Viaje de un naturalista alrededor del mundo



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CAPITULO XVI


SUMARIO: Viaje por la costa hasta Coquimbo.- Cargas llevadas por los mineros.- Coquimbo.- Temblor de tierra.- Terraza en forma de escalinata.- Falta de depósitos recientes.- Contempo­raneidad de las formaciones terciarias.- Excursiones al valle.­Viaje a Guasco- Desiertos.- Valle de Copiapó- Lluvias y terremotos.- Hidrofobis- El Despoblado.- Ruinas indias.­Cambio climatérico probable.- Lecho de un río cubierto por una bóveda a consecuencia de un terremoto.- Tempestad de viento frío.- Ruidos que salen de una colina.- Iquique- Aluvión salino.- Nitrato de sosa.- Lima.- País malsano.- Ruinas del Callao invertidas por un terremoto.- Aplanamiento reciente.­Conchas halladas en el San Lorenzo; su descomposición.- Llanos en que se hallan enterrados conchas y fragmentos de porcelana.­ Antigüedad de la raza india.

Chile Septentrional y Perú.

27 de abril de 1835.- Salgo para Coquimbo desde donde tengo intención de ir a visitar a Guasco y más tarde a Copiapó, punto en que el capitán Fitz-Roy ha tenido la bondad de ofrecerme que irá a buscarme. La distancia en línea recta, a lo largo de la costa, no es más que 420 millas (675 kilómetros); pero las muchas vueltas que me pro­pongo dar harán el viaje mucho más largo. Compro cuatro caballos y dos mulos; éstos últimos para que alternativamente lleven equipaje. Los seis animales me cuestan en junto 625 francos, y al llegar a Copiapó los vuelvo a vender en 575. Viajamos con la misma independencia que en mis excursiones anteriores; hacemos nuestras comidas y dor­mimos al aire libre. Al dirigirme hacia el Viño del Mar, echo la última ojeada a Valparaíso, y por última vez admiro su pintoresco aspecto. Algunos estudios geológicos me obligan a dejar el camino ancho para llegar hasta el pie de la Campana del Quillota. Atravesamos una región formada de aluviones, ricos en minerales de oro y llegamos a Limache, donde dormimos. Los habitantes de muchas chozas esparci­das por las orillas de todos los arroyos se proporcionan medios de existencia lavando las tierras para sacar el oro; pero como todas aquellas gentes, cuyos ingresos son acci­dentales, son gastosos, y por consiguiente pobres.

28 de abril.- Llegamos por la tarde a una finca situada al pie del monte de la Campana. Los habitantes son propieta­rios del suelo, lo cual es raro en Chile. No tienen otro medio de vivir que los productos de un jardín y un pequeño campo, y están muy pobres. Es tan raro el capital en este país, que los labradores tienen que vender el trigo, todavía verde, para comprar lo que necesitan, de donde resulta que está más caro el trigo en el mismo lugar de producción, que en Valparaíso, donde viven los traficantes. Al otro día volve­mos a tomar el camino ancho para Coquimbo. Por la tarde cae un ligero chubasco, primera lluvia que veo desde el 11 y 12 de septiembre del año anterior, cuando tuve que estar prisionero dos días por las fortísimas lluvias en los baños de Cauquenes. Han transcurrido siete meses y medio; pero hay que declarar que este año vienen las lluvias algo retrasadas. Los Andes, totalmente cubiertos de nieve ahora, forman admirable fondo de cuadro.

2 de mayo.- Sigue el camino de la costa muy cerca del mar. Los pocos árboles y malezas que se encuentran en -Chile central desaparecen muy pronto, pareciendo reemplazarlos una planta muy grande, algo semejante a la yuca. La superficie del terreno es originalmente irregular, por decirlo así, pero en muy pequeña escala: puntas pequeñas de rocas se levantan de improviso en pequeñas llanuras. La muy escotada costa y el fondo del mar inmediato, sembrado de escollos, presentarían, si se secasen, el mismo aspecto y formas, y quizá se ha realizado ya esta transformación en la parte que hoy recorremos.

3 de mayo.- Desde Quilimari a Conchalec se hace el país cada vez más estéril; apenas si hay en los valles bastante agua para unos cuantos riegos; las mesetas intermedias están tan completamente peladas que ni una cabra encon­traría en ellas alimento. En primavera, después de las llu­vias del invierno, crece muy deprisa una hierba, y entonces se hacen bajar de la cordillera algunos rebaños para que la rocen. Es curioso ver cómo las semillas de la hierba y de las demás plantas parecen habituarse a la cantidad de lluvia que cae en las diferentes regiones de la costa. Un chaparrón en el norte de Copiapó produce tanto efecto como dos en Guasco y como tres o cuatro en el distrito que atravesamos. Un invierno lo bastante seco para dificultar algo los pastos en Valparaiso, produciría en Guasco la abundancia más extraordinaria. Tampoco parece que diminuya la cantidad de lluvia exactamente en proporción con la latitud con­forme se avanza hacia el norte. En Conchalec, situada sólo a 67 millas al norte de Valparaíso, casi no se esperan las lluvias hasta fin de mayo, mientras que en esta ciudad llueve, por lo común, desde principios de abril. La cantidad de lluvia es tanto menor, cuanto más tardías comienzan las lluvias.

4 de mayo.- No teniendo gran interés el camino de la costa nos dirigimos hacia el interior de las tierras, al valle y región minera de Illapel. Como todos los de Chile, este valle es llano, ancho y muy fértil, y festoneado a cada lado ora por dunas de detritus estratificados, ora por montañas rocosas. Más abajo de la línea de la primera zanja de riego todo está pardo y seco, como en un camino; más arriba todo está verde, pero de un verde tan brillante como el del cardenillo, por los campos enteros de alfalfa, especie de trébol. Nos dirigimos a Los Hornos, otro distrito minero, en el cual está la colina principal perforada por tantos agujeros como un nido de hormigas. Los mineros chilenos tienen costumbres muy originales. Como viven semanas enteras en los lugares más silvestres, no hay exceso ni extravagancia que no come­tan cuando bajan a las poblaciones los días de fiesta. Por lo común han ganado una cantidad importante, y entonces, lo mismo que los marinos con su parte de botín, se ingenian para derrocharla. Beben con exceso, compran muchos trajes y al cabo de pocos días vuelven sin un cuarto a sus misera­bles chozas, para trabajar de nuevo como bestias de carga. Esa indolencia, tan, marcada, como la de los marinos, procede de su género de vida análogo. Se les da el alimento cotidiano, y por lo tanto, no tienen previsión ninguna; además, se reúnen al mismo tiempo en su poder la tenta­ción y los medios de ceder a ella. En Cornouailles y en otros puntos de Inglaterra, en que se adopta, por el contrario, el sistema de venderles una parte de la vena, obligados los mineros a obrar y a reflexionar, son hombres muy inteli­gentes y de excelente conducta.

Tiene el minero chileno un traje original y casi pinto­resco. Lleva una camisa larga de jerga oscura y un delantal de cuero, sujeto todo con un cinturón de colores vistosos y un pantalón ancho; cubren sus cabezas con un casquetillo de tela encarnada. Encontramos numeroso grupo de estos mineros en traje de fiesta: llevaban al cementerio el cadáver de uno de sus compañeros. Cuatro hombres llevan el cuerpo trotando muy deprisa; cuando han recorrido 200 metros, otros cuatro que les preceden a caballo, los reemplazan. De este modo marchan animándose los unos a los otros con gritos salvajes; lo cual constituye sus extraños funerales.

Seguimos nuestro viaje, dirigiéndonos siempre hacia el norte, pero dando muchos rodeos; a veces me detengo un día ó dos para estudiar la geología del país. Está la región tan poco habitada y tan poco trazados los caminos, o, mejor dicho, senderos, que muchas veces cuesta trabajo encontrar el camino. El 12 me detengo para examinar unas minas. Me dicen que el mineral que aquí se explota no es muy rico; esperan, no obstante, vender la mina en 30 ó 40.000 pesos (de 150 a 200.000 pesetas) porque se extraen cantidades considerables; pertenece la mina a una compañía inglesa, que la compró al principio por la módica suma de una onza de oro (80 pesetas). El mineral es pirita amarilla; ahora bien, como ya he indicado, antes de la venida de los ingleses creían los chilenos que estas piritas no tenían ni un átomo de cobre. Las compañías mineras han comprado casi en las mismas condiciones de baratura, verdaderas montañas de cenizas llenas de glóbulos de cobre metálico, y sin embargo, como todo el mundo sabe, casi todas han logrado perder considerables sumas. Bien es verdad que los directores y accionistas de estas compañías se entregaban a despilfarros de los más disparatados; en algunos casos han destinado 25.000 francos anuales para dar fiestas a las autoridades chilenas; enviaban bibliotecas enteras de obras de geología, lujosamente encuadernadas; se llevaban a todo coste mine­ros acostumbrados a un metal especial, por ejemplo, el estaño, que no lo hay en Chile; se comprometían a propor­cionar leche a los mineros en regiones en que no hay una sola vaca; se construían máquinas, donde no había medio de utilizarlas; se hacían otros mil gastos absurdos semejantes, de tal manera y en tal número, que aún hoy se ríen de nosotros los indígenas. Es indudable, sin embargo, que si los capitales locamente tirados se hubiesen empleado de un modo útil, se habrían ganado enormes sumas: un hombre experto en quien se hubiera podido tener confianza, un contramaestre hábil y un químico, no se necesitaba más.

El capitán Head ha hablado de las enormes cargas que suben los apires, verdaderos bestias de carga desde el fondo de las minas más profundas. Confieso que creía exagerado el relato de tales atrocidades; pero logré ocasión de pesar una de las cargas elegida por mí al azar entre varias. Apenas podía yo levantarla del suelo, y sin embargo, la considera­ban como muy pequeña cuando vieron que no pesaba más que 197 libras (89 kilogramos). El apire había transportado este fardo a una altura vertical de 80 metros, siguiendo primero un paso muy inclinado, pero la mayor parte de la altura trepando por muescas hechas en postes colocados en zig-zag en los pozos de la mina. Según los reglamentos, no debe detenerse el apire para tomar aliento, como no tenga la mina 600 pies de profundidad. Cada carga, pesa, por término medio, poco más de 200 libras (90 kilogramos), y me han asegurado que alguna vez se han elevado las cargas a 300 libras (126 kilogramos) de minas más profundas. En el momento de mi visita, cada apire subía doce cargas de aquellas al día; es decir, que en las horas de trabajo elevaba 1.087 kilogramos a 80 metros de altura; y todavía entre uno y otro viaje los ocupaban en extraer mineral.

