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Moscardón verde (Lucilia caesar).

Corynetes Thanatophiius

caeruleus. rugosus.

Ptinidie.

No es cierto que los ahorcados experimenten durante su agonía ningún tipo de placer: los fenómenos sexuales que sufren son simplemente contracciones musculares involuntarias e inconscientes.

El trazado sui generis del encefalógrafo detecta que se aproxima la fase de necrosis en centros importantes del cerebro, dibujando primero unas ondulaciones muy débiles, pequeños picos por encima y por debajo de la horizontal, para finalmente permanecer quieto dando lugar a líneas rectas, señal fidedigna de que la actividad bioeléctrica cerebral se ha interrumpido. La muerte es ya un hecho. En el drama individual de la vida ha caído el telón. Las líneas planas son el resultado gráfico y visible de que han cesado las funciones de la corteza cerebral, y del tronco y médula nerviosos. Ante nosotros, la persona que hasta ese momento era un enfermo con mayores o menores esperanzas de superar su crisis, es ya un cadáver, y sobre él la Parca comienza a actuar con un entusiasmo repugnante hasta lograr aniquilarlo.

Actualmente, y debido al incremento y evolución de las técnicas de trasplantes, se hace necesaria una certificación rápida -y sin error- de la muerte.

Por una parte, las leyes obligan a que se diagnostique el óbito del donante con todas las garantías; y por otra, los órganos que van a ser objeto de trasplante no deben haber iniciado su descomposición. Si la muerte no se produce en un momento determinado, sino que es la consecuencia de un largo proceso a través del cual van destruyéndose una a una las distintas partes vitales, necesitamos un criterio que nos permita asegurar que el diagnóstico es irreversible, que el cuerpo que contemplamos inerte no tiene ya ninguna posibilidad de recuperar su estado anterior.
Los informes del electroencefalograma son esclarecedores en este sentido. Los trazados planos tienden cada vez más a marcar el momento en que los médicos toman la decisión de desconectar los aparatos que mantienen con vida artificial a algunos pacientes en estado de coma. Pero intervienen también en las consecuencias de estas decisiones algunos aspectos legales que se deben considerar.

En el estado norteamericano de Massachusetts, en 1 977, el Tribunal Supremo se encontró sobre la mesa de sus deliberaciones con el caso de un hombre que,víctima de un trauma cerebral, había sido mantenido con vida en el hospital, con la ayuda de un pulmón de acero. Conservaba el paciente sus constantes vitales, pero el trazado de su encefalograma, absolutamente plano, indujo a los médicos, tras consultar con la familia, a desconectar los sistemas de respiración artificial. Aquel hombre había sido atacado por un psicópata criminal, que fue el causante de las lesiones. Pues bien: acusado éste de homicidio, su abogado defensor argumentó que el autor de la muerte no había sido su defendido, sino los médicos que habían desconectado el pulmón de acero. Parece que las líneas planas del EEG demuestran que no existe actividad cerebral alguna; pero la vida vegetativa puede seguir desarrollándose.

NECESIDAD DE UN DIAGNOSTICO RAPIDO

Es una cuestión muy espinosa. Algunos familiares permiten la existencia de los que, más que enfermos, son cadáveres vivientes, conectados a multitud de cables y catéteres, drogados y provistos de máquinas para respirar, que se mantienen de manera antinatural en un estado de vida vegetativa. Ni sienten ni padecen, ni tienen conciencia de estar vivos. Sus pulmones artificiales funcionan con el ritmo adecuado; la sangre circula por arterias y venas; cada órgano desarrolla su función; las células de todos los tejidos se reproducen y sustituyen... Habría que explicarles a quienes se empeñan en negar la evidencia que, en cuanto ese cuerpo sea desconectado de los recursos artificiales, se irá para siempre; que con su actitud se están convirtiendo en crueles verdugos del ser que creen amar, prolongando una agonía aberrante por culpa de la tecnología que la hace posible.

Lo que yace en la cama del hospital no es un ser humano; ni siquiera un animal. Es una planta de jardín, un vegetal. Y la vida vegetativa, sin sensibilidad y sin conciencia, no es una vida humana. La muerte, como la vida, debe llegar también de una manera natural.

