Un Paseo Por Los Bosques 28



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Nave Cuna


Indice


Nave Cuna 3

Punto De Suministro 14

Scarbo 22

Un Paseo Por Los Bosques 28

El Veldt 39

Las Mirillas De Pawley 49

Noche De Paso 67

Gran Negocio 74



Nave Cuna

 

(David Campton)


Cuando Magrette se despertó su primer impulso fue el de darse media vuelta y volver a dormirse; pero, segundos después de que sus grandes párpados se abrieran por primera vez, sus ojos estaban completamente abiertos, asombrados. Estaba mirando hacia arriba, a través de una hoja de plástico claro; y, cuando trató de moverse, se dio cuenta de que estaba dentro de una caja acolchada, lo bastante grande como para contenerla a ella. Aunque todavía se notaba un cierto frío en el aire, podía sentir cómo regresaba el calor poco a poco y la neblina formada por su respiración desaparecía con rapidez de los bordes del plástico situado sobre ella. Estuviera donde estuviese, lo cierto era que no se encontraba en su cama habitual.

Entonces, el recuerdo regresó a su mente, con la lentitud y seguridad con que la circulación empezaba a regresar a los fríos dedos de sus pies. Recordó el puerto espacial; la multitud de hombres con cámaras y magnetófonos que fueron contenidos con firmeza por una hilera de soldados; y la gran sonrisa y los ojos ansiosos del hombre vestido de blanco, que dijo:

–No tenga miedo, querida. Esto no le va a doler nada.

Recordó la aguja, introduciéndose en su brazo... y después nada m s hasta ver esta cubierta transparente que casi le tocaba la nariz.

Poco a poco, sus recuerdos se fueron remontando en el tiempo. Recordó las lecciones... la extraña nueva clase de geografía y aquellos juegos tan peculiares. Recordó lo que se le había enseñado a hacer en cuanto abriera los ojos en el interior de una caja acolchada. Su dedo índice se fue deslizando casi automáticamente hasta que, en una parte lateral de la caja, encontró el botón que ella sabía que tenía que estar allí. Apretó el botón y la cubierta de plástico se apartó, deslizándose. Magrette se incorporó.

Lo que vio entonces le resultó extraño y familiar al mismo tiempo. Familiar porque, durante varias semanas, había estado ensayando el despertar en un lugar como aquél; pero extraño porque aquélla no era la sala de prácticas, con el reconfortante exterior usual en la Vieja Tierra, sino algo real. Estaba observando por primera vez un compartimento de hibernación de una nave intergaláctica de transporte.

Las paredes grises y suaves brillaban con luz débil alrededor de una cabina con un techo tan bajo que Magrette podía sentir la parte superior de su cabeza rozando contra él. Era una niña muy grande para sus seis años; de hecho, cuando fue pesada y medida en la Escuela Especial se habían producido sonrisas y ademanes socarrones; pero, por razones especiales, había sido elegida para viajar con los otros.

¡Los otros! ¿Dónde estaban? Se le había dicho que cuando la nave espacial llegara a su destino, todo el mundo se despertaría a la vez. Y, sin embargo, ahí estaba ella, tan despierta como una alondra en una mañana de mayo, mientras que todo el resto de la gente que se encontraba en su compartimento seguía durmiendo. No se produjo ningún movimiento en ninguna de las otras cajas acolchadas– y cubiertas de plástico. Quizá fuera inevitable un lapso de tiempo de unos pocos minutos. Si esperaba un poco, los otros dedos apretarían los respectivos botones; uno tras otro se irían deslizando los cobertores de plástico y sus compañeros de viaje se sentarían en sus cajas, parpadeando y desembarazándose de años de sueño. Así pues, esperó. Y esperó. Pero no sucedió nada. No oía ningún sonido, a excepción de un ligero zumbido, únicamente audible para el oído m s fino, procedente de los motores de la nave, que la impulsaban a través de la oscuridad, entre las estrellas. Magrette se sintió entonces terriblemente sola.

Salió de su caja y permaneció en el estrecho pasillo que conducía hacia la puerta. Aunque el suelo parecía de acero pulimentado, lo sintió blando y cálido bajo sus pies desnudos. Se asomó a la caja que se hallaba más próxima a la suya. Dentro había un chico de color café. Era Duncorn, tan pequeño y quieto que podría haberse tratado de un muñeco. Magrette supo por instinto que no se movería en el transcurso de pocos minutos. Como tampoco lo haría ninguno de los otros. Ella se había despertado antes de

que le llegara el momento. Era la única persona despierta en una nave espacial, a varios cientos de millones de kilómetros de distancia de cualquier parte.

Los maestros de la Escuela Especial les habían explicado que su viaje sería tan largo que los niños que quedaban en la Vieja Tierra serían tatarabuelos antes de que la nave atracara. Ningún adulto podría esperar vivir tanto tiempo, como no fuera por medio de la hibernación. La nave estaba pilotada por una computadora, mientras todo el mundo a bordo dormía. No había nadie despierto a quien Magrette pudiera dirigirse.

Si hubiera sido más joven, podría haberse sentido aturdida y chuparse el pulgar de una mano mientras esperaba una ayuda que nunca había de llegar. Si hubiera sido más madura, la enormidad de su situación podría haberla llevado al pánico. Pero, a los seis anos de edad, teniendo justamente la edad adecuada (que era una de las razones especiales por las que fue elegida), se lanzó a la búsqueda de algo que comer y beber. No es que sintiera hambre o sed, ¿pero qué otra cosa podía hacer?

Más allá de la mampara, se encontró en un estrecho pasillo con aberturas hacia ambos lados a intervalos regulares. Se encontraba en la bodega de la nave, con un cargamento tan precioso que valía la pena transportarlo a través de varios años–luz. Magrette sabía que, sobre ella, estaban las salas de los motores, los paneles de control, los espacios destinados al almacenamiento del equipo especial (Magrette había aprendido a utilizar el equipo especial), la portilla de aire, y la cocina donde la comida se preparaba automáticamente. Había muy poca demanda de comida en una nave cuyos pasajeros estaban todos durmiendo, pero a Magrette se le había dicho que la máquina podía proporcionar cualquier cosa, desde un filete protovegetal hasta un batido de leche, a partir de su provisión de concentrados. Magrette se propuso obtener un batido de leche.

Al final del pasillo, Magrette descubrió una escalera. El pasillo, por su estrechez, sólo permitía el acceso de una sola persona, y mientras avanzaba a través de él, Magrette se preguntó qué sucedería si dos personas se encontraran allí, procedentes de direcciones opuestas. Una de ellas tendría que retroceder; ¿o es que la rutina de la nave estaría tan organizada que la gente que caminara por ella lo haría únicamente en una sola dirección? Magrette tenía esa clase de mente que piensa en temas bastante diversos al mismo tiempo. Aquella era otra de las razones especiales por la que había sido incluida en la expedición.

Se detuvo al pie de la escalera de cámara. Por encima del zumbido de los motores, detectó otro sonido: un ligero susurro, como el arrastrarse de unos pies calzados con botas. ¿Sería posible que hubiera alguien despierto además de ella? Subió con precaución, tratando de hacer el menor ruido posible. Siempre había sido una niña muy precavida. (Razón especial número tres.) Sin embargo, y a pesar de su cuidado, la escalera crujió. Magrette se detuvo. El susurro también se detuvo. Respiró profundamente y continuó.

