Viaje de un naturalista alrededor del mundo



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CAPITULO XIV

SUMARIO: San Carlos, Chiloé.- El Osorno en erupción al mismo tiempo que el Aconcagua y el Coseguina.- Excursión a Cucao.­Bosques impenetrables.- Valdivia- Indios.- Temblor de tierra.- Concepción.- Gran terremoto.- Rocas partidas.­Aspecto de los pueblos antiguos.- El mar se pone negro y empieza hervir.- Dirección de las vibraciones.- Piedras torcidas.- Inmensa ola.- Elevación permanente del suelo.­Area de los fenómenos volcánicos.- Relación entre las fuerzas eruptivas y las fuerzas elevadoras.- Causa de los terremotos.­Elevación lenta de las cadenas de montañas.


Chiloé y Concepción.- Gran terremoto.

El 15 de enero de 1835 salimos del puerto de Low y tres días más después echamos anclas por segunda vez en la bahía de San Carlos, en la isla de Chiloé. Durante la noche del 19 se pone en erupción el volcán de Osorno. Observa el centinela, a media noche, algo parecido a una gran estrella que a cada instante aumenta de tamaño, y a las tres de la mañana presenciamos el más soberbio espectáculo. Por medio del anteojo vemos, en el centro de espléndidas llamas rojas, objetos negros proyectados al aire sin cesar y que caen después. La luz es tan intensa, que ilumina el mar. Parece que los cráteres de esta parte de la cordillera dejan escapar con frecuencia masas de materias en erupción. Me aseguran que durante las erupciones del Corcovado han sido lanzadas a inmensa altura en el aire grandes masas que estallaban después ofreciendo las formas más fantásticas. Deben ser, en efecto, de gran tamaño esas masas, puesto fue se las distingue desde las alturas situadas detrás de San Carlos, situado a 93 millas (150 kilómetros) del Corcovado. A la mañana recobra el volcán su tranquilidad.

Mucho me sorprendió saber más tarde que en Chile, el Aconcagua, situado 480 millas (772 kilómetros) más al norte, había entrado en erupción la misma noche, y más aún me admiró saber que la gran erupción del Coseguina (2.700 millas, 4.344 kilómetros al norte de Aconcagua) acompañada de temblor de tierra que se hizo sentir en un radio de 1.000 millas, había tenido lugar seis horas después. Es tanto más notable esta coincidencia cuanto hacía vein­tiseis años que el Coseguina no había dado señales de acti­vidad; y una erupción del Aconcagua es cosa muy rara. Difícil es aventurarse ni siquiera a conjeturar si esa coinci­dencia es accidental o si hay que ver en ella la prueba de una comunicación subterránea. No dejaría de considerarse como coincidencia notable que el Vesubio, el Etna y el Hecla, en Islandia (relativamente más próximos entre sí que los vol­canes de América que acabo de citar), hubiesen tenido una erupción en la misma noche, pero es mucho más sorpren­dente en América del Sur, donde los tres volcanes forman parte de la misma cadena de montañas y donde las extensas llanuras que limitan la costa oriental y las conchas recientes, levantadas en una longitud de más de 2.000 millas (3.220 kilómetros) eh la. costa occidental, demuestran la igualdad con que han obrado las fuerzas elevadoras.

Deseando el capitán Fitz-Roy tener datos exactos de algunos puntos de la costa occidental de Chiloé, hemos con­venido en que me dirija yo a Castro con Mr. King, y que desde allí atravesemos la isla para ir a la Capilla de Cucao situada en la costa occidental. Nos proporcionamos un guía y caballos y nos ponemos en camino el 22 por la mañana. Tan pronto como emprendimos la marcha se nos unen una mujer y dos niños que hacían el mismo viaje. En este país, único de Sudamérica en que se puede viajar sin necesidad de llevar armas, pronto se hacen amistades. En un principio se suceden sin interrupción colinas y valles, pero a medida que nos aproximamos a Castro se presenta el terreno más llano. El camino es por sí mismo muy curioso: en toda su longi­tud, a excepción de algunos trozos anchos y colocados longitudinalmente y otros muy estrechos transversales. En verano no está muy malo este camino, pero en invierno, cuando la madera se pone escurridiza con la lluvia, es muy difícil viajar.

En esta época del año se empantanan ambas orillas del camino, que también suele estar cubierto de agua, y hay que asegurar los tarugos longitudinales atándolos a postes ó estacas clavados en el suelo a cada lado de la vía. La caída del caballo es, por lo tanto, muy peligrosa por el riesgo de caer sobre los postes; bien es verdad que la costumbre de circular Por estos caminos ha hecho muy activos a los caballos de Chiloé; y es muy curioso ver con qué agilidad y qué seguridad en el golpe de vista saltan de un poste a otro cuando faltan tarugos intermedios. Grandes árboles forestales cuyos troncos enlazan plantas trepadoras forman verdade­ras murallas a los lados del camino. Cuando puede verse una extensión larga de estas avenidas constituye un espectáculo curioso por su misma uniformidad: la línea blanca formada por los tarugos parece que se estrecha hasta desaparecer ocultándose en las sombrías profundidades del bosque, o termina por un zig-zag cuando trepa por una colina.

Aunque en línea recta no hay más que doce leguas desde San Carlos a Castro, ha debido ser muy dificultosa la cons­trucción de este camino. Me han asegurado que muchas personas morían antiguamente al querer atravesar el bos­que. El primero que logró realizar este viaje, abriéndose paso hacha en mano fue un indio, y tardó ocho días en volver a San Carlos. El gobierno español le premió concediéndole varios terrenos. Muchos indios vagan por el bos­que durante el verano, pero en los lugares más altos, donde es menos densa la espesura; van en busca de loros medio bravíos que se alimentan de hojas de caña y de algunos árboles. Uno de estos cazadores fue quien descubrió por casualidad, hace algunos años, la tripulación de un buque inglés que se había perdido en la costa occidental: se les agotaban ya las provisiones y es muy posible que sin el auxilio de este hombre no hubieran logrado salir jamás de aquellos bosques casi impenetrables; todavía murió un marinero de cansancio durante el camino. Los indios guían su marcha, durante esas excursiones, por la posición del sol, de tal manera que cuando está el cielo cubierto se ven obligados a detenerse.



