Tema 5- educador y escuela: abierto a los jóvenes y al mundo de hoy



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Tema 5- Educador y escuela: abierto a los jóvenes y al mundo de hoy

Celas, Arlep, España




¿Qué objetivo nos proponemos?




  • Plantear la necesidad que tanto cada educador como la escuela en su conjunto tienen de vivir abiertos a la realidad de los educandos y descubrir así los retos que plantea a la educación.




  • Transformar el proyecto educativo para que responda a las necesidades reales de los alumnos.




  • Ahondar la conciencia de que todo nuestro sistema educativo debe estar centrado en la persona del alumno.


Esquema general

A manera de introducción


1- Atentos a los jóvenes y al mundo de hoy

1.1- Lo inmediato

1.2- Labor de mediación abierta a otros escenarios

1.3- En un contexto cultural


2- En la raíz: el proyecto lasallista
Para la reflexión y el diálogo

Lecturas complementarias




A manera de introducción:

Una tentación para el educador es creer que el hecho de ser fiel a los programas académicos es suficiente para cumplir bien con su responsabilidad de educador. Quizá pudiera bastar para un profesional de la enseñanza, pero no para un educador vocacionado, que sabe que el origen inmediato de su misión, de su propio itinerario como educador, no está en los programas académicos, sino en las necesidades de los jóvenes, sus alumnos (tema 2). Ellas son la dirección que señalan los valores vocacionales (tema 1).


Su mirada de educador (tema 3) y su actitud de compromiso, de descentramiento en favor de sus alumnos (tema 4), le llevan a contemplar y leer críticamente la realidad de los jóvenes, de sus jóvenes, para poder dar así una respuesta eficaz.
La lectura crítica de la realidad deberá ser un instrumento frecuente en manos del educador y de la comunidad educativa. Y esa lectura transformadora se plasmará en el proyecto educativo.

1- Atentos a los jóvenes y al mundo de hoy
1.1- Lo inmediato
¿Por dónde comenzaremos esa lectura atenta de la realidad?
Por lo más cercano: prestamos atención a las necesidades reales y concretas que tienen nuestros alumnos. Prestar atención no es lo mismo que constatar, sino ver las cosas con preocupación y responsabilidad.
Por eso, no podremos limitarnos a anotar datos, situaciones, circunstancias... sino que cada uno de esos datos viene acompañado de la pregunta:
“¿qué puedo hacer yo, como educador?”.
Habré de distinguir entre lo aparente y lo real, las hojas y las raíces del árbol, las manifestaciones y las auténticas causas de fondo.
Y así, ante cada uno de mis alumnos tendré que formularme preguntas como éstas:


  • ¿por qué se queda retrasado?

  • ¿por qué no tiene interés?

  • ¿por qué quiere llamar la atención?

  • ¿por qué tanta hambre de afecto?

  • ¿qué necesita para ser feliz, para realizar su vida creativamente en la sociedad?...

Y al tiempo que voy encontrando respuesta a esas preguntas, tienen que surgir otras complementarias, en vistas a la educación liberadora que me propongo:




  • ¿cómo puedo motivar el aprendizaje?

  • ¿cómo puedo despertarle a los valores humanos y cristianos?

  • ¿cómo hacer para que se sienta a gusto consigo mismo, para que se sienta querido?

  • ¿qué contenidos le van a ser más útiles?

  • ¿cómo favorecer su responsabilidad, su capacidad crítica, su independencia frente a la manipulación...?


1.2- Labor de mediación abierta a otros escenarios
Las nuevas corrientes pedagógicas insisten en que el sujeto se construye en la interrelación con el medio ambiente. El sujeto es resultado de la relación.
La interacción de la persona con su ambiente se desarrolla en una doble dirección:


  • La persona lleva a cabo un proceso permanente de internalización: incorpora la cultura, interioriza los valores, reestructura sus actividades psicológicas...




  • Pero a la vez es de externalización: proyecta su experiencia e identidad, experimenta los valores aprendidos, actúa sobre el entorno y construye nuevas condiciones de vida.

En esa interacción con las personas que componen el medio es como el sujeto adquiere su identidad personal y social, se incorpora a la comunidad y asume la suerte de su grupo compartiéndola con los demás miembros.


Pero la influencia del entorno en la construcción de la persona no se limita al medio más inmediato al sujeto, sino a otros ambientes más amplios, próximos y lejanos. Son los llamados escenarios del desarrollo humano, que originan sistemas múltiples de interacción personal. Estos sistemas dan lugar a estructuras concéntricas en cuyo interior se desenvuelve el sujeto y donde se va efectuando su maduración.
La escuela no puede ignorar que, junto a ella y la familia como escenarios tradicionales de maduración, hoy cobra un mayor relieve:


  • la calle, lugar de intercambio y comunicación

  • el mundo de los mass-media

  • los diversos lugares de socialización, de diversión, deporte... que ofrecen las ciudades.

En cada uno de estos escenarios el proceso de maduración resulta estimulado o frenado según actúen los diversos componentes del mismo: interviniendo positivamente y apoyando las actividades de los formandos, o por el contrario, siendo pasivos o incluso hostiles.


