Valera, M. (2002) publicado en: Llull, vol núm. 53, 425-458. Issn: 0210-8615. Resumen



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ARTÍCULO:
La vertiente científica de la Universidad Libre de Murcia (1869-1874).


AUTORES (AÑO):
LÓPEZ FERNÁNDEZ, C., VALERA, M. (2002)..


PUBLICADO EN:
Llull, vol.. 25, núm. 53 , 425-458.
ISSN: 0210-8615.

RESUMEN
La Universidad Libre de Murcia surgió en 1869 a raíz de las nuevas orientaciones educativas del Sexenio Revolucionario. En nuestro caso, fue el esfuerzo conjunto de la Diputación y Ayuntamiento el que posibilitó su aparición y mantenimiento durante casi un lustro. Globalmente, la iniciativa tuvo una buena acogida en la sociedad murciana, aunque no estuvo exenta de polémica. El nuevo centro pudo apoyarse en el notable Instituto Provincial de Segunda Enseñanza que funcionaba en Murcia desde 1837. Constituyó el único antecedente sólido de la actual Universidad, fundada en 1915.
En el presente artículo, junto a todos estos aspectos de corte institucional, abordamos también las que fueron ideas generales del profesorado sobre el papel social de la educación y la ciencia, los cuadros de asignaturas y profesores (dentro de los niveles de Bachillerato y Licenciatura científicas) y otras cuestiones de previsible interés, como la obra de los profesores de ciencias, la caracterización general del alumnado, la labor científico-divulgativa realizada desde el centro universitario y los contenidos de las pruebas planteadas para la obtención de grado de licenciado.
ABSTRACT
The Free University of Murcia came into being in 1869 as a result of the new educational guidelines of “Sexenio Revolucionario” [“Revolutionary Six-year period”]. In Murcia, the joint effort of County Council and Town Council made it possible to establish and maintain for almost five years. Overall, the initiative was welcomed by the society of Murcia, though it was not without troubles. The new centre was supported by the “Instituto Provincial de Segunda Enseñanza” [Murcia Grammar School] that had been working in Murcia since 1837, and was the only strong precedent of the present University, founded in 1915.
In the present paper, along with all these institutional aspects, we examine also the general ideas of teachers on the social role of education and knowledge, the subjects studied there, the corresponding teachers (at Secondary and higher level), and other questions most likely to be of interest, like the work of the science teachers, the general characteristics of the students, the work of scientific popularization spread from the university centre and the contents of the examinations set for final degree level.


1. Introduccióni: El Sexenio democrático y las Universidades Libres
Dentro de la Historia de la Educación es bien conocido, aunque a la vez poco estudiado, el que podríamos llamar fenómeno de las Universidades Libres. Tales centros fueron hijos directos de la revolución de septiembre de 1868, nacida a raíz del destronamiento de Isabel II tras el golpe militar de Prim, Serrano y Topete, y culminada con la implantación de la Primera República. Se iniciaba así un proceso de expansión de las libertades públicas y desarrollo a ultranza del liberalismo radical. Avances como la implantación del sufragio universal en España, fueron consecuencia de esta etapa. Con todo, y como es sabido, el intento duró poco, pues el pronunciamiento de Martínez Campos en 1875 trajo la Restauración borbónica.

Esta corta pero a la vez intensa etapa de nuestra historia, conocida como el Sexenio democráticoii, acarreó una febril actividad legislativa. Sabido es que fueron seis años de grandes ilusiones y expectativas sociales, las cuales no siempre se vieron satisfechas. Con el transcurrir de los años, surgieron las frustraciones. Hechos como los levantamientos cantonales, motivados a su vez por cuestiones como la tardanza en eliminar las quintas o implantar una auténtica autonomía económica municipal, son ejemplos fehacientes de ello.


