Sigmund Freud la interpretacion de los sueñOS



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La excitación provocada por la necesidad interna buscará una derivación en la motilidad, derivación que podremos calificar de «modificación interna» o de expresión de las emociones. El niño hambriento grita y patalea; pero esto no modifica en nada su situación, pues la excitación emanada de la necesidad no corresponde a una energía de efecto momentáneo; sino a una energía de efecto continuado. La situación continuará siendo la misma hasta que por un medio cualquiera -en el caso del niño, por un auxilio ajeno- se llega al conocimiento de la experiencia de satisfacción, que suprime la excitación interior. La aparición de cierta percepción (el alimento en este caso), cuya imagen mnémica queda asociada a partir de este momento con la huella mnémica de la excitación emanada de la necesidad, constituye un componente esencial de esta experiencia. En cuanto la necesidad resurja, surgirá también merced a la relación establecida, un impulso psíquico que cargará de nuevo la imagen mnémica de dicha percepción y provoca nuevamente esta última, estos es, que tenderá a reconstituir la situación de la primera satisfacción. Tal impulso es lo que calificamos de deseos. La reaparición de la percepción es la realización del deseo, y la carga psíquica completa de la percepción, por la excitación emanada de la necesidad, es el camino más corto para llegar a dicha realización. Nada hay que nos impida aceptar un estado primitivo del aparato psíquico en el que este camino quede recorrido de tal manera que el deseo termine en una alucinación. Esta primera actividad psíquica tiende, por tanto, a una identidad de percepción, o sea a la repetición de aquella percepción que se halla enlazada con la satisfacción de la necesidad.
Una amarga experiencia de la vida ha debido de modificar esta actividad mental primitiva, convirtiéndola en una actividad mental secundaria más adecuada al fin. El establecimiento de la identidad de percepción, por el breve camino regresivo en el interior del aparato, no tiene en otro lugar la consecuencia que aparece enlazada

desde el exterior con la carga de la misma percepción. La satisfacción no se verifica y, la necesidad perdura. Para hacer equivalente la carga interior a la exterior tendría que ser conservada ésta constantemente, como sucede en las psicosis alucinatorias y en las fantasías de hambre, fenómenos que agotan su función psíquica en la conservación del objeto deseado. Para alcanzar un aprovechamiento más adecuado de la energía psíquica será necesario detener la regresión, de manera que no vaya más allá de la huella mnémica y pueda buscar, partiendo de ella, otros caminos que la conduzcan al establecimiento de la identidad deseada en el mundo.exterior. Esta coerción y la derivación consiguiente de la excitación constituyen la labor de un segundo sistema, que domina lamotilidad voluntaria; esto es, un sistema en cuya función se agrega ahora el empleo de la motilidad para fines antes recordados. Pero toda la complicada actividad mental que se desarrolla desde la huella mnémica hasta la creación de la identidad de percepción por el mundo exterior no representa sino un rodeo que la experiencia ha demostrado necesario para llegar a la realización de deseos. El acto de pensar no es otra cosa que la sustitución del deseo alucinatorio.

Resulta, pues, perfectamente lógico que el sueño sea una realización de deseos, dado que sólo un deseo puede incitar al trabajo a nuestro aparato anímico.

Realizando sus deseos por un breve camino regresivo, nos conserva el sueño una muestra del funcionamiento primario del aparato psíquico, funcionamiento abandonado luego por inadecuado fin. Aquello que dominaba en la vigilia, cuando la vida psíquica era aún muy joven y poco trabajadora, aparece ahora confinado en la vida nocturna, del mismo modo que las armas primitivas de la Humanidad, el arco y la flecha, han pasado a ser juguetes de los niños. El soñar es una parte de la vida anímica infantil superada. En las psicosis se imponen de nuevo estos funcionamientos del aparato psíquico, reprimidos durante la vigilia, y muestran su incapacidad para la satisfacción de nuestras necesidades relacionadas con el mundo exterior.


