Teoría y técnica del cuento



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7.2.1. El «yo» enmarcador del «él»
Tomemos el caso de un cuento «en tercera persona». El pronombre (él, ella, ellos, ellas, ello) se refiere a los personajes. Si el narrador hablara diría «yo». Pues bien: a veces el narrador que cuenta desde fuera decide intervenir desembozadamente en su cuento y entonces sí dice «yo». Estábamos convencidos de que el relato era objetivo y de pronto se aparece un «yo» que amaga con subjetivarlo todo. Sin embargo, la presencia de este «yo» no significa necesariamente que el punto de vista que domina en el cuento es el del narrador-protagonista o el del narrador-testigo (5.7.).

El narrador comenta en primera persona («yo» te informaré, lector, sobre las circunstancias del asesinato de Raúl...»), pero cuenta en tercera («Raúl estaba de vacaciones cuando lo asesinaron»). ¿Cómo clasificar esta complicación? Depende de la frecuencia de tal procedimiento dentro del cuento y también de la importancia que el escritor le dé. El «yo» puede ser una intrusión momentánea y hay que saber medir sus grados, desde la ostentosa hasta la sutil.



Una rutina folklórica ha sido, y es, enmarcar el cuento contado en tercera persona con fórmulas en primera persona. Fórmulas de apertura: «¿Quieres que te cuente un cuento de...?» Fórmulas de clausura: «Por un caminito me fui...» Estas fórmulas reaparecen mucho más elaboradas en el cuento literario. Responden a la intención de dar a un cuento pretérito un marco presente. La función del marco consiste en juntar el mundo interior, artísticamente representado en el cuento, con el mundo externo, real, cotidiano, donde alguien está contando algo a alguien. Así, en un cuento que transcurre en remotos lugares y tiempos, vemos que al final aparece el «yo» del narrador o, al revés, un «yo» que apareció al principio prometiéndonos hablar de sí luego se desvanece como fantasma y nos deja frente a una acción donde ya no hay más persona que «él». Es un «yo» enmarcador, ajeno a la narración (5.7.).
7.2.2. Muchos «yo» enhebrados por «él»
Raro, y por eso notable, es el cuento que con el pronombre de la tercera persona presenta una serie de relatos en primera persona; relatos unidos todos por un hilo de un mismo asunto. En un sitio —una taberna, un vagón ferroviario, un pic-nic— se ha reunido un grupo de individuos. El narrador los describe en tercera persona y también cuenta algo que ha ocurrido, algo que provoca una conversación entre los individuos reunidos. Cada persona trae a colación incidentes semejantes o correlativos. El método del narrador, al sintetizar las opiniones individuales, acentúa la universalidad del incidente y produce un efecto total más intenso que la simple yuxtaposición de los relatos. (No confundir con la estructura de cuentos combinados en un armazón común, a la manera del Decamerón de Boccaccio, pues en éste cada persona cuenta una historia independiente; véase 11. 5.1.).

7.2.3. El «yo» transpuesto
Un narrador omnisciente, en «El hombre muerto» de Horacio Quiroga, había descrito el asombro ante la muerte inesperada de un hombre que ha resbalado, en la caída se ha clavado un machete y está agonizando. El narrador mira al protagonista y éste a veces se mira a sí mismo, como desde fuera de su propio cuerpo; al final, el narrador lo mira desde los ojos de un caballo. Este cuento es de 1920. En 1933 Quiroga escribió «Las moscas: réplica a "El hombre muerto"». La situación es semejante —un hombre que se accidenta y agoniza— pero si antes describió en tercera persona un asombro ahora el narrador-protagonista describe su propio delirio. El moribundo habla en primera persona. Está con la columna vertebral rota y de pronto se ve a sí mismo: «... el hombre allí sentado...»; «Desde aquí o allá, sea cual fuere el punto de observación, cualquiera puede contemplar con perfecta nitidez al hombre cuya vida está a punto de detenerse». En el delirio el «yo» del narrador-protagonista se convierte en el «yo» de una mosca: «No me siento ya un punto fijo en la tierra... Libre del espacio y el tiempo puedo ir aquí, allá, a este árbol, a aquella liana... Puedo ver, lejanísimo ya como un recuerdo de remoto existir, puedo todavía ver, al pie de un tronco, un muñeco de ojos sin parpadeo, un espantapájaros de mirar vidrioso y piernas rígidas»; «y vuelo, y me poso con mis compañeras sobre el tronco caído, a los rayos del sol que prestan su fuego a nuestra obra de renovación vital». El narrador-protagonista se ha transformado en mosca, como el de «Axolotl», de Julio Cortázar, se transformará en el monstruo al que está contemplando. Rara es la transposición del «yo» de «Kincón», de Miguel Briante. El narrador, como si despertara de un sueño, se siente nacer; siente que recién nacido, alguien va poniendo en su boca las palabras necesarias para que cuente —en primera persona— la vida de Kincón; un yo mediúmnico se transpone a un yo protagónico.

