Viaje de un naturalista alrededor del mundo



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. Al mediodía viene una ola inmensa a llenar de agua una de nuestras balleneras, que hay que arrojar al mar en el acto. El pobre Beagle se estremece bajo el choque, y durante unos instantes resiste al gobernalle; pero como valiente barco que es, no tarda en rehacerse y presenta la proa al viento. Si una segunda ola hubiera seguido a la primera, se apodera de nosotros en el instante. Hace veinticuatro días que luchamos por ganar la costa occidental; los hombres están extenuados de cansan­cio, y desde hace tiempo no tienen ya un traje seco. El capitán Fitz-Roy abandona el proyecto de abordar al oeste rodeando la Tierra del Fuego. Por la tarde vamos a abrigar­nos tras el falso Cabo de Hornos y echamos el ancla en un fondeadero de cuarenta y siete brazas; al desarrollarse la cadena sobre el cabrestante deja escapar verdaderas chispas. ¡Cuán deliciosa es una noche tranquila después de tanto tiempo de haber sido juguete de los elementos embra­vecidos!

I5 de enero de 1833.- Echa el Beagle el ancla en la Bahía de Goeree. El capitán Fitz-Roy, resuelto a desembarcar a los fueguenses en el estrecho de Ponsonby, lo cual desean, hace equipar cuatro embarcaciones para conducirles allí por el canal del Beagle. Este canal, descubierto por el capitán Fitz-Roy durante su anterior viaje constituye un carácter notable de la geografía de este país. Puede compa­rársele al valle de Lochness, en Escocia, con su cadena de lagos y de bahías. El canal del Beagle tiene unas ciento veinte millas de largo por una anchura media, que varía muy poco de unas dos millas. En casi todas su extensión es recto hasta tal punto, que, limitada la vista a cada lado por una línea de montañas, se pierde en lontananza. Este canal atraviesa la parte meridional de la Tierra del Fuego, en dirección de este a oeste; hacia su parte media viene a unírsele formando ángulo recto con él, otro canal irregular llamado el estrecho de Ponsonby; allí es donde residen la tribu y la familia de Jemmy Button.

19 de enero.- Las cuatro embarcaciones tripuladas por veintiocho hombres parten al mando del capitán Fitz-Roy. Por la tarde penetramos en la desembocadura oriental del canal y poco después encontramos una pequeña bahía encantadora oculta por algunos islotes que la rodean. En ella armamos nuestras tiendas y encendimos fuego. nada tan delicioso como esta escena: el agua de la bahía lisa como un espejo, las ramas de los árboles colgando sobre los bor­des de las rocas, los barcos anclados, las tiendas sostenidas en la enramada, el humo elevándose en grandes copos sobre el bosque que llena el valle, todo inundado de la más apacible calma. Al siguiente día, 20, se desliza tranquila nuestra flotilla sobre las aguas del canal y entramos en un distrito más habitado. Pocos de estos indígenas, ninguno tal vez, había visto todavía un hombre blanco. De todas maneras, es imposible pintar la sorpresa que experimentaron al ver nuestros barcos. En todos lados ardían fuegos (de donde el nombre de Tierra del Fuego), ya para llamar nuestra aten­ción, ya para extenderse a lo lejos la noticia de un suceso extraordinario. Algunos indígenas nos siguieron corriendo a lo lejos de la costa por espacio de algunas millas. Nunca olvidaré la impresión que me causó el aspecto de uno de estos grupos de salvajes: cuatro o cinco hombres aparecie­ron de improviso en el vértice de una roca que caía perpen­dicular sobre el agua; enteramente desnudos, sueltos y esparcidos sus largos cabellos y con gruesos garrotes en las manos; dando saltos y echando los brazos al aire, hacían las más grotescas contorsiones y lanzaban los gritos más espantosos.

Hacia la hora de comer desembarcamos en medio de una tropa de fueguenses. En el primer momento manifestaron disposiciones hostiles, puesto que tenían sus hondas en la mano, hasta que el capitán Fitz-Roy hizo avanzar su lancha, dejando las otras atrás; pero no tardamos en hacernos bue­nos amigos, haciéndoles varios regalos, entre los cuales lo que más les satisfacía eran unas cintas rojas que les atába­mos alrededor de la cabeza. Les gusta mucho nuestra galleta; pero habiendo uno de los salvajes tocado con la punta de dedo la carne enconserva que me preparaba yo a comer, y sintiéndola blanda y fría, manifestó tanto desagrado como hubiese podido yo experimentar por un trozo de ballena podrida. Jemmy se muestra avergonzado de sus compatriotas y declara que su tribu le es completamente indiferente: mucho se engañaba el pobre muchacho. Tan fácil es gustar a estos salvajes, como difícil satisfacerles. Jóvenes y viejos, hombres y niños, no cesan de repetir la palabra yammerschooner, que significa dame. Después de haber indicado uno tras otro todos los objetos, hasta los botones de nuestros trajes, repitiendo su palabra favorita en todos los tonos posibles, acaban por emplearla dándole un sentido neutro y se van repitiendo: ;Yammerschooner! Cuando han yammerschooneado con pasión, pero, en vano, por lo que ven, recurren a un sencillo artificio y señalan a sus mujeres y a sus hijos como si quisieran decir: «Si no quieres darme a mí lo que te pido, no se lo negarás a éstos».

Sin resultado intentamos, llegada la noche, encontrar una ansa deshabitada y tuvimos que vivaquear a poca distancia de una tropa de indígenas.

Muy inofensivos mientas que estaban en corto número, dejaron de serlo, como lo vimos en la mañana del 21, reunidos a los que llegaron, en los cuales notamos síntomas de hostilidad que nos hicieron temer si tendríamos que enta­blar lucha. Un europeo tiene grandes desventajas frente a frente de estos salvajes, que no tienen idea alguna de la potencia de las armas de fuego. El mismo movimiento indispensable para echarse a la cara el fusil, le presenta a los ojos del salvaje como muy inferior a un hombre de arco y flechas, de una lanza o de una honda. Es, por otra parte, imposible casi probarles nuestra superioridad sino con gol­pes mortales. Del mismo modo que las fieras, no parecen preocuparse del número; porque todo individuo si es ata­cado, en lugar de retirarse trata de romperos la cabeza con una piedra con la misma seguridad que un tigre trataría de haceros pedazos en circunstancias análogas. Una vez, apremiado muy de cerca, trató el capitán Fitz-Roy de espan­tar a una turba de salvajes de éstos, empezando por sacar el sable para amenazarlos, y no hicieron más que reírse.

Descargó entonces por dos veces su pistolete a poca dis­tancia de la cabeza de un indígena; el hombre se extrañó mucho y se frotó la cabeza con cuidado; después se puso a hablar con sus compañeros muy deprisa, pero sin pensar en huir. Es muy difícil ponerse en el lugar de estos salvajes y comprender el móvil de sus acciones. En el caso que acabo de referir, con seguridad no había podido imaginarse el fueguense lo que podía ser el ruido de un arma de fuego descargada tan cerca de las orejas. Durante un segundo, qui­zá no dándose bien cuenta de lo que acababa de suceder y no sabiendo si era un ruido o un golpe, se frotó naturalmente la cabeza. De la misma manera cuando un salvaje ve un objeto alcanzado por una bala ha de pensar mucho tiempo antes de que pueda comprender cuál es la causa de este efecto: el hecho de un cuerpo que se hace invisible en virtud de su velocidad, debe ser, por otra parte, para él una idea del todo incomprensible. La fuerza excesiva de una bala que la hace penetrar en un cuerpo duro sin desgarrarle puede inducir al salvaje a creer que la bala no tiene fuerza nin­guna. Creo que muchos salvajes, tales como los que habitan en la Tierra del Fuego, han visto muchos objetos heridos por una bala y hasta animales muertos sin darse cuenta de la terrible potencia del fusil.

