Urbanización y Vivienda en Guadalajara Rafael López Rangel



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Manuel Castells. La cuestión urbana y la vivienda. Veamos ahora de manera sintética, los rasgos principales de las nuevas corrientes que más influyen en nuestros países. Sin duda los planteamientos y las propuestas de Manuel Castells han tenido un gran impacto, pues representan un sólido y documentado intento por construir una concepción histórico materialista del problema urbano, sobre la base de una acerba crítica a las teorías sociológicas y urbanísticas. Según palabras del autor, estas confunden en un mismo discurso el problema de las formas espaciales, el del proceso de reproducción de la fuerza de trabajo y el de la especificidad cultural de 1a “sociedad moderna”. (6) Es decir, no ven a la sociedad y a su expresión urbana como una totalidad integrada y contradictoria compuesta por base económica, organización social y superestructuras ideológicas, y olvidan las prácticas de clase. Para Castells, incluso aquellas formulaciones de la cultura dominante acerca de la cuestión urbana son “ideológicas” y enmascaran su carácter clasista. Pone al descubierto, al mismo tiempo, de qué manera, bajo la idea de la modernidad, se admiten las contradicciones sociales.
4. Christopher Alexander, Notas sobre síntesis de la forma. Ed. Infinito Buenos Aires 1969 también, L. Martin, L. March, M. Echenique, La Estructura del Espacio Urbano. Ed. G Gili. Barcelona, 1975.
5. Kevin Lynch, La Imagen de la Ciudad, Ediciones Infinito, Baires 1966, Amos Rapaport, Vivienda y Cultura. Ed. G. Gili, Barcelona 1972.
6. M. Castells La Cuestión Urbana, op. cit.
Cabe anotar que la crítica castelliana, en su intento de aplicar un esquema científico de nuevo tipo -que describiremos enseguida- alcanza a pensadores que han actuado en el campo del marxismo, como es el caso de Heniry Lefebvire. Con respecto a éste, la crítica fundamental de Castells está puesta en la postulación acerca de que la revolución social tomará la forma de revolución urbana ante la inevitabilidad de la urbanización total de la sociedad. (7) Tal planteamiento es objetable para quien piensa, como Castells en su Cuestión Urbana, que las contradicciones de la ciudad son pluriclasistas y secundarias. (8) La clave de la concepción castelliana sobre la estructura citadina reside, a juicio nuestro, en la idea acerca de la categoría de formación social. Pues para el sociólogo español los elementos urbanos deben definirse a través de ésta. Para Castells la estructura urbana es “la articulación de las instancias fundamentales de la estructura social en el interior de las unidades urbanas consideradas”. (9) De esa manera, las instancias de lo social -económica, política-jurídica e ideológica- se especifican en lo urbano a través de los procesos de la producción, el consumo e intercambio, la gestión y la simbólica urbana. Éstos son los cinco elementos fundamentales de la estructura urbana.

En las sociedades capitalistas avanzadas, afirma Castells, lo urbano no sólo remite a formas espaciales sino “expresa la organización del proceso de reproducción”. (10) Así, el concepto de estructura urbana se contempla como una complejidad teórica que sólo explica situaciones concretas en la medida en que se toma en cuenta un conjunto de prácticas políticas: aquellas que “recorren el conjunto del sistema”.


7. H. Lefbvre, La Revolución Urbana Ed. Alianza 3a. Ed. Madrid 1980.

8. M. Catells, op. cit.

9. Ibidem.

10. Ibidem.

11. Ibidem.

Por ello, dice, el campo de la política urbana está “en el corazón de todo análisis del fenómeno urbano”. Ahora bien, para Castells, las esferas de la política urbana son la planificación urbana -propia del Estado- y los movimientos sociales urbanos, en donde se expresa la lucha política de clase.