7.2.4. Yuxtaposición de Muchos «yo»
El narrador se ha ocultado tan bien que el lector tiene la impresión de que el cuento se hace solo, por la mera yuxtaposición de monólogos de diferentes personajes.

Julio Cortázar, en «La señorita Cora», procede así. En una clínica operan al adolescente Pablo: la operación se complica, se sugiere que Pablo no sobrevivirá. En el cuento alternan los monólogos de Pablo, la mamá, los médicos, la enfermera Cora. Estos monólogos parecen a veces entrar unos en otros porque suelen faltar los signos de puntuación. Bastaría reponerlos para restablecer exactamente las junturas entre el monólogo que termina y el que comienza. Hay un solo caso en que dos monólogos están unidos por la conjunción «y», pero si a ésta le ponemos puntos suspensivos queda restablecida la yuxtaposición: «Al rato vino mamá [habla Pablo] y [...] que alegría verlo tan bien [habla la mamá].» Varios «yo» pueden extenderse en cadena y también injertarse unos en otros como en «Una tropilla de ruanos» de Héctor Eandi: el «yo» de un narrador presenta a un viejo amigo quien, en primera persona, cuenta su encuentro con un viejo quien, a su vez, también en primera persona cuenta su vida.



7.2.5. Visión Estereoscópica
Dos posibilidades: o los personajes ven diferentes hechos o ven el mismo hecho. En este último caso, como el episodio está contado por múltiples narradores y no sabemos en cuál de ellos confiar, se obtiene un efecto de visión estereoscópica. El episodio es una suma, una totalidad.

Otro par de posibilidades. Un narrador, desde fuera de la acción, cuenta en tercera persona. Ese narrador, si quiere conseguir un efecto estereoscópico, puede hacer dos cosas: a) cede la palabra a varios personajes para que cada uno de ellos, en primera persona, cuente a su modo lo que vio; o b) adopta la perspectiva de varios personajes, uno tras otro, y así, con una omnisciencia restringida, cuenta lo que ellos saben pero lo hace con el pronombre de tercera persona (8.6.). El narrador es omnisciente, no porque planee por encima de sus personajes, sino por acumulación de informaciones suministradas desde las perspectivas de personajes que asisten al mismo espectáculo. En verdad, más que el atributo divino de omnisciencia, el narrador tiene el de la ubicuidad. Ejemplo: «La linterna» de Estela Canto.

El término «visión estereoscópica» es una metáfora. Si en vez de una metáfora óptica eligiéramos otra acústica podríamos hablar de cuentos con efectos «estereofónicos» o «corales» cuando un hecho está contado por varias personas pero no en secciones sucesivas sino dentro de la misma unidad. Los testigos de Hellen Ferro reúne varios relatos sobre un poeta que se acaba de suicidar: son de personas que lo conocieron pero no coinciden en sus juicios.

7.2.6. La Misma acción con pronombres diferentes
El protagonista cuenta en primera persona pero alguien recoge su narración y la continúa con el pronombre de tercera. A veces el protagonista vuelve a retomar la narración, lo cual supone un nuevo cambio de punto de vista.

En un cuento de Julio Cortázar el «yo» y el «él» corresponden al mismo personaje: «Las babas del Diablo.» El narrador, Michel, sintió que se había convertido en una máquina fotográfica, que la fotografía que tomó adquirió sustancia y dentro de ella los personajes fotografiados vivían y se movían y que, del lado de acá de la realidad, él, el fotógrafo que estaba mirando la fotografía, era irreal. Después de esa experiencia enloquecedora Michel se dispone a contar lo que sucedió. Busca el punto de vista más adecuado: «Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus nuestros vuestros sus rostros.» El narrador opta por alternar dos pronombres: el «yo» y el «él» se refieren a sí mismo.