En el ámbito educativo, la labor desplegada durante el Sexenio fue verdaderamente notableiii, máxime cuando al final del período anterior las disposiciones de Severo Catalina, con el cierre de las Escuelas Normales y las enormes atribuciones dadas al clero en materia educativa habían marcado una línea netamente reaccionaria. Los septiembrinos derogaron rápidamente tal estado de cosas y plantearon su alternativa mediante los célebres Decretos de octubre de Ruiz Zorrilla, los cuales definieron toda política educativa liberal durante la etapa amadeísta.
En el primero de ellos (R.D. 21-10.1868) se marcaron los ejes de la acción educativa de los revolucionarios, proclamándose la primacía de la sociedad frente al estado respecto a la función docente y reconociéndose expresamente tanto el derecho al trabajo de los docentes como la libertad de cátedra. A la vez, se extendió la libertad de creación de centros a organismo de la administración periférica, como Ayuntamientos y Diputaciones.
En el segundo decreto (R.D. 25-10-1868) se aborda una amplia reforma de la Enseñanza Secundaria, a la cual se le adjudica la doble finalidad propedéutica y formativa aunque haciéndose énfasis en esta última. Detrás de ello estaba el espíritu, típicamente septiembrino, de apoyar a las clases medias instruidas. En lo curricular hubo también novedades: potenciación del castellano frente al latín, ampliación de los estudios históricos y de psicología e introducción de la enseñanza del arte y de algunas asignaturas de tipo práctico, como nociones de derecho, higiene, agricultura y comercio. Surge además la posibilidad de ganar el grado de Bachiller tras superar una serie de asignaturas en lugar de cursos; el alumno podía distribuir éstas por años según sus propias capacidades.

Meses después ve la luz otro importante decreto educativo (R.D. 14-1-1869), aunque ahora centrado en el ámbito universitario. En él, aparte de abundarse en el ejercicio de la libertad de cátedra, se autoriza a todas las universidades a otorgar el título de doctor, cosa hasta entonces restringida a la de Madrid. Asimismo, se suprimen las facultades de Teología y, como nota más destacada, se autoriza la creación de universidades no estatales. Ello referido a cualquier institución, pero en especial se abre la puerta (según lo dispuesto en anteriores decretos) a Ayuntamientos y Diputaciones: ahí estuvo la génesis de todas las Universidades Libres.


