Sigmund Freud la interpretacion de los sueñOS



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Pero la idea latente que actúa detrás de todo ello es la siguiente: Es un disparate enorgullecerse de sus antepasados. Por mi parte prefiero ser el fundador de una estirpe, esto es, el que por sus méritos propios alcanza renombre y lo transmite a su descendencia. El desatino del sueño refleja, pues, el juicio: «Es un disparate…», contenido en las ideas latentes.
Así, pues, el sueño es hecho absurdo cuando el juicio «esto es un desatino» aparece incluido en el contenido latente o, en general cuando alguna de las series de ideas del sujeto entraña burla o crítica. Lo absurdo llega a ser de este modo uno de los medios que la elaboración onírica utiliza para representar la contradicción, debiendo ser agregado, por tanto, como tal a la inversión de una relación de material entre las ideas latentes y el contenido manifiesto y al empleo de la sensación motora de coerción; pero la absurdidad del sueño no puede ser traducida por un simple «no», sino que ha de reproducir simultáneamente la disposición de las ideas latentes y la oposición contra la burla o el insulto. Sólo con este propósito produce la elaboración onírica algo risible. Transforma aquí nuevamente una parte del contenido latente en una forma manifiesta.
En realidad, hemos tropezado ya con un ejemplo convincente de esta significación de un sueño absurdo. El sueño de la representación de una ópera de Wagner, que dura hasta las siete y cuarto de la mañana, siendo dirigida la orquesta desde lo alto

de una torre, etc. -sueño que interpretamos sin necesidad de análisis-, afirma abiertamente lo que sigue: «El mundo marcha al revés y la sociedad está loca. Nunca alcanzan las cosas aquellos que las desean y poseen algún mérito, sino aquellos otros que no las merecen ni saben apreciarlas.» Con esto alude la sujeto a su propio destino, comparándolo con el de su prima. Tampoco es casual en modo alguno, que los ejemplos que se nos han ofrecido para ilustrar la absurdidad de los sueños traten todos del difunto padre del sujeto, pues en estos sueños aparecen reunidas de un modo típico las condiciones de la creación de sueños absurdos. La autoridad de que el padre se halla investido provoca tempranamente la crítica del hijo, y sus severas exigencias educativas inclinan al niño a espiar atentamente toda posible debilidad de su progenitor, viendo en ella una justificación de sus propias faltas. Pero el respeto y el cariño con que nuestro pensamiento envuelve a la figura paterna, sobre todo después de su muerte, agudizan la censura, que aleja de la consciencia toda manifestación de crítica.


IV
Un nuevo sueño absurdo en el que interviene un padre difunto (de S. Freud).

«Recibo una carta del Ayuntamiento de mi ciudad natal reclamándome el pago de una cantidad por la asistencia prestada en el hospital, el año 1851, a una persona que sufrió un accidente en mi casa. La pretensión del Ayuntamiento me hace reír, pues en 1851 no había yo aún nacido, y mi padre, al que quizá pudiera referirse, ha muerto ya. Voy a buscarle a la habitación contigua. Le encuentro en la cama y le doy cuenta de la carta. Para mi sorpresa, recuerda que en el citado año 1851 se emborrachó una vez y tuvieron que encerrarle o custodiarle. Esto sucedió cuando trabajaba para la casa T. `Entonces, ¿también tú has bebido?', le pregunto. Y luego añado: `Te casaste poco después, ¿no?' Echo la cuenta de que yo nací en 1856, fecha que me parece seguir inmediatamente a la otra.»


Guiándonos por nuestras últimas deducciones, interpretaremos la intensidad con que este sueño evidencia su absurdidad como indicio de una polémica particularmente empeñada y apasionada en las ideas latentes. Pero comprobamos con singular asombro que dicha polémica se desarrolla aquí abiertamente y que el padre es francamente designado como la persona a la que van dirigidas las burlas. Tal franqueza parece contradecir nuestros asertos sobre la actividad de la censura