Pero también, la conexión fluida que pueda establecerse entre los diversos escenarios favorece el desarrollo del sujeto, y es aquí donde la escuela tiene un papel de catalizador, para analizar y filtrar los estímulos de los restantes escenarios en orden a facilitar las reacciones positivas que maduran a la persona.
Los conflictos entre los escenarios, o el simple desconocimiento mutuo dificulta la maduración, quedando el sujeto a merced de la influencia más poderosa.
Juntamente con la importancia de los escenarios del desarrollo humano, las nuevas corrientes pedagógicas ponen de relieve el papel del mediador:
La apropiación de la cultura por el sujeto en formación se hace a través de un aprendizaje mediado, en la interacción con los otros seres humanos, bajo el concurso y la presencia de los otros, que son quienes leen la realidad para él. Padres, profesores, amigos, líderes, comunicadores sociales... se convierten en mediadores de la cultura. Gracias al mediador –dirá Feuerstein– se hará posible el desarrollo del potencial de aprendizaje.
El mediador lee los estímulos ambientales, la experiencia colectiva culturalmente organizada; filtra, selecciona y cataloga los estímulos. Valora, interpreta y transmite los hechos, las situaciones, los mensajes al sujeto en desarrollo, el cual lo procesa desde sus propias posibilidades.
Todo ello nos recuerda la responsabilidad que educador y escuela tienen como mediador y escenario respectivamente, en:


  • orden a la maduración de la persona

  • para conectar de una forma positiva los restantes escenarios sociales

  • para favorecer la incardinación de la persona en dichos escenarios como protagonista y no como sujeto pasivo

  • para establecer un proceso de aprendizaje constructivo donde el educando se vea impulsado a metas cada vez más altas, pero siempre al alcance


1.3- En un contexto cultural

Esa condición de mediador propia del educador, y la de un escenario entre otros reclama de nosotros que ampliemos el marco de la realidad que hemos de leer críticamente, para incluir en él el contexto socio-cultural en que se desenvuelven nuestros jóvenes. Y eso, no por que tal contexto determine fatídicamente las características de los jóvenes con los que nos relacionamos, sino porque en él encontraremos las fuerzas, tensiones o polos de atracción entre los cuales han de desenvolverse los jóvenes. La educación debe prepararlos para que se sitúen crítica y responsablemente ante esas tendencias.


1- La primera nota que define decisivamente el mundo contemporáneo es el cambio. Este factor imprime un dinamismo característico a la sociedad, de tal forma que la misma estructura social, cuya finalidad es dar estabilidad, queda afectada por el cambio y se hace dinámica. Sus efectos se hacen patentes en todo lo institucional, en forma de crisis: la familia, el matrimonio, la relación padres-hijos; la enseñanza, los contenidos, la metodología; la democracia misma queda afectada por la crisis del cambio.
Ante el factor de cambio no nos es lícito, como educadores:


  • ni el bloqueo de la negación

  • ni el retorno hacia atrás en búsqueda de respuestas que fueron buenas en el pasado

  • ni el simplismo de querer soluciones únicas y unitarias.

Es necesario educar para el cambio, preparar para el futuro. Una educación para el cambio deberá preocuparse de preparar identidades fundamentadas en valores sólidos y esenciales, pero al mismo tiempo con actitudes críticas y dialogantes. Atenderá menos a dar recetas y seguridades, y más a situar en actitud de búsqueda. Y habrá de ser consciente de que es más importante aprender a aprender que aprender contenidos concretos:


“El sistema educativo tendrá como principio básico la educación permanente. A tal efecto, preparará a los alumnos para aprender por sí mismos”.
2- Moviéndose al compás que les imprime el dinamismo del cambio, tres grandes fuerzas impulsan la sociedad occidental:


  • en el centro, el núcleo duro que ha ido creando la modernidad con su ideal de progreso indefinido: un modo de producción económica científico-técnica. Sus valores positivistas originan una mentalidad ajena e incluso opuesta a todo lo trascendente. El consumismo viene empujado desde este núcleo social.




  • a un lado del núcleo duro se desarrolla el neo-conservadurismo, un intento de racionalizar los excesos del sistema productivo consumista, fomentando la competitividad, el individualismo burgués y cierto tinte de religiosidad que ponga mesura en el sistema.




  • en el extremo opuesto se desarrolla el postmodernismo, como rechazo a los ideales de la modernidad; un talante existencial que intenta ampliar las posibilidades de la vida humana, más allá de la racionalidad, más allá de todos los límites establecidos por los mitos culturales, por las conveniencias sociales, por las normas democráticas, por las teorías bien fundamentadas -religiosas o políticas...-.

3- Al intentar encontrar las respuestas que hemos de dar como educadores a la situación social descrita, constatamos que esas tendencias presentes en la sociedad y que actúan sobre la juventud, las podríamos agrupar en cuatro. En esos cuatro haces de fuerzas van implícitos los desafíos planteados a la escuela:


La masificación, representada por:


  • la pérdida del sentido crítico

  • las relaciones estereotipadas con los semejantes

  • la dependencia de ídolos y mitos

  • la carencia de proyecto personal

  • el sometimiento incondicional a la moda...

Reclama de nosotros la personalización:




  • hacer a la persona responsable de sus propios actos

  • protagonista de su educación y evolución

  • cultivar su sentido crítico

  • orientar las relaciones hacia los niveles profundos de la persona

  • fomentar la actitud de búsqueda

  • construir la identidad personal sobre el proyecto de vida

2° El individualismo, que se manifiesta en:




  • la insolidaridad

  • el planteamiento de la propia vida al margen de los otros o mirando a los otros como competidores

  • la desconfianza sistemática del prójimo, el subjetivismo

  • el recurso a la ‘autorrealización’ para justificar cualquier elección egoísta.