22 de enero.- Después de haber pasado una noche tran­quila en lo que constituye territorio neutral entre la tribu de Jemmy y el pueblo que vimos ayer, continuamos nuestro agradable viaje. Nada prueba de un modo más claro la hos­tilidad que reina entre las diferentes tribus que estos exten­sos territorios neutrales. Por más que Jemmy conociese, hasta la saciedad, la fuerza de nuestra tropa, repugnaba mucho, al principio, desembarcar en medio de una tribu tan próxima y enemiga de la suya. Contábamos a menudo cómo atraviesan los salvajes Oeus las montañas; «cuando el follaje está rojo», para venir de la costa oriental a la Tierra del Fuego a atacar a los indígenas de esta parte del país. Era muy curioso observarle cuando hablaba así, porque enton­ces brillaban sus ojos y daba al rostro una expresión salvaje. A medida que avanzamos en el canal del Beagle toma el paisaje un aspecto magnífico y muy original; pero perde­mos una gran parte del efecto de conjunto, porque nos hallamos demasiado bajos para ver la sucesión de las cade­nas de montañas y no extiende nuestra vista más que por el valle. Las montañas alcanzan aquí una elevación de cerca de 3.000 pies y terminan en vértices agudos o punteados. Cre­cen en no interrumpida pendiente desde las orillas del mar, y una sombría floresta las cubre por completo hasta los 1.400 ó 1.500 pies de altura. Hasta donde puede extenderse nuestra vista, distinguimos la línea perfectamente horizon­tal en que dejan de crecer los árboles, lo que resulta espectá­culo muy curioso. Esta línea se parece mucho a la que deja la marea alta cuando deposita en la costa las plantas marinas.

Pasamos la noche cerca del punto de unión del estrecho de Ponsonby con el canal del Beagle. Una reducida familia de fueguenses, tranquilos e inofensivos, habita la pequeña ansa donde hemos desembarcado; enseguida vienen a unirse con nosotros alrededor de nuestro fuego. Aunque todos estábamos bien vestidos y a pesar de hallarnos cerca de la lumbre, estábamos muy lejos de sentir calor; y sin embargo, estos salvajes, completamente desnudos y mucho más distantes que nosotros de las brasas, sudaban a chorros, con gran sorpresa nuestra, lo confieso. De todas maneras parecían muy contentos de hallarse cerca de nosotros, y aprendieron de memoria la letra de una canción de los marineros; pero siempre cantaban algo retrasados, produ­ciendo un efecto muy extraño.

Cundiose durante la noche la noticia de nuestra llegada, y al día siguiente, 23, muy de mañana; llegó toda una tropa de Tekeniska, tribu a la que pertenecía Jemmy. Algunos habían corrido tanto, que venían echando sangre por las narices, y hablaban con tanta rapidez, que se les llenaba la boca de espuma; su cuerpo, desnudo y pintarrajeado todo de negro, blanco1 y rojo, les hacía parecer otros tantos demonios después de la violenta batalla. Enseguida nos fuimos, acompañados por doce canoas, que cada una llevaba cuatro o cinco indígenas, para continuar nuestra navegación por el estrecho de Ponsonby hasta el punto en que el pobre Jemmy esperaba encontrar a su madre y a sus parientes. Ya había sabido la muerte de su padre; pero como había tenido «un sueño en su cabeza» a este propósito, no le produjo, al parecer, la noticia grande impresión, y se consoló haciendo en alta voz esta reflexión muy natural: «Yo poder nada en esto». Y no llegó a saber ningún detalle respecto de aquella muerte, porque sus parientes evitaron hablarle de ello.

Jemmy se hallaba entonces en unos sitios que conocía bien, por lo cual guiaba él las lanchas hacia una preciosa ansita muy tranquila rodeada de islotes que todos los indí­genas designaban con diferentes nombres. Allí encontra­mos una familia perteneciente a la tribu de Jemmy, pero no a sus parientes; pronto hicimos relaciones amistosas con ellos, y por la tarde se envió una canoa para notificar a los hermanos y a la madre de Jemmy la llegada de éste. Varios acres de buena tierra en ligera pendiente, no cubierta, como el resto, de turba ni de bosque rodeaban este ansa. El capi­tán Fitz-Roy tuvo desde un principio la idea, como ya he dicho, de reintegrar a York Minster y a Fuegía en su tribu, en la costa occidental; pero habiendo manifestado el deseo de quedarse aquí, y siendo el lugar sumamente favorable, decidió establecer allí a todos los fueguenses de nuestra compañía, incluyendo en ellos a Matthews el misionero. Cinco días se emplearon en construir tres grandes (wig­wams) barracas o chozas, en desembarcar su bagaje y en formar dos jardines y sembrarlos.

La mañana siguiente a la de nuestra llegada, el 24, se presentan los fueguenses en tropel, viniendo entre ellos la madre y los hermanos de Jemmy, quien a una distancia prodigiosa reconoció la voz estentórea de uno de sus her­manos. Su primera entrevista resulta menos interesante que la de un caballo con uno de sus antiguos compañeros en un prado. Ninguna demostración de afecto; se contentan con mirarse cara a cara durante algún tiempo, y la madre se vuelve enseguida para ver si no falta nada en su canoa. York nos dice, sin embargo, que la madre de Jemmy se había mostrado inconsolable por la pérdida de su hijo y que le había buscado por todas partes creyendo que tal vez le hubiesen desembarcado después de habérselo llevado en la lancha. Las mujeres se ocuparon mucho de Fuegía y tuvie­ron toda clase de bondades para con ella. Ya habíamos notado que Jemmy casi había olvidado su lengua materna y en todo caso resultaba apurado porque sabía muy poco inglés. Era visible, pero no podíamos reír sin cierto sentimiento de piedad, oírle hablar en inglés a su hermano salvaje, y después preguntarle en español (¿no sabe?) si no le comprendía.

Todo marchó tranquilamente durante los tres días siguientes, mientras se trazaba el jardín y se construían las barracas (wigwams). Unos ciento veinte indígenas se habían reunido en otro sitio. Las mujeres- trabajaban con ardor, mientras los hombres paseaban todo el día, sin dejar de vigilarnos un instante. Preguntaban por todo lo que veían y robaban cuanto podían.

Nuestros bailes y cantos les divertían mucho, pero lo que más les interesaba era ver cómo nos lavábamos en un arroyo cercano. Lo demás les admiraba poco, incluso nues­tras lanchas. De todo lo que York había visto durante su viaje nada le había sorprendido tanto como un avestruz cerca de Maldonado; jadeando, en fuerza de su admiración, vino corriendo hacia Mr. Bynoe con el cual paseaba: «¡Oh Bynoe! ¡Oh! ¡pájaro, parece caballo!» Mucho les extrañaba a los indígenas, indudablemente, nuestra piel blanca, pero si hemos de creer los relatos de Mr. Low, el cocinero negro de un barco pescador les causó una sorpresa muchísimo mayor; se reunían tantos alrededor de aquel pobre mucha­cho que no consintió en adelante saltar nunca a tierra. Mar­chaba todo tan bien, que no dudaba yo en dar largos paseos, en compañía de algunos oficiales, por aquellas colinas y bosques circunvecinos. Sin embargo, el día 27 desaparecie­ron de improviso todas las mujeres y todos los niños. Tal desaparición nos produjo mayor inquietud por cuanto ni York, ni Jemmy pudieron decirnos la causa. Unos creían que la noche anterior habíamos asustado a los salvajes lim­piando y descargando los fusiles; otros opinaban que todo dependía de que un salvaje viejo se había creído insultado porque un centinela le había impedido el paso; bien es verdad que el salvaje había escupido tranquilamente a la cara al centinela; demostrando por los gestos que después hizo junto a un camarada suyo, dormido, que le hubiera cortado con gusto la cabeza y se lo hubiese comido. Para evitar el peligro de una batalla que no hubiese dejado de ser fatal a tantos salvajes, pensó el capitán Fitz-Roy que lo mejor sería pasar la noche en un ansa inmediata. Matthews, con su valor sereno, tan natural en él, a pesar de que no parecía tener un carácter muy enérgico, resolvió quedarse con los fueguenses, que decían que no tenían nada que temer por sí mismos; y los dejamos en su aislamiento para pasar allí la primera noche.