Mientras no les ocurre algún accidente, estos hombres gozan perfecta salud; no tienen el cuerpo muy musculoso; rara vez comen carne, una vez por semana a lo sumo, y carne de charqui, dura como una piedra. Sabía yo que aquel trabajo era completamente voluntario, y, sin embargo, me indignaba cuando veía el estado en que llegaban a lo alto del pozo: el cuerpo doblado por completo, los brazos apoyados en los vacíos, las piernas arqueadas, todos sus músculos en tensión, corriéndoles arroyos de sudor por la frente y el pecho, con las narices dilatadas, los ángulos de la boca echa­dos hacia atrás y la respiración anhelante. Siempre que respiran se oye una especie de grito articulado «aye, aye», que termina por un silbido que les sale de lo más profundo del pecho. Después de ir vacilando hasta el punto en que se amontona el mineral, vacían su capacho; y a los dos ó tres segundos vuelven a tener la respiración normal, se enjugan la frente y tornan a bajar muy deprisa a la mina, sin que parezcan, en manera alguna, cansados. He aquí, en mi con­cepto, un ejemplo notable de la cantidad de trabajo que la costumbre, porque no puede ser otra cosa, conduce a reali­zar a un hombre.

Charlando por la noche con el mayordomo de estas minas de los muchos extranjeros que habitan hoy todas las regiones del país, me contó que cuando él era muchacho y estaba en el colegio en Coquimbo, lo que no era antiguo, puesto que él era joven todavía, les habían dado permiso para ver al capitán de un buque inglés que había llegado para hablar con el gobernador de la provincia. Nada en el mundo -decía- hubiera decidido-ni a él ni a sus compañe­ros a acercarse al inglés, tanto se les había inculcado la idea de que el contacto con un herético debía causarles una por­ción de desgracias. Todavía hoy (1835), se oyen contar en todas partes los fracasos de los cazadores, y sobre todo los de un hombre que se había llevado una estatua de la Virgen María y que después había vuelto al año siguiente por la de San José, diciendo que no convenía que la esposa estuviese separada de su marido. He comido en Coquimbo con una señora anciana que se admiraba de haber vivido bastante tiempo para haber llegado a sentarse a la mesa con un inglés; pues recordaba perfectamente que, por dos veces, siendo niña, al solo grito de «¡los ingleses!» todos los habi­tantes se habían refugiado en las montañas, llevándose los objetos más preciados.



14 de mayo.- Llegamos a Coquimbo, donde permane­cimos algunos días. La población no tiene nada de particu­lar, fuera de su gran tranquilidad; se dice que tiene de 6 a 8.000 habitantes. El día 17 cae por la mañana ligera lluvia que dura unas cinco horas; es la primera vez que llueve en este año. Los labradores que cultivan el trigo cerca de la costa, donde el terreno es un poco más húmedo, aprovechan este riego para labrar las tierras; las sembrarán después de otra lluvia y si, por fortuna, cae una tercera, harán una recolección magnífica en la primavera próxima. Es intere­santísimo observar el efecto producido por estas gotas de agua. Doce horas después no quedaba vestigio alguno, pare­cía el suelo tan seco como antes; y sin embargo, pasadas otras diez horas, se notaba como un tinte verde en todas las colinas; salía la hierba por doquiera en fibras tan finas como cabellos, pero de una pulgada de longitud. Antes de la lluvia toda la superficie del país se hallaba completamente des­provista de vegetación.

Por la noche, mientras el capitán Fitz-Roy y yo comía­mos en casa de Mister Edward, inglés, cuya hospitalidad recuerdan cuantos han visitado a Coquimbo, comienza un temblor de tierra bastante violento. Oigo el ruido subterrá­neo que precede al terremoto, pero los gritos de las señoras, el aturdimiento de los criados, la huida precipitada de muchas personas hacia la puerta, me impiden distinguir la dirección de la sacudida. Continúan las señoras mucho tiempo gritando de terror; uno de los convidados dice que no podrá pegar los ojos en todas la noche o tendrá horrorosas pesadillas. El padre de este hombre acaba de perder toda su fortuna en el terremoto de Talcahuano; él mismo había estado a punto de ser aplastado por el desplome del tejado de su casa en Valparaíso el año de 1822. Y a este propósito cuenta la anécdota siguiente: se iba a poner a jugar a las cartas, cuando un alemán, uno de los huéspedes, se levanta y dice que no consentirá jamás, en este país, estar en un gabinete con la puerta cerrada, porque había corrido riesgo de ser aplastado en Copiapó por esta circunstancia. Se dirige, pues, a la puerta para abrirla, y apenas la había abierto, grita: «¡Un terremoto!» Era el famoso choque que comenzaba. Todos los reunidos lograron escapar. No es el tiempo material necesario para abrir una puerta lo que puede hacer correr peligro durante un terremoto, sino que debe temerse que el movimiento de las paredes impida el abrirla.

Es imposible no sentirse sorprendido cuando se ve el miedo que producen los terremotos a los indígenas y a los extranjeros que llevan mucho tiempo en el país, aunque muchos tengan gran sangre fría. Creo que puede atribuirse este terror excesivo a una causa muy sencilla, y es que no resulta vergonzoso tener miedo. Los indígenas hasta van más allá: no quieren a los que se muestran indiferentes. Me han contado que durante un terremoto bastante vio­lento, sabiendo dos ingleses que no corrían peligro estando acostados en el suelo y al aire libre, no se levantaban y los indígenas llenos de indignación, gritaban: «Mirad esos herejes cómo no dejan su cama».

Consagro algunos días a estudiar las terrazas de guijarros que afectan la forma de gradas, observadas primero por el capitán B. Hall, y que, según M. Lyell, han sido formadas por el mar durante la elevación sucesiva del suelo. Esa es, en realidad, la explicación verdadera de esta formación origi­nal; en estas terrazas he encontrado, en efecto, muchas conchas que pertenecen a especies actuales. Cinco terrazas estrechas, ligeramente inclinadas se elevan una tras otra; donde están mejor desarrolladas las forman guijarros; dan frente a la bahía, y se elevan a los dos lados del valle. En Guasco, al norte de Coquimbo, se repite el mismo fenómeno, pero en mucha mayor escala, hasta llegar a sorpren­der a muchos de los naturales. Las terrazas allí son mucho más extensas, y podría dárseles el nombre de llanuras; en algunos puntos hay seis, pero lo más general son cinco, y se extienden en el valle hasta una distancia de 37 millas de la costa. Estas terrazas en gradas se parecen en todo a las del valle de Santa Cruz, ya las mucho mayores que orlan toda la costa de Patagonia, con la diferencia de que son mucho menores que éstas últimas. Sin género de duda han sido formadas por la acción devastadora de las aguas del mar, en largos períodos de reposo del levantamiento gradual del continente.



Algunas conchas pertenecientes a especies actuales des­cansan en la superficie de las terrazas en Coquimbo, a 250 pies de altura, y también las hay empotradas en una roca calcárea friable, que, en ciertos puntos, alcanza un espesor de 20 ó 30 pies, pero que tiene poca extensión. Estas capas modernas descansan sobre antiguas formaciones terciarias, que contienen conchas pertenecientes a especies que pare­cen todas extinguidas. Por más que he examinado tantos cientos de millas de costa del continente, en el Pacífico y en el Atlántico, no he encontrado capas regulares que tengan conchas marinas pertenecientes a especies recientes más que en este punto, y un poco más al norte, en el camino de Guasco. Paréceme este hecho extraordinariamente notable, porque la explicación que en general dan los geólogos para indicar la falta en un distrito de depósitos fosilíferos estrati­ficados de un período dado, esto es, que entonces existía la superficie en estado de tierra seca, no puede aplicarse aquí. Las conchas distribuidas por la superficie o empotradas en arena blanda o en tierra, prueban, en efecto, que los terre­nos que forman las costas en varios miles de millas, a lo largo de ambos océanos, han sido recientemente sumergi­dos. La verdadera explicación hay que buscarla en el hecho de que toda la parte meridional del continente se levanta poco a poco desde hace tiempo, y, por consiguiente, todas las materias depositadas a lo largo de la costa en el agua poco profunda han debido emerger pronto y encontrarse expuestas a la acción de la ola; ahora bien, sólo en las aguas relativamente poco profundas es en las que pueden prospe­rar el mayor número de los organismos marinos, y es de evidente imposibilidad que capas de gran espesor puedan acumularse en estas aguas. Además, si queremos probar el inmenso poder destructor de las olas en la costa, no tene­mos más que recordar los grandes acantilados de la costa actual de Patagonia, y las escarpaduras o antiguas líneas de cantiles, colocadas á diferentes niveles, que se elevan unas sobre otras en la misma costa.

Las antiguas capas terciarias que forman la base de estas más recientes, en Coquimbo, parecen pertenecer, al mismo período casi que algunos depósitos de la costa de Chile -el de Navidad es el más importante- y que la gran formación de Patagonia. Las conchas presentes en las capas de Navi­dad y de Patagonia, de que ha dado una lista el profesor E. Forbes, han vivido en el punto en que hoy están empotra­das; lo que prueba que se ha producido una depresión de varios cientos de pies y un levantamiento posterior. En ningún lado del continente existe depósito alguno fosilífero importante de época reciente, ni de las intermedias entre ésta y la antigua época terciaria; y se preguntará, como es natural, en qué consiste que materias sedimentarias que contienen restos fósiles se hayan depositado durante esa época terciaria antigua y se hayan conservado en diferentes puntos, en un espacio de 1.100 millas (1.770 kilómetros), en las costas del Pacífico, 1.350 (2.270 kilómetros) en las costas del Atlántico, en la dirección del norte a sur, y en un espacio de 700 millas (1.125 kilómetros) a través de la parte más ancha del continente, en la dirección de este a oeste. Yo creo que es fácil dar respuesta a este hecho, y la explicación puede aplicarse a otros hechos análogos observados en otras partes del mundo. Si se considera la inmensa fuerza de denudación que tiene el mar, fuerza que prueban hechos innumerables, se convendrá en que es poco probable que un depósito sedimentario, en el momento de su levantamiento pueda resistir a la acción de las olas de la costa en términos de que se conserve en masas suficientes para durar un tiempo casi infinito, a menos que en su origen no haya tenido este depósito un espesor y una extensión considera­bles. Ahora bien, es imposible que un depósito de sedi­mento grueso y muy extenso se constituya en un fondo moderadamente profundo, único favorable al desarrollo de la mayor parte de las criaturas vivas, sin que ese fondo baje o se deprima para recibir las capas sucesivas. Esto es, pues, lo que debe haber sucedido casi en la misma época en la Patagonia meridional y en Chile aunque separados por más de un millar de kilómetros. En consecuencia, si se hacen sentir de ordinario movimientos prolongados de descenso en épocas casi idénticas en superficies de mucha extensión, lo que estoy muy dispuesto a creer desde que he estudiado los arrecifes coralinos de los grandes océanos; o si, para no ocuparnos más que de la América meridional, los movi­mientos de descenso han tenido la misma extensión super­ficial que los de levantamiento; que, desde el período de las conchas existentes han producido la elevación de las costas del Perú, Chile, Tierra del Fuego, Patagonia y la Plata, fácil es comprender que en la misma época, en puntos muy distantes entre sí han sido las circunstancias favorables para la formación de depósitos fosilíferos, muy extensos y de mucho espesor, propios por consiguiente para resistir a la acción de las olas de la costa y para durar hasta nuestros días.

