Viaje Alucinante II. Destino Cerebro



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Isaac Asimov

Viaje Alucinante II. Destino Cerebro

NOTA


En 1966 se publicó mi novela Viaje alucinante. En reali­dad era una novelización de una película que había sido es­crita por otros. Yo me ceñí al argumento existente todo lo que pude, excepto para cambiar varias de las más intolera­bles inconsistencias científicas.

Nunca me sentí totalmente satisfecho de la novela, aun­que lo hice muy bien y todavía está en circulación tanto en ediciones de trade como de bolsillo; se debe, sencillamente, a que nunca la consideré por completo mía.

Cuando llegó la oportunidad de escribir otra novela so­bre el mismo tema, una nave miniaturizada y su tripulación en el interior de un ser humano viviente, acepté sólo a condi­ción de escribirla enteramente a mi manera.

He aquí, pues, Viaje alucinante II. Destino: cerebro. Pue­de que también hagan de ella una película, pero si es así, esta novela no le deberá nada. Para bien o para mal, esta no­vela es mía.


Dedicado a Dick Malina y

Scott Meredith que lo han he­cho

posible.

I. LE NECESITAMOS


Aquel a quien se necesita debe


aprender a soportar los halagos.

DEZHNEV, padre


–Perdóneme. ¿Habla usted ruso? –preguntó junto a su oído una voz baja, decididamente contralto.

Albert Jonas Morrison se envaró en su asiento. La habitación estaba medio a oscuras y la pantalla de la computadora situada en la plataforma desplegaba sus gráficos con una insistencia de la que no se había percatado.

Debía de haberse quedado más que medio dormido. Estaba seguro de que, cuando se sentó, había un hombre a su derecha. ¿En qué momento se había transformado en mujer? ¿O se ha­bía levantado y fue remplazado?

Morrison se aclaró la garganta y preguntó:

–¿Me decía algo, señora?

No podía distinguirla con claridad en aquella penumbra y los destellos de la pantalla de la computadora más bien oscurecían que revelaban. Le pareció ver un cabello oscuro, lacio, pegado al cráneo, cubriendo las orejas..., sin artificios.

–Le he preguntado si habla ruso –dijo.

–Sí, lo hablo. ¿Por qué quiere saberlo?

–Porque todo resultaría más fácil. Mi inglés a veces me trai­ciona. ¿Es usted el doctor Morrison? ¿A. J. Morrison? No estoy muy segura en esta oscuridad. Perdóneme si he cometido un error.

–Soy A. J. Morrison. ¿La conozco?

–No, pero yo sí le conozco a usted. –Alargó la mano y le ro­zó la manga de la chaqueta–. Le necesito desesperadamente. ¿Está escuchando la conferencia? No lo parecía.

Naturalmente, ambos hablaban en voz baja.

Morrison miró involuntariamente a su alrededor. Había poca gente y nadie se sentaba cerca de ellos. Su murmullo su­bió de tono.

–¿Y si no escucho, qué? –Sentía curiosidad..., aunque sólo por aburrimiento. La conferencia le había hecho dormirse.

–¿Quiere venirse conmigo, ahora? –le preguntó–. Soy Natalya Boranova.

–¿Irme con usted a dónde, señora Boranova?

–A la cafetería..., para que podamos hablar. Es terriblemente importante.

Así fue como empezó. No tenía la menor importancia, deci­dió Morrison más tarde, que se encontrara en aquel lugar, que hubiera estado medio dormido, que se hubiera sentido lo bas­tante intrigado, suficientemente halagado para irse voluntaria­mente con una mujer que dijo necesitarle.

Después de todo, lo habría encontrado dondequiera que es­tuviese, se le habría echado encima y obligado a escucharla. En circunstancias distintas pudo no haber sido tan fácil, pero todo habría ocurrido como ocurrió. Estaba seguro.

No hubiese habido escape posible.

La miraba ahora con luz normal y era menos joven de lo que había creído. ¿Treinta y seis? ¿Cuarenta quizá?

Cabello oscuro. Sin canas. Rasgos pronunciados. Cejas po­bladas. Mandíbulas fuertes. Nariz agradable. Cuerpo robusto, pero no grueso. Casi tan alta como él, incluso calzando zapatos sin tacón. En conjunto, una mujer atractiva sin ser bella. El ti­po de mujer, decidió, al que uno podía acostumbrarse.

