Sumario jesús, enraizado en la tradición profética de Israel



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JESÚS, CREADOR DE UN MOVIMIENTO PROFÉTICO DE SEGUIDORES AL SERVICIO DEL REINO DE DIOS
José Antonio Pagola
Ponencia en el XIX. FORO ERLIJIOSO HERRITARRA /

FORO RELIGIOSO POPULAR. (Vitoria-Gasteiz, 2011)


SUMARIO



  1. Jesús, enraizado en la tradición profética de Israel

  • Los profetas en la historia de Israel

  • Presencia alternativa que llama al cambio

  • Novedad que genera esperanza




  1. Jesús, profeta del reino de Dios

  • Ya está aquí Dios buscando reinar en la historia humana

  • La pasión de Jesús por el reino de Dios

  • Dios al servicio de una vida más humana

  • El programa liberador del Profeta del reino




  1. Pasión por Dios, compasión por las víctimas

  • Profeta de la compasión de Dios

  • La compasión activa de Jesús

    • Profeta curador

    • Profeta defensor de los pobres

    • Profeta amigo de pecadores




  1. La crítica profética de Jesús

  • Rompe la cultura de la indiferencia

  • Se identifica con el sufrimiento de las víctimas

  • Grita su protesta cuando otros callan

  • Habla desde la autoridad de los que sufren

  • Su crítica radical desde la cruz




  1. La esperanza nueva de Jesús

  • Reacciona frente a un mundo cerrado a la novedad de Dios

  • Es posible otro mundo diferente

  • Recuerda públicamente los anhelos de los últimos

  • Introduce una alternativa con su actuación

  • La esperanza última en el Resucitado




  1. Volver a la causa de Jesús

  • Reavivar el espíritu profético en las comunidades cristianas en torno al relato de Jesús

  • Recuperar la centralidad del reino de Dios

  • Romper silencios, liberarnos de miedos, despertar la esperanza

Entiendo mi intervención, no como una exposición sistemática del contenido objetivo del reino de Dios, sino como un acercamiento a la dinámica profética que vive Jesús al asumir el proyecto del reino como centro de su predicación y de su acción. Haciendo memoria de Jesús, Profeta del reino de Dios, al comienzo de estas Jornadas, estaremos mejor dispuestos a escuchar su llamada a recuperar su causa.