durante la elaboración onírica. Pero esta singular circunstancia queda aclarada cuando descubrimos que el padre no es sino una figura encubridora y que la persona combatida es otra, mencionada únicamente en el sueño por una alusión. Lo general es que nuestros sueños nos muestren en rebelión contra personas ajenas a nosotros, detrás de las cuales se esconde la de nuestro padre; pero en este ejemplo hallamos la situación inversa, y es el padre el que se constituye en encubridor de otros. Por este motivo puede aludir aquí abiertamente el sueño a la figura paterna - sagrada para él en toda otra ocasión-, pues en el fondo existe la convicción de que no se refiere realmente a ella. La motivación del sueño es la que nos descubre este estado de cosas. En efecto: el día anterior me habían dicho que un colega, más antiguo que yo en la profesión y cuyos juicios eran generalmente acatados, había expresado su disconformidad y su asombro al saber que uno de mis pacientes llevaba ya cinco años sometido a tratamiento psicoanalítico. Las frases iniciales del sueño indican, bajo un trasparente encubrimiento, que dicho colega tomó a su cargo durante algún tiempo los deberes que mi padre no podía ya cumplir (pago, asistencia en el hospital), y cuando nuestras relaciones de amistad comenzaron a enfriarse surgió en mí aquel mismo conflicto sentimental que en las diferencias con nuestro padre es provocado por el reconocimiento de todo lo que él mismo ha hecho antes por nosotros. Las ideas latentes se defienden con gran energía contra el reproche de que no avanzo con toda la rapidez que debiera, reproche que se refiere primero al tratamiento de mi paciente y se extiende luego a otros temas distintos. ¿Conoce acaso mi colega alguien que pueda avanzar más de prisa en estas cuestiones? ¿Y no sabe que esta clase de estados patológicos se consideran incurables y duran toda la vida? ¿Qué son cuatro o cinco años comparados con la vida entera, sobre todo cuando, como sucede en este caso, ha logrado el tratamiento hacer mucho menos penosa la existencia del enfermo?


Gran parte de la impresión de absurdidad de este sueño es producida por la yuxtaposición inmediata y sin transición alguna de frases pertenecientes a sectores distintos de las ideas latentes. Así, la frase «Voy a buscarle a la habitación contigua», etc., abandona el tema del que han sido tomadas las precedentes y reproduce con toda fidelidad las circunstancias en las que comuniqué a mi padre mis esponsales con la que hoy es mi mujer, decididos por mí sin consultar a nadie.

Quiere, pues, recordarme el noble desinterés que mi anciano padre demostró en aquella ocasión y oponerlo a la conducta de una tercera persona. Advierto ahora que

si el sueño puede permitirse en este caso burlarse del padre o denigrarle es porque el mismo es ensalzado en las ideas latentes y presentado a otros como modelo. En la naturaleza de toda censura está el dejar libre paso a conceptos inciertos sobre las cosas prohibidas antes que a los estrictamente verdaderos. La frase inmediata, que contiene el recuerdo de haberse emborrachado una vez, teniendo que ser encerrado, no entraña nada que pueda referirse realmente a mi padre. La persona a la que él mismo encubre no es nada menos que la del gran Meynert, cuyos trabajos he seguido con fervorosa veneración y cuya conducta para conmigo se transformó, después de un corto período de predilección, en franca hostilidad. El sueño me recuerda, en primer lugar, su propia confesión de que en su juventud había contraído la costumbre de embriagarse con cloroformo, teniendo que ingresar a consecuencia de ello en el hospital, y en segundo, una conversación que tuve con él poco tiempo antes de su muerte. Habíamos sostenido una empeñadísima polémica sobre la histeria masculina, cuya existencia negaba él, y cuando en su última enfermedad fui a visitarle y le interrogué sobre su estado, me hizo una amplia descripción de sus síntomas, y terminó con las palabras: «He sido siempre un acabado caso de histeria masculina.» Resultaba pues, que había terminado por aceptar lo que tan tenazmente hubo antes de combatir, cosa que me satisfizo y asombró en extremo. La posibilidad de encubrir en esta escena la figura de Meynert con la de mi padre no depende de una analogía existente entre ambas personas, sino que constituye la representación