Tras el advenimiento de la I República, la labor de Ruiz Zorrilla es continuada por Eduardo Chao, titular de la cartera de Fomento, quien vuelve a incidir en la ordenación de los niveles educativos medios y superiores. Respecto a estos, el R.D. 2-6-1873 reorganiza las facultades de Filosofía y Letras y de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, las cuales reagrupa en cinco: Filosofía, Letras, Física y Química, Matemáticas e Hª Natural. Para los niveles medios, mediante otro decreto se profundiza en las reformas curriculares de Zorrilla, sobre todo en lo relativo a la necesidad de impartir asignaturas de tipo práctico.
Las Universidades Libres, a raíz del antes citado R.D. 14-1-1869, gozaron de una amplia autonomía funcional, dependiendo la gestión económica y selección de su profesorado de las propias instituciones que los financiaban. Asimismo, quedaron en plena potestad para conferir grados y expedir títulos, teniendo estos la misma validez que los obtenidos desde los centros oficiales. Como únicas limitaciones se exigían por una parte que las enseñanzas impartidas en los centros libres abarcasen todas las asignaturas cursadas en los oficiales, y por otra que aquéllos quedasen sometidos a la inspección del Estado.
Pero como suele ocurrir en estos procesos “liberadores” pronto llegaron los recortes. Primero en la circular recogida en la Gaceta de Madrid de fecha 17-9-1869, donde se delega en el Rector del distrito universitario la vigilancia y control de los centros libres. Y segundo mediante el R.D. 20-10-1869 que establece una limitación mucho más importante: los títulos expedidos por estas universidades tendrían validez para el ejercicio libre de la profesión, pero no para acceder a cargos oficiales. Ambas disposiciones fueron ya firmadas por Echegaray como ministro de Fomento.
Ante la lógica alarma provocada entre quienes ya tenían estudios realizados en estos centros el ministro dio pronto marcha atrás, y en el R. D. 6-5-1870 volvió a admitir la plena validez oficial de los estudios cursados en las Universidades Libres. Impuso, eso sí, una condición: para obtener los grados era imprescindible, además de aprobar todas las asignaturas de la carrera, realizar unas pruebas finales ante un tribunal mixto. La composición de dicho tribunal era de un catedrático nombrado por la propia Universidad y otros dos nombrados por el ministerio.
Bajo la base legal dibujada en los párrafos anteriores fueron desplegando su labor las distintas Universidades Libres durante el Sexenio Democrático, y con suerte diversa según los casos. Tan interesante experiencia docente tuvo su fin a raíz del R.D. 29-7-1874, por el que quedaron derogados todos los centros de esta naturaleza, disponiéndose que sus archivos y demás documentos administrativos quedasen bajo la custodia de los rectores.
2. La Universidad Libre de Murcia: reseña histórica
En la Región de Murcia tuvo una especial incidencia la revolución de 1868, tanto en el terreno socio-político como en el económicoiv. Dentro del ámbito educativo ésta tuvo sin duda su máximo exponente en la fundación de la llamada Universidad Libre de Murcia (ULM), que llegó a iniciativa conjunta del Ayuntamiento capitalino y la Diputación Provincial. Dicha institución no había tenido más antecedente que el fugaz intento vivido en 1841 de convertir el Instituto Provincial de Segunda Enseñanza en centro universitario (la llamada Universidad Literaria) y vino a constituir el único antecedente sólido de la actual Universidad murciana.
Antes de entrar en el análisis de los estudios científicos realizados en la ULM, dedicaremos unos párrafos a glosar las vicisitudes de ésta durante su corta existencia. Y casi podríamos empezar por el final, pues bastantes años después de que desapareciera, fundada ya la actual Universidad de Murcia, el rector José Loustau aludía a aquélla en el discurso de apertura del curso 1921-22 en unos términos que resumen magistralmente lo sucedido con la misma [LOUSTAU, 1921, pp. 28-29, enfatizado nuestro]:
“Esta institución cultural vivió sólo cuatro años; durante ellos estuvo alimentada únicamente por el entusiasmo de la intelectualidad murciana; porque aquellas Corporaciones que la crearon no pudieron proporcionarle los indispensables medios materiales de vida. La experiencia ha demostrado siempre que centros de esta naturaleza no pueden ser sostenidos por aquellos organismos, y el Estado, por otra parte, no prestó apoyo alguno a la Universidad Libre de Murcia; así ella se extinguió; pero no fracasó”.
Citas como ésta hacen ver que en el estudio de la ULM no partimos de cero. Hay algunos trabajos previos donde fueron plasmadas bastante bien sus circunstancias históricas generales; entre ellos destaca el de C. Ruiz Abellánv. Dichos trabajos, y en especial este último, han sido una importante fuente de datos para la nosostros.
La iniciativa de fundar una Universidad Libre en Murcia partió del Ayuntamiento, donde en la sesión de 10-9-1869 el concejal Gonzalo Baño hizo la propuesta pertinente vi. Allí mismo se acordó formar una comisión que girase visita a la Diputación Provincial a fin de coordinar esfuerzos en pro de la fundación del centro universitario. El contacto oficial se produjo al día siguiente, durante la sesión del pleno de la Diputaciónvii. A partir de ese momento los acontecimientos se desencadenaron con rapidez. Se formó una comisión mixta Ayuntamiento-Diputaciónviii que fue la encargada de dar forma al proyecto, el cual apenas si recibió de ambas instituciones algunas objeciones de tipo técnicoix.
En el breve plazo de dos meses todo quedó resuelto. Bajo el sostén principal de la Diputación, aunque también con el ayuda económica del Ayuntamiento, la ULM vio aprobado su presupuesto definitivo por aquélla el 25-10-1869, recibiéndose poco después el visto bueno del Rector de la Universidad de Valenciax. La matrícula fue abierta el 2-11-1869 y doce días después tuvo lugar el solemne acto inaugural bajo la presidencia de José Echegaray, ministro de Fomento y antiguo alumno del Instituto Provincial. Precisamente será en los locales de este centro donde se impartan las clases de la Universidad, y varios de sus profesores lo serán también de ésta. Se nombrará incluso primer Rector al propio director del Instituto Angel Guirao, aunque nunca llegó a actuar como tal. Finalmente, ostentaron de forma efectiva los máximos cargos el canónigo Gerónimo Torres (Rector) y el concejal Gonzalo Baño (Secretario)xi.