Salió por la parte opuesta de la cabina de control. En el interior, la estaba esperando alguien vestido con una especie de uniforme. Tanto la niña como el otro quedaron sorprendidos. La persona uniformada presentaba una apariencia poco usual en un hombre. Tenía una mandíbula muy larga, como la de un perro, y, cuando parpadeó, Magrette observó que sus párpados se abrían hacia los lados en lugar de arriba y abajo. Parpadeaba bastante. Sea lo que fuese lo que esperaba que apareciera por la escalera de la cámara, lo que no podía esperar era ver a una niña regordeta, de ojos azules y pelo rubio, con el aspecto de una muñeca cara. Tras un momento de silencio y conmoción se metió rápidamente en el bolsillo algo que había estado sosteniendo.

No valía la pena regresar, y Magrette siguió avanzando. Abrió mucho sus ojos azules, puso su más dulce sonrisa y saludó:

–¡Hola!


Aunque no había forma de saber si aquella criatura adoptaría una actitud amistosa o no, Magrette tenía la impresión de que debían empezar a relacionarse en buenos terminos.

Su aproximación sólo tuvo un éxito parcial. La larga mandíbula quedó abierta, haciendo que el extraño ser pareciera un alsaciano necesitado de un trago. Apartó la mirada de Magrette y la dirigió hacia un panel de conmutadores que había a su lado. Aquellos conmutadores controlaban las unidades de hibernación. Todos, excepto uno, estaban dirigidos hacia arriba. Entonces, Magrette supo con certeza que sólo ella había despertado. El único conmutador que estaba apretado hacia abajo había estado controlando su unidad, y la persona con rostro de perro la había despertado.

El señaló hacia el conmutador, después a Magrette, y de nuevo al conmutador. Emitió entonces un sonido gorgoteante desde el fondo de su garganta. O se estaba burlando, o estaba diciendo algo en un lenguaje muy extraño. Magrette sostuvo su sonrisa, elevando ligeramente los labios y mostrando unos dientes de perla.

–Yo soy Magrette –dijo–. ¿Quién es usted?

Apresuradamente, él cogió un equipo traductor de bolsillo, se ajustó los auriculares sobre sus orejas puntiagudas y la caja de resonancia contra su cuello. Magrette nunca había visto un artilugio como aquél, pero un maestro lo había mencionado de pasada, de modo que sabía lo que hacía. Una vez estuvo en su posición, ella repitió amablemente su presentación y su pregunta.

–¿Quién soy yo? –el ser con rostro de perro dudó unos segundos–. ¿Si quieres decir cuál es mi nombre...? traducido a tu idioma sería Fido –desde la caja de resonancia surgieron palabras terrestres que no tenían ningún parecido con sus gruñidos anteriores–. Es un instrumento muy útil –comentó–. Permite a los extraños como yo vivir y trabajar entre otros seres como tú; hasta se puede alcanzar una elevada posición en el servicio público.

El sonrió, al recordar a Magrette del Lobo vestida como la abuela del Caballero Rojo Hood. Magrette no dijo nada manteniendo su sonrisa de muñeca, y él siguió diciendo:

–Sí, yo soy.. ¿cuál es vuestro equivalente terrestre?... ¡ah, sí!, un oficial de aduanas.

Magrette era una niña muy observadora (razón especial número cuatro) y previamente había notado a menudo que, cuando los adultos mienten a los niños, adoptan un tono de voz especialmente meloso. El dulzor pegajoso de aquella mentira se filtró incluso a través de la caja de resonancia artificial. Magrette no sabía aún lo que era –aunque incluso después de un período tan corto de conocimiento entre ambos, sospechaba que podría ser algo bastante repugnante–, pero estaba bastante segura de que Fido no era un oficial de aduanas. Ya había cometido demasiados errores. Si ella esperaba, aún podría cometer más. Y Fido se vio inmediatamente obligado a cometerlos.

–Esperaba encontrarme con tu capitán –dijo, moviendo una mano hacia el conmutador bajado.

Cada uno de los conmutadores tenía un nombre sobre él.

–¿Puede leer terrestre? –preguntó Magrette.

–Me temo que no lo bastante bien –contestó Fido–. O no estaría hablando ahora con un bebé.

–Tengo seis años –le corrigió Magrette, con amabilidad, pero con firmeza.

–Es culpa mía, lo siento –la sonrisa de Fido mostró filas de dientes del tipo del son–para–comerte–mejor–. Sin embargo, esto me conviene mucho más. Dejemos que tu capitán siga durmiendo.

Tratando de aparentar calma, se metió las manos en los bolsillos donde encontró el voluminoso objeto que no hacía mucho había escondido allí, y volvió a sacar la mano con rapidez.

–¿Todos los oficiales de aduanas llevan armas? –preguntó Magrette con inocencia.

El se tomó algún tiempo para considerar su respuesta y después sacó el arma de su bolsillo, con lentitud.

–Aquí está –dijo alegremente–. supongo que no habrás visto ninguno hasta ahora.

–¡Oh, sí! –contestó Magrette con actitud casual–. Se nos habló de ellos en la escuela. Claro que nunca se me ha permitido utilizar ninguno –añadió con tristeza.

–Un oficial de aduanas se puede encontrar en situaciones muy comprometidas –insistió Fido.

–¿Como ésta? –preguntó Magrette, burlonamente.

La respuesta de Fido fue una mezcla de ladrido y risa. Volvió a colocarse el arma en el bolsillo.

–Y ahora, pequeña, me vas a contestar unas cuantas preguntas.

–¿Por qué ha subido usted a bordo? –preguntó Magrette–. Creía que los oficiales de aduanas no estaban interesados en subir a bordo de una nave hasta que ésta aterrizaba.

–De acuerdo con vuestro plan de tiempo, deberéis aterrizar dentro de un mes.

Como si hubiera estado de acuerdo, el calendario digital situado sobre el panel de control produjo un pequeño clic y añadió otro día a su total.

–He estado dormida durante m s de cien años –murmuró Magrette.

Desgraciadamente, no había sido el príncipe encantado quien la despertó.

–Dije que tú contestarías las preguntas, y no yo –gruñó él.

Magrette pensó que aquello era una lástima, porque había muchas preguntas que estaba deseando hacer. ¿Por qué, por ejemplo, se mostraba Fido tan ignorante con respecto a esta nave? Casi cualquier persona de la Vieja Tierra o de las Nuevas Colonias habría sabido muchas más cosas. ¿Por qué su uniforme le sentaba tan mal? ¿Por que...?

–¿Sabes qué cargamento transporta esta nave? –preguntó él.

–Todo el mundo lo sabe –contestó Magrette.

–¿Qué? –ladró Fido.

Magrette respiró profundamente y miró hacia sus pies. Suponía que, después de todos aquellos prolegómenos, él no la creería. Eso significaba que podía decirle la verdad, lo que para ella siempre iba a resultar más fácil que mentirle.

–Bebés –contestó Magrette.

No parecía el momento más adecuado para entrar en detalles sobre cómo la Vieja Tierra, amenazada por un desastre catastrófico (algo que tenía que ver con la capa de ozono de la atmósfera), había llenado un transporte espacial especialmente cargado con niños, dirigiéndolo hacia las Nuevas Colonias, con la esperanza de que al menos aquellos seres de la Vieja Tierra lograrían sobrevivir. En cualquier caso, Magrette habría tenido dificultades para explicar algo que ella misma sólo entendía a medias.

–¿Bebés?

–Bueno, usted mismo dijo que yo era un bebé. Algunos de nosotros somos más crecidos que otros. Yo soy la más vieja.

–No tengo tiempo para juegos.

–¡Oh, a mí me gustan! –exclamó Magrette, echándose a reír–. Me gustan los disfraces, ¿a usted no?

–No.