Al día siguiente, 28, supimos felizmente, al volver, que había reinado la tranquilidad más perfecta; los salvajes se ocupaban, cuando llegamos, en pescar desde sus canoas. Se decidió el capitán a que regresaran al barco dos de nuestras lanchas y a ir con las otras dos a explorar las partes occidentales del canal del Beagle, y se propuso visitar a la vuelta el establecimiento que acababa- de fundar. Toma el mando directo de uno de los botes, en el que tuvo la bondad de permitirme que le acompañase, y confía el del otro a Mis­ter Hammond. Salimos, y con gran sorpresa nuestra obser­vamos un calor extraordinario, tanto que nos angustia. Con este admirable tiempo la vista que presenta el canal es hermosísima. Delante y detrás de nosotros se extiende esta sábana de agua encajada entre las montañas que se confunden en el horizonte. La presencia de varias ballenas inmen­sas proyectando agua en diferentes direcciones probaba, sin género de duda, que nos encontrábamos en un brazo de mar. Entonces tuve ocasión de ver dos de estos monstruos, probablemente macho y hembra, jugar contra las piedras de la costa cubierta de árboles, cuyas ramas se bañaban en el agua.

Continuamos nuestra navegación hasta la noche y plantamos luego nuestras tiendas en un ancón muy tranqui­lo. Nos consideramos muy felices al lograr un lecho de guija­rros donde poder tender nuestras mantas. Los guijarros están secos y toman la forma del cuerpo, mientras que los terrenos turbosos son húmedos y la roca está dura y rugosa y la arena se mete por todas partes; pero cuando puede uno envolverse bien en mantas y se encuentra un buen lecho de guijarros se pasa una noche muy agradable.

Estaba yo de guardia hasta la una. En estas escenas hay algo de muy solemne; y en ninguna otra ocasión se com­prende con tanta claridad el alejado rincón del mundo en que uno se encuentra. Todo tiende a producir este efecto; sólo el ronquido de los marineros bajo las tiendas, o el grito de un pájaro nocturno interrumpía el silencio de la noche. A veces también el ladrido de un perro que se oye a gran distancia recuerda que se está en un país habitado por salvajes.



29 de enero.- Llegamos por la mañana al punto en que el canal del Beagle se divide en dos brazos y penetramos en el brazo septentrional; el paisaje se hace más imponente todavía que antes: las altas montañas que lo cierran por el norte constituyen el eje granítico o espina dorsal del país, y se elevan a 3.000 y 4.000 pies de altura, habiendo un pico que alcanza 6.000 pies. Un manto de nieves perpetuas de deslumbradora blancura cubre los vértices de estas monta­ñas, y numerosas cascadas, que serpentean brillantes a tra­vés de los bosques, vienen a verterse en el canal. En muchos puntos se extienden a lo largo de la falda de las montañas magníficos ventisqueros que llegan hasta la orilla misma de las aguas. Es imposible imaginar nada más hermoso que el admirable color azul de estos ventisqueros, sobre todo por el contraste extraño que hacen con el blanco mate de la nie­ve que los corona. Los fragmentos que constantemente se desprenden de estos ventisqueros flotan por todas partes, y el canal con sus montañas de hielo parece, en el espacio de una milla, un mar polar en miniatura. Habíamos encallado las lanchas en la costa para comer tranquilamente; no dejábamos de admirar un cantil perpendicular de hielo situado como a media milla de nosotros, deseando ver caer algunos fragmentos. De repente se desprende una masa con un ruido terrible e inmediatamente vemos una ola enorme que se echa sobre nosotros. Lánzanse los marineros hacia las embarcaciones, que corrían inminentísimo peligro de ser hechas pedazos; uno de ellos pudo agarrarlos por delante en el momento en que la ola se precipitaba y rompía en ellos; la ola le arrastró y le hizo dar, pero sin herirle por for­tuna, y aún los botes chocaron tres veces entre sí, no experimentando ninguna avería.

Gran fortuna fue esta para nosotros; porque nos encon­trábamos a 100 millas (161 kilómetros) del Beagle y nos hubiéramos quedado sin provisiones y sin armas de fuego. Había yo observado antes que varios grandes trozos de rocas tenían señales de haber sido recientemente transpor­tados, y no podía explicarme estos cambios del lugar hasta que vi la ola de que he hablado. Una de las costas del puertecillo en que nos hallábamos está formada por un tajamar de micasquisto; el fondo por un acantilado de hielo de unos 40 pies de altura, y la otra por un promontorio de 50 pies de elevación, compuestos de inmensos cantos roda­dos de granito y de micasquisto, sobre el cual crecen árboles muy viejos. Este promontorio era evidentemente un mon­tón acumulado de una época en que el ventisquero tenía dimensiones mucho mayores.



Llegados a la embocadura occidental del brazo septen­trional del canal del Beagle, navegamos con un tiempo horrible entre varias islas desconocidas y desiertas. Es en casi todas partes tan escarpada la costa, que hemos tenido que recorrer muchas millas para encontrar un espacio bas­tante ancho donde colocar nuestras tiendas; hasta hemos tenido una vez que pasar la noche en un bloque de piedra rodeado de plantas marinas en putrefacción, y al subir la marea nos hemos visto obligados a buscar un punto más alto para no mojarnos. El punto extremo de nuestro viaje hacia el oeste es la isla Stewart y nos encontramos a la sazón a unas 150 millas (240 kilómetros) del Beagle. Para volver seguimos el brazo meridional y llegamos sin accidente al estrecho de Ponsonby.

6 de febrero.- Hemos llegado a Woollya, y se queja tanto Matthews de la conducta de los fueguenses, que el capitán se decide a volverlo a bordo del Beagle; más tarde lo dejamos en Nueva-Zelanda, donde su hermano era misio­nero. En cuanto nos separamos comenzaron los indígenas a despojarlo de todo lo que tenía; todos los días llegaban nuevos grupos de fueguenses; York y Jemmy habían per­dido muchas cosas y Matthews todo lo que no había tenido la precaución de enterrar. Se creía que los indígenas habían roto o desgarrado todo cuanto habían cogido, distribuyén­dose los pedazos. Matthews estaba destrozado de cansancio; de día y de noche le rodeaban los indígenas, haciendo, para que no durmiese, un ruido horrible junto a su cabeza. Un día le mandó a un viejo que se marchase de su choza, pero volvió a poco con una piedra tremenda en la mano. Otro día acudió un pelotón armado de piedras y palos y Matthews tuvo que aplacarlos a fuerza de regalos. Otros quisieron despojarlo de las ropas y pelarlo enteramente. Creo que llegamos a tiempo justo de salvarle la vida. Los parientes de Jemmy habían sido lo bastante vanos y lo bastante locos para enseñarles a sus vecinos de otras tribus todo lo que habían adquirido y para decirles cómo se lo habían propor­cionado. Bien triste era tener que dejar a nuestros tres fue­guenses en medio de sus salvajes compatriotas, pero como ellos no sentían ningún temor, este pensamiento nos servía de gran consuelo. York, hombre fuerte y resuelto, estaba casi seguro de salir sano y salvo, lo mismo que Fuegía, su mujer, de las emboscadas que pudieran tenderle. El pobre Jemmy parecía desolado y creo que se habría considerado muy dichoso de volverse entonces con nosotros. Su her­mano le había robado muchas cosas, y para emplear sus mismas palabras: «¿Cómo llaman ustedes a esto?», se bur­laba de sus compatriotas: «No saben nada», decía, en con­traposición a todas sus costumbres de otras veces, y los trataba de abominables cochinos. Por más que no hayan pasado sino tres años con hombres civilizados, no dudo de que nuestros tres fueguenses hubieran sido mucho más feli­ces conservando nuestras costumbres, pero no era posible; hasta temo mucho que su visita a Europa no les haya sido perjudicial.

