Ser jesús dos veces



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SER JESÚS DOS VECES

(Jn 20,1-9: Domingo de Pascua)

María Magdalena, dirigiéndose al sepulcro, está buscando a Jesús. Otra mujer, Simone de Beauvoir, la que fuera compañera de Sartre, muerto éste, le dedicó un libro. En él, celebra La ceremonia del adiós de un amor muerto: «Aunque me entierren a su lado, de sus cenizas a mis restos no habrá ningún pasadizo».

Dice el texto que María sale por la mañana temprano, cuando ya hay luz, y a continuación precisa: todavía en tinieblas. Parece una contradicción, pero sabemos que, para el evangelista, la tiniebla hace referencia a otra cosa: la ideología contraria a la verdad de la vida, la existencia sin Jesús. María va al sepulcro creyendo que la muerte ha triunfado; espera encontrar el cadáver de Jesús. No cree en ningún pasadizo (en la pascua) y lo que espera ver (la losa puesta) habría sido el sello de la muerte definitiva. Pero ni la señal que encuentra (la losa quitada) le permite ver mejor. Sigue hablando de Jesús como un cadáver: se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.

Cuando Celano narra el encuentro de Francisco con el Cristo de San Damián escribe estas palabras: «Trabajaba incansable en reparar la ermita, pues, aunque la voz divina se había referido a la Iglesia que había adquirido Cristo con su sangre, Francisco, que había de pasar poco a poco de la carne al espíritu, no quiso verse de golpe encumbrado» (2Cel VI,10). Es muy interesante lo que Celano anota: el tránsito de la carne (lo que los ojos ven, la realidad desnuda) al espíritu. Las palabras de una imagen de madera le llevan a trabajar con piedras. Jesús, reconocido en el leproso, le conduce en medio de los leprosos y entre ellos se realiza la verdadera pascua de Francisco. La realidad del pobre se convierte en pasadizo que le conduce a una nueva vida: «Y salí del siglo» (Test 3).

Amado Nervo escribió una obra titulada La amada inmóvil. Sabemos la fecha exacta en que el libro nace: la noche del 7 de enero de 1912. El dato es importante: esa noche, enferma de tifus, murió Ana, su compañera y, en las horas nocturnas de vela, delante del cuerpo yacente, el escritor mexicano empezó la composición del libro. Hay un poemita que dice: ¡Qué importa que no sepas cómo te sigo amando / más allá del sepulcro, si lo sé yo con creces! / ¡Qué importa que no sepas cómo estoy sollozando / si escucho mi sollozo / yo, que soy tú dos veces!

Bien pudiera llevar María en su corazón estas o parecidas palabras, aquella mañana, camino al sepulcro de Jesús. Quizás no cree en ningún pasadizo. Pero, precisamente, su pascua es real porque verificamos que en ella, como en Francisco, hay un tránsito: de la soledad a la solidaridad, de las tinieblas a la luz. Los evangelios pascuales no nos presentan a los discípulos como modelos de creyentes, sino como protagonistas de procesos de fe. María es Jesús dos veces: el contacto con él la ha cambiado, su vida es distinta. Esto es lo que María puede poner sobre la mesa de la resurrección: su realidad transformada. Aunque piense, en este momento, en Jesús como un cadáver, un muerto a quien quiere despedir.

Cuántas veces, como María, no sabemos dónde han puesto a Jesús: nuestros problemas, nuestra incoherencia, nuestra sensibilidad atrofiada nos esconden al verdadero Jesús. Para ser Jesús dos veces tenemos que buscarle. La pascua (ese gran paso de Jesús) se convierte en nuestro pasadizo: un camino que se hace paso a paso, en el día a día de las opciones concretas, sin grandes cambios repentinos y, tal vez, con poca luz. Como les sucedió a los primeros discípulos.

RESUCITAR CON LA HERIDA

(Jn 20,19-31: Domingo 2 de Pascua)

En nuestra cultura, obsesionada con la imagen, va triunfando la idea de que todo se puede esconder: cualquier dolor puede ser encubierto, para todo hay pastillas. Conviene ocultar las tristezas, no permanecer demasiado vulnerables. Abunda la banalidad. La cultura del no-sufrir inventa anestesias sentimentales, sedaciones para las heridas de la existencia.