–Pero ahora usted está disfrazado. Lleva un uniforme de capitán del espacio.

–Su propietario anterior ya no lo necesita –contestó, con los labios apretados en una sonrisa, o en una mueca–. No creo que podamos seguir hablando asi si queremos entendernos. Si sabes qué cargamento transporta esta nave, dímelo. Si no lo sabes, dímelo llanamente.

–Pero si ya se lo he dicho. Todos son como yo.

–Puesto que no quieres cooperar, me parece que, después de todo, voy a tener que despertar a tu capitán –y se volvió hacia el panel de conmutadores–. ¿Cuál de estos controles es el de su unidad de hibernación? Muéstrame el correcto, chiquilla. Su nombre y su rango deben estar escritos en él.

–El capitán es una mujer –corrigió Magrette.

–¡Oh! ¿De veras?

Magrette respiró otra vez profundamente.

–Soy yo –dijo ella.

Durante unos segundos pensó que el intruso estaba a punto de morder. Entonces, se apresuró a añadir:

–El autopiloto se ocupa de la nave. Todo lo que tengo que hacer es conducir a los otros fuera de la nave cuando lleguemos. No será difícil. Sólo tendré que iniciar un juego de seguir–a–mi–jefe. Claro que los bebés de verdad tendrán que ser colocados en un parque de juego. Todo es muy simple. Creo que se me nombró capitán porque soy la más vieja.

La risa de Fido fue como un aullido.

–¡Qué inteligente! –espetó–. Uno puede disparar contra un hombre adulto, y no preocuparse más por ello... ¿pero quién haría daño a un puñado de seres tan delicados?

–Me cree usted, ¿verdad?

–Es la forma de pensar que debería haber esperado de una raza que envía a través del universo a una nave desarmada llena de riquezas más allá de todo sueño... riquezas que pueden ser recogidas de los cielos como si se tratara de coger una fruta madura de un árbol. Sí, puedo creer perfectamente que tú eres el capitán.

–Gracias –replicó Magrette con amabilidad.

–Pero también te voy a decir otra cosa –siguió diciendo él–. Creo que sabes con toda exactitud el cargamento que lleva esta nave.

–Y yo le diré lo que creo –le interrumpió Magrette–. Creo que es usted un pirata.

–¿Un pirata?

Los ojos de Fido se estrecharon hasta convertirse en dos hendiduras negras.

–He leído algo sobre los piratas en un libro –explicó Magrette con amabilidad–. Los piratas eran como duendes y dragones y solían atacar a las naves. En la Tierra, todos ellos murieron junto con los duendes y dragones. Nunca había esperado encontrarme con un pirata frente a frente. Creo que tampoco ninguna otra persona se lo ha encontrado jamás y que ésta es la razón por la que nuestras naves no están protegidas contra ellos. Estamos armados contra los meteoritos, pero no contra los piratas. Sé que los piratas o los dragones solían exhalar fuego, pero he olvidado cuáles de ellos eran los que lo hacían. ¿Puede usted exhalar fuego?

Por la forma en que el intruso resolló, pareció como si lo estuviera intentando de verdad.

–Está bien –gruñó al fin–. Tú me dices la verdad y yo también te la diré. Sí, yo soy lo que vosotros llamáis un pirata.

–¡Qué interesante! –murmuró Magrette.

–He robado, y he matado –siguió diciendo el pirata–. Volveré a robar, y quizá tenga que matar de nuevo. Vuestras naves, las que vinieron antes que ésta, estaban cargadas de cosas, pequeñas en tamaño, pero grandes en valor... semillas y sueros, microlibros y herramientas en miniatura. A simple peso valían más que las joyas o los metales preciosos. Me las arreglé para atraparlas. Ahora, soy el hombre más rico de mi mundo.

–Entonces, ¿por qué sigue siendo un pirata?

–Porque siempre es posible enriquecerse más. Además me gusta este estilo de vida –la risa le recordó a Magrette los ladridos de un perro loco; se detuvo bruscamente–.

Ahora, empezamos a entendernos.

–¿Quiere usted robar nuestro cargamento? –preguntó Magrette, suspirando.

–Y tú me ayudarás a hacerlo.

–¿Pero qué utilidad pueden tener los niños para usted?

–Cuando una broma va demasiado lejos, deja de ser divertida.

–Supongo que no me va a creer hasta que no se lo demuestre.

–Muy bien. Demuéstramelo. Pero caminarás delante de mí.

El pirata hizo asomar el arma de su bolsillo, como para recordarle a Magrette que todavía seguía allí. ¿Qué daño podía hacerle una niña que parecía una muñeca? El no lo sabía muy bien, pero se olía el peligro: los pelos de su nuca se habían erizado.

Pero su incomodidad se convirtió en amarga desilusión cuando Magrette le mostró un cubículo tras otro. En cada uno de ellos, durmiendo dulcemente en cunas cubiertas de plástico, había hileras de niños. A cada nueva desilusión, fue aumentando su furia. Desde el fondo de su garganta surgió un ruido rasposo que el equipo de traducción no pudo interpretar. A lo largo de sus labios brillaban hilillos de saliva. Cuando el último compartimento no puso al descubierto más que cunas, parecía tan salvaje como un perro al que se le acaba de quitar el hueso que iba a comerse. Se agarró a la cubierta dura y transparente como si quisiera destrozar en pedazos al pequeño que se encontraba bajo ella. Estaba encogido, con los ojos cerrados, y los sonidos procedentes de sus mandíbulas medio abiertas sonaron como los de una jungla extraña. Magrette sintió el impulso de darse media vuelta y echar a correr, pero no se atrevió a dejarle solo con los otros niños... además, no había ningún sitio donde poder ocultarse, excepto quizás en el compartimento de equipo especial. Al fin, sacudiendo la cabeza y murmurando para sí mismo, Fido se las arregló para dominar su cólera. Hasta expresó una sonrisa, mostrando los dientes.

–Te pido disculpas –dijo amablemente–. He sido un tonto por haber perdido el control.

–No importa –replicó Magrette, devolviéndole la sonrisa–. Supongo que ahora querrá marcharse. ¿Está muy lejos su nave?

–Está adherida a ésta... preparada para transferir el cargamento. Es muy conveniente. Ni siquiera necesitamos trajes espaciales. He adquirido una gran experiencia en trasladar cargamentos de una nave a otra. Normalmente, el capitán podía ser convencido para que ayudara... un arma es un poderoso medio de convencimiento. A veces, hasta temía tener que disparar contra él antes de haber trasladado el cargamento; en tal caso, no tenía más remedio que hacer yo solo todo el trabajo pesado.

–¿Qué ocurrió... las otras veces... después de haber trasladado el cargamento? –preguntó Magrette.

–Haces demasiadas preguntas.

–Ya me lo pensaba –murmuró Magrette y entonces se le iluminó el rostro–. Pero en esta ocasión no tendrá necesidad de trasladar ningún cargamento.

–No todo –dijo el pirata con una mueca–. Sólo aquellos especimenes que valgan la pena.

–¡No puede! Quiero decir... ¿de qué le serviría eso? Quiero decir... que no tenemos ningún valor.

–Todo tiene su precio –dijo Fido con una risita–. Hasta tus pequeños amigos, capitán... como muñecos en sus cajas.

–No podría vendernos.

–Al contrario, espero un comercio muy activo entre los más babosos de mis clientes millonarios. Tú, en particular, vales tu propio peso en oro, pequeño animal doméstico –y espetó la última frase.

–¿Animal doméstico? –repitió Magrette.