Sin embargo, tal valoración de la política, vista así como instancia, se deslinda de lo esencial de la estructura urbana y del espacio citadino. Lo urbano, para Castells, “parece connotar los procesos de reproducción simple y ampliada de la fuerza de trabajo”. (11) En ese sentido, lanza dos ideas básicas de su pensamiento: 1) la empresa es al proceso de producción lo que la ciudad es al de reproducción; 2) el espacio regional es el de la producción y el espacio urbano es el de la reproducción.
El gran impacto que causaron estos planteamientos -y que aún causan con menor fuerza-, es innegable en diversos terrenos: en los académicos y de investigación (sociología urbana, planificación urbana y regional, arquitectura) y en los políticos (organizaciones sociales e incluso en algunas instancias estatales). La razón de su éxito, al menos en América Latina, radica en que, no obstante las discrepancias que han suscitado, se consideraron como la teorización que se necesitaba en el ámbito de lo citadino: en primer lugar, por su crítica demoledora de las corrientes dominantes, desacreditadas ante la crisis de las ciudades y cuestionadas por los sectores progresistas. En segundo término, porque combaten claramente los elementos ideológicos y restan prioridad a los formales, al mismo tiempo que formulan un esquema teórico de instancias, con dominio de los procesos económicos. Esto esperaban precisamente los sectores referidos, empeñados en destruir la ideología dominante en torno a lo urbano y en mostrar el papel económico de la ciudad y la edificación, a través de la utilización de las categorías fundamentales del materialismo histórico.
Castells contribuye así para que en nuestros países se abra la posibilidad de una explicación científica del problema urbano. Y cuentan mucho para ello sus observaciones sobre el urbanismo latinoamericano, dependiente. Pero, como la sociología urbana es una ciencia en proceso de formación, las tesis castellianas han sido objeto de observaciones críticas en diversos niveles y tonos; incluso por estudiosos que persiguen el mismo fin, como Jean Lojkine, Christian Topalov y, en nuestro medio, Emilio Pradilla. Más aún, no pocos de ellos -como los dos primeros- han hecho aportaciones importantes.

Llegados a este punto, nos parece pertinente hacer dos observaciones: 1) el esquema castelliano de instancias articuladas es a todas luces reduccionista, ya que la realidad socio-espacial es una complejidad de procesos. 2) La política urbana estatal no se limita a reproducir en términos económicos al sistema, sino que forma parte de la legitimización de todo un proyecto social a través de la búsqueda de consenso en torno a las acciones del régimen.

Veamos ahora los planteamientos de Castelis en torno al problema de la vivienda. Como es común entre los estudiosos materialistas, parte de Engels, aunque enfatiza el sentido económico de los célebres planteamientos del pensador alemán.(12) y plantea de la siguiente manera la cuestión de la penuria de la vivienda, central, por cierto, en el discurso castelliano:

“La penuria de la vivienda se debe a un desfase entre necesidades socialmente definidas de la habitación y la producción de viviendas y equipamientos. En consecuencia, hay que establecer la determinación estructural de tal desfase y sus singularidades históricas”. (13)


12. Federico Engels,”Contribución al Problema de la Vivienda” en C. Marx y F. Engels, Obras Escogidas Tomo II Ed. Progreso Moscú 1973.