1. JESÚS, ENRAIZADO EN LA TRADICIÓN PROFÉTICA DE ISRAEL
Jesús no es un sacerdote del templo: no pertenece a ningún linaje sacerdotal. Nadie lo confunde con un maestro de la ley, dedicado a explicar la Torá. Los campesinos de Galilea ven en sus gestos y sus palabras la actuación de un gran profeta que los impacta: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros»1. Su autoridad no es como la de los letrados; no viene de la institución; no se basa en las tradiciones. «Este enseñar con autoridad es nuevo»2. Nace de la fuerza del Espíritu de Dios, que desciende sobre él en el Jordán para impulsar su actividad curadora e inspirar sus palabras de fuego. Así resumen su vida los discípulos de Emaus: «fue un profeta poderoso en obras y en palabras ante Dios y ante todo el pueblo»3.
La historia de Israel es impensable sin la intervención de los profetas. Su presencia se debe a la acción de Dios, empeñado en guiar a su pueblo con su Espíritu, cuando los dirigentes políticos y religiosos no saben conducirlo por los caminos de la Alianza. Los profetas no forman parte de la estructura política de Israel ni de la institución religiosa. No son nombrados por ninguna autoridad. A diferencia de los reyes o de los sacerdotes, no son ordenados ni ungidos por nadie. Su autoridad proviene de su experiencia de Dios. El profeta es «nabi», es decir, un hombre «llamado» por Dios para decir al pueblo cómo se ven las cosas desde su corazón4.
Voy a señalar dos rasgos esenciales de los profetas: la vida del profeta introduce, por una parte, una presencia alternativa que invita al cambio y la conversión; por otra parte, una esperanza que rompe la indiferencia y abre un futuro nuevo a la acción de Dios5.
Por una parte, en medio de una sociedad injusta donde los poderosos no tienen conciencia de estar arrebatando el pan a los pobres, donde los privilegiados buscan su propia seguridad silenciando el sufrimiento de los que lloran, y donde se renuncia a la compasión a cambio de bienestar, el profeta introduce una forma alternativa de percibir la realidad: desde su experiencia de Dios se esfuerza para que el pueblo y sus dirigentes pueden contemplar su propia historia a la luz de la compasión de Dios y de su deseo de justicia. Más allá de los gestos o de las palabras de indignación, lo que caracteriza a Miqueas o Amos, a Isaías o Jeremías es su existencia, su manera de leer y de vivir la realidad desde la verdad de Dios: su presencia alternativa que llama audazmente a la conversión.
Por otra parte, cuando la religión se acomoda a un estado de cosas injusto; cuando los intereses religiosos no coinciden ya con los intereses de la justicia de Dios; cuando la crítica no puede ser practicada desde el templo porque ha desaparecido la pasión por el Dios de los pobres, sustituido por el Dios del orden; cuando la religión es utilizada para cerrar el paso a toda novedad, considerándola una amenaza para lo establecido; cuando ya casi todos han olvidado que Dios es libre y puede actuar al margen y hasta en contra de esa religión que lo mantiene «cautivo», aparece el profeta. En el nombre de Dios, el profeta sacude la indiferencia y el autoengaño que reina en casi todos; libera a la religión de la insensibilidad hacia los últimos; critica la ilusión de eternidad y absoluto que la paraliza, recordando a todos que sólo Dios es Dios: introduce imaginación y esperanza para pensar el futuro de Dios con libertad.
Jesús es la culminación de esta corriente profética que atraviesa la historia de Israel. El Hijo de Dios no se ha encarnado en un sacerdote consagrado a la religión estática del Templo, ni en un letrado ocupado en mantener el orden establecido por la Ley. Se ha encarnado en un profeta, oriundo de una aldea desconocida de la Baja Galilea, que, movido por el Espíritu de Dios, vive llamando a una conversión radical y abriendo caminos a la novedad de Dios. Esta vida marcada, como la de casi todos los profetas, por la tensión y el conflicto con las autoridades políticas y religiosas, terminará en una cruz, condenado por los dirigentes del Templo como falso profeta, y ejecutado por el representante del Imperio como peligroso para la «paz romana». Resucitado de entre los muertos, Dios reivindica su vida y su muerte proféticas, declarándolo Hijo amado y Profeta de su Reino.
2. JESÚS, PROFETA DEL REINO DE DIOS
Jesús no enseña propiamente una doctrina nueva para que sus discípulos la aprendan y la difundan correctamente. Anuncia un acontecimiento nuevo que pide ser acogido, pues lo puede cambiar todo.
Ya está aquí Dios buscando reinar en la historia humana
Con una audacia desconocida, Jesús sorprende a todos afirmando algo que ningún profeta de Israel se había atrevido a declarar: «Ya está aquí Dios, con su fuerza creadora de justicia, tratando de reinar entre nosotros». El primer evangelista resume así su mensaje profético: «El tiempo se ha cumplido. El reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en esta Buena Noticia»6. Empieza un tiempo nuevo; Dios no quiere dejarnos solos ante nuestros problemas, sufrimientos y desafíos. Quiere construir, junto a nosotros, una vida más humana. Hemos de aprender a vivir creyendo en esta Buena Noticia. Este «reino de Dios» no es una religión. Es mucho más. Va más allá de las creencias, preceptos y ritos de cualquier religión. Es una experiencia nueva de Dios que lo resitúa todo de manera nueva. Si de Jesús nace una nueva religión, como de hecho sucedió, tendrá que ser una religión al servicio del «reino de Dios».
Lo sorprendente es que Jesús nunca explica propiamente lo que es «el reino de Dios». Lo que hace es sugerir con gestos liberadores y parábolas inolvidables cómo actúa Dios y cómo sería el mundo si sus hijos e hijas actuaran como él. Podemos decir que «el reino de Dios» es la vida tal como la quiere construir Dios. Estos son sus principales rasgos: una vida de hermanos y hermanas, regida por la compasión que tiene Dios hacia todos; donde se busca la justicia y la dignidad para todo ser humano, empezando por los últimos; donde se acoge sin excluir a nadie de la convivencia y la solidaridad; donde se promueve la curación de la vida liberando a las personas y a la sociedad entera de toda esclavitud deshumanizadora; donde la religión ha de estar al servicio de las personas, sobre todo de las que más sufren o están más olvidadas; donde se vive desde la confianza en el perdón gratuito de Dios, en el horizonte de una fiesta final junto al Padre7.
La pasión de Jesús por el reino de Dios