–¡Qué cosas más maravillosas harás!... Vestirte y desnudarte, alimentarte, andar, irte a la cama. Después, desde luego, los juguetes se rompen; y entonces los animales domésticos se convierten en una molestia... pero no vamos a pensar en eso ahora.

De repente, Magrette sintió un escalofrío. Sabía que Fido no estaba bromeando. Su cabeza zumbó cuando los pensamientos se abalanzaron unos sobre los otros. Tenía que detenerlo. ¿Pero cómo podía hacerlo? Un pirata con un arma podía apoderarse por sí solo de una nave poco sospechosa. Y éste se había apoderado de otras naves y matado a sus capitanes. Magrette apenas si se daba cuenta de que él seguía hablando.

–Despertarás a todos aquellos que yo te diga que despiertes. Entonces, llevarás a cabo tu juego de seguir–al–jefe... a través de la escotilla de aire hasta penetrar en mi nave. Ellos confiarán en ti, estoy seguro. Y les mantendrás felices durante todo el camino, hasta que lleguemos al mercado.

–No –susurró Magrette, sacudiendo la cabeza.

El pirata bajó la vista, mirando el arma que tenía en la mano. Magrette cerró los ojos, apretándolos con fuerza.

–No temas –dijo el pirata, echándose a reír–. Eres una muñeca demasiado cara para destrozarla. Pero algunos de estos especimenes más pequeños... no son tan atractivos... –y mantuvo su arma contra una de las cunas–. Sólo tengo que apretar y...

–¡No! –gritó Magrette.

––Entonces, ¿harás lo que yo te ordene?

Magrette asintió con un gesto.

–Bien. Cuando lo hayamos dejado, tu nave seguirá su curso normal. Cuando aterrice, faltarán algunos de vosotros, pero siempre es preferible perder una parte que perderlo todo. ¿Qué me dices, capitán? ¿Bajamos unos cuantos conmutadores?

Como habían andado a lo largo de la nave, la escalera más próxima estaba al extremo opuesto de la cabina de control. Magrette y el pirata subieron y salieron a la cocina. Allí, Magrette se detuvo. Su cerebro estaba trabajando furiosamente. Si por lo menos pudiera pensar con la suficiente rapidez. ¡Qué lástima que el Encuentro con Piratas no fuera uno de los juegos que había practicado en la escuela especial!

–¿Y bien? –preguntó Fido, que había notado su ligera duda.

–Suponga... –Magrette confió en que sus palabras sonarían correctamente–. Quiero decir... Se me dijo que no lo dijera nunca... Pero si... –a este juego se le llamaba

Engaño y uno se tenía que mantener siempre dos saltos por delante del contrincante–. Si le hablara sobre el verdadero valor del cargamento, ¿dejaría a los otros solos?

–Inténtalo, mi pequeño capitán, pero ya hemos pasado por todos los cubículos. No hay espacio para ningún otro cargamento. Supongo que intentas emplear algún truco, pero si es tan simple, no dará resultado.

–Entonces, ¿no ha oído hablar nunca del millitignum? –preguntó Magrette, cruzando los dedos y confiando en que el nombre le impresionaría.

–¿Millitignum?

–Ni siquiera yo misma sé mucho sobre eso. Sólo sé que se le utiliza en el Viaje del Tiempo.

–No me tomes por tonto. El Viaje del Tiempo es imposible.

–Lo es, sin el millitignum. Es algo muy peligroso... un desliz, y uno se puede encontrar en medio de la semana pasada. únicamente se pueden llevar los paquetes más pequeños. Pero es muy caro. Creo que le oí decir al maestro que costaba un millón de créditos el gramo.

El pirata apretó los labios. Hubiera querido saber qué estaba sucediendo debajo de aquel pelo rubio. Evidentemente, ella estaba jugando para ganar tiempo. ¿Pero qué importaban unos pocos minutos más o menos, cuando era él quien poseía la fuerza? ¿Y qué significaba el riesgo de ser engañado por una niña de seis años, en comparación con un millón de créditos el gramo?

–Está encerrado aquí –dijo Magrette, señalando hacia la cocina, donde brillaban un montón de esferas y conmutadores–. Hay que saber qué números hay que marcar antes de que se abra la puerta. Pero no se los voy a decir a menos que me prometa dejar a los otros en paz.

–Te podría hacer hablar con rapidez –se burló el pirata.

–Claro que podría –replicó Magrette con descaro–. Pero haga antes esa promesa.

–No tengo que prometerte nada.

–Lo hará si quiere usted que le abra esa caja de seguridad.

–Adelante –espetó–. Te lo prometo.

En el centro de la pared de la cocina brillaba un cuadro de plastoacero en el que había tres esferas de marcar. Con dedos seguros, Magrette colocó las esferas en posición adecuada y apretó un botón. En el interior del cilindro, algo zumbó y produjo un seco ruido metálico.

–¡Mire! –exclamó Magrette y se volvió con rostro triunfante hacia el pirata–. Ya está hecho, y nada puede evitarlo.

–¿Qué has hecho?

Magrette se dio cuenta de que el dedo de Fido temblaba peligrosamente sobre el gatillo.

–He destruido esta nave –anunció Magrette simplemente–. Dentro de tres minutos, quedará hecha trizas.

El cilindro siguió zumbando y produciendo un ruido metálico.

–Tienes demasiada imaginación –dijo el pirata, burlonamente.

–No creo que tenga usted la suficiente –replicó Magrette con una voz que, aun cuando ella no la sintió como la de una heroína de novela, trató de que sonara así–. ¿Acaso cree usted que quienes se quedaron en la Vieja Tierra y nos enviaron permitirían que cayéramos en las manos de criaturas como usted? No. Yo tengo mis órdenes. En caso de ser atacados, tenía que poner en marcha esta máquina. Está desprendiendo las juntas de la nave. Ya sabe lo que suceder cuando se rompan... volaremos en pedazos.

Y la máquina siguió zumbando.

–No te creo.

–Tampoco me creyó cuando le dije que las bodegas estaban llenas de bebés –Magrette sabía que su sonrisa debía ser capaz de poner furioso a cualquiera–. Bueno, sólo tiene que esperar otros dos minutos para saberlo.

El cilindro comenzó a chirriar entonces.

–Trucos. Todo eso son trucos. Vosotros, monos, estáis cargados de trucos.

El chirrido se hizo más fuerte y estridente.

–Supongo que estaría usted seguro dentro de su propia nave –dijo Magrette.

–Si esta nave se deshace en trozos, tú morirás, mi pequeña muñeca. ¿Estás tratando de hacerme creer que deseas morir?

–Creo que sería mucho mejor morir que ser vendida como un animal doméstico –dijo Magrette–. Pero, por lo visto, a usted tampoco le importa morir, ¿verdad? No le puede importar puesto que, de lo contrario, ya no estaría aquí.

El cilindro comenzó a vibrar.

–Ya está empezando –susurró Magrette, mirando fijamente el contenedor, que se agitaba–. Contaré hasta sesenta.

Escuchó el sonido de las botas arrastrándose. Cuando levantó la mirada, el intruso se había marchado. Respiró profundamente, con alivio. Había durado todo hasta el último momento. El cilindro se estremeció repentinamente y quedó en silencio. Su tapa se abrió con un silbido y desde sus profundidades surgió un espumeante batido de leche con fresas. Magrette sintió la tentación de bebérselo pero sabia que sólo había ganado una ligera ventaja. En cuanto Fido se diera cuenta de que la nave de transporte permanecía entera, no tardaría en regresar.