Hace un tiempo hermoso; muchos árboles cargados de flor perfuman el aire; casi no basta esto para disipar el triste efecto que causa la humedad de estos montes. Los numerosos troncos de árboles muertos, derechos como otros tantos esqueletos, da siempre a estos bosques vírgenes un carácter de solemnidad que no se encuentra nunca en los países civilizados desde antiguas épocas. Poco después de la puesta del sol vivaqueamos para pasar la noche. La mujer que nos acompaña es en realidad bastante guapa; pertenece a una de las más respetables familias de Castro, lo que no la impide montar a caballo como un hombre; no usa medias ni zapatos. Me admira sobremanera su falta de dignidad. La acompaña su padre y llevan provisiones, a pesar de lo cual nos miran comer con tal aire de envidia, que acabamos por alimentar a todos nuestros acompañantes. No hay una sola nube en el cielo durante la noche, y podemos gozar del admirable espectáculo que producen las innumerables estre­llas que iluminan las profundidades del bosque.

23 de enero.- Nos levantamos temprano y a las dos de la tarde llegamos a la preciosa villa de Castro. El viejo gobernador había muerto después de nuestra última visita, y le había sustituido un chileno. Llevábamos una carta de presentación para don Pedro, que se mostró muy bueno, muy amable, muy hospitalario y mucho más desinteresado de lo que suelen serlo en esta parte del continente. Al día siguiente nos proporcionó don Pedro caballos y se ofreció él mismo a acompañarnos. Nos dirigimos hacia el sur, siguiendo casi siempre la costa. Atravesamos varios pueble­cillos, en cada uno de los cuales descollaba una iglesia, cons­truida de madera y muy parecida a una granja. Llegados a Villipilli, pide don Pedro al comandante que nos propor­cione un guía que nos conduzca a Cucao. El comandante es un viejo, pero sin embargo se ofrece a servirnos de guía él mismo, aunque no sin largas conferencias; porque no puede comprender que dos ingleses tengan en realidad intención de ir a visitar un lugar tan apartado como Cucao. Nos acompañan, pues, los dos aristócratas principales del país, que se conoce bien por la conducta de los indios hacia ellos. En Chonchi damos la espalda a la costa para internar­nos en las tierras; seguimos senderos casi no dibujados, atravesando ora soberbios bosques, ora hermosos terrenos altivados, en que abundan el trigo y la patata. Este país boscoso y accidentado me recuerda las regiones más agrestes de Inglaterra, lo que me produce cierta emoción. En Vilinco, situado a orillas del lago de Cucao, hay pocos campos cultivados; esta aldea parece habitada sólo por los indios. El lago tiene 12 millas de longitud, y se extiende de éste a oeste. Por circunstancias locales sopla la brisa del mar un mucha regularidad durante el día, y reina la más com­pleta calma durante la noche; esta regularidad da origen a estupendas exageraciones; pues al oír en San Carlos las descripciones que se nos hacían de este fenómeno esperabamos hallar un verdadero prodigio.

Tan malo es el camino que conduce a Cucao, que nos decidimos a embarcarnos en una periagua. Ordena el comandante a seis indios que se preparen para transportar­nos al otro lado del lago, sin dignarse decirles si se les pagaría por su trabajo. La periagua es una embarcación muy primitiva y rara, pero su tripulación lo es mucho más; dudó que se haya reunido jamás en un mismo barco seis hombre­cillos más feos. Declaro ingenuamente y con gusto que reman muy bien y con mucho ardor. El jefe de la tripulación balbucea siempre en indio; no para de lanzar gritos extra­ños, muy parecidos a los de los porqueros que animan a los Ordos a caminar. Salimos con brisa ligera contraria, lo que casi impide llegar antes de la noche a la Capilla de Cucao. A uno y otro lado del lago se extiende el bosque sin interrupción: Con nosotros habían embarcado una vaca. Hacer entrar un animal tan grande en una embarcación tan pequeña parece a primera vista empresa difícil; y, sin embargo, hay que confesarlo, los indios la realizan en un minuto. Acerca la vaca al borde de la periagua, le colocan bajo el vientre dos ramas, cuyos extremos se apoyan en el borde; con estas palancas, derriban al animal con la cabeza hacia abajo y las patas en alto en la canoa, y allí la sujetan con cuerdas. En Cucao encontramos una choza deshabitada, que es la residencia del cura cuando viene a visitar esta ca­pilla; nos apoderamos de esta habitación, encendemos lumbre y cocemos nuestra cena, hallándonos muy a gusto.

El distrito de Cucao es el único punto habitado de toda la costa occidental de Chiloé. Tiene treinta o cuarenta familias indias diseminadas en cuatro o cinco millas de costa. Estas familias están tan separadas del resto de la isla, que apenas tienen comercio; sólo venden un poco de aceite de foca. Los indios fabrican por sí mismos sus trajes y van bien vestidos; tienen alimentos en abundancia, y, sin embargo, no parece que están satisfechos. Son tan humildes como es posible' serlo, sentimiento que proviene, creo, en gran parte de la, dureza y aun brutalidad de las autoridades locales. Nuestros acompañantes, muy atentos con nosotros, trataban a los indios como esclavos, no como hombres. Les mandaban traer provisiones y entregarnos sus caballos sin dignarse a decirles lo que se les pagaría y ni siquiera si se les pagaría habiéndonos quedado solos una mañana con uno de estos pobres hombres, no tardamos en hacer amistad, dándoles cigarrillos y mate. Se repartieron con mucha igualdad un terrón de azúcar y lo saborearon con la mayor curiosidad Después nos expusieron sus numerosos motivos de queja, acabando por decirnos: «Nos tratan así porque somos unos pobres indios ignorantes; no sucedía esto cuando teníamos un rey».

A la mañana siguiente, después de almorzar, vamos a visitar Punta Huantamó, situada algunas millas más al norte. El camino sigue a lo largo de una amplísima playa, en la que, a pesar de tan larga serie de días buenos, rompe la á mar con furia. Me han dicho que durante las tempestades grandes, los bramidos del mar se oyen de noche en Castro, que se halla a 20 millas marinas de distancia y en país montañoso y de bosque. Tan malos son los caminos, que nos cuesta gran trabajo llegar al punto que deseamos visi­tar; desde que cubren los árboles la senda que recorremos, se convierte en verdadero pantano. Punta Huantamó es un magnífico montón de rocas, cubiertas de una planta muy afín, creo, a la Bromelia, a la que los naturales llaman Cheponés. Nos destrozamos horrorosamente las manos, tre­pando por estas rocas, lo que no me impide reírme del pucho cuidado que nuestro guía pone en defender su panta­n, creyendo sin duda que el traje es más delicado que la piel. La planta citada tiene un fruto muy parecido a la alca­chofa, que encierra muchos granos pulposos, muy estima­dos aquí por su sabor azucarado y agradable. En el puerto de Low vi que emplean ese fruto para hacer chichi o sidra; pues, como decía Humboldt, en casi todo el mundo encuentra el hombre medio de preparar bebidas con los vegetales. Creo, sin embargo, que los habitantes de la Tierra del Fuego y de Australia no han llegado todavía a ese grado de civilización. En el norte de Punta Huantamó se hace cada vez más abrupta la costa, y se halla, además, festoneada por numero­sos arrecifes en los cuales se estrellan las olas constante­mente. Si fuese posible nos gustaría volver a pie a San Carlos siguiendo esta costa; pero nos aseguran los mismos indios que el camino es impracticable. Añaden que se va algunas veces directamente a San Carlos desde Cucao por el bosque, pero nunca por la costa. En esas expediciones comen los indios trigo tostado, y sólo dos veces al día.