Suspiró porque estaba frente al espejo y se veía reflejado allí.

Cabello descolorido, escaso. Ojos azules, deslavados. Rostro del­gado, cuerpo delgado, nervudo. Nariz aguileña, sonrisa agrada­ble. Deseó que fuera una sonrisa agradable. Pero no, no era un rostro al que uno quisiera acostumbrarse. Brenda se había de­sacostumbrado del todo en poco más de diez años, y su cuaren­ta cumpleaños sería cinco años después del día en que se divorció oficial y definitivamente.

La camarera trajo el café. Habían estado sentados, sin ha­blar, pero estudiándose. Al fin, Morrison creyó que tenía que de­cir algo.

–¿No quiere vodka? –preguntó en un intento de frivolidad. Ella le sonrió y al hacerlo le pareció mucho más rusa–. ¿Ni «Coca-Cola»?

–Si se trata de una costumbre americana, la «Coca-Cola» por lo menos es más barata.

–Y con razón. –Morrison se echó a reír. Luego le preguntó–: ¿Es usted igualmente rápida en ruso?

–Veamos si lo soy. Hablemos en ruso.

–Pareceremos una pareja de espías.

La última frase de ella había sido en ruso y también lo había sido la respuesta de Morrison. El cambio de idioma no tenía im­portancia para él. Podía hablarlo y comprenderlo tan fácilmen­te como el inglés. Y así tenía que ser. Si un americano deseaba ser un científico y estar al corriente de lo que se publicaba, te­nía que poder manejar el ruso tanto como un científico ruso te­nía que poder manejar el inglés.

Por ejemplo, esa mujer, Natalya Boranova, pese a su decla­ración de que le fallaba el inglés, lo hablaba con fluidez y ape­nas un leve acento, observó Morrison.

–¿Por qué íbamos a parecer una pareja de espías? –le preguntó–. En la Unión Soviética hay cientos de miles de ame­ricanos hablando inglés, y cientos de miles de ciudadanos sovié­ticos hablando ruso en Estados Unidos. Ya no estamos en los viejos malos tiempos.

–Es verdad. Hablaba en broma. Pero en ese caso, ¿por qué quiere que hablemos en ruso?

–Porque ésta es su tierra y esto le da una ventaja psicológi­ca, ¿no cree, doctor Morrison? Si hablamos en mi lengua, equi­librará algo la balanza.

–Como quiera –aceptó Morrison sorbiendo su café.

–Dígame, doctor Morrison, ¿me conoce?

–No. Jamás la había visto antes de ahora.

–¿Y mi nombre, Natalya Boranova? ¿Ha oído hablar de mí?

–Perdóneme. Si perteneciera a mi campo, hubiera oído hablar de usted. Como no es así, deduzco que no pertenece a mi campo... ¿Debería conocerla?

–Podía haber ayudado, pero dejémoslo. No obstante, yo sí le conozco. En realidad sé mucho acerca de usted. Cuándo y dón­de nació. Sus estudios. El hecho de que está divorciado y de que tiene dos hijas que viven con su ex mujer. Conozco su situación universitaria y la investigación a la que se dedica.

Morrison se encogió de hombros:

–Nada de lo que ha dicho es difícil de encontrar en nuestra sociedad gobernada por computadoras. ¿Debería sentirme ha­lagado o fastidiado?

–¿Por qué una u otra cosa?

–Depende de si me dice que soy famoso en la Unión Soviéti­ca, lo cual sería halagador, o de que he sido el blanco de una investigación, lo que me fastidiaría.

–No tengo intención de ser otra cosa que sincera con usted. Le he investigado..., por razones que son importantísimas para mí.

–¿Qué razones? –preguntó Morrison con frialdad.

–Para empezar, usted es neurólogo.

Morrison había terminado su café y, distraído, pidió otro. La taza de Boranova estaba por la mitad pero, aparentemente, ha­bía perdido todo interés en ella.

–Hay otros neurólogos –objetó Morrison.

–Ninguno como usted.

–Está claramente tratando de halagarme. Puede ser solamen­te porque, después de todo, no sabe nada de mí. No lo crucial.

–¿Que no ha tenido éxito? ¿Que sus métodos de análisis de las ondas cerebrales no son generalmente aceptados en el campo?