13. M. Castells, op. cit.


La penuria de la vivienda, dice Castells, obedece a una cuestión de mercado y no de relaciones de producción. Se trata “de un desequilibrio en la relación población-elemento C (consumo), que resulta de una transformación de la estructura urbana bajo el impulso dominante M elemento P (producción)”. Nuestro autor extiende su caracterización de la penuria de la vivienda al problema del déficit del equipamiento urbano; y afirma en un tono casi malthussiano, que “la penuria de viviendas, la falta de equipo colectivo y la insalubridad del espacio residencial, provienen del brusco aumento de la concentración urbana en un proceso dominado por la lógica de la industrialización”.
A juicio nuestro, la cuestión no es tan simple. En principio, lo mismo podría decirse de los alimentos, el calzado, el vestido (y otras mercancías que también forman parte de las condiciones materiales de la población) cuando se vuelven inalcanzables para los trabajadores. Luego, porque en las circunstancias actuales de nuestros países, frente al acelerado deterioro de las condiciones de vida, se convierte en un grave error político el restar prioridad a la lucha por la vivienda (a tal cosa conducen las tesis castellianas), ya que, en una perspectiva más amplia, esa lucha se torna en punto importante entre las reivindicaciones sociales.
Empero, hay una aportación significativa de Castells en su caracterización del problema de la vivienda en los países desarrollados: su intento de descubrir la lógica de la producción inmobiliaria y el papel de los diversos elementos que intervienen en ésta: “el terreno en que se construye, los materiales o elementos incorporados a la construcción y la construcción del inmueble propiamente dicho”. Asimismo, analiza el papel de la especulación y de los promotores del mercado. Castells piensa que el problema de la crisis de la vivienda se refuerza con la especulación, pero no se origina por ésta; como lo hemos mencionado, atribuye el problema al carácter del mismo proceso de producción.
Por último, es interesante transcribir el párrafo en el que Castells habla de la forma de la vivienda y vincula este punto con su manera de ver la ideología:
“las formas (ideología) tienen influencia ideológica real, pero no hacen más que reforzar y no suscitar la organización mercantil del bien singular que la vivienda encama”. (14)
Este párrafo encierra una verdad muy general, pero resta importancia a los análisis del valor de uso de la vivienda. El problema con una idea como esta es de un orden singular: con esa frase -y con todas las semejantes que se lanzan a menudo en nuestros países- se han abierto multitud de trincheras para combatir los análisis acerca de las formas de la vivienda y de la edificación en general. Con el argumento inexacto de que tales análisis son despreciables por no pertenecer al campo de la ciencia sino de la ideología. Y, con ello, se ha intentado invalidar un fecundo campo de estudio materialista de la ciudad, la vivienda y la cultura.

Jean Lojkine. El Estado y la Cuestión Urbana. Otro estudioso del problema urbano que ha tenido influencia en Latinoamérica es Jean Lojkine. Su impacto no ha sido tan fuerte como el de Castells, a pesar de que sus planteamientos son más abiertos que los del sociólogo español. Esto quizá se debe a que -al menos en su texto fundamental- se circunscribe a la polémica de la sociología europea y no aparece, por lo tanto, preocupación específica por nuestros países. (15) Sin embargo, su pensamiento es influyente y ha servido para apoyar algunos estudios que aquí se han realizado.
14. Ibidem.

15. Jean Lojkine, El marxismo, el estado y la cuestión urbana, editorial Siglo XXI México, 1979.


La necesidad de abordar la cuestión urbana surge en Lojkine cuando discute el carácter de la política estatal en la etapa del Capital Monopolista de Estado (CME). Y así, parte de una hipótesis clave:”La urbanización como forma avanzada de la división social del trabajo es una de las grandes determinaciones del Estado”. (16)
En el análisis lojkiano del Estado aparecen tres temas fundamentales, de los cuales dos se refieren a la política urbana: 1) el vínculo del Estado con las relaciones de producción, y por ende, con la base económica. 2) Las contradicciones de las políticas urbanas. 3) Los componentes principales de la política urbana capitalista.
Refiriéndose al primero, Lojkine señala que en el seno del Estado se encuentran representantes de a) el capital monopólico, b) el capital no monopólico, c) sectores de la población trabajadora e incluso de los movimientos sociales urbanos. Con esto se hace de lado el esquema, clásico, que concebía al Estado como el monolítico aparato de la clase dominante, tajantemente dividido con su natural antagónico: los sectores explotados. Aquellos grupos enclavados en el actual Estado, se enfrentan unos con otros y en consecuencia el Estado sufre una fragmentación de su poder, situación que se agrava cuando los representantes del capital monopólico llegan a identificarse coyunturalmente con intereses de la población trabajadora. Por su parte, las acciones urbanas se vuelven fundamentales en este esquema en virtud del papel que juega la ciudad en la reproducción del capital. En fin, en base a tal esquema, Lojkine intenta explicar el surgimiento de gobiernos municipales de la izquierda en el seno del actual sistema capitalista.