26 de enero.- Volvemos a embarcar en la periagua y atravesamos el lago tomando de nuevo los caballos. Los ha­bitantes de Chiloé aprovechan esta semana de buen tiempo extraordinario para quemar los montes; por todas partes se ven nubes de humo; pero aunque cuidan de prender fuego por varios puntos a la vez, no llegan a producir nunca un gran incendio. Comimos con nuestro amigo el comandante, llegamos a Castro hasta muy entrada la noche. A la mañana salimos muy temprano, y después de una etapa astante larga llegamos a la cima de un cerro desde donde ve un espectáculo raro en este país: se extiende la vista sobre el bosque. Por encima del horizonte de los árboles se alza, en toda su hermosura, el volcán de Corcovado, y otro volcán de vértice plano algo más al norte, pudiendo distinguir apenas otro poco de la gran cadena. Jamás se borrará de mi memoria el recuerdo de este espectáculo admirable. Pasamos la noche al aire libre, y al día siguiente por la mañana llegamos a San Carlos. Y ya era tiempo, porque aquella misma tarde comenzó a llover a mares.

4 de febrero.- Nos damos a la vela. Durante la semana última de nuestra estancia en Chiloé había yo hecho algunas excursiones cortas. Entre otras fue una, examinar una gran capa de conchas, pertenecientes a especies todavía existen­tes, situada a 350 pies sobre el nivel del mar. En medio de estas conchas crecen ahora árboles inmensos. Otro día fui a Punta-Huechucucuy. Llevaba por guía a un hombre que conocía demasiado bien el país; no atravesábamos un arroyo, un ancón o una lengua de tierra sin que me diese con grandes detalles el nombre indio del lugar. Lo mismo que en la Tierra del Fuego, parece que el lenguaje de los indios se adapta admirablemente para designar los más ínfimos caracteres del paisaje. Todos estamos muy conten­tos de despedirnos de Chiloé, sin embargo de que sería una encantadora isla si las continuas lluvias no engendrasen en ella tanta tristeza: hay un dejo muy simpático en la sencillez y humilde cortesía de sus pobres habitantes.

Seguimos costeando hacia el norte, pero hace tan mal tiempo que no podemos llegar a Valdivia hasta la tarde del 8. A la mañana siguiente nos conduce una canoa a la pobla­ción, que se encuentra a 10 millas (16 kilómetros) del puerto. Subiendo por el río vemos de cuando en cuando chozas y campos cultivados que interrumpen la monotonía del monte; también de vez en cuando encontramos una canoa que lleva una familia india. Situada la ciudad en un llano a orillas del río, está tan perfectamente encerrada en un bosque de manzanos, que las calles son verdaderos sen­deros de una huerta. En ninguna parte he visto lugar en que se de mejor el manzano que en esta región húmeda de la América meridional; a los lados de las calles se ven filas de árboles de esta clase que sin duda se han sembrado por sí mismos. Los habitantes de Chiloé tienen un medio muy cómodo para hacerse una huerta. En el extremo inferior de casi todas las ramas hay una parte cónica, parda y rugosa, siempre dispuesta a convertirse en raíz, como puede verse cuando salta por accidente a las ramas inferiores un poco de barro; pues bien, a principios de la primavera escogen una rama del grueso del muslo de un hombre, la cortan exacta­mente por encima de un grupo de puntos de ésos, le quitan todos los otros brotes y la entierran a profundidad como de dos pies. Durante el verano inmediato produce esta raíz largos tallos que a veces llevan fruto: uno me han enseñado que tenía 23 manzanas. Pero lo extraordinario es que al cabo de tres años se ha convertido aquella raíz en un her­moso árbol cargado de fruto, como lo he visto yo mismo. Un anciano que vive cerca de Valdivia, me decía: «Necesi­dad es la madre del invención», y me lo probaba contán­dome todo lo que él hacía con sus manzanas. Después de haber hecho sidra, y hasta vino, destilaba la pulpa para proporcionarse aguardiente blanco de muy buen gusto; por otro procedimiento obtenía melaza, o miel como él la lla­maba. Durante la estación improductiva, ni sus hijos ni los cerdos salían de la huerta; porque encontraban en abundan­cia con que alimentarse.



11 de febrero.- Salgo acompañado por un guía, a hacer una excursión, durante la cual no aprendo cosa que merezca la pena ni sobre la geología del país, ni acerca de sus habi­tantes. Cerca de Valdivia hay pocos terrenos cultivados; después de atravesar un río a pocas millas de distancia, entramos en el monte sin encontrar más que una miserable choza antes de llegar al punto en que debemos pasar la noche. La pequeña diferencia de latitud, 150 millas (249 kilómetros), basta para dar al bosque aspecto muy distinto, comparándolo con las selvas de Chiloé. Resulta la diferencia de la distinta proporción en las varias especies de árboles. Arbustos de hoja perenne no son aquí ya tan numerosos, lo que hace el follaje menos sombrío. Del mismo modo que en Chiloé, se entrelazan los juncos alrededor de la parte baja de los troncos, pero se nota aquí otra especie de junco muy parecido al bambú del Brasil, que alcanza hasta 20 pies de altura; este bambú crece por grupos y adorna de un modo Iraravilloso las orillas de algunos riachuelos. Los indios se valen de esta planta para construir sus chuzos (chuzos o lanzas). Está tan sucia la choza en que debíamos pasar la noche, que prefiero acostarme a cielo abierto; en estas expediciones la primera noche que se pasa fuera es muy desagradable por regla general, porque no se está acostumbrado al zumbido y picaduras de las moscas. Por la mañana seguramente no podía encontrarme en mis piernas un pedazo del tamaño de una peseta que no estuviese cubierto de picaduras.