Los impulsos optativos inconscientes tienden también a imponerse durante el día, y tanto la transferencia como las psicosis nos muestran que dichos impulsos quisieran llegar a la consciencia y al dominio de la motilidad siguiendo los caminos que atraviesan el sistema de lo preconsciente. En la censura entre Inc. y Prec., censura cuya existencia nos ha sido revelada por el estudio del sueño, tenemos que reconocer, por tanto, la instancia que vela por nuestra salud mental. ¿No constituirá entonces una imprudencia de este vigilante el hecho de disminuir por la noche su

actividad, dejando alcanzar una expresión a los impulsos reprimidos del Inc. y haciendo posible de nuevo la regresión alucinatoria? No lo creo, pues cuando este guardián crítico se entrega al reposo -y tenemos además la prueba de que su sueño no es nunca muy profundo- cierra la puerta que conduce a la motilidad. Cualesquiera que sean los impulsos del Inc., coartados en otra ocasión, que surjan ahora a escena, podemos permitirles esa libertad, pues siéndoles imposible poner en movimiento el aparato motor, único que podría influir de una manera modificadora sobre el mundo exterior, resultarán completamente inofensivos. El estado de reposo garantiza la seguridad de la fortaleza, cuya vigilancia ha descuidado la censura.


El peligro es mayor cuando el desplazamiento de energías no es provocado por el relajamiento nocturno de la censura crítica, sino por una debilitación patológica de la misma o por un robustecimiento patológico de las excitaciones inconscientes, y tiene efecto hallándose cargado lo inconsciente y abiertas las puertas de la motilidad. En este caso queda derrotado el guardián; las excitaciones inconscientes logran subyugar a lo preconsciente y dominan desde allí nuestras palabras y nuestros actos o conquistan la regresión alucinatoria y dirigen el aparato psíquico, no destinado a ellas, por medio de la atracción que las percepciones ejercen sobre la distribución de nuestra energíapsíquica. Este estado es el que conocemos con el nombre de psicosis.
Nos encontramos ahora en buen camino para continuar edificando la armazón psicológica que abandonamos después de incluir en ella los dos.sistemas Inconciente. y Preconciente.
Pero tenemos todavía motivos suficientes para proseguir el estudio del deseo como única fuerza impulsora del sueño. Hemos hallado la explicación de que el sueño es siempre una realización de deseos, por ser una función del sistema Inc., el cual no tiene otro fin que la realización de deseos y no dispone de fuerzas distintas de los impulsos optativos. Si queremos conservar aún por algunos momentos nuestro derecho a emprender tan amplias especulaciones psicológicas partiendo de la interpretación de los sueños, estaremos obligados a demostrar que tales especulaciones nos permiten llegar a incluir el fenómeno onírico en una totalidad susceptible de entrañar otros productos psíquicos. Si es cierto que existe un sistema inconsciente, no puede ser el sueño su única manifestación. Todo sueño es, desde