DE A los pocos instantes de producirse el óbito, el cuerpo ya iner te se torna frío y pálido. La sangre que fluía por sus capilares más externos se recluye en los mayores, mucho más internos;

y se produce un descenso térmico, tan acusado que la temperatura llega a ser inferior a la ambiental, provocando la impresión de gelificación. A los cuarenta o cuarenta y cinco minutos de haberse producido la muerte, la frialdad característica es ya un hecho. El fenómeno, que da comienzo por el rostro, se va extendiendo poco a poco al resto del cuerpo. El calor permanece unos minutos más, oculto en sus últimos reductos: el epigastrio y las axilas. La causa del enfriamiento es la evaporación súbita del agua a través de los poros de la piel.
La deshidratación es, en verdad, rápida, y provoca consecuencias peculiares en el cuerpo del difunto. Los globos oculares sufren una fuerte contracción y pierden su turgencia y brillo, a la vez que la piel comienza a apergaminarse y se torna dura al tacto.

Mientras tanto, la sangre se coagula al sedimentarse los glóbulos rojos, y la hemoglobina que éstos contenían y que proporcionaba el color rojo, se derrama tiñendo el suero sanguíneo antes transparente y llegando a impregnar las paredes arteriales cromándolas con un tinte carmín indefinido. La acumulación de ¡a sangre en las zonas inferiores del cuerpo, otorga a éstas un tono violáceo que contrasta con la sobrecogedora palidez de otras áreas. El suero sanguíneo, abriéndose paso a través de los capilares, se filtra hasta el exterior, dando lugar a una exudación también característica del estado «post mortem».

La muerte prosigue implacable su trabajo sobre el cadáver. Simultáneamente a la palidez y a la frialdad que hemos descrito, los músculos se endurecen y se tornan rígidos. Lo que sólo unas horas antes era blando y fláccido, es ya un cuerpo duro y flexible como una tabla; ello es fruto de la acidificación de las células proteicas de los músculos, unida a la deshidratación mencionada. La rigidez aparece a las cuatro o cinco horas, y es apreciable primeramente en la mandíbula inferior y en la zona de la nuca. Luego el proceso se extiende por el resto de las áreas musculares, para concluir con la extensión de las piernas. Tres días después del óbito desaparece la rigidez, cuando ya la putrefacción es un hecho generalizado.

La rigidez suele producir fenómenos sorprendentes, que pueden llenar de asombro o espanto a quienes los contemplan. Durante mucho tiempo, por ejemplo, se creyó que los ahorcados sentían durante su horrible agonía un intenso placer sexual, porque los cadáveres eran hallados con el pene erecto y muestras evidentes de eyaculación.

Hoy se conoce la explicación a este fenómeno, que no tiene nada que ver con el placer: el hecho está vinculado al proceso bioquímico de rigidificación, que se extiende incluso a las vesículas seminales y que puede dar lugar a todo tipo de movimientos y convulsiones. Es f recuente que, durante la etapa de rigidez, se produzcan contracturas de los maxilares, flexiones de los dedos de las manos y pies, movimientos rápidos de los párpados, aparición de «piel de gallina» u horripilación -lo que en ocasiones ha dado lugar a la creencia de que el difunto estaba siendo presa del pánico justo en el momento en que traspasaba la puerta que comunica con el «mas allá»-. Refiriéndose al cadáver de un hombre que en vida había maltratado cruelmente a su esposa, ésta relató así la escena que se desarrolló durante el velatorio: «Mi suegra y cuñados sollozaban junto al féretro. Las sombras alargadas hasta el techo, provocadas por los hachones encendidos, daban a la estancia un aspecto lúgubre y fantasmal. Yo contemplaba la palidez de aquel rostro que tanto había odiado.

De repente, las cuatro personas que rodeábamos a Juan quedamos petrificadas por el espanto. En un breve período de tiempo a partir del fallecimiento se produce la destrucción de las vísceras, primero estómago e intestrnos, y finalmente el útero.

La boca del cadáver se cerró con un gesto de tremenda angustia, como si no pudiera resistir el tormento que sin duda su alma estaba sufriendo en aquellos instantes; los dedos de sus manos, que descansaban sobre el pecho, se crisparon y los pelos de toda su piel se erizaron de repente como señal del terror que embargaba su cuerpo. Fue algo espantoso e inolvidable...».

No es raro el caso de cadáveres que se incorporan en la camilla y quedan sentados, o extienden el brazo en un movimiento súbito que sobrecoge a todos los presentes. Los celadores de los depósitos mortuorios guardan un nutrido anecdotario de hechos como éstos, a los que ya han terminado por acostumbrarse. Muchos de los mencionados movimientos espontáneos son debidos a la expansión de los gases producidos por la putrefacción, aunque la causa más frecuente es la rigidificación; por lo menos en los casos que habitualmente pueden ser contemplados. Nos horrorizaría, sin duda, presenciar lo que ocurre dentro del ataúd, mientras el cadáver se corrompe entre los estallidos de gases pestilentes.