12 de febrero.- Proseguimos nuestro viaje a través de la espesa selva; de vez en cuando encontramos un indio a caballo o una recua de mulos que llevan tablas y trigo de los llanos del sur. Por la tarde dominamos la cumbre de un cerro desde donde se goza de la hermosa vista general de Los Llanos. Esta vista de tan grandes llanuras es un verda­dero consuelo cuando se lleva tanto tiempo de estar envuelto, por decirlo así, en perpetua selva, cuyo aspecto acaba por resultar monótono. Esta costa occidental me recuerda con gusto los inmensos llanos de Patagonia, y sin embargo, con se espíritu de contradicción de que no pode­mos librarnos, no puedo olvidar la sublimidad del silencio de la selva. Los Llanos forman la parte más fértil y poblada del país, porque tienen la inmensa ventaja de estar casi por entero desprovistos de árboles. Antes de salir del bosque atravesamos algunos pequeños prados donde no se encuen­tra más que un árbol o dos como en los parques ingleses. He notado con sorpresa muchas veces que en los distritos forestales y ondulados no crecen los árboles en los puntos llanos. Habiéndose cansado mucho uno de nuestros caba­llos, resuelvo detenerme en la misión de Cudico, con tanto más motivo, cuanto traigo una carta para el cura que allí reside. Cudico es un distrito intermedio entre el bosque y los Los Llanos. Vense allí un gran número de parcelas con campos de trigo y de patatas, casi todas pertenecientes a indios. Las tribus que dependen de Valdivia son «reducidos y cristianos». Los indios que habitan más al norte, hacia Arauco o Imperial, están todavía muy salvajes y no se han convertido al cristianismo, aunque no dejan por ello de tener muchas relaciones con los españoles. Me dice el cura que a los indios cristianos no les gusta mucho ir a misa, pero que no dejan de tener bastante respeto a la religión. Cuesta mucho trabajo hacerles observar las ceremonias del Matrimonio. Los indios salvajes toman tantas mujeres como pueden alimentar, y un cacique tiene por lo común unas de diez; al entrar en su casa se conoce con facilidad el número de sus mujeres por el de chozas separadas. Cada mujer vive por turno una semana con el cacique, pero todas trabajan para él, le hacen ponchos, etc. Ser esposa de un cacique es honor muy solicitado por las mujeres indias.

En todas estas tribus llevan los hombres un poncho basto de lana; al sur de Valdivia usan pantalones cortos, y en el Norte un jubón parecido al chilipa de los gauchos. Todos envuelven sus largos cabellos en una red, pero sin otro ornado. Estos indios son bastante altos, tienen los pómulos salientes, y por el conjunto de su aspecto se parecen a la gran familia americana a que en realidad pertenecen; pero encuentro alguna diferencia entre su fisonomía y la de todas las demás tribus que hasta ahora he visto. Formal general­ el semblante es grave y austero, de carácter entero, indican honrada rudeza feroz determinación. Sus largos cabellos negros, su tinte Muro, me recuerdan los retratos antiguos de Jaime I. Aquí no se encuentra ya aquella humilde cortesía tan común en Chiloé; algunos individuos os dirigen un «mari-mari» (Buenos días) demasiado brusco, pero la mayor parte no karentan ni siquiera saludar. Esta independencia se debe sin duda a sus largas guerras con los españoles y a las numerosas victorias que sólo ellos, entre todos los pueblos de Améric­a, han sabido obtener sobre los europeos.

Pasé una tarde muy agradable hablando con el cura; es un excelente sujeto, muy hospitalario; viene de Santiago y ha logrado rodearse de ciertas comodidades. Ha recibido alguna educación y lo que más le molesta es la falta de sociedad que aquí hay. ¡Triste debe ser la vida de este hom­bre que no tiene gran celo religioso, y a quien faltan ocupa­ción y objeto! Al volver a Valdivia, al día siguiente, nos encontramos siete indios muy salvajes. Algunos de ellos son caciques que acaban de recibir del gobierno chileno el sala­rio anual, premio de su fidelidad. Son buenas gentes, pero ¡qué caras tan tétricas! Van unos detrás de otros, abriendo la marcha un viejo cacique que parece el más borracho a juz­gar por su excesiva gravedad y por la inyección de su rostro. Poco antes se nos habían reunido dos indios que vienen de muy lejos y se dirigen a Valdivia por un proceso. Uno de ellos es muy viejo y muy jovial; pero su cara, toda arrugada y completamente desprovista de barba, más parece de una mujer que de un hombre. Les doy con frecuencia cigarros, que reciben con mucho gusto, pero apenas consienten en darme gracias. Un indio de Chiloé, por el contrario, se habría quitado el sombrero y hubiese repetido su eterno: «¡Dios le pague!» Se hace muy penoso el viaje a causa del mal estado del camino, y por los muchos troncos que lo entorpecen, obligándonos a saltar o rodearlos. Por fin nos acostamos en el camino, y a la mañana siguiente llegamos a Valdivia y vuelvo al buque.

Pocos días después atravieso la bahía en compañía de algunos oficiales y desembarcamos cerca del fuerte Niebla. La construcción está casi en ruinas y todas las cureñas o afustes podridos. Mr. Wickman dice al comandante que si disparase un cañonazo siquiera todas las cureñas se harían astillas. «¡Oh! ¡No, señor, responde el pobre hombre, muy orgulloso de sus cañones, seguramente resistirían dos des­cargas!» Los españoles tenían, sin duda, el propósito de hacer inexpugnable esta plaza. Todavía se ve en el centro del patio un montecillo de mortero, que se ha puesto tan duro como la roca en que se halla situado. Fue traído de Chile y había en él por valor de 7.000 pesos. Habiendo estallado la revolución, olvidáronse de emplearlo en algo, y quedó allí, siendo verdadero emblema de la pasada gran­deza de España.

Quería yo llegar a una casita situada como a milla y media, pero me dijo el guía que era imposible atravesar el bosque en línea recta; ofreciéndome, no obstante, llevarme por el camino más corto, siguiendo los senderos trazados por los animales. Acepto, pero no empleamos menos de tres horas en conseguir nuestro objeto. El oficio de ese hombre es buscar los bueyes que suelen extraviarse; debe, pues, conocer bien este monte, a pesar de lo cual me dice que hace poco se perdió y estuvo dos días sin comer. Estos hechos no dan todavía completa idea de la absoluta imposi­bilidad de penetrar en las selvas de este país. Muchas veces me hacía yo esta pregunta: ¿Cuánto tiempo tarda un árbol caído en pudrirse de modo que no queden vestigios de él? Mi guía me enseña un árbol que una partida de realistas había cortado en su huida hace catorce años; tomando este árbol como término de comparación, creo que un tronco de pie y medio de diámetro tardaría treinta años en conver­tirse en montón de tierra.