La ULM abrió sus puertas con dos facultades que en principio sólo permitían acceder al grado de Bachiller, las de Ciencias y Filosofía-Letras, y otra que posibilitaba completar la licenciatura, la de Derecho; también se impartían los llamados Estudios de Notariado. Pero apenas un año después, las facultades de Filosofía-Letras y Ciencias ampliaron su cobertura hasta el propio grado de licenciado y la de Derecho hasta el doctorado. Bajo tal estructura académica la ULM se mantuvo en pie durante 4 cursos, siendo suprimida, junto con todas sus homólogas, a raíz del Decreto de 29-7-1874.


La Universidad pronto quedó organizativamente en manos de la Diputación, al retraerse voluntariamente en este terreno el Ayuntamiento y limitar su papel a una mera colaboración económicaxii. Sin duda, la ULM despertó gran entusiasmo entre las fuerzas culturales murcianas. Síntoma de ello es que pese a la escasa remuneración percibida por impartir docencia en la misma, varios profesores del Instituto, diputados provinciales, regidores y ciertos profesionales ofrecieron sus servicios como profesores, a veces incluso de forma desinteresada. Los diputados llegaron hasta sufragar algunos de los gastos universitarios personalmentexiii, y por su parte el Instituto prestó gustoso todos sus locales, instalaciones científicas y fondos bibliográficos.
Fue también notable el eco que despertó en la prensa de la época la fundación de la Universidad, sobre todo en el diario señero de la capital (La Paz de Murcia) donde motivó numerosos artículos y colaboraciones. La línea editorial de éste fue inequívoca, pues ya antes de fundarse la ULM se posicionó claramente a favor de la misma en un artículo donde podía leerse que dicho centro superior sería “el acontecimiento más hermoso que podría enorgullecer a Murcia en el período revolucionario” xiv. Y poco después, al reseñar el solemne acto inaugural de la ULM, apoyó sin ambages a Ayuntamiento y Diputación en su iniciativa:
“Difundir la enseñanza, facilitar por todos los medios posibles la adquisición de la ciencia es y debe ser la misión preferente de todo gobierno civilizador. Respondiendo con fe y entusiasmo á esta necesidad, ganosas de cumplir su misión altamente civilizadora, las Excelentísimas corporaciones provincial y municipal acometieron la empresa de crear una Universidad Libre”xv
Pero no todo fueron parabienes pues la ULM tuvo también sus detractores, viéndose envuelta en una fuerte polémica protagonizada por el diputado provincial Pedro Díaz Cassou, la cual, dejando al margen posibles rivalidades políticas y personales, tuvo algunos matices científicos que aquí nos interesan especialmente. Estalló en el propio diario La Paz, justo el mismo día en que éste se posicionaba por primera vez a favor de la todavía “non-nata” Universidad. Allí Cassou criticó con fuerza la idea de crear el centro superior, entendiendo que sería mucho más provechoso dedicar los fondos a una Escuela de Agricultura. Manejó para ello argumentos de tipo “utilitario”, pues tras resaltar la vital importancia de la agricultura para la economía regional, señalaba:
“Si pues todos vivimos de ella, a todos nos interesa su fomento; el aumentar la riqueza agrícola creando una escuela que propague los buenos métodos y destierre las rutinas, es aumentar la riqueza de todos, ¿y la aumentaréis del mismo modo aumentando los abogados y los catedráticos de Filosofía y Letras y los notarios “in fieri”? ... No es lo mismo tampoco propagar los conocimientos útiles que facilitar las carreras, y entre lo primero y lo segundo, lo primero es lo primero” xvi
A continuación, alude al hecho de que en Murcia siempre hubo y habría abogados y aspirantes a notario, pero por contra:
“... hay muy pocos verdaderos agricultores, ningún buen capataz, pocos verdaderos peritos, ningún ingeniero agrícola. Empiécese porque haya todo esto, enséñese a los artesanos adultos lectura y escritura, créese además o después una buena escuela de artes y oficios, y después ... piénsese en la Universidad que será el coronamiento del edificio, pero por Dios no empecemos la casa por el tejado”

