Viaje de un naturalista alrededor del mundo



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Este cuadro indica que la temperatura de la parte central de la lsla del Fuego es más fría en invierno y más de 50 centígrados menos caliente en verano que la de Dublín. Según von Buch, la temperatura media del mes de julio (y no es el mes más cálido del año) en Saltenfiord, en Noruega, se eleva a 140,3 centígrados, y este punto está ¡13 grados más cerca del Polo que Puerto-Desolación! Por terrible que a primera vista parezca este clima, crecen allí admirablemente los árboles de hoja perenne; se ven revolo­tear de flor en flor los pájaros-moscas y los papagayos pul­verizar a satisfacción los granos del winter-bark, a los 55 grados de latitud sur. Ya he demostrado que el mar abunda en seres vivos: las conchas, tales como patellas, las fisure­llas, los oscabriones y los bernáculos son, según M.G.B. Sowerby, mucho más grandes se desarrollan con mucho más vigor que las especies análogas del hemisferio septen­trional. Una voluta muy grande abunda en la Tierra del Fuego meridional y en la isla Falkland. En Bahía Blanca, hacia los 39 grados de latitud sur, las especies más abundan­tes son: tres olivas (una muy grande), dos volutas y un caracol; y esas son las tres especies que pueden considerarse típicas de entre las formas tropicales. Todavía es dudoso que haya una especie pequeña de oliva en las costas meri­dionales de Europa y no se encuentra tampoco ningún representante de los otros dos géneros. Si algún geólogo llegase a encontrar a los 39 grados de latitud, en la costa de Portugal, una capa que encerrase muchas conchas pertene­cientes a las tres especies de oliva, voluta y caracol, afirma­ría, sin dudar, que en la época de su existencia era tropical el clima; pero si hemos de juzgar por lo visto en la América meridional, esta conclusión sería errónea.

Si, dejando la Tierra del Fuego, se sube hacia el norte siguiendo la costa occidental del continente, se encuentran en ella, salvo un pequeño aumento de calor, la misma uni­formidad de temperatura, la misma humedad, las mismas tempestades de viento que en la Tierra del Fuego. Los bos­ques que cubren la costa en una extensión de 600 millas (960 kilómetros), al norte del cabo de Hornos presentan casi un aspecto análogo. Esa analogía de clima continúa todavía 300 ó 400 millas (480 a 640 kilómetros) más al norte; como lo prueba el que en Chile (que corresponde en latitud a las regiones septentrionales de España) rara vez produce fruto el melocotonero, mientras que maduran per­fectamente las fresas, y las manzanas. Hasta sucede que se recogen en las casas las espigas de cebada y de trigo para que se sequen y maduren. En Valdivia (a 400 de latitud, lo mismo que Madrid) maduran las uvas y los higos, pero no son comunes; las aceitunas, rara vez, y las naranjas nunca. Sabido es que estos frutos maduran perfectamente en las latitudes correspondientes de Europa; y, notable fenómeno, en el mismo continente, en las orillas del río Negro, casi bajo la misma latitud que Valdivia, se cultiva la patata (Convolvulus), y la viña, la higuera, el olivo, el naranjo y el melón de regadío y de secano producen abundantes frutos. Por más que el clima húmedo y uniforme de Chile y de las costas norte y sur convenga tan poco a nuestros frutos, los bosques indígenas, desde el grado 45 hasta el 38 de latitud, rivalizan, sin embargo, por su hermosa vegetación con los espléndidos de las regiones intertropicales. Magníficos árboles de corteza lisa y admirables colores, pertenecientes a numerosas especies diferentes se hallan cargados de plan­tas monocotiledóneas parásitas; por doquiera se encuentran inmensos helechos elegantísimos y gramíneas arborescen­tes que envuelven los árboles en una masa impenetrable hasta una altura de 30 a 40 pies sobre el terreno. Las palme­ras crecen a los 370 de latitud, y una gramínea arborescente parecida al bambú, a los 400; otra especie de próximo parentesco con el bambú que adquiere gran altura, aunque no tan derecha, sube hasta los 450 de latitud sur.