Abelardo Castillo, en su colección Los mundos reales, también usa estratagemas semejantes. Por ejemplo, en «Erika de los pájaros» no se sabe quién es quién, quién cuenta, de quién se cuenta. En la fiebre, «yo», «tú», «él» salen de la misma boca, se refieren a la misma persona. En «Hernán» el narrador parece testigo puesto que con el pronombre de primera persona se refiere a un tal Hernán. A veces este narrador interpela a Hernán: «vos, Hernán...». Al final resulta que el narrador es Hernán:
Oí que alguien pronunciaba mi nombre:

—Hernán.


—Qué quieren —pregunté.
El narrador, que parecía testigo de una infamia, resulta ser el infame protagonista.

Más frecuente es el caso de un «yo» que comienza a contar y luego otro «yo» prolonga su relato: el pronombre es el mismo pero suena en bocas distintas. El cuento donde la misma boca pronuncia dos clases de «yo», según la época a que se refiera, será analizado en el próximo inciso.


7.2.7. El «yo» reminiscente
Es un «yo» que se desdobla en una especie de «autobiografía a distancia». En «La reina del bosque» (G) el personaje, al contar un episodio de su vida, reflexiona: «y sólo ahora, después de tantos años, advierto que nunca me importó saber en qué [Noulet] pensaba.» Maestro en esta perspectiva binocular es Marcel Proust. Proust no capta en la fuente viva los instantes del pasado tal como se desenvolvieron (eso hubiera sido una evocación espontánea) sino que los analiza, rectifica, clasifica e interpreta desde un punto de observación muy posterior, muy sofisticado, muy atemporal: «supe en efecto, mucho más tarde que...». Leo Spitzer, hablando precisamente de Proust, propuso dos términos para caracterizar al «yo» que vive una experiencia («erlebendes Ich») y al «yo» que narra («erzählendes Ich»). La tensión y aun choque entre estos dos «yo» suele ser patente en los cuentos con forma de Memorias (13.5.4.).

El narrador cuenta lo que le ocurrió en la niñez pero con un estado de ánimo que corresponde a los cambios del envejecer. Ha cambiado tanto, en el correr de los años, que al recordar sus pasadas experiencias es como si un «yo» hablara del otro «yo». Con un importante matiz diferencial. Cuando en una narración contada en primera persona el «yo» del narrador —sea protagonista o testigo— habla de otro personaje, su punto de vista está limitado: se conoce a sí mismo pero no puede penetrar en la mente del prójimo. Pero el «yo reminiscente», al hablar del niño que fue, sí sabe todo sobre él. Es, con respecto a ese niño, un narrador omnisciente, sólo que no usa el pronombre «él», sino el «yo». La memoria le permite que identifique a dos personas en diferentes fases de la vida. ¿Goza el «yo reminiscente» de todas las ventajas? Bueno, lo cierto es que, precisamente por haber madurado adquiere las nuevas responsabilidades de la madurez, de su aprendizaje vital, y ya no basta que cuente una acción sino que debe revelar una filosofía de la vida que justifique el haberse puesto a evocar después de tanto tiempo. Generalmente el narrador reminiscente comienza hablando de un «yo» maduro y después, dentro de ese marco, arma el cuadro del «yo» inmaduro de una época anterior.


7.2.8. El pronombre de segunda persona: el destinatario interno
Detengámonos, por el gusto de complicar el cuadro de los cuatro puntos de vista clásicos, en los pronombres de la segunda persona: tú, vos, usted, vosotros, ustedes.

El narrador, aunque sólo use pronombres de tercera persona, es una primera persona que se dirige a una segunda persona. En algunos cuentos esta segunda persona aparece mencionada o aludida: es el destinatario de la narración. Un cuento siempre está dirigido a un vastísimo público real, a una masa anónima de lectores exteriores al texto, pero a veces se pretende que el cuento está dirigido a ciertos oyentes o lectores que, si bien ficticios, son caracterizables porque dentro del texto hay referencias a ellos. Los voy a llamar «destinatarios internos».