Reclama de nosotros el educar para la comunidad, en:




  • un proyecto común de vida donde cada una aprenda a realizarse en solidaridad con los otros

  • educar en el discernimiento comunitario, en las actitudes básicas de la comunidad, como son el servicio, la acogida; enseñar a compartir con los otros lo que uno es y vive.

El materialismo: se expresa en:




  • la acumulación de bienes

  • el hedonismo

  • la superficialidad e incapacidad para la contemplación, la dispersión psíquica y el hambre de continuas sensaciones hasta llegar a la supresión de lo religioso o a convertirlo en unas fuerzas mágicas que pertenecen a la misma realidad mundana.

Reclama de nosotros el educar en la interioridad:




  • descubrir al hombre sus posibilidades profundas al mismo tiempo que sus limitaciones

  • facilitarle el acceso al núcleo de su persona, allí donde el ser se abre a Dios

  • educar en la experiencia del ser, de la gratuidad, del don de Dios

  • educar en la capacidad de contemplación, para saber leer en lo profundo de los acontecimientos, para descubrir su transparencia o sacramentalidad

  • prepararle para la oración y las virtudes sobre las que ésta se asienta: el silencio interior, la soledad, la pobreza, la sencillez, la humildad, la disponibilidad.

La indiferencia:




  • el desinterés ante lo que no me afecta directamente

  • la inhibición en los asuntos que son de todos

  • la evasión ante la dificultad, el “me vale”

  • la resignación pasiva ante la realidad alienante, el fatalismo histórico

  • la renuncia a la utopía...

Reclama de nosotros el educar en el compromiso:




  • provocar un proceso de conscientización del protagonismo que toda persona tiene en la lucha por conseguir un mundo más justo

  • fomentar la capacidad de tomar decisiones que impliquen la vida y la orienten hacia un proyecto de compromiso con los más desfavorecidos.