Esta igualdad del clima, debida evidentemente a la gran superficie marítima, comparada con la de las tierras, parece reinar en la mayor parte del hemisferio meridional, y como consecuencia, presenta la vegetación un carácter semi­tropical. Los helechos arborescentes crecen muy bien en la Tierra de Van Diemen (latitud, 450), donde he medido un tronco que no tenía menos de seis pies de circunferencia. Forster ha encontrado en Nueva Zelanda un helecho arbo­rescente a los 460 de latitud; también crecen allí las orquí­deas como parásitos de los árboles. En las islas Auckland, dice el doctor Dieffenbach, que tienen los helechos tan gruesos y elevados los tallos que casi podría calificárseles de arborescentes; los papagayos abundan en estas islas y llegan hasta los 550 de latitud en las de Macquarrie.



Altura del límite de las nieves y marcha de los ventisque­ros en la América meridional.- Para el detalle de las auto­ridades a que he debido la tabla siguiente, debo remitir a los lectores a la primera edición de esta obra.

LATITUD

Altura en pies

del límite de las nieves

OBSERVADORES

Región ecuatorial me­dia

15.748 (4.724 metros)

Humboldt

Bolivia, lat. 330 Sur

17.000 (5.100 íd.)

Peutland

Chile central, lat. 330 Sur

14.500-15.000 14.500-15.000 (4.350 a 4.500 id.)

Gillies y el autor

Chile, lat. 410a 43 Sur

6.000 (1.800 íd.)

Oficiales del Beagle y el autor


Tierra del Fuego, lat. 540 Sur

3.500 a 4.000 (1.050 a 1.200 íd.)

King

Como la altura del nivel de las nieves perpetuas parece determinarse más bien por el calor máximo del verano que por la temperatura media del año, no es de extrañar que en el estrecho de Magallanes, donde el verano es tan frío, baje el límite a 1.050 ó 1.200 metros solamente sobre el nivel del mar, mientras que en Noruega hay que elevarse hasta los grados 67 al 70 de latitud norte, esto es, 14 grados más cerca del Polo para encontrar nieves perpetuas a tan pequeña altura. La diferencia de nivel, es decir, cerca de 2.700 metros en el límite de las nieves en la cordillera, detrás de Chile (allí donde los vértices más altos varían sólo entre 1.680 metros y 2.250) y Chile central4 (distancia de unos 94 de latitud), es verdaderamente extraña.

Un bosque impenetrable y extraordinariamente húmedo cubre las tierras desde las regiones situadas al sur de Chile hasta cerca de Concepción, a los 370 de latitud. El cielo está siempre nuboso y hemos visto que el clima no conviene en manera alguna a los frutos de la Europa meridional. En una parte de Chile central, un poco al norte de Concepción, la atmósfera está de ordinario clara, no llueve nunca durante los siete meses de verano y los frutos de Europa meridional se dan muy bien; hasta se cultiva la caña de azúcar. Sin duda el límite de las nieves perpetuas experimenta esa notable inflexión de 2.700 metros, sin semejante en el resto del mundo, bastante cerca de la latitud de Concepción, allí donde cesan los bosques. En efecto, en la América meridio­nal, los árboles indican clima lluvioso, y la lluvia indica a su vez un cielo cubierto y poco calor en verano.

La extensión de los ventisqueros hasta el mar debe, creo, depender principalmente (admitiendo, por descontado, que haya cantidad suficiente de nieve en la región superior) de la poca elevación del límite de las nieves perpetuas en mon­tañas escarpadas próximas a la costa. Siendo este límite poco elevado en la Tierra del Fuego, podía esperarse que muchos ventisqueros llegasen hasta el mar; y no me sor­prendió poco ver que, bajo una latitud correspondiente a la de Cumberland, en cada valle de una cadena de montañas cuyos vértices más altos no llegarían a 900 ó 1.200 metros, se encontraban ríos de hielo que bajaban hasta la costa. Casi todos los brazos de mar que penetran hasta el pie de la cadena más elevada, no sólo en la Tierra del Fuego, sino en un espacio de costa de 650 millas (1.040 kilómetros) hacia el norte terminan por «inmensos, espantosos ventisque­ros» para valerse de la misma expresión de uno de los oficiales encargados de marcar las costas. Con frecuencia se desprenden grandes masas de estos acantilados de hielo, y el ruido que producen al caer se parece a las bordadas de un barco de guerra. Como ya lo he indicado en el capítulo anterior, estas caídas producen olas terribles que van a romperse contra las costas vecinas. Sabido es que los tem­blores de tierra dejan caer, a veces, inmensas masas de terreno desde lo alto de los acantilados; ¡cuál no será, pues, el terrible efecto de un violento terremoto (y se ha produ­cido en estos parajes) sobre una masa como la de un ventis­quero ya movida y atravesada por numerosas fisuras! Me inclino a creer que sería lanzada al agua hasta lo más pro­fundo del estrecho para volver un instante después con tan espantosa fuerza que arrastrase como otros tantos haces de paja los mayores bloques de piedra. En el estrecho de Eyre, bajo una latitud correspondiente a la de París, hay inmensos ventisqueros, y, sin embargo, la montaña próxima más alta no llega a tener 6.200 pies (1.860 metros). Hanse visto en este estrecho unas 50 montañas de hielo, dirigiéndose al mismo tiempo hacia el mar, y una de ellas debía tener por lo menos 168 pies (50m,50) de altura total. Alguna de estas montañas de hielo arrastran bloques muy grandes de gra­nito y de otras rocas diferentes, de arcilla esquistosa, de que se componen las montañas circundantes.