Detrás de su propia esclusa de aire, Fido permaneció inmóvil, con los dientes castañeteándole. No había tenido tiempo para desenganchar su propia nave; ¿volaría también en pedazos cuando el transporte se desintegrara? Transcurrieron los segundos. Pasaron los minutos. No sucedió nada. Sin duda alguna, aquella nave tan grande no se había podido fragmentar con tanta rapidez y silencio como para que él no se diera cuenta de nada. Con toda precaución, miró por un visor. La nave de transporte todavía estaba allí.

La exasperación comenzó a superar todas sus aprensiones. ¿Acaso se había retrasado la destrucción? ¿O aquella muñeca estaba burlándose de él? A medida que pasaba el tiempo, fue inclinándose hacia esta última teoría. Sus dientes ya habían dejado de castañetear y empezó a apretarlos con fuerza. Al cabo de un cuarto de hora, cogió su arma tan furiosamente que se produjo una explosión accidental que destrozó una cara instalación de luz sobre su litera. En el fondo de su mente, sabía que era una tontería destruir una valiosa mercancía; pero también sabía que su ciega cólera sólo podía ser aplacada desmembrando en pequeños trozos a aquella criatura rosada, blanca y rubia. Ella podía dar las gracias de que no tuviera tiempo para descuartizarla con lentitud.

Manejó las esclusas de aire con torpeza, temblándole las manos. Cuando penetró en el transporte, el pasillo estaba vacío pero algo se movía en el interior de la cocina. El movimiento se detuvo con un ruido metálico y, del extremo del pasillo, una voz apagada le llamó:

–¿Eres tú, Fido?

De unas cuantas zancadas llegó a la cocina y penetró en su interior con el arma preparada. La habitación estaba vacía, pero del cilindro brillante surgía un recipiente con un líquido rosado, cubierto de una capa de hielo. Detrás de él, Magrette preguntó con dulzura:

–¿O prefieres tomar whisky escocés a la mantequilla?

El pirata pegó un salto y descubrió que, en los pocos segundos que había permanecido de espaldas a la entrada, ésta se había llenado de unas tiras finas, doradas, como si se tratara de una cortina brillante. Trató de abrirse paso a través de ellas, pero no lo consiguió, a pesar de que las tiras eran flexibles y cedían algo.

Desde el otro lado de la barrera, Magrette le dijo:

–Me oculté entre el equipo especial. Esto es una parte de ese equipo. Es un parque de niño para jugar. Es que, ¿sabes?, algunos de nosotros somos muy pequeños.

Fido se lanzó contra el brillante tejido, pero fue rechazado, deslizándose hasta quedar sentado en el suelo. Algo frío, húmedo y pegajoso como un batido de leche fue resbalando por su nuca, hacia abajo.

–No creo que puedas romperlo –rió Magrette–. ¿Sabes? Es para mantener a los niños dentro, y algunos de ellos son muy destructores.

Fido descargó su arma en la dirección de donde procedía la voz.

–Eso está mejor –dijo Magrette–. Un arma ya no es tan peligrosa cuando está descargada.

El pirata comenzó a aullar como un perro a la luna. Cuando se detuvo un momento para respirar, Magrette siguió diciendo:

–Me temo que vas a tener que quedarte ahí hasta que recibamos ayuda. Sin embargo, se trata de la cocina, de modo que, si quieres comer o beber algo, sólo tienes que apretar el botón adecuado.

–Así que estoy donde se halla la comida –jadeó el pirata–. Recuerda que no alcanzaréis la órbita de vuestras Nuevas Colonias hasta dentro de un mes. Para entonces, tendrás mucha hambre. Creo que debemos establecer un trato.

–Ya he pensado en eso –dijo Magrette, mostrándose de acuerdo–. Así es que me he llenado los bolsillos. Además, no será un mes. Llamaremos por radio a las Colonias. Creo que enviarán un interceptor para poder ayudarnos.

–¿Radio? –el pirata casi se olvidó de su incómoda posición para reírse–. ¿Y qué sabe una niña como tú sobre el manejo de una radio?

–Nada –confesó Magrette–. Yo sólo soy el capitán. Pero Duncorn sabe manejar la radio. Era el chico que estaba en la caja situada junto a la mía.

–¡Pero si es más joven que tú! –gritó el pirata.

–Todos nosotros tenemos varias razones especiales para estar aquí –explicó Magrette–. Una de las razones de Duncorn es su conocimiento del manejo de una radio.

La respuesta de Fido fue apagada e inarticulada, de modo que Magrette siguió diciendo:

–Todo se nos explicó en la escuela especial. Aun cuando no lo entendiéramos entonces, se nos dijo que lo entenderíamos con el tiempo. El maestro dijo que cuando se planta un campo se tiene que utilizar la mejor semilla, y que nosotros éramos lo mejor que la Vieja Tierra podía enviar. En cierta ocasión, recuerdo que estaba escuchando en un momento en que se suponía no debía estar haciéndolo, y oí al maestro llamarnos genios. Claro que eso es algo tonto. Yo no me siento ningún genio. En realidad, soy una persona corriente... aunque soy bastante alta para tener seis años.

Cuando Magrette se echó a reír, en sus mejillas se formaron dos hoyuelos. Quizá no era justo que un genio tuviera el aspecto de una muñeca cara, pero la naturaleza no siempre es justa. Dejó a Fido que reflexionara, mientras ella se dirigía a despertar al experto en radio, de cinco años de edad.

Punto De Suministro

(Brian Mooney)


Uno podría pensar que si una forma de vida extraña e inteligente decidiera dar a conocer su presencia, para hacerlo elegiría a alguien importante, como quizás el propio presidente. Pero no fue ésta la forma en que sucedió. El primer hombre en establecer contacto con la vida extraterrestre fue Joe Rudkin, propietario de una sucia casa de comidas situada al borde del desierto.

Conocí a Joe cuando yo trabajaba como vendedor para la Koochy Kandy Bars. Por aquellos días recorría el circuito Yuma–Las Vegas–Phoenix, y a veces me detenía en

la casa de comidas de Joe, cuando sabía que no me encontraría con nada mejor a cierta distancia y viajando con tranquilidad. En cualquier caso, hace unos pocos meses volví a encontrarme con Joe en un bar del centro de la ciudad de Los Angeles, y él me contó esta historia. Estaba bastante borracho, pues de no ser así supongo que no habría contado nada. Uno no va por ahí fanfarroneando de haberse encontrado con monstruos del espacio, porque, en tal caso, la gente ya no te habla más.

La instalación de la casa de comidas de Joe fue un error desde el principio. Joe había oído decir que se iba a construir una nueva autopista que correría paralela a la carretera 66, aunque bastante más al sur, así es que calculó instalar su pequeño negocio al lado de la sucia carretera, al oeste de Castle Hot Springs, y después se sentó a esperar a que el negocio empezara a funcionar. Pero aquella autopista nueva nunca se construyó, y el negocio de Joe se limitó principalmente a dar de comer a vendedores, unos pocos exploradores y algún que otro turista ocasional que abandonaba la autopista principal, prefiriendo las sucias carreteras con el único propósito de ver a toda velocidad el Gran Sudoeste.

Antes de llegar al lugar de Joe no se ve gran cosa de la civilización, y después de pasarlo en cuatrocientos o quinientos kilómetros sólo se ven cactos, hierbas ruinosas y marchitas por el calor. Joe ya se ha marchado, pero el edificio sigue allí, aunque aquello ya no es un lugar de descanso, porque sólo queda un destartalado cuchitril de madera rodeado por una veranda. A uno de los lados hay una gasolinera, monumento solitario de los dudosos beneficios de la sociedad moderna, y algo alejado, queda un pozo bastante profundo, con un cubo atado al extremo de una cuerda muy larga. El techo de la cabaña está rematado por un vistoso anuncio que informa a todo aquel que pase por allí que ése es el lugar de Joe y que es la última oportunidad de conseguir comida y agua en varios cientos de kilómetros.