2- En la raíz: el proyecto lasallista
Es preciso reconocer que la apertura de la escuela a la realidad externa es una preocupación de la pedagogía reciente. Por otra parte, la lectura crítica de la realidad como método de aproximación científica al sentido profundo de los acontecimientos y de las cosas con vistas a transformar la realidad, es un fenómeno imposible de encontrar si no remontamos un siglo hacia atrás.
Sin embargo, más allá de una y otra, sosteniendo y dando fundamento a ambas, hay una actitud vital que se manifiesta de diversas formas en la práctica; una actitud abierta, crítica y activa, capaz de transformar lo existente y dirigir la historia. Y esa actitud sí la encontramos, de una forma paradigmático, en De La Salle y la comunidad lasallista de hace 300 años, de tal forma que bien podemos hablar de ella como de una nota que debe caracterizar tanto al educador como a la escuela lasallista.
Más aún: hemos de afirmar que es justamente esa actitud la que pone en marcha y da originalidad al proyecto educativo lasallista, cuya primera expresión escrita lleva el nombre de Guía de las Escuelas.
Blain, uno de los primeros biógrafos de La Salle, lo describe así:
“Su celo lo conducía a menudo a las clases para examinar y hacer testigo a sus propios ojos de lo que allí sucedía. Los niños y los maestros eran igualmente objeto de su atención. Examinaba en los unos la manera como los otros se las arreglaban para enseñar... Desde los maestros volvía los ojos a los niños, estudiaba su carácter, examinaba su progreso...”
Veamos una muestra de la actitud que comentamos, puesta en práctica a través de un ejercicio de discernimiento realizado por la comunidad lasallista y su fundador.
Habían comprobado, y así lo comentaban en sus recreaciones después de las comidas, una de las peores lacras de la enseñanza de su tiempo: las frecuentes ausencias lo cual era un grave impedimento para un aprendizaje eficaz y una formación cristiana. No había entonces ley alguna que exigiera la asistencia escolar
El discernimiento comienza constatando el hecho y viendo su trascendencia dentro de la necesidad global de educación cristiana. Esta necesidad global había sido sentida así:
“Todos los desórdenes, sobre todo entre los artesanos y los pobres, provienen ordinariamente de que fueron abandonados a sí mismos y muy mal educados durante sus primeros años... y como el principal fruto que debe esperarse de la institución de las Escuelas Cristianas es prevenir esos desórdenes e impedir sus perniciosas consecuencias, fácil es comprender cuánta es su importancia y su necesidad.” (Reglas Comunes 1,6).
Enmarcan la necesidad concreta y la respuesta que haya de dársele en el conjunto del proyecto, y comienzan luego el análisis del problema en cuestión:
Causas: ¿por qué no se da esa vinculación?; ¿qué está fallando?. Y ¿qué estructuras convienen reforzar, o inventar? En este análisis están implicados el niño, los maestros y los padres. Veamos su desarrollo en la Guía de las Escuelas.
“Cuando los alumnos se ausentan fácilmente es por culpa de los mismos alumnos y de sus padres, o por culpa de los maestros y de los visitadores.
La 1.ª causa de la ausencia de los alumnos proviene de los mismos alumnos, por ligereza, o por indisciplina, o porque están aburridos de la escuela, o porque tienen poco afecto al maestro, o porque están disgustados con él.
Los que se ausentan por ligereza, son los que ceden de la primera sugestión que les viene a la mente o a la imaginación, y se van correr a jugar o a pasear con el primero que se encuentran; ordinariamente actúan sin reflexión.
Es muy difícil impedir que esta clase de alumnos se ausente de vez en cuando. Todo cuanto pueda hacerse es procurar que sus ausencias sean raras y de poca duración.
A estos alumnos hay que castigarlos poco por sus ausencias, pues al día siguiente, o a la primera ocasión, se ausentarán de nuevo, sin detenerse a pensar ni en lo que se les ha dicho, ni en el castigo que han recibido. Se los inducirá, más bien, a acudir a la escuela, por la amabilidad y animándolos con cualquier otro motivo, en vez de castigarlos y el rigor.
Los maestros procurarán animar, de vez en cuando, a os de esta clase de temperamento, estimularlos con recompensas y hacerlos asiduos a clase, por medio de algún empleo exterior que les ocupe y sujete, si son capaces de él; pero, sobre todo, nunca hay que amenazarlos con el castigo.
La 2.ª causa por la que la que se ausentan los alumnos es el ansia de libertad, al no poder aguantar el permanecer toda la jornada en el mismo sitio, atentos y aguzando la mente; o bien, porque les gusta correr y jugar.
Por lo común estos niños están inclinados al mal, ya que detrás del afán de libertad viene el vicio. Por eso hay que esforzarse con mucho cuidado en remediar sus ausencias, y no hay nada que no deba hacerse para prevenirlas e impedirlas.
Será muy provechos encomendar a estos alumnos algún ofico, si se les considera capaces; eso les encariñará con la escuela, y en algún caso hasta llegará a convertirlos en modelo de los demás.
Hay que ganárselos y animarlos, sin renunciar por ello a la firmeza, y castigarlos cuando actúan mal y faltan a clase. Hay que manifestarles mucho aprecio cuando actúan bien y premiarlos por poco que hagan, cosa que sólo debe hacerse con este tipo de temperamentos y caracters ligeros.
La 3.ª causa por la que se ausentan los alumnos es porque se aburren de la escuela. Esto puede provenir de que el maestro que atiende la clase es nuevo, no está suficientemente formado, y no conoce bien la manera de llevar la clase y adueñarse de los alumnos; o de que es un maestro demasiado blando, que no mantiene el orden y en cuya clase no existe el silencio.
El remedio para esas ausencias es no dejar a un maestro solo, encargado de una clase entera, hasta que no haya sido bien formado por algún director con mucha experiencia de clase.
Esta norma es de mucha importancia para el bien de los maestros y de los alumnos, y para impedir las ausencias frecuentes, así como muchos desórdenes.
Respecto de los maestros que son blandos, que no tienen orden ni gobierno, el remedio será que Director los vigile o mande vigilarlos, y que les mande dar cuenta de todo lo que ocurra en clase; y sobre todo, que tenga cuidado con los que se ausentan y sea muy firme con ellos, y que sea muy fiel en imponer alguna penitencia a esta clase de maestros cuando hayan faltado a alguna de sus obligaciones, por pequeñas y de poca importancia que parezcan.
La 4.ª causa por la que se ausentan los alumnos es que sienten poco afecto hacia el maestro, que no les es simpático, ni conoce la manera de ganárselos y y que muestra un exterior sombrío y adusto; o porque están hastiados de él, porque grita o pega con facilidad, y en cualquier ocasión no tiene más recursos que el rigor, la dureza y los castigos. Por lo que los alumnos no quieran asistir a clase, e incluso habrá que llevarlos a la fuerza.
El remedio para todo este tipo de ausencias será que los maestros se esfuercen por ser atrayentes y mantener un exterior afable, digno y abierto, sin caer por ello en la vulgaridad o la familiaridad; que se hagan todo a todos sus alumnos para ganarlos a todos para Jesucristo, y que se convenzan que la autoridad se alcanza y se mantiene en la clase más con la firmeza, la gravedad y el silencio, que con los golpes y la dureza. En una palabra, que la causa principal de las frecuentes ausencias es la frecuencia de los castigos.
La 5.ª causa de las ausencias de los alumnos es por parte de los padres; o porque se descuidan en enviarlos a la escuela, no preocupándose demasiado de que vayan a ella o sean muy asiduos, lo cual es bastante corriente entre los pobres, o porque siente indiferencia y frialdad hacia la escuela, convencidos de que sus hijos no aprenden nada o muy poco; o por que los ponen a trabajar.
El medio de remediar la negligencia de los padres, sobre todo de los pobres, será, en primer lugar, hablar a los padres y hacerles comprender la obligación que tienen de hacer que sus hijos se instruyan, y el perjuicio que les ocasionan al no hacer que aprendan a leer y a escribir; cuánto les puede dañar esto y que casi nunca serán capaces de nada en ningún empleo, si no saben leer ni escribir. Y hay que es esforzarse en hacer que comprendan esto mucho más que el perjuicio que les pudiera causar la falta de instrucción en lo referente a su salvación, que a los pobres les preocupa poco, ya que ellos mismo no viven la religión.
...
Cuando los padres retiran a sus hijos de la escuela demasiado jóvenes, o sin están suficientemente instruidos, para ponerlos a trabajar, hay que darles a conocer que los perjudicarán mucho, y que por hacer que ganen una nonadaa, les hacen perder ventajas considerables. Para convencerlos hay que hacerles ver cuán importante es para un artesano el saber leer y escribir, pues por pocos alcances que tenga, sabiendo leer y escribir será capaz de todo.” (Guía de las escuelas 16,2).
Para De La Salle, esta mirada atenta a la realidad responde a una actitud que es, en el educador cristiano, un don recibido de Dios para su misión: el discernimiento. Y así, después de compararle con el buen pastor,
“...que cuida con esmero de sus ovejas; y una de las cualidades ha de tener, según el Salvador, es conocerlas a todas, distintamente.”
De La Salle termina diciendo:
“Este proceder depende del conocimiento y del discernimiento de los espíritus. Es lo que ustedes deben pedir a Dios a menudo e insistentemente, como una de las cualidades que más necesitan para guiar a aquellos de quienes están encargados.” (Meditación para los domingos 33,1,1-2).