Por la tarde nos hicimos a la vela para regresar al Beagle, y esta vez, no por el canal, sino bordeando la costa meridio­nal. Nuestros barcos estaban muy cargados y la mar de leva, por lo cual no dejó de ofrecer peligros el pasaje. El 7 por la tarde, reingresamos a bordo de nuestro buque, después de una ausencia de veinte días; habiendo recorrido durante este tiempo 300 millas (480 kilómetros) en barcos descu­biertos. El 11 volvió el capitán Fitz-Roy a hacer una visita a nuestros fueguenses, encontrándoles en cabal salud: no habían perdido más que algunos artículos desde nuestra partida.

A fines de febrero del siguiente año (1834), el Beagle echó el ancla en una pequeña y encantadora bahía, a la entrada oriental del canal del Beagle. El capitán Fitz-Roy se decidió a intentar el medio de evitar un gran rodeo, haciendo pasar su barco por el mismo camino que habían seguido las lanchas el año anterior para llegar a Woollya. Era esta una atrevida maniobra con los vientos del oeste que entonces soplaban, pero fue coronada por el éxito. No vimos muchos indígenas hasta las cercanías del estrecho de Ponsonby; pero allí nos siguieron diez o doce canoas. Los fueguenses no comprendían absolutamente la razón de las bordadas que corríamos, y en lugar de alcanzarnos en cada una, trataban, en vano, de seguir nuestros zig zags. No dejaba yo de observar con interés que la certeza de no tener nada que temer de los salvajes, modifica grandemente las relaciones que con ellos se tienen. El año anterior, cuando no teníamos más que ligeras embarcaciones, había yo lle­gado a odiar: hasta el eco de sus voces, tanto nos fastidiaban. La única palabra que oíamos entonces, era yammerschoo­ner. Entrábamos en una bahía retirada, donde esperábamos pasar una noche tranquila, y de repente resonaba en nues­tros oídos esta palabra odiosa, saliendo de cualquier rincón oscuro que no habíamos advertido; después una señal de fuego avisaba la noticia de nuestro paso. Al abandonar cada punto nos felicitábamos mutuamente y nos decíamos: «¡Gracias a Dios que al fin hemos dejado a estos salvajes atrás!» Un grito penetrante, lanzado desde enorme distan­cia, llegaba de improviso hasta nosotros, grito en el cual podíamos distinguir sin esfuerzo el odiado yammerschoo­ner. Hoy, por el contrario, mientras más fueguenses había, más nos divertíamos. Hombres civilizados y salvajes, todos reíamos, nos mirábamos y nos admirábamos. Les mirába­mos con piedad, porque nos daban buenos peces y excelen­tes langostas, a cambio de guiñapos de cualquier clase; ellos aprovechaban la ocasión rarísima que les proporcionaban gentes tan locas que cambiaban ornamentos tan espléndi­dos por una comida. La sonrisa de satisfacción con que una joven de cara pintada de negro ataba con juncos varios pedazos de tela encarnada alrededor de su cabeza nos diver­tía extraordinariamente. Su marido, que gozaba del privile­gio universal en este país de tener dos mujeres, llegó a estar celoso de las atenciones que teníamos con la más joven, por lo cual, después de una breve consulta con sus desnudas beldades les ordenó forzar los remos para alejarse.

La mayor parte de los fueguenses tienen en verdad nociones de cambio. Daba yo a un hombre un clavo grueso, regalo muy apreciable en este país, sin pedirle nada a cam­bio, y él escogía inmediatamente dos peces que me enviaba en el pico de su lanza. Si un presente destinado a una canoa caía cerca de otra, se le entregaba en el acto a su legítimo poseedor. La joven fueguense que Mr. Low llevaba a bordo se encendía en cólera cuando se la llamaba embustera; lo que prueba que comprendía el alcance del insulto que se le dirigía. Esta vez, como todas, nos ha sorprendido en extremo que los salvajes paren muy poco o nada la atención en muchas cosas cuya utilidad debían comprender. Cosas muy sencillas, tales como la belleza de las telas rojas o la de los vidrios azules; la falta de mujeres entre nosotros, el cuidado que poníamos en lavarnos, excitaban mucho más su admiración que un objeto grandioso o complicado, nuestro barco, por ejemplo. Bougainville observa con razón, hablando de estos pueblos, que tratan «las obras maestras de la industria humana como las leyes de la naturaleza y sus fenómenos».

El 5 de marzo echamos el ancla en la bahía de Woollya, pero no encontramos allí a nadie. Nos alarmó esto tanto más, cuanto que creíamos comprender por los gestos de los indígenas del estrecho de Eonsonby que había habido bata­lla. Más tardé hemos sabido que los terribles Oeus habían hecho una incursión. Sin embargo, muy pronto se aproximó a nosotros una canoíta, con una bandera en la proa y vimos que uno de los hombres que la tripulaban se lavaba la cara a grandes farfadas para quitarse la pintura; aquel hombre era nuestro pobre Jemmy, ya hoy hecho un salvaje flaco, huraño, con la cabellera en desorden y todo desnudo a excepción de un pedazo de tela alrededor de la cintura. No le conocimos hasta que estuvo a nuestro lado, porque estaba muy vergonzoso y volvía la espalda al barco. Le habíamos dejado gordo, limpio, bien vestido; no he visto nunca cambio más completo, ni más triste. Pero en cuanto se vistió, en cuanto desapareció el primer aturdimiento volvió a ser lo que era. Come con el capitán Fitz-Roy y lo hace con la pulcritud de otros tiempos. Nos dice que tiene demasiado, quiere decir bastante que comer, y que no tiene frío, que sus parientes son gente brava y que no quiere volver a Inglate­rra. Por la tarde descubrimos la causa de aquel gran cambio en las ideas de Jemmy: llega al barco su joven y linda mujer. Siempre agradecida, llevaba dos magníficas pieles de nutria para sus mejores amigos y puntas de lanza y flechas fabri­cadas por ella misma para el capitán. Nos dijo que ella había construido su canoa y se vanagloriaba de poder hablar un poco ¡su lengua materna!

Y, cosa extraña, ha enseñado algunas palabras inglesas a toda su tribu. Jemmy ha perdido todo lo que le dejamos. Nos contó que York Minster había construido una gran canoa y que acompañado de Fuegía, su mujer, había vuelto hacía algunos meses a su país despidiéndose de Jemmy con una gran traición: persuadió a su madre y a él de que le acompañaran a su país y una noche los abandonó robándo­les todo lo que tenían.

Jemmy se fue a acostar a tierra, pero volvió a la mañana siguiente y permaneció a bordo hasta el momento en que se dio a la vela el buque, lo que horrorizó a su mujer que no cesó de gritar hasta que volvió a su canoa. Salió cargado con una porción de objetos de gran valor para él. Todos senti­mos alguna pena al pensar que estrechábamos su mano por última vez. No dudo que hoy será tan feliz, o más quizá que no hubiese salido nunca de su país. Todos debemos desear sinceramente que la noble esperanza del capitán Fitz-Roy se realice y que en gratitud a los numerosos sacrificios que por estos fueguenses ha hecho, algún marinero náufrago reciba auxilio y protección de los descendientes de Jemmy Button y de su tribu. Tan pronto Jemmy puso el pie en tierra encendió una hoguera en señal de última despedida, mientras que nuestro barco proseguía su ruta hacia alta mar.