luego, una realización de deseos; pero tiene que haber también otras formas de realizaciones anormales de deseos distintas del sueño. Así es, en efecto, pues la teoría de todos los síntomas psiconeuróticos culmina en el principio de que también estos productos tienen que ser considerados como realizaciones de deseos de lo inconsciente. Nuestros esclarecimientos hacen del sueño el primer miembro de una serie importantísima para el psiquiatra, pues su comprensión significa la solución de la parte puramente psicológica de la labor psiquiátrica. De otros miembros de esta serie de realizaciones de deseos (por ejemplo, de los síntomas histéricos) conocemos un carácter esencial que aún echamos de menos en los sueños. Por las investigaciones a las que tantas veces he aludido en este estudio, he averiguado que para la formación de un síntoma histérico tienen que colaborar las dos corrientes de nuestra vida anímica. El síntoma no es simplemente la expresión de un deseo inconsciente realizado, pues para su formación tiene que concurrir además un deseo preconsciente que halle también en él su realización, resultando así doblemente determinado por lo menos, o sea una vez por cada uno de los sistemas en conflicto. Como en el sueño, queda aquí ilimitado el número de superdeterminaciones. La determinación que no procede de lo inconsciente es, a mi juicio, siempre un proceso de reacción contra el deseo inconsciente; por ejemplo, un autocastigo. Puedo, por tanto, afirmar, en general, que el síntoma histérico no nace sino cuando dos realizaciones de deseos, contrarias y procedentes cada una de un sistema psíquico distinto, pueden coincidir en una expresión. (Cf. mis últimas explicaciones del nacimiento de síntomas histéricos en el estudio Fantasías histéricas y su realización con la bisexualidad, publicado en la segunda serie de la Colección de ensayos sobre una teoría de las neurosis, 1909. [*]) La exposición de ejemplos nos sería poco útil en esta materia, pues sólo el completo esclarecimiento de su complicación es susceptible de llevarnos a un convencimiento de la exactitud de lo afirmado. Me limitaré, pues, a dejar consignado lo que antecede, y simplemente a título de ilustración, mas no porque pueda poseer fuerza probatoria alguna, expondré un ejemplo desíntoma histérico. En una paciente demostraron ser los vómitos histéricos la realización de una fantasía inconsciente de sus años de pubertad, esto es, la del deseo de hallarse continuamente embarazada, tener muchísimos hijos y tenerlos del mayor número posible de hombres.


Contra este deseo se elevó naturalmente un poderoso impulso defensivo. Pero dado que los continuos vómitos habían de desmejorar a la paciente, haciéndole perder su

belleza, de manera que no pudiera inspirar a los hombres ningún deseo, resultaba que también el proceso mental punitivo hallaba su.realización en el síntoma.

Aprobado así por ambos lados, podía éste pasar a la realidad. Esta forma de realizar un deseo nos recuerda la empleada por la reina de los parthos con el triunviro Craso. Suponiendo que era el ansia de riquezas lo que le había llevado a declararle la guerra, hizo verter oro fundido en la boca del cadáver de su enemigo, diciéndole:

«Toma; aquí tienes lo que deseabas.»

Del sueño no sabemos hasta ahora sino que expresa una realización de deseos de lo inconsciente, y parece que el sistema dominante preconsciente permite dicha realización después de imponerle determinadas deformaciones.

No nos es posible realmente demostrar, en general, la existencia de pensamientos contrarios al deseo del sueño y que se realizaran también en este último. Sólo en algunos casos nos han revelado los análisis indicios de creaciones reactivas; por ejemplo, mi cariño hacia R, en el sueño de mi tío.

Pero esta agregación preconsciente que aquí echamos de menos se nos muestra en un lugar distinto. El sueño puede dar expresión a un deseo de lo inconsciente después de haberle impuesto toda clase de deformaciones, mientras el sistema dominante se ha entregado al deseo de reposar y lo realiza por la creación de las modificaciones que le es posible introducir en la carga del aparato psíquico, manteniéndolo realizado a través de toda la duración del reposo.
Este deseo de dormir, mantenido por lo preconsciente, ejerce, en general, un efecto favorable a la formación del sueño. Recordemos el sueño del padre al que el resplandor que llega desde la habitación vecina induce a la conclusión de que el cadáver puede estarse quemando. Una de las fuerzas psíquicas que provocan la deducción de esta conclusión, en lugar del despertar del sujeto, es el deseo de prolongar por un momento la vida del niño resucitado en el sueño.
No habiendo podido realizar el análisis de este caso, se nos escapan probablemente otros deseos inconscientes en él contenidos. Como su segunda fuerza impulsora podemos considerar la necesidad de reposo del padre. El sueño prolonga al mismo tiempo la vida del niño y el reposo del sujeto. El deseo de continuar durmiendo presta su ayuda en todos los sueños al deseo inconsciente. En páginas anteriores hemos hablado de sueños que se manifiestan francamente como sueños de comodidad. En realidad, todos los sueños pueden recibir justificadamente este

nombre. En los sueños que elaboran el estímulo exterior hasta hacerlo compatible con la continuación del reposo es en los que resulta más fácilmente reconocible la actuación del deseo de continuar durmiendo. Pero este deseo tiene que intervenir también en la formación de todos los demás sueños,los cuales sólo desde el interior pueden perturbar el reposo. Cuando el sueño resulta demasiado perturbador advierte el Preconciente. a la consciencia: «Déjalo y sigue durmiendo. No es más que un sueño.»