-muy sintética, pero perfectamente suficiente- de una frase condicional dada en las ideas latentes: «Si yo fuera hijo de un profesor o de un consejero áulico, hubiera progresado, con seguridad, más rápidamente.» En mi sueño confiero a mi padre tales dignidades. El absurdo más grosero y perturbador del sueño reside en el manejo de la fecha 1851, que me parece idéntica a la de 1856, como si la diferencia de cinco años no significara nada. Esto es precisamente lo que en las ideas latentes demanda una representación. Cuatro o cinco años fue el tiempo que gocé del apoyo del colega inicialmente citado y el plazo que tuvo que esperar mi prometida a que yo me pusiera en condiciones de contraer matrimonio. Asimismo y por una casual coincidencia que las ideas latentes se apresuran a aprovechar, es también éste el tiempo que lleva mi paciente antes mencionado acudiendo a mi consulta y sometiéndose al tratamiento psicoanalítico. «¿Qué son cinco años? -preguntan las ideas latentes-. Eso no es nada para mí. Tengo mucho tiempo por delante, y del mismo modo que en aquellas otras ocasiones acabé por conseguir lo que me proponía contra lo que se esperaba, también en este caso terminaré por alcanzar un

éxito completo.» La cifra 51, aislada de la fecha 1851, muestra además una segunda determinación, contraria a la anterior. La edad de cincuenta y un años es la más peligrosa para el hombre. Algunos de mis colegas que no parecían padecer enfermedad ninguna, han muerto en poco tiempo al alcanzarla; entre ellos, uno que; después de largos años de espera, acababa de recibir el deseado título de profesor.
V
Otro sueño absurdo, que maneja cifras:

«Uno de mis conocidos el señor M., ha sido atacado en un artículo nada menos que por el propio Goethe. Todos reconocemos la injusticia de tan violento ataque pero, como es natural, dada la personalidad del atacante ha quedado M. totalmente aniquilado, y se lamenta con gran amargura ante varias personas reunidas en torno de una mesa. Sin embargo, no ha disminuido su veneración por Goethe. Intento aclarar las circunstancias de tiempo, que me parecen inverosímiles. Goethe murió en 1832. Por tanto, su ataque tiene que ser anterior a esta fecha, y M. debía de ser por entonces muy joven. Me parece plausible que tuviera unos dieciocho años. Mas no sé con seguridad en qué año estamos y de este modo mi cálculo se hunde en las tinieblas. El ataque a M. se halla contenido en un artículo de Goethe titulado Naturaleza.»


Sin gran dificultad encontramos los medios de justificar la insensatez de este sueño. M., al que conocí en una comida, me pidió hace poco que reconociera a su hermano mayor, el cual presentaba síntomas de perturbación mental, dependiente de una parálisis progresiva. Durante mi visita se desarrolló una desagradable escena en la que el enfermo me reveló, sin que yo le diese motivo ni ocasión para ello, las faltas de su hermano, aludiendo a su disipada juventud. En este reconocimiento pregunté al paciente la fecha de su nacimiento y le hice verificar luego algunos pequeños cálculos para investigar el grado de debilitación de su memoria, pruebas que sostuvo aún satisfactoriamente. Advierto ya que me conduzco en mi sueño como un paralítico. (No sé con seguridad en qué año estamos.) Otra parte del material del sueño procede de una segunda fuente. Un amigo mío, director de una revista médica, había acogido en ella abrumadora crítica contra el último libro de mi amigo Fl., de Berlín. El autor de esta crítica era un joven nada capacitado aún para enjuiciar obras científicas de importancia. Creyéndome con cierto derecho a intervenir en el

asunto, escribí al director de la revista, el cual me contestó que sentía mucho haberme disgustado con la inserción de aquella crítica, pero que no podía poner remedio ninguno al hecho consumado. En vista de esto, le notifiqué mi decisión de no colaborar más en su publicación, esperando, sin embargo, que lo sucedido no influiría para nada en nuestras relaciones personales. La tercera fuente de este sueño reside en el relato que de la enfermedad de su hermano me había hecho pocos días antes una paciente mía. Dicho individuo había tenido un ataque de locura frenética en el cual exclamó a grandes gritos: ¡Naturaleza! ¡Naturaleza! Los médicos habían opinado que tal exclamación provenía del ensayo de Goethe así titulado y constituía una indicación del exceso de trabajo que había pesado sobre el enfermo en sus estudios. Por mi parte, me parecía más plausible dar a dicha palabra el sentido sexual en que suele ser empleada corrientemente, y el hecho de que el infeliz enfermo atentara poco después contra su integridad física, mutilándose los genitales, pareció darme la razón. Cuando sufrió el primer ataque de locura tenía este individuo dieciocho años.