Mucho debieron escocer las palabras de Cassou pues éste mereció, aunque veladamente, ser el destinatario nada menos que de buena parte del discurso pronunciado por el catedrático Andrés Barrio en el acto inaugural de la ULM. Éste señaló que la Universidad, a través de sus estudios de Química e Historia Natural, proveería de unos conocimientos agrícolas a sus licenciados muy superiores a los impartidos desde cualquier escuela profesional, y que por tanto quien tiene lo más no puede desear lo menos.


Cassou contraatacó pronto, y en un nuevo artículo de prensa, que pese

a carecer de firma lleva su inequívoco sello personal, reafirmó sus opiniones previas y aportó a la vez sus ideas sobre cómo organizar la Escuela de Agricultura. A este tenor conviene señalar que aunque Cassou carecía de títulos oficiales que le cualificasen como técnico agrícola, al menos estuvo siempre muy sensibilizado hacia el tema, siendo autor de varias publicaciones referidas a la huerta murciana [CASSOU, 1860, 1879, 1881]. En el citado artículo, vierte afirmaciones tan significativas como ésta:


“Pero la Química es la Química y no otra cosa; la Historia Natural la Historia Natural, y no hay que darle vueltas, ese par de respetables señoritas no son la llamada agricultura, están a su servicio, eso sí; ... ¿sabe por ventura el diablo familiar del Sr. Barrio dónde y quién esplicará en la universidad zootecnia? ¿quién horticultura, quién arboricultura y jardinería? ¿quién estiércoles y abonos, quién conservación de productos, quién industrias agrícolas; quién contabilidad con especial aplicación, etc?, ¿sabe dónde estará situada la granja modelo, dónde el material agrícola?” xvii
No será ésta ni mucho menos la única vez que Cassou se oponga a la ULM en beneficio de una Escuela de Agricultura, centro que por cierto la Diputación había proyectado inicialmente crear a la vez que la Universidadxviii. Ocurre sin embargo que en las restantes ocasiones no se manejaron argumentos de tipo científico, sino administrativo. Así, Cassou volvió a la carga unos dos años después, aunque ahora ya como diputado provincial y de forma oficial. En la sesión de 16-5-1871 presentó un voto particular contra la sección del Presupuesto donde quedaba recogida la subvención a la ULMxix. Salió claramente derrotado, pero el golpe sufrido por la institución fue duro. Llegó a poner en duda la propia gestión de la Universidad, lo que movió a los dirigentes de ésta a publicar un clarificador folletoxx portador de interesantes datos académicos y económicos.

La línea opositora de Cassou fue recogida por algunos otros colaboradores de La Paz, que mantuvieron a su vez otras controversia con partidarios de la ULM. Estas fueron ya de tono menor, como el intercambio de notas entre Alejo Molina y José Ledesma referente a la escasa categoría de los políticos surgidos de la Universidadxxi. Pero por otra parte, es de destacar una circunstancia chocante, y es que el propio Cassou, pese a su ya citada carencia de títulos oficiales, llegó a ejercer fugazmente como profesor de la ULM; dicha cuestión, como es natural, le fue echada en cara por los partidarios de ésta también a través del diario La Pazxxii.