Veamos ahora, sintéticamente, el planteamiento lojkiano


16. Ibidem.
acerca de las contradicciones urbanas y sus correspondientes respuestas en la política urbana capitalista. Una cuestión fundamental en esto es la que se refiere al financiamiento público de los medios colectivos en los lugares de aglomeración de la fuerza de trabajo: equipamientos sociales, escolares, sanitarios, culturales y vivienda social, producida masivamente. Nuestro autor afirma que el Estado se hace cargo de tal financiamiento para salir al paso a la contradicción que se da entre la necesidad de reproducción de la fuerza de trabajo, y la no rentabilidad de los medios de consumo colectivos. Con ello, el Estado colabora de manera decisiva a la acumulación de capita1.
El otro aspecto clave de la política urbana es la planificación, que Lojkine define como la acción estatal que enfrenta la contradicción entre los agentes individuales productores de la ciudad y la necesidad de la cooperación espacial entre las unidades económicas. En otras palabras: el Estado, a través de la planificación coadyuva a que la urbe -superdividida por los propietarios y agentes privados- cumpla su papel de aseguradora de las condiciones generales de la producción.
Desde nuestro interés, las tesis lojkianas aportan elementos importantes para entender la intervención estatal en el desarrollo urbano y la vivienda; aunque es una limitante que a pesar de su apertura explique la política del Estado tomando en cuenta exclusivamente las relaciones económicas. Con ello esquematiza tanto al Estado como a la política y en realidad deja de lado la complejidad de la búsqueda de consenso y el papel que en ello juega la política urbana y de la vivienda popular, que así vistas trasciende el mero servicio a la economía.

Christian Topalov. La urbanización capitalista. Topalov, como Lojkine, parte de la experiencia francesa al construir su caracterización de la crisis urbana actual y de la urbanización capitalista. (17) Su trabajo teórico se propone desentrañar los procesos contradictorios de la economía de la ciudad en la época del capital monopólico.

17. Nos referimos a la citada obra La Urbanización Capitalista, Edicol, México, 1979.


Analiza el papel del Estado, los procesos inmobiliarios -la cuestión de la vivienda- y la crisis urbana. El autor no pretende armar una gran polémica en torno a la sociología o a la teoría política de la ciudad, aun cuando expone su opinión acerca -de temas como la política de vivienda y otras acciones estatales. Para ello, toma como base a la económica.
El punto de partida de Topalov en su estudio de la urbanización capitalista es similar al de Castells, al de Lojkine y a los de los pioneros de la renovación de las teorías urbanas: todos enfrentan los enfoques marginalistas, funcionalistas y culturalistas para reubicar a la ciudad básicamente “como un producto, como el resultado de un proceso de producción y no solamente como objeto de consumo material y simbólico” (18).
Vale la pena transcribir la tesis fundamental de Topalov al respecto:---Laciudad constituye una forma de la socialización capitalista de las fuerzas productivas. Ella misma es el resultado de la división social M trabajo y es una forma desarrollada de la cooperación entre unidades de producción---.
¿En qué reside el valor de uso de la ciudad? De acuerdo con nuestro autor, en el hecho de que la urbe es una fuerza productiva, pues concentra las condiciones generales de la producción y circulación del capital y de la reproducción de la fuerza de trabajo. Además, esas condiciones son “el resultado del sistema espacial de los procesos de producción, de circulación y de consumo”.
18. Christian Topalov, op. cit.

El golpe a las posiciones culturalistas, que ven a la ciudad sólo como un conjunto formal simbólico, se completa con la aseveración de que los procesos de producción, circulación y consumo “cuentan con soportes físicos, es decir, objetos materiales incorporados al suelo (los inmobiliarios)”.


Para Topalov, la contradicción fundamental de la urbanización capitalista se ubica entre las relaciones de producción y el movimiento de socialización capitalista de las fuerzas productivas. Tal contradicción ocurre, según él, porque la urbanización capitalista es una multitud de procesos privados de apropiación del espacio y es al mismo tiempo producción de valores de uso complejo, que él llama efectos útiles de aglomeración.

Topalov expone a lo largo de su trabajo la contradicción de la urbanización capitalista. Nosotros destacaremos, de manera sintética, los temas que nos parecen pertinentes para nuestro análisis: el papel de la ciudad, el del Estado, la promoción inmobiliaria y la cuestión de la vivienda.