El ventisquero más distante del Polo que he tenido oca­sión de observar durante los viajes del Adventure y del Beagle se hallaba a los 460500 de latitud, en el golfo de Penas. Este ventisquero tiene 15 millas (11 kilómetros) de ancho y llega hasta la orilla del mar. ¡Pero algunas millas más al norte de éste, en la laguna de San Rafael, han encon­trado los misioneros españoles «muchas montañas de hielo, unas grandes, otras pequeñas y otras medianas», en un estrecho brazo de mar, el 22 del mes que corresponde a nuestro junio y bajo una latitud análoga a la del lago de Ginebra!

En Europa, el ventisquero más meridional que avanza hast el mar se encuentra, según von Buch, en la costa de Noruega a los 670 de latitud. Este punto está situado más de 200 de latitud, o sean 1.230 millas (1.980 kilómetros) más cerca del Polo que la laguna de San Rafael. Todavía puede presentarse bajo un punto de vista más chocante la posición de los ventisqueros en este lugar y en el golfo de Penas: en efecto, avanzan hasta la orilla del mar a 7 y medio grados de latitud o 450 millas (724 kilómetros) de un puerto donde las conchas más comunes son tres especies de olivas, una voluta y un caracol, a menos de 94 de una región en que crecen las palmeras, a 4 y medio grados de otro en el cual recorren las llanuras el jaguar y el puma, a menos de 3 grados y medio de las gramíneas arborescentes y (si nos inclinamos un poco al oeste en el mismo hemisferio) a menos de 20 de las orquídeas parásitas y ¡a menos de un grado de los helechos arborescentes!

Estos hechos presentan un gran interés geológico res­pecto del clima del hemisferio septentrional en la época del transporte de los bloques erráticos. No he de indicar aquí con detalles, la sencillez con que la teoría de las montañas de hielo cargadas con fragmentos de rocas, explica el origen y la posición de los bloques erráticos gigantescos en la Tie­rra del Fuego oriental y en las altiplanicies de Santa Cruz y de la isla de Chiloé. En la Tierra del Fuego el mayor número de bloques erráticos descansan en las líneas de antiguos es­trechos convertidos hoy en valles por efecto de la elevación del suelo. Estos bloques se hallan ahora asociados a una gran capa no estratificada de lodo y arena que contiene frag­mentos redondeados y angulares de todos tamaños; capa de­bida al relleno producido en el fondo del mar por el arrastre de las montañas de hielo y materiales que transportaban. Muy pocos geólogos dudan hoy de que los bloques erráticos que se encuentran cerca de las altas montañas, han sido lle­vados por los mismos ventisqueros y de que los que se en­cuentran a gran distancia de ellas, sumergidos en las capas subacuosas, han sido acarreados a esos lugares por monta­ñas de hielo o retenidos por los hielos de la costa. La rela­ción entre el transporte de los bloques erráticos y la presen­cia del hielo bajó cualquier forma, se prueba admirablemen­te por la distribución geográfica de estos bloques sobre la tie­rra. En la América meridional no se encuentran bloques erráticos más allá del grado 48 de latitud, tratando del Polo austral; en la América septentrional parece que el límite del transporte se extiende al grado 53 y medio del Polo boreal; pero en Europa no va más allá del grado 40 de latitud, res­pecto del mismo punto. Por otra parte, tampoco se han observado nunca en las regiones intertropicales de América, de Asia, ni de África, ni en el cabo de Buena Esperanza, ni en Australia.