RECUERDA PULVEREM REVERTIS :

Calma. Intentemos proseguir con objetividad y sin angustia el relato de lo que será nuestra propia muerte. Con la rigidez desaparece toda esperanza de que el difunto pueda recuperar las funciones vitales.

Ya sólo queda el proceso de aniquilación que nos devolverá a la tierra de la que surgimos, una destrucción sistemática que da comienzo precisamente en el interior del mismo cadáver. El combate entre Eros y Tana- tos, entre la vida y la muerte ha terminado ya; el vencedor se ceba en su víctima, de la que pretende no dejar ni rastro. Es una macabra actividad que se inicia con la autodestrucción de los tejidos celulares; que prosigue con el ataque de los fermentos y microorganismos y que tiene su apoteosis final con el avance espantoso de un auténtico batallón de insectos diversos feroces y voracísimos.

Bajo la palidez y frialdad del cadáver, en el interior del cuerpo inerte, la Bioquímica se halla en plena actividad. A las pocas horas, los órganos más delicados han quedado reducidos a masas viscosas y pestilentes, cuya sola visión probablemente nos haría vomitar. Las glándulas suprarrenales se convierten en una cavidad cloacal que segrega un líquido parduzco; y las paredes del estómago y los intestinos se digieren a sí mismas y se reblandecen. Los jugos gástricos invaden las masas musculares, perforándolas y esparciéndose por las cavidades del peritoneo, mientras las sustancias ácidas que se hallan contenidas en las áreas pleurales reaccionan con los líquidos gástricos que llegan a través del diafragma, dando así comienzo a la destrucción química del aparato respiratorio.

Los depósitos de grasa, por la acción de los fermentos lipolíticos, se transforman en ácido acético, mientras los hidratos de carbono se van degenerando dando lugar a la producción de alcoholes y ácido láctico. Todos estos procesos químicos de la materia orgánica exhalan ya desde el principio gran cantidad de gases pútridos, especialmente pentano, amoníaco y ácido sulfhídrico. El escenario se encuentra ya preparado para que aparezcan los microorganismos, que están listos para atacar. Proceden de todas partes. Estaban escondidos en el interior de las fosas nasales y en los intersticios de los dientes y muelas, bajo las uñas, en los oídos... y flotando en la atmósfera del entorno; pero, sobre todo, se hallaban agrupados por billones en la flora bacteriana de los intestinos.

Penetrando por los vasos sanguíneos, los microorganismos atacan en forma de oleadas, cada grupo en su momento. Perforan las células de los tejidos, que no cuentan ya con las defensas de los anticuerpos que la sangre contenía, e invadiendo los túbulos linfáticos se esparcen por doquier. A las cuarenta y ocho horas de la muerte, una bacteria se impone a sus congéneres: es el «bacillus putrificus».

Tras unos primeros momentos en que la frialdad se adueña del cadáver, la temperatura se eleva por efecto de la fermentación interior. Los gases acumulados tienden a expandirse, por lo que el cuerpo se hincha por la zona
del abdomen, hasta que llega a explosionar abriendo una enorme cavidad. Las emanaciones pútridas salen disparadas hacia el exterior al no encontrar ya ningún obstáculo que las detenga.

Las emanaciones de la fermentación hacen distenderse la pared abdominal, reblandecida ya por la descomposición de los tejidos.


Finalmente, por efecto de la presión de los gases, la pared se rompe violentamente en un tremendo estallido.

El orden de especies en la invasión de los tejidos tiene una explicación. En una primera fase de la putrefacción aún hay oxígeno mezclado con la sustancia orgánica, y por eso son las bacterias aerobias (que respiran oxígeno) las que intervienen. Luego, la abundancia de gases engendrada por la descomposición de las moléculas bioquímicas, especialmente sulfurados, anhídrido carbónico y metano, convierte el medio en mortal por irrespirable, produciéndose un hecho curioso: las bacterias aerobias mueren asfixiadas en los mismos productos tóxicos que ellas han producido. Y aparecen entonces las bacterias anaerobias, que en ese medio hostil para sus antecesoras se encuentran a sus anchas, proliferando y actuando entre los líquidos putrefactos amarillo-verdosos en que se han convertido los citoplasmas celulares.