El evangelio nos advierte: el anuncio de la resurrección no es un anuncio publicitario. Su protagonista (un hombre signado con los estigmas de la cruz) poco tiene que ver con los modelos de belleza perfecta que el marketing nos propone. Algo ocurrió entre los primeros cristianos. Existió una tendencia a borrar las marcas del sufrimiento de Jesús, sus antecedentes penales. Era mejor quedarse con la parte bonita de la historia: los milagros, la congregación de masas, las hermosas metáforas sobre Dios y, por supuesto, el Jesús que retorna, victorioso, de la muerte.

Sin embargo, el evangelio corrige semejante perspectiva. Esta imagen llagada de la resurrección es un guiño a la comunidad primitiva y una advertencia a nosotros, cristianos del siglo XXI. Se trata de no olvidar las opciones de Jesús, deshumanizándolas. Su vida no fue un juego con cartas marcadas. La muerte de Jesús es la clave de arco que la vida en abundancia necesita: ella pone el sello de autenticidad y realismo a todo lo que, sin ella, se quedaría en algo totalmente ajeno para gente de carne y hueso. La pasión de Jesús hace todo el resto creíble a gente que, cada cual a su manera, arrastra su propia pasión.

Y es que la vida nos hiere, nos marca. Francisco, al final de sus días, asume su situación personal: la enfermedad (resultado de un estilo de vida descentrado de él mismo), el aislamiento al que le han sometido los frailes (consecuencia de su opción carismática), la duda de si todo habrá merecido la pena. Aprendió a vivir con la herida, en un lento ejercicio de reconciliación interior (con sus propias contradicciones) y exterior (con las zonas más oscuras de los hermanos).

Pero, ¿es justo hablar de la pasión en pascua? Pareciera que, nunca mejor dicho, gozásemos metiendo el dedo en la herida… El evangelio no se delecta en el dolor, no se complace con el drama. Jesús no exhibe sus heridas a la manera de esos visionarios que aparecen en las televisiones, ofreciendo un mensaje distorsionado de la pasión. Jesús resucita con la herida y con ella se hace presente en medio de nosotros, recordándonos que toda acción arrastra una consecuencia. Como aparece escrito en el presbiterio de una iglesia románica del sur de Francia: «Surrexit sicut dilexit», “Resucitó como amó”. Jesús, que aprendió a amar hiriéndose, marcándose con el sufrimiento de los otros, inaugura el camino de la Vida Nueva insistiendo en ese mismo mensaje: vale la pena perder años de vida por los otros, morirse incluso antes de tiempo. Sólo desde ahí se fragua la resurrección.

La última escena de La Misión recoge unas palabras del cardenal enviado por la curia romana, refiriéndose a los jesuitas Padre Gabriel y Rodrigo Mendoza: «Ahora ellos están muertos, y yo sigo vivo. Pero en realidad son ellos los que viven y yo el que ha muerto». A continuación, en medio del paisaje destruido por el fuego, aparece un grupo de niños indígenas que toman una barca y se introducen río adentro. Una bella manera de escenificar la resurrección: la efusión de la sangre que se transforma en vida.

NO ES UNA PELÍCULA DE FANTASMAS

(Lc 24,35-48: Domingo 3 de Pascua)

Las dudas y el temor de los discípulos en Pascua son prolongación de esos mismos sentimientos, antes de Pascua. No es la muerte de Jesús la que les desconcierta: es Jesús quien les desconcierta. Son las actitudes de un hombre que, reconociéndose muy cercano a Dios, se aparta del culto oficial del templo, del sistema de pureza ritual, que más que lavarse las manos, lava los pies de sus discípulos. Un hombre que ha vivido de una forma extraña y resucita muy extrañamente.

Y es que, como nos sugiere el evangelio de hoy, los discípulos esperan la presencia de un fantasma (24,37) y no la inesperada visita de un hombre llagado que les explica, no sin cierta ironía, las Escrituras, mientras come un trozo de pescado. Se trata de una resurrección atípica: sin tambores que la anuncien, sin música de fondo ni resplandores…