La perfecta igualdad que reina entre los individuos que componen las tribus fueguenses retrasará por mucho tiempo su civilización. Sucede a las razas humanas lo mismo que a los animales, a quienes el instinto impulsa a vivir en sociedad;.son más a propósito para el progreso cuando obedecen a un jefe. Sea ello una causa o un efecto, los pueblos más civilizados tienen siempre el gobierno más artificial. Los habitantes de Otahiti, por ejemplo, estaban gobernados por monarcas hereditarios en la época de su descubrimiento y habían adquirido mayor grado de civiliza­ción que otra rama del mismo pueblo, los neo-zelandeses, que, aun cuando hayan hecho grandes progresos porque se les obligó a ocuparse de agricultura, eran republicanos en el más absoluto sentido de la palabra. Parece imposible que el estado político de la Tierra del Fuego pueda mejorarse mientras no surja un jefe cualquiera armado de poder bas­tante para asegurar la posesión de los progresos adquiridos; el dominio de los animales, por ejemplo. En la actualidad, si se le da a uno de ellos una pieza de tela, la rasga en pedazos y cada uno toma su parte: ningún individuo puede ser más rico que su vecino. Por otra parte, es difícil que surja un jefe en tanto que estas tribus no hayan adquirido la idea de la propiedad, idea que les permitirá manifestar su superiori­dad y acrecentar su poder.

Creo que el hombre en esta parte extrema de América del Sur está más degradado que en ninguna otra parte del mundo. Comparadas con los fueguenses, las dos razas in­sulares del mar del sur que habitan el Pacífico son civili­zadas. El esquimal en sus cuevas subterráneas goza de algu­nas de las comodidades de la vida, y cuando va en su canoa muestra gran habilidad. Algunas de las tribus del África meridional que se alimentan de raíces y que viven en medio de llanuras silvestres y áridas son sin duda muy miserables. El australiano se asemeja al fueguense por la sencillez de las artes de la vida; pero puede alardear, sin embargo, de su boomerang, de su lanza, de su bastón de arrojo, de su manera de subir a los árboles, de las astucias que emplea para cazar los animales silvestres. Por más que el austra­liano sea superior al fueguense bajó el punto de vista de los progresos realizados, no se sigue de aquí en modo alguno que le sea superior en capacidad mental. Me atrevo a creer, por el contrario, después de lo que he visto de los fueguen­ses a bordo del Beagle y de lo que he leído acerca de los australianos, que se acerca más a la verdad la opinión opuesta.

CAPITULO XI

SUMARIO: Estrecho de Magallanes.- Puerto Desolación.­Ascensión al monte Taru- Bosques.- Setas comestibles.­Zoología.- Inmensa planta marina.- Salida de la Tierra del Fuego.- Clima.- Árboles frutales y producciones de las costas meridionales.- Altura de la línea de nieves perpetuas en la cordillera.- Descenso de los ventisqueros hacia el mar.- Forma­ción de las montañas de hielo.- Acarreo de los bloques de piedra.- Clima y producciones de las islas antárticas. - Conser­vación de los cadáveres helados.- Recapitulación.

Estrecho de Magallanes.- Clima de las costas meridionales.

Durante la segunda quincena del mes de mayo de 1834 penetramos por segunda vez en la boca oriental del estre­cho de Magallanes. En ambas costas de esta parte del estre­cho consiste el país en llanuras casi del mismo nivel, muy semejantes a las de la Patagonia. El cabo Negro, que se halla un poco al interior de la segunda parte, más estrecha, puede considerarse como el punto en que comienza el terreno a tomar los caracteres distintivos de la Tierra del Fuego. En la costa occidental y al sur del estrecho hay un terreno que parece un parque y une entre sí estos dos paí­ses, cuyos caracteres son diametralmente opuestos, hasta el punto de sorprender tan radical cambio de paisaje en un espacio de 20 millas. Si examinamos una distancia algo mayor, como de 60 millas, entre Puerto-Desolación y la bahía de Gregory, por ejemplo, resulta la diferencia todavía más extraña. En Puerto-Desolación se encuentran monta­ñas redondeadas cubiertas de bosques impenetrables ane­gados por la lluvia, originada por una sucesión no interrumpida de tempestades; en el cabo Gregory, por el contrario, un magnífico cielo azul, y una atmósfera muy clara se dilatan sobre secas y estériles llanuras. Las corrien­tes atmosféricas, aunque rápidas y turbulentas, por más que no parezcan detenidas por ninguna barrera, se las ve seguir una vía determinada y regular, como un río en su lecho. Durante nuestra anterior visita (en enero) habíamos tenido una entrevista, en el cabo Gregory, con los famosos gigantes patagones, que nos recibieron con gran cordiali­dad. Sus grandes abrigos de piel de guanaco, sus largos cabellos flotantes, su aspecto general, los hacen parecer más altos de lo que realmente son. Por término medio vienen a tener seis pies, aunque algunos son más altos; los más pequeños son pocos; las mujeres son también muy altas; en suma, esta es la raza más corpulenta que en mi vida he visto. Sus facciones se parecen mucho a las de los indios que he visto en el norte con Rosas; sin embargo, tienen un aspecto más salvaje y más formidable, se pinta la cara con rojo y negro, y uno de ellos estaba cubierto de rayas y puntos blancos como un fueguense. Les ofreció el capitán Fitz-Roy llevar a dos o tres de ellos a bordo del Beagle, y todos querían ir. Por esto tardamos algún tiempo en aban­donar la costa; al fin llegamos a bordo con nuestros tres gigantes, que comieron con el capitán y se condujeron como unos verdaderos caballeros. Sabían servirse de los cuchillos y los tenedores y cucharas; el azúcar les gustaba mucho. Ha tenido esta tribu tan frecuente ocasión de comunicarse con los balleneros, que la mayor parte de los individuos que la componen saben algo de inglés y de español; están medio civilizados, y su desmoralización es proporcional a su civilización.

Al día siguiente bajó a tierra una numerosa escuadra para comprarles pieles; no quisieron armas de fuego, sino que lo que más solicitaban era tabaco con preferencia a las hachas y herramientas. Toda la población de los toldos, hombres, mujeres y niños, se colocó en una altura del terreno; lo que constituía un espectáculo interesante, no pudiendo por menos de sentirse atraído hacia los llamados gigantes, tan confiados, tan agradables, y de tan buen humor. Al despe­dirnos nos rogaron que volviésemos a visitarles. Les agrada mucho tener consigo algunos europeos, y la vieja María, una de las tres mujeres más influyentes de la tribu, suplicó a Mr. Lowe que permitiera a uno de los marineros quedarse allí con ellos. La mayor parte del año la pasan aquí, pero en verano se van a cazar al pie de la cordillera, y a veces suben hacia el norte hasta el río Negro, a distancia de 750 millas (1.200 kilómetros). Tienen muchos caballos; según Lowe, cada hombre tienen cinco o seis, y hasta las mujeres y los niños tienen cada uno el suyo. En tiempos de Sarmiento (1580) estaban estos indios armados de arcos y flechas que desde hace mucho tiempo han desaparecido; también entonces tenían algunos caballos. Hay un hecho curioso que prueba la rapidez con que se multiplican estos animales en la América del Sur. Se desembarcaron los primeros caballos en Buenos Aires en 1537; abandonada esta colonia por algún tiempo, recobraron los caballos el estado salvaje, y ¡sólo cuarenta y tres años después, en 1580, se les encuentra ya en las costas del estrecho de Magallanes! Me ha contado Mr. Lowe que una tribu vecina de indios que hasta ahora no ha usado el caballo, comienza a conocer este animal y a apreciarlo; la tribu que habita los alrededores de la bahía de Gregory le da sus caballos más viejos, todos los inviernos, y unos cuantos hombres de los más peritos en su manejo, para ayudarles en sus cacerías.