20 de febrero.- Día memorable en los anales de Valdi­via, porque hoy se ha sentido el más violento terremoto de que hay memoria aquí. Hallábame yo en la costa y me había echado a la sombra en el monte para descansar un rato. El terremoto comenzó de repente y duró dos minutos; pero a mi compañero y a mí nos pareció mucho más largo. El temblor del suelo era muy sensible; las ondulaciones pare­cían venir del este, otros sostuvieron que del sudoeste, lo que prueba cuán difícil es determinar la dirección de las vibraciones. No hay gran dificultad para sostenerse de pie; a mi casi me produjo mareo el movimiento, que se parece mucho al de un buque entre olas muy cortas, o mejor dicho, como si se patinase en hielo muy blando que cediese al peso del cuerpo.

Un temblor de tierra subvierte en un momento las ideas más arraigadas; la tierra, el emblema mismo de la solidez, ha temblado bajo nuestros pies como una cáscara delgada aplicada sobre un fluido; el espacio de un segundo ha bas­tado para despertar en el espíritu un extraño sentimiento de inseguridad que no hubiesen podido producir varias horas de reflexión. El viento agitaba los árboles de la selva en el momento del choque; por eso no sentí yo más que el temblor de tierra bajo mis pies, sin observar otro fenó­meno. El capitán Fitz-Roy y algunos oficiales se encontra­ban a la sazón en la Villa, y allí fue mucho más duro el efecto, porque aun cuando las casas hechas de madera no fuesen derribadas, no por eso dejaron de sufrir las sacudi­das. Todos los habitantes, presas de un terror pánico, se precipitaron a las calles. Este espectáculo es el que origina, en cuantos han visto y sentido sus efectos, ese indecible horror a los temblores de tierra. En el bosque es el fenó­meno muy interesante, pero no causa ningún temor. El choque afectó de un modo muy curioso al mar. Se verificó en el momento de la bajamar; una vieja que estaba en la playa me dijo que vino el agua muy deprisa hacia la costa, pero sin formar grandes olas, se levantó de repente hasta el nivel de las grandes mareas y recobró su nivel también muy deprisa: la línea de arena mojada me confirmó el dicho de la vieja. Ese mismo movimiento rápido pero tranquilo de la marea se produjo hace algunos años en Chiloé durante un ligero terremoto, y causó grande alarma. En el curso de la noche hubo varias pequeñas sacudidas que produjeron en el puerto las corrientes más complicadas y algunas bastante violentas.



4 de marzo.- Entramos en el puerto de Concepción. Mientras el barco busca un punto bien abrigado, desem­barco yo en la isla de Quiriquina. El intendente de esta provincia viene en seguida a buscarme para darme la noticia terrible del 20 de febrero; me dice que «no queda en pie ni una sola casa en Concepción, ni en Talcahuano (el puerto); que setenta pueblos han sido destruidos, y que una ola inmensa ha casi barrido las ruinas de Talcahuano». Tengo las pruebas de esta última parte de sus palabras: la costa está sembrada de vigas y muebles, en confuso montón, como si mil buques se hubieran estrellado allí al mismo tiempo. Además de las sillas, mesas, cajas, etc., se ven los techos de varios mercados que han sido transportados casi enteros. Los almacenes de Talcahuano han corrido la suerte general y también se ven junto a inmensas balas de algodón, hierba y varias mercancías. Durante mi paseo alrededor de la isla observo grandes fragmentos de rocas, que llevan adheridas producciones marinas, que prueban que deberían hallarse a grandes profundidades y han sido lanzadas a lo alto de la costa; mido uno de esos bloques, y tiene seis pies de longitud, tres de anchura y dos de grueso.

Tantos vestigios había dejado en la isla la espantosa potencia del terremoto como la enorme ola sobre la playa. En muchos puntos se veían fisuras profundas en dirección de norte a sur, causadas sin duda por el sacudimiento de los lados paralelos y escarpados de esta estrecha isla. Cerca del acantilado tenían algunas de estas fisuras un metro de ancho. Masas enormes de piedra habían caído ya sobre la playa, y los habitantes creían que al comenzar la estación de las lluvias se producirían todavía nuevos deslizamiento de terremotos. El efecto de la vibración sobre las pizarras duras que forman la base de la isla era aún más curioso: las partes superficiales de algunas de estas rocas había sido rotas en mil pedazos, como si las hubiese volado una mina. Este efecto, que ciertas fracturas recientes y ciertos trastor­nos de importancia prueban admirablemente, debe produ­cirse sólo en la superficie; de otro modo no habría un solo bloque de roca en todo Chile, y es tanto más probable que así sea cuanto que se sabe que la superficie de un cuerpo que vibra experimenta efectos diferentes de los que afectan al centro del mismo cuerpo. Por la misma razón no causan los terremotos tantos trastornos en las minas profundas, como podría imaginarse. Creo que este terremoto ha bastado por sí solo para reducir la isla de Quiriquina tanto más que pudiera haberlo hecho la acción ordinaria del mar en todo un siglo.

Al día siguiente desembarqué en Talcahuano y me dirigí enseguida a Concepción. Estos dos pueblos presentan el más horroroso aspecto; pero también el más interesante que he podido contemplar en mi vida. Sin embargo, debería impresionar mucho más el que hubiera conocido las pobla­ciones antes de la catástrofe; porque, para un extranjero, estaban tan completamente entremezcladas las ruinas, que no había medio de formarse una idea de cómo habían sido antes aquellos pueblos. Parecía increíble que aquellos mon­tones de despojos hubiesen servido de habitaciones. Comenzó el terremoto la las once y media de la mañana. Si llega a producirse a media noche, el mayor número de los habitantes, que es esta provincia son muchos miles, hubiese perecido. En total no llegaron a ciento las víctimas, gracias a la costumbre que se tiene de lanzarse fuera de las casas en cuanto se siente temblar el suelo. En Concepción, cada hilera de casas y cada casa aislada formaba una masa de ruinas independiente; por el contrario, en Talcahuano, la ola que había seguido al temblor de tierra e inundado la villa había dejado al retirarse una masa confusa de ladrillos, tejas, vigas y muebles, y algún que otro muro suelto todavía de pie. Por esta circunstancia, aunque enteramente des­truida, ofrecía Concepción espectáculo más terrible y más pintoresco, si puede decirse así. El primer sacudimiento fue muy repentino; me contó el mayordomo de Quiriquina que el primer indicio que tuvo fue encontrarse rodando por el suelo él y el caballo que montaba; se levantó y volvió a ser derribado. Díjome también que algunas vacas que pastaban en puntos escarpados de la costa fueron lanzadas al mar. La gran ola arrastró muchos ganados. En una isla baja, situada en la boca de la bahía, se ahogaron sesenta bestias. Creíase generalmente que este terremoto era el más terrible que nunca se había producido en Chile; pero como estas cosas tan tremendas no suceden sino muy de tarde en tarde, es difícil aceptar esta conclusión; una sacudida más terrible no hubiera producido efectos mucho mayores, puesto que la ruina era todo lo completa que podía ser. Otros pequeños sacudimientos siguieron al primero, contándose más de trescientos en doce días.