Esto que Jesús llama «reino de Dios» es el corazón de su mensaje, la pasión que anima toda su vida y la razón por la que será ejecutado. El centro de su experiencia mística y de su actividad profética no lo ocupa propiamente Dios, sino «el reino de Dios», pues Jesús no separa nunca a Dios de su proyecto de transformar el mundo. No lo contempla encerrado en su misterio insondable, olvidado del sufrimiento humano, sordo a los clamores de los que sufren. Lo experimenta como la presencia buena de un Padre que está buscando abrirse camino en el mundo para humanizar la vida.
Desde este horizonte lo vive Jesús todo. Por eso, no invita a sus seguidores a buscar a Dios, sino a «buscar primero el reino de Dios y su justicia»8, lo demás es secundario. No llama a «convertirse» a Dios, sin más, sino que pide «entrar» en el reino de Dios9. Y cuando sus discípulos le piden que les enseñe a orar, a Jesús le sale desde dentro su pasión por el reino: «Padre, santificado sea tu nombre; venga tu reino; hágase tu voluntad en la tierra…»10.
Dios al servicio de una vida más humana
Esta pasión por el reino lleva a Jesús a asociar a Dios con la vida. Los dirigentes religiosos de Israel asocian a Dios con su sistema religioso y no tanto con la vida y la felicidad de la gente: lo primero y más importante para ellos es dar gloria a Dios asegurando los sacrificios del templo, observando la ley y cumpliendo el sábado. Jesús, por el contrario, vincula a Dios con la vida; lo primero y más importante es que sus hijos e hijas disfruten de una vida más digna y justa. Lo primero es el proyecto de Dios, no la religión; la vida de las personas, no el culto; la curación de los enfermos, no el sábado; la reconciliación social, no las ofrendas que se llevan hacia el altar; la acogida amistosa a los pecadores, no los ritos de expiación.
Por eso mismo, Jesús asocia a Dios, no con los poderosos y privilegiados, sino con los pobres y marginados. Para entrar en el reino de Dios es necesario salirse del imperio del cruel Tiberio, siempre ávido de más riqueza, poder y honor, desde su retiro en la isla de Capri. No hay que dar a ningún Cesar lo que sólo pertenece a Dios: sus pobres, los excluidos de la ciudadanía romana, los explotados, los olvidados por todos11; de ellos es el reino de Dios. Para entrar en el reino de Dios hay que salirse del reinado de la riqueza. O Dios o el Dinero. Dios no puede reinar entre nosotros si no es buscando hacer justicia a los que nadie hace12.
El programa liberador del Profeta del reino
Por eso, mientras los dirigentes religiosos se sienten urgidos por Dios a cuidar la religión del templo y la observancia de la ley, mientras el Cesar de Roma, su vasallo Antipas y los poderosos terratenientes de Séforis y Tiberíades siguen explotando a los campesinos de Galilea, Jesús, el Profeta del reino de Dios, se siente enviado por el Espíritu de Dios a promover su justicia e impulsar la liberación. Ese es su programa.
Lucas lo ha captado muy bien cuando presenta a Jesús en la sinagoga de su pueblo de Nazaret, aplicándose a sí mismo estas palabras del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Noticia, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos, y proclamar un año de gracia del Señor»13. Jesús, lleno del Espíritu de Dios, se siente impulsado a introducir en el mundo la «Buena Noticia» para los pobres: «liberación» para los cautivos, «luz» para los ciegos, «libertad» para los oprimidos, «gracia» para los desgraciados.
3. PASIÓN POR DIOS, COMPASIÓN POR LAS VÍCTIMAS
En el núcleo de esta experiencia del reino de Dios que vive Jesús, como centro y principio dinamizador de su actividad, encontramos su pasión por Dios y su compasión por las víctimas. La compasión que está en el origen de toda su actuación profética no es sino expresión de su pasión por un Dios compasivo que pide justicia para todos sus hijos e hijas.
Profeta de la compasión de Dios
Jesús capta y vive la realidad insondable de Dios como bondad y compasión. Lo que define a Dios no es el poder sino sus entra-ñas maternales de Padre. La compasión es el modo de ser de Dios, su manera de mirar el mundo y tratar a las personas. El Padre lo vive todo desde la compasión. Esta es la experiencia de Dios que comunica Jesús en sus parábolas más conmove-doras14.
Es precisamente esta compasión de Dios la que atrae a Jesús hacia las víctimas, los que más sufren, los maltratados por la vida o por las injusticias de los poderosos. El Dios de la ley y del orden, el Dios del culto y de los sacrificios, el Dios del sábado jamás podría generar la actividad profética que lo caracteriza. Es la compasión de Dios la que hace a Jesús tan sensible al sufrimiento de los inocentes y la humillación de los excluidos. Nada puede ofender más al Padre que hacer sufrir injustamente a sus hijos e hijas, o tolerar ese sufrimiento con indiferencia.
El Profeta del reino no puede pasar de largo ante los que sufren. Alimenta al pueblo con su palabra porque «siente compasión» al verlos como ovejas sin pastor15. Cura a los enfermos, leprosos y desquiciados porque «se le conmueven las entrañas»16. Es la compasión de Dios la fuerza que está en el origen y trasfondo de toda su actuación profética imprimiendo fuego a sus palabras y ternura a sus gestos. Así vivirán también sus seguidores: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo»17.
La compasión activa de Jesús
Para captar mejor la compasión activa de Jesús al servicio del reino de Dios, vamos a considerar tres líneas de fuerza de su actuación profética.
Jesús vive al Dios compasivo como Amigo de la vida. Sufre al ver la distancia enorme que hay entre el sufrimiento de tanta gente desnutrida y enferma, y la vida sana que Dios quiere para sus hijos e hijas. Él se siente Profeta curador, lleno del Espíritu bueno de Dios, no para condenar y destruir, sino para curar, liberar de espíritus malignos y potenciar la vida. Para Jesús, Dios es una Presencia buena que bendice la vida y quiere la curación. Por eso, bendice a los enfermos y enfermas que no pueden recibir la bendición de Dios en el templo, pues se les cierran sus puertas. Impone sus manos sobre ellos porque quiere envolver con la ternura de Dios a quienes se sienten castigados por él. Y, cuando logra contagiarles su fe y se produce la curación, Jesús proclama proféticamente que la experiencia del reino de Dios se va haciendo realidad: «Si yo expulso demonios por el Espíritu de Dios, es que está llegando a vosotros el reino de Dios»18. Se abre caminos al reino de Dios cuando se lucha contra el sufrimiento y el mal.
