatham, otra en Albermarle, la tercera en Carlos, otras dos en James, y la sexta en una de las tres últimas islas, sin que yo pueda decir con exactitud en cuál; pero sin que ninguna, y eso es lo notable, se encuentre en dos islas a la vez. Otro ejemplo es el género Euphorbia, que habiéndolo en todo el mundo, está representado aquí por ocho especies, siete de las cuales son peculiares del archi­piélago y de ninguna hay individuos, en dos islas al mismo tiempo; los dos géneros Alcalypha y Borrería, que también existen en todos el mundo, están representadas aquí por seis y por siete especies, respectivamente; pero no se encuentra nunca la misma especie en dos islas, a excepción de una Borrería. Las especies de compuestas son muy en particular, locales. Otros varios ejemplos me ha indicado Mister Hooker, que acusan diferencias en las especies de las diversas islas, y ha significado que esta ley de distribución se aplica ora a los géneros peculiares del archipiélago, ora a los extendidos por las otras partes del mundo; pues ya hemos visto que las diferentes islas tienen sus especies peculiares del tan extendido género de tortugas, que tienen también sus especies propias del género tan extendido en América de los sinsontes, y de la misma manera de los subgrupos de los gorriones exclusivos del archipiélago de las Galápagos y casi con seguridad del género Amblyrhynchus.

Estaría muy lejos de ser tan sorprendente la distribución de los habitantes de este archipiélago si una isla, por ejem­plo, poseyera un sinsonte y otra un pájaro de un género completamente distinto; si una isla tenía un género de lagarto y otra un género diferente o ninguno; o bien si las diferentes islas estuviesen habitadas no por especies repre­sentativas de los mismos géneros de plantas, sino por géne­ros totalmente diversos, como hasta cierto punto ocurre. Así, y para no dar más que un solo ejemplo de este último caso, un árbol grande, que produce bayas y se encuentra en la isla James, no tiene representación en la isla Carlos. Pero lo que me sorprende es, por el contrario, el hecho de varias islas tienen sus especies propias de tortugas, de sinsontes, de gorriones y de plantas y que estas especies tengan las mismas costumbres, ocupen situaciones análogas y llenen con toda evidencia las mismas funciones en la economía natural de este archipiélago. Muy posible es que algunas de esas especies representativas, al menos por lo que hace a las tortugas y a algunos pájaros, no sean después de todo, sino razas bien definidas; pero aun admitido esto no deja el hecho de tener sumo interés para el naturalista.

He dicho que la mayor parte de estas islas se hallan a la vista unas de otras y quizá será bueno que descienda a algunos detalles acerca de este punto: la isla Carlos está situada a 50 millas (80 kilómetros) de la parte más próxima de la isla Chatham y a 33 millas (53 kilómetros) de la parte más próxima de la isla Albermarle. La isla Chatham se halla a 60 millas (96 kilómetros) de la parte más próxima de la isla James, pero hay dos intermedias que no he visitado. La isla James no está más que a 10 millas (16 kilómetros) de la parte más próxima de la isla Albemarle, pero los dos rinco­nes en que se han hecho las colecciones están a 32 millas (52 kilómetros) uno de otro. También convendrá quizá que repita que ni la naturaleza del suelo, ni la altura de las tierras, ni el clima, ni el carácter general de los individuos y por consiguiente su acción recíproca difieren gran cosa en las diversas islas. Si alguna diferencia sensible hay en el clima ha de ser entre el grupo de islas que se encuentra expuesto al viento; pero no parece que haya la diferencia correspondiente en los productos de esas dos mitades del archipiélago.

La única explicación que puedo dar de las notables dife­rencias que hay entre los habitantes de estas islas es que fuertes corrientes, pasando en dirección oeste y oesteno­roeste, deben separar, en lo que se refiere al transporte por agua, las islas meridionales de las septentrionales; además, se ha encontrado entre las islas septentrionales una corriente enérgica del noroeste que separa la isla Alber­marle de la isla James. Las tempestades de viento son muy raras en este archipiélago, por consiguiente, ni los pájaros, ni los insectos, ni las semillas pueden ser transportadas de unas islas a otras. Por último, la gran profundidad del océano entre ellas, su origen volcánico, sin duda reciente, en el sentido geológico de la expresión, parecen probar que estas islas no han estado nunca reunidas, y esa es tal vez la consideración de más importancia en cuanto a la distribu­ción geográfica de sus habitantes. Teniendo en cuenta los hechos que acabo de indicar, sorprende todavía la energía de la fuerza creadora, si así puede decirse, que se ha mani­festado en estas isletas estériles y pedregosas; y aún se admira más esa acción diferente, aunque análoga, de la fuerza creadora en puntos tan próximos entre sí. He dicho que podría considerarse al archipiélago de las Galápagos como un satélite agregado a América; pero sería mejor llamarle un grupo de satélites, semejantes bajo el punto de vista físico, distintos respecto de los organismos, e íntima­mente ligados, sin embargo, unos a otros y todos con el gran continente americano, de modo muy marcado, aunque mucho menos en definitiva que lo están uno con otro.

Para terminar la descripción de la historia natural de estas islas diré unas cuantas palabras acerca de la falta de timidez en los pájaros.