Los discípulos sientan en su mesa a Jesús. Recordemos quién es el invitado: un hombre cortante y seco que proclama sin matices: “¡Ay de vosotros, los ricos…! ¡Ay de vosotros, los saciados…!”; un hombre irónico e hiriente, que ensalza al buen samaritano después de ridiculizar al sacerdote y al levita, que defiende a la pecadora pública mientras machaca al fariseo que lo ha invitado. Un hombre desconcertante, que se manifiesta en favor de los que no forman parte de su grupo y de los samaritanos que no quieren acogerlo, e inmediatamente después habla con extrema dureza a sus posibles seguidores. Un provocador que se presenta en Nazaret para enfrentarse a sus conciudadanos, negándose a realizar milagros y obligándoles casi a despeñarlo. Los discípulos sienten turbación y dudas por las noticias que de Jesús van llegando, miedo a creer: como quien no quiere entregarse a una buena noticia por miedo a ser otra vez defraudado. Demasiado bello para ser verdadero.

En las palabras del Resucitado descubrimos la insistencia en dos cuestiones: la Pascua es una invitación hacia el futuro (1 / la actividad misionera), que sólo puede hacerse desde el recuerdo de los hechos pasados (2 / la historia concreta de Jesús). No se trata de una tarea de especialistas: la búsqueda del Jesús histórico nos compete a todos. Carente de conocimientos exegéticos, heredero incluso de una teología tradicional, Francisco de Asís es un buscador del Jesús histórico. O mejor dicho: de la historia de Jesús. Quiere seguir sus huellas, pisar la tierra que él pisó, respirar el aire de Galilea. No se trata, y él lo entendió bien, del anhelo de conocimiento intelectual (saber qué lengua habló Jesús, dónde vivió, cómo se ganaba el pan, etc.), sino de comprender para conocer al que se ama.

La escuela franciscana, partidaria siempre del conocimiento afectivo, también lo ha formulado de muy diversas formas. San Buenaventura, en el prólogo del Itinerario, explica su deseo de escribir la obra en La Verna, siguiendo las huellas que condujeron hasta allí a Francisco. Se trata de un ejercicio de empatía.

Jesús no es un fantasma. Como escribió Jorge Luis Borges en un poema: “El rostro no es el rostro de las láminas. / Es áspero y judío. No lo veo / y seguiré buscándolo hasta el día / último de mis pasos por la tierra”. Es el camino que se abre en la Pascua: la búsqueda cotidiana del rostro del Resucitado.

NO ES UN GÉNERO BUCÓLICO

(Jn 10, 11-18: Domingo 4 de Pascua)

La imagen de este domingo no es la de una aparición de Jesús resucitado a las mujeres o los discípulos, sino la experiencia de Jesús-Pastor que dirige y guarda, anima y protege a sus amigos, quienes, conforme a un símbolo usual de Oriente, aparecen como ovejas. Se trata de la imagen del Pastor atribuida a Yahvé en no pocos lugares de la Escritura (como el Salmo 23) e identificado con el Mesías futuro en el libro de Ezequiel. La imagen del Pastor, que Jesús asume, revela la interioridad de Dios, que conduce a los hombres a su realización plena.

No se trata, sin embargo, de una estampa apacible y dulce, típica de las églogas de pastores. Es una imagen contestataria, elaborada desde una oposición (Jesús vs los dirigentes religiosos del pueblo) y una situación de hecho: la ruptura entre el judaísmo oficial y la comunidad cristiana que, utilizando una teología heredada del AT, presenta a Jesús como culminación y superación de las profecías bíblicas y, consecuentemente, se presenta a sí misma como el verdadero pueblo de Dios.

¿Qué razones hay para hacer de éste un evangelio pascual? Parece claro: la Pascua verifica las palabras de Jesús: “Yo doy mi vida por las ovejas (…). Tengo derecho de darla y de volverla a recibir”. Nos presenta a Jesús como nuevo modelo de animador en una comunidad con tintes nuevos: la Iglesia surgida de la resurrección.

En la breve carta al hermano León, San Francisco ofrece una actualización franciscana de este modelo de Pastor: Te hablo, hijo mío, como una madre: todas las palabras que hemos hablado en el camino, te las resumo brevemente en una palabra y un consejo, y si después tienes necesidad, ven a mí en busca de consejo. Este es mi consejo: que actúes, con la bendición de Dios y mi obediencia, como mejor te parezca que agradas al Señor Dios y sigues sus huellas y pobreza, y si es necesario para tu alma por ser tu consuelo, y quieres venir a mí, ven, León.