Nunca presenta Jesús estas curaciones como una forma fácil de suprimir el sufrimiento en el mundo, sino como signo que indica la dirección en la que hemos de actuar para construir el reino de Dios. Por eso, pone en marcha un proceso de sanación no sólo individual sino también social. Su rebeldía frente a tantos comportamientos patológicos de raíz religiosa (legalismo, hipocresía, rigorismo, culto vacío de solidaridad); sus esfuerzos por crear una convivencia más justa y digna para todos; su voluntad de liberar a la mujer del dominio posesivo del varón; su ofrecimiento de perdón gratuito a gentes hundidas en el desprecio social y la ruptura interior; su empeño en liberar a todos del miedo para vivir desde la confianza absoluta en el Padre, son otras tantas formas de encaminar la sociedad hacia una vida más digna y saludable.
Jesús experimenta al Dios compasivo como el Dios de los últimos, los empobrecidos por los poderosos y olvidados por la religión. Jesús sufre al ver que nadie les hace justicia. Él se siente Profeta defensor de los pobres. Su primer gesto profético es compartir su suerte. La vida pobre e itinerante de Jesús y sus seguidores no es austeridad. Es su forma de compartir la indefensión, la vulnerabilidad y los riesgos que padecen tantos desgraciados. Jesús, profeta pobre de Dios, vive entre los pobres, conoce su hambre y sus lágrimas, estrecha contra su pecho a los niños y niñas de la calle, y sufre con todos ellos. Así habrán de vivir también sus seguidores.
Al mismo tiempo, comienza a hablar con un lenguaje provo-cativo. La compasión de Dios está pidiendo que se haga justicia a sus hijos más débiles. Ellos son los primeros que han de experimentar el reino de Dios. Jesús lanza sus gritos proféticos por toda Galilea. Se encuentra con familias que no han podido defender sus tierras ante los abusos de los terratenientes y grita: «Dichosos los que no tenéis nada porque vuestro rey es Dios». Observa la desnutrición de aquellas mujeres y niños, y les asegura: «Dichosos los que ahora tenéis hambre porque seréis saciados». Ve llorar de impotencia a los campesinos cuando los recaudadores se llevan lo mejor de sus cosechas, y les dice: «Dichosos los que ahora lloráis porque reiréis»19.
No es burla ni cinismo. Jesús habla con total convicción. Esta afirmación es central en su mensaje profético del reino: «Los que no interesan a nadie, interesan a Dios; los que sobran en los imperios construidos por los hombres, tienen un lugar privilegiado en su corazón; los que no tienen una religión que los defienda, le tienen como Padre». Si el reino de Dios es acogido, el mundo irá cambiando para bien de los últimos. Este mensaje de Jesús no significa ahora mismo el final del hambre y la miseria, pero sí una dignidad indestructible para todas las víctimas. Son los predilectos de Dios y esto da a su dignidad una seriedad absoluta. En ninguna parte se construirá la vida tal como la quiere Dios, si no es liberando a los pobres de su miseria. Ninguna religión será bendecida por Dios, si no busca justicia para ellos. Esto es buscar el reino de Dios: poner a las religiones y los pueblos, a las culturas y las políticas mirando hacia los últimos y trabajando por su dignidad.
Jesús experimenta al Dios compasivo como acogida y perdón inmerecido a todos. Sufre cuando los publicanos y las prostitutas son despreciados mientras el Padre los está buscando. Él se siente «Profeta, amigo de pecadores». Dios no es propiedad de los buenos. El Padre «hace salir su sol sobre buenos y malos. Manda la lluvia sobre justos e injustos»20. Dios ofrece a todos el sol, la lluvia y la vida como regalo, rompiendo nuestra tendencia a discriminar y excluir a los indignos. Jesús capta en el misterio de Dios un proyecto de comunión donde los justos no desprecien a los pecadores, los puros no excluyan a los impuros, los poderosos no abusen de los débiles, los varones no discriminen a las mujeres. Dios no bendice la exclusión ni la discriminación. Dios no separa ni excomulga. Dios abraza, acoge y perdona.
Movido por esta experiencia de Dios, Jesús abre caminos a su reinado, acogiendo en su entorno más cercano a las mujeres, acariciando con sus manos a los leprosos, curando a impuras e impuros, conviviendo con gentes alejadas de la Alianza, sentándose a comer amistosamente con pecadores, prostitutas e indeseables. La mesa de Jesús no es la «mesa pura» de los fariseos que excluyen a los impuros, tampoco la «mesa santa» de la comunidad de Qumrán de la que se excluye a los «hijos de las tinieblas». Es la mesa donde la misericordia acogedora ha sustituido a la santidad excluyente. La mesa donde se rompe el círculo diabólico de la discriminación, abriendo un espacio nuevo para el encuentro amistoso con Dios. La única mesa que anticipa y prepara la fiesta final en torno al Padre.
Acoger el reino de Dios es eliminar prejuicios y romper fronteras, crear fraternidad y promover la acogida. El perdón gratuito del Padre sólo puede ser anunciado desde una comunidad acogedora. En el horizonte de todo trabajo auténtico por el reino, no puede faltar el mensaje del perdón gratuito: «Cuando os veáis juzgados por la ley, sentíos comprendidos por Dios. Cuando os sintáis rechazados por la sociedad o la religión, sabed que Dios os acoge. Cuando nadie perdone vuestra indignidad, abríos al perdón inagotable del Padre. No lo merecéis. No lo merece nadie, pero Dios es así: amor y perdón. Creed en esta Buena Noticia».
4. LA CRÍTICA PROFÉTICA DE JESÚS
Vamos a ahondar ahora en el servicio de Jesús al reino de Dios, señalando la dinámica de su crítica profética y algunos de sus rasgos:
Jesús critica de manera radical la cultura dominante de la indiferencia. El sufrimiento de los inocentes ha de ser tomado en serio. No puede ser aceptado como algo normal. Es inaceptable ante Dios. La atención al que sufre ha de ocupar el lugar de la insensibilidad general. «Sed compasivos como vuestro Padre». De ordinario, la compasión activa que reclama justicia es lo único que no está permitido por los que detentan interesadamente el poder político o religioso. Se defiende lo establecido como si no hubiera dolientes ni llantos de ninguna clase. Desde el poder, todo se tiene en cuenta antes que el sufrimiento de las víctimas. En el trasfondo de las palabras y los gestos de Jesús, resuena un grito que sacude las conciencias: las cosas no son como las quiere Dios. En Galilea no reina la compasión ni la justicia. Hace tiempo que la política de Roma y de sus vasallos herodianos viene oprimiendo a los más débiles, mientras los dirigentes religiosos del templo se han desenten-dido de su sufrimiento.