21 de mayo.- Salgo con don José Edwards para ir a visitar las minas de plata de Arqueros y para subir por el valle de Coquimbo. Después de haber atravesado un país montañoso, llegamos por la tarde a las minas que pertene­cen a Mister Edwards. Paso una noche excelente, de la cual excelencia puede que no llegara a apreciarse la causa en Inglaterra; pero hela aquí en una palabra: ¡la falta de pul­gas! Estos insectos pululan por las habitaciones de Coquimbo, pero no pueden vivir aquí, aun cuando no esta­mos más que a 3 ó 4.000 pies de altura. No puede atribuirse al ligero cambio de temperatura la desaparición de estos incómodos huéspedes; debe haber para ello alguna otra causa. Las minas están hoy en muy mal estado; antes produ­cían todos los años 2.000 libras de plata. Se dice vulgar­mente que el dueño de una mina de cobre no tiene más remedio que hacer fortuna; tiene algunos peligros el que posee una mina de plata; pero está seguro de arruinarse el que tiene una mina de oro. Esto no es enteramente cierto; porque todas las fortunas de Chile se han hecho explotando minas de metales preciosos. Hace algún tiempo abandonó a Copiapó un médico inglés para volver a Inglaterra; había realizado la fortuna que le había producido una parte de mina de plata, y se llevaba 600.000 pesetas. Indudable es que las minas de cobre ofrecen certeza absoluta, puesto que las otras pueden comprarse a un azar de los dados o a un billete de lotería. Además, los propietarios pierden una gran cantidad de minerales preciosos, porque no toman precauciones suficientes contra el robo. Oí un día a una persona apostar con un amigo suyo a que uno de sus obre­ros le robaría en su presencia. Los pedazos de mineral salido de la mina se rompen y se echan a un lado las partes petrosas. Dos mineros ocupados en este trabajo tomaron una piedra cada uno, sin aspecto de haberla elegido y grita­ron riendo: «¿Cuál de los dos tirará la piedra más lejos?» El propietario que asistía a la escena apostó un cigarro con su amigo al resultado de este golpe. El minero observó con cuidado donde se había detenido la piedra entre los escom­bros, y por la tarde la recogió y se la llevó a su amo dicién­dole: «He aquí la piedra que le ha hecho a usted ganar un cigarro, rodando tan lejos». Era una gran masa de mineral de plata.

23 de mayo.- Alcanzamos el fértil valle de Coquimbo y lo recorremos hasta una hacienda, propiedad de un pariente de don José, y allí pasamos un día. Después voy a visitar un sitio que se halla a una jornada de camino; me han dicho que encontraré allí conchas y habas petrificadas; encuentro, en efecto, muchas conchas, pero las habas no son más que cantos rodados de cuarzo. Sin embargo, no he perdido el tiempo, porque he visto varios pueblecillos y podido admi­rar la preciosa configuración de este valle. Bajo todos los puntos de vista es magnífico el paisaje; está muy cerca de la cordillera principal, y la colinas tienen ya gran elevación. En todo Chile septentrional, producen mucho más los árbo­les frutales en los valles situados cerca de los Andes, a gran altura, que en las tierras bajas. Los higos y las uvas de este distrito tienen mucha fama; y hay grandísimas plantaciones de higueras y de viñas. El norte de Quillota es quizá el más productivo valle de Coquimbo; tiene, creo, 25.000 habitan­tes, comprendiendo la ciudad a la cual regreso al día siguiente con don José.

2 de junio.- Salimos para el valle de Guasco siguiendo el camino que bordea el mar, menos desierto que el interior, nos han dicho. La primera etapa termina en una casa solita­ria llamada Hierba Buena, donde encontramos pasto para los caballos. La lluvia que cayó hace quince días y de que ya he hablado, no se extendió más que la mitad del camino de Guasco. En la primera parte de nuestro viaje, encontramos, por lo tanto, el ligero tinte verde que no tardará en desapa­recer; pero aun donde más brillante es esta verdura apenas recuerda el verde y las flores que indican la primavera en otros países. Al atravesar estos desiertos se experimenta lo que debía sentir un prisionero encerrado en oscura cárcel: se aspira cerca de un poco de verde y se querría poder respirar un poco de humedad.

3 de junio.- De Hierba Buena a Carizal. En las primeras horas del día atravesamos un desierto montañoso y pedre­gosísimo, después una llanura prolongada, cubierta por espesa capa de arena; donde hay muchas conchas marinas rotas. Hay muy poca agua y salobre; toda la región desde la costa hasta la cordillera es un desierto completamente des­habitado. No he encontrado vestigios numerosos más que de un animal; las conchas de un bulimus reunidas en canti­dades extraordinarias en los sitios más secos. Una plantilla humilde se cubre de algunas hojas en la primavera y se las comen los caracoles. Como estos animales no se ven más que por la mañana temprano, cuando el rocío humedece algo el terreno, creen los guasos que se alimentan de rocío. En otros sitios he observado que las regiones muy secas y estériles, de suelo calcáreo, convienen mucho a las conchas terrestres. En Carizal hay algunos cotos, un poco de agua salobre y átomos de cultivo; pero nos cuesta gran trabajo obtener un poco de grano y de paja para los caballos.

4 de junio.- De Carizal a Sauce.- Seguimos nuestro viaje a través de tos llanos desiertos donde se encuentran muchos rebaños de guanacos. Atravesamos también el valle de Chañeral, que es el más fértil entre Guasco y Coquimbo; pero es tan estrecho y produce tan pocos forrajes que no podemos proporcionárnoslos para los caballos. En Sauce encontramos a un señor anciano muy cortés y muy amable que dirige una fundición de cobre. Gracias a su amabilidad, me proporciono a un precio fabuloso algunos puñados de paja vieja, y eso es todo lo que tienen por comida nuestros pobres caballos después de la larga jornada que han llevado. Pocas fundiciones se encuentran hoy en Chile; es más con­veniente, a causa de la escasez del combustible, expedir los minerales a Swansea. Al otro día y después de atravesar algunas montañas, llegamos a Freyrina, en el valle de Guasco. Conforme vamos avanzando hacia el norte se va haciendo cada vez más pobre la vegetación; hasta los gran­des cactus en forma de cirio han desaparecido par dar lugar a una especie mucho más pequeña. En Chile septentrional y en el Perú, cubre el Pacífico durante los meses del invierno una inmensa faja de nubes inmóviles y poco elevadas. Desde lo alto de las montañas presentan magnífico golpe de vista estos campos aéreos, de un blanco brillante, que se extienden hasta los valles. De estas nubes se ven surgir islas y promontorios, que se parecen hast confundirse, si posible fuese, a las islas y promontorios de la Tierra del Fuego o del archipiélago de las Chonos.

Dos días pasamos en Freyrina. Cuatro pueblecillos hay en el valle de Guasco. A la entrada del valle está el puerto, lugar desierto por completo y sin agua dulce en sus inmediaciones. Cinco leguas más arriba, Freyrina, gran población cuyas casas encaladas se diseminan por todas partes. Diez leguas más arriba, todavía en el valle, Ballenar; y, por último, Guasco alto, pueblo muy afamado por sus frutas secas. En un día bueno, ofrece este valle un soberbio golpe de vista: en el fondo la cordillera nevada; a los lados innu­merables valles transversales que acaban por confundirse en un esfumado admirable; en primer término, se levantan unas sobre otras originales terrazas como las gradas de gigantesca escalera; y, sobre todo, el contraste del valle, tan verde, adornado de numerosos bosquecillos de sauces, con las estériles colinas que lo cierran por ambos lados. No es difícil comprender la esterilidad de los alrededores, sabiendo que no ha caído una sola gota de agua hace trece meses. Se enteran los habitantes con envidia de que ha llovido en Coquimbo: vigilan con mucho detalle el estado del cielo y tienen alguna esperanza de análoga fortuna; lo cual se realizó quince días después, en ocasión de hallarme yo en Copiapó, cuyos habitantes no hablaban de otra cosa que de la lluvia que habían logrado en Guasco. Después de dos o tres años de sequía, durante los cuales no llueve más que una sola vez, viene, por lo común, un año lluvioso; pero esas lluvias abundantes hacen más daño que las sequías. Se desbordan los ríos y cubren de grava y arena las estrechas fajas de terreno que se pueden cultivar, destruyendo además las obras de encauzamiento de los riegos. Hace tres años ocasionaron daños muy grandes las abundantes lluvias.



8 de junio.- Vamos a visitar a Ballenar, llamado así por la villa de Ballenagh, de Irlanda, patria de la familia de O'Higgins que bajo el dominio español dio presidentes y generales a Chile. Las montañas rocosas que limitan el valle están tapadas por las nubes; por lo cual y por los llanos con terrazas se parece al valle de Santa Cruz en Patagonia. Pasamos un día en Ballenar, y salimos el 10 para alcanzar la parte superior del valle de Copiapó. Atravesamos un país que no tiene interés ninguno. Me canso de usar las voces desierto y estéril; y advierto que no hay que confundir los términos; que sólo se emplean en calidad de grados de comparación. Siempre los he aplicado a las llanuras de la Patagonia, y después de todo, se encuentran en aquellos llanos, espinos y algunas zarzas e hierbas, y podría decirse que eran fértiles comparándolos con los de Chile septen­trional. Aún aquí, buscando bien, se acaba por encontrar, en un espacio de 200 metros cuadrados, algún cactus o unos líquenes, y se encuentran también en el suelo semilla que podrán brotar en la primera estación lluviosa. En el Perú, por el contrario, hay verdaderos desiertos muy extensos. Por la tarde llegamos a un vallecito, observamos signos de humedad en el lecho de un arroyuelo, le seguimos y logra­mos hallar agua bastante buena. Aumenta el curso de estos arroyos en regulares proporciones durante la noche por no ser tan rápidas como de día la absorción y la evaporación. Al mismo tiempo hemos encontrado un poco de leña que encender; por lo cual nos decidimos a hacer parada, aun cuando no hay un solo bocado de hierba ni de paja que dar a los pobres caballos.