Se trata de una relación fraguada en la búsqueda fraterna de las huellas de Jesús. Francisco, por eso, no se arroga más autoridad que la del compañero de camino. Hermano, amigo, madre, se acerca a León desde las entrañas. ¿Estaba viviendo éste un momento delicado de crisis de conciencia en torno a la obediencia o, quizás, de soledad afectiva? No lo sabemos con seguridad. Pero lo que sí descubrimos es la actitud de Francisco que ofrece al hermano un modelo paradójico de obediencia. Como resume Javier Garrido: “Obediencia hasta la desposesión de sí, libertad respecto a todo sistema que quiera objetivar la conciencia humana o la relación personal con Dios”. En efecto, Francisco no le dice a León (la ovejita de Dios, como le gustaba llamarle) qué debe hacer, sino que le emplaza ante sus propias actitudes fundamentales, en referencia a su vocación evangélica.

Jesús, verdadero pastor, es en nuestros días una imagen repleta de significado. Sigue denunciando el falso ejercicio del poder, la manipulación de las conciencias débiles, el lucro, las actitudes contrarias al evangelio que tenemos los seguidores de Jesús. Es, también, una verdadera estampa franciscana: no la del pastor con dulces silbos y pies hermosos, sino la del compañero de camino, que comparte el peso de nuestros días, respeta nuestros procesos humanos de crecimiento y nos señala, como vida plena, la vida común, la comunidad de los que generan vida alrededor.

POR MÍ QUE NO QUEDE

(Jn 15, 1-8: Domingo 5 de Pascua)

“Jesús hizo una promesa. La agapé acabará triunfando sobre el mal y sobre la muerte. Para comprobarlo habrá que ponerla en práctica. No hay forma de saber si esto será así o no. Más aún, todo apunta a que el mal es más poderoso. ¿Debo fiarme de esta promesa? ¿Será Jesús fiel? Aquí es donde tengo que tomar una decisión. Voy a fiarme de él, a ver qué pasa. La tarea de los cristianos, como dice la carta de Pedro, es acelerar la venida del Reino de Dios. Pues por mí que no quede”.

Estas palabras del filósofo José Antonio Marina, recogidas en su libro Por qué soy cristiano, constituyen un eco personal al evangelio de hoy, quinto domingo de Pascua. “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos”: es una imagen plástica, comprensible desde los parámetros teológicos del AT y la experiencia cotidiana de un pueblo agrícola. La idea, más allá de la imagen por la cual viene expresada, es la siguiente: Jesús vincula el seguimiento a la adhesión vital a su persona.

Existe una manera impersonal de comprender la fe: como conjunto de verdades recibidas, custodiadas por una casta especial de creyentes, que se transmiten de generación en generación. Desde este esquema, el papel del individuo es nulo. Es decir: la personalidad concreta del creyente, sus circunstancias particulares, importan poco o nada en el proceso de fe. Desgraciadamente, muchas personas encuentran satisfacción habitando en este modelo. Y sorprende el auge de nuevas corrientes espirituales, muchas laicales, que no ocultan su apego a cierto dogmatismo.

El cristianismo admite pluralidad de comprensiones, pero hay algo que no puede faltar: la conexión con Jesús. Es en lo que insiste hoy el cuarto evangelio: la comunidad nace gracias al recuerdo vivificante de las palabras y las obras del Señor. Si ese recuerdo se atenúa, si se convierte en mero aparato teórico, la fe se debilita. En el origen está Jesús, su proceso de humanización, su manera divina de comprender al hombre y su trato humano con Dios.

Cuando miramos el proceso de fe de Francisco, podíamos pensar que estamos delante del caso del creyente ingenuo: su insistencia constante en el magisterio de la Iglesia, la veneración que expresa por los sacerdotes, su devoción eucarística, el respeto por los libros y objetos litúrgicos. Pero estos aspectos representan solamente la superficie. El fondo es otro, más profundo. En sus escritos (sobre todo en los más autobiográficos, como el Testamento) y en las primitivas vidas del Santo, encontramos un subrayado: Francisco vive y comprende la fe como relación de confianza, a la manera bíblica de Abrahán, que apoya su hombro en Dios, o del discípulo amado, que reclina su cabeza en el costado de Jesús.