Nosotros entendemos que lo más significativo de todo este asunto no fueron los debates en sí, sino su trasfondo. Y es que dentro de la burguesía cultural murciana, aunque hubo unanimidad en pro de favorecer el progreso científico, surgieron notables disensiones a la hora de concretar el tema. Para unos bastaba con fomentar la cultura y la ciencia y esperar a que luego, bajo la influencia benéfica de éstas, viniera la mejora de la situación económico-social. Sin embargo, para otros había que invertir el proceso: mejorar primero la productividad mediante la ciencia, y sólo después, cuando ya estuviese resuelto el problema económico, preocuparse de erigir centros científicos superiores.
Sin duda, ambas posturas tenían sus pros y contras, y lo ideal habría sido compaginarlas adecuadamente. Pero la falta de un liderazgo claro en el ámbito socio-económico regional, plagado de oligarcas y caciques sólo preocupados del beneficio inmediato, así como la dinámica propia de una sociedad “provinciana”, cargada de rencillas personales y servidumbres políticas, impidieron esa necesaria armonización. La ULM quedó así como un centro un tanto a la deriva, muy adherido a la coyuntura política que propició su aparición, y con muy escasas posibilidades de implicarse en la resolución de los problemas de fondo que aquejaban a la sociedad murciana.
Técnicamente hablando el final de esta institución se produjo, como ya sabemos, con el decreto de 29-7-1874, pero al menos en Murcia podemos decir que la desaparición de la Universidad fue la crónica de una muerte anunciada. Ya desde el año anterior soplaban vientos liquidacionistas, cosa que se aprecia en hechos como el que se produjese en mayo de 1873 la visita de una comisión del Claustro al jefe político ante los rumores de que este tipo de establecimientos iban a ser cerrados. Recibieron de éste buenas impresiones, pero con todo, y ante su estado general de penuria, la Diputación decidió el cierre de la ULM con efectos de 30-9-1873. La movilización en la calle de los estudiantes coadyuvó a que en un primer momento el tema se reconsideraraxxiii.
Al año siguiente, una vez ya aparecido el decreto de julio supresor de las Universidades Libres, desde el Ayuntamiento intentó frenarse la aplicación del mismo. Hay así constancia de un escrito enviado por la Corporación al Ministerio donde se solicitaba que las prescripciones del citado decreto no afectasen a la ULM. Tal objetivo no se consiguió, y ante ello, en octubre de 1874, desde el propio Ayuntamiento se tomó la iniciativa de promover la creación de una Universidad pública sustitutiva de la libre. La propuesta, al no recibir unanimidad, se pasó a la Comisión de Educación, y allí, debatido el tema no se llegó a acuerdo algunoxxiv.
3. El sustrato ideológico-educativo: los discursos de apertura
Durante el período de vigencia de la ULM, fueron leídos hasta cuatro discursos inaugurales en otros tantos actos solemnes de apertura de curso. Estos fueron dictados, sucesivamente, por los profesores Andrés Barrio catedrático de la facultad de Derecho (1869-70), Juan López Somalo decano de esa misma facultad (1870-71), Olayo Díaz Giménez decano de la de Ciencias (1871-72) y Francisco Holgado y Toledo decano de Filosofía y Letras (1872-73). En todos ellos queda muy bien reflejado el espíritu ideológico impulsor de la ULM, conteniendo a este tenor ideas interesantes sobre el papel social de la educación y los diferentes sistemas de enseñanza. Por otra parte, estos discursos fueron siempre reproducidos o ampliamente extractados en la prensa, por lo que tuvieron una incidencia social significativa.