Para la reflexión y el diálogo


  1. ¿Qué perfil de necesidades presentan nuestros alumnos?

¿Qué situaciones críticas viven?

¿Qué hacemos, qué podemos hacer para dar una respuesta eficaz?




  1. ¿Responde la oferta educativa de nuestra institución educativa

a las necesidades que hemos constatado? (observar aciertos y fallos...)

¿Qué ofertas nos parecen prioritarias?




  1. ¿Cómo se tiene en cuenta en nuestro proyecto educativo, la relación de la escuela con

los otros escenarios en que maduran los jóvenes?

Lecturas complementarias




1.12- Respuesta a las necesidades
Esta “respuesta a las necesidades” en la manera de percibir la educación de los niños pobres por medio de la “escuela cristiana” es el tema unificador, que puede ser rastreado a través de los más de 300 años desde las primeras escuelas del Instituto en Reims. La preocupación de La Salle, expresada tan a menudo en sus escritos para los Hermanos, se refiere a la “salvación” de los alumnos, a los que siempre consideraba como “confiados al cuidado de ustedes”. No obstante, por importante que fuese para él y sus contemporáneos, no limita la misión del Instituto a asegurar que estos alumnos tengan un conocimiento literal de las “verdades necesarias para la salvación”, fundando para ello una confraternidad catequética de la doctrina cristiana.
Ciertamente, la asistencia a la lección diaria de catecismo... era objeto de una insistencia especial en todas sus escuelas... Pero la mayoría del tiempo en las escuelas cristianas se dedicaba a las tareas educativas de la enseñanza de la lectura, la escritura, la aritmética, la urbanidad... de manera que puedieran encontrar un empleo útil en la sociedad de su tiempo.
a- Las escuelas gratuitas
Debido a que la escuela cristiana estaba ideada para el servicio de los “hijos de los artesanos y de los pobres”, necesariamente era gratuita. Los pobres no podían pagar. Se buscaban bienhechores que sufragaran los gastos financieros básicos para el mantenimiento elemental de la Comunidad de los Hermanosl. Era esta incertidumbre acerca del salario lo que impedía frecuentemente a los maestros de escuela permanecer en su ocupación y, en consecuencia, amenazaba la continuidad de las escuelas para los pobres; los Hermanos proporcionaban una buena escuela, estable y, además, gratuita, en la cual, los alumnos podían prepararse para un oficio útil. Por encima de todo, la gratuidad era una actitud de compartir libremente, sin aspirar a recompensa alguna del tipo que fuese. Y debía permanecer como una de las características permanentes de las obras educativas lasallistas.
b- Enseñanza en la lengua materna
Enseñar a los alumnos en su lengua materna, el francés, era uno de los aspectos innovadores de las primeras escuelas lasallistas. Era una respuesta a la necesidad evidente de aquellos primeros muchachos de poder leer y escribir en su propia lengua, como condición indispensable para obtener un empleo. También desde esta perspectiva práctica se incluyó el uso de facturas y contabilidad en las lecciones de aritmética, al igual que la copia de documentos de la época como ejercicios de las lecciones de escritura.
c- Formación de maestros
Además de una formación completa de sus propios maestros, La Salle se dedicó en tres ocasiones, a lo largo de su vida, en respuestas a las necesidades que otros le expresaron, a la formación de maestros que no eran miembros de su congregación, y que pasaban a encargarse de escuelas rurales. Su visión no se limitó a asegurar el porvenir de sus propias obras, sino que la extendió hasta incluir modos de afrontar la falta de estructuras para la formación de maestros.
f- Los escritos de La Salle afrontan las necesidades particulares de sus discípulos
Entre la amplia gama de escritos que La Salle legó a su Instituto, su motivación principal parece que tiene que ver con las necesidades particulares de sus primeros discípulos mediante la composición de obras que les ayudarían en su formación personal. Sin el latín carecían de acceso a las fuentes ordinarias de educación más avanzada en la sociedad, tales como la universidad. En cuanto laicos, no tenían posibilidad de ser admitidos al estudio de la teología en los seminarios. Como no existían escuelas normales, según hoy las entendemos, su formación pedagógica dependía de su propio Instituto. Leídos desde esta perspectiva, los escritos de La Salle responden a todas las preguntas significativas que tanto su profesión, como su estado de vida les planteaba: conocimiento teológico ortodoxo, competencia pedagógica, habilidades catequísticas, oraciones, himnos y ejercicios adecuados para sus alumnos, una Regla, enseñanzas espirituales y meditaciones apropiadas para su vida como miembros de un Instituto laical. La Salle advirtió la importancia de la formación continua retirando a los Hermanos temporalmente de las escuelas, durante varios meses, para darles fundamentos más sólidos para su vida religiosa y profesional.
g- La necesidad de reconocer la educación cristiana como ministerio
Especialmente en sus úlitmos escritos, y sobre todo en las Meditaciones para los días de retiro, De La Salle desarrolló los fundamentos teológicos de la educación como ministerio, inspirados en los escritos de San Pablo en la 1ª Y 2ª cartas a los Corintiso, Efesios, Gálatas, Colosenses y 1ª y 2ª a los Tesalonicenses:
Dios que difunde a través del ministerio de los hombres el olor de su docrtrina por todo el mundo, y que ordenó que la luz surgiese de las tinieblas, ha iluminado Él mismo los corazones de aquelos a quienes ha destinado a anunciar su palabra a los niños, para que puedan iluminarlos, descubriéndoles la gloria de Dios.
Puesto que Dios en su misericordia Dios les ha confiado tal ministerio, no alteren en nada su palabra; antes bien, granjeense, ante Él, la gloria de descubrir la verdad a aquellos de los que están encargados de instruir; y sea ese todo su esfuerzo en las instrucciones que les dan, considerándose en esto como los ministros de Dios y los dispensadores de sus misterios.” (Meditaciones para los días de retiro 193,1,1-2).
El orden, el sistema y el método de la escuela cristiana, el énfasis en la relación cercana entre el profesor y el alumno, también están basados en las necesidades reales de los alumnos. De La Salle escribe “Agradezcan a Dios que haya tenido la bondad de servirse de ustedes para procurar a los niños tan grandes beneficios.” (Meditación para los días de retiro 194,1,2).