Las referencias al destinatario interno caracterizan: a) el lugar y la época en que viven; b) su condición social; c) el papel que desempeñan en relación con el cuento, y d) la identidad personal.

a) Con adverbios y frases adverbiales el narrador sitúa a su oyente o lector en una coordenada tempoespacial: «tú, que eres de aquí, sabes que las costumbres de ahora...»; «tú, que nunca has estado allá, no podrás imaginarte cómo entonces...».

b) En la Argentina el tratamiento de «vos», «tú», «usted» indica matices especiales en la relación que existe entre el narrador y su oyente o lector; matices de respeto, de confianza, de familiaridad, de diferencias en sexo, edad, posición económica. Además hay tratamientos honoríficos: «Si mi General (o si Su Excelencia) me permite seguiré informándole que...» Cada tratamiento lleva un énfasis que también contribuye a caracterizar al destinatario interno.

c) El narrador, aunque no cede la palabra a su interlocutor, se hace cargo de sus reacciones. Simula responder a una interrupción o a un pensamiento a punto de formularse o formulado a medias: «¿Me preguntas qué hice entonces? ¡Qué!, ¿no lo adivinas?» Valiéndose del discurso indirecto (17.7.) el narrador atribuye a su interlocutor toda clase de comentarios. Anticipación a una duda: «Sé que al leer estas Memorias que te dedico dirás que no pueden ser sinceras, que no es posible tanta abnegación...» Eco de la voz del interlocutor: «¿Qué es lo que impidió que matara a ese zorro? Pues...» Negaciones que contradicen o asertos que confirman lo que se supone que el interlocutor piensa: «No, no acepté esa invitación.» «Sí, a pesar de todo, la volví a llamar por teléfono.»

d) Ciertos signos identifican al destinatario interno: ¿quién es, qué hace, cuánto sabe? «Esa mañana, Cora Galíndez, era azul como tus ojos»; «joven lector»; «querida amiga»; «ustedes por ser también escritores, entenderán mis dificultades»; «alguna vez te has paseado por este bosque de manera que ya sabes cómo...»; «no le miento porque sé que si lo hago usted, con su sable de Comisario, me va a castigan>; «a ver si usted, que es un viejo criollo, comprende a este joven gringo que...»; «no necesito traducirte estos versos porque vos sabés el inglés mejor que yo»; «ya te lo conté, así que apelo a tu buena memoria para no tener que repetírtelo» (Cfr. Gerald Prince, «Introduction a l'étude du narrataire», Poétique, 14, 1973, y Mary Ann Piwowarczyk, «The narratee and the situation of enunciation: a reconsideration of Prince's theory», Genre, IX, 2, verano de 1976).

Veamos ahora algunos de los usos de la segunda persona. En lengua castellana, a diferencia del inglés o el francés, el pronombre «tú» puede omitirse porque está implícito en la conjugación verbal: v. gr., basta con decir «tienes»; pero para hacer más claros mis ejemplos cometeré la redundancia del «tú tienes».


