Sigmund Freud la interpretacion de los sueñOS



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sueño. La declaración de la flor preferida y el ponerse en el ojal algo que tiene también que ser una flor (cosa que evoca en mí el recuerdo de unas orquídeas que el día del sueño llevé a una señora amiga mía, y, además, el de una rosa de Jericó) alude claramente a la escena en que Shakespeare nos muestra el punto de partida de la guerra civil de la rosa roja y la rosa blanca. La mención de Enrique VIII en el análisis inicia el camino que conduce a esta reminiscencia. De ella no hay mucha distancia a la de los claveles blancos y rojos. (Entremedias se intercalaron en el desarrollo analítico dos versos, uno alemán y otro español: «Rosa, tulipanes y claveles, -todas las flores se marchitan-. Isabelita no llores, -que se marchitan las flores.» Este último procede también de Fígaro.) Los claveles blancos son en Viena el distintivo de los antisemitas, y los rojos, el de los socialdemócratas. Detrás de esto surge el recuerdo de una provocación antisemita durante un viaje en ferrocarril por el bello país de Sajonia (anglosajones). La tercera escena que ha proporcionado elementos para la formación de la situación inicial de mi sueño pertenece a mis primeros años de estudiante. En una sociedad estudiantil alemana se mantenía un debate sobre la relación de la filosofía con las ciencias naturales. Muy joven aún y lleno de entusiasmo por las doctrinas materialistas, tercié en la discusión, defendiendo calurosamente un punto de vista en exceso unilateral. Un colega más reflexivo y maduro, cuyo apellido pertenece al reino zoológico y que ha revelado más tarde una gran capacidad para organizar y dirigir multitudes, pidió entonces la palabra y rebatió con gran energía mis argumentos. También él -dijo- había guardado los cerdos en su juventud, pero después había retornado, lleno de remordimientos, al hogar paterno. Al acabar su discurso me levanté indignado (como en mi sueño), y en forma grosera (saugrob, «grosera como una cerda» le respondí que, sabiendo que había guardado cerdos, no me asombraba ya el tono de sus discursos. (En el sueño me asombro del entusiasmo con que tomo la defensa de los nacionalistas alemanes.) Mis palabras provocaron gran escándalo y se me exigió repetidamente que las retirase, pero yo me mantuve firme. El ofendido fue lo bastante sensato para rechazar la inspiración de provocarme en duelo, y las cosas no pasaron de aquí.


Los restantes elementos de la escena onírica proceden de estratos más profundos.

¿Qué puede significar la elección del «diente de león» por el conde como flor preferida de los alemanes? Veamos mis asociaciones: Diente de león (Huflattich) - lettuce-ensalada-perro de la ensalada (Salathund, expresión de sentido equivalente

