Tendencias en la escolarización en ss en España



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Tendencias en la escolarización en SS en España.

El estancamiento del Bachillerato en los noventa y la igualación de las clases sociales a la baja

Por Julio Carabaña, UCM

Borrador (no citable) para ser presentado en el XI Congreso de la FES, Madrid, 11-13 de Julio de 2013.



Introducción

El estancamiento del Bachillerato durante los años noventa del siglo pasado se detecta en la Estadística de la Enseñanza en España (Carabaña, 2013a). Más precisamente, la EEE detecta un cese del crecimiento de los alumnos que comienzan BUP a partir de 1992, de los que lo terminan a partir de 1995 y de los que terminan COU desde 1997. La introducción del nuevo Bachillerato LOGSE, que culmina en el año 2000, provoca una ligera contracción tanto del inicio como de la terminación del Bachillerato, que puede atribuirse a que el inicio se retrasa hasta los 16 años y su terminación hasta como mínimo los 18, por la inclusión de un curso equivalente al antiguo COU. Con menos precisión, las EPAs detectan estos cambios entre las cohortes 16 y 18, en forma de una ligera disminución del porcentaje de hombres que terminan Bachillerato y un estancamiento (el primero en la historia, por cierto) del de las mujeres1.

El trabajo que sigue es una réplica del publicado en la RASE (Carabaña, 2013b) explicando el aumento de las tasas de Bachillerato en los años ochenta por un efecto composición, resultante del aumento de las clases no manuales, las familias pequeñas y los estudios de los padres. En el apartado 1 se analiza por medio de las EPAs el mismo período de los ochenta que en la RASE se examinó con la ESD. Comprobado que los resultados dependen poco de las fuentes, el apartado 2 se sirve de datos EPA para determinar la magnitud en que el estancamiento del Bachillerato en los noventa se debe a caídas en las tasas de las categorías de clase, tamaño del hogar y estudios de los padres. El apartado 3 se dedica a examinar el grado en que los cambios en las tasas de cada clase se explican por los cambios en el tamaño de las fratrías y en los estudios de los padres. El apartado 4 debería llegar a algunas conclusiones.


  1. El crecimiento del Bachillerato en los ochenta según la ESD y la EPA.

Nos limitaremos a confirmar hasta qué punto la EPA reproduce los principales hallazgos de la ESD (Carabaña, 2013b). La EPA es en conjunto inferior a la ESD. Tiene una gran ventaja, su frecuencia trimestral; pero su diseño queda en desventaja por el menor tamaño y, sobre todo, en lo que se refiere a nuestros fines, no proporcionar información sobre los padres de los sujetos más que cuando todavía conviven en el mismo hogar.

Los resultados obtenidos comparando las cohortes 13 y 15 de la ESD son los siguientes.

En relación al crecimiento total. Notablemente mayor para las mujeres (17 puntos) que para los hombres (11 puntos), el crecimiento total del Bachillerato se explica en la misma medida para ambos sexos por los cambios en la composición de la población por clases (4 puntos), por número de hijos (2-3 puntos) y por niveles de estudios (otros cuatro puntos). Sumando las contribuciones de estos factores queda explicada la totalidad del aumento del BUP entre los hombres, pero queda por explicar aproximadamente una tercera parte (seis puntos) del crecimiento del BUP entre las mujeres.

En relación al crecimiento de cada clase. Entre los hombres, el crecimiento fue débil o nulo en las clases no manuales, y cercano a 10 puntos en las manuales. Entre las mujeres, el crecimiento fue mayor, cercano a diez puntos en las clases no manuales y en torno a 15 puntos en las manuales. Entre ambos sexos, las tasas de la cohorte 15 son más iguales que las de la cohorte 13.