Para la reflexión personal y la el diálogo en equipos


  1. ¿Qué es lo que más te impresiona acerca de la fundación del Instituto de La Salle y de su misión como “respuestas a las necesidades”?



  1. De La Salle recuerda a menudo a los hermanos la importancia de “la salvación de los niños confiados al cuidado de ustedes”.

¿De qué crees que intentaba salvar a estos niños De La Salle y los primeros hermanos?


Completa algunas frases comenzando así: De La Salle y los primeros hermanos salvaban a los niños de...
¿Con qué fin, a tu parecer, De La Salle y los primeros hermanos salvaban a estos niños?
Completa algunas frases comenzando así: De La Salle y los primeros hermanos salvaban a los niños para...

Hermanos de las Escuelas Cristianas



La misión lasallista, educación humana y cristiana. Una misión compartida

Roma. Italia. 1997



Situación del hombre actual
El análisis a fondo del tema de la unidad del hombre con lo real nos permite comprender en su raíz algunas características básicas del hombre contemporáneo, el hombre al que debemos educar. La primera tarea del educador es conocer de cerca a los destinatarios de sus afanes pedagógicos: la situación en que se hallan, los problemas que los acosan, los horizontes de todo orden que envuelven su actividad y orientar sus anhelos y afanes. Problema bien planteado es problema medio resuelto. El problema de educar a una persona o a un pueblo queda en buena medida dominado si tenemos una visión profunda de las circunstancias que deciden entre bastidores el comportamiento de los mismos. Toda labor educativa debe partir de un análisis muy aquilatado de las motivaciones profundas de la conducta humana. Y tales motivaciones arrancan –como es sabido, pero convendría no olvidar– de posiciones ideológicas que, a su vez, tienen su origen próximo o remoto en ciertas especulaciones de pensadores. De ahí que en los momentos de crisis profunda, la alianza de la pedagogía y la filosofía se haga sobremanera urgente, indispensable.
López Qunitas, A.

Los jóvenes frente a una sociedad manipuladora

Ediciones San Pío X. 1984, Págs. 18-19

Al mismo tiempo necesita también el educador prestar una constante atención al entorno sociocultural, económico y político de la escuela, tanto al más inmediato del barrio o zona donde la escuela se halla enclavada, como al contexto regional y nacional, que muchas veces, a través de los medios de comunicación social, ejercen tanta o mayor influencia que aquél. Sólo ese seguimiento de la realidad global inmediata, nacional e internacional le proporcionará los datos precisos para salir al paso de las necesidades actuales de formación de sus alumnos e intentar prepararlos para el mundo futuro que intuye.
El Laico Católico testigo de la fe en la escuela.

Nº. 35. Roma.


La juventud en un mundo que cambia

Gran número de escuelas católicas se encuentran en aquellas partes del mundo donde se producen actualmente profundos cambios de mentalidad y de vida. Se trata de grandes áreas urbanizadas, industrializadas, que progresan en la llamada economía terciaria. Se caracterizan por la amplia disponibilidad de bienes de consumo, múltiples oportunidades de estudio, complejos sistemas de comunicación. Los jóvenes están en contacto con los “mass-media” desde los primeros años de su vida. Escuchan opiniones de todo género. Se les informa precozmente de todo.


Por todos los medios posibles, entre ellos la escuela, reciben informaciones muy diversas, sin estar capacitados para ordenarlas y sintetizarlas. De hecho, no tienen todavía, o no siempre, capacidad crítica para distinguir lo que es verdadero y bueno de lo que no lo es, ni siempre disponen de puntos de referencia religiosa y moral, para asumir una postura independiente y recta frente a las mentalidades y a las costumbres dominantes. El perfil de lo verdadero, de lo bueno y de lo bello ha quedado tan difuso, que los jóvenes no saben qué dirección seguir; y si aún creen en algunos valores, son incapaces de sistematizarlos, inclinándose, con frecuencia, a seguir su propia filosofía a tenor del gusto dominante.
Los cambios no llegan a todas partes del mismo modo ni con el mismo ritmo. En todo caso, a la escuela le toca indagar “in situ” el comportamiento religioso de los jóvenes, para conocer qué piensan, cómo viven, como reaccionan donde los cambios son profundos, donde se están iniciando y donde son rechazados por las culturas locales, pero que igualmente llegan a través de los medio de comunicación, para los que no existen fronteras.