1 de junio.- Echamos el ancla en la hermosa bahía donde se halla el Puerto Desolación. Comienza el invierno y nunca he visto paisaje más triste y sombrío. El follaje del bosque es tan oscuro, que parece negro, y lo que no está negro blanquea por la nieve que lo cubre, distinguiéndose sólo confusamente a través de una atmósfera brumosa y fría. Por fortuna nuestra hace un tiempo magnífico dos días seguidos. En uno de éstos presenta un soberbio espectáculo el monte Sarmiento, montaña bastante distante y que se eleva a 6.800 pies. Una de las cosas que más me sorprendió en la Tierra del Fuego es la escasa elevación aparente de las montañas realmente muy altas. Creo que esta ilusión pro­viene de una causa que a primera vista no se sospecha, y es, que toda la masa, desde la orilla del mar hasta el vértice, se presenta a la vista. Recuerdo haber visto una montaña desde las orillas del canal del Beagle: y en aquel punto abarcaba la vista de un solo golpe toda la montaña desde la base al vértice; he vuelto a verla después, pero desde el estrecho de Ponsonby, y entonces dominando otras cadenas; pues bien, me pareció infinitamente más alta, porque las cadenas intermedias me permitían mejor apreciar su elevación.

Antes de llegar a Puerto-Desolación vimos a dos hom­bres que corrían a lo largo de la costa anhelando alcanzar nuestro barco. Se envía una canoa para recogerlos, y resul­tan ser dos marineros que han desembarcado de un balle­nero y han estado viviendo con los patagones. Los han tratado estos indios con su acostumbrada benevolencia, y separados de ellos accidentalmente se dirigían a Puerto-­Desolación, con la esperanza de encontrar allí un barco cualquiera. Es indudable que se trataba de abominables vagabundos, pero no he visto nunca hombres de aspecto más miserable. Desde hacía algunos días no habían tenido otro alimento que algunos moluscos y bayas silvestres; sus vestidos, verdaderos andrajos, estaban, además, quemados por varios sitios, por haberse acostado demasiado cerca del fuego. Llevaban algunos días de hallarse expuesto a la llu­via, al granizo y la nieve, y, sin embargo, disfrutaban de buena salud.

Durante nuestra estancia en Puerto-Desolación vinieron los fueguenses a molestarnos por dos veces. Habíamos des­embarcado gran cantidad de herramientas y ropas, y tenía­mos algunos hombres en tierra; por lo cual creyó el capitán que convenía mantener a los salvajes a distancia. La pri­mera vez se dispararon algunos tiros al aire, cuando estaban bastante lejos y de modo que no se les alcanzase. Era muy curioso observar con los anteojos la conducta de los indios en tales momentos. A cada bala que caía al suelo recogían piedras para tirarlas contra el barco, que estaría a milla y media de distancia. Mandóse luego una chalupa con orden de aproximarse y hacer algunas descargas de mosquetería cerca de ellos. Se ocultaron entonces detrás de los árboles, y tras de cada descarga disparaban ellos sus flechas, que no podían llegar hasta la chalupa, como por señas, y riéndose, lo hacía observar el oficial que la mandaba Se encolerizaron tanto entonces, que sacudían con rabia los abrigos; pero no tardaron en comprender que las balas alcanzaban a los árbo­les por encima de sus cabezas y escaparon. Desde ese día nos dejaron en paz y no trataron de aproximarse a nos­otros. En este mismo punto, y durante un viaje anterior del Beagle, habían molestado mucho los salvajes; para asustar­los se lanzó un cohete sobre sus chozas, y el éxito fue com­pleto; uno de los oficiales me contó el extraño contraste que se produjo entre el clamoreo inmenso mezclado con los ladridos de los perros, mientras el cohete brillaba por el aire, y el profundo silencio que siguió uno o dos minutos después. A la mañana siguiente no había un solo fueguense por aquellos alrededores.

Durante nuestra estancia, en el mes de febrero, salí una mañana a las cuatro para hacer la ascensión al monte Taru, que alcanza unos 2.600 pies de altura y es el punto culmi­nante de aquellos lugares. Fuimos en lancha hasta el pie de la montaña, pero no habíamos elegido por desgracia el mejor sitio para la ascensión y comenzamos a trepar. El bosque empieza en el punto en que se detienen las mareas altas. Después de dos horas de esfuerzos empiezo a desesperar de llegar a la cima. De tal manera espeso es el monte, que tenemos que consultar la brújula a cada paso, pues, aun cuando nos encontramos en un lugar montañoso, apenas podemos percibir ningún objeto. En los barrancos profun­dos, mortales escenas de desolación inenarrables; fuera de los barrancos soplan vientos tempestuosos; en el fondo, ni un soplo de aire que haga temblar las hojas, por muy altos que sean los árboles. En todas partes el suelo frío, tan som­brío y tan húmedo, que ni musgos, ni helechos, ni hongos pueden crecer. En los valles, apenas podíamos avanzar, ni aun arrastrándonos, por lo que obstruían el paso por todas partes los muchos troncos inmensos de árboles podridos, diseminados en todas direcciones. Al atravesar estos puen­tes naturales, nos encontramos de improviso detenidos, porque nos hundimos hasta las rodillas en la madera podrida. Otras veces nos apoyábamos en lo que nos parecía un árbol magnífico, y veíamos sorprendidos que no era más, que una masa de putrílago dispuesta a caer al primer con­tacto. Por fin llegamos a la región de los árboles achaparra­dos, y pronto ganamos la parte desnuda de la montaña y subimos a la cumbre. Desde este punto se extiende a nues­tra vista un paisaje con todos los caracteres de la Tierra del Fuego: cadenas de colinas irregulares, aquí y allí masas de nieve, profundos valles verde-amarillentos y brazos de mar que cortan las tierras en todas las direcciones. El viento es fortísimo y horriblemente frío y la atmósfera brumosa; por lo cual permanecemos poco tiempo en aquella altura. La bajada es menos laboriosa que la subida, porque el peso mismo del cuerpo abre paso, y los resbalones y caídas que damos nos llevan, al menos, en la dirección conveniente.

Ya he hablado del carácter sombrío y triste que presentan estas selvas, formadas de árboles siempre verdes, y en las cuales crecen dos o tres especies con exclusión de toda otra. En medio del bosque crecen un gran número de plantas alpestres muy pequeñas, que salen todas de la masa de turba y ayudan a formarla. Estas plantas son muy notables por lo mucho que se parecen a las especies que crecen en las mon­tañas de Europa a pesar de los muchos miles de millas de distancia a que se hallan. La parte central de la Tierra del Fuego donde se encuentra la formación de arcilla esquis­tosa, es la más favorable para el crecimiento de los árboles; por el contrario, hacia la costa no alcanzan casi nunca el grueso y proporciones completos, porque el suelo granítico es más pobre y se hallan expuestos a vientos más violentos. Cerca de Puerto-Desolación he visto más árboles grandes que en ninguna otra parte: he medido un haya que tenía cuatro pies y seis pulgadas de circunferencia; habiéndolas, además, hasta de 13 pies: El capitán King habla también de un haya que tenía siete pies de diámetro y 17 por encima de las raíces.