Dejando de momento aparte el de Olayo Díaz, que sería “a priori” el de mayor interés desde el punto de vista científico, en los tres restantes cabe separar el del profesor Andrés Barrio por un lado y los de J. López Somalo y F. Holgado por otro. El primero de ellos [BARRIO, 1869], con diferencia el de corte más conservador, no fue sino un alegato contra quienes atacaban a la ULM. Su excesiva atención a este punto hizo perder al discurso entidad en su parte doctrinal, de la que no obstante señalaremos al menos la amplia globalización que realiza Barrio del concepto de ciencia. En él incluye todo tipo de saberes positivos y humanísticos, integrándolos en un mismo plano. Así, va delimitando el papel de las ciencias exactas (generadoras de la evidencia), físicas (que permiten superar las posiciones míticas frente a los fenómenos naturales), metafísicas (que nos llevan a la idea de Dios como causa primera) y jurídicas (que garantizan una vida social pacífica).
Por su parte, los discursos de J. López Somalo y F. Holgado [LÓPEZ SOMALO, 1869 Y HOLGADO, 1872] presentan ya una estructura más homogénea y un contenido doctrinal más avanzado, aunque siempre dentro de la escala de valores burguesa decimonónica. En ambos, salvando los lógicos matices diferenciadores, encontramos lugares comunes muy significativos: la necesidad de concebir la educación como un factor determinante para el progreso social y la de combatir el protagonismo exclusivo del Estado en este terreno. Unas citas de Somalo nos ayudarán a plasmar mejor el tema. En referencia al papel social de la educación dice [SOMALO, 1870, p. 23 y 26]:
“Mejorar las condiciones materiales de su existencia, adelantar y desarrollar su inteligencia, asimilarse a las fuerzas naturales puestas a su alcance, entrar en el provenir por medio del progreso intelectual, es el destino del hombre; y para realizarlo, el único, el solo, el verdadero medio es la enseñanza, cualidad inapreciable que nos distingue del resto de los animales.”.
Apostillando además al concretar las cosas a España:
“... el Sumo Hacedor ha dado a todos un guía seguro, la razón, un juez inexorable, la conciencia, á nadie se le ha concedido el privilegio exclusivo de la verdad; la misión del hombre es buscarla; he aquí señores porqué los pueblos modernos reivindican para nuestra especie la libertad, (...) porqué también proclaman la libertad de enseñanza; he aquí porqué el gobierno de la revolución de Septiembre abrió este camino a municipios y provincias”
Por lo que respecta al discurso del decano de la facultad de Ciencias Olayo Díaz Giménez éste fue único planteado como auténtica lección magistral, bajo el título de “Origen y progreso de la Filotecnia” [DÍAZ GIMÉNEZ, 1871]. La naturaleza científica del mismo lo hace especialmente útil para nuestros propósitos; aunque también aquí, como enseguida veremos, tomó protagonismo la parte ideológica. En su exposición Díaz identifica la Filotecnia con las ciencias aplicadas; realiza (cosa a la que era muy aficionado) una panorámica histórica al respecto, distinguiendo cinco etapas recogidas en otros tantos capítulos. Añade luego un sexto (titulado “La enseñanza”) desligado de los anteriores y donde al igual que sus compañeros de tribuna realiza una clara defensa de la ideología liberal, así como declaraciones a favor de la revolución de septiembre y de la propia ULM.
Según hemos dicho, Díaz divide en cinco períodos la historia de la Filotecnia: el hermético, el de los descubrimientos marinos, el mecánico, el electroquímico y el industrial. El primero de ellos gira básicamente (según Díaz) en torno a dos avances técnicos: la pólvora y la brújula, de los que estudia sus consecuencias. El segundo coincide con la etapa de colonización del nuevo mundo, hecho motivador de importantes avances en geografía, geodesia, minería y botánica. El período mecánico se corresponde con el desarrollo de los descubrimientos derivados de la máquina de vapor, culminados con el ferrocarril. Por su parte, el período electroquímico recoge todos los avances en electricidad y magnetismo desde finales del siglo XVIII, con especial énfasis en el proceso de fundamentación de la Química partir de la obra de Priestley y Lavoisier.