a la castellana «perro del hortelano»; esto es, el que ni come ni deja comer). Se entrevé aquí una serie de palabras insultantes: jirafa (por la división de la palabra alemana Giraffe en Gir-affe, siendo Affe (mono) un insulto corriente), cochino, cerda, perro. El análisis me lleva también, a través de un nombre, a la palabra burro, y con ella a una burla sobre otro profesor académico. Además traduzco, no sé si acertadamente, Huflattich (diente de león) por el término francés pisse-en-lit. El conocimiento de esta palabra me ha sido proporcionado por la lectura de una obra de Zola -Germinal-, en la que son enviados unos niños a recoger esta planta para hacer una ensalada. El perro -chien- contiene en su nombre una alusión por similicadencia a una de las funciones excrementicias (chier), como pisse-en-lit a la otra (pisser). No tardamos en reunir lo indecoroso en todos sus tres estados, pues en el mismo Germinal -obra también revolucionaria- se describe una singularísima.competencia entre dos individuos en la producción de excreciones gaseosas ( flato). Tengo ahora que observar que el camino que a este flato o viento había de conducirme se hallaba trazado hace ya mucho tiempo y va desde las flores, a través del verso español de Isabelita, a Isabel y Fernando, y de aquí, pasando por Enrique VIII y la historia de Inglaterra, al episodio de la Armada Invencible, cuya destrucción por los vientos tempestuosos fue conmemorada en Inglaterra con la acuñación de una medalla en la que se leía: Fflavit et dissipati sunt. Ahora bien: estas palabras son las que yo pensaba emplear como lema semihumorístico del capítulo «Terapia», si alguna vez llegaba el caso de exponer ampliamente mi concepción y tratamiento de la histeria. (`Sopló y se disiparon').
De la segunda escena de mi sueño no puedo dar aquí, por consideraciones relativas a la censura, una tan detallada solución. En ella ocupo el lugar de una elevada personalidad de aquella época revolucionaria que, según se dice, padecía de incontinentia alvi; tuvo también una aventura con una Águila (Adler apellido), etc., pero no me creo con derecho a infringir (a pesar, en el sueño) la censura, en lo que a estas historias se refiere, aunque haya sido un consejero áulico (aula) quien me las ha referido. La serie de habitaciones que en mi sueño atravieso debe su estímulo al coche salón de S. E. el conde de Thun, visto desde el andén, pero significa, como muy frecuentemente en la vida onírica, mujeres (habitación del Gobierno: mujeres sostenidas a costa del Erario). La figura del ama de llaves de mi sueño constituye una muestra de ingratitud hacia una anciana señora amiga mía, persona de vivo ingenio que me dispensa siempre una grata acogida en su casa y suele referirme

interesantes anécdotas de tiempos pasados. El ofrecimiento que me hace de acompañarme con una luz es una reminiscencia de una encantadora aventura de Grillparzer, que este autor utilizó luego en su Hero y Leandro («Las olas del mar y del amor»; la Armada Invencible y la tempestad).


No siéndome tampoco posible exponer en detalle el análisis de los dos fragmentos oníricos restantes, me limitaré a consignar dos escenas infantiles a las que el mismo nos conduce y son, realmente, lo que me ha movido a la comunicación de este sueño. Ya sospechará el lector que lo que me obliga a silenciar los resultados de la labor analítica es el carácter sexual del material mediante ella descubierto. Pero no he de exigirle que se dé por satisfecho con esta sola explicación, pues aunque no cabe discutir la necesidad de hacer ante los demás un secreto de cosas que para nosotros mismos no lo son, también es cierto que en el caso presente no se trata de las razones que me obligan a ocultar la solución, sino de los motivos de la censura interior que me oculta a mi mismo el contenido del sueño. Así, pues, añadiré que el análisis revela los tres fragmentos de mi sueño como impertinentes jactancias, derivación o desahogo de una manía de grandezas ha largo tiempo reprimida en mi vida despierta, pero que se atreve a llegar con algunas ramificaciones hasta el contenido manifiesto de mi sueño (me felicito de mi habilidad) y explica perfectamente mi estado de ánimo, emprendedor y provocativo, de la tarde anterior al mismo. Mi jactancia se extiende a todos los terrenos. Así, la mención de la ciudad de Graz se refiere a la locución: ¿Cuánto cuesta Graz?, que suele usarse cuando se tiene el bolsillo bien repleto. Aquellos de mis lectores que conozcan la insuperable descripción que hace Rabelais de la vida y los hechos de Gargantúa y de su hijo Pantagruel descubrirán sin trabajo alguno la jactancia contenida en el primer fragmento de.mi sueño. A las dos escenas infantiles que antes prometí exponer se refiere el material siguiente: Para mi viaje había comprado calzas nuevas de un color castaño tirando a violeta, color que aparece varias veces en mi sueño (las violetas, de un color entre violeta y castaño y hechas de una materia rígida: los muebles de las habitaciones oficiales). Los niños creen que cuando se ponen algo nuevo llaman la atención de la gente. Mis familias me relataron una vez la siguiente escena de mi infancia, cuyo recuerdo ha quedado sustituido por el de su relato. Teniendo yo dos años me oriné una vez en al cama, y al oírme reprochar la falta traté de consolar a mi padre prometiendo comprarle en N. (la ciudad más próxima) una bonita cama nueva, de color rojo. (De aquí, en el sueño, la interpolación de que hemos comprado o

tenemos que comprar el orinal en la ciudad; hay que cumplir lo que se ha prometido.) (Obsérvese, además, la yuxtaposición del orinal para hombres [masculino] con las calzas (también `baúl' en alemán) femeninas. En esta promesa se halla contenida toda la infantil manía de grandezas.