Esta advertencia describe la conducta general de nuestra actividad anímica dominante con respecto al sueño. Concluiremos, pues, que durante todo el estado de reposo sabemos tan seguramente que soñamos como que dormimos . No debemos conceder importancia ninguna a la objeción de que nuestra consciencia no llega nunca a la percepción de uno de estos conocimientos y a la del otro únicamente en ocasiones determinadas, cuando la censura se siente sorprendida.

En cambio, hay personas que se dan perfecta cuenta de que duermen y sueñan, poseyendo, por tanto, una capacidad consciente de dirigir la vida onírica. Cuando uno de estos sujetos no se halla conforme con el giro que toma un sueño, lo interrumpe sin despertar y lo comienza de nuevo para.continuarlo en una distinta forma. Otras veces, cuando el sueño le ha colocado en una situación sexualmente excitante, piensa sin despertar: «No quiero seguir soñando esto para acabar con una polución; prefiero reservar mis fuerzas para una situación real.»


El marqués D'Hervey (Vaschidel, pág. 139) afirmaba haber logrado llegar a tal dominio sobre sus sueños, que le era posible acelerar a voluntad su curso y darles la dirección que mejor le parecía. El deseo de dormir dejaba lugar aquí a otro deseo preconsciente, esto es, el de observar los propios sueños y divertirse con ellos. El reposo es tan compatible con tal propósito optativo como con el establecimiento de una determinada condición de despertar (recuérdese el reposo de las nodrizas).

Sabido es también que el interés hacia los sueños eleva considerablemente en todos los hombres el número de los recordados al despertar.


Ferenczi (1911), durante una discusión de otros aspectos acerca de la dirección de los sueños, observaba: «Los sueños elaboran los pensamientos que ocupan en ese momento la mente desde todos los ángulos, dejaran caer una imagen onírica si ella amenaza el éxito de una realización de deseos y experimentarán con una nueva

solución, hasta finalmente tener éxito en construir una realización de deseos que satisfaga ambas entidades mentales en forma de un compromiso.» (Adición de 1914.)




  1. La interrupción del reposo por el sueño. La función del sueño. El sueño de angustia.

Desde que sabemos que lo preconsciente abriga durante la noche el deseo de dormir, vemos más claramente el proceso del sueño y podemos perseguir mejor su desarrollo. Pero antes de continuar esta labor queremos resumir los conocimientos adquiridos hasta ahora. Hemos visto que de la actividad del pensamiento durante la vigilia pueden perdurar restos diurnos, a los que no se pudo despojar por completo de su carga de energía psíquica. Dicha actividad puede también haber despertado un deseo inconsciente. Por último, pueden coincidir ambas circunstancias. Ya en el curso del día o luego, durante el estado de reposo, se abre camino el deseo inconsciente hasta los restos diurnos yefectúa su transferencia a ellos. Surge entonces un deseo transferido al material reciente o queda reanimado el deseo reprimido reciente por un refuerzo emanado de lo inconsciente. Este deseo quisiera ahora llegar a la consciencia por el camino normal de los procesos normales a través del Prec. al que pertenece por uno de sus componentes; pero tropieza con la censura aún vigilante y tiene que someterse a su influencia. Tal encuentro le impone una deformación iniciada ya en su transferencia a lo reciente. Hasta ahora no se halla sino en camino de venir algo análogo a una representación obsesiva o una idea delirante, esto es, una idea reforzada por transferencia y deformada en su expresión por la censura. Pero el estado de reposo de lo preconsciente no le permite continuar avanzando. Hemos de suponer que el sistema se ha protegido contra su penetración, disminuyendo sus excitaciones. El proceso onírico toma entonces el camino de la regresión, camino que el estado de reposo deja abierto, y sigue al hacerlo la atracción que sobre él ejercen grupos de recuerdos, dados en parte como cargas visuales y no como traducción a la terminología de los sistemas más tardíos. Por el camino de la regresión conquista la representabilidad. Más adelante trataremos de la comprensión. Ha dejado ya atrás la segunda parte de su curso, que presenta numerosos cambios de dirección. La primera parte del mismo se desarrolló progresivamente desde las escenas de fantasías inconscientes hasta lo preconsciente, y la segunda tiende desde la frontera de la censura a las