–Pero si sabe eso, ¿por qué anda tras de mi?

–Porque hay un neurólogo en nuestro país que conoce su tra­bajo y piensa que es brillante. En cierto modo ha saltado usted a lo desconocido, dice, y puede estar equivocado, pero si lo está..., lo está brillantemente.

¿Brillantemente equivocado? ¿Qué hay de diferente en lo equivocado?

–Según su punto de vista, es imposible estar brillantemen­te equivocado sin estarlo del todo. Incluso si en algunos puntos se equivoca, mucho de lo que sostiene resultará ser provecho­so..., y puede estar absolutamente en lo cierto.

–¿Y cuál es el nombre del ejemplar que tiene esta opinión de mí? Lo mencionaré favorablemente en mi próximo artículo.

–Se trata de Pyotr Leonobich Shapirov. ¿Lo conoce?

Morrison se recostó en su silla. No esperaba esto.

–¿Conocerlo? Lo conocí. Yo le llamaba Pete Shapiro. Nues­tra gente de aquí, de los Estados Unidos, piensa que está tan loco como yo. Si resulta que me respalda, es un clavo más en mi ataúd... Óigame, diga a Pete que aprecio su fe en mí, pero que si realmente quiere ayudarme, no diga a nadie que está de mi parte.

Boranova le miró disgustada.

–Es usted un hombre poco serio. ¿Es que todo es broma pa­ra usted?

–No, sólo yo. Yo soy la broma. Tengo algo realmente gran­de y no puedo convencer a nadie de ello. Excepto a Pete, como acabo de enterarme, y él no cuenta. Ni siquiera consigo que pu­bliquen mis artículos hoy en día.

–Entonces, venga a la Unión Soviética. Podemos utilizarle a usted..., y a sus ideas.

–No, no. No pienso emigrar.

–¿Quién ha hablado de emigrar? Si desea seguir siendo ame­ricano, siga siéndolo. Pero en el pasado visitó usted la Unión So­viética y puede repetir la visita y quedarse algo de tiempo. Luego, regrese a su propio país.

–¿Por qué?

–Tiene ideas locas, y nosotros tenemos ideas locas. Quizá las suyas puedan ayudar a las nuestras.

–¿Qué ideas locas? Me refiero a las suyas. Yo conozco las mías.

–Es algo que no voy a discutir hasta que sepa si, a lo mejor, está dispuesto a ayudarnos.

Morrison, todavía recostado en su silla, percibía vagamente el murmullo que lo rodeaba, de gente bebiendo, comiendo, char­lando..., la mayor parte procedente de la conferencia, creía. Mi­ró fijamente a esa intensa mujer rusa que admitía tener ideas locas y se preguntó qué tipo de... Se quedó rígido de pronto y exclamó:

–¡Boranova! Sí que he oído hablar de usted. Por supuesto. Pete Shapiro la mencionó. Usted es...

En su excitación se puso a hablar en inglés, pero la mano de ella le sujetó la suya clavándole las uñas. La sacudió y ella reti­ró la mano, diciendo:

–Lo siento, no quería hacerle daño.

Morrison se contempló las marcas, una de las cuales era casi una herida, y en voz baja y en ruso dijo: –Usted es la miniaturizadora.

Boranova se lo quedó mirando sin inmutarse:

–Quizás un paseo y un banco junto al río. El tiempo es ma­ravilloso.

Morrison se sujetó la mano ligeramente lastimada con la otra. Hubo algunos, creía, que habían mirado en su dirección cuando gritó en inglés, pero ahora ninguno parecía interesarse por ellos. Sacudió la cabeza:

–Me parece que no. Debería asistir a la conferencia.

Boranova sonrió como si él hubiera confirmado que el tiem­po era maravilloso, y le dijo:

–Creo que no. Me parece que encontrará el banco junto al río mucho más interesante.

Por un momento Morrison casi pensó que la sonrisa de ella pretendía ser seductora. No estaría dando a entender... Abandonó la idea casi antes de planteársela seriamente. Este tipo de cosas eran anticuadas incluso en holovisión: «Bella Espía Rusa se sir­ve de Cuerpo Sinuoso para Deslumbrar Americano Ingenuo»

Para empezar no era bella y su cuerpo no era sinuoso. Ni pa­recía que pudiera pensar nada de aquello, y él, al fin y al cabo, no era tan ingenuo..., ni siquiera le interesaba.