La importancia que para el sueño poseen las cuestiones de orden urinario del niño nos es ya conocida por otra de las interpretaciones oníricas realizadas. (Sueño de la pelea de los muchachos.) Los psicoanálisis de sujetos neuróticos nos han mostrado la íntima relación de la incontinencia nocturna con la ambición como rasgo de carácter.
De otro suceso infantil -perteneciente ya a mis seis o siete años- conservo un claro recuerdo. Una noche, antes de acostarme, infringí el precepto educativo de no realizar necesidad alguna en la alcoba de mis padres y en su presencia, y en la reprimenda que mi padre me dirigió con este motivo afirmó que nunca llegaría yo a ser nada. Estas palabras debieron herir vivamente mi amor propio, pues en mis sueños aparecen de continuo alusiones a la escena correspondiente, enlazadas casi siempre con una enumeración de mis éxitos y merecimientos, como si quisiera decir:

«¿Lo ves cómo he llegado a ser algo?» Este suceso infantil proporciona materiales para el último cuadro de mi sueño, en el que, como venganza, quedan invertidos los papeles. Mi anciano acompañante no es otro que mi padre. La falta de visión de un ojo alude al glaucoma de que padeció. En mi sueño orina él ante mí como yo ante él en mi niñez. Con la alusión al glaucoma le recuerdo la cocaína, en cuya aplicación como anestésico -que tanto facilitó la operación a que hubo de someterse- tuve yo alguna parte. De este modo es como si yo hubiera cumplido mi promesa. Además me burlo de él; como está ciego tengo que alcanzarle los lentes (juego de palabras entre Glass, cristal, lente, y Uriglas, orinal). Por último, aparecen numerosas alusiones a mis conocimientos sobre la teoría de la histeria, de los cuales me enorgullezco.


Las dos escenas infantiles expuestas se hallan, aparte de esto, enlazadas al tema del ansia de grandeza; pero además contribuyó a evocarlas el hecho de verme obligado a viajar en un vagón sin retrete, circunstancia que había de prepararme a sufrir alguna molestia. Así sucedió, en efecto, pues desperté de madrugada con la sensación correspondiente a una necesidad física. El lector se inclinará quizá a

atribuir a esta sensación el papel de estímulo del sueño, mas por mi parte he de dar la preferencia a otra explicación diferente: la de que fueron las ideas latentes las que provocaron en mí dicha necesidad. Mi reposo no suele ser interrumpido nunca -y menos en tales horas de la madrugada- por una necesidad física cualquiera, y en mis viajes no he sentido casi nunca, al.despertar antes de la hora acostumbrada, la sensación vesical de que aquí se trata. De todos modos, es ésta una cuestión que no importa dejar indecisa.