Después de haber visto Concepción, confieso que no puedo comprender cómo escapó a la catástrofe la mayor parte del vecindario. En muchos sitios cayeron las casas hacia afuera, formando en medio de las calles montones de tejas y de escombros. El cónsul inglés, Mr. Ronse, nos contó que se preparaba a almorzar cuando la primera vibración le advirtió que era necesario huir. Apenas había llegado al patio se derrumbó una de las paredes de la casa; compren­dió entonces que si tenía valor para trepar por aquellos escombros ya no corría peligro, y así lo hizo. Era tan violento el retemblar del suelo que no podía sostenerse de pie; echóse, pues, a gatas y llegó a lo alto de los escombros en el instante mismo en que se desplomaba el resto de la casa. Cegado y asfixiado por el polvo que oscurecía el aire, pudo, sin embargo, llegar a la calle. Las sacudidas se sucedían a intervalos de algunos minutos; nadie se atrevía a aproxi­marse a las ruinas; no sabía, pues, si el amigo, el padre, la persona más querida perecían en aquel instante faltos de auxilio. Los que habían podido salvar algo tenían que vigilarlo sin cesar porque los ladrones se llamaban a la parte golpeándose el pecho con una mano y gritando: «¡Miseri­cordia!» a cada nuevo sacudimiento, y apoderándose con la otra de todo lo que veían. Los techos de caña que cayeron sobre los hogares, se incendiaron, extendiéndose las llamas por todas partes. Cenetenares de familias quedaron comple­tamente arruinadas y había muy pocas que pudiesen pro­porcionarse alimentos para el día.

Un sólo terremoto basta para destruir la prosperidad de un país. Si las fuerzas subterráneas de Inglaterra, hoy iner­tes, volviesen a ejercer su potencia, como evidentemente la han desarrollado en las épocas geológicas, ahora tan aleja­das de nosotros, ¡qué de cambios no se producirían en el país! ¿Qué sería de las casas tan altas, de las populosas ciudades, de las grandes fábricas, de los soberbios edificios públicos y particulares? ¡Si en medio de la noche se produ­jese un gran terremoto, qué horrible carnicería! La banca­rrota sería inmediata; todos los papeles, todos los documen­tos, todas las cuentas desaparecería en un instante; no pudiendo entonces el gobierno percibir impuestos, ni afir­mar su autoridad, la violencia y la rapiña lo dominaría todo; se declararía el hambre en todas las grandes poblaciones y no tardarían en sobrevenir la peste y la muerte.

Pocos instantes después de la sacudida se vio a una dis­tancia de tres o cuatro millas, avanzar una ola inmensa hacia el centro de la bahía. No tenía la más leve burbuja de espuma y parecía enteramente inofensiva; pero a lo largo de la costa derribaba las casas y arrancaba de raíz los árboles con una fuerza irresistible. Al llegar al fondo de la bahía se rompió en olas espumosas que se elevaron a una altura de 23 pies por encima de las más altas mareas. Debía ser enorme la fuerza de estas olas, porque en la fortaleza trans­portaron a 15 pies de distancia un cañón con su cureña que pesaba cuatro toneladas. Una goleta fue transportada a 200 metros de la costa y estrellada después contra las ruinas. Otras dos olas arrastraron al retirarse inmensa cantidad de despojos. En un punto de la bahía había un buque que fue arrastrado hasta la costa, traído de nuevo, vuelto a lanzar sobre la costa y puesto segunda vez a flote por la última ola. En otro lugar de la bahía había dos grandes buques ancla­dos, uno detrás de otro, y comenzaron a girar de tal manera, que los cables de ambas anclas se enrollaron uno en otro, y aunque había 36 pies de agua se encontraron de improviso sobre el suelo en seco por espacio de algunos minutos. La ola grande, se acercó, sin embargo, con bastante lentitud, puesto que los habitantes de Talcahuano tuvieron tiempo de refugiarse en las colinas que había detrás de la ciudad. Varios marineros se apresuraron a montar en una canoa, y dirigiéndose a todo remo hacia ella, lograron remontar la ola antes que rompiese, de cuyo modo se salvaron. Una pobre vieja se embarcó en otra canoa con un niño de cuatro o cinco años, pero no teniendo quien remase se quedó junto al muelle; la ola estrelló la lancha contra un ancla partiéndo­la en dos pedazos y la vieja se ahogó; pero pocas horas des­pués apareció el chiquillo sano y salvo entre los despojos de la playa. En los momentos de nuestra visita se veían toda­vía, entre las ruinas, estanques de agua del mar, en los cuales hacían los muchachos barcos de las sillas o de las mesas y se divertían bogando tan contentos, mientras los padres consideraban su miseria. Sin embargo, declaro haber visto con satisfacción que todos los habitantes parecían más activos y más felices de lo que podía esperarse tras de tan tremenda catástrofe. Se ha observado, con repetición y con verdad, que cuando la destrucción es universal, nadie se encuentra más humillado que su vecino, nadie puede acusar a sus amigos de despego, causas ambas que añaden vivo dolor a la pérdida de las riquezas1. Mr. Ronse y muchas personas, a quienes tuvo la bondad de tomar bajo su protec­ción, pasaron la primera semana en un jardín, acampados bajo unos manzanos. Al principio estuvieron tan placente­ros como en una excursión campestre; pero sobrevinieron grandes lluvias y sufrieron mucho estos desgraciados sin asilo.

El capitán Fitz-Roy, en su notable relato de este terre­moto, dice que se vieron en la bahía dos erupciones: una, como una columna de humo, otra, como el chorro de agua de inmensa ballena. En todas partes parecía hervir el agua, se tornó negra y desprendía vapores sulfurosos muy des­agradables. También se observaron estos mismos fenóme­nos durante el terremoto de 1822, en la bahía de Valpa­raíso. Pueden explicarse por la agitación del lodo que forma el fondo del mar y que contiene abundancia de materias orgánicas en descomposición. Durante un día de mucha calma he observado en la bahía de Callao, que el cable del barco, al rozar en el fondo, producía una serie de burbujas de gas. Las clases inferiores de Talcahuano estaban persua­didas de que el terremoto provenía de las indias viejas que habían sido ultrajadas dos años antes, habían cerrado el volcán de Antuco. Por ridícula que sea esta explicación es muy curiosa; y prueba además que la experiencia ha ense­ñado a estos ignorantes que hay alguna relación entre la cesación de los fenómenos volcánicos y los estremecimien­tos del suelo. Allí donde cesa su percepción de la causa y el efecto, invocan el auxilio de la magia para explicar el cierre de la válvula volcánica. Esta creencia es tanto más singular en el caso presente, cuanto, que, según el capitán Fitz-Roy, hay motivo para creer que el Antuco no había dejado de estar en actividad.