Jesús grita su protesta interiorizando en su propia existencia el sufrimiento de todas las víctimas que la cultura dominante (familias herodianas, terratenientes de Galilea, escribas y maestros de la ley o sacerdotes del templo) niega, oculta o ignora con su indiferencia. Anuncia el reino de Dios, iden-tificado con las víctimas, participando de su aflicción, compadecido de un pueblo que vive perdido como «ovejas sin pastor», llorando por Jerusalén porque «no conoce los caminos de la paz»21. Aquí está la novedad del reino. Jesús actúa desde la aflicción de los últimos. No es éste el estilo del poderoso que pretende mantener el control político o religioso. El poderoso no llora. El profeta de la compasión, sí.


Movido por el Espíritu de Dios, Jesús alza su voz mientras otros permanecen callados por inconsciencia, ceguera o cobardía. Capta con lucidez la injusticia que se está cometiendo con los más débiles, y proclama su protesta. «Los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros»22. Dios está contra el poder opresor. Dice también: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos… Atan cargas pesadas y las echan a la espalda de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas»23. No ha de ser así. Dios está contra la religión opresora.
Jesús actúa con una autoridad profética que proviene de Dios y se manifiesta como autoridad de los que sufren. Nadie la puede discutir. Es la primera verdad exigible a cualquier política y a cualquier religión24. Esta autoridad de los que sufren carga las palabras y los gestos de Jesús de una fuerza crítica radical. Cura a los enfermos rompiendo el sábado. ¿Por qué? Porque ni la ley más sagrada está por encima del sufrimiento de los desgraciados: «Dios creó el sábado por amor al hombre y no al hombre por amor al sábado»25. Toca a los leprosos, acoge a los excluidos del templo, come con pecadores despreciados por todos. ¿Por qué? Porque a la hora de practicar la compasión de Dios, el malo y el indigno tienen tanto derecho como el bueno y el piadoso a ser acogidos con misericordia. Ofrece el perdón de Dios a los pecadores sin exigirles bautizarse en el Jordán ni ofrecer sacrificios de expiación en Jerusalén. ¿Por qué? Porque nadie puede controlar el perdón de Dios imponiendo un sistema perdonador que esté por encima de la compasión libre y liberadora de Dios.
El gesto profético más grave de Jesús desencadenó su rápida ejecución. Su intervención en el templo no pretende la purificación del culto. Es un gesto más radical: anuncia el juicio de Dios contra un sistema religioso, económico y político que se opone frontalmente a su reinado. El templo se ha convertido en símbolo de todo lo que oprime a los últimos. En la «casa de Dios» se acumula la riqueza, mientras en las aldeas de sus hijos crece la pobreza y el hambre. Desde aquel templo no se defiende a los últimos ni se protege a los más vulnerables. Se repite de nuevo lo que Jeremías condenaba en su tiempo: la casa de Dios se ha convertido en una «cueva de ladrones». El Dios de los pobres no reina ni reinará desde ese templo; jamás legitimará ese sistema. Con la venida del reino de Dios pierde su razón de ser26.
La crítica radical de Jesús alcanza su culminación al ser crucificado en las afueras de la ciudad santa de Jerusalén. En la cruz se revela de manera definitiva su pasión por el reino de Dios y su compasión por todas las víctimas cuya aflicción asume hasta el final. Su petición de perdón al Padre para los verdugos que lo crucifican es, al mismo tiempo, un gesto sublime de compasión y una crítica suprema de la insensatez del poder político y religioso: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»27. Por otra parte, su grito a Dios pidiendo alguna explicación a tanta injusticia y abandono, y su entrega confiada al Padre quedan en labios del Crucificado reclamando una respuesta de Dios más allá de la muerte: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», ¿Por qué nos has abandonado?. «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu», Padre, en tus manos quedan nuestras vidas28.
5. LA ESPERANZA NUEVA DE JESÚS
La esperanza muere para todos cuando las expectativas de cambio para los pobres son mínimas o no existen. Así sucede en Galilea. El imperio romano pretende que la «Pax romana» es la paz plena y definitiva; la religión del templo defiende que la «Torá» de Moisés es inmutable y eterna. Mientras tanto, los últimos, es decir, los excluidos del imperio y los olvidados por la religión, están condenados a vivir sin esperanza. Puede haber alguna mejora en la «Pax romana», puede cumplirse de manera más escrupulosa la «Torá», pero nada decisivo cambia para los pobres: el mundo no se hace más humano. En esa sociedad y en esa religión no es posible imaginar un nuevo comienzo. La cultura dominante no permite novedad alguna. Nadie cree en las promesas. No se sabe cómo y dónde podría brotar una esperanza nueva para los pobres y para esa sociedad indiferente y cínica.
Lo primero que hace Jesús es romper ese mundo cerrado introduciendo una novedad: está irrumpiendo el reino de Dios. Ese mundo sin alternativa ni esperanza es falso. Esa política que no admite una crítica de fondo, esa religión segura de sí misma que ni siquiera sospecha la interpelación de Dios desde los pobres, no responden a la verdad de Dios. Es posible luchar por un mundo nuevo porque es el mundo querido por Dios, que va más allá de los derechos del César y más allá de lo establecido por la Ley. Lo que Jesús dice de Dios y lo que hace por los últimos es captado como algo nuevo y bueno. Jesús es una Buena Noticia. Así lo percibe la gente: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros y Dios ha visitado a su pueblo»29.
Además, Jesús recuerda públicamente los anhelos de los últimos, que están hasta tal punto ignorados y reprimidos que ya ni parece que existen. Se resiste a sumarse a la desesperanza general. Sus bienaventuranzas son una provocación a una esperanza nueva y desconcertante: «Dichosos los pobres porque de vosotros es este Dios que quiere reinar en el mundo. Dichosos los que tenéis hambre porque Dios os quiere ver comiendo. Dichosos los que lloráis porque Dios os quiere ver riendo»30. Sus gritos subversivos introducen una novedad que rompe todos los esquemas: «Los últimos serán los primeros y los primeros últimos»31; «quienes se ensalcen serán humillados y quienes se humillen serán ensalzados»32. Los publicanos y las prostitutas entran en el reino de Dios antes que los dirigentes religiosos33. Será grande quien se ponga a servir a los últimos34.
Para Jesús, estos gritos no son palabras sin contenido, sino que orientan y marcan su conducta profética. En el imperio los últimos son y serán siempre los últimos; en el templo siempre entrarán antes los sacerdotes, nunca los publicanos ni las prostitutas. Con su actuación Jesús introduce una alternativa que despierta esperanza. Para él los últimos son los primeros. No entra en Tiberíades donde viven los ricos terratenientes, lo necesitan en las aldeas pobres de Galilea. No vive admirando a los fuertes, se acerca a los enfermos para aliviar su sufrimiento. No anda rodeado por piadosos y observantes, come con pecadores e indeseables porque al médico le necesitan los enfermos, no los sanos.