11 de junio.- Caminamos sin detenernos por espacio de doce horas y llegamos por fin a una antigua fábrica de fundición donde encontramos agua y leña; pero nada tam­poco para los caballos. Hemos atravesado muchas colinas; el espectáculo era muy interesante por el variado color de las montañas que a lo lejos distinguimos. Da lástima ver brillar el sol constantemente en un país tan estéril; un tiempo tan hermoso debería ir siempre acompañado de tierras cultivadas y lindos jardines. Al siguiente día llega­mos al valle de Copiapó, de lo cual me felicito en extremo, porque para mí ha sido el viaje de gran ansiedad; pues es muy desagradable estar oyendo, mientras se come, que los caballos roen los postes a que se les ata sin tener medio alguno de apagar su hambre. No lo parecía, sin embargo, y todavía conservaban los pobres animales su vigor en tales términos, que nadie, al verlos, hubiese dicho que llevaban sin comer nada cincuenta y cinco horas.

Tenía una carta de presentación para Mister Bingley, quien me recibió con gran amabilidad en su hacienda de Potrero Seco. Esta finca tiene 20 ó 30 millas de longitud, pero es muy estrecha, porque no consiste más que en un campo a cada lado del río. Hay también ocasiones en que los terrenos inmediatos al río están de tal modo dispuestos que no se les puede regar, en cuyo caso no tienen ningún valor por ser del todo estériles. La escasa cantidad de tierras culti­vadas en todo el valle no depende tanto de las desigualdades de nivel, y, por consiguiente, de la dificultad de los riegos, como de la poca cantidad de agua. Este año está el río muy lleno; en el lugar en que nos encontramos, la parte más alta del valle, llega el agua al vientre de un caballo, y tiene el río 15 metros de ancho, siendo, además, rápida su corriente. Pero a medida que se baja, penetrando en el valle, se hace cada vez menor el volumen de agua hasta que el río desapa­rece; en un período de treinta años no ha vertido este río una sola gota de agua en el mar. Los habitantes se preocu­pan sobre todo del tiempo que hace en la cordillera, porque una buena nevada allí les asegura agua para el año siguiente, lo cual tiene para ellos muchas más importancia que la lluvia, puesto que cuando llueve, lo que no ocurre más que una vez cada dos ó tres años, aun cuando resulte venta­joso porque las bestias encuentran pastos enseguida, no se libra el país de la desolación que en él reina si no cae nieve en los Andes. Por tres veces se han visto obligados casi todos los habitantes a emigrar hacia el sur. Este ha habido mucha agua y todos han podido regar cuanto han querido; pero a veces es preciso poner guardias en las exclusas para vigilar el que nadie tome cantidad de agua mayor de la que le corresponde. Dícese que tiene el valle 12.000 habitantes; pero el producto de los cultivos no basta apenas para ali­mentarlos más de tres meses del año, teniendo que pro­veerse de Valparaíso y del sur. Antes del descubrimiento de las famosas minas de plata de Chanuncillo, la villa de Copiapó, que cada día estaba más miserable, tendía a des­aparecer; pero hoy está muy floreciente y ha sido recons­truida después de un terremoto que la había derruido.



El valle de Copiapó, sencilla cinta verde en medio de un desierto, se extiende en dirección al sur; tiene, pues, longi­tud extraordinaria. Los valles de Guasco y de Copiapó podrían compararse a islas estrechas separadas del resto de Chile por desiertos de rocas en lugar de agua salada. Al lado de estos valles no hay ya más que otro muy miserable, y sólo de 200 habitantes: es el valle del Paposo. Detrás viene el gran desierto de Atacuma, barrera más infranqueable que el más terrible de los mares. Paso algunos días en Potrero Seco y luego subo el valle hasta la casa de don Benito Cruz, para quien tengo una carta de recomendación. Me recibe de la manera más hospitalaria, y en verdad no puede dejar de reconorse lo muy obligados que deben quedar todos los viajeros en casi todos los pueblos de la América meridional. A la mañana siguiente me facilita mulas para ir a visitar el barranco de la Folguera, en la cordillera central. El segundo día de esta excursión parece echarse a perder el tiempo y amenazamos con una tormenta de lluvia o nieve; durante la noche sentimos una ligera oscilación de temblor de tierra.

Muchas veces se ha puesto en duda la relación que existe entre el tiempo y los terremotos; y es, en mi concepto, un punto que tiene mucho interés y se conoce poco. Humboldt declara en una parte de sus Memorias que será muy difícil, al que haya vivido bastante tiempo en Nueva Andalucía, o sea el Perú inferior, negar que hay relación entre esos fenómenos; aun cuando en otra parte de la misma obra parece no conceder mucha importancia a la referida rela­ción. Dícese que en Guayaquil se produce con seguridad un terremoto después de un fuerte chubasco durante la esta­ción seca. En Chile septentrional llueve muy rara vez; hasta es extraño que haya tiempos lluviosos; no hay, pues, oca­sión de observar con repetición las coincidencias de que nos ocupamos; pero los naturales están convencidos de que hay cierta relación entre el estado de la atmósfera y las oscila­ciones del suelo. Una indicación hecha en mi presencia en Copiapó me ha convencido por completo de que esa es la opinión de los habitantes. Acababa yo de decir que había sentido un temblor de tierra en Coquimbo, bastante fuerte. -«¡Qué felices son! me respondieron inmediatamente; este año tendrán pastos abundantes». Un temblor de tierra era para ellos anuncio seguro de lluvia, como ésta lo era de los pastos. Pues bien; el mismo día del terremoto cayó, en efecto, el chubasco de que hablé y que en diez días hizo surgir la hierba por todas partes. En otras épocas ha seguido la lluvia a los terremotos en una estación del año en que aquélla era un verdadero prodigio. Así sucedió después del terremoto de 1822, después en Valparaíso en 1829, y últimamente después del de septiembre de 1833 en Tacua. Hay que tener alguna costumbre y conocimiento de estos climas para poder comprender bien cuán poco probable es que llueva en esas estaciones, a menos que algún agente extraño al curso ordinario de las cosas obre de improviso. Cuando se trata de grandes erupciones volcánicas, como la de Coseguina, en que cayeron torrentes de lluvia en una época del año durante la cual no llueve jamás, y en que esos diluvios constituyeron «un fenómeno sin precedente en América central», se comprende sin esfuerzo que los vapo­res y las cenizas escapadas del volcán hubiesen podido tur­bar el equilibrio de la atmósfera. El mismo razonamiento aplica Humboldt a los terremotos que no van acompañados de erupciones; pero yo declaro que me parece difícil de admitir que las pequeñas cantidades de fluidos aeriformes que se escapan entonces de las fisuras del terreno, puedan producir efectos tan notables. Mucho más probable me parece la explicación propuesta por Mister P. Scrope, según el cual, cuando la columna barométrica está poco elevada y pudieran esperarse lluvias, la falta de presión atmosférica en una extensión grande de terreno podría, el día preciso en que la costra terrestre cediera, extendida con exceso por fuerzas subterráneas, hacer que cediera, se abriera, y por consiguiente temblara. Sin embargo, es dudoso que así pue­dan explicarse los torrentes de lluvia durante la estación seca, y lluvia que cae después de un terremoto, al cual no ha acompañado ninguna erupción. Estos últimos casos parecen indicar relación más íntima entre las regiones subterráneas y la atmósfera.

Ofreciendo esta parte del valle poco interés, vuelvo a casa de don Benito, y permanezco allí dos días recogiendo con­chas y maderas fósiles. Hay allí grandes cantidades de tron­cos de árboles caídos, petrificados y empotrados en un con­glomerado: uno de esos troncos, que he medido, tiene 15 pies de circunferencia. ¿No es extraño que cada uno de los átomos de material leñoso de esos inmensos cilindros haya desaparecido para dejar en su lugar un átomo de sílex, y esto de tal manera que cada vaso, cada poro, ha quedado admirablemente reproducido? Estos árboles existían casi en la misma época que nuestra creta inferior, y pertenecían todos a la familia de los pinos. Nada tan divertido como el oír a los habitantes discutir la naturaleza de las conchas fósiles que yo recogía; empleaban exactamente los mismos términos que hace un siglo usaban en Europa, es decir, que discutían largamente si estas conchas habrían sido o no «criadas en aquel estado por la naturaleza». El estudio geo­lógico a que yo me dedicaba chocaba mucho a los chilenos; y estaban convencidos hasta la saciedad de que lo que yo buscaba eran minas. No dejaba esto de causarme algunas incomodidades, y por eso para desembarazarme de los curiosos había adoptado la costumbre de responder a sus preguntas con otras preguntas. Les decía yo que ¿cómo era que ellos, habitantes del país, no estudiaban las causas de los terremotos y de los volcanes? ¿Por qué ciertos manantiales eran calientes y otros fríos? ¿Por qué había montañas en Chile, y ni una colina en la Plata? Estas sencillas preguntas dejaban con la boca abierta al mayor número, y no faltaban personas (como todavía las hay en Inglaterra, que viven un siglo atrasados) que miraban estos estudios como inútiles e impíos: Dios ha hecho las montañas tales como las vemos, y eso debe bastarnos.

Acaban de mandar que todos los perros vagabundos fue­sen muertos, y vi muchos cadáveres en el camino. Muchos perros habían sido atacados de hidrofobia, varias personas habían sufrido mordeduras y sucumbido a tan terrible enfermedad. No es la primera vez que la hidrofobia se declara en este valle. Es muy extraño que una enfermedad tan rara y tan horrorosa aparezca a intervalos en un mismo lugar aislado. Se ha observado en Inglaterra que también algunos pueblos están más sujetos que otros a epidemias de este género, si así pueden llamarse. El doctor Unanue afirma que la hidrofobia apareció por primera vez en la América meridional en 1803; ni Azara, ni Ulloa han oído hablar de ella en la época de sus viajes, lo que confirma ese aserto. Añade el mismo Unanue que se declaró la enferme­dad en la América central y extendió lentamente sus estra­gos hacia el sur. En 1807 llegó la hidrofobia a Arequipa, y se dice que en esta ciudad sintieron los síntomas del mal algu­nos hombres que no habían sido mordidos; unos negros que se comieron un buey muerto de hidrofobia fueron también atacados. En Ica perecieron miserablemente cuarenta y dos personas. Se declaraba la enfermedad entre los doce y los noventa días después de la mordedura y terminaba por la muerte a los cincos días siguientes a los primeros ataques. Después de 1808 se pasó un largo período durante el cual no se señaló ningún caso de la enfermedad. Por los datos, que yo he tomado, es desconocida la hidrofobia en la Tierra de Van-Diemen y en Australia; Burchell no ha oído hablar nunca de esta enfermedad en el cabo de Buena Esperanza, en los cinco años que allí ha, residido. Webster asegura que no se ha producido nunca ningún caso en las Azores; y lo mismo se dice de la isla Mauricio y de Santa Elena. Tal vez pudieran proporcionarse enseñanzas útiles sobre una enfermedad tan extraña, estudiando las circunstancias en que se declara en los países muy apartados, pues es muy poco probable que sea llevada por un perro mordido antes de un viaje, necesariamente bastante largo.