FERMENTAN LAS ENTRAÑAS :

A 40 grados, Hígado y pulmones parecen hincharse por efecto de los cambios químicos internos que hacen licuarse los parénquimas y se desprenden innumerable burbujas repletas de gas pútrido de los tejidos que, poco a poco, se van convirtiendo en masas viscosas de colores verdosos. El miocardio es ya una especie de bolsa pestilente rellena de un líquido espumoso en el que sobrenadan gotas de grasa corrompida. Por hallarse sumamente protegidos con una espesa capa grasosa, los riñones resisten algo más, como la vejiga y el páncreas; y sobre todo la matriz en las mujeres, quizá como un símbolo a la vida entre tanta podredumbre y aniquilación.

En el interior del cadáver se está produciendo el mismo fenómeno que en los estercoleros: una fermentación de la basura que alcanza su grado óptimo a una temperatura de cuarenta grados y que sube hasta la superficie, hasta la piel, calentándolo todo.

El desprendimiento de los gases es entonces tremendo. Algunos salen de manera ininterrumpida a través de miles y miles de espitas abiertas en los tejidos externos y en la piel, y por los orificios naturales; otros se van acumulando en forma de vacuolas, que se inflan y se inflan hasta que estallan. Gases que se multiplican en el vientre de los cadáveres y que a intervalos se inflaman; tantos que obligan a las funerarias a construir ataúdes recubiertos de zinc y con válvulas especiales para que puedan evacuarse al exterior y no den lugar a que estallen como si de bombas se tratara.

Son estos gases los que producen movimientos incontrolados -antes nos hemos referido a ellos-, capaces de hacer parir a algunas embarazadas muertas o flotar a los ahogados. Al estallar sobre la misma epidermis, permiten la rápida entrada de nuevas bacterias saprofitas y hongos. Con la llegada de los insectos necrófagos el gran banquete de la muerte se halla en su pleno auge.

Concluye así la fase de corrupción del cadáver que se denomina putrefacción verde por la gran mancha que surge en el abdomen, que es de ese color y se debe a la acción de a flora bacteriana, engendradora de ácido sulfhídrico. La reacción de éste con los glóbulos rojos de la sangre.

Simultáneamente a los sucesos descritos en la fase de putrefacción verde, se producen en la zona superior del cuerpo, en la cabeza y rostro de manera especial, espeluznantes transforpiel adquiere un tono negruzco y
los cabellos se desprenden a mechones a la menor tracción. Todo se halla reblandecido. Los ojos parecen salirse de sus órbitas, empujados los globos oculares por la expansión constante de los gases que invaden el interior del cráneo, procedentes del tórax y abdomen. Los labios se hinchan dejando manar por las comisuras un líquido negruzco de un hedor insoportable. Por las fosas nasales, garganta y oídos mana a borbotones una espuma amarillenta...

Los tanatólogos, que tan a fondo han estudiado esta fase final de la descomposición, la denominan putrefacción colicuativa, significando con este término que su proceso característico es la conversión en líquido de todas las partes blandas y semisólidas. Las articulaciones se abren y separan, y todo su contenido, incluídas las partes cartilaginosas, se derrama alrededor como agua. Los globos oculares, tras la presión que los ha mantenido a punto de salir de sus órbitas, acaban por disolverse; mientras los voraces insectos ya han digerido buena parte de los manjares con que la muerte los agasajó. La grasa, que estaba acumulada en depósitos subcutáneos, se ha convertido ya en jabón por un simple proceso de saponificación que genera el amoníaco emanado de las fermentaciones. El esqueleto comienza a aparecer.

Hacen su entrada en escena los hongos. La totalidad del cadáver en este momento es una masa oscura putrefacta que tiende a expandirse. Los insectos han dado lugar a millones de larvas que corroen los últimos restos blandos. Y, si el cadáver fue inhumado sin ataúd, la influencia química de la tierra se suma a la acción de los voraces organismos. Sólo queda un humus grasiento y maloliente en torno a un esqueleto que permanece prácticamente incólume. La aniquilación se ha consumado. El cuerpo, que días antes estaba vivo y tenía conciencia de ello, ha regresado a la tierra de la que salió. El ciclo vital de un ser humano se ha cerrado perfectamente. Aquí no ha pasado nada. La vida sigue ajena al drama íntimo individual que ya ha entrado en los dominios extensos del olvido.