Esta esperanza nueva que introduce Jesús en el mundo sólo es posible proclamarla y acogerla desde la fe en un Dios que no abandona a las víctimas. Un Dios libre y liberador, que no tiene por qué acomodarse a las pretensiones de los poderosos, ni seguir los caminos que le marcan las autoridades religiosas. A este Dios le hace presente Jesús cuando parecía ya olvidado por el poder y domesticado por la religión. La resurrección del Crucificado, desautorizando al representante de Roma y a las autoridades del templo, constituye la intervención definitiva de Dios que abre un futuro definitivo a la historia humana. En este Dios que resucita al Crucificado se fundamenta nuestra esperanza.
La actitud curadora de Jesús introduce salud en los enfermos de Galilea, pero está ya anunciando la salvación eterna que nos ofrece Dios. Su acogida a quienes viven excluidos por la sociedad y la religión es ya promesa de la acogida definitiva y del perdón reconciliador. Sus comidas con pecadores, prostitutas e indeseables anticipan ya el banquete del reino en torno al Padre. La última palabra sobre la historia humana la tiene Dios. Cuando su proyecto del reino es impedido por el mal, fracasa por nuestro pecado, o queda a medias interrumpido por la muerte, Dios lo lleva a su plenitud en la vida eterna. Un día las bienaventuranzas se cumplirán. Dios será todo en todos. Él «secará las lágrimas de nuestros ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas porque el mundo viejo habrá pasado»35.
6. VOLVER A LA CAUSA DE JESÚS
Voy a señalar brevemente algunas líneas de fuerza que puedan orientar y alentar nuestro esfuerzo por volver a la causa de Jesús.
Reavivar el espíritu profético en el pueblo de Dios en torno al relato de Jesús
El nacimiento de la Iglesia en Pentecostés es descrito como una efusión del Espíritu. Lucas interpreta el hecho como el cumplimiento de unas palabras del profeta Joel que habla de una efusión del don de profecía no sólo sobre los varones y los ancianos, sino incluso sobre las mujeres y los jóvenes36. Los profetas de las primeras comunidades son signo de que la comunidad posee el Espíritu profético de Jesús resucitado37. Ellos contribuyen, junto a otros carismas, a «edificar el Cuerpo de Cristo»38. Ocupan un lugar eminente pues, juntamente con los apóstoles, constituyen «el cimiento» de las comunidades. Por eso, pide Pablo a las tesalonicenses que no apaguen la profecía: «No apaguéis el Espíritu, no menospreciéis las profecías»39.
Pronto se observa, sin embargo, un temor a que se conviertan en una fuerza incontrolada. Pablo se ocupa ya de poner orden y paz en la comunidad de Corinto40. Todavía durante un tiempo, siguen desempeñando un papel importante en la vida de las comunidades. Sin embargo, a finales del siglo segundo, el profetismo comienza a decaer. Hans von Balthasar afirma que «cae sobre el espíritu de la Iglesia una escarcha que no ha vuelto nunca a quitarse del todo»41. Posteriormente, al irse configurando el cristianismo como la «vera religio» del imperio, el espíritu profético va desapareciendo hasta ser prácticamente absorbido por otras funciones y ministerios institucionales42.
Sin embargo, siempre se ha mantenido en la Iglesia la conciencia de que no se ha de perder el espíritu profético entre los seguidores de Jesús. Después del Concilio, Karl Rahner ha sido la voz que, con más fuerza, ha denunciado la pobreza espiritual y profética del cristianismo actual y que, con más fe, ha pedido una «Iglesia de espiritualidad auténtica», es decir, abierta a la acción del Espíritu, no sólo a través de la institución, sino también fuera y junto a lo institucional43. En la Iglesia actual apenas hay lugar para la profecía. De espaldas al Espíritu del Concilio, olvidando sus líneas de fuerza y su perspectiva evangelizadora, corremos el riesgo de caminar hacia el futuro, privados una vez más del espíritu profético necesario para actuar como seguidores de Jesús al servicio del reino de Dios.
La situación es grave. No sólo hay entre nosotros ausencia de espíritu profético. Hay algo más. Sin promover discernimiento alguno y sin alentar el diálogo tan necesario en estos momentos de desconcierto, se está cultivando el recelo frente a toda novedad del Espíritu que no provenga de las directrices institucionales o no se ajuste a las consignas oficiales. La Iglesia corre así el riesgo de estructurarse de manera antiprofética, incapacitándose para discernir los signos de los tiempos y para escuchar lo que el Espíritu de Jesús nos dice hoy a sus seguidores. Sin embargo, el camino abierto por Jesús sólo puede ser recorrido con espíritu profético.
¿Qué hacer? El camino no es la rebelión, mucho menos la resignación y la pasividad. Se nos está llamando a un trabajo interior, una gestación que hemos de alentar sobre todo en las comunidades cristianas para que sean, antes que nada, espacios de libertad, de conversión y de esperanza, donde se pueda aprender a vivir la fe cristiana como mutación, como cambio, proceso de conversión a Jesucristo e identificación con su proyecto del reino de Dios.
Esta conversión a una Iglesia más profética no puede ser liderada por la jerarquía, ni promovida por un organismo oficial. Es en el seno de la comunidad cristiana donde podemos y debemos escuchar la llamada de Pablo: «Buscad el amor y aspirad los dones del Espíritu, sobre todo, la profecía»44. Es en las comunidades donde hemos de iniciar la reacción hacia una fase nueva de cristianismo, más inspirado y motivado por Jesús, y mejor estructurado para servir al proyecto del reino de Dios. El cambio decisivo es ir pasando de comunidades primor-dialmente culturales, centradas en la celebración y la catequesis, hacia comunidades proféticas más centradas en el reino de Dios y en la acción evangelizadora. Estoy pensando en una conversión «sostenida» a lo largo de los años venideros, que hemos de iniciar ya las generaciones actuales y que hemos de trasmitir como herencia y talante a las minorías que vienen tras nosotros. La renovación que necesita la Iglesia no vendrá por vías institucionales, sino por las brechas abiertas por el espíritu profético45.
No es posible marcarle los caminos al Espíritu, pero sí crear un clima donde sea más posible su acción. Tal vez, lo primero es resistirnos a vivir sometidos al dinamismo de lo establecido o lo acostumbrado: no sentirnos obligados a mantener un pasado inmóvil. Hemos de insistir mucho más en el contacto vital con Jesús y en la interiorización de su proyecto del reino: sólo así estamos abriendo camino al espíritu profético. Hemos de dar pasos hacia el futuro sabiendo que lo decisivo en la comunidad no son los entendidos, sino los testigos, no es la estructura sino el estilo de vida, no es el número sino la calidad de vida. Hemos de aprender a vivir cambiando. Hemos de despedir lo que ya no abre caminos al reino de Dios, y estar más atentos a lo germinal, a lo que está tratando de brotar hoy. Dar la palabra no sólo a los presbíteros sino a los laicos, no sólo a los varones sino a las mujeres, no sólo a los que hablan en nombre de la institución sino a quienes nos recuerdan el Espíritu de Jesús. Volver con sencillez a la novedad primera del Evangelio sabiendo que lo nuevo no es necesariamente distinto, pero es siempre algo más profundo, más coherente, más evangélico y más fecundo.