Desde que mi experiencia en la interpretación onírica me ha demostrado que también de aquellos sueños cuya total interpretación creemos haber conseguido -por haber descubierto sin dificultad sus fuentes y estímulos- parten importantes cadenas de pensamientos que llegan hasta los primeros años infantiles del sujeto, he tenido que preguntarme si no habremos de ver en este hecho una condición esencial del soñar. Si nos fuese permitido generalizar tal hipótesis, diríamos que todo sueño posee, a más de un enlace con lo crecientemente vivido en las más lejanas épocas de la existencia del sujeto. De estos sucesos primitivos puede demostrarse realmente en el análisis de la histeria que han permanecido recientes hasta la actualidad. Pero la hipótesis apuntada no parece fácilmente comprobable por ahora. Más adelante, al examinar esta cuestión (capítulo VIII), retornaré sobre la probable significación de estos sucesos de tempranas épocas infantiles con respecto a la formación de los sueños. De las tres peculiaridades de la memoria onírica antes apuntadas hemos logrado esclarecer satisfactoriamente la referencia a la preferencia de lo secundario en el contenido del sueño, haciéndola depender de la deformación onírica. En cambio, no nos ha sido posible derivar de los motivos del sueño ninguna de las dos restantes -la selección de lo reciente y de lo infantil-, aunque así hayamos podido comprobar su efectividad. De ambas volveremos a ocuparnos al tratar de la psicología del estado de reposo o con ocasión de aquellas reflexiones que sobre la estructura del aparato anímico habremos de exponer cuando observemos que a través de la interpretación onírica podemos echar una ojeada, como a través de una ventana, sobre el interior de dicho aparato.
En cambio, quiero recoger aquí, sin aplazamiento alguno, otro resultado de los últimos análisis detallados. El sueño posee con frecuencia varios sentidos. No sólo pueden yuxtaponerse en él -como hemos visto en algunos ejemplos- varias realizaciones de deseos, sino que un sentido, una realización de deseos puede

encubrir a otra, hasta que debajo de todas hallamos la de un deseo de nuestra primera infancia. También en este punto surge la interrogación de si no será éste un carácter general de todo sueño.




  1. Las fuentes oníricas somáticas.

Cuando intentamos despertar el interés de un hombre culto, pero profano en estas materias, por los problemas del fenómeno onírico y le preguntamos con tal propósito cuáles son a su juicio las fuentes de los sueños, observamos casi siempre que el interrogado cree poseer un exacto conocimiento de una parte por lo menos de esta cuestión. Pensará, en efecto, inmediatamente en la influencia que las digestiones perturbadas o difíciles, la posición del durmiente y los pequeños estímulos exteriores manifiestan ejercer la formación de los sueños, y no parecerá sospechar que después de tener en cuenta todos estos factores quede aún algo necesitado de esclarecimiento.


En nuestro capítulo de introducción examinamos con toda minuciosidad el papel que la literatura científica atribuye con respecto a la formación de los sueños a las fuentes somáticas de estímulos. Por tanto, no necesitamos ahora sino recordar los resultados de dicha investigación. Hemos visto que se distinguían tres clases de fuentes oníricas somáticas; los estímulos sensoriales emanados de objetos exteriores, los estados internos de excitación, de base exclusivamente subjetiva, y los estímulos somáticos procedentes del interior del organismo. Observamos asimismo la predilección de los autores por las fuentes somáticas y su tendencia a situar muy en último término las psíquicas o excluirlas totalmente. Al examinar las pruebas aducidas en favor de las primeras, advertimos: 1º Que la importancia de las excitaciones objetivas de los órganos sensoriales -originadas en parte por estímulos casuales sobrevenidos durante el reposo y en parte por aquellos otros que no pueden ser mantenidos a distancia de la vida anímica durmiente- queda comprobada por numerosas observaciones y confirmada experimentalmente. 2º Que la función de las excitaciones sensoriales aparece demostrada por el retorno de las imágenes hipnagógicas en los sueños; y 3º Que la amplia referencia efectuada de nuestras imágenes y representaciones oníricas a un estímulo somático interno no es comprobable en toda su extensión, pero encuentra un punto de apoyo en la

influencia, generalmente reconocida, que el estado de excitación de los órganos digestivos, urinario y sexual ejerce sobre el contenido de nuestros sueños.


El estímulo nervioso y el estímulo corporal serían, pues, las fuentes somáticas de los sueños; esto es, las únicas fuentes oníricas, según algunos autores.

Pero, además de esto, hemos acogido en nuestra introducción toda una serie de dudas referentes no tanto a la exactitud como a la suficiencia de la teoría de los estímulos somáticos.