Como en casi todos los pueblos españoles, las calles de Concepción se cruzan en ángulo recto; unas se dirigen del sudeste al oeste, las otras del nordeste al norte. Los muros de las casas situadas en las calles que seguían la dirección primera, resistieron mejor la sacudida que las otras; la ma­yor parte de las masas de ladrillos se desplomaron hacia el nordeste. Estas dos circunstancias parecen confirmar la opinión general de que las ondulaciones venían del sudoeste, dirección en la cual se oyeron también ruidos sub­terráneos. Es evidente que los muros construidos en la dirección del nordeste y sudeste, tenían sus extremos en los puntos de donde provenían las vibraciones, y por lo tanto mayores probabilidades de resistir al envite que los cons­truidos en las direcciones nordeste y sudeste; porque éstos perdían en un instante su posición perpendicular en toda su longitud. En efecto, las ondulaciones procedentes del sudeste debían formar olas en dirección noroeste sudeste que pasaban por debajo de los edificios. Podemos darnos cuenta del fenómeno colocando libros de canto sobre una alfombra e imitando las oscilaciones de un terremoto, como ideó Michell, y se verá que los libros caen con más o menos facilidad según coincida su dirección más o menos con la línea de las oscilaciones. Las grietas que se abrieron en el terreno, se extendían casi todas en la dirección de sudeste a nordeste y correspondían, por consiguiente, a las líneas de ondulación. Teniendo presentes todas estas circunstancias, que con tanta claridad indican el sudeste como foco princi­pal de agitación, resulta muy interesante el hecho de que la isla de Santa María, situada en esa dirección se levantó, durante el movimiento general ascendente del terreno, tres veces más que ningún otro punto de la costa.

La catedral era notable ejemplo de la diferente resistencia de los muros según la dirección en que se hallaban construi­dos. El lado vuelto hacia el nordeste no era más que un montón de ruinas, entre las cuales se veían puertas y vigas que parecían flotar en un océano embravecido. Algunos bloques de mampostería de colosales dimensiones habían rodado muy lejos de su sitio, como fragmentos de rocas al pie de una montaña. Los muros del lado que se extendía del sudoeste al nordeste, aunque muy cuarteados, permanecían en pie; pero grandes contrafuertes edificados en ángulo recto con estos muros, y por consiguiente, paralelos a los derrumbados, habían caído, cortados como con un cincel.

El choque había dado, además, una posición diagonal a ciertos ornamentos cuadrados que sobre algunas de estas paredes había. Fenómenos análogos se han observado des­pués de los terremotos de Valparaíso, en Calabria y en algunos otros puntos, incluso en templos griegos muy anti­guos. Estos trastornos de posición parecen indicar a pri­mera vista un movimiento espiroidal en los puntos así afec­tados; pero no es nada probable tal explicación. ¿No podrían atribuirse a tendencia de las piedras a colocarse cada una en cierta posición respecto de las líneas de vibra­ción, a la manera como los alfileres se colocan en determi­nadas posiciones sobre una hoja de papel que se agita? Por regla general las puertas o las ventanas abovedadas resisten mejor que ninguna otra clase de construcciones; y sin embargo un pobre viejo, cojo, que tenía la costumbre de arrastrarse bajo una puerta abovedada en cuanto se sentía una pequeña oscilación, fue aplastado esta vez bajo las ruinas.

No intentaré describir el aspecto que presentaba Concep­ción; porque comprendo que me sería imposible expresar lo que sentí viendo aquel montón de ruinas. Algunos oficiales habían visitado la población antes que yo, pero todo cuanto me habían dicho no bastó a prepararme contra el efecto de lo que vi. Se siente algo de aflictivo y de humillante al mismo tiempo, viendo obras que han costado al hombre tanto trabajo y tanto tiempo, destruidas así en un minuto y casi no se siente compasión por las personas; tan grande es la sorpresa de ver hecho en un punto, lo que estamos a atribuir a una larga serie de siglos. En mi concepto, desde que salimos de Inglaterra, no habíamos contemplado espec­táculo tan profundamente conmovedor como éste.

Durante casi todos los terremotos se agitan de un modo extraordinario las aguas de los mares próximos y, por lo que ha sucedido en Concepción, parece que esa agitación afecta dos formas diferentes. Primero, en el momento del choque, se elevan mucho las aguas sobre la costa, pero con movimiento lento y se retiran con la misma lentitud; luego, y pasado algún tiempo todo el mar se retira de la costa y vuelve en olas de una fuerza espantosa. El primer movi­miento parece ser consecuencia inmediata del terremoto que afecta de distinta manera a un fluido y a un sólido, en términos que su nivel respectivo se encuentra un poco modificado; pero el segundo fenómeno es con mucho, el más importante. Durante la mayor parte de los temblores de tierra, sobre todo, en los producidos en la costa occiden­tal de América, es cierto que se han retirado primero las aguas completamente. Algunos autores han tratado de explicar este hecho suponiendo que el agua conserva su nivel mientras que la tierra oscila de abajo a arriba; pero el agua inmediata a la costa, aun siendo costa muy escarpada, participaría del mismo movimiento- del fondo; además, como ha observado Mr. Lyell, se han producido movimien­tos análogos del mar en islas muy apartadas de la línea principal de agitación; en la isla de Juan Fernández, por ejemplo, durante el terremoto de que nos ocupamos; en la isla de Madera durante el famoso terremoto de Lisboa. Yo presumo (pero este punto es muy oscuro) que una ola, sea cual fuere la manera como se forme, comienza por atraer el agua que toca a la costa sobre que va a venir a romper, y lo he observado en las pequeñas olas formadas por las ruedas de los barcos de vapor. Es un hecho muy notable que mien­tras Talcahuano y el Callao (cerca de Lima), situadas ambas en el fondo de inmensas bahías, muy poco profundas, han sufrido mucho con las grandes olas en todos los terremotos importantes, Valparaíso situada en la orilla de un mar muy profundo no ha tenido que sentir nunca por aquella causa, aunque haya experimentado las más violentas sacudidas. El intervalo entre el terremoto y la ola magna, de media hora algunas veces, el hecho de que islas muy alejadas se afecten de la misma manera que las costas inmediatas al foco de la agitación, me hacen suponer que la ola se forma a lo ancho.