Recuperar la centralidad del reino de Dios
¿Es hoy el reino de Dios el centro de la Iglesia, la pasión de los cristianos, el objetivo prioritario de las comunidades? ¿Es el horizonte real desde el que se promueve la evangelización y la acción pastoral? Es indudable que la Iglesia contribuye a la construcción del reino de Dios colaborando de múltiples maneras a la humanización del mundo, pero, a lo largo de los siglos, el Proyecto del reino en cuanto tal se ha ido oscureciendo y diluyendo, a veces de manera inconsciente, otras de manera expresa. No es este el momento de analizar las diferentes causas que han originado esta situación. Sólo quiero señalar algunas bases para iniciar la reacción.
Lo primero es no identificar el reino de Dios con la Iglesia. La Iglesia no es lo central y absoluto. Lo primero es el reino de Dios. El eclesiocentrismo es una de las desviaciones más graves y que, con más inconsciencia, se han introducido en la historia del cristianismo. Ha llegado el momento de tomar conciencia y desenmascarar el hecho. Cuando se olvida la primacía absoluta del reino de Dios y los cristianos orientamos nuestras energías hacia la Iglesia y su propio desarrollo, estamos distorsionando el movimiento de Jesús y la misión de la Iglesia. Pablo VI lo recordó de manera rotunda después del Concilio: «Sólo el reino es absoluto. Todo lo demás es relativo»46. Más tarde, Juan Pablo II precisó la naturaleza de la Iglesia en estos términos: «La Iglesia no es ella misma su propio fin, pues está orientada al reino de Dios del cual es germen, signo e instrumento»47. Hemos de tener muy claro que evangelizar no es difundir una religión, sino abrir caminos al reino de Dios dentro de la Iglesia y dentro del mundo. Queremos una Iglesia más evangélica y una religión más cristiana, pero es porque buscamos una vida más humana y un mundo más justo, según el corazón de Dios.
El movimiento profético de Jesús se ha configurado a lo largo de los siglos como una religión, con su propio culto, sus creencias, obliga-ciones y prácticas. El hecho es legítimo y necesario, pues la religión crea un espacio que puede alimentar e impulsar el seguimiento a Jesús y la adhesión al Señor resucitado. Pero el desarrollo de una religión poco fiel al Espíritu de Jesús, puede ocultar el proyecto del reino de Dios y distanciar a los cristianos de su tarea primordial. Hemos de recordar que el cristianismo no es una religión más, que ofrece unos servicios para responder a la necesidad de Dios que tiene todo ser humano. Es una religión profética, nacida de Jesús para humanizar el mundo, según el proyecto de Dios.
Por eso, no hemos de permitir que los signos sacramentales que se celebran en el culto cristiano sustituyan a los signos liberadores del reino que Jesús practicaba en la vida: signos de compasión, de justicia, de fraternidad, de acogida, denuncia o curación al servicio de una vida más humana y digna. La iniciación a los sacramentos y a la doctrina religiosa no ha de suplantar a la iniciación al seguimiento de Jesús y a su práctica del reino. No se trata de minusvalorar la religión sino de entenderla con el Espíritu de Jesús al servicio del reino de Dios.
Esta religión profética sólo es posible en comunidades enrai-zadas de manera nueva en Jesús. Hemos de aprender de nuevo a reunirnos en su nombre, aunque sólo seamos dos o tres48: es Jesús resucitado quien ocupa el centro; él quien nos convoca, nos alienta y nos envía. Hemos de celebrar cada domingo la eucaristía haciendo memoria de lo que fue Jesús, interiorizando su proyecto y comulgando con él. Hemos de introducir en la comunidad la dinámica del reino de Dios, recuperando el lenguaje, los gestos, las reacciones y actitudes de Jesús.
En este clima será posible cultivar de manera paciente un estilo de vida al servicio del reino de Dios, diferente del estilo de vida de un practicante religioso. Habremos de privilegiar actitudes muy propias de Jesús: fe en el reino de Dios, confianza filial en el Padre, compasión activa y solidaria, indignación profética, actividad liberadora, acogida incondicional a todos, austeridad de vida, libertad de espíritu, coraje para cargar con la cruz, esperanza en el reino definitivo de Dios. No serán muchos los que vivan así, pero son ellos quienes podrán ayudarnos a dirigir nuestros pasos hacia comunidades capaces de ofrecer un modelo de vida alternativo y un comienzo nuevo del movimiento de Jesús. ¿Puede el Espíritu suscitar este nuevo nacimiento en la Europa vieja y satisfecha de nuestros días? ¿Nos llegará de las comunidades de los países pobres?
Romper silencios, liberarnos de miedos, despertar la esperanza
Karl Rahner veía el Concilio Vaticano II como «el inicio de un nuevo comienzo de la Iglesia». Sabía que el futuro después del Concilio no sería fácil: «Quizá se vea cubierto otra vez por una ola pasajera de corriente contraria, de prudencia, de miedo ante el propio valor, de susto ante las falsas consecuencias que pudieran deducirse… Pero los embriones verdaderos de una semilla nueva, esto es, de una actitud y una fuerza nuevas para mantener y entender cristianamente el futuro de mañana, están sembrados en la parcela de la Iglesia y del mundo»49.
Esa «ola pasajera» ha llegado introduciendo el desconcierto y la inquietud en no pocas comunidades. Muchos no entienden lo que está sucediendo, pero sienten que algo está cambiando. Lo que hace unos años era ilusión, renovación conciliar y creatividad se va convirtiendo en decepción, desencanto y miedo. Muchos se abstienen, callan y permanecen distantes. ¿Hacia dónde se nos quiere llevar? Sin embargo, en estas mismas comunidades hay un potencial espiritual grande. Bastantes cristianos intuyen, desean y son capaces de vivir su adhesión a Jesucristo de manera diferente en una Iglesia renovada. ¿Qué podemos hacer ahora mismo?
Lo primero es poner al pueblo de Dios en contacto vivo con el Evangelio. Que los cristianos conozcan de manera más directa e inmediata a Jesús, y sintonicen con su Espíritu. Nada ni nadie tiene más fuerza que Jesús resucitado para transformar las comunidades. La verdadera novedad en la Iglesia sería que la fuerza del Evangelio circulara en el seno de las comunidades cristianas. Que se despertara en el pueblo de Dios el deseo del Evangelio. Que lo reclamara con fuerza a la jerarquía. Es cierto que hoy todo se decide sin el pueblo de Dios y lejos de él, pero nada serio y bueno se puede hacer en la Iglesia sin contar con él. Como dice Marcel Légaut, «es el pueblo cristiano quien salvará el cristianismo y no sus dirigentes que, al fin y al cabo, no pueden sino seguirlo»50.
Todos nos hemos de convertir. Nuestras comunidades están llenas de cristianos mudos, sin palabra. Hemos de ir pasando de una religión de autoridad que crea pasividad e infantilismo, a una religión de llamada que genera responsabilidad y seguimiento a Jesús. Hemos de despertar la palabra del pueblo de Dios enmudecida durante siglos. Romper silencios. Que los creyentes sencillos del pueblo aprendan a pronunciar en voz alta palabras buenas, constructivas, curadoras, liberadoras, consoladoras: palabras que no provienen siempre de lo establecido por la tradición o la institución, sino del Espíritu de Jesús y de un amor sincero a su Iglesia.
Hemos de liberarnos de tantos miedos que nos paralizan para promover la conversión a Jesucristo. Tal vez, nuestro mayor pecado contra Jesús es cultivar el miedo en su Iglesia. El miedo nos paraliza, ahoga la alegría y la creatividad, nos hace vivir bajo el recelo y la sospecha, hace desaparecer la fraternidad y la comunión. Donde comienza el miedo, termina la fe. Necesitamos hacer crecer la confianza y la audacia, el respeto mutuo y la comunicación, la búsqueda sincera de verdad evangélica. Necesitamos respirar cuanto antes un clima más amable en la Iglesia de Jesús.
Por último, hemos de reavivar entre nosotros la esperanza, no con palabras de ánimo y exhortaciones piadosas, sino construyendo nuevas bases desde las que sea posible vivir más allá de la experiencia global de crisis. La esperanza no se construye con reacciones fanáticas o acciones desesperadas, sino con actitudes humildes y gestos constructivos que nacen del contacto vital con Jesús. Esta esperanza es hoy posible si vivimos individual y comunitariamente la experiencia de un nuevo inicio. Necesitamos vivir la experiencia de ser reengendrados por el Evangelio a una manera nueva de seguir a Jesús.
Dentro de poco, nuestras comunidades serán muy pequeñas. Existe el riesgo de que en muchas se termine viviendo la religión cristiana de manera empobrecida y sectaria. Habrá también comunidades donde irán quedando sólo quienes se sientan realmente atraídos por Jesús y su proyecto. Todo será más difícil y costoso, pero también más sencillo. La crisis habrá ido despojando el cristianismo de muchas adherencias superfluas a las que nosotros nos seguimos aferrando. Seguramente habrá cristianos que volverán a lo esencial. Se alimentarán del evangelio más que de doctrina. Entenderán mejor que nosotros lo que es ser «levadura», «sal» y «luz» en medio del mundo. Y Dios seguirá impulsando su reinado. Al movimiento de Jesús le esperan muchas sorpresas. Jesús no ha dado todavía lo mejor. Nosotros no lo veremos. A nosotros nos toca vivir la misma experiencia que vivió Jesús, y que consiste en sembrar sin poder cosechar.