En cuanto al primer punto, el autor lo vincula con las condiciones generales de la producción capitalista. Así, para él, la ciudad es:
a) Una concentración de mano de obra disponible en las diversas calificaciones que la producción necesita. La urbe debe proveer al capital de las condiciones de la reproducción ampliada de la fuerza de trabajo, ya que aquella mano de obra “se produce y reproduce en virtud de la existencia de medios de consumo socializados, así como de formación, de aculturación y encuadramiento de transporte hacia los lugares de producción, etc.” (19)
19. Ibidem.
b) La existencia y la expansión de un conjunto de medios de producción para las empresas industriales: sistemas de suministro de energía y agua, de transporte, etc.
De lo anterior se desprende que la ciudad permite que se excluyan de la esfera del capital los sectores no-rentables necesarios a la producción; en esto coincide con los planteamientos lojkianos, acerca de la intervención estatal en la construcción de los medios de consumo colectivos.
Topalov trata la cuestión del Estado sobre todo en relación con el papel que éste juega en los equipamientos colectivos y en la política de vivienda. Pero también opina acerca de la relación general que tiene con la sociedad, y critica las tesis del Estado árbitro y del Estado dotado de voluntad al servicio absoluto del capital.
La clave para superar las concepciones voluntaristas o funcionalistas del Estado es, de acuerdo con Topalov, el análisis de las transformaciones del sistema público de mantenimiento de la fuerza de trabajo, que se caracterizan por contar con contradicciones que vuelven ambivalente la acción del Estado. La primera de ellas se presenta con el hecho de que éste se convierte en un agente colectivo de la explotación al hacerse cargo del sistema público de mantenimiento de la fuerza de trabajo, pero al mismo tiempo con ello crea la base para el surgimiento de reivindicaciones políticas.
En segundo lugar -y esto nos interesa directamente, pues aquí aparece el tema de la vivienda-, Topalov plantea que en el momento en que el Estado otorga las prestaciones monetarias a los trabajadores, crea una demanda solvente para la producción capitalista. “Pero cuando toma directamente a su cargo el abastecimiento de valores de uso, cierra al capital privado un campo donde podría quizás valorizarse. Por ejemplo, el financiamiento público de la construcción limita la actividad bancaria en este campo; más aún si bien el sector público de la construcción encarga obras a empresas constructoras puede constituir un obstáculo para los promotores inmobiliarios privados”. (20)
Según el autor, las políticas estatales en relación con la vivienda -y con los equipamientos colectivos urbanos- se caracterizan por tres aspectos contradictorios:
1) la política de vivienda es una acción sobre las condiciones de valorización de capitales particulares en el sector inmobiliario;
2) tal política es una acción sobre las condiciones generales de la reproducción de la fuerza de trabajo, y
3) es un elemento de la reproducción de la hegemonía de la clase dominante sobre la sociedad. Por ello está también determinada por la lucha de clases y las exigencias de los estratos dominantes.
En fin, Topalov también intenta superar los esquemas clásicos para ofrecer una explicación más adecuada a la actualidad del capitalismo. Y a nuestro juicio, una aportación es su análisis de los procesos inmobiliarios. Pero, al igual que Castells y que Lojkine, no desarrolla con amplitud la relación entre contradicciones económicas y contradicciones políticas. Por ello, la cuestión de la política, de la urbanización y de la vivienda no adquieren su complejidad histórica en el texto que analizamos. Faltaría agregar que la realidad latinoamericana tampoco se toca -no era el objetivo- en el trabajo de Topalov, lo cual plantea el reto de encontrar las similitudes con las condiciones europeas, así como las especificidades de nuestro medio.
20. Ibidem.

Las teorías de la autoconstrucción. Las ideas expresadas en torno a este asunto no han llegado a formar un sistema o cuerpo teórico. Tal circunstancia es natural, pues ni siquiera la reflexión en torno a lo urbano y la vivienda en general se convierte aún en una teoría completa. Por lo demás, hemos ya planteado que la posibilidad de una teoría de la autoconstrucción sólo puede ocurrir o existir en términos de los procesos de la vivienda y la ciudad. Por ello nuestra propuesta se dirige a plantear una estrategia epistemológica general. A riesgo de esquematizar, diremos que existen cuatro líneas fundamentales en cuanto a la actitud teórica frente a la autoconstrucción, cada una de las cuales se liga a actitudes prácticas:
1.- Postura marginalista-asistencialista, dentro de la que hay posiciones diversas, algunas de las cuales derivan frecuentemente en la siguiente línea.
2.- Postula la incorporación de la autoconstrucción de la vivienda al desarrollo económico y social.
3.- Actitud que postula la sujeción total de los procesos de autoconstrucción al sistema capitalista y que por lo tanto plantea la imposibilidad de que las reivindicaciones en torno al problema (autoconstrucción, vivienda y demás demandas urbanas) jueguen un papel positivo y transformador.
4.- Líneas abiertas, que entienden a esos fenómenos como procesos de la ciudad en su conjunto, y que dentro de las contradicciones de ésta postulan la posible reivindicación y transformación de las demandas urbanas.