Teniendo en cuenta que el libro de mi amigo tan duramente criticado («Llega uno a preguntarse si es la obra de un loco o somos nosotros los que hemos perdido la razón», manifiesta otro crítico) trata de las circunstancias temporales de la vida y refiere la duración de la vida de Goethe a un múltiplo de una cantidad de significación biológica, resulta fácil deducir que mi sueño me sitúa en el lugar de mi amigo. (Intento aclarar las circunstancias de tiempo.) Pero me conduzco como un paralítico y el sueño cae en el absurdo. Esto quiere decir que en las ideas latentes existe el siguiente juicio irónico: «Naturalmente, es él quien está loco, y vosotros sois unos genios que sabéis mucho de estas cosas. ¿No será más bien al revés?» Esta inversión aparece ampliamente representada en él contenido del sueño: Goethe ha atacado a un hombre actualmente joven, lo cual es absurdo, mientras que a cualquier joven literato actual le es posible criticar duramente al inmortal escritor. En el sueño calculo tomando como punto de partida el año de la muerte de Goethe, mientras que en mi visita al paralítico.le hice calcular partiendo del año de su nacimiento.
He prometido anteriormente demostrar que ningún sueño es animado sino por sentimientos egoístas. Voy, pues, a justificar el que en este caso haga mío el pleito de mi amigo, sustituyéndome a él. El convencimiento crítico de mi pensamiento

despierto no basta para justificar tal sustitución. Pero la historia del infeliz enfermo de dieciocho años y la diferente interpretación de sus exclamaciones -«¡Naturaleza!

¡Naturaleza!»- alude a la oposición en la que mi aserto de la existencia de una etiología sexual de las psiconeurosis me ha colocado con respecto a la mayoría de los médicos. Puedo, en efecto, decirme: «También contra ti se han dirigido y continuarán dirigiéndose duras críticas como las que han acogido el libro de tu amigo.» De este modo puedo yo sustituir en las ideas latentes la tercera persona singular por la primera plural y decir «nosotros» en lugar de «él». «Sí, tenéis razón; somos dos locos.» La mención del breve ensayo de Goethe titulado Naturaleza -tan extraordinariamente bello- me advierte que mea res agitur, pues su lectura en una conferencia de educación popular fue lo que me decidió a emprender el estudio de las ciencias naturales.
VI
No he cumplido aún la promesa hecha en páginas anteriores de demostrar el carácter puramente egoísta de otro sueño en el que no toma parte mi yo. Al mencionar un breve sueño en el que el profesor M. me decía: «Mi hijo, el miope…» (cap. 6, apart. f, 3), indiqué que se trataba de un sueño preliminar, seguido de otro principal en el que desempeñaba yo un papel. He aquí dicho sueño principal, que nos plantea la aclaración de un producto verbal ininteligible: «A causa de ciertos acontecimientos de que ha sido teatro la ciudad de Roma se ha hecho necesario poner en salvo a los niños. La escena se desarrolla luego ante una doble puerta monumental de estilo antiguo. (En el mismo sueño sé que se trata de la Porta romana de Siena.) Me veo sentado al borde de una fuente, muy triste y casi lloroso. Una figura femenina -una camarera o una monja- trae a los dos niños y se los entrega a su padre, que no soy yo. El de más edad es, desde luego, mi hijo mayor. No me es posible ver el rostro del otro. La mujer que los ha traído pide al primero un beso de despedida; pero el niño se lo niega y dice, tendiéndole la mano: Auf Geseres. Y, luego, a nosotros dos (o a uno de nosotros): Auf Ungeseres. Tengo idea de que esto último significa una preferencia.»
Este sueño se halla edificado sobre una multitud de pensamientos que me sugirió la representación de una obra teatral titulada La nueva judería. Entre las ideas latentes resulta fácil descubrir toda una serie referente al problema judío, a las

preocupaciones que nos inspira el porvenir de nuestros hijos, carentes de una patria propia, y al cuidado de darles una educación que los haga independientes.


«Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos y aun llorábamos.» Siena es famosa, como Roma, por sus bellas fuentes. En el sueño tengo que componer con fragmentos de lugares conocidos una sustitución de Roma. Cerca de la Porta romana de Siena vimos un gran edificio muy iluminado, que nos dijeron era el manicomio. Poco antes del sueño oí decir que un correligionario.mío había tenido que abandonar su puesto en un manicomio del Estado, después de haber luchado mucho tiempo para conseguirlo.
La frase Auf Geseres -pronunciada cuando la situación del sueño hacía esperar la de Hasta la vista (Auf Wiedersehen)- y su contraria, Auf Ungeseres, desprovistas por completo de sentido, despiertan especialmente nuestro interés. Según los datos que me han proporcionado los entendidos en estas materias, Geseres es una palabra netamente hebrea, derivada del verbo goiser, y su más aproximada traducción es fatalidad. El argot popular judío ha desnaturalizado esta significación, sustituyéndola por la de «lamentaciones y quejas». Ungeseres es un neologismo inventado por mí en el sueño y me resulta al principio totalmente incomprensible. Pero la pequeña observación que cierra el sueño, indicándome que Ungeseres contiene una idea de preferencia en comparación con Geseres, abre el camino a las asociaciones y, con ellas, a la solución buscada. Recuerdo, en efecto, que con respecto al caviar se da una análoga relación de preferencia, siendo más estimado el que no tiene sal (ungesalzen) que el salado (gesalzen). El pueblo ve en el caviar una representación de las «aficiones aristocráticas». Ocúltase aquí una burlona alusión a una persona de mi casa, de la que espero se ocupe del porvenir de mis hijos si yo llegase a faltar, pues es más joven que yo. Esta circunstancia queda confirmada por la aparición, en el sueño, de otra persona de mi servidumbre, nuestra buena niñera, personificada en la camarera (o la monja) que trae a los niños. Fáltanos aún un elemento intermedio que facilite el paso desde el pan sin sal = salado al de Geseres = Ungeseres. Dicho elemento es, indudablemente, el pan gesäuert = ungesäuert («con levadura = sin levadura»). En su fuga de Egipto no tuvo el pueblo judío tiempo de dejar fermentar la masa de su pan, y en memoria de esto comen hoy sus descendientes pan sin levadura (pan ázimo) durante la época de Pascua. Al llegar a esta parte del análisis surgió en mí una repentina asociación. Recordé, en efecto, que hallándome

paseando con mi amigo de Berlín por las calles de Breslau, ciudad a la que fuimos a pasar las últimas vacaciones de Pascua y que visitábamos por vez primera, se acercó a mí una niña, preguntándome por una calle. Después de manifestar mi desconocimiento de la topografía de la ciudad, dije a mi amigo: «Confiemos en que más adelante demuestre esta chica mayor penetración para elegir las personas que hayan de guiarla en la vida.» Poco después se ofreció a mi vista una placa en la que ponía: «Doctor Herodes. Consulta de…», y se la indiqué a mi acompañante, comentando: «Es de esperar que, por lo menos, no sea médico de niños.» Mi amigo me iba exponiendo mientras tanto sus opiniones sobre la significación biológica de la simetría bilateral y comenzó una de sus frases con las palabras: «Si tuviéramos un ojo en mitad de la frente, como el cíclope (Kylop)…» Estas palabras conducen a la frase del profesor M., en el sueño preliminar: «Mi hijo, el miope (Myop)…», y con ella, a la fuente principal de la palabra Geseres. Hace muchos años, cuando dicho hijo del profesor M. -pensador hoy de gran valía- ocupaba aún un sitio en los bancos escolares, contrajo una enfermedad de la vista, que el médico declaró grandemente peligrosa, pues si bien no tenía importancia mientras continuase siendo unilateral , podía extenderse al otro ojo y adquirir entonces extrema gravedad. El ojo atacado curó sin dificultad al poco tiempo, pero entonces enfermó el otro. La madre del paciente llamó, aterrorizada, al médico, haciéndole acudir desde la capital a la lejana finca donde se hallaba pasando el verano. Pero el facultativo.la tranquilizó en la misma forma que la primera vez, exponiendo que se trataba del mismo caso:

«Ahora, como antes, se trata de una afección unilateral, y lo mismo que antes curó en un lado, curará ahora en el otro.» Y empleando la palabra Geseres en el sentido que le da el argot popular judío, añadió: «¿Ve usted cómo no había motivo para tantos temores y lamentaciones? (Geseres).» El enfermo curó, en efecto, sin complicación ninguna.
Veamos ahora las relaciones de este sueño con mi persona y las de mis familiares. El banco escolar, en el cual se inició el hijo del profesor M. en los caminos de la sabiduría, ha pasado a ser propiedad de mi hijo mayor -aquel en cuyos labios pone mi sueño las enigmáticas palabras de despedida- por donación de la madre de su anterior propietario. Fácilmente puede adivinarse cuál es uno de los deseos que se enlazan a esta transferencia. Pero, además, tiene dicho banco una forma especial encaminada a evitar la miopía y la unilateralidad que el niño podría contraer si permaneciera durante las largas horas de clase y estudio en una posición viciosa. De

aquí, en el sueño, el miope (detrás, cíclope) y mi recuerdo, luego, de la discusión sobre la bilateralidad. La unilateralidad que deseo evitar a mi hilo se refiere tanto a su desarrollo físico como a su desarrollo intelectual. La misma escena del sueño dentro de toda su insensatez, parece querer alejar de mí esta preocupación. Observamos, en efecto, que el niño se vuelve primero a un lado, pronunciando unas palabras de despedida, y da luego frente al lado opuesto y pronuncia las palabras contrarias, como para restablecer el equilibrio. ¡Obra, pues, atendiendo a la simetría bilateral!


Hemos de deducir, por tanto, que el sueño muestra con frecuencia una máxima sensatez allí donde más disparatado parece. En todos los tiempos han gustado de disfrazarse con los atributos de la locura aquellos que tenían algo que decir y no podían decirlo sin peligro. Aquel a quien se referían las palabras prohibidas, las toleraba mejor cuando podía reír al oírlas y mitigar su escozor con el pensamiento de que el atrevido crítico gozaba fama de loco. Del mismo modo que el sueño, procede en el drama de Shakespeare el desdichado príncipe que se ve forzado a fingir la demencia y siendo así, podemos decir de él lo que, sustituyendo las circunstancias verdaderas por otras chistosamente incomprensibles, dice Hamlet de sí mismo: «No estoy loco sino cuando sopla el Nordeste; cuando sopla el Sur distingo perfectamente una garza de un halcón».
Así, pues, hemos resuelto el problema de la absurdidad de los sueños descubriendo que las ideas latentes de los mismos no son nunca absurdas -por lo menos las de los sueños de personas psíquicamente sanas- y comprobando que la elaboración onírica produce sueños absurdos o con algunos elementos de este género cuando encuentra en las ideas latentes elementos que entrañan crítica, insulto o burla y tiene que representarlos en su peculiar forma expresiva.
Fáltanos ahora demostrar que la acción conjunta de los tres factores hasta el momento examinados -y de otro más que aún nos queda por investigar- es lo que constituye la elaboración onírica, la cual no hace, fuera de esto, sino llevar a cabo una traducción de las ideas latentes, ateniéndose a las cuatro condiciones que le son prescritas, y, además, que la cuestión de si el alma labora en el sueño con todas sus facultades o sólo con una parte de las mismas se halla defectuosamente planteada y se aparta de las circunstancias reales. Mas como existen numerosos sueños en los que se juzga, critica y reconoce y en los que surge asombro o extrañeza de algunos

de sus elementos, se construyen.complicadas argumentaciones o se emprenden tentativas de aclaración, habré de rebatir con la exposición de ejemplos apropiados las objeciones que aparecen fundadas en tales fenómenos.



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