Hasta aquí, como fácilmente se desprende, la exposición de Díaz es predominantemente erudita, primando en ella los elementos descriptivos frentes a los interpretativos. El autor se queda en todo momento a medio camino entre un enfoque científico-internalista, que le habría exigido rebajar sensiblemente el afán divulgador del texto, y otro más de corte histórico-externalista, que le habría llevado a profundizar en las consecuencias sociales de los avances filotécnicos.
Sin embargo, al adentrarse en el estudio del último período, el llamado industrial, Díaz se aparta claramente elementos científico-descriptivos. Trae una serie de opiniones sobre el papel social de la ciencia y de la técnica bajo las que se transluce de nuevo ese espíritu burgués-liberal que animó en todo momento a la ULM. Pero ahora éste aflora no desde una perspectiva esencialmente filosófica, como en sus otros compañeros de discurso, sino de una forma mucho más práctica y con mayor carga política. Una cita ilustrará nuestras afirmaciones [DÍAZ GIMÉNEZ, 1871, p. 64]:
“ Para que el descubrimiento científico constituya un adelanto en el orden tecnológico, es imprescindible someterlo a largas y costosas pruebas, a cuyo fin han de concurrir tres agentes de origen muy distinto: la inteligencia, el capital y el trabajo, que vienen a ser en la economía industrial lo que el cerebro, el corazón y el pulmón en la economía viviente. Ahora, téngase presente que el descubrimiento científico no es más que el iniciador del plan, mientras que el capital y el trabajo, convenientemente dirigidos, realizan la obra”
Con todo lo visto hasta ahora podemos ya realizar una valoración general del sustrato ideológico de la ULM. Éste fue, como hemos reiterado, inequívocamente liberal. Concretando más las cosas podríamos apreciar dentro del mismo una clara carga positivista en la vertiente filosófica y un fuerte afán descentralizador en lo político. Respecto a lo primero creemos que son ilustrativas las tomas de postura sobre el papel social de la enseñanza. Ésta es vista siempre como vía hacia una ciencia liberadora, la cual acabará generando no sólo un progreso material sino también un nuevo tipo de sociedad más equitativo y mejor organizado, idea ésta típicamente positivista [COMTE, 1985]. En cuanto a lo segundo hemos visto cómo se defendía fervientemente la enseñanza libre, la cual es considerada como un jalón más dentro del proceso de liberación del individuo respecto a la tutela del estado.
En definitiva, de los discursos de apertura de la ULM se desprende una consecuencia: dicha institución estuvo dominada por personas de mentalidad progresista, claras defensoras de las concepciones liberales septiembrinas. Pero siempre, y difícilmente podía ser de otra manera, dentro de los márgenes permitidos por el orden social burgués. Aprender, sí; cultivar la ciencia, también; pero sólo a fin de tener unas clases inferiores mínimamente instruidas y unos cuadros dirigentes bien formados que facilitasen un desarrollo económico de corte capitalista. Todo ello a su vez dentro de un orden social basado en la jerarquía, por más que ésta nunca apelase a criterios de cuna sino de capacidad y trabajo personal.
El problema fue que pese a la parca ambición social de tales planteamientos, aún eran demasiado avanzados para las muy inmovilistas oligarquía y pequeño-burguesía murcianas de la época. La ULM pudo entonces ser bien recibida (como institución cultural superior) en el seno de la sociedad murciana, pero no dejó de ser un proyecto de muy difícil incardinación real dentro de la misma. Quedó así literalmente adherida a las circunstancias políticas que motivaron su nacimiento, de ahí que no pudiera sobrevivir a la crisis de las mismas, máxime al venir ésta acompañada de una gran penuria económica en las instituciones locales y provinciales.

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