Por la tarde llega un extranjero a casa de don Benito pidiendo hospitalidad para la noche. Se ha perdido, y desde hace diez y siete días vaga por las montañas. Viene de Guasco; acostumbrado a viajar por la cordillera, pensaba poder volver con facilidad a Copiapó; pero no tardó en perderse en un laberinto de montañas, de donde no acer­taba a salir. Algunas de sus mulas habían caído en los preci­picios y había sufrido mucho. No sabiendo dónde proporcionarse agua en este país tan llano, se había visto obligado a permanecer cerca de las cadenas centrales.



Bajamos al valle, y el 22 llegamos a Copiapó. En su parte inferior se ensancha el valle y forma una hermosa expla­nada que se parece a la de Quillota. Su población ocupa considerable extensión de terreno, porque cada casa está rodeada de un jardín; a pesar de lo cual es un pueblo muy desagradable. Todo el mundo parece tener por único objeto ganar dinero y marcharse lo más pronto posible. Casi todos los habitantes se ocupan de minas y minerales. Los objetos de primera necesidad son muy caros; lo que se explica, porque la villa está situada a 18 leguas del puerto y los transportes por tierra son muy costosos. Un pollo cuesta seis 6 siete francos; la carne está tan cara como en Inglate­rra; la leña hay que llevarla de la cordillera, es decir, un viaje de dos o tres jornadas; el derecho de pastos para un animal se paga en 1,25 pesetas diarias. Tales son los precios que resultan exorbitantes para América meridional.

26 de junio.- Contrato un guía y ocho mulas para hacer una excursión a la cordillera por diferente camino de los que ya he recorrido. Como tenemos que atravesar una región completamente desierta, acopiamos cantidad de cebada mezclada con paja menuda para mantener las caba­llerías. A unas dos leguas de la villa y en el valle que hemos recorrido, se abre otro que lleva el nombre de Despoblado. Aunque es grande y conduce hasta un paso que cruza la cordillera, no tiene gota de agua sino en los inviernos muy lluviosos. Apenas hay una arista en las faldas de las mon­tañas, y en el fondo del valle principal, formado de guijarros, es liso y casi plano. Lo más probable es que nunca haya corrido ningún torrente de importancia por este valle, pues de otro modo se vería en él, como en todos los valles meri­dionales, un canal central limitado por acantilados. Me inclino a creer que, como todos los valles de que hablan los viajeros del Perú, éste ha quedado como lo vemos por la acción de las olas del mar al producirse el levantamiento gradual del suelo. En un punto en que una cañada, que en cualquier otra cadena de montañas se llamaría un gran valle, se une con el Despoblado, observo que el lecho de éste, aunque formado de arena y grava, es más alto que el de su tributario. Un arroyo, por débil que fuese, se habría labrado allí un lecho en una hora; pero el estado de las cosas prueba hasta la evidencia que han transcurrido siglos sin que haya corrido agua por este gran tributario. Por demás curioso resulta ver todo un aparato de desagüe, si puede decirse así, completo en todas sus partes, y que, sin embargo, parece no haber servido en la vida. Todo el mundo ha visto que los bancos de barro, cuando se retira la marea, representan en miniatura un país formado de coli­nas y valles que la cruzan; lo mismo se ve aquí, pero en gran tamaño, construido con rocas y formado a medida que el mar se ha ido retirando en el curso de los siglos, a conse­cuencia del levantamiento del continente, en lugar de haberse formado por la acción alternativa de las mareas ascendente y descendente. Si cae un aguacero sobre el lodo descubierto no hace la lluvia más que detallar con mayor intensidad las líneas de excavación preexistentes; también sucede lo propio, en el transcurso de los siglos, con la lluvia que cae sobre esas masas de rocas y tierras que llamamos nosotros continentes.

Entrada ya la noche, seguimos nuestro camino hasta lle­gar a una quebrada lateral donde hay un pequeño pozo cono­cido con el nombre de Agua-amarga. Bien merece el agua de este pozo el nombre que le han dado; no sólo es salobre, si­no que está amarga y de un olor tan desagradable, que tene­mos que pasar sin más que el te y el mate. Habrá, creo, entre este punto y el río Copiapó 25 ó 30 millas (40 a 48 kilóme­tros), y en todo ese trayecto no se encuentra una sola gota de agua; el país merece el nombre de desierto en el más ab­soluto sentido de la palabra. Sin embargo, hemos visto algu­nas ruinas indias a mitad de camino, cerca de Punta-Gorda. También he observado delante de algunos de los valles que abocan al despoblado, dos montones de piedras colocadas a cierta distancia uno de otro, y dispuestos como para indicar la abertura de esos pequeños valles. Mis acompañantes no aciertan a darme explicación ninguna respecto de esos montones de piedras y se contentan con responder imper­turbables a todas mis preguntas con su eterno íQuién sabe!

En varias partes de la cordillera he visto ruinas indias; las más perfectas que he podido visitar son las Ruinas de Tam­billos, en el paso de Uspallata. Son camaritas cuadradas, reunidas en grupos separados entre sí. En algunos sitios se conserva en pie el porche de estas cámaras, que está for­mado por dos montantes de piedra de unos tres pies de altura, reunidos en lo alto por una losa. Ulloa, por su parte, ha indicado lo muy bajas que eran las puertas de las anti­guas habitaciones peruanas. En estas casas debía caber gran número de personas; y si hemos de creer la tradición, se habían construido para servir de lugares de descanso a los incas cuando atravesaban las montañas. Se han descubierto indicios de habitaciones indias en otros muchos puntos en que no parece probable que sirvieran de simples lugares de reposo; sin embargo, los terrenos circundantes son tan poco a propósito para ninguna clase de cultivo como los inmedia­tos a Tambillos, o al Puente de los Incas, o al paso del Portillo, sitios en que también he visto ruinas. He oído hablar de las ruinas de las casas situadas en el desfiladero de Jajuel, cerca de Aconcagua, donde no hay ningún paso, y el desfiladero tiene gran elevación, es en extremo frío y su terreno absolutamente estéril. Primero he pensado que estos edificios podían ser lugares de refugio construidos por los indios a la llegada de los españoles; perora después de haber estudiado la cuestión más cerca, me inclino a creer que el clima se ha modificado un poco.

Las antiguas casas indias se dice que abundan mucho en el interior de la cordillera, en la parte septentrional de Chile. Cavando en las ruinas es muy frecuente encontrar pedazos de tela, instrumentos de metales preciosos y espi­gas de maíz. Me han dado una punta de flecha, de ágata, precisamente de la misma forma que hoy usan en la Tierra del Fuego; esta punta la habían encontrado en una de esas casas en ruinas. Sé, además, que los indios del Perú habitan todavía puntos muy elevados y desiertos; pero personas que han pasado su vida viajando por los Andes me han asegu­rado, en Copiapó, que había muchas habitaciones situadas a grandes alturas, que estaba muy cerca de las nieves perpe­tuas, y eso en puntos en que no hay ningún paso, donde el suelo no produce nada, y lo que es aún más extraordinario, donde no hay agua. Sea como quiera y por mucho que les admire, me aseguran las gentes del país que el estado de estas casas prueba que los indios las habitaban de ordinario. En el valle en que ahora me encuentro, en Punta Gorda, consisten las ruinas en siete u ocho camarillas cuadradas muy parecidas a las que he visto en Tambillos, pero cons­truidas con especies de bloques de barro que los habitantes actuales no saben fabricar con tanta solidez, ni aquí, ni en el Perú, según Ulloa. Esas cámaras están en el fondo del valle, en la parte más abierta; no se encuentra agua sino a tres o cuatro leguas y aun la que se encuentra es poca y mala; el suelo es en absoluto estéril; en vano he buscado vestigios de un liquen en las rocas. Aun teniendo la ventaja de contar con bestias de carga, apenas se podría hoy explotar una mina en este punto, a menos que fuese de riqueza excepcio­nal. ¡Y los indios han escogido, sin embargo, estos lugares para su residencia! Si cayeran anualmente dos o tres aguace­ros en vez de uno cada dos o tres años, se formaría un arroyuelo en este gran valle y entonces se podría con facili­dad -y los indios entendían antiguamente muy bien este género de trabajos- fertilizar el suelo hasta hacerle subve­nir a las necesidades de algunas familias.

Tengo la prueba absoluta de que en esta parte del conti­nente sudamericano, cerca de la costa se ha levantado el terreno de 400 a 500 pies, y en algunos puntos de 1.000 a 1.300 durante el período de las conchas actuales. Más ade­lante, en el interior, puede que haya sido el levantamiento mucho mayor todavía. Como el carácter particularmente árido del clima proviene con toda seguridad de la altura de la cordillera, puede asegurarse sin temor de errar, que antes de los levantamientos recientes, debía ser mucho más húmeda la atmósfera que lo es hoy, por más que el cambio de clima haya sido tan lento como la causa que lo ha produ­cido. Las ruinas de que he hablado deben remontarse a una antigüedad considerable, si se ha de explicar por la hipóte­sis de un cambio de clima su habitabilidad. No creo, sin embargo, que sea difícil explicar su conservación con un clima tal y como el de Chile. En esta hipótesis hay que admitir también, y eso es más difícil, que el hombre ha habitado la América meridional en un período de tiempo extraordinariamente largo; porque el cambio de clima pro­ducido por el levantamiento del suelo, ha debido ser de una lentitud también extraordinaria. Durante los doscientos veinte últimos años, no ha pasado de 19 pies la elevación de Valparaíso; aun cuando en Lima se ha levantado un acanti­lado de 80 a 90 pies desde el período indo-humano; pero de todas maneras, elevaciones tan pequeñas no pueden tener sino muy escasa influencia sobre las corrientes atmosféri­cas. Por otra parte, el doctor Lund ha encontrado esqueletos humanos en las cavernas del Brasil, y su aspecto le permite afirmar que la raza india habita en América meridional desde época muy remota.