La primera línea, está representada por John Turner, de una gran influencia por sus tesis acerca de la “libertad para construir”, “todo el poder para los usuarios y otras. (21) Son bastante conocidas sus propuestas fundamentales: a) contra la imposición de las normas estatales, libertad de construcción; b) que el Estado no promueve ni lleve a cabo vivienda terminada, sino se limite a marcar controles legislativos; c) impulso y apoyo a la capacidad imaginativa y creadora de los auto-constructores y, en consecuencia; d) auxilio para que los usuarios ejerzan el control del proceso productivo de la vivienda, a través de sus sistemas abiertos y autónomos; e) creación de leyes que faciliten provisiones de tierra, créditos y tecnología, porque al fin y al cabo los auto-constructores también generan capital. Según Turner, la autoconstrucción produce una gran variedad de tipos, procedimientos y formas, capaces de satisfacer las necesidades de los usuarios, a la inversa de cuanto acontece con la vivienda producida o impulsada por el Estado.


Esta exaltación de la marginalidad arranca también de una idea: la vivienda, más que un objeto, es una actividad. Se trata, en fin, de una verdadera abstracción de las reales contradicciones de los procesos urbanos y de vivienda que mantiene intacto el problema.
De la segunda línea nos ocuparemos a lo largo de este trabajo; ahora sólo diremos que ha sustentado a las acciones estatales en su intento de incorporar la vivienda y los sectores marginales a la ciudad consolidada. En consecuencia, aunque con variantes, esa postura avala políticas, planes y programas públicos al respecto.
21 . John Turnery Robert Ficnter, Libertad para construir. Ed. SigloXXI México, 1976

La tercera línea, fuertemente reduccionista, ha tenido una gran influencia en los círculos académicos de nuestro país y del área latinoamericana, sobre todo en la década de los setenta. En México, su representante más significativo es Emilio Pradilla, quien caracteriza el proceso de autoconstrucción con una lógica lineal estrictamente -y estrechamente- económica. Su secuencia es tajante: 1) presencia y desarrollo de una enorme masa de desempleados y subempleados urbanos, junto al paulatino empobrecimiento de los trabajadores, como efectos del desarrollo del capitalismo dependiente latinoamericano. 2) Éxodo del campo a la ciudad en virtud de la implantación de las grandes unidades capitalistas. 3) Aquella masa de desempleados, subempleados y trabajadores agudamente explotados, no puede adquirir o rentar una vivienda en el mercado. 4) Por lo tanto, se decide por rentar un cuarto de vecindad o por auto-construir su vivienda.