7.2.8.1. Con el «tú» el narrador puede suscitar un sentimiento de compañerismo entre el lector y el protagonista. Esto ocurre cuando al comienzo del cuento el «tú» sobresalta al lector, quien se cree personalmente aludido, y sólo después advierte que no era a él, sino al protagonista, a quien se dirigía el narrador. Lo común entre el lector y el protagonista es que ambos han sido tratados de «tú» por el narrador. Es un quid pro quo. El efecto es semejante al que producen ciertos bizcos que parecen mirarnos en el momento en que hablan con otra persona. La mirada de ese «tú» pareció clavarse en el lector, pero no: el «yo» del narrador se dirigía al protagonista. Aunque el lector advierta su error, le dura la sensación de que está envuelto, junto con el protagonista, por la misma mirada. Siente la presencia del protagonista a su lado: el «tú» no se refiere a él, pero ya lo ha conmovido.
7.2.8.2. El narrador busca el cuerpo a cuerpo con el lector y le dice: «tú, lector». Estrechada la relación entre el narrador y el lector, el cuento queda equidistante de ambos, como un mundo objetivo. Ese «tú, lector», al recordar al lector que su función se reduce a leer, lo hace consciente de que la lectura presupone una escritura y de que, por tanto, él debe respetar las intenciones del narrador, autoridad máxima, dueño y señor de sus palabras. Es un «tú» que significa: «Eh, tú, cuidado, no te olvides de que eres el lector, no más, y que aquí quien manda soy yo.»
7.2.8.3. El narrador dice: «tú haces tal cosa» en el sentido abstracto e impersonal de «uno hace tal cosa». Ese «tú» apunta a la conducta normal del hombre. Todos somos más o menos iguales y en las mismas coyunturas reaccionamos de modo similar. Un cuento puede estar dirigido a un «tú» con la intención de lograr una identificación emocional —simpatía, miedo, arrepentimiento, deseo, duda— entre lector y protagonista. Héctor Libertella usa en «Caraquiada» la segunda persona plural y el tiempo verbal del futuro. El efecto de ese «ustedes verán» es el de congelar y universalizar la realidad: está allí para que todos los lectores la vean, en cualquier época.
7.2.8.4. De la situación anterior se desprende otra: el narrador, dando por sobreentendido que hay constantes humanas (o que hay una universal psicología humana), invita al lector a vivir, mental y emotivamente, un papel ajeno: «Tú eres un médico famoso. Un día entra en tu consultorio un periodista que te amenaza con...» Es un «tú» hipotético. Es como si el narrador le dijera al lector: «Suponte que tú estuvieses en la posición de un médico famoso al que...» Las respuestas del lector dependen de la situación que se le presente. El narrador, en vez de decir: «Juan sale a la calle, se encuentra con Marta y entonces...», ha dicho: «Tú sales a la calle, te encuentras con Marta y entonces...» Y el lector responde ya con un nostálgico: «ojalá yo hubiera estado en su lugar» o con un temeroso «menos mal que a mí no me ocurrió» o con un reflexivo «¿qué hubiera hecho yo en tal caso?». Dirigirse a un «tú» significa adjudicar la aventura a un cualquiera; equivale a decir: «lo que ocurre en este cuento podría ocurrirte a ti».
7.2.8.5. El «tú» desorienta en el primer momento al lector pero después el procedimiento se normaliza y el lector, ya acostumbrado, lee el cuento como si estuviera escrito con el punto de vista de la primera o de la tercera persona.
7.2.8.6. En cuentos escritos con el pronombre de primera persona —o sea con los puntos de vista del narrador-protagonista y del narrador-testigo— el («yo» dice «tú» refiriéndose a otro personaje que se supone también real. Este dirigirse a una segunda persona es natural en los cuentos en forma de carta (13.5.1.). Es menos natural cuando el narrador-protagonista que está evocando una escena de infancia —sea la de «El cielo entre los durmientes», de Humberto Costantini— de pronto se dirige al compañero de entonces como si todavía lo tuviera al lado: «(¿Te acordás, Ernesto?» Y menos natural todavía es el «tú» con que el narrador-protagonista, después de haber revivido un recuerdo infantil, pretende que una niña muerta puede oírlo: así en mi cuento «Ellos y nosotros».
7.2.8.7. En cuentos escritos con el pronombre de tercera persona —o sea, con los puntos de vista del narrador omnisciente y del narrador cuasi omnisciente— el implícito «yo» se dirige al «tú» del lector contándole algo que le ocurrió a un personaje ficticio. Pero el narrador sigue tan de cerca a su personaje que de pronto se encara con él y le dice «tú». Emite, pues, dos «tú»: después de un «tú» al testigo, un «tú» al personaje. Es decir, que parece apartar al lector y aun apartarse de la objetividad de su cuento para hablarle directamente a su personaje. El narrador, omnisciente o cuasi omnisciente, está fuera del cuento y usa pronombres de la tercera persona gramatical pero ese inesperado «tú» también saca al personaje aludido del cuento. El lector experimenta entonces la sensación de que el narrador y el personaje han hecho ruedo aparte, dejándolo a él de lado.
7.2.8.8. El «tú» dirigido a un personaje tiene un efecto de acusación, como si un detective estuviera confrontándolo con un pasado turbio; o produce un sentimiento de nostalgia, como si un psicólogo invitara a alguien a recordar un pasado feliz, con reminiscencias de infancia.
7.2.8.9. Hay un «tú» que es exterior al cuento, en el sentido en que un marco es exterior a un cuadro. A veces aparece como si fuera una dedicatoria. Ésta puede formar parte, no del marco, sino del cuadro. En «Glaciar» (L) hago que el narrador cuente una escena que vivió con su amada Carmen y al final el narrador dedica su relato a Carmen con un «usted Carmen».
7.2.8.10. A veces se mezclan el «yo», el «tú» y el «él» y al principio no se sabe de quién se está hablando, hasta que la situación se aclara. En «El viajero» de Juan José Hernández el narrador protagonista usa la tercera persona cuando se refiere a su hermana Estela y a su cuñado Andrés; y usa el pronombre de segunda persona cuando se dirige mentalmente otra vez a Estela y también a sí mismo. En este último caso el «tú» alterna con el «yo» del narrador: v. gr, en estas dos frases seguidas —«Ella y Andrés deberán ignorar tu partida. Me iré de madrugada»— tanto el «tú» como el «me» apuntan al narrador.

