Thomas Mann La montaña mágica



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Thomas Mann La montaña mágica

Thomas Mann

La montaña mágica

Traducción de Mario Verdaguer
Con la colaboración de David Castelló

Los derechos de edición sobre la obra


pertenecen a Edhasa, y en consecuencia
ésta no podrá ser reproducida, ni total ni
parcialmente, sin el previo permiso
escrito del editor. Todos los derechos reservados.

Título original: Der Zauberberg



© S. Fischer Verlag A.-G. Berlín, 1924
© por la traducción, Mario Verdaguer
© Edhasa, 2002 Avda. Diagonal, 519-521. 8029 Barcelona

Diseño de la cubierta: Opal

Primera edición: junio de 2002

Depósito legal: B. 22.540-2002

ISBN: 84-95971-23-2

Impreso en: Litografía Roses, S. A.

Encuadernado por: Litografía Roses, S. A.

Printed in Spain - Impreso en España

El derecho a utilizar la marca Quinteto corresponde a las editoriales ANAGRAMA, EDHASA, GRUP 62, SALAMANDRA y TUSQUETS.

ÍNDICE



Biografía 4

PALABRAS PRELIMINARES DEL TRADUCTOR 5

PROPÓSITO 7

Capítulo Primero 8

LA LLEGADA 8

Capítulo II 18

SOBRE LA PILA BAUTISMAL Y LOS DOS ASPECTOS DEL ABUELO 18

Capítulo III 28

ENSOMBRECIMIENTO PUDIBUNDO 28

Capítulo IV 59

UNA COMPRA NECESARIA 59

Capítulo V 109

SOPA ETERNA Y CLARIDAD REPENTINA 109

Capítulo VI 204

CAMBIOS 204

Capítulo VII 313



PASEO POR LA ARENA 313


Biografía


Thomas Mann (Lübeck 1875-Zurich 1955). Interesado por el ser humano, realizó retratos de gran pofundidad psicológica en los que resalta el conflicto entre la inteligencia (el arte) y la vida. Intelectual de gran prestigio, recibió en 1929 el Premio Nobel de Literatura por su imponente trayectoria.

PALABRAS PRELIMINARES DEL TRADUCTOR


En el año 1911 el genial escritor alemán Thomas Mann, acompañando a su esposa, que se hallaba enferma, se estableció en un sanatorio de Davos, Suiza.

En contacto con los enfermos que acuden de todas las naciones en busca de salud a aquellos famosos sanatorios; ante el espectáculo grandioso de aquella naturaleza montañosa y salvaje, amplia como el Tiempo, Thomas Mann concibió la primera idea de lo que más tarde sería una obra literaria genial, a la altura de las grandes creaciones de todas las literaturas: «Der Zauberberg» («La Montaña Mágica»).

La gestación de este gran libro, copiosísimo en ideas y lecturas, fue lenta. El autor comenzó a escribirlo en 1911 y terminó en 1923. Empleó doce años tenaces de trabajo y meditación en esta obra monumental, representativa de todo nuestro tiempo.

La idea primitiva del escritor alemán, galardonado con el premio Nobel, fue la de escribir una réplica a «La Muerte en Venecia», hacer una obra cuyo tema fuese la seducción de la Muerte y la Enfermedad; pero esa originaria concepción fue ampliándose durante los doce años de trabajo, las meditaciones del escritor fueron extendiéndose por el mundo contemporáneo, y los problemas que la Gran Guerra hizo virulentos y palpitantes se condensaron en torno a la idea inicial.

La obra fue adquiriendo las proporciones de un enorme aerolito macizo, de fuego y piedra, de idea y amor, sometido en su órbita a las fuerzas que rigen la gravitación de la tenebrosa época actual. El genio alemán, después de Goethe, no ha llegado a producir nada semejante en profundidad y magnitud. Pero la gran virtud de «Der Zauberberg» está más bien en su alcance internacional, en su visión amplia por encima de las fronteras, en ser no una novela de una determinada nación o raza, sino la novela del mundo, de ese mundo contemporáneo, turbio y grandioso, hasta cuyo corazón lleno de misterios, hasta cuya masa interior resquebrajada, que parece anunciar un gran cataclismo cósmico, ningún hombre ha podido hundir su mirada ni penetrar su secreto.

Patrimonio de los genios es hundir la antorcha luminosa del pensamiento en el misterio tenebroso del porvenir y aportar algo de luz a su impenetrable sombra. Tal es la virtud capital de esta novela de Thomas Mann, cuyas bellezas de forma, pensamiento e imágenes constituirían, por sí sólas, una obra literaria magnífica.

Hay en «La Montaña Mágica» una original y virulenta declaración de amor, que se ha hecho famosa por su enorme fuerza fisiológica, dirigida por el protagonista del libro a un tipo magnífico de mujer que simboliza tal vez la belleza inmortal de la materia orgánica. Esa mujer contesta a dicha declaración con unas palabras concisas: «Sabes solicitar profundamente, a la alemana.» Estas palabras condensan sin duda el espíritu que preside toda «La Montaña Mágica». Thomas Mann solicita profundamente a los lectores, a la alemana, envolviéndolos lentamente en el sortilegio mágico de sus palabras y sentimientos, y lo que al principio del libro puede turbar y desconcertar al lector, especialmente si éste posee la vivacidad e imaginación de un latino, como Settembrini, ese personaje maravilloso de «Der Zauberberg», símbolo de la latinidad, acaba por ser el principal atractivo, la fuerza oculta más grande que posee «La Montaña Mágica», y esa manera profunda de solicitar «a la alemana» acaba por arrebatarnos y sumirnos en el mundo hechizado y preñado de porvenir que Thomas Mann ha sabido crear en esta obra maestra.

De las copiosas ediciones que de esta obra se han hecho en Alemania hemos elegido para la traducción española la edición de texto definitivo publicada por el editor Fischer, de Berlín. A este texto nos hemos atenido con toda rigurosidad, procurando conservar en la lengua española el estilo austero y copioso del gran escritor. «Der Zauberberg» contiene un capítulo escrito casi totalmente en lengua francesa y, dispersas por el libro, numerosas frases en italiano, lo que acaba de dar a la obra un sentido material de internacionalidad.

Al incorporar a la literatura castellana obra tan magna, hemos sentido el peso de nuestra responsabilidad y ello nos ha obligado a concentrar todos nuestros esfuerzos en ceñirnos rigurosamente al original, evitando, en lo posible, en las grandes dificultades de léxico y de diferente espíritu idiomático, la paráfrasis y los rodeos para buscar la equivalencia. Constituiría para nosotros una gran satisfacción el haberlo conseguido, pues esto sería el mejor tributo de admiración que podríamos rendir al admirable escritor alemán que, gracias al benemérito esfuerzo de un editor español, ha sido incorporado por primera vez a la lengua castellana.

Mario Verdaguer


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