Durante los últimos años del pasado siglo y los primeros de éste, el temor a ser enterrado vivo fue casi una moda, alentada por un nutrido anecdotario de casos relatados, la mayoría de ellos falsos. Llegaron a inventarse ingeniosos mecanismos, visuales o acústicos, y mixtos, que pudieran dar la alarma en el caso de que sus dueños se dieran cuenta de estar vivos tras haber sido enterrados. En una publicación especializada de la época se anunciaba el artilugio que reproducimos. No era el único. Muchos ingenios parecidos se diseñaron y construyeron, como un monumento al terror que imbuía la posibilidad de tener que utilizarlos.

El ingenio constaba de un tubo con salida al exterior, en cuyo extremo se hallaba tendida una bandera.
En caso de emergencia, desde el interior del ataúd podía hacerse elevar la bandera, accionando un pomo o manivela.

Los amantes de las estadísticas de finales del siglo pasado estimaban que uno de cada quinientos enterramientos se efectuaba hallándose vivo el enterrado. Semejante constatación haría aumentar el miedo ante esta posibilidad.






LA MUERTE SEGUN WIKIPEDIA :

La muerte es en esencia la extinción del proceso homeostático, por ende el fin de la vida.

La muerte como evento

Suceso obtenido como resultado de la incapacidad orgánica de sostener la homeostasis. Dada la degradación del ácido desoxirribonucleico (ADN) contenido en los núcleos celulares, la réplica de las células se hace cada vez más costosa.

La muerte como contraste

Es el fin de la vida, opuesto al nacimiento. El evento de la muerte es la culminación de la vida de un organismo vivo. Sinónimos de muerto son occiso (muerto violentamente) y difunto.

Se suele decir que una de las características clave de la muerte es que es definitiva, y en efecto, los científicos no han sido capaces hasta ahora de presenciar la recomposición del proceso homeostático desde un punto termodinámicamente irrecuperable.

Consecuencias psicológicas de la muerte humana

Muerte humana: definiciones y significados emotivos

El tipo de muerte más importante para el ser humano es sin duda la muerte humana. La reflexión acerca de la muerte del ser humano trae consigo algunas preguntas.

En primera instancia, ¿cómo puede ser determinado el momento exacto de una defunción? Esto resulta importante por varios motivos. Conocer con certeza el instante de una muerte sirve entre otras cosas para asegurar que el testamento del difunto será únicamente aplicado tras su muerte, y en general guiarnos con respecto a cuándo actuar apropiadamente ante una persona difunta.

Medicina forense

En particular, identificar el momento exacto de la muerte es importante en casos de trasplante de órganos, ya que los órganos deben ser retirados del cuerpo lo más pronto posible tras la muerte.

Históricamente los intentos por definir el momento preciso de la muerte han sido problemáticos. Antiguamente se definía la muerte (evento) como el momento en que cesan los latidos del corazón y la respiración, pero el desarrollo de la ciencia ha permitido establecer que realmente la muerte es un proceso, el cual en un determinado momento, se torna irreversible. Hoy en día, cuando es precisa una definición del momento de la muerte, se considera que este corresponde al momento en que se produce la irreversibilidad de este proceso. Existen en medicina protocolos clínicos que permiten establecer con certeza el momento de la muerte, es decir, que se ha cumplido una condición suficiente y necesaria para la irreversibilidad del proceso de muerte.

Gracias al avance tecnológico de la medicina, hoy es posible mantener una actividad cardíaca y ventilatoria artificial en cuidados intensivos, en una persona cuyo corazón ha dejado de latir y no es capaz de respirar por sí mismo, por lo cual esto demuestra que no es estar muerto. El protocolo utilizado para el diagnóstico de la muerte en este caso es diferente y debe ser aplicado por especialistas en ciencias neurológicas, hablándose entonces de "muerte cerebral" o "muerte encefálica". En el pasado, algunos consideraban que era suficiente con el cese de actividad eléctrica en la corteza cerebral (lo que implica el fin de la conciencia) para determinar la muerte encefálica, es decir, el cese definitivo de la conciencia equivaldría a estar muerto, pero hoy se considera, en casi todo el mundo, difunta a una persona (aún si permanece con actividad cardiaca y ventilatoria gracias al soporte artificial en una unidad de cuidados intensivos), tras el cese irreversible de la actividad vital de todo el cerebro incluido el tallo cerebral (estructura más baja del encéfalo encargada de la gran mayoría de las funciones vitales), comprobada mediante protocolos clínicos neurológicos bien definidos y soportada por pruebas especializadas.