1 Lucas 7, 16; Ver Marcos 6, 15; 8, 27-28

2 Marcos, 1, 27

3 Lucas 24, 19

4 El profeta es «nabi», es decir, alguien que ha sido «llamado» por Dios para escuchar un mensaje que ha de comunicar en su nombre. Se le llama también «ro’eh» y «hozeh», es decir, un «vidente» que, desde Dios, ve lo que otros no son capaces de ver.

5 Walter Brueggemann, La imaginación profética. Santander, Sal Terrae, 1986, p.30-50

6 Marco 1, 15

7 Dado que nuestro objetivo es estudiar el compromiso profético de Jesús, nuestra atención se centra sobre todo en la dimensión histórica del reino de Dios y no tanto en su dimensión escatológica.

8 Mateo 6, 33

9 Los profetas de Israel llaman a la conversión (teshubá), que consiste en abandonar los caminos desviados para volver (shub) al Dios de la Alianza. Jesús llama a creer en la Buena Noticia de Dios, salir de otros reinados (Dinero, César…) y «entrar» en el reino de Dios.

10 Fuente Q (Lucas 11, 2// Mateo 6, 9-10). Ch. Duquoc, Dios es diferente. Sígueme, Salamanca, 1978, 39-55.

11 Fuente Q (Lucas 16, 13 // Mateo 6, 24).

12 Fuente Q (Lucas 20, 25 // Mateo 22, 21).

13 Lucas 4, 16-22. La escena es probablemente una composición del evangelista, pero recoge bien la experiencia profética de Jesús y su programa de impulsar el reino de Dios.

14 Parábola del padre bueno (Lucas 15, 11-32); parábola del dueño de la viña (Mateo 20, 1-15); parábola del fariseo y el recaudador que subieron al templo a orar (Lucas 18, 9-14).

15 Marcos 6, 34.

16 Marcos 1, 41; 9, 22; Mateo 9, 36; 14, 14; 15, 32; 20,34; Lucas 7, 13. Los evangelios emplean el mismo término «splanchnízomai» para hablar de la compasión de Dios y de la compasión con que actúa Jesús. En hebreo, «compasivo» (rahum) es quien siente el sufrimiento o la desgracia de los demás desde sus entrañas (rahamim).

17 Lucas 6, 36. La versión paralela de Mateo suele traducirse: «Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto». Sería mejor decir: «Sed buenos del todo como lo es vuestro Padre» o «No pongáis límites a vuestra bondad como tampoco los pone vuestro Padre».

18 Fuente Q (Lucas 11, 20 // Mateo 12, 28).

19 Lucas 6, 20-21. hay un consenso bastante general en que estas bienaventuranzas provienen de Jesús.

20 Mateo 5, 45; Lucas 6, 35. Así contemplaba Jesús la salida del sol cuando, levantándose de madrugada, se recogía para recitar el Shema y las dieciocho Bendiciones (Marcos 1, 35).

21 Lucas 19, 42.

22 Mateo 20, 25-26a.

23 Mateo 23, 2-4

24 J. B. Metz, Memoria passionis. Una evocación provocadora en una sociedad pluralista. Sal Terrae, Santander, 2007, 111.173-174.

25 Marcos 2, 27.

26 Marcos 11, 15-19; Mateo 21, 12-13; Lucas 19, 45-46; Juan 2, 13-22. Ver mi obra Jesús. Aproximación histórica. PPC, Madrid, 2007, 357-362.

27 Lucas 23, 34.

28 Marcos 15, 34; Lucas 23, 46.

29 Lucas 7, 16

30 Lucas 6, 20-21

31 Este dicho aparece con pequeñas modificaciones en Marcos 10, 31; Mateo 19, 30; 20; 16; Lucas 13, 30.

32 Lucas 14, 11; 18, 14; Mateo 23, 12.

33 Mateo 21, 31.

34 Marcos 10, 43-44.

35 Apocalipsis 21,4

36 «En los últimos días, derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, vuestros jóvenes tendrán visiones y vuestros ancianos, sueños; sobre mis siervos y mis siervas derramaré mi Espíritu y profetizarán». (Hechos de los Apóstoles, 2,17-21)

37 No es difícil constatar una especial floración de profetas en los orígenes del cristianismo (Hechos de los Apóstoles 11, 27; 13, 1; 15, 32; 21,9; 1 Tesalonicenses 5, 19; 1 Corintios 12, 28-29; Romanos 12, 6; Efesios 3, 5; 4, 11; 1 Timoteo 1, 18; 4, 14, etc. Ver José Comblin, A profecía na Igreja, Paulus, 2008, 73-102; Guy Bonneau, Prophetisme et institution dans le christianisme primitif, Montreal, Mediaspaul, 1998.

38 Efesios 4, 11-12

39 1 Tesalonicenses 5, 19-20

40 1 Corintios 14, 30-32

41 Citado en N. Füglister, Conceptos Fundamentales de Teología, Artículo Profeta, III, p.525.

42 No hay que olvidar, sin embargo, el espíritu profético que alienta en los mártires, el monaquismo, las grandes órdenes religiosas, el carisma de la vida consagrada… Ver J. Comblin, o.c., p.103-255.

43 Karl Rahner, Cambio estructural de la Iglesia, Madrid, Cristiandad, 1974, 102-110.

44 1 Corintios 14, 1.3

45 Ver Ignacio Ellacuría, Utopía y profetismo, en Mysterium Liberationis. Conceptos fundamentales de la Teología de la Liberación I, 393-492; José Comblin, Mirando hacia el futuro, en Selecciones de Teología (183), Julio-Septiembre 2007, 224-240.

46 Evangelii Nuntiandi, n.8

47 Redemptoris Missio, n.18

48 Mateo 18, 20

49 Citado en Santiago Madrigal, Karl Rahner y Joseph Ratzinger. Tras las huellas del Concilio. Santander, Sal Terrae, 2006, p.94

50 Marcel Légaut, Creer en la Iglesia del futuro, Santander, Sal Terrae, 1985, p,122


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