Entre los hombres, estos cambios en el acceso de cada clase al Bachillerato se explican casi completamente -es decir, salvo algunos matices- por los cambios en la composición por número de hermanos y niveles de estudios de los padres. Entre las mujeres, el poder explicativo de estas variables es sólo parcial. Reducen a la nada los aumentos de las hijas de administrativos y empresarios, pero dejan sin explicar todo el aumento de las hijas de profesionales altos, la mitad del aumento de las hijas de profesionales bajos y los obreros y casi todo el aumento de las hijas de la gente del campo. Una vez descontados los efectos de composición, las hijas de profesionales aumentaron en torno a 5 puntos y las hijas de obreros y campesinos en torno a 9 (las de agricultores hasta 14).

El objetivo de este apartado no es todavía explicar estos aumentos de las tasas femeninas, sino tan sólo comprobar hasta qué punto los resultados de las EPAs coinciden con los de la ESD.

Ciertas discrepancias son de esperar, pues a. ahora comparamos las cohortes 14-16 en vez de la 13-15, b. las clases no son las mismas, c. consideramos la terminación del Bachillerato en vez de su inicio, y d. la muestra de la EPA es más pequeña y sesgada por la ausencia de los hijos que no viven con los padres. (recurrir a apartado de métodos). Por eso mismo, cuando los resultados coincidan, podemos estar muy seguros de ellos.

Según las EPAs, el aumento de terminación del Bachillerato entre las cohortes 14 y 16 es de 12 puntos porcentuales entre los hombres, y de 14 entre las mujeres, pero si consideramos sólo aquellos individuos de cuyos padres nos consta la clase, los aumentos se reducen a 11 y 13 puntos, respectivamente, con apenas una ligera ventaja femenina (tablas 1 a 3). Recordemos que en la ESD el aumento femenino era de 17 puntos.

Este crecimiento se explica con datos de las EPAs del mismo modo que con los datos de la ESD: se deben cuatro puntos a los cambios en la composición de las clases, dos a los cambios en el tamaño de las fratrías y cinco a los cambios en los estudios de los padres. En total se explican unos once puntos, es decir, todo el aumento de los hombres y casi todo el de las mujeres (tabla 4). La diferencia con la ESD está en que con ella se dejaban de explicar 6 puntos del aumento femenino, mientras con la EPA sólo quedan dos y medio.

El crecimiento del Bachillerato por clases ocupacionales está entre los hombres cercano a los diez puntos en todas las clases menos en las de profesionales y directivos; entre las mujeres, el aumento es también nulo en las clases de profesionales y directivos, superior a los diez puntos en las medias y obreras y por encima de los veinte puntos en las campesinas. No puede decirse que haya coincidencia clase por clase (en particular, las EPAs no registran aumentos de las clases de profesionales y directivos), pero sí que la pauta general es la misma, tanto entre hombres como entre mujeres.

Estas variaciones en las tasas de terminación de Bachillerato de cada clase se explican por disminuciones en el número de hermanos y por aumentos en los estudios de los padres en el interior de cada una de ellas con mucha más rotundidad que en la ESD. Con los datos de las EPAs, las únicas cifras por explicar son un aumento de 8 puntos entre los hijos de agricultores y sendos aumentos de 13 y 16 puntos entre las hijas de agricultores y obreros agrarios (tabla 5). El primero no lo detecta la ESD, lo que lo hace altamente sospechoso de artificio, a diferencias de los segundos. Como antes, las pautas coinciden, pero las EPAs registran menos diferencias que la ESD.

Como ya hemos dicho, el objetivo de este trabajo no es explicar las variaciones de estas tasas netas, sino tan sólo establecerlas. Queda pendiente esta explicación, que comprende el aumento global de la tasa femenina (mayor según la ESD que según la EPA) y los cambios en algunas clases, más también según la ESD que según la EPA.

Una vez comprobada la coincidencia básica entre las EPAs y la ESD, podemos con más confianza reanudar la tarea a partir de la cohorte 16, ya sin más datos que los datos EPA.