Por muy seguros que hubieran de sentirse los representantes de esta teoría con respecto a los fundamentos afectivos de la misma -sobre todo en lo relativo a los estímulos nerviosos accidentales y externos, fácilmente comprobables en el sueño-, ninguno de ellos llegó a desconocer por completo la imposibilidad de derivar en su totalidad de estímulos nerviosos exteriores el rico contenido de representaciones del fenómeno onírico. Miss Mary Whiton Calkins ha examinado desde este punto de vista durante seis semanas sus propios sueños y los de otra persona. Sólo en un 13,2 por 100 y un 6,7 por 100, respectivamente, pudo descubrirse una percepción sensorial externa, y únicamente dos de los sueños investigados se demostraron derivables de sensaciones orgánicas. De este modo nos confirma aquí la estadística lo que ya un rápida revisión de nuestra propia experiencia nos había hecho sospechar.
Muchos investigadores se conformaron con hacer resaltar el «sueño de estímulo nervioso», entre las demás formas oníricas, como una especie de sueño mejor y más completamente investigada. Spitta dividía los sueños en «sueños de estímulo nervioso» y «sueños de asociaciones»; pero claro está que una tal solución no podía considerarse satisfactoria mientras no se hubiera conseguido descubrir el lazo de unión entre las fuentes oníricas somáticas y el contenido de representaciones del sueño.
Resulta, pues, que a la objeción antes señalada, relativa a la insuficiente frecuencia con que nos es posible referir los sueños a fuentes de estímulos exteriores, se agrega ahora la de que la admisión de dichas fuentes oníricas no nos proporciona sino un muy incompleto esclarecimiento de cada sueño. Los representantes de esta teoría nos son deudores de dos importantes explicaciones: por qué la verdadera naturaleza del estímulo exterior no es nunca reconocida, sino singularmente

equivocada en el sueño (cf. los sueños del despertador, capítulo 2), y por qué el resultado de la reacción del alma a la percepción de este estímulo, cuya verdadera naturaleza no reconoce, puede ser tan indeterminablemente variable. En respuesta a esta interrogación, alega Strümpell, como ya vimos antes, que a consecuencia de su apartamiento del mundo exterior durante el estado de reposo, no se halla el alma en situación de dar la exacta interpretación del estímulo sensorial objetivo, sino que se ve obligada a construir ilusiones sobre la base de la indeterminada excitación dada. He aquí las propias palabras de Strümpell:

«Cuando durante el reposo, y por efecto de un estímulo nervioso, externo o interno, surge en el alma y es percibido por ella un proceso psíquico cualquiera -sensación, complejo de sensaciones, sentimiento, etc.- despierta este proceso, tomándolas del círculo de impresiones de la vigilia que aún perduran en el alma, imágenes sensitivas, o sea, percepciones anteriores, que aparecen desnudas o revestidas de sus valores psíquicos correspondientes. De este modo reúne dicho proceso en derredor suyo un número más o menos considerable de tales imágenes, las cuales dan a la impresión procedente del estímulo nervioso su valor psíquico. Como lo hacemos al referirnos a nuestra actividad anímica en la vida despierta, decimos también aquí que el alma interpreta, durante el estado de reposo, las impresiones producidas por el estímulo nervioso. Resultado de esta interpretación es el sueño de estímulo nervioso; esto es, un sueño cuyos elementos se hallan condicionados por el hecho de que un estímulo de dicho género desarrolla su efecto psíquico en la vida anímica conforme a las leyes de la reproducción.»
Idéntica en todo lo esencial a esta teoría es la afirmación de Wundt, de que las representaciones oníricas emanan, en su mayor parte, de estímulos sensoriales - incluso de aquellos pertenecientes a la sensación vegetativa general-, siendo, por tanto, casi siempre, ilusiones fantásticas y, sólo en su más pequeña parte, representaciones mnémicas puras elevadas a la categoría de alucinaciones. Para la correlación que de esta teoría resulta entre el contenido onírico y los estímulos del sueño, encuentra Strümpell el excelente paralelo (cap. 2) de «los sonidos que los diez dedos de un individuo profano en música producen al recorrer al azar el teclado de un piano». Conforme a este punto de vista, no aparecería el sueño como un fenómeno anímico originado por motivos psíquicos, sino como el resultado de un estímulo fisiológico que se manifiesta en una sintomatología psíquica por no ser capaz de otra distinta exteriorización del aparato sobre el que el estímulo actúa. En

una análoga hipótesis se halla basada, por ejemplo, la explicación que Meynert intentó dar de las representaciones obsesivas por medio de la famosa comparación de la esfera del reloj, en la que resaltan algunas cifras impresas en mayor relieve.