Y puesto que eso es lo ordinario, la causa debe ser general. Supongo que la ola debe formarse en el punto en que las aguas menos agitadas del océano profundo se unen a las de la costa, que han participado del movimiento de la tierra, como parece también que ha de ser más o menos grande, según la extensión de agua, poco profunda, agitada al mismo tiempo que el fondo sobre que descansa.

El efecto, o mejor dicho, la causa más notable de este terremoto fue la elevación permanente del terreno. Alrede­dor de la bahía de la Concepción se levantaron las tierras dos o tres pies; pero hay que tener en cuenta que, habiendo borrado la ola monstruo toda señal de la antigua línea de las mareas sobre la costa, no puedo proporcionarme otra prueba de tal elevación más que el testimonio unánime de los habitantes que me aseguran que una pequeña roca, hoy visible, estaba antes cubierta por las aguas. En la isla de Santa María, que dista 80 millas próximamente, fue mucho mayor el levantamiento. El capitán Fitz-Roy encontró en una punta de la costa de esta isla bancos de almejas en putrefacción adheridas todavía a la roca a 10 pies de altura sobre las mareas más alzas; y se sabe que los naturales acostumbraban antes a sumergirse durante las mareas bajas para buscar estas conchas. El levantamiento de esta región presenta especial interés, ya por haber sido teatro de otro gran número de terremotos violentos, ya por la gran canti­dad de conchas marinas esparcidas por su suelo a una altura seguramente de 600 pies y quizá también de 1.000. En Valparaíso, como tengo dicho, se encuentran conchas seme­jantes a 1.300 pies de altura; y parece seguro que esta gran elevación es resultado de pequeños levantamientos sucesi­vos, tales como el que ha acompañado o ha causado el terremoto de este año, y además, de un levantamiento insensible y muy lento que indudablemente se produce en algunas partes de esta costa.

El gran terremoto del 20 conmovió de modo tan fuerte la isla de Juan Fernández, situada a 360 millas (576 kilóme­tros) al nordeste, que chocaron entre sí los árboles y entró en erupción debajo del agua un volcán próximo a la costa.

Estos hechos son tanto más notables cuanto que, durante el terremoto de 1751, se agitó esta isla como ningún otro punto de los situados a igual distancia de Concepción; lo que parece indicar cierta comunicación subterránea entre ambos puntos. Chiloé, situado a 340 millas (545 kilómetros) al sur de Concepción, parece haber sufrido más violenta sacudida que el distrito intermedio de Valdivia, donde el volcán de Villarica no dio señal de erupción, mientras que se producía muy enérgica, en el instante del choque, en dos volcanes de la Cordillera, frente a Chiloé. Lo mismo estos dos volcanes, que otros inmediatos, siguieron mucho tiempo en erupción, y diez meses más tarde daban todavía señales de actividad a consecuencia de otro nuevo temblor de tierra en Concep­ción. Unos hombres que cortaban leña cerca de la base de uno de estos volcanes no sintieron el terremoto del 20 de febrero de 1835, a pesar de la sacudida tremenda de toda la comarca circundante. En este sitio se producía, pues, una erupción en lugar de un terremoto, que es lo que hubiera sucedido en Concepción, si, como pensaban las gentes igno­rantes de la ciudad no hubiesen tapado las brujas el volcán de Antuco. Dos años y medio después fueron Valdivia y Chiloé nueva y más violentamente sacudidas que lo habían sido el 20 de febrero de 1835, y una isla del archipiélago Chonos se elevó de un modo permanente más de ocho pies. Para dar más exacta idea de la importancia de estos fenómenos voy a suponer, como lo hice para los ventisqueros, que se producen en puntos respectivamente situados en Europa. En ese caso hubiese temblado la tierra en todo el espacio comprendido entre el mar del Norte y el Medite­rráneo; en el mismo instante hubiérase levantado una gran parte de la costa oriental de Inglaterra y algunas islas adya­centes; se habrían producido violentas erupciones en una cadena de volcanes en las costas de Holanda, y otra erup­ción en el fondo del mar, cerca del extremo septentrional de Irlanda; y, por último, los antiguos volcanes de la Auvernia, del Cantal y del monte de Oro, hubiesen vomitado inmen­sas columnas de humo, durante mucho tiempo. Dos años y medio después, hubiera desolado a Francia otro terremoto desde el centro del país hasta la Mancha, y se habría levan­tado una isla en el Mediterráneo.



El espacio en que hicieron erupción materias volcánicas, el 20 de febrero de 1835, tiene 760 millas (1.500 kilóme­tros) en una dirección y 400 (640 kilómetros) en otra, que forma ángulo recto con la primera. Probablemente. existirá allí un lago de lava subterráneo con una superficie casi doble de la del mar Negro. La relación, al mismo tiempo íntima y compleja de las fuerzas de erupción y de levanta­miento durante estos fenómenos, no prueba que las fuerzas que levantan los continentes por grados son idénticas a las que hacen salir materiales volcánicos por determinados ori­ficios. Por muchas razones, creo que los frecuentes temblo­res de tierra en esta línea de costas provienen del desga­rramiento de capas, consecuencia necesaria de la tensión de las tierras en el momento de los levantamientos y de su inyección por rocas en estado líquido. Esos desgarramien­tos, esas inyecciones, muy a menudo- repetidos (y sabemos que los terremotos afectan con frecuencia las mismas super­ficies y de la propia manera), acabarían por producir una cadena de colinas; la isla de Santa María, que ha sido levan­tada a triple altura que el país circundante, parece sometida a esta causa. Yo creo que el eje sólido de una montaña no difiere, por la formación, de una colina volcánica, más que en que en la primera han sido inyectadas las rocas fundidas, en varias veces, en lugar de ser empujadas como en la segunda; y creó también que no puede explicarse la forma­ción de las grandes cadenas de montañas, tales como la Cordillera, en que las capas que recubren el eje inyectado de rocas plutónicas han sido levantadas en muchas direcciones paralelas, sino suponiendo que la roca que forma el eje inyectado en diferentes veces y con intervalos suficiente­mente largos para que las partes superiores, que hacen el oficio de cuñas, hayan tenido tiempo de enfriarse y solidifi­carse. En efecto, si las capas hubiesen sido empujadas de una sola vez a su posición actual, es decir, enderezadas casi verticalmente, las entrañas mismas de la tierra hubieran hecho erupción, y en lugar de ejes abruptos de rocas solidificadas bajo enorme presión, se habrían derramado torren­tes de lava en todas direcciones, en cuantos lugares se hubiesen producido esos levantamientos2.


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