Cuando Joe residía allí, se le podía ver, la mayor parte de las tardes, sentado en una vieja mecedora ante la sombreada escalinata de entrada, con las manos entrelazadas sobre su panza descubierta y con el sombrero Stetson sobre sus ojos. Detrás de él y a través de una puerta abierta, se podía echar un vistazo a las figuras y sombras de las mesas y las sillas y a diferentes clases de m quinas expendedoras; además, se podía ver el orgullo y la joya de Joe, un largo mostrador rematado con mármol que había sido expresamente traído desde Phoenix. Frente al mostrador, y alineados como si fueran soldados, había varios taburetes giratorios. Desgraciadamente, los alimentos que permanecían guardados en el gran frigorífico o expuestos sobre el mostrador, no tenían la misma calidad que el mobiliario. Muchos de los vendedores itinerantes que pasaban por allí decían que las hamburguesas eran serrín humedecido y que los perros calientes estaban compuestos principalmente de cuerdas. Detrás del mostrador había tres puertas, una que conducía a la cocina y a las salas de estar y las otras dos las habitaciones. En estas habitaciones era donde dormitaban más de una tarde dos holgazanas femeninas, la madre y la esposa de Joe. Aquellas mujeres eran verdaderos monstruos y habían hecho que Joe llevara una vida de perro.

Joe es un hombre corpulento, y cuando vivía en la casa de comidas necesitaba siempre un buen afeitado, un baño y un cambio de ropa interior. No sé por qué, pero esto parece ser típico de la desgarbada cofradía de los que dedican su tiempo a servir la comida a los viajeros descarriados.

En cualquier caso, volvamos al encuentro de Joe con el ser extraño. Como ya se ha dicho, Joe se pasaba la mayor parte de las horas de la siesta en el porche, balanceándose bajo un calor que podría haber causado ampollas a un escorpión. Joe no siempre dormía por las tardes. A veces se limitaba a sentarse y a reflexionar sobre las injusticias de la vida. Eso era precisamente lo que estaba haciendo el día en cuestión. Habiéndose enfrentado con éxito a una complicada masa informe de filosofía casera, Joe carraspeó y se dispuso a escupir. Llevó la mecedora hacia atrás, elevándose al mismo tiempo la punta del sombrero y apartándola de sus ojos. Su intento quedó malogrado por completo, pues cuando ya estaba colocando los labios en posición adecuada vio cómo aterrizaba aquel objeto volante no identificado.

Aquel objeto volador era muy silencioso. Sí, silencioso y pequeño. De hecho, no era mucho más grande que un sedán familiar y tenía una forma parecida a un huevo. Cuando Joe lo distinguió por primera vez, se encontraba a unos diez metros de altura y estaba descendiendo con la suavidad de un insecto de mayo. Su casco no tenía señales visibles y centelleaba a la luz del sol. Lentamente, mientras Joe seguía su trayectoria con los ojos enrojecidos, la nave se fue acercando más y más al suelo, hasta que por fin se posó en él, elevando una pequeña nubecilla de polvo amarillento.

–¡Esto sí que es el colmo! –exclamó Joe, con admiración–. ¿Qué se habrán inventado ahora esos tipos de Washington?

Siguió sentado allí, esperando, con expectación. Pero no sucedió nada y, al cabo de unos minutos, Joe levantó de mala gana su enorme armazón de la mecedora y salió a la luz del sol. Volvió a sentir la necesidad de escupir y un pobre escarabajo, que acertó a cruzarse ante él, le sirvió de escupidera. Al principio, Joe permaneció a varios metros de distancia de la nave, con las manos en las caderas, aguardando, como si abrigara la esperanza de que aquel objeto pudiera hablarle. Después, se colocó los dos dedos pulgares en el cinturón –como había visto hacer a John Wayne en una película– y fue rodeando lentamente el brillante objeto ovoide. Su superficie exterior era suave; no se veía ni una junta, ni un remache, ni una entrada, ni siquiera una ventanilla.

Después de haberle dado la vuelta por dos veces, Joe empezó a sentirse aburrido y lanzó un gruñido. Después, expectoró una vez más y finalmente regresó a la mecedora del porche y se sentó en ella, dispuesto a esperar.

Cuando ya empezaba a adormilarse otra vez, se produjo algo nuevo en forma de un zumbido bajo. De uno de los lados de la nave se deslizó una puerta, abriéndose. Era una puerta muy pequeña. Joe se inclinó hacia adelante, ansioso ante el siguiente acto del espect culo. El zumbido se detuvo y fue sustituido por un silbido muy agudo. Por la abertura surgió una plataforma larga y estrecha que acabó por posarse sobre la arena del desierto.

–¡Demonios! –murmuró Joe–. La Fuerza Aérea tiene que haber estado reclutando pigmeos.

Su interés se renovó inmediatamente. Sin embargo, los ocupantes de la nave iban a demostrar ser mucho más interesantes que cualquier pigmeo que hubiera podido haber por allí. No les extrañe que, cuando aparecieron en la puerta de su nave y comenzaron a deslizarse plataforma abajo, Joe quedara asombrado, con la boca abierta. Parpadeó, se restregó los ojos con las manos y volvió a mirar por segunda vez. No, no le sucedía nada malo a su vista.

Los dos seres extraños eran pequeños y gordos, pero en eso terminaba toda la semejanza entre ellos. El primero –el que Joe supuso que sería el jefe–, era, en tamaño y apariencia, como una especie de cabeza de estropajo animada. Aquella cosa no tenía ni principio ni final. Era como una bola blancogrisácea y multitentacular. Su compañero no podía ser calificado en realidad como una entidad viviente, pues no parecía ser más que una esfera metálica de color azulado.

La extraña pareja llegó al final de la plataforma y comenzó a avanzar hacia el porche sin emplear para ello ningún medio visible de locomoción. Alcanzaron las escaleras, se articularon hacia arriba, subiéndolas, y después se quedaron allí, desproporcionadamente bajos, observando a Joe con solemnidad.

No es precisamente lo más fácil del mundo mirar algo que no tiene rasgos aparentes, pero aún resulta mucho más difícil mirar dos cosas así. Joe estaba empezando a sufrir cuando el cabeza de estropajo dijo con claridad.

–Buenos días tenga usted, señor.

Los ojos de Joe se abrieron un poco más, tragó saliva, recordó entonces su buena educación y balbució:

–Eh... ¡diablos!... Pero... ¡si habla norteamericano!

–Sí, con la misma facilidad con que hablo inglés –contestó con seriedad el cabeza de estropajo–, y también alemán, hindi y serviocroata. Pero eso no son más que cosas sin importancia. ¿Tengo razón al suponer que este establecimiento es alguna especie de... ¡oh!... punto de suministro? ¿Un lugar que proporciona provisiones a los viajeros errantes?

Joe se dio cuenta de que poca gente en los Estados Uni–dos hablaba de aquella forma, pero logró comprender el significado de las palabras pronunciadas por el ser extraño.

–¡Vaya, vaya! Sí, agua y la mejor comida de los alrededores.

–Queremos hacer una compra bastante grande –dijo la criatura–. ¿Podrá usted suministrarnos... por ejemplo, cien o ciento cincuenta kilos de alimentos?

Joe se rascó la barbilla, que mostraba una barba de tres días.