  1. El estancamiento del Bachillerato en los noventa y su relación con clases ocupacionales, tamaño de las familias y estudios de los padres.

Como hemos dicho, la EEE muestra que la proporción de alumnos de cada cohorte de edad que comienza Bachillerato se estancó a partir de 1992, y sucesivamente, en los años correspondientes, se fue deteniendo también la terminación del Bachillerato y la de COU. Este cese del crecimiento se produjo justo con el comienzo de la implantación experimental de la LOGSE, por lo que es un error atribuirlo a esta Ley (Lacasa,2006). Lo que sí es atribuible a la LOGSE es un retroceso de la proporción de hombres bachilleres, retroceso leve y también breve, pues se corrigió antes de 2010 (Carabaña, 2012). Conviene dejar claro que se trata de dos fenómenos distintos.

Aquí nos limitamos a considerar el cese del crecimiento del Bachillerato en los noventa, antes, insistimos, de la implantación de la LOGSE. Lo más notable, a mi entender, ws que las variables con las que explicamos el crecimiento de los ochenta (clase ocupacional de los padres, número de hermanos, estudios de padres y madres) siguieron evolucionando en el mismo sentido en los noventa. En este período, las clases no manuales siguieron aumentando y las agrarias y manuales disminuyendo; cada vez más hogares no pasaron de albergar dos o tres hermanos, y los padres y madres con menos de estudios básicos menguaron tanto como crecían aquellos con estudios medios y superiores. Pero, a diferencia de lo ocurrido en los años setenta y ochenta, estos cambios no produjeron en los noventa efecto alguno sobre las tasas de bachilleres. Esto tiene que deberse a que efectos de estos cambios en la composición han quedado compensados por cambios de signo contrario en las tasas. Lo cual, de comprobarse, nos dejaría ante la cuestión de explicar estas disminuciones en las tasas. Un problema muy difícil, cuyo mero planteamiento pone en cuestión el supuesto, comúnmente aceptado, de que la correlación del logro académico con la clase social, el número de hermanos o los estudios de los padres tiene carácter causal.

Consideremos primero los cambios de cada una de nuestras variables explicativas en el período que nos ocupa. Más o menos grandes, fueron todos en el sentido de mejorar las tasas de acceso al Bachillerato.

La clase ocupacional de los padres cambió su composición en el mismo sentido que en la década de los ochenta. Los padres profesionales crecieron en unos 5 puntos porcentuales, y el conjunto de las clases no manuales llegó hasta el 33%, disminuyendo las manuales (obreros y campesinos) a manos del 50% de la población.

Los estudios de padres y madres aumentaron considerablemente. Los padres sin estudios básicos disminuyeron en 26 puntos porcentuales, las madres en 35; los padres con estudios no obligatorios pasaron de 27% a 40%, las madres de 18% a 46%.

El tamaño de las fratrías (por la EPA sólo sabemos los hijos que quedan en el hogar) también disminuyó notablemente. Los hogares con sólo uno o dos hijos aumentaron en nueve puntos porcentuales, a costa de los hogares con tres o cuatro hermanos. Pues hogares con más de cinco no quedan sino un 1% desde la cohorte 16.

Las tres variables cambiaron, pues en el mismo sentido que durante los ochenta, pero en los noventa no produjeron el mismo fomento del Bachillerato. Las tasas de las categorías cayeron de tal modo que compensaron los efectos de la composición.

Consideremos la clase ocupacional de los padres. Dado que el cambio de composición no fue muy intenso, podemos anticipar que la caída de las tasas fue también leve. No podemos saber, sin embargo, si fueron iguales o desiguales por clase sin mirar la tabla 6, que refleja el cambio en cada clase. Además, al pie de la tabla se calculan dos contrafácticos, el crecimiento que habría resultado del efecto composición de no variar las tasas y la mengua resultante de los cambios en las tasas de no haber variado la composición. . Las clases cuyas proporciones de hijos bachilleres cayeron más fueron las de los profesionales (7 puntos) y directivos (16 puntos), pero también cayeron las de los administrativos (6 puntos) y obreros (3 puntos). Los obreros del campo, por el contrario, parecen haber aumentado diez puntos, pero la estimación no es muy de fiar por el pequeño tamaño de la muestra. Esta caída de las tasas más altas produce un aumento de la igualdad entre clases, si bien de significado opuesto al de la década anterior, cuando la igualdad se debió al aumento de las tasas más bajas.