La situación juvenil

A pesar de la gran diversidad de situaciones ambientales, los jóvenes manifiestan características comunes que merecen la atención de los educadores.


Muchos de ellos viven con gran inestabilidad. Por una parte se encuentran en un mundo unidimensional, en el que sólo cuenta lo que es útil y, sobre todo, lo que ofrece resultados prácticos y técnicos. Por otra, parece que han superado ya esta etapa; de algún modo se constata en todas partes voluntad de salir de ella.
Muchos jóvenes viven en un ambiente pobre en relaciones y sufren, por lo tanto, soledad y falta de afecto. Es un fenómeno universal, a pesar de las diferentes condiciones de vida en las situaciones de opresión, en el desarraigo de las “chabolas” y en las frías viviendas del mundo moderno. Se nota, más que en otros tiempos, el abatimiento de los jóvenes, y esto atestigua sin duda la gran pobreza de relaciones en la familia y en la sociedad.
Una gran masa de jóvenes mira con intranquilidad su propio porvenir. Esto es debido a que fácilmente se deslizan hacia la anarquía de valores humanos, erradicados de Dios y convertidos en propiedad exclusiva del hombre. Esta situación crea en ellos cierto temor ligado, evidentemente, a los grandes problemas de nuestro tiempo, tales como: el peligro atómico, el desempleo, el alto porcentaje de separaciones y divorcios, la pobreza, etc. El temor y la inseguridad del porvenir implican, sobre todo, fuerte tendencia a la excesiva concentración en sí mismos y favorecen, al mismo tiempo, en muchas reuniones juveniles la violencia no sólo verbal.
No pocos jóvenes, al no saber dar un sentido a su vida con tal de huir de la soledad, se refugian en el alcohol, la droga, el erotismo, en exóticas experiencias, etc.
La educación cristiana tiene, en este campo, una gran tarea que cumplir con relación a la juventud: ayudar a dar un significado a la vida.
La volubilidad juvenil se acentúa con el paso del tiempo; a sus decisiones les falta firmeza: del “sí” de hoy pasa con suma facilidad al “no” de mañana.
Una vaga generosidad, en fin, caracteriza a muchos jóvenes. Surgen movimientos animados de gran entusiasmo pero no siempre ordenados según una óptica bien definida ni iluminados desde el interior. Es importante, pues, aprovechar esas energías potenciales y orientarlas oportunamente con la luz de la fe.
En alguna región, una encuesta particular podría referirse al fenómeno del alejamiento de la fe de muchos jóvenes. El fenómeno comienza frecuentemente por gradual abandono de la práctica religiosa. Con el tiempo nace una hostilidad hacia las instituciones eclesiásticas una crisis de aceptación de la fe y de los valores moral a ella vinculados, especialmente en aquellos países donde la educación general es laica o francamente atea. Este fenómeno parece darse más a menudo en zonas de fuerte desarrollo económico y de rápidos cambios culturales sociales. Sin embargo, no es un fenómeno reciente. Habiéndose dado en los padres, pasa a las nuevas generaciones. No es ya crisis personal, sino crisis religiosa de una civilización. Se ha hablado de “ruptura entre Evangelio y Cultura”.
El alejamiento toma, a menudo, aspecto de total indiferencia religiosa. Los expertos se preguntan si ciertos comportamientos juveniles no pueden interpretarse como sustitutivos para rellenar el vacío religioso: culto pagano al cuerpo, evasión en la droga, gigantescos “ritos de masas” que pueden desembocar en formas de fanatismo o de alienación.
Los educadores no deben limitarse a observar los fenómenos, sino que deben buscar sus causas. Quizá haya carencias en el punto de partida, es decir en el ambiente familiar. Tal vez es insuficiente la propuesta de la comunidad eclesial. La formación cristiana de la infancia y de la primera adolescencia no siempre resiste los choques del ambiente. Quizá deba buscarse la causa, alguna vez, en la propia escuela católica.
Existen numerosos síntomas positivos y muy prometedores. En una escuela católica, como en cualquier otra escuela, se pueden encontrar jóvenes ejemplares por su comportamiento religioso, moral y escolar. Analizando las causas de esta ejemplaridad, a menudo aparece un óptimo ambiente familiar ayudado por la comunidad eclesial y por la misma escuela. Un conjunto de condiciones abierto a la acción interior de la gracia.
Hay jóvenes que, buscando una religiosidad más consciente, se preguntan por el sentido de la vida y encuentran en el Evangelio la respuesta a sus inquietudes. Otros, superando las crisis de indiferencia y duda, se acercan o retoman a la vida cristiana. Estas realidades positivas son motivo para esperar que la religiosidad de la juventud puede crecer en extensión y profundidad.
Pero hay también, jóvenes para los que su permanencia en la escuela católica influye poco en su vida religiosa; adoptan actitudes no positivas frente a las principales experiencias de las prácticas cristianas –oración, participación en la Santa Misa, frecuencia de sacramentos– o adoptan alguna forma de rechazo, sobre todo, respecto la religión de la Iglesia.
Podríamos tener escuelas irreprochables en el aspecto didáctico, pero que son defectuosas en su testimonio y en la exposición clara de los auténticos valores. En estos casos es evidente, desde el punto de vista pedagógico-pastoral, la necesidad de revisar no sólo la metodología y los contenidos educativos religiosos, sino también el proyecto global en el que se desarrolla todo el proceso educativo de los alumnos.
La escuela católica acoge a millones de jóvenes de todo el mundo, hijos de su estirpe, de su nación, de sus tradiciones, de sus familias y, también, hijos de nuestro tiempo. Cada uno lleva en sí mismo las huellas de su origen y los rasgos de su individualidad. Esta escuela no se limita a impartir lecciones, sino que desarrolla un proyecto educativo iluminado por el mensaje evangélico y atento a las necesidades de los jóvenes de hoy. El conocimiento exacto de la realidad sugiere las mejores actuaciones educativas.
Dimensión Religiosa de la Educación en la Escuela Católica

Nº. 8-9; 10-19; 22.