Un «yo» parece hablar con un «tú» pero resulta que ambos son pronombres del mismo personaje. El «yo» habla consigo mismo afectando que habla con otro y, dramáticamente, se proyecta en un «tú». En 5.4. me referí al desdoblamiento que se produce en toda persona que escribe y lee lo que ha escrito. El escritor, dije, es también lector. Pues bien: un desdoblamiento semejante, sólo que artificioso, se produce cuando el personaje aludido con el «tú» es la persona misma del narrador. Como este procedimiento es raro me detendré más en él dedicándole un párrafo aparte.



7.2.9. El narrador ante el espejo
El «yo» (sea explícito o implícito) del narrador se dirige a un «tú» metafórico. Surge entonces una estructura dialógica o dialogal: quiero decir un monólogo interior se hace diálogo interior. El narrador se dirige a un destinatario pero el emisor y el receptor son una y la misma persona. El «tú» es el alter ego del «yo»: ambos comparten una subjetividad común (o una intersubjectividad para hablar en difícil).
7.2.9.1. Un neurótico se escribe cartas a sí mismo para remediar su soledad: el «tú» de la carta es la misma persona que firma. No por neurosis sino por lirismo, Magda, la narradora de «Coloquio ante el espejo», de María de Villarino, se dirige al espejo con un «tú». En el espejo ve su propia imagen —«Tienes mi cara, no te veo sino con mi cara»—, pero aun así el pronombre «tú» apunta al espejo, no a ella; y el espejo, a su vez, parece contestarle con un largo discurso (impreso entre comillas y en bastardilla), con lo cual tenemos un diálogo de dos «tú» dentro de un «yo».
7.2.9.2. El narrador habla consigo mismo, frente a un espejo que refleja su propia imagen. El personaje es el espejo en que el narrador se mira. El «yo» usa el «tú»; el «tú» es un «yo». Mi cuento «Tú» (B) comienza así:
¿No crees que deberías contarle a alguien —a María, por ejemplo— los prodigios que de un tiempo a esta parte están enriqueciendo tu vida? Ya es hora de que la gente te conozca mejor. Por no conocerte se burlan de ti, como aquella noche...
Es una autobiografía que pudo haberse contado así: «Ya es hora de que la gente me conozca mejor. Por no conocerme se burlan de mí...» No es que el narrador esté describiendo la acción de otra persona. Lo peculiar de este punto de vista metafórico es que el narrador-protagonista describe sus propias acciones, sólo que lo hace desdoblándose: dos «yo», y uno tutea al otro.

Eduardo Gudiño Kieffer, en Fabulario, tiene varios cuentos con un narrador que habla de «tú» (o de vos o de usted). El «tú» más complicado es el de «El delfín».

El narrador se dirige a un muchacho y le recuerda la amistad que lo unía a Federico y cómo éste, durante un viaje de ambos a Europa, se metamorfoseó en delfín. El protagonista, Federico, está descrito en tercera persona. Así que el «tú» «

En vez de decir «me acuerdo de Federico» se dice «te acordás de Federico». Es un «vos» frente al espejo. En otro cuento, «El ciervo», el «tú» consigue un efecto poético porque el tiempo verbal futuro —tú verás un ciervo en el jardín... tú te convertirás en ciervo— está al servicio de la descripción de una metamorfosis.


7.2.9.3. El narrador está hablando de su personaje con el pronombre de la tercera persona. De repente, en su afán por acercársele, se instala en el «yo» del personaje y le permite que se mire en un espejo. En ese instante, cuando el lector lee «tú», ese «tú» no está pronunciado por el «yo» del narrador sino por el «yo» del personaje en el acto de dirigirse a sí mismo. Mi novela Vigilia está escrita en tercera persona. El narrador omnisciente observa las acciones y pensamientos del protagonista Beltrán. Hay momentos en que Beltrán se autocontempla. Entonces su «yo» conversa consigo mismo y a su alter ego le llama «tú»:
En un baldío el barrendero municipal había dejado su tacho rodante: en el fondo, cáscaras de sandía y, con los colores sucios de bosta, quedaba todavía papel picado del corso de Carnaval.

—¡Ah, mi cuadriga de violetas! —exclamó Beltrán. Y empezó a empujarlo en una carrera desenfrenada llenando el callejón con el estruendo de las llantas de hierro sobre el adoquinado.

(Es la locura. Ya tus amigos deben de saberlo. «¡Me viene la locura, muchachos!» Cuando te viene la locura, Beltrán, es la hora de levantar el telón y dejarte representar. Entonces absorbes toda la vida de la pandilla. Por lo menos, tú te lo figuras...)



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