–¡Claro! Allá dentro, en el comedor, tengo un refrigerador completamente lleno. Pero si tiene que hacer un pedido tan grande como ése, ¿por qué no va a un pueblo grande, o incluso a una ciudad? De ese modo, podría tener más variedad de alimentos.

–Las reglas –contestó suspirando el visitante tentacular–. Ordenes y reglas. Instrucciones que gobiernan la disciplina de las Patrullas Exploradoras de la Federación, sección 461, párrafo 6, subpárrafo (d), y cito: Se darán los pasos necesarios para evitar todo contacto con grupos tribales de seres extraños primitivos.

–¡Diablos! –exclamó Joe–. ¡Pero si está haciendo contacto conmigo!, ¿no?

–¡Ah, sí! pero el subpárrafo (e) permite el contacto con unidades individuales en casos de emergencia. Los grandes grupos de entidades muestran tendencia a chismorrear, a especular y, lo que es peor, a investigar.

El ser extraño se detuvo, a la espera de que su interlocutor comprendiera sus palabras.

–Yo tengo tendencia al chismorreo –señaló Joe con honradez.

–Cierto, señor –admitió el cabeza de estropajo–. Pero si usted habla sobre nosotros, sus congéneres estarán seguros de que la soledad y el calor se han combinado para alterar su cerebro.

–Sí, supongo que tiene razón en eso –concedió el grueso Joe–. Bueno, entre y coja lo que quiera.

Lanzando un gruñido mientras apartaba la mecedora, Joe atravesó la puerta arrastrando los pies, con los seres extraños pegados a sus talones. Empezó a colocar algunos alimentos sobre el mostrador para que sus clientes pudieran apreciar su mercancía. Entonces, de repente, se le ocurrió algo.

–¡Eh! ¿Cómo van ustedes a pagarme? Supongo que no utilizarán dólares norteamericanos, como solemos hacer por aquí.

El cabeza de estropajo no dio una contestación inmediata. Se limitó a encogerse sobre sí mismo durante un breve instante, y después comenzó a extender uno de sus brazos hasta que el tentáculo quedó a la altura del mostrador. Una pesada piedra sonó, al ser depositada sobre el mármol. Joe la observó con atención, interesado. Era una especie de gema; de cada una de sus caras centelleaba la luz y parecía tener un brillo azulado en lo más profundo de su núcleo.

–Es un diamante –le dijo el ser extraño–. Vale aproximadamente cien mil dólares de su moneda. Para no despertar las sospechas de sus congéneres, hasta le puedo proporcionar un certificado incuestionable de propiedad y autenticidad.

El hombre corpulento se quedó mirando la joya fijamente, con cierta sospecha, reflexionando detenidamente sobre la cuestión. Después, recogió el diamante o lo que fuera y se dirigió hacia una máquina de música automática que había en un rincón. Entonces restregó con firmeza la piedra sobre el cristal de la máquina. Y el cristal se partió con nitidez en dos trozos. Sí, aquello parecía ser un diamante, pensó Joe. Después, se volvió hacia los visitantes.

–Lo había leído alguna vez en algún libro –explicó–. Decía que el diamante es más duro que cualquier otra cosa. Bueno, supongo que está bien. Usted me ha ofrecido algo. Ahora puede ver lo que yo tengo para ofrecerle. Solo tiene que decirme lo que desea que le envuelva.

–No es así de simple –le dijo a Joe la diminuta cabeza de estropajo–. Antes, cada uno de los alimentos tiene que ser sometido a análisis. Son las reglas, ya comprenderá. Instrucciones que gobiernan la disciplina de las Patrullas Exploradoras de la Federación 3, sección 842, párrafo 3, y cito: En la remota circunstancia de que los miembros de la tripulación se vean en la necesidad de consumir alimentos extraños, se llevar a cabo un completo análisis químico de dichos alimentos, .para asegurarse de que no contengan sustancias nocivas.

–Está bien, mi pequeño amigo –dijo Joe, mostrándose de acuerdo, aunque no de muy buena gana–. Adelante... analice todo lo que quiera.

–Todas esas tareas secundarias son delegadas a mi robot, aquí presente –confió el ser extraño.

La esfera de metal emitió un tranquilo sonido –clic–jrrrr–clic– y comenzó a moverse de un lado a otro, lanzando continuos sonidos agudos, como si se sintiera muy contento consigo mismo.

Joe lo observó, lleno de interés.

Para empezar, aquella cosa gravitó hacia el extremo más alejado del mostrador, donde Joe había colocado muestras de diversas bebidas. La primera de la fila era una lata abierta de cerveza. De las entrañas del robot surgió un diminuto tubo capilar que se extendió hacia arriba –como había hecho el elastópodo de su dueño– y terminó por introducirse sin error alguno en el interior de la lata de cerveza.

De repente, la pequeña máquina se retiró hacia atrás, dándoles la espalda –o lo que Joe imaginó sería la espalda– y tembló con violencia. Comenzó a brillar entonces con una parpadeante luz roja y una voz de bajo, incongruente en un ser tan pequeño, empezó a espetar:

–¡Tóxico y cáustico! ¡Tóxico y cáustico! ¡Perjudicial para el sistema nervioso central! Veredicto... inadecuado para que lo consuma Gnaar.

El robot se estremeció coléricamente durante unos breves instantes y después se dirigió hacia la botella de la inevitable Coca.

–¿Guh–nahr? –preguntó Joe, bajando la mirada hacia la cabeza de estropajo.

–Somos nosotros –replicó el ser extraño–. G–n–a–a–r, Gnaar. Mi raza. Por el momento estamos en el sector de patrulla y en servicio de observación.

–Ya entiendo –musitó Joe–. Supongo que vosotros habréis venido desde muy lejos. Y eso quiere decir que sois gente inteligente. Entonces, ¿cómo es que venís aquí para aprovisionaros?

–Emergencia –le dijo el Gnaar–. Un meteorito chocó contra la nave nodriza, allá arriba, sobre su atmósfera, y estropeó nuestra unidad de refrigeración. ¡Quedaron arruinados todos aquellos suculentos filetes de gom, suficientes para alimentarnos hasta que llegáramos a casa!

–Pero, bueno, señor Gnaar, ¿y no habría sido mejor detenerse en algún rancho de ganado, o algo parecido, y haberse llenado la despensa hasta los topes?

El pequeño explorador del espacio volvió a suspirar suavemente.

–Las reglas. Estamos sujetos a ellas. Instrucciones que gobiernan la disciplina de las Patrullas Exploradoras de la Federación, sección 39, párrafo 12, subpárrafo (a), y cito: Se entregará una compensación adecuada por todos los materiales requisados. Las requisas sólo se harán con el permiso de la persona o personas propietarias de los materiales..

Joe empleó entonces el tuteo, de un modo simpático.

–Por lo que se ve, vosotros tenéis más reglas que el cuerpo de la Marina de los Estados Unidos, ¿no? ¿Oye, qué le pasa a ése?

Ese –el robot–, ya había pasado la Coca y una botella de leche achocolatada con una expresión de disgusto, y después había atacado el café. Ahora, estaba girando como un loco, zumbando mientras trazaba cerrados círculos, con su luz roja parpadeando y su voz resonando salvajemente:

–¡Se recomienda confiscación legal! ¡Valor nutritivo negativo!

El robot recuperó su compostura con la misma rapidez con que se había puesto histérico y entonces se sirvió un pequeño trozo de hamburguesa, que dirigió hacia sus fauces.

–Seguramente está un poco fuera de sí, ¿verdad? –observó el hombre grueso.