Una tendencia a la igualación se observa también entre las mujeres, pero más tenue si cabe, pues aunque suben las clases agrarias y bajan todas las demás, sólo un cambio, el descenso de las hijas de padres administrativos y comerciales, es estadísticamente significativo.

Los cambios en el tamaño de las clases, de no haber bajado las tasas, habrían elevado los porcentajes de bachilleres masculinos en unos tres puntos y en dos puntos los de las mujeres, hasta 47% y 60%, respectivamente. En esos mismos puntos han compensado la caída que sin ellos habría producido el descenso de las tasas.

Consideremos ahora el tamaño de las fratrías. Las variaciones en el tamaño son pequeñas, así que no extraña que también lo sean los cambios en las tasas de cada tamaño (de unos dos puntos, tabla 7). El único cambio que se acerca al 5% de significatividad estadística (z=1,8) es el descenso de cerca de 10 puntos en la fratría de 4 miembros. Esta continuación de la tendencia histórica al aumento de la desigualdad (Carabaña, 2004) la interrumpe el crecimiento de la fratría de cinco hermanos, que se queda en mera curiosidad por su proximidad a la extinción. Globalmente, la importancia de esta variable es muy pequeña. De no haber variado las tasas, habría elevado la tasa total en medio punto, tanto para hombres como para mujeres.

Las variables que más cambiaron fueron los estudios de los padres y, en particular, de las madres. Lo mismo tuvieron que hacer sus tasas, en sentido contrario; como puede observarse (tabla 8) , todas las de los varones descendieron, excepto las de analfabetos y universitarios, y tanto más cuanto más altos los estudios. Los hijos de padres con Título de Grado Medio o Bachillerato bajan unos 15 puntos, más o menos lo mismo que los hijos de padres con BE o EGB. La pauta, como hemos visto antes para las clases, tiende hacia la mayor igualdad, aunque del género ‘malo’.

Si estos cambios en los niveles de estudios hubieran tenido el mismo efecto que en la década anterior, las tasas totales habrían subido ocho puntos, de 43% a 51%. Sin ellos, el descenso de las tasas particulares habría bajado la tasa global en los mismos ocho puntos, hasta 35%.

Las tasas de las mujeres descienden menos: sólo la de las hijas de padres con BE-EGB llegó a los 14 puntos de sus hermanos. De los demás descensos, el único estadísticamente significativo afecta a las hijas de universitarios, con seis puntos. Probablemente estamos ante oscilaciones aleatorias, y no podemos hablar de cambios en la igualdad.

Si los cambios en los estudios de los padres hubiesen mantenido el efecto de la década anterior, el aumento de la tasa total habría sido de seis puntos, terminando el Bachillerato un 63% de las mujeres.

Las cifras son mayores todavía si consideramos los estudios de las madres (tabla 9). Así, tanto los hijos como las hijas de las madres con BE-EGB pierden unos 17 puntos, y los hijos de las madres con Bachillerato Superior hasta 26 puntos. Sin estos cambios en las tasas, los aumentos de los estudios de las madres habrían llevado a terminar Bachillerato al 53% de los hombres y al 65% de las mujeres. Sin los aumentos en los estudios de las madres, los descensos en las tasas habrían reducido los porcentajes de Bachilleres al 31% entre los hombres y al 47% entre las mujeres. Es con mucho la variable más importante.