Por predilecta que haya lelgado a ser esta teoría de los estímulos oníricos somáticos y por atractiva que parezca, es, sin embargo, fácil descubrir su punto débil. Todo estímulo onírico somático que durante el reposo incita al aparato anímico a su interpretación por medio de la formación de ilusiones, puede motivar un sinnúmero de tales tentativas de interpretación y, por tanto, alcanzar su representación en el contenido onírico por infinitos elementos diferentes. Pero la teoría de Strümpell y Wundt no nos indica motivo alguno que regule la relación entre el estímulo externo y la representación onírica elegida para su interpretación, dejando así inexplicada la

«singular selección» que los estímulos «llevan a cabo, con gran frecuencia, en su actividad reproductiva» (Lipps: Hechos fundamentales de la vida onírica, pág. 170). Contra la hipótesis fundamental de toda la teoría de la ilusión, o sea, la de que durante el reposo no se halla el alma en situación de reconocer la verdadera naturaleza del estímulo sensorial objetivo, se han elevado también diversas objeciones. Así, Burdach, el viejo fisiólogo sostiene la afirmación contraria de que también durante el estado de reposo es el alma capaz de interpretar acertadamente las impresiones sensoriales que hasta ella llegan y reaccionar conforme a tal interpretación exacta. En demostración de su aserto, aduce que determinadas impresiones sensoriales, importantes para el durmiente, quedan excluidas de la general indiferencia del mismo (la nodriza que despierta al más leve rumor del niño), y que nuestro nombre, pronunciado en voz baja, interrumpe nuestro reposo, mientras que otras impresiones auditivas más intensas, pero indiferentes, no obtienen igual resultado, lo cual supone que el alma dormida sabe también diferenciar las impresiones (cap. 2, apart. e). De estos hechos deduce Burdach que durante el reposo no existe una incapacidad para interpretar los estímulos sensoriales, sino una falta de interés con respecto a ellos. Los mismos argumentos alegados por Budach en 1830 retornan luego, sin modificación alguna en la impugnación de la teoría de los estímulos somáticos escrita por Lipps en 1883. Según este punto de vista, se nos muestra el alma semejante a aquel durmiente que a la pregunta: «¿Duermes?», contesta: «No»; pero interpelado a seguidas con la petición: «Entonces préstame diez duros», se escuda con la evasiva: «Estoy dormido.»

La insuficiencia de la teoría de los estímulos oníricos somáticos puede todavía demostrarse por otro camino diferente. Puede, en efecto, observarse que los estímulos externos no provocan obligadamente sueños, aunque dado el caso de que soñemos aparezcan representados en el contenido onírico. Ante un estímulo epidérmico o de presión sobrevenido durante el reposo, disponemos de diversas reacciones. En primer lugar, podemos hacer caso omiso de él y ver luego, al despertar, que hemos dormido con una pierna fuera de las sábanas o un brazo en mala postura, sin que nada nos lo haya advertido durante la noche. La Patología nos muestra numerosísimos casos en los que diversos estímulos sensoriales y de movimiento intensamente excitantes, no han tenido efecto alguno durante el reposo. En segundo lugar, podemos advertir la sensación mientras dormimos a través de nuestro reposo, como sucede regularmente con los estímulos dolorosos, pero sin entretejer en un sueño el dolor percibido. Asimismo podemos despertar con objeto de poner fin al estímulo. Por último, el que el estímulo nervioso nos induzca a la formación de un sueño no es sino una cuarta reacción posible de frecuencia igual a las otras tres. Esto último no sucedería si el motivo de los sueños no residiese fuera de las fuentes oníricas somáticas.



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