–Nuestros robots están programados para ser supereficaces –contestó el Gnaar–. Y como su eficacia nos ahorra muchos desastres, tienen tendencia a ser un poco nerviosos a veces.

Los dos observaron al robot, que arrojó con violencia el trocito de hamburguesa y seleccionó un embutido de aspecto horrible. Joe tuvo un momentáneo acceso de pesar por poner tantos ingredientes ilegales y poco nutritivos en sus alimentos. Después de todo, se dijo, por una piedra que vale cien mil pavos supongo que el cliente se merece un trato honrado.

Al cabo de unos momentos de silencio y con una mirada ensoñadora en sus redondeados ojos, dijo:

–Supongo que si yo estuviera en vuestro lugar, al encontrarme con un planeta con un poder menor al mío, lo invadiría y lo conquistaría y después me lo pasaría bomba. Pero también supongo que estaréis sujetos a alguna clase de estúpida regla sobre eso, ¿verdad?

–¡Claro que la tenemos! –confirmó el ser extraño, pareciendo sentirse conmocionado–. Instrucciones que gobiernan la disciplina de las Patrullas Exploradoras de la Federación, sección 1, párrafo 1, y cito: Cualquier acto de agresión cometido deliberadamente contra una especie indígena sobre un mundo en observación, será castigada sumariamente por desintegración molecular. Pero no se preocupe, porque esa regla en particular no es realmente necesaria. Nosotros, los exploradores, somos reclutados de entre razas extremadamente pacíficas –y a continuación, con un acento de disgusto, añadió––: ¡Y creo que su raza tendría mucha suerte si consiguiera calificarse durante el próximo milenio!

Cuando el Gnaar terminó de hablar, se oyó un crujido final de frustración, procedente del robot. Había rechazado las hamburguesas, el embutido, los francforter, la ensalada de col, las patatas fritas y las bananas partidas. Irradiando indignación, se dirigió pesadamente hacia donde estaban Joe y el Gnaar.

–¡No hay nada adecuado! ¡Nada! –dijo, en tono quejumbroso.

–Bueno, me parece que eso es algo muy malo –dijo Joe, suspirando. Recogió entonces el diamante, lo miró con expresión de pesar, y se lo tendió al Gnaar, devolviéndoselo– Créame que lo siento mucho, señor Gnaar.

El pequeño ser extraño se volvió, muy abatido, dispuesto a marcharse. Y cuando lo hizo...

–¡Por Satanás! ¡Qué diablos! –gritó Joe, lleno de angustia, dando saltos de un lado a otro a la pata coja.

Sin advertírselo a nadie, el robot había introducido profundamente una c nula de exploración en el muslo de Joe.

–¡Clic–jrrrr–clic!

El modelo de luces decorativas del robot se puso una vez más en marcha, sólo que en esta ocasión se encendió un bonito color verde. Felizmente triunfante, el robot gritó:

–¡Alimento adecuado! ¡Alimento adecuado! ¡Composición general parecida a la del gom! ¡Recomiendo inmediata destrucción humana! ¡Clic–jrrrrr–clic!

El Gnaar se volvió y se quedó muy quieto mirando a Joe.

El hombre grueso tardó varios segundos en comprender la idea, pero cuando lo hizo palideció y empezó a temblar.

–¡Eh, no! ¡Espere un momento!...

–Créame que lo siento mucho –le dijo el Gnaar–, pero si el robot dice que usted...

–¿Y qué me dice de esas estrictas reglas suyas? –gritó Joe–. ¿Qué me dice de esa prohibición de agresión?

Resulta difícil imaginarse una cabeza de estropajo con aspecto de avergonzado, pero el Gnaar se las arregló para dar esa impresión.

–Bueno, ver ... es que hay un subpárrafo –dijo, como pidiendo disculpas–, y cito: Si la supervivencia de una tripulación de exploradores dependiera de una acción perjudicial para una especie indígena, entonces se llevará a cabo dicha acción. Créame que lo siento mucho.

Desde el interior del robot surgió una brillante aguja hipodérmica, con una diminuta gota de brillante líquido en su punta. Y la punta fue dirigida con seguridad hacia Joe.

En aquel instante, la tensión quedó repentinamente conmocionada por un agudo grito procedente de una de las habitaciones.

–¡Joe Rudkin! ¡Deja ahora mismo de seguir parloteando con esos extraños y prepárame un café! Ahora mismo, Joe Rudkin, ¡o me vas a oír!

Desde la otra habitación surgió otro grito, que acudió en ayuda del primero, aunque éste último era de mayor edad.

–¡Y a mí también, Joe! ¡Y a mí! ¡O sabrás lo dura que es mi mano, bribón, gandul!

El Gnaar y el robot parecieron haber sido atrapados por sorpresa y dudaron un momento. Joe frunció el ceño, mirando hacia las habitaciones; volvió la mirada hacia el Gnaar y después volvió a mirar hacia las habitaciones –en esta ocasión con una expresión de mayor reflexión–, y entonces apareció un astuto brillo en sus ojos.

–¡Eh, espera un momento, pequeñín! –le dijo al robot y a continuación, dirigiéndose a Gnaar, añadió–: ¿Tiene todavía ese diamante, señor Gnaar? Porque si lo tiene, me parece que después de todo podremos llegar a un acuerdo...

A primera hora de la mañana siguiente, Joe se encontraba en su lugar habitual, sobre el porche, meciéndose suavemente y observando una nube de polvo que se aproximaba desde el este. La nube se fue acercando cada vez más y, al final, un enorme Cadillac se detuvo frente a la casa de comidas. Del vehículo salió un hombre de aspecto sólido –todo en él describía al típico vendedor–, que salía

–¡Hola!


–¡Hola! –replicó Joe–. ¿Quiere combustible?

–No, gracias –dijo el extraño–, siempre llevo bidones de repuesto, pero sí me gustaría recoger un par de bidones de agua y algunos bocadillos, un poco de café recién hecho, para mi termo, y quizás una o dos tazas para tomar ahora.

–Claro. Pase al interior –le invitó Joe–. ¿Va muy lejos?

–A Santa Bárbara –le contestó el hombre–. Allí me espera un buen negocio.

Mientras Joe preparaba el pedido de comida, el viajero bebió el café y curioseó un poco. Después, Joe se dirigió al pozo y sacó agua para llenar los bidones del extraño.

–Muchas gracias –dijo el propietario del Cadillac una vez todo estuvo completado–. ¿Cuánto le debo?

–¡Oh! Digamos que... veinticinco pavos.

–¡Veinticinco dólares! –gritó el extraño–. ¡Veinticinco dólares por un par de bidones de agua y un poco de café y unos bocadillos! ¡El desierto le habrá vuelto loco!

Con impasividad completa, Joe señaló con su pulgar hacia el cartel colocado sobre el techo del edificio.

–Señor, va usted en dirección a Santa Bárbara y no hay forma de que pueda enlazar con la carretera principal, a menos que se aparte por completo de su camino. Entre este lugar y Santa B rbara tiene que atravesar los desiertos del Colorado y del Mohave. Es un viaje muy largo, y no podrá hacerlo sin agua para su automóvil. Sé muy bien que hoy va a ser un día muy caluroso... quizás hasta más caluroso que ayer...

Profundamente disgustado, el hombre fornido arrojó hacia Joe un billete de diez dólares y tres de cinco.

–Ya conozco a los de su clase –se quejó–. ¡Venderían a su propia esposa y madre por un dólar!

Joe carraspeó abundantemente y escupió; después, sonrió burlonamente, con presunción, y le dijo al extraño:

–No por un pavo, señor. No por un piojoso dólar...




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