Hay una producción vegetal que merece ser señalada por su importancia como alimento. Es una seta globulosa, de color amarillo claro, que crece en gran número sobre las hayas. Cuando verde es elástica, redondeada y de superficie lisa; pero al madurar se arruga, toma más consistencia y toda su superficie se riza y talla de huequecillos profundos. Esta seta pertenece a un género nuevo y curioso1; otra especie he encontrado en una especie distinta de haya en Chile; y me dice el doctor Hooker que acaba de encontrarse una tercera especie en otra tercera especie de haya en la tierra de Van-Diemen. ¡Qué extraño parentesco entre los hongos parásitos y los árboles sobre que crecen en partes del mundo tan distantes! En la Tierra del Fuego las mujeres y los niños recogen estas setas en grandes cantidades cuando están maduras, y las comen los indígenas sin cocer­las. Tienen un sabor mucilaginoso azucarado, y un aroma que se parece algo al de las nuestras. Fuera de algunas bayas, procedentes en su mayor parte de un arbusto enano, no comen los indígenas otro vegetal más que esta seta. Antes de la introducción de la patata comían en Nueva-Zelanda las raíces del helecho; 1a Tierra del Fuego es hoy, creo, el único país del mundo en que sirve de artículo alimenticio en grande escala una planta criptógama.

Como podía esperarse de la naturaleza del clima y de la vegetación, la zoología de la Tierra del Fuego es pobre. Entre los mamíferos se encuentran, además de la ballena y la foca, un murciélago, especie de ratón (Reithrodon chin­chilloides), dos verdaderos ratones, un ctenomys, muy inmediato o idéntico al tucutuco, dos zorros (Canis Mege­llanicus y C. Azaoe), una nutria de mar, el guanaco y un gamo. La mayor parte de estos animales no habitan más que en la parte oriental, la más seca del país, y nunca se ha visto al gamo al sur del estrecho de Magallanes. Cuando se observa la semejanza general de los acantilados formados de gres blando, de lodo y de guijarros en las costas opuestas del estrecho, inducen a creer qué en otro tiempo han debido ser estas tierras una sola; y esto explica la presencia de animales tan delicados y tan tímidos como el tucutuco y el reithrodon. La semejanza de los acantilados no prueba, en realidad, la unión anterior, puesto que, en efecto, se forman de ordinario por la intersección de capas que antes del levantamiento de las tierras se han acumulado cerca de las costas existentes entonces; pero hay, sin embargo, una notable coincidencia en el hecho de que en las dos grandes islas, separadas del resto de la Tierra del Fuego por el canal del Beagle, tiene unos acantilados compuestos de materiales que pueden llamarse aluviones estratificados, situados pre­cisamente enfrente de otros semejantes en el lado opuesto, mientras que la otra isla está exclusivamente rodeada de rocas cristalinas antiguas. En la primera, que se llama Isla Navarin, se encuentran los zorros y los guanacos; pero en la segunda, Irla Hoste, aunque semejante bajo todos los pun­tos de vista, y por más que no se halle separada del resto del país más que por un canal de media milla de ancho, no se encuentra ninguno de estos animales, si es que he de creer lo que acerca de este punto me ha asegurado muchas veces Jemmy Button.

Algunos pájaros habitan estos bosques tan sombríos. De vez en cuando se oye el grito quejumbroso de un papa­moscas de moño blanco (Myiobius albiceps) que se oculta en la copa de los árboles más elevados; con menos frecuen­cia todavía se percibe el retumbante canto de un pico-negro que lleva una elegante cresta escarlata. Un pequeño reye­zuelo (abadejo) de plumaje oscuro (Scytalopus Magellani­cus) salta de acá para allá y se oculta en medio de la masa informe de los troncos caídos y podridos; pero el pájaro más común en el país es el Oxyurus Tupinieri. Se le encuentra en los bosques de hayas casi en la cúspide de las montañas y hasta en el fondo de los barrancos más som­bríos e impenetrables. Este pajarillo parece más numeroso de lo que en realidad es, por su costumbre de seguir con curiosidad a quien penetra en estos bosques silenciosos; saltando de rama en rama a poca distancia del rostro del invasor deja escuchar un grito agudo. No busca, como el Certhia familiaris lugares solitarios; no salta a los árboles, como éste, sino que, como el reyezuelo del sauce, brinca de un lado a otro y busca los insectos en todas las ramas. En los sitios más abiertos se encuentran tres o cuatro especies de gorriones, un zorzal, un estornino (o Icterus), dos Ope­tiorhyncos, dos halcones y varios búhos.

La falta de toda especie de reptiles constituye uno de los caracteres más notables de la zoología de este país, lo mismo que de las islas Falkland. Y no es sólo en mis pro­pias observaciones en las que fundo este aserto; los habitan­tes españoles de dichas islas me lo han asegurado, y res­pecto de la Tierra del Fuego había insistido en ello Jemmy Button también. En las orillas del Santa Cruz, por los 500 Sur, he visto una rana, puede creerse que estos animales lo mismo que los lagartos habitan hasta los alrededores del estrecho de Magallanes, donde el país conserva los caracte­res que distinguen a la Patagonia; pero no existe ni uno en la Tierra del Fuego. Fácilmente se comprende que el clima de este país no conviene a ciertos reptiles, como el lagarto, por ejemplo; pero no es tan sencilla de explicar la falta de ranas.

Se encuentran muy pocos escarabajos; sólo una larga experiencia ha podido convencerme de que un país tan grande como Escocia y cubierto de vegetación, con regiones tan diferentes entre sí, tenga tan pocos insectos. Los que he encontrado pertenecen a especies alpestres (Harpalida y Heteromera), que viven bajo las piedras. Los Chrysomeli­dos que se nutren de vegetales, tan característicos de los países tropicales, faltan aquí en absoluto. He visto algunas moscas, ciertas mariposas y abejas, pero ningún orthóptero2. En los estanques he encontrado algunos insectos acuá­ticos, pero en cortísimo número, y no hay conchas de agua dulce. La Succínea, que aparece a primera vista como una excepción, debe considerarse aquí como concha terrestre porque vive sobre las hierbas húmedas, lejos del agua. Las conchas terrestres frecuentan sólo los mismo puntos alpes­tres que los insectos ya he indicado el contraste que existe entre el aspecto general de la Tierra del Fuego y el de la Patagonia: la entomología es palmario ejemplo. No creo que haya en estas dos comarcas una sola especie común, y en verdad el carácter general de los insectos es de todo en todo diferente.

Si después de haber examinado la tierra estudiamos el mar, veremos que éste encierra seres vivos en tan gran número como escaso es el de los que alimentan la tierra. En todas partes del mundo una costa rocosa, algo protegida contra las olas, nutre tal vez, en un espacio dado, mayor número de animales. En la Tierra del Fuego hay una pro­ducción marina que por su importancia merece especial mención. Hay un alga, el Macrocystis pyrffera, que crece en todas las rocas hasta grandes profundidades, lo mismo en las costas exteriores que en los canales interiores3. Durante los viajes del Adventure y del Beagle creo que no se ha descubierto una sola roca cerca de la superficie que no haya sido indicada por esta planta flotante. Se comprende cuán grandes servicios prestará a los barcos que navegan en estos mares tempestuosos y a cuántos no habrá salvado de naufragios. Nada más sorprendente que ver crecer y des­arrollarse una planta en medio de esos inmensos escollos del océano occidental donde ninguna roca, por dura que sea, puede resistir mucho tiempo a la acción de las olas. Su tallo es redondo, escurridizo, liso, y pocas veces alcanza más de una pulgada de diámetro. Varias de estas plantas reunidas son bastante resistentes para soportar el peso de las gran­des piedras, sobre las cuales trepan en los canales interiores, a pesar de ser estas piedras de tal magnitud que no puede un hombre sacarlas del agua para colocarlas en una canoa. Dice el capitán Cook, en su segundo viaje, que en la Tierra de Kerguelen se cría esta planta a una profundidad de 24 brazas; ahora bien, como no sube en dirección perpendicu­lar, sino que forma ángulo agudo con el fondo, y enseguida se extiende en gran extensión por la superficie del mar, me considero autorizado para decir que algunas de estas plantas alcanzan una longitud de 60 y más brazas. No creo que haya ninguna otra planta cuyo tallo adquiera esa longitud de 350 pies de que habla el capitán Cook. Además, el capitán Fitz­-Roy las ha encontrado que crecían a 45 brazas de profundi­dad. Delgadas capas de esta planta marina, aun cuando no tengan bastante extensión, forman excelentes rompeolas flotantes. Muy curioso resulta ver con qué rapidez, en un puerto expuesto a la acción de las olas, las muy grandes que vienen de lejos disminuyen de altura y se transforman en agua tranquila al atravesar estos tallos flotantes.