Pero se encontró acompañándola a través del campus, en di­rección al río.

Caminaban despacio, como vagando, y ella le hablaba alegre­mente de su marido Nikolai y de su hijo Aleksandr, que iba al colegio y que por una extraña razón estaba interesado en Biolo­gía, aun cuando su madre era termodinamicista. Y lo peor, Alek­sandr era un espantoso jugador de ajedrez, para gran decepción de su padre, pero parecía prometer en violín.

Morrison ni la escuchaba. Estaba ocupado, en cambio, en tra­tar de recordar lo que había oído sobre el interés de los soviéti­cos por la miniaturización y la posible conexión que podía haber entre ésta y su propio trabajo. Ella señaló un banco:

–Éste parece razonablemente limpio.

Se sentaron. Morrison miraba por encima del río, con ojos que realmente no parecían absorberlos, la hilera de coches ali­neados a un lado de la carretera, el suyo, y la hilera paralela del otro lado de la carretera..., mientras que un montón de esqui­fes, parecidos a ciempiés, abarrotaban el río.

Permaneció en silencio y Boranova, mirándole preocupada dijo finalmente:

–¿No lo encuentra interesante?

–¿Encontrar interesante qué cosa?

–Mi sugerencia de que venga a la Unión Soviética.

–¡No! –contestó secamente.

–Pero, ¿por qué no? Dado que sus colegas americanos no aceptan sus ideas y dado que se siente deprimido por ello y está buscando una salida al callejón donde se encuentra, ¿por qué no venir con nosotros?

–Por sus investigaciones sobre mi vida estoy seguro de que sabe que mis ideas no son aceptadas, pero, ¿cómo puede saber lo deprimido que estoy por ello?

–Cualquier hombre se sentiría deprimido. Y uno tiene sola­mente que hablar con usted para darse cuenta.

–¿Acepta usted mis ideas?

–¿Yo? Yo no pertenezco a su campo. No sé nada, o muy poco, sobre el sistema nervioso.

–Supongo que simplemente acepta la opinión que Shapirov tiene de mis ideas.

–Sí. E incluso si no fuera así..., los problemas desesperados requieren remedios desesperados. ¿Qué mal hay, entonces, si pro­bamos sus ideas como remedio? Ciertamente, no estaremos peor que ahora.

–Ya tienen mis ideas. Han sido publicadas.

Se le quedó mirando fijamente:

–No sé por qué no creo que todas sus ideas hayan sido pu­blicadas. Por eso le necesitamos a usted.

Morrison rió sin humor:

–¿En qué puedo ayudarles en relación con la miniaturización? Sé menos de miniaturización que usted de cerebros. Infi­nitamente menos.

–¿Conoce algo sobre miniaturización?

–Sólo dos cosas. Que se sabe que los soviéticos la están in­vestigando..., y que es imposible.

Boranova contempló el río, pensativa.

–¿Imposible? –repitió–. ¿Y si le dijera que lo hemos logrado?

–La creería más si me dijese que los osos polares vuelan.

–¿Por qué iba a mentirle?

–Señalo el hecho. Los motivos no me conciernen.

–¿Por qué está tan seguro de que la miniaturización es im­posible?

–Si reduce un hombre al tamaño de una mosca, toda la masa del hombre estaría apiñada en el volumen de una mosca.

Terminaría con una densidad de algo así como... –se detuvo a pensar– ciento cincuenta mil veces la del platino.

–¿Pero y si la masa se redujera en proporción?

–Entonces terminaría con un átomo en el hombre miniaturizado por cada tres millones del original. El hombre miniaturizado tendría no solamente el tamaño de una mosca sino también el poder cerebral de una mosca.

–¿Y si también los átomos se reducen?

–Si me está hablando de átomos miniaturizados, entonces, la constante de Planck, que es una cantidad absolutamente fun­damental en nuestro Universo, lo prohíbe. Los átomos miniatu­rizados serían demasiado pequeños para encajar en la granulación del Universo.

–¿Y si le dijera que la constante de Planck también fue re­ducida, de modo que un hombre miniaturizado encajara en un campo en el que la granulación del Universo era increíblemente más fina de lo que es en condiciones normales?

–Entonces no la creería.