Hasta aquí el examen de las tres variables, clase, tamaño de la fratría y estudios, por separado para cada sexo. En la tabla 10 se las considera conjuntamente, sintetizando los tres análisis anteriores.

Entre los hombres2, según se ve ahora en la tabla 10, la terminación de Bachillerato descendió realmente poco más de un punto porcentual desde el máximo del 45% alcanzado en la cohorte 16. Si no hubiera habido cambios en el tamaño de las clases, el descenso habría sido de cuatro puntos; si tampoco hubieran disminuido los hermanos residentes en el hogar, el descenso habría sido tan sólo unas décimas mayor; por último, si no hubieran aumentado los estudios de los padres, el descenso habría llegado a los doce puntos porcentuales. Entre las mujeres, que mantuvieron en la cohorte 18 la tasa record del 58% de la cohorte 16, las magnitudes respectivas de los descensos habrían sido de 2 puntos sin cambios en la clase, unas décimas más sin cambios en los hermanos y hasta nueve puntos más sin cambios en los estudios de los padres. Por tanto, doce puntos para los hombres y nueve para las mujeres son los descensos reales que se produjeron en las tasas netas, es decir, en las suertes o probabilidades de terminar Bachillerato entre las cohortes 16 y 18 para personas con las mismas características familiares en estas tres variables (dos hermanos nacidos uno en 1980 y otro en 1990 personificarían bastante bien esta situación).

En realidad, la única variable importante son los estudios de los padres. Si, en efecto, alteramos el orden de las variables en la ecuación de regresión como en la tabla 11, bastan los estudios del padre y los de la madre para llegar a los mismos 12 y 9 puntos de caída neta, sin que la posterior introducción de la clase y los hermanos contribuyan en nada. Más aún, bastan en realidad los estudios de la madre, una simplificación que además tiene la ventaja de perder pocos casos de la muestra, como puede verse en la tabla 12. En fin, podemos decir para sintetizar que entre la cohorte 16 y la 18, las tasas de terminación del Bachillerato por niveles de estudios de los padres cayeron de tal modo que habrían bajado las tasas totales a 30% entre los hombres y 49% entre las mujeres. Si no ocurrió así y en realidad quedaron casi igual fue por el aumento de los estudios de las madres. ..

A primera vista, perece que nos encontremos ante un bello ejemplo de ‘traslación estructural’, uno de esos casos en que todos tienen que trabajar más para quedarse igual, no ya relativamente (Bourdieu, 1979), sino incluso en términos absolutos. Sería sin embargo un grave error considerarlo así. No estamos en modo alguno ante una carrera en la que participen los mismos individuos, sino ante cambios en las generaciones que acontecen a individuos distintos. Por poner el caso más claro, no se puede competir teniendo menos hermanos. Se tienen los que se tienen, y es realmente poco lo que cada hermano puede hacer contra ello. No hay competencia, sino empeoramiento de los logros en la misma situación objetiva del hogar.



  1. La caída de los Bachilleres de (casi) todas las clases sociales en los noventa y su relación con el número de hermanos y los estudios de los padres.

Comprobamos ahora, para terminar, qué ocurre con los cambios en las tasas particulares de cada clase ocupacional cuando tenemos en cuenta los cambios en los niveles de estudios y el número de hijos de sus miembros. Como antes hablamos de que estas variables explicaban los aumentos de las tasas, podría parecer ahora que no pueden explicar los descensos. Pero propiamente hablando, lo que estimamos no son antes aumentos y disminuciones ahora, sino qué parte de las tasas de terminación del Bachillerato de cada clase puede explicarse por ellas.

Vamos, pues, directamente a la tabla 13 que reproduce los resultados de las regresiones por clase y sexo. Como vimos antes, entre los hombres sólo descendieron las tasas de las clases no manuales; pero si tenemos en cuenta los aumentos de los estudios de los padres –es decir, si consideramos cada nivel de estudios en cada clase- entonces encontramos un descenso general y bastante uniforme en torno a quince puntos, del que sólo se salvan los obreros agrarios.