Juan Bautista De La Salle: una respuesta

De La Salle captó las necesidades de su tiempo

Verdaderamente, la situación que se nos presenta hoy, con sus interpelaciones y sus necesidades, no es nueva. Juan Bautista De La Salle se encontró ante necesidades parecidas y urgentes en materia de instrucción, educación y evangelización de los jóvenes, cuando fundó su Instituto en el siglo XVII.


Atento por inspiración del Espíritu Santo a estas necesidades clamorosas, dedicó toda su vida a las exigencias del Evangelio. Se asoció progresivamente a los maestros para dar, en el campo educativo, una respuesta eficaz a las esperanzas de las familias pobres. Y la dio por medio de las escuelas cristianas porque hizo de ellas lugares privilegiados a la vez de instrucción, de educación y de evangelización, en la sociedad y en la Iglesia de su tiempo.

Su respuesta fue la escuela cristiana

A lo largo de su historia, el Instituto ha reflexionado, a menudo, sobre esta experiencia original. En su Regla, que actualiza el carisma del fundador, los hermanos se expresan así: “San Juan Bautista De La Salle renovó la escuela para hacerla accesible a los pobres y para ofrecerla a todos como signo del Reino y medio de salvación”.


Estas palabras sitúan bien el puesto y la importancia de la escuela cristiana en Ia vida y obra de Juan Bautista De La Salle y su significado es bien conocido de todos aquellos que, en el pasado, han trabajado o lo siguen haciendo, para que la escuela lasallista sea el instrumento privilegiado de la misión del Instituto.
Tal es el patrimonio que se nos transmitió y del que somos depositarios hoy. Podemos señalar, a través de los tres siglos de la historia del Instituto, como esta herencia ha fructificado, ha desbordado las comunidades de los Hermanos, se ha enriquecido, por el aporte de los seglares, se ha adaptado a las épocas sucesivas y a las diversas culturas.
Esta disposición a adaptarse es también una enseñanza de Juan Bautista De La Salle. En ese sentido, es especialmente útil para un mundo en mutación profunda como el nuestro. Esta actualidad de su mensaje explica la atracción que sigue ejerciendo sobre un número creciente de jóvenes y de educadores adultos.
Señalemos, en particular, los aspectos siguientes:


  • La importancia del alumno y del educador en el proyecto educativo lasallista.




  • La orientación claramente cristiana que La Salle da a la escuela, a la vida y al empleo del educador.




  • El deseo constante de adaptarse, de encarnarse, de inculturarse para hacer de la escuela un servicio educativo de calidad y un instrumento eficaz de evangelización.




  • La apertura a todos, con un sentido de fraternidad y de solidaridad.




  • El cuidado particular, por los niños pobres y privados de medios de educación y evangelización.

Un llamamiento a la fidelidad creativa

Para todos aquellos que reivindican su nombre, hermanos y laicos, Juan Bautista De La Salle es aún, y más que en el pasado, un inspirados y un maestro.


Él nos invita a mirar siempre adelante, a buscar permanentemente respuestas nuevas a los nuevos desafíos, porque el lasallista es creativo.
Nos invita a tener una mirada lúcida y crítica sobre las realidades históricas, culturales y espirituales, con el fin de inventar soluciones adecuadas: el lasallista es realista y valiente.
Nos ayuda a discernir, en la fe, los signos de los tiempos, y a enraizarnos en la Palabra de Dios, la cual se convierte en la clave de nuestra vida: hermano o laico, varón o mujer, el lasallista es una persona de fe que se pone a la escucha del Espíritu y bajo su dirección.
En consecuencia, siguiendo a san Juan Bautista De la Salle, educamos nuestra lucidez v nuestra capacidad de imaginación, fortificamos en nosotros la esperanza.
La inspiración y la espiritualidad del fundador están confiadas a nuestra fidelidad y creatividad, pero no para guardarlas como un tesoro frágil o pesado. Juntos y en comunidad, las proponemos a los jóvenes y a los educadores de nuestro tiempo.
Juan Bautista De La Salle nos enseña todavía qué podemos intentar para encontrar respuestas adecuadas a las necesidades actuales. Se trata de una continua y triple atención:


  • A las necesidades de los jóvenes –especialmente de los más pobres– de sus familias, de las escuelas y de los maestros.




  • A nuestras comunidades educativas, a nuestros grupos lasallistas, a su capacidad de apertura y de respuesta a las necesidades, a su testimonio y a la calidad de su servicio




  • A Dios mismo y a su designio, porque se trata de un Dios que conduce con sabiduría y amor, que quiere la felicidad y la salvación de todos.

Se comprende que se trata de una atención muy encarnada y realista, vivida en nuestro empleo, en nuestra tarea educativa y pastoral, en nuestra vida personal, familiar, comunitaria y profesional.


Carta a la Familia Lasallista

Págs. 13-15; 21-22. 1987. Roma. Italia

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