percepciones. Pero al convertirse en un contenido de representaciones, consigue el sueño eludir el obstáculo que la censura y el estado de reposo le oponían en lo preconsciente y logra atraer sobre sí la atención y ser advertido por la consciencia. La consciencia, que es como un órgano sensorial destinado a la percepción de cualidades psíquicas, es excitable durante la vida despierta desde dos puntos diferentes. En primer lugar, desde la periferia de todo el aparato, especialmente desde el sistema de la percepción, y además por las excitaciones placientes y displacientes que emergen como única cualidad psíquica en las transformaciones de energía desarrolladas en el interior del aparato. Los procesos de los sistemas y y también los del Prec. carecen de toda cualidad psíquica y no son, por tanto, objeto de la consciencia, puesto que no desarrollan placer ni displacer ninguno que puedan constituir objeto de percepción. Habremos de decidirnos a suponer que estos desarrollos de placer y displacer regulan automáticamente el curso de los procesos de carga. Pero después hubo necesidad de hacer que el curso de las representaciones resultara más independiente de los signos de displacer para permitir funciones más sutiles. Con este fin precisaba el sistema Prec. de cualidades propias que pudieran atraer a la consciencia, y las recibió muy verosímilmente por el enlace de los procesos preconscientes con el sistema mnémico, no desprovisto de cualidad, de los signos del idioma. Las cualidades de este sistema convierten a la consciencia, que antes no era sino un órgano sensorial para las percepciones, en órgano sensorial para una parte de nuestros procesos mentales. Comprobamos ahora la existencia de dos superficies sensoriales, orientada una hacia la percepción y la otra hacia los procesos mentales conscientes.
Hemos de admirar que la superficie sensorial de la consciencia vuelta hacia el Prec. queda más insensibilizada por el estado de reposo que la dirigida hacia los sistemas


  1. La cesación del interés hacia los procesos mentales nocturnos es también adecuada al fin. El pensamiento debe mantenerse libre de todo estímulo, pues el Prec. demanda el reposo. Una vez que el sueño se ha convertido en percepción, le es posible excitar la consciencia con las cualidades conquistadas. Esta excitación sensorial produce aquello en lo que consiste su función, haciendo recaer sobre el estímulo, a título de atención, una parte de la carga de energía disponible en el Prec. De este modo tenemos que conceder que el sueño produce siempre en cierto sentido un despertar, puesto que convierte en actividad una parte de la energía que reposa en el Prec. y recibe entonces de ella aquella elaboración secundaria que

tiende a hacerlo coherente y comprensible. Quiere esto decir que el sueño es tratado por dicha actividad como otro cualquier contenido de percepciones, siendo sometido a las mismas representaciones de espera, en cuanto su material lo permite. La dirección del curso de esta tercera parte del proceso del sueño es nuevamente progresiva.