Entre las mujeres, vimos que sólo las hijas de administrativos y comerciales lograron en la cohorte 18 proporciones de bachilleres inferiores a las de la cohorte 16. Pero si tenemos en cuenta los aumentos de los estudios paternos y maternos, las disminuciones se hacen muy fuertes, entre 10 y 17 puntos, en las tres clases intermedias de administrativos-comerciales, cuenta propia y obreros.

De descensos tan fuertes resulta difícil consolarse por el aumento de la igualdad entre clases. Nos quedan finalmente tres grupos, el de las clases profesionales y administrativas, cuyas tasas rozan el 80%, el de los administrativos-comerciales y cuenta propia, que quedan en torno a 50% y el de los obreros, en torno al 35%. La tabla 14 refleja las tasas de cada clase antes y después de controlar el número de hermanos y los estudios de los padres, presentando quizás de modo más claro los resultados de la tabla 13. .



  1. Cierre provisional de lo hecho, con apertura de indagaciones futuras.

Aparentemente, entre las cohortes 16 y 18 no ha pasado nada en la terminación de Bachillerato: terminan este nivel de estudios los mismos porcentajes de jóvenes en ambos cohortes, o, si se prefiere, en las fechas correspondientes a sus edades, que son aproximadamente las que van de 1990 a 2005. Podría incluso interpretarse este hecho como indicador de que se ha llegado a una situación de equilibrio: lo normal es que, establecida una determinada dificultad de los estudios, consiga terminarlos una proporción constante de cada generación.

Este punto de vista, sin embargo, revuelve la relación entre antecedentes familiares y logro académico que los sociólogos venimos estudiando desde hace ya más de cincuenta años. Consideremos los estudios de las madres, que, según hemos visto, es la característica familiar que más aumentó entre las dos cohortes. Según los datos de la EPA, de dos hermanos nacidos en un intervalo de diez años de una madre con estudios básicos, las probabilidades del más joven de terminar Bachillerato estarían 17 puntos porcentuales por debajo de las que tuvo el mayor.

Estos descensos son aproximadamente generales en todos los niveles de estudios. Entre cohortes, no varían los coeficientes de regresión, sino tan sólo las constantes (esto no se ve en las tablas 10, 11 y 12). La cuestión inmediata es cómo explicar este descenso, que nunca antes se había producido. Quizás ayude a contestar esta cuestión plantearla en dos fases:


  1. La disminución de la constante parece probar que la relación entre el nivel de estudios de los padres y los logros académicos de los hijos no es una relación causal, contra lo que se suele aceptar.

  2. Si ello es así, la investigación debe orientarse a la búsqueda de variables que influyan simultáneamente en los estudios de los padres y los estudios de los hijos.

REFERENCIAS.

Bourdieu, Pierre, 1979. La distinción. Taurus, 1982.

Carabaña, Julio, 2013a “El efecto de la LOGSE sobre el abandono escolar temprano” . Praxis Sociológica, 17:15-44..

Carabaña, Julio, 2013b. “Crecimiento del Bachillerato e igualdad desde los años ochenta”. RASE, 6(1:6-31.



Lacasa, José María, 2006 El ‘efecto LOGSE’ y otros cuentos. Madrid:Instituto Forma.



1 Calcúlese que la primera generación de la cohorte 16 (1976-80) comenzó BUP a partir de 1990, y que la última generación de la cohorte 18 (1986-90) ha comenzado el Bachillerato LOGSE a partir de 2006. La mayor parte de la cohorte 16 cursó BUP, toda la cohorte 18 ha cursado Bachillerato LOGSE.

2 Exactamente, entre los hombres de los que tenemos todos los datos, en particular la ocupación paterna. La disminución de la muestra al considerar simultáneamente las tres variables produce pequeñas diferencias con las tablas anteriores. .


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