Clima y producciones de las islas antárticas. - Conside­rando el vigor de la vegetación en la Tierra del Fuego y en la costa que se extiende al norte de esta región, sorprende mucho ver la condición de las islas que se hallan al sur y al sudoeste de América. La tierra de Sandwich que se halla en una latitud correspondiente al norte de Escocia, fue descu­bierta por Cook durante el mes más caluroso del año, y sin embargo «estaba cubierta por una gruesa capa de nieves perpetuas»; parece que no hay en ella ninguna o muy escasa vegetación. Georgia, isla que tiene 96 millas (152 kilóme­tros) de longitud por 10 (16 kilómetros) de ancho y bajo una latitud correspondiente a la del Yorkshire, «está, en el centro mismo del verano, casi por completo cubierta de nieve helada». Esta isla no produce más que un poco de musgo, algunos macizos de hierbas y pimpinella silvestre; no tiene más que un pájaro terrestre (Anthus correndera), y la Islandia que está 10 grados más cerca del polo tiene, sin embargo, según Mackensie, quince pájaros terrestres. Las islas Shetland del sur que se encuentran bajo la latitud correspondiente a la parte meridional de Noruega, no pro­ducen más que algunos líquenes, musgo y un poco de hierba; y la bahía en que el teniente Kendall había echado el ancla, comenzó a llenarse de hielos en un período corres­pondiente al 8 de nuestro mes de septiembre. El suelo es todo hielo, con algunas capas intercaladas de cenizas volcá­nicas. A poca profundidad bajo la superficie debe permane­cer el hielo constantemente congelado, porque el teniente Kendall ha encontrado el cuerpo de un marinero extranjero enterrado de hace mucho tiempo, y tanto la carne como las facciones se hallaban en perfecto estado de conservación. Cosa extraña, en los dos continentes del hemisferio septen­trional (no hablo de Europa, cuyas tierras están tan carco­midas como el mar), la zona del subsuelo perpetuamente helado, se encuentra en una latitud bastante baja esto es, a los 560 en la América septentrional a la profundidad de 3 pies, y a los 620 en Siberia a los 12 o 15 pies lo que resulta de unas circunstancias diametralmente opuestas a las del hemisferio meridional. En los continentes septentrionales, la radiación de una gran superficie de tierra en una atmós­fera muy clara, hace muy frío el invierno, sin que lo tem­plen las corrientes de agua caliente del mar; el verano muy corto, es en verdad muy caliente por regla general. En el océano meridional, no es el invierno tan frío; pero el verano es mucho menos caluroso, porque el cielo entoldado impide la mayor parte del tiempo que los rayos del sol calienten el mar, que tampoco absorbe con facilidad el calor; por esto la temperatura media del año es muy baja, y ella es la que influye sobre la zona de congelación perpetua del suelo. Es evidente que una vegetación vigorosa que necesita menos del calor que de defensa contra los fríos intensos, debe aproximarse más a esta zona de congelación perpetua bajo el clima uniforme del hemisferio meridional, que bajo el extremoso de los continentes septentrionales.

El cadáver del marino perfectamente conservado en el suelo helado de las islas Shetland (latitud 62 a 630 sur) en una latitud un poco más baja que la 640 norte a que se halla en rhinoceros congelado en Siberia, es ejemplo muy intere­sante. Por más que, como he tratado de probarlo en un capítulo precedente, sea un error suponer que los cuadrúpe­dos más corpulentos necesitan de una vegetación vigorosa para asegurar su existencia, es importante encontrar en las islas Shetland un subsuelo helado a 360 millas (560 kilóme­tros) de las islas del Cabo de Hornos, que están cubiertas de bloques, y en las cuales, si no se considera otra cosa que la cantidad de vegetación, podrían vivir innumerables cuadrú­pedos. La perfecta conservación de los cadáveres de los elefantes y rinocerontes de Siberia es con seguridad uno de los fenómenos más extraños de la geología; pero fuera de la pretendida dificultad de encontrar alimentos en cantidad suficiente, en los países inmediatos, no creo que el hecho sea tan extraordinario como se considera por lo general. Las llanuras de Siberia, como las de las Pampas, parecen forma­das bajo un mar al cual han llevado los ríos los cadáveres de muchos animales; sólo el esqueleto de muchos de estos animales en los que se ha conservado; pero algunas veces ha sido todo el animal. Ahora bien, se sabe que en las partes poco profundas de la costa ártica de América se hiela el fondo, y no se deshiela en la primavera con tanta rapidez como en la superficie de la tierra; además, a mayores pro­fundidades, en que el mar no se hiela, puede permanecer el lodo a pocos pies bajo la capa superior, todo el verano por debajo de la temperatura del hielo fundente, como sucede, por lo demás, en el suelo á profundidad de algunos pies. En bajos niveles de más cuantía no sería bastante baja la tem­peratura del agua ni la del lodo para conservar las carnes. En su consecuencia, sólo el esqueleto de los cadáveres se conserva cuando el cuerpo del animal ha sido arrastrado más allá de las partes poco profundas. Además, en el extremo norte de Siberia son los huesos muy numerosos, y tanto, que forman islotes enteros, y estos lugares se hallan 100 más cerca del Polo que el estrecho en que Pallas ha encontrado los rinocerontes congelados. Por otra parte, un cadáver arrastrado por las aguas a un punto poco profundo del océano Artico se conservaría indefinidamente, admi­tiendo, sin embargo, que hubiese sido cubierto pronto por una capa de lodo bastante gruesa, para que el calor de las aguas en verano no penetrase hasta él, y advirtiendo tam­bién que la capa protectriz fuese suficientemente espesa para que, al transformarse el fondo del mar en tierra, no penetrase hasta él el calor del aire y le corrompiese.