Durante mi estancia en Lima, he discutido esta cuestión con Mister Gill, ingeniero civil que ha visitado muchas veces el interior del país1. Me ha dicho que en ocasiones había pensado en un cambio de clima; pero, en definitiva, creo que la mayor parte de los terrenos cubiertos por ruinas indias, y que son imposibles de cultivar hoy, han llegado a este estado de aridez, porque los conductos subterráneos de aguas que antes construían los indios en tan grande escala, han sido destruidos por los terremotos o se han inutilizado por abandono. Puedo añadir que los peruanos hacían pasar sus corriente para el riego por túneles tallados a través de las colinas de roca. Dice Mister Gill que ha examinado uno de esos conductos: era el túnel poco elevado, estrecho, tor­tuoso; su anchura no era uniforme, pero su longitud consi­derable. ¿No es extraordinario que los hombres hayan emprendido y llevado a cabo trabajos tan gigantescos, des­provistos de utensilios de hierro y pólvora? También me llamó Mister Gill mi atención sobre un hecho muy intere­sante y de que no conozco otro ejemplo: movimientos subterráneos que han cambiado el curso de las aguas de un país.

Yendo de Casma a Huaraz, a poca distancia de Lima, encontró un llano cubierto de ruinas en el cual se veían por todas partes vestigios cultivados, y hoy estéril en absoluto. Muy cerca se ve el lecho desecado de un río grande, cuyas aguas regaban antiguamente el llano. A juzgar por su lecho podría creerse que ha cesado de correr hace poco; en algu­nos puntos se ven capas de arena y de grava; en otros ha labrado la corriente un canal en la roca, bastante ancho: en un punto llega a 40 metros de anchura por 8 pies de pro­fundidad. Siendo evidente que al dirigirse hacia el naci­miento de un río debe irse subiendo siempre más o menos, fue muy grande la extrañeza de Mister Gill cuando advirtió que bajaba conforme iba remontando en el cauce de este antiguo río; hasta donde le fue posible juzgar de ella calculó que la pendiente formaba con la perpendicular un ángulo de 40 a 50°-. Esta es prueba absoluta de un levantamiento de las capas situadas en medio del cauce del río. Tan pronto como el lecho se levantase tuvieron por necesidad las aguas que retroceder para buscarse nuevo camino. Desde entonces también, el próximo llano, perdida la causa de su fertilidad con la huida del río, quedó convertido en verdadero de­sierto.

27 de junio.- Salimos muy temprano, y al mediodía llegamos al barranco de Paypote, donde hay un arroyuelo con alguna vegetación en sus orillas, y hasta varios algarro­bos, árboles pertenecientes a la familia de las Mimóseas. La proximidad de la leña había hecho que se construyera aquí un alto horno, y hemos encontrado a un hombre que lo guarda, pero cuya ocupación única es cazar guanacos. Hiela mucho durante las noches, pero como tenemos leña abun­dante para alimentar la lumbre no pasamos frío.

28 de junio.- Seguimos subiendo y el valle se trans­forma en cañada. Vemos durante el día varios guanacos, y encontramos huellas de la vicuña, especie que es pariente muy próxima. La vicuña tiene costumbres puramente alpes­tres; rara vez desciende por debajo del límite de las nieves perpetuas; frecuenta, por lo tanto, puntos más elevados y estériles que los habitados por el guanaco. El otro animal que hemos visto también en número importante es un zorro, que supongo que se alimentará de ratones y otros pequeños roedores que suelen vivir en gran número en los valles desiertos a poco que haya rastros de vegetación. En Patagonia abundan mucho estos últimos animalillos hasta a orillas de las salinas, donde es imposible encontrar ni una gota de agua dulce, y donde contarán quizá con el rocío para apagar la sed. Después de los lagartos, los ratones son los animales que al parecer pueden habitar las regiones más estrechas y más secas de la tierra: se les encuentra hasta en los islotes más ínfimos situados en medio de los grandes océanos.

Por ningún lado presenta el paisaje más aspecto que el de la desolación, acentuada en extremo por la potente luz de un cielo sin nubes. En los primeros momentos parece sublime este paisaje; pero dura muy poco este sentimiento, y tarda muy poco en dejar de interesar. Hacemos noche al pie de la Primera Línea, arista primera de división de aguas. Sin embargo, no van al Atlántico los torrentes situados en la falda oriental de la montaña, sino que se dirigen a una región elevada, en medio de la cual hay un gran lago salado: es un pequeño mar Caspio, situado a una altura de más de 10.000 pies. No hay poca nieve en el sitio en que pasamos la noche, pero no persiste todo el año. En estas elevadas regiones obedecen los vientos a leyes muy regulares; todos los días sopla una brisa fuerte del valle, y una ó dos horas después de la puesta del sol se precipita a su vez sobre el valle como en un embudo el viento frío de las regiones superiores.

Durante la noche presenciamos una tempestad, y debe bajar mucho de cero la temperatura; porque el agua que teníamos en un vaso se transforma en pocos momentos en un bloque de hielo. Los vestidos no defienden nada contra las corrientes fuertes del viento; sufro mucho frío, en ter­minos que no puedo dormir, y por la mañana me encuentro aterido.

Más al sur en la cordillera, es frecuente que los viajeros pierdan la vida en medio de las tempestades de nieve: allí se corre otro peligro. Me cuenta mi guía, que teniendo catorce años atravesaba él la cordillera en el mes de mayo, con una caravana; en la parte central de la cadena se desarrolló una tempestad furiosa que apenas consentía a los hombres sos­tenerse sobre los mulos, mientras las piedras volaban en todas direcciones. No había una nube en el cielo, ni cayó un solo copo de nieve, aun cuando la temperatura era muy baja. Posible es que no hubiese marcado el termómetro muchos grados por debajo del hielo fundente, pero el efecto de la temperatura en el cuerpo de un hombre mal protegido por un traje insuficiente, es proporcional a la rapidez de la corriente del aire frío. Más de un día entero duró aquella tempestad, y los hombres perdían rápidamente las fuerzas, y los mulos no querían ya avanzar más. Un hermano de mi guía trató de volver atrás, pero murió, y dos días después encontraron su cadáver al borde del camino, junto al del mulo que llevaba: todavía conservaba la brida en la mano. A otros dos hombres de la caravana se les helaron los pies y las manos; de doscientas mulas y treinta vacas no pudieron salvarse más que catorce mulas. Hace muchos años sucumbió una caravana entera; se supone que del mismo modo; pero hasta ahora no se han encontrado los cadáveres. Un cielo sin nubes, una temperatura extraordinariamente baja y una espantosa tempestad de viento debe ser, creo, una combinación de circunstancias en extremo raras en todas las regiones del mundo.



29 de junio.- Con mucho gusto bajamos al valle a nues­tro vivac de la noche anterior, y luego a la fuente del Agua amarga. El día 1.0 de julio volvemos al valle de Copiapó. El perfume de los henos y tréboles me parece delicioso des­pués de la atmósfera tan seca del despoblado. Durante mi estancia en la población me hablan muchas personas de una colina próxima a la cual llaman El Bramador o la colina rugiente. En esta ocasión no presté interés a lo que me contaron; pero según pude comprender esa colina está cubierta de arena y no se produce el ruido sino cuando, al subir por ella, se mueve la arena. Seetzen y Ehrenber atribuyen a las mismas circunstancias los ruidos que muchos viajeros han oído en el monte Sinaí, cerca del mar Rojo. He tenido ocasión de hablar con una persona que había oído este ruido y me ha dicho que le sorprendió en extremo y parecía imposible saber de dónde procedía, aun cuando me aseguró al mismo tiempo que para producirlo era menester mover la arena. Cuando un caballo marcha sobre arena seca y gorda se oye un ruido particular producido por el frote de los distintos granos entre sí, y yo lo he observado varias veces en las costas del Brasil.

Tres días después de mi vuelta sé que el Beagle ha llegado al puerto, y se encuentra a 18 leguas de este pueblo. Hay muy pocas tierras cultivadas en la parte inferior del valle; apenas se encuentra una hierba basta que casi no pueden comer ni los borricos. Esta pobreza de vegetación se debe a la cantidad de materias salinas de que está impregnado el suelo. El puerto consiste en una reunión de chozas misera­bles, situadas en medio de una llanura estéril. Cuando yo estuve allí había agua en el río, que llegaba hasta el mar; tenían, pues, los habitantes la ventaja de contar con agua dulce a milla y media de sus casas. Se ven en la playa grandes montones de mercancías y reina cierta actividad en esta aldea miserable. Por la tarde me despido de mi acom­pañante Mariano González, con quien tan gran parte de Chile he recorrido, y a la mañana siguiente se hace a la vela el Beagle para Iquique.



12 de julio.- Echamos el ancla en el puerto de Iquique, a 200,12' sobre la costa del Perú. La villa, que tendrá unos mil habitantes, está situada en un llano de arena al pie de un gran muro de rocas, que se eleva a una altura de 2.000 pies y que constituye la costa. Nos encontramos en un verdadero desierto. Una vez cada siete u ocho años llueve por espacio de algunos minutos, por lo cual las cañadas están llenas de detritus y las faldas de las montañas cubiertas de montones de hermosa arena blanca, que algunas veces llega hasta una altura de 1.000 pies. Durante esta estación del año se extiende sobre el océano, y pocas veces sube por encima de las rocas que forman la costa una capa de nubes bastante espesa. Nada tan triste como el aspecto de esta ciudad; el puertezuelo con sus insignificantes barcos y su grupillo de casas miserables está en total desproporción con el resto del paisaje y parece aplastado por éste.

Viven los habitantes como si se hallasen a bordo de un buque; todo tienen que llevarlo desde muy lejos el agua la traen en barcos de Pisagua, situada 40 millas (64 kilóme­tros) al norte; y se vende a 9 reales2 (cerca de 6 pesetas) el tonel de 18 galones: una botella de agua que he comprado yo me ha costado 30 céntimos. Tienen también que impor­tar leña para la calefacción, y por descontado, todos los alimentos. Excusado es decir que se comen muy pocos ani­males domésticos en un pueblo de este género. Al día siguiente de llegar me proporciono, con mucho trabajo y a precio de 100 francos, dos mulas y un guía que me conduje­sen al lugar en que se explota el nitrato de sosa. Esta explo­tación constituye la fortuna de Iquique. Comenzó a expor­tarse esta sal en 1830, enviando a Francia e Inglaterra en un año por valor de 100.000 libras esterlinas (2.500.000 pese­tas). Se emplea principalmente como abono, pero sirve también para la fabricación del ácido nítrico. Por ser muy delicuescente no sirve para la fabricación de la pólvora. Antiguamente había al lado dos minas de plata muy ricas, pero ya no producen casi nada.