–¿Sin examinar el caso? ¿Se negaría a creerlo como resul­tado de sus convicciones preconcebidas, lo mismo que sus cole­gas se niegan a creerle a usted?

–No es lo mismo –masculló al fin.

–¿Que no es lo mismo? –Volvióse a mirar el río, pensativa–. ¿En qué no es lo mismo?

–Mis colegas creen que estoy equivocado. Mis ideas, en su opinión, no son teóricamente imposibles..., sólo equivocadas.

–¿Mientras que la miniaturización es imposible?

–Sí.


–Entonces venga y vea. Si resulta que la miniaturización es imposible, como usted dice, habrá tenido por lo menos un mes en la Unión Soviética como invitado del Gobierno soviético. To­dos sus gastos serán pagados. Si existe una amiga que quiera llevar consigo, llévela también. O un amigo.

Morrison sacudió la cabeza.

–No, gracias. Prefiero no ir. Incluso si la miniaturización fuera posible, no pertenece a mi campo. Ni me serviría de ayu­da, ni me interesaría.

–¿Cómo puede saberlo? ¿Y si la miniaturización le daba la oportunidad de estudiar Neurología como no la ha estudiado antes de ahora..., como nadie la ha estudiado jamás? ¿Y que, si al hacerlo, pudiera usted ayudarnos? Esto sería lo que nosotros arriesgaríamos.

–¿Cómo puede usted ofrecerme un nuevo medio de estu­diar Neurología?

–Pero, doctor Morrison, creí que era de esto de lo que está­bamos hablando. No puede realmente probar sus teorías por­que no puede estudiar las células nerviosas con suficiente detalle, sin dañarlas. Pero, ¿y si le presentáramos una neurona tan grande como el Kremlin para usted solo..., o mayor aún..., para estudiarla molécula a molécula?

–¿Quiere decir que puede invertir la miniaturización y con­seguir una neurona tan grande como desee?

–No, todavía no podemos hacerlo, pero podemos hacerle a usted tan pequeño como queramos y al final viene a ser lo mis­mo, ¿no cree?

Morrison se levantó y la miró.

–No –murmuró–. ¿Está usted loca? ¿Cree que estoy loco? ¡Adiós! ¡Adiós!

Dio media vuelta y se alejó rápidamente.

–Doctor Morrison. ¡Escúcheme! –le gritó.

Pero él hizo un gran gesto de rechazo con el brazo derecho y echó a correr a través del camino, esquivando los coches con dificultades.

Por fin llegó al hotel, jadeando, casi bailando de impaciencia mientras esperaba el ascensor. «¡Loca! –pensó–. Quería miniaturizarle a él, intentar esa imposibilidad con ¡él...! O, peor, intentar la posibilidad con él, lo que sería infinitamente peor»

Morrison temblaba aún cuando llegó ante la puerta de su habitación del hotel, sujetando con fuerza el rectángulo de plás­tico de la llave, respirando con fuerza y preguntándose si ella conocería el número de su habitación. Lo podía descubrir, cla­ro, si era lo suficientemente decidida. Miró de punta a punta el comedor, medio temeroso de verla llegar corriendo hacia él, con el rostro descompuesto, el cabello al aire y las manos ex­tendidas.

Sacudió la cabeza. ¡Qué locura! ¿Qué podía hacerle? No po­día llevárselo en brazos. No podía obligarlo a hacer algo que no quisiera hacer. ¿Qué terror infantil se había apoderado de él?

Morrison respiró profundamente e introdujo la llave en la cerradura. Percibió el pequeño clic de la llave al encajar, luego la retiró y se abrió la puerta.

El hombre sentado en el sillón de mimbre junto a la ventana le sonrió diciendo:

–Pase.

Morrison lo miró estupefacto, luego volvió la cabeza para ver el número de habitación.



–No, no. Ésta es su habitación, sí. Entre ya y cierre la puerta.

Morrison obedeció la orden contemplando al hombre con si­lencioso asombro.