El número de seres vivos de todos los órdenes cuya exis­tencia está ligada a la de estas algas es, en verdad, sorpren­dente. Podría llenarse un grueso volumen sin más que des­cribir los habitantes de estos bancos de plantas marinas. Casi todas las hojas, menos las que flotan en la superficie, se hallan cubiertas de tantos zoófitos que parecen blancas. Encuéntranse formaciones extraordinariamente delicadas, unas habitadas por pólipos sencillos parecidos a la Hydra, otras por especies mejor organizadas o por magníficos abs­cidios compuestos. También se encuentran adheridos a estas conchas patelliformes algunos Trocos, varios molus­cos desnudos y otros bivalvos. Innumerables crustáceos fre­cuentan las distintas partes de la planta. Cuando se sacuden las grandes raíces enmarañadas de estas algas, se ven caer muchísimos pececillos, conchas, jibias, escarabajos de muchos géneros, huevos de mar, estrellas de mar, magnífi­cos holuthurios, planerias y animales de mil formas diver­sas. Cada vez que he examinado una rama de esta planta he descubierto animales nuevos de las más curiosas formas. En Chile, donde no crecen tan bien, no se encuentran en ellas conchas, ni zoófitos, ni crustáceos; pero no les faltan algu­nos flustros y abscidios que pertenecen, sin embargo, a dife­rente especie que los de la Tierra del Fuego, lo cual prueba que la planta tiene habitación más extensa que sus morado­res. No puedo comparar estos grandes bosques acuáticos del hemisferio meridional más que a los terrestres de las regio­nes intertropicales. Seguramente la destrucción de un bos­que en cualquier país, no entrañaría con mucho la muerte de tantas especies animales como la desaparición del macrocystis. Entre las hojas de esta planta viven muchísi­mas especies de peces que en ninguna otra parte podrían encontrar abrigo y alimento, y si éstos desapareciesen, los cormoranes y demás pájaros pescadores, las nutrias, las focas, las marsoplas perecerían también muy pronto; por último, el salvaje fueguense, el miserable dueño de este miserable país, redoblaría sus festines de caníbal, disminui­ría en número y dejaría tal vez de existir.

8 de junio.- Al rayar el día levamos anclas y abandona­mos a Puerto-Desolación. Decide el capitán Fitz-Roy dejar el estrecho de Magallanes por el de la Magdalena, descu­bierto poco tiempo hace. Nos dirigimos directamente al sur, siguiendo ese sombrío embudo a que ya me he referido y que he dicho que parecía conducir a otro mundo más terrible que este. El viento es bueno, pero hay mucha bruma, por lo que no distinguimos el paisaje sino de tarde en tarde. Gruesas nubes, negras, pasan con rapidez sobre las montañas, cubriéndolas casi desde la base al vértice. Las pocas que distinguimos entre las masas negras nos intere­san mucho: vértices recortados, conos de nieve, ventisque­ros azules, siluetas que se destacan sobre un cielo de color lúgubre, aparecen a diferentes alturas y distancias. En medio de estos cuadros echamos el ancla en el cabo Turu, cerca del monte Sarmiento, oculto entonces por las nubes. En la base de los altos y casi perpendiculares acantilados que rodean la pequeña bahía en que nos encontramos, nos recuerda una choza (wigwam) abandonada que en ocasiones habita el hombre estas regiones desoladas. Pero sería difícil imaginar un lugar donde parezca haber menos derechos y menos autoridad: las obras inanimadas de la naturaleza: rocas, hielos, nieve, viento y agua, libran perpetua batalla, y coaligadas contra el hombre tienen aquí la autoridad absoluta.

9 de junio.- Asistimos a un espectáculo espléndido: el velo de nubes que nos oculta el Sarmiento se disipa poco a poco y descubre a nuestra vista la montaña. Es una de las más altas de la Tierra del Fuego y mide 6.800 pies. Sombríos bosques cubren su base hasta un octavo próxima­mente de su altura total, cubriéndola hasta el vértice una sábana de nieve. Estas masas inmensas de nieve, que no se funden jamás, y que parecen destinadas a durar tanto como el mundo, presentan un grande ¿qué digo? un sublime espectáculo. La silueta de la montaña se destaca clara y bien definida. La cantidad de luz reflejada sobre la superficie blanca y lisa impide que se vean sombras en todo el monte: no podemos, por lo tanto, distinguir más que las líneas que se destacan en el cielo, lo cual da a la masa admirable relieve. Muchos ventisqueros bajan serpenteando desde estos campos de nieve hasta la costa; podría comparárselos a inmensos Niágaras congelados, y quizá estas cataratas de hielo azulado son tan bellas como las de agua corriente.

Por la tarde llegamos a la parte occidental del canal; pero es tan profunda el agua en este sitio, que no podemos fon­dear y tenemos que correr bordadas en este estrecho brazo de mar durante una negra noche de catorce horas.



10 de junio.- A la mañana nos encontramos por fin el océano Pacífico. La costa occidental de la Tierra del Fuego se halla en su mayor parte constituida por colinas de gres y de granito, bajas, redondeadas, absolutamente estériles. Sir J. Narborough ha dado a esta parte de la costa el nombre de Desolación del Sur, porque «esta tierra presenta a la vista el espectáculo de la desolación», y hay que confesar que tal nombre conviene bien a esta costa. Al lado de las islas principales se hallan innumerables peñascos, sobre los que constantemente vienen a romperse las anchas olas del océano. Pasamos entre las Furias occidentales y orientales, y un poco más al norte vemos la Vía láctea, paso llamado así porque tiene un tal número de escollos que siempre está allí el mar blanco de espuma. Una ojeada sobre esta costa basta­ría para que el que no estuviese acostumbrado al mar soñara ocho días con naufragios, peligros y muertes. Echando una última mirada sobre esta escena terrible nos despedimos para siempre de la Tierra del Fuego.

Aquel a quien no interese el clima de las partes meridio­nales del continente americano con relación a sus produc­ciones, límite de las nieves, marcha extraordinariamente lenta de los ventisqueros y zona de congelación perpetua en las islas antárticas, puede pasar la discusión siguiendo sobre estos curiosos puntos o contentarse con leer la recapitula­ción que hago después. No daré, sin embargo, más que un extracto, remitiendo para más detalles al capítulo trece y al apéndice de la primera edición de esta obra.



Sobre el clima y producciones de la Tierra del Fuego y de la costa sudoeste.- El siguiente cuadro indica la tempera­tura media de la Tierra del Fuego, la de las islas Falkland, y como cifra de comparación la de Dublín:



Latitud

Temperatura de Verano

Temperatura de Invierno

Media de Verano e Invierno

Tierra del Fuego

530,380 Sur

+10°,0 cent.

+00,6 cent

+5°,12 cent.

Islas Falkland

510,300 Sur

+1045 cent.

"

"

Dublin

530,210 Nt.

+150,12 cent.

+04,8

+90,46


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