Nuestra llegada al puerto produce alguna inquietud. Hallábase el Perú entonces sumido en la anarquía; cada uno de los partidos que se disputaban el poder había impuesto a la ciudad una contribución, y al vernos llegar creyeron que veníamos a reclamar el dinero. También tenían los habitan­tes sus penas domésticas; porque poco tiempo antes se habían introducido tres carpinteros franceses una noche en las dos iglesias del pueblo y habían robado todos los vasos sagrados; uno de los ladrones confesó al fin el crimen y pudieron recuperarse los objetos robados. Enviaron a los ladrones a Arequipa, capital de la provincia, pero situada a 200 leguas de distancia; las autoridades de la capital estima­ron que era deplorable encarcelar a unos obreros tan útiles y que sabían hacer tantas clases de muebles, y los dejaron, por tanto, en libertad. Súpose pronto lo ocurrido y no faltaron nuevos robos en las iglesias, pero sin que se recuperasen los vasos sagrados. Los naturales declararon furiosos que sólo gente herética habría podido robar a Dios Todopoderoso; y se apoderaron de algunos ingleses para torturarlos, con intención de matarlos enseguida. Intervinieron las autori­dades y al fin renació la calma.

13 de julio.- Salgo por la mañana para visitar la explota­ción del nitrato que está a 14 leguas. Se empieza trepando por las montañas de la costa, siguiendo una senda arenosa que da muchos rodeos, y no tardan en verse a lo lejos Guantajaya y Santa Rosa. Estos pueblecillos están situados a la entrada de las minas; colgados como aparecen en la cum­bre de una colina, presentan un aspecto todavía menos natural y más desolado que la villa de Iquique. Después de ponerse el sol llegamos a las minas, habiendo viajado todo el día por un país ondulado totalmente desierto. A cada paso se encuentran en el camino los esqueletos desecados de muchas bestias de carga que han muerto de cansancio. Fuera del VultúrAura no he visto ni pájaro, ni cuadrúpedo, ni reptil, ni insecto. En las montañas de la costa, a unos 2.000 pies de elevación, allí donde en esta estación descan­san casi siempre las nubes, se ven algunos cactus en los huecos de las rocas y algunos musgos en la arena que cubre las piedras. Los musgos son del género Cladonia, y se pare­cen algo a ciertos líquenes. En algunos sitios se encuentra esta planta en cantidad suficiente para dar al terreno, visto desde lejos, un tinte amarillo pálido. Más al interior, y en esta larga excursión de 14 leguas, no he visto más que otro vegetal, un liquen amarillo, sumamente pequeño, que crece en los huesos de los mulos. Quizá sea éste el primer desierto verdadero que en mi vida he visto, y sin embargo, no me produce gran efecto; lo que atribuyo a que durante mi viaje de Valparaíso a Coquimbo, y de aquí a Copiapó he ido acostumbrándome poco a poco a escenas análogas. Bajo cierto punto de vista es notable el aspecto del país: hallase, en efecto, cubierto por una costra gruesa de sal común y capas estratificadas de depósitos salíferos que parecen haberse depositado a medida que la tierra se iba elevando por grados sobre el nivel del mar. La sal es blanca, muy dura y muy compacta; se presenta bajo la forma de masas desgas­tadas por el agua y mezclada con mucho yeso. En resumen, toda esta masa superficial presenta un aspecto análogo al de una llanura en que hubiese caído nieve antes que se fundie­sen los últimos copos sucios. La existencia de esta costra de sustancias solubles cubriendo todo un país prueba que ha de ser extrema la sequedad, y desde muchísimo tiempo hace.

Paso la noche en casa del propietario de una de las minas de nitrato. Es tan estéril el suelo en este punto como pueda serlo junto a la costa; pero hay medio de proporcionarse agua, aunque de gusto amargo y salitroso, abriendo pozos: el de la casa en que me hallo tiene 36 metros de profundi­dad. Como no llueve casi nunca, claro es que este agua no procede de las lluvias. Si así fuese, no resultaría potable, porque toda esta comarca se halla impregnada de sustancias salinas. Debe, pues, creerse que sean infiltraciones de la cordillera, aunque ésta se halle a muchas leguas de distancia. Dirigiéndose hacia las montañas se encuentran algunos pueblecillos en que, teniendo más agua de que disponer, pueden regar algunas tierras, y cultivan el heno con que se alimentan las mulas y los burros empleados en el trans­porte del nitrato. Vendíase esta sal entonces a 14 chelines las 100 libras sobre cubierta; el transporte a la costa era el gasto magno de la explotación. Consiste la mina en una capa muy dura de dos a tres pies de espesor; está mezclado el nitrato con un poco de sulfato de sosa y una gran cantidad de sal común. Se encuentra este depósito inmediatamente por debajo de la superficie y se extiende en una longitud de 150 millas en los límites de una llanura o depresión inmensa. Por la configuración del terreno es evidente que debió ser en otras épocas un lago, o quizá mejor, un brazo de mar; la presencia de las salas de yodo en la capa salina tendería a confirmar esta última suposición. La llanura se encuentra a 3.300 pies sobre el nivel del océano Pacífico.



19 de julio.- Echamos el ancla en la bahía del Callao, puerto de Lima, capital del Perú. Permanecemos allí seis semanas, pero como está el país en revolución me están prohibidos los viajes al interior. Durante toda nuestra permanencia se me hace el clima mucho menos delicioso de lo que se cuenta. Espesa capa de nubes cubre casi siempre las tierras, de tal modo que durante los diez y seis primeros días no vimos más que una vez la cordillera detrás de Lima. Vistas en lontananza estas montañas, elevándose unas detrás de otras a través de las nubes, presentan hermosí­simo espectáculo. Casi ha pasado a ser proverbio que nunca llueve en la parte baja del Perú. No creo que esto sea exacto, porque casi todos los días cae una especie de llovizna que pone embarradas las calles y moja las ropas; verdad es que no se da a esa niebla el nombre de lluvia; se le llama rocío peruano3. También es verdad que no debe llover mucho, puesto que las techumbres de las casas son planas y hechas sencillamente de barro endurecido (adobes). Además he visto en el puerto muchísimos montones de trigos que permanecían allí semanas enteras sin cubierta alguna.

No acierto a decir si lo que he visto del Perú me ha gustado mucho; dícese, sin embargo, que el clima es mucho más agradable en verano. Naturales y extranjeros sufren en todo tiempo accesos de fiebre. Esta enfermedad, muy común en toda la costa del Perú, es desconocida en el inte­rior. Los accesos de fiebre producidos por los miasmas, parecen siempre más o menos misteriosos. Difícil es juzgar por el aspecto de un país si es o no salubre, y si se quisiera elegir entre los trópicos un lugar favorable a la salud se escogería probablemente esta costa. El llano que rodea al Callao está cubierto de hierbas bastas y hay también en algunos sitios pequeñísimos estanques de agua parada, de donde según todas las probabilidades se levantan los mias­mas. Parece probarlo así el hecho de que la villa de Arica, que se hallaba en las mismas circunstancias, hizo desecar esos estanques y han mejorado mucho sus condiciones de salubridad. No siempre engendran los miasmas una vegeta­ción exuberante y un clima extremado; muchas regiones del Brasil en que hay pantanos cubiertos de vegetación excesiva son mucho menos insalubres que esta estéril costa del Perú. Las selvas más espesas bajo un clima templado como el de Chile, no parece que afectan en manera alguna a las condi­ciones de salubridad de la atmósfera.

La isla de San Yago, en el archipiélago de Cabo Verde, es otro buen ejemplo de países que podrían tomarse por muy saludables, y que, por el contraria, es muy malsano. He descrito los inmensos llanos pelados de esta isla: varias semanas después de la estación de las lluvias, no se encuen­tra allí más que una vegetación débil que se marchita y deseca casi al instante. Entonces parece que el aire enve­nena; indígenas y extranjeros están, la mayor parte del año, sujetos a los accesos de fiebre más violentos. Y en cambio, el archipiélago de las Galápagos, con la misma periodicidad de vegetación, es, perfectamente sano. Humboldt ha dicho que «bajo la zona tórrida los pantanos más insignificantes son los más peligrosos, porque están rodeados, como sucede en Veracruz y en Cartagena, de terrenos áridos y arenosos que elevan mucho la temperatura del aire ambiente». En la costa del Perú, no es, sin embargo, excesivo el calor, y tal vez por eso no son las fiebres tan perniciosas. En todos los países malsanos el dormir en la costa hace correr el mayor riesgo. ¿Es por el estado del cuerpo durante el sueño? ¿Es porque se desarrollan más miasmas durante la noche? Sean lo que fuere, parece cierto que hallándose a bordo de un buque, aun admitiendo que sea a poca distancia de la costa, se sufre por lo regular menos que estando en la costa misma. Por otra parte, me han indicado un caso notable: estallar la fiebre de improviso entre la tripulación de un buque de guerra que se hallaba a varios cientos de millas de la costa de África, en el momento mismo en que hace explosión la epidemia en Sierra Leona.

Ningún estado de Sudamérica ha sido tan castigado por la anarquía como el Perú desde su declaración de indepen­dencia. En la época de nuestra visita había cuatro partidos en armas disputándose el poder. Si uno triunfa se coaligan los otros contra él; pero tan pronto como vencen éstos, se dividen de nuevo. Hace unos días, el del aniversario de la proclamación de la independencia, se celebró una gran misa, durante la cual comulgó el presidente. Durante el Te Deum, en lugar de presentar las tropas la bandera peruana, desplegaron una bandera negra que llevaba una calavera. ¿Qué puede pensarse de un gobierno a cuya vista se permite el desarrollo de semejante escena y en ocasión tan solemne? Este estado de los negocios me contrariaba mucho, porque apenas podía hacer algunas excursiones más allá de los límites de la ciudad. La isla estéril de San Lorenzo, que rodea el puerto, era el único punto en que se podía pasear con alguna seguridad. La parte superior de esta isla, que se eleva a una altura de más de 1.000 pies, se encuentra durante esta estación (invierno) en el límite de las nubes; por lo cual hay en ella muchas criptógamas y algunas flores. Las colinas inmediatas a Lima, situadas a mayor altura, están cubiertas por una verdadera alfombra de musgo y grupos de preciosos lirios amarillos llamados amancaes. Esto indica un grado de humedad mucho mayor que el de los alrededores de Iquique. Si se avanza hacia el norte, desde Lima se hace el clima cada vez más húmedo, hasta que en las riberas del Guayaquil, casi en el Ecuador, se encuentran los más frondosos bosques. Sin embargo, me han dicho que se hace muy bruscamente la transición de las costas estériles del Perú a esas tierras fértiles, bajo la latitud del Cabo Blanco, dos grados al sur de Guayaquil.