Era un hombre de aspecto suficientemente rollizo aunque no del todo gordo, que llenaba el sillón de brazo a brazo. Lleva­ba una americana de algodón y debajo una camisa blanca, tan blanca que casi brillaba. No podía decirse que fuera calvo, pero iba camino de serlo y lo que quedaba de su cabello castaño era un puro rizo. No llevaba gafas pero sus ojos eran pequeños y con aspecto de ser miopes, lo que podía inducir a error..., o qui­zá significaba que usaba lentillas. Le dijo:

–Ha vuelto corriendo, ¿verdad? Le he estado observando –señaló la ventana– sentado en el banco, luego poniéndose de pie y volviendo al hotel como escapando de algo. Tenía la espe­ranza de que subiría a su habitación. No quería estar todo el día sentado aquí, esperándole.

–¿Estaba aquí para vigilarme desde la ventana?

–No, no, en absoluto. Ha sido accidental. Sólo que le he vis­to salir con la señora, hacia el banco. Conveniente, pero no pre­visto. De todos modos, está bien. Si no le hubiera visto desde la ventana, tenía a otros vigilándole.

Para entonces, Morrison ya había recobrado el aliento y su mente se había tranquilizado cuando hizo la pregunta que hu­biera debido ser lo primero en la conversación:

–¿Y usted quién es?

En respuesta, el hombre sacó una carterita del bolsillo y la abrió. Explicó:

–Firma, holograma, huella dactilar, huella vocal.

Morrison miró del holograma al rostro sonriente. El holo­grama también sonreía. Dijo:

–Está bien. Usted es de Seguridad. Pero así y todo no tiene derecho a invadir mi alojamiento privado. No me escondo. Po­día usted haberme avisado desde el vestíbulo, o llamado a mi puerta.

–Estrictamente hablando, tiene razón, por supuesto. Pero pensé que era mejor encontrarme con usted lo más discreta­mente posible. Además, presumo de antiguo conocido.

–¿Antiguo conocido?

–Hace dos años. ¿No lo recuerda? Una conferencia interna­cional en Miami. Presentaba usted un trabajo y lo pasó mal...

–Recuerdo la ocasión. Recuerdo el escrito. Es a usted a quien no recuerdo.

–No es sorprendente. Quizá. Nos vimos después. Le hice al­gunas preguntas y además tomamos unas copas juntos.

–No considero esto como vieja amistad... ¿Francis Ródano?

–Sí, éste es mi nombre. Incluso lo ha pronunciado correcta­mente. El acento en la segunda sílaba. A abierta. Memoria sub­consciente, claro.

–No, no lo recuerdo. El nombre estaba en su identifica­ción... Preferiría que se fuera.

–Quisiera hablarle desde mi condición oficial.

–Por lo visto todo el mundo quiere hablar conmigo. ¿De qué?

–De su trabajo.

–¿Es usted neurólogo?

–Sabe de sobra que no lo soy. Me licencié en lenguas esla­vas. Estudié Económicas.

–Entonces ¿de qué podemos hablar? Conozco bien el ruso, pero usted debe ser mejor. Y no sé nada de economía.

–Podemos hablar de su trabajo. Como hicimos hace dos años... Mire, ¿por qué no se sienta? Es su habitación y no voy a entretenerle mucho. Si quiere el sillón donde estoy sentado, estaré encantado de devolvérselo.

Morrison se sentó en la cama.

–Terminemos de una vez. ¿Qué quiere saber de mi trabajo?

–Lo mismo que quería hacer hace dos años. ¿Existe algo, en opinión de usted, una estructura específica en el cerebro que sea especialmente responsable del pensamiento creativo?

–No es del todo una estructura. No es algo que pueda sepa­rarse según el criterio ordinario. Es una red neurótica. Sí, creo que hay algo así. Es obvio. El problema es que nadie más lo cree porque no pueden localizarla y no hay evidencia de ella.

–¿La ha localizado usted?

–No. Razono como consecuencia de los resultados obteni­dos de mis análisis de las ondas cerebrales, pero parece que no los convenzo. Mis análisis no son..., ortodoxos. –Y añadió amargado–: En este campo, la ortodoxia no les ha llevado a ninguna parte, pero no me dejan ser heterodoxo.

–Me han dicho que utiliza técnicas matemáticas en sus aná­lisis encefalográficos que no solamente son heterodoxos, sino claramente equivocados. Ser heterodoxo es una cosa; estar equivocado es otra.

–La única razón de que digan que estoy equivocado es que no puedo demostrar que estoy en lo cierto. La única razón por la que no puedo demostrar que estoy en lo cierto es que no pue­do estudiar una neurona cerebral aislada, con suficiente detalle.



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