En estos casos, la determinación de la muerte puede ser dificultosa. Un electroencefalograma, que es la prueba más utilizada para determinar la actividad eléctrica cerebral, puede no detectar algunas señales eléctricas cerebrales muy débiles o pueden aparecer en él señales producidas fuera del cerebro y ser interpretadas erróneamente como cerebrales. Debido a esto, se han desarrollado otras pruebas más confiables y específicas para evaluar la vitalidad cerebral como la Tomografía por Emisión de Fotón Único (SPECT cerebral), la Panangiografía cerebral y el Ultrasonido transcraneal. A pesar de esto se dan por muertos a personas que no lo están ya que a veces el cerebro vuelve a funcionar y otras muchas veces porque casi nunca se hacen las pruebas anteriormente escritas.

El deseo y la capacidad de morir

Algunas personas, en momentos determinados de su vida, experimentan el sentimiento autodestructivo de terminar su existencia. El acto para conseguirlo es lo que llamamos suicidio. Lo contrario, es el deseo de vivir pero no contraria al Instinto de supervivencia que nos indica el esquivar la muerte ya que por ejemplo suicidas que saltan al vacio intentan agarrarse a algo para no morir, eso es el instinto de supervivencia.


 

La muerte en la sociedad humana

Danza de la muerte

En torno a la muerte giran todas las culturas y organizaciones sociales humanas. Así, su concepción de la muerte como fin o como tránsito, su creencia en una vida después de la muerte, en el Juicio Final... actúan como condicionantes para la actuación de los individuos en un sentido u otro. La idea de inmortalidad y la creencia en el Más Allá aparecen de una forma u otra en prácticamente todas las sociedades y momentos históricos. Sin embargo, no existen evidencias concluyentes a favor de esa vida ultraterrena (véase experiencia cercana a la muerte). Usualmente se deja al arbitrio de los individuos, en el marco de los conceptos dados por su sociedad, la decisión de creer o no creer y en qué creer exactamente. La esperanza de vida en el entorno social determina la presencia en la vida de los individuos de la muerte, y su relación con ella. Su presencia en el arte es constante, siendo uno de los elementos dramáticos a los que más se recurre tanto en el teatro, como en el cine o en novelas y relatos.

Tradiciones religiosas

La segunda pregunta en surgir de la muerte humana y tal vez la más interesante es: ¿Qué ocurre a los seres humanos tras la muerte?. Realmente, lo que se preguntan es qué ocurre con las facultades mentales de la persona que ha fallecido. Unos creen que se conservan gracias al espíritu que impelía a su mente, elevando su estado de conciencia a realidades aun mayores, otros creen en la migración del alma de un ser humano tras su muerte a un plano físicamente inalcanzable. Preguntas sobre la existencia de la vida después de la muerte o la reencarnación continúan hoy sin resolver, principalmente por su alto contenido de emotividad, aspecto que ciega a los procesos racionales de la mente. Razonar con personas que han depositado sus esperanzas en ideas insostenibles desde el punto de vista racional, provoca violencia, o una lucha interna por conservar sus valores que le permiten a su mente retroalimentarse de la forma que lo hace.

La religión cristiana considera la muerte como el fin de la permanencia física del hombre en su estado carnal, el espíritu abandona el cuerpo físico que se deteriora y que es incapaz de sostenerse bajo las leyes de este universo finito, la unión del espíritu y del cuerpo constituyen el alma.

Según la religión cristiana de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, (Mormona), el espíritu que abandona el cuerpo es semejante en apariencia al que deja en estado carnal, pero en su forma más joven. Los conocimientos adquiridos, la apariencia física se conservan pero en un estado de perfección intangible para este mundo y más puro.

El Mundo de los Espíritus es paralelo al este mundo y su relación con el Ser Supremo es más directa, este mundo tiene una división en un lugar llamado Paraíso, para aquellos que fueron justos y el otro, el de los espíritus encarcelados quienes cometieron pecado, fueron injustos y abominaciones ante Dios, es la última oportunidad de redimirse antes de un llamado Juicio Final. Aquellos espíritus que acceden al Paraíso tienen la oportunidad de volver a ver a sus seres queridos que ya habían partido.

El Paraíso es un mundo dinámico donde se realiza una interacción con la obra de Dios para con los hombres en la tierra mediante ministerio de ángeles. Según esta religión la obra de Dios se resume en las siguientes frases: -"Esta es mi Obra y mi Gloria, llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre"-

Muchos antropólogos creen que los entierros dedicados de los Neandertales son evidencia de su creencia en la vida después de la muerte.



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