Es este carácter común a todas las especies terrestres, es decir, a los sinsontes, gorriones, reyezuelos, papa-moscas, palomas y búhos. Todos se os acercan lo bastante para poder matarlos a palos y hasta para poder cogerlos, como yo mismo traté de hacerlo, con el sombrero. El fusil es arma poco menos que inútil en estas islas; yo he llegado a empu­jar a un halcón con el cañón de mi carabina. Un día que estaba sentado en el suelo vino un sinsonte a posarse en el vaso de concha de tortuga que tenía yo en la mano y se puso a beber en él; mientras estaba bebiendo levantaba yo el vaso del suelo sin -que el animal se estremeciese; he tratado muchas veces de coger estos pájaros por las patas y lo he logrado bastante. Antiguamente deben haber sido más atrevidos aún que ahora los pájaros de estas islas; pues Cowley que visitó el archipiélago en 1684 dice: «Tan domesticados estaban los pájaros que venían a posarse sobre nuestros sombreros y en nuestros brazos, de tal manera que podíamos cogerlos vivos; se hicieron algo más tímidos cuando dispararon sobre ellos algunos de mis com­pañeros». Dampier escribe, en el mismo año, que cual­quiera podía matar durante el paseo de una mañana seis o siete docenas de pájaros. Aunque hoy son bastante sociables no se posan ya sobre los brazos de los viajeros ni tampoco se dejan coger en tan gran número. Hasta resulta raro que no se hayan hecho más ariscos, puesto que durante los últimos ciento cincuenta años, cazadores y balleneros han visitado con frecuencia estas islas, y vagando por los bosques los marineros en busca de tortugas, se distraían matando pajarillos.

Aun cuando más perseguidos hoy, todavía no se han hecho demasiado huraños. En la isla Carlos, colonizada des­de hace cosa de seis años, he visto un muchacho sentado jun­to a un pozo y con una vara en la mano, con la cual iba matando los pajarillos que iban a beber. Ya tenía al lado un montoncillo para comérselo; y me dijo que acostumbraba a apostarse al lado de aquel pozo para cazar todos los días. En realidad parece que todavía no han comprendido los pájaros del archipiélago que el hombre es un animal más peligroso que la tortuga o el Amblyrhynchu.r, y no se ocupan de él más que lo hacen los pájaros silvestres en Inglaterra, de las vacas y caballos que vagan por aquellos campos.

En las islas Falkland hay también pájaros con el mismo carácter. Pernety, Lesson y otros viajeros han observado la falta de timidez del pequeño opetiorhynchus, aun cuando no es carácter exclusivo de este pájaro, sino que el polybo­rus, becada, pájaros de tierras bajas, de tierras altas, el zor­zal, el verderón y hasta algunos halcones son también muy poco tímidos. Esta falta de miedo en un país en que se crían zorros, halcones y búhos prueba que no debemos atribuir a la falta de animales carnívoros el atrevimiento que se observa en los pájaros de las islas Galápagos. Los de las tierras altas en las islas Falkland, que acostumbran a cons­truir sus nidos en los islotes inmediatos a la costa, prueban de este modo que temen la vecindad de los zorros, por más que no se asusten aún del hombre. La timidez de los pája­ros, y en particular de los acuáticos, forma marcado con­traste con las costumbres de la misma especie en la Tierra del Fuego, donde desde hace siglos los cazan los salvajes. En las islas Falkland puede un cazador llegar a matar en un día más pájaros de tierras altas que puede llevar a cuestas; y al contrario en la Tierra del Fuego es tan difícil matar uno como puede serlo en Inglaterra.

En la época de Pernety (1763) debían ser mucho menos tímidos que hoy los pájaros de las islas Falkland; pues afirma este viajero que el opetiorhynchus iba casi a posarse en sus dedos y que un día mató diez con una varita. En esa época debían ser allí, por lo tanto, los pájaros tan poco tímidos, como lo son hoy en las islas Galápagos. En estas últimas parece que se han aprovechado mucho más despa­cio de las lecciones de la experiencia, que en las Falkland; bien es verdad que en éstas han sido mucho más numerosos los medios de adquirir tal experiencia, porque además de las visitas frecuentes de barcos mercantes, han sido colonizadas estas islas en varias ocasiones en períodos más o menos largos. En la misma época en que todos los pájaros eran tan decididos, era muy difícil si hemos de creer a Pernety, matar el cisne de cuello negro; probablemente como ave de paso habría aprendido la cautela en el extranjero.

Todavía puedo añadir que, según Du Bois, todos los pája­ros de la isla Borbón, de 1571 a 72, a excepción del flamenco y la oca, eran tan poco tímidos que podía cogérseles con la mano o matarlos con un bastón. Carmichael afirma que en Tristán de Acuña, en el Atlántico, son «tan poco silvestres los dos únicos pájaros terrestres que allí se encuentran que pueden cazarse con una manga de coger mariposas. Estos múltiples hechos nos permiten concluir: 1.0 que el miedo de los pájaros respecto del hombre es un instinto particular dirigido contra él, y que no depende en modo alguno de la experiencia en otros orígenes de peligro; 2.0 que los pájaros no adquieren individualmente ese instinto en poco tiempo, sino cuando se les persigue mucho y se hace hereditario en el curso de muchas generaciones. Estamos acostumbrados a ver en los animales domésticos nuevas costumbres menta­les o instintos adquiridos y hechos hereditarios; mientras que en los animales silvestres debe ser siempre muy difícil descubrir un conocimiento adquirido por herencia. Sólo hay un medio de explicar la rusticidad o miedo de los pájaros para el hombre, que es el hábito hereditario. Muy pocos pájaros jóvenes caza el hombre relativamente en un año en Inglaterra, por ejemplo, y, sin embargo, casi todos, hasta los que todavía están en el nido temen al hombre. Por otra parte, muchos individuos, tanto en las islas Galápagos como en las Falkland, han sufrido ataques del hombre, y, sin embargo, no han aprendido todavía a temerle. De todo lo cual podemos deducir que la introducción de un animal de presa en un país debe causar desastres horribles antes que los instintos de los habitantes indígenas se adapten a la astucia o la fuerza del extranjero.




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