El Callao es un puertecillo sucio y mal construido; sus habitantes, como los de Lima, presentan todos los tintes intermedios entre el europeo, el negro y el indio. Me ha parecido este pueblo muy depravado y muy dado a la embriaguez. Siempre está la atmósfera cargada de malos olores: el olor particular de casi todas las poblaciones de estos países intertropicales es aquí extraordinariamente fuerte. La fortaleza que sostuvo, sin rendirse, el largo sitio de lord Cochrane tiene un aspecto imponente; pero durante nuestra permanencia en el puerto, vendía el presidente los cañones de bronce que la defendían y ordenó su demolición. Por única razón justificativa de esta medida decía que no había ningún oficial a quien poder encargar la defensa de puesto tan importante. Y había muchas motivos para creerlo; puesto que él había llegado a proclamarse presi­dente levantando bandera de insurrección cuando mandaba la misma fortaleza. Después de salir nosotros de América meridional le sucedió a éste lo que a todos; fue derrotado, hecho prisionero y fusilado.

Lima está situada en el fondo de un valle formado por la gradual retirada del mar. Se halla a 7 millas (11 kilómetros) del Callao y 500 pies más elevado que el puerto; pero es tan suave la pendiente, que el camino parece enteramente hori­zontal, y tanto, que al llegar no hay quien crea que ha subido ni cien pies. Humboldt fue el primero que hizo fijar la atención en esa curiosa ilusión. En medio de este llano se elevan algunas colinas abruptas y estériles. Dividen el llano en anchos campos unos cuantos muros hechos de adobes. A excepción de algunos sauces dispersos y de un bosque de bananeros y de naranjos, no se ve un árbol en estos campos. La ciudad de Lima está hoy casi en ruinas; no están pavi­mentadas las calles, y por todas partes se ven en ellas mon­tones de inmundicias, arrojadas de las casas, en los cuales los gallinazos negros, tan domesticados como nuestras gallinas, buscan los pedazos de carne podrida. Las casas tienen por regla general un primer piso construido de madera y cubierto por el temor a los terremotos; pero hay algunas antiguas habitadas por varias familias; estas casas son tan grandes y tienen habitaciones tan magníficas como las de cualquier capital. Lima, la ciudad de los reyes, ha debido ser en lo antiguo una ciudad espléndida. El extraor­dinario número de iglesias con que cuenta le da todavía hoy un carácter original, sobre todo cuando se la ve a poca distancia.

Un día fui a cazar muy cerca de la población con unos comerciantes. Pobre fue la caza, pero tuve ocasión de visitar las ruinas de uno de los antiguos pueblecillos indios, en el centro del cual hay la acostumbrada elevación parecida a una colina natural. Las ruinas de las casas, de los cercados, de las obras de' irrigación, de las columnas sepulcrales esparcidas en este llano dan en verdad altísima idea de la civilización y de la densidad de la población antigua. Considerando sus porcelanas, sus telas, sus utensilios de formas elegantes, tallados en las piedras más duras, sus ins­trumentos de cobre, sus alhajas ornadas con piedras preciosas, sus palacios, sus trabajos hidráulicos, es imposi­ble -dejar de admirar los extraordinarios progresos que habían hecho en las artes y en la civilización. Las columnas sepulcrales, llamadas huatas, son en realidad sorprenden­tes; en algunos puntos se confunden con columnas natura­les, guarnecidas de un revestimiento y talladas después.

Hay también otra clase de ruinas muy diferentes, pero no menos interesantes que éstas, y son las del antiguo Callao, derruido por el gran terremoto de 1740, y barrido por la enorme ola que acompañó a la sacudida. Parece que esta destrucción fue más completa que la de Talcahuano. Masas de guijarros cubren los cimientos de las paredes, y grandes montones de ladrillos parecen haber sido arrastrados por las olas al retirarse como cantos rodados. Se asegura que el terreno bajó durante ese memorable terremoto; pero no he podido encontrar ninguna prueba de ese descenso. Parece muy probable, sin embargo, que haya cambiado la costa de forma desde la formación de la antigua ciudad; porque nadie que tuviera sentido común, había de haber elegido para edificar una ciudad la tira estrecha de cantos rodados sobre que hoy se encuentran las ruinas. Después de nuestro viaje, comparando Mister Tschundi mapas antiguos con mapas modernos, ha deducido que en realidad se ha depri­mido la costa al norte y al sur de Lima.

En la isla de San Lorenzo se encuentran pruebas eviden­tes de levantamiento durante un período reciente, lo que no impide que haya podido ocurrir después una depresión par­cial del terreno. El lado de la isla que mira a la bahía del Callao forma tres terrazas, de las cuales la más baja está cubierta, en una milla de extensión, por una capa com­puesta casi exclusivamente de conchas pertenecientes a diez y ocho especies que viven hoy en el inmediato mar. Esa capa tiene 85 pies de altura; la mayor parte de las conchas que la componen están corroídas y tienen un aspecto de mucha mayor antigüedad que las que he encontrado a 500 ó 600 pies de altura en la costa de Chile. En medio de estas conchas se encuentra mucha sal común, un poco de sulfato de cal (ambos cuerpos han debido ser depositados por eva­poración de la espuma a medida que el suelo se levanta por grados), y también sulfato de sosa y muriato de cal. El lecho de conchas descansa sobre los fragmentos de las capas infe­riores de gres y está, a su vez, cubierto por una capa de detritus que tiene varias pulgadas de espesor. Un poco más arriba, en la misma terraza, se desprenden las conchas en escamas y caen en polvo impalpable al tocarlas. En otra terraza superior, a 170 pies, y también en algunos puntos mucho más altos, he encontrado una capa de polvo salino con el mismo aspecto y colocada en la misma posición rela­tiva. No dudo de que esta capa superior haya sido también de conchas como la que hay en la terraza inferior; pero no tiene hoy ni el menor vestigio de seres organizados. Mister T. Reeks ha analizado este polvo y contiene; sulfatos, muriatos de cal y de sosa y un poco de carbonato de cal. Sabido es que la sal común y el carbonato de cal acumulados juntos en masas considerables se descomponen entre sí parcialmente, aunque no se produzca este fenómeno en pequeñas cantidades disueltas. Como las conchas a medio descomponer de la terraza inferior se encuentran mezcladas con mucha sal común, además de algunas de las sustancias salinas que componen la capa superior, y como estas con­chas están muy deterioradas, me inclino a creer que se ha verificado aquí esa doble descomposición. Las sales que de ella resultasen deberían ser carbonato de sosa y muriato; este último existe, pero no se encuentra el carbonato; por lo que sospecho que por causas que no se explican se ha trans­formado el carbonato de sosa en sulfato. Es indudable que en un país donde alguna vez cayesen lluvias abundantes no se hubiese observado la capa salina; esta circunstancia que a primera vista parece que debería ser tan favorable a la larga conservación de las conchas expuestas al aire, ha sido quizá la causa indirecta de su descomposición más pronta, y eso por no haber sido arrastrada la sal común.

En esta terraza he hecho un descubrimiento que me ha interesado. A 85 pies de elevación he encontrado sumergi­dos entre las conchas y los detritus arrastrados por el mar algunos cabos de hilo de algodón, pedazos de caña tejidos y una espiga de maíz. He comparado estos restos con objetos análogos encontrados en las huacas o antiguas tumbas peruanas, y resultan idénticos. En tierra firme, frente a San Lorenzo, cerca de Bellavista, hay una llanura muy extensa y muy lisa que tendrá una altitud aproximada de 100 pies; la parte inferior de este llano está formada por capas sucesivas de arenas y arcillas impuras mezcladas con alguna grava; la superficie, hasta de tres a seis pies de profundidad, consiste en una tierra rojiza que contiene algunas conchas marinas y muchos fragmentos de barro rojo muy tosco, más abundante en unos puntos que en otros. De primera intención me inclinaba a creer que esta capa superficial por razón de su magnitud y perfecta igualdad había debido depositarse bajo el mar; pero he notado muy pronto que descansaba en un plano artificial de cantos rodados. Parece, pues, muy probable que en un período en que el terreno se encontraba a inferior nivel, había un llano muy semejante al que hoy rodea al Callao; protegido éste último por un banco de cantos rodados, está muy poco elevado sobre el nivel del mar. Creo que los indios fabricaban sus obras de alfarería en este llano y que durante algún terremoto violento franqueó el mar el banco de guijarros y transformó el llano en un lago temporal como sucedió alrededor del Callao en 1718 y en 1746. El agua depositaría entonces el barro que llevaba en suspensión y también los fragmentos de alfarería arran­cados de los hornos, más abundantes en unos sitios que en otros, y las conchas marinas. Esta capa, que contiene vidria­dos fósiles, se halla casi a la misma altura que las conchas en la terraza inferior de la isla de San Lorenzo, capa en la cual encontré empotrados los hilos de algodón y algunos otros objetos.

Sin temor, pues, de equivocarnos, podemos deducir que desde la aparición del hombre en América se ha producido un levantamiento de más de 85 pies; porque hay que tener en cuenta la depresión que se ha producido desde que se hicieron los antiguos mapas. Por más que durante los dos­cientos veinte años que precedieron a nuestra visita no hay pasado de 19 pies el levantamiento de Valparaíso, no es menos cierto que a partir de 1817 se ha producido un movimiento ascensional de 10 a 11 pies, en parte de un modo sensible, y en parte durante el terremoto de 1822. Si hemos de juzgar por el levantamiento del terreno a 85 pies desde que objetos humanos han podido hundirse en la tie­rra, la antigüedad de la raza india en este país es tanto más notable, cuanto que existía en la costa de Patagonia el Macranchenia hallándose el suelo más bajo en la misma proporción; pero como la costa de Patagonia se encuentra más apartada de la Cordillera, ha podido producirse allí el levantamiento más despacio que en la costa del Perú. En Bahía Blanca no ha sido más que de unos cuantos pies desde que se han enterrado muchos cuadrúpedos gigantescos. Ahora bien; según la opinión mejor recibida, no existía el hombre en la época en que vivían estos animales extingui­dos. Posible es que la elevación de esta parte de la Patagonia no esté en modo alguno ligada al sistema de la cordillera y que lo esté a una línea de rocas volcánicas antiguas que se encuentran en la banda oriental, de tal manera que puede haber sido la elevación infinitamente más lenta que la de las costas del Perú. De todas maneras son muy vagas todas estas suposiciones, por necesidad; pues ¿quién se atrevería a asegurar que no haya habido varios periodos de depresión intercalados entre los de levantamiento? ¿No sabemos que a lo largo de toda la costa de Patagonia ha habido, con seguridad, intervalos largos y numerosos en la acción de las fuerzas de levantamiento?



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