Pradilla plantea las causas del alto costo de la vivienda privada y trata de demostrar que la producida por el Estado no modifica en nada las condiciones que originan los inaccesibles precios de aquélla. Señala, para explicar el alto costo de la vivienda privada, las siguientes razones: a) las rentas del suelo; b) las ganancias del fraccionador; c) las del constructor de la vivienda; d) las de los fabricantes de materiales; e) la presencia de los comerciantes de la vivienda y los intermediarios, f) los intereses del capital financiero.
Plantea los rasgos de la autoconstrucción, tal como él la concibe, y empieza por los problemas de la adquisición del terreno, ya sea por la invasión, compra ilegal o pago de altas rentas. Viene luego el proceso de construcción, que al utilizar materiales de desecho o de mala calidad y técnicas arcaicas, junto a la baja productividad del trabajo del auto-constructor, eleva el tiempo de trabajo necesario para la construcción y por tanto el valor del objeto. Estas condiciones tienen un “costo social individual irracional, injusto”.(22)
Por otra parte, Pradilla afirma que la autoconstrucción significa el alargamiento de la jornada normal de trabajo y la consecuente reducción de la vida útil del individuo. Además, para pagar el lote y los materiales, disminuye sus otros gastos de subsistencia,”limitando a veces peligrosamente la reproducción de su propia fuerza de trabajo y la de su familia”. (23) Así, el panorama es desalentador, pues mientras unas líneas nos conducen a asimilarnos a una realidad cada vez más problemática, urgida de cambios que se basan en una manera diferente de analizar las circunstancias, otras nos llevan al inmovilismo.
Emerge por ello una cuarta línea, que en gran medida parte de la crítica a las establecidas y que busca una salida a la cuestión, a fin de ofrecer alternativas. Para ello, toma en cuenta los procesos políticos reales y la historia política concreta de cada lugar. De esa manera, esclarece el papel del Estado y no lo coloca en todos los casos como un mecanismo implacable y monolítico. Se reconocen sus contradicciones, así como las de la sociedad en su conjunto. Los procesos de autoconstrucción revelan de esa forma su compleja naturaleza, dentro de nuestro modo de producción y nuestra formación social, conformada históricamente. De esto hemos hablado ya. Aquí únicamente subrayamos que se trata de una línea teórica aún inconclusa dentro de la cual se encuentran varias posiciones. En México comparten esa postura estudiosos como Martha Schteingart y Jorge Legorreta. La primera -desde una posición más bien teórica- ha llevado a cabo una crítica de las concepciones de Turner y Pradilla. Dentro de una aceptación parcial de las tesis de este último, refuta acertadamente dos de sus posiciones:
22. Emilio Pradilla, -Autoconstrucción, explotación de la fuerza de trabajo política del Estado en América Latina- en Ensayos sobre el problema de la vivienda en América Latina E. Pradilla, compilador LAM, México, 1980.

23. Ibidem.



Dentro de una parcial aceptación de este último, califica de simplistas y fuera de la realidad socio-política, las aseveraciones pradilleanas de que el apoyo a la autoconstrucción es negativo porque ésta mantiene el atraso de las fuerzas productivas y genera luchas urbanas secundarias que no conducen a cambios sociales importantes. Schteingart opina, acertadamente, que la aceptación de esas ideas, impediría, por una parte el desarrollo de tecnologías adecuadas y el robustecimiento de intereses monopólicos en la autoconstrucción; por la otra, la incorporación de las luchas de la autoconstrucción a movimientos más amplios. (24)
A su vez, Jorge Legorreta -cuyos puntos de vista están vinculados a una vasta investigación empírica sobre la autoconstrucción- discute certeramente la tesis pradilliana de que la autoconstrucción representa una extensión de la jornada de trabajo y que es una nueva forma de explotación. Sin embargo, señala que no toda la fuerza de trabajo auto-constructora es asalariada, y que en la autoconstrucción intervienen familiares y otras personas no económicamente activas. (25) Con esto pone al descubierto al carácter lineal y simplista de la posición del estudioso colombiano. También -afirma Legorreta- hay que diferenciar los planos en que actúa el auto-constructor: a) como fuerza de trabajo inserta en actividades económicas dentro del proceso de acumulación, b) como fuerza de trabajo en la edificación de un objeto producido como valor de uso.
24. Martha Schtreingart, “La autoconstrucción como proceso social”, en Investigaciones en autoconstrucción. Memoria de la Reunión Nacional sobre investigaciones en Autoconstrucción, realizada en México D.F. del 23 al 26 de enero de 1979. CONACYT. 1981.
25. Jorge Legorreta, La Autoconstrucción de Vivienda en México. El Caso de las ciudades petroleras Centro de Ecodesarrollo, México, 1984.
En fin concluye el autor, ya ubicándose en el contexto político: “...habrá que dar respuestas viables al complejo problema que representa la autoconstrucción de vivienda. Para modificar su actual proceso no bastan los planteamientos teóricos o ideológicos de rechazo o aceptación total; o los simplemente técnicos. Hace falta tomar en cuenta las condiciones reales y específicas que sustentan el proceso del auto-construcción y plantear alternativas en el ámbito del control, la gestión y las decisiones colectivas” (26)

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