Para evitar equivocaciones añadiremos aquí unas palabras sobre las cualidades temporales de estos procesos oníricos. Una hipótesis muy atractiva de Goblot, sugerida claramente por el enigma del célebre sueño de Maury, intenta demostrar que el sueño no ocupa más tiempo que el que transcurre en el período de transición entre el reposo y el despertar. El despertar necesita tiempo, y durante este intervalo es cuando se desarrolla el sueño. Creemos que la última imagen del sueño era tan intensa que provocó el despertar; pero en realidad debía precisamente su intensidad a la proximidad del mismo. Un rêve c'est un réveil qui commence.
Ya acentuó Dugas que Goblot había tenido que prescindir de un gran número de hechos para generalizar su tesis. Hay también sueños que no terminan con el despertar; por ejemplo, algunos en los que soñamos que soñamos. Nuestro conocimiento de la elaboración onírica nos hace imposible admitir que no se extienda sino al período del despertar. Por el contrario, es mucho más verosímil que la primera parte de la elaboración onírica comience ya durante el día y bajo el dominio de lo preconsciente. Su segunda parte, la transformación por la censura, la atracción por las escenas inconscientes y el acceso a la percepción, se extiende probablemente a través de toda la noche, circunstancia que justifica nuestra frecuente sensación de que hemos soñado durante toda la noche, aunque no sabemos qué. No creo que sea necesario admitir que los procesos oníricos observan realmente, hasta llegar a la consciencia, la sucesión temporal que hemos descrito, o sea la siguiente: primero existiría el deseo onírico transferido; luego tendría efecto la deformación por la censura; a continuación se efectuaría el cambio regresivo de dirección, etc. Para nuestra descripción resultaba obligado establecer tal orden sucesivo; pero en realidad se trata probablemente más bien de un simultáneo ensayo de varios caminos, esto es, de un ir y venir de la excitación hasta que una de las agrupaciones queda mantenida por resultar la más adecuada distribución.

Conforme auna determinada experiencia personal, me inclinaría a creer que la elaboración onírica necesita muchas veces más de un día y una noche para producir

su resultado, caso en el que no tendremos ya por qué asombrarnos del arte que demuestra en la construcción del sueño. El cuidado de la comprensibilidad como proceso de percepción no puede, a mi juicio, ser llevado a efecto antes de atraer el sueño la atención de la consciencia. Desde este punto experimenta el proceso un aceleramiento, dado que el sueño recibe ya el mismo trato que cualquier otra percepción. Resulta, pues, algo semejante a una fiesta de fuegos de artificio, preparados durante muchas horas y consumidos luego en pocos minutos.
La elaboración da al proceso onírico intensidad bastante para atraer sobre sí la consciencia y despertar lo preconsciente independientemente del tiempo y de la profundidad del reposo, o, por el contrario, no consigue procurarle intensidad bastante, y entonces permanece preparado hasta que inmediatamente antes de despertar sale a su encuentro la atención, ya más movible. La mayoría de los sueños parecen laborar con intensidades psíquicas pequeñas, pues esperan el momento del despertar. Esto nos explica que siempre percibamos algo soñado cuando nos despiertan repentinamente de un profundo reposo. Nuestra primera mirada encuentra aquí, en el despertar espontáneo, el contenido de percepciones creado por la elaboración onírica y luego la primera impresión del exterior.
Los sueños que resultan susceptibles de despertarnos en medio del más profundo reposo nos inspiran un mayor interés teórico. Hemos de pensar en la general adecuación al fin y preguntarnos por qué el sueño, o sea el deseo inconsciente, no es despojado del poder de perturbar el reposo, esto es, la realización del deseo preconsciente. Quizá dependa esto de relaciones de energía que nos son desconocidas. Si las descubriéramos, encontraríamos probablemente que la aceptación del sueño y del gasto de cierta energía destacada supone para él un ahorro de energía aplicable al caso de que lo inconsciente no pudiera ser mantenido dentro de los límites debidos como durante el día. Aun cuando lo interrumpa varias veces en la misma noche, permanece el sueño enlazado al reposo; despertamos por un momento y volvemos a dormirnos en seguida. Es como cuando despertamos en el acto de espantar una mosca que nos molestaba. Al volver a dormirnos hemos suprimido la perturbación. La realización del deseo de dormir es compatible con cierto gasto de atención orientado en determinado sentido. Recuérdense los ejemplos de la nodriza que despierta al menor movimiento del niño, y el del molinero, que despierta en cuanto el molino deja de funcionar.



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