Recapitulación.- Quiero recapitular en pocas palabras los principales hechos relativos al clima, a la acción de los hielos y a las producciones orgánicas del hemisferio meridional; y para hacer comprender mejor sus singularidades, supondré que estamos en Europa, comarca cuya geografía es más conocida, y tomaré nombres europeos, respetando con la mayor escrupulosidad las posiciones en latitud y lon­gitud. Así pues, cerca de Lisboa, las conchas marinas más comunes, esto es, tres olivas, una voluta y un caracol, ten­drán carácter tropical. En las provincias meridionales de Francia desaparecerá el suelo bajo magníficos bosques pla­gados de gramíneas arborescentes y de árboles cargados de plantas parásitas. El puma y el jaguar recorrerán los Piri­neos. Bajo la latitud del Mont-Blanc, pero en una isla situada tan al oeste como lo está el centro de la América septentrional, crecerán en medio de los más espesos mato­rrales los helechos arborescentes y las orquídeas parásitas. A igual distancia, hacia el norte, como lo está Dinamarca central, revolotearán los pájaros-moscas entre delicadas flores y vivirán los papagayos en bosques siempre verdes; encontrándose en los mares inmediatos una voluta y adqui­riendo todas las conchas un grosor extraordinario. Sin embargo, en algunas islas situadas a 350 millas (560 kiló­metros) no más de nuestro Cabo de Hornos, situado en Dinamarca, se conservaba helado indefinidamente un cadá­ver sumergido en el suelo o arrastrado a una parte poco profunda del mar y cubierto de lodo. Si un valeroso nave­gante tratase de penetrar al norte de estas islas, correrá mil peligros entre gigantescas montañas de hielo, y verá en algunas de éstas enormes bloques de rocas arrastradas lejos de su punto de origen.

Otra gran isla bajo la latitud de la Escocia meridional, pero doblemente retirada al oeste, estaría «casi entera­mente cubierta de nieves perpetuas»; cada una de las bahías que penetrase en esta isla, estaría terminada en ventisque­ros desde donde se desprenderían todos los años grandes masas, y no produciría su suelo más que musgos, hierbas y pimpinellas; por todo habitante terrestre no tendría más que un pajarillo. De nuestro nuevo cabo de Hornos, en Dinamarca, partiría, extendiéndose directa hacia el oeste, una cadena de montañas de menos de la mitad de la altura de los Alpes, y al lado occidental de esta cadena terminarían todos los golfos y ancones por inmensos ventisqueros. Estos estrechos solitarios resonarían siempre con el estruendo de la caída de los hielos, y olas tremendas harían estragos increíbles a lo largo de las costas; numerosas mon­tañas de hielo, tan grandes, a veces, como catedrales, y cargadas, en no pocas ocasiones, con enormes bloques de rocas vendrían a chocar contra los islotes inmediatos; en ciertas épocas, violentos terremotos proyectarían en las aguas monstruosas masas de hielo. Por último, tratando de penetrar unos misioneros en cierto brazo de mar, verían descender ríos de hielos desde las montañas poco elevadas hasta el mar, con témpanos flotantes, unos grandes y otros pequeños, que detenían a cada paso sus embarcaciones; ¡y esto sucedería el 22 de junio, exactamente en el punto en que se encuentra el lago de Ginebra!




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