Es un buen ejercicio pascual: tratar de revivir la fe en clave de confianza. ¿Confiamos en lo que decimos creer: Dios Padre Todopoderoso, el Espíritu como dador de vida, la infinita duración del Reino de Jesús…? ¿Confiamos en que esas verdades no se enuncian a la manera de un teorema matemático o un principio de la Física? ¿Confiamos en su repercusión en nuestras vidas, en que nos ayudan a vivir, a pisar la tierra y a mirar los cielos, a proyectar maneras nuevas de relación, más justas, más tiernas, más humanas? Por nosotros, desde luego, que no quede.

RESUCITÓ COMO AMÓ

(Jn 15, 9-17: Domingo 6 de Pascua)

Las palabras de Jesús que nos ofrece hoy el Evangelio son una declaración de amor: “Yo os amo, como el Padre me ama a mí”. La constitución de una geografía: “Permaneced, pues, en el amor que os tengo”. La justificación de una existencia gozosa: “Os hablo así para que os alegréis conmigo y vuestra alegría sea completa”. Un tratado de política distinta: “Ya no os llamo siervos, os llamo amigos”. Un nuevo código legal: “Mi mandamiento es éste: Que os améis unos a otros como yo os he amado”. La razón de leerlo en Pascua tiene que ver con el sentido mismo del tiempo pascual: la reorientación de la existencia según el Evangelio.

Se podría pensar que esto es más propio de la Cuaresma, aparcada hasta el año que viene, y que la Pascua exige júbilo y celebración. Si atendemos, sin embargo, a los discípulos, protagonistas de los relatos pascuales, descubrimos que la Resurrección de Jesús altera, más que alegra, sus vidas, inaugurando una página escrita con renglones de incertidumbre. Y es que la Resurrección (que apunta verdaderamente a nuestro destino divino) es para los discípulos el criterio para reconsiderar su humanidad. Jesús resucitó como amó: con la herida que el amor causa y no se oculta; destruyendo las distancias sociales y religiosas creadas por los hombres; con la simétrica experiencia de que amar a Dios y mostrar ternura son la misma cosa. Es decir: su manera de amar le resucitó.

Ante la herida del desamor que producen el individualismo, la soledad o el dogma desencarnado, la vida en fraternidad es un bálsamo curativo y pascual. La apuesta franciscana por la misma no se circunscribe a los límites de nuestras casas, conventos, parroquias o grupos específicos. De igual manera que los discípulos abandonan las cuatro paredes del cenáculo, también nosotros somos llamados a habitar en medio de un mundo herido, captando las relaciones de desamor (su porqué y su impacto) y proponiendo otra forma de humanidad posible.

Sólo así la Pascua será objeto de deseo, sólo así lo que se proclama en la liturgia será un gesto de vida. Nuestra convicción nace del amor de Jesús, que siente (no hace ideología: siente) a Dios como fuerza creativa en su vida. Como nos describe un hermoso poema de Jesús Mauleón:
Fue su primer amor.

Quiso que fuera el último.

Y en medio fue su desmedido intento:

prender de amor eterno las horas, ay, tan breves.


Nadie piense que ardiera

tan alto fuego en vano:

que sólo Él sabe cómo amó la vida.
La historia de Dios comienza en amor, continúa en amor y en amor culmina. Y su amor no tiene fin. Impregnada de Dios, la vida ha sido amada y es, por ese amor eterno, más poderosa que la muerte. “Nadie piense que ardiera / tan alto fuego en vano: / que sólo Él sabe cómo amó la vida”. Un resumen perfecto del plan de Dios: su carta de amor a la vida, caligrafiada en la persona de Jesús.

¿Y AHORA QUÉ?

(Mc 16, 15-20: Domingo de la Ascensión)

La encarnación es un camino sin retorno. El proyecto humanizador de Dios, que comienza en los orígenes (y Dios creó al hombre) y se completa en la persona de Jesús (y el Verbo se hizo hombre) no se parece en nada a las aventuras de otros dioses en la tierra de los vivos. Divinidades que juegan a ser hombres por un rato, adoptan la condición mortal como una pose y retornan, concluida la faena, a su coto privado de existencia divina. Lo de Jesús no fue un paseo en la tierra. Y la Ascensión no es, tampoco, el feliz retorno al Olimpo.

Al final de la Pascua, esta fiesta nos encara con preguntas decisivas. Tras la alegría de la presencia del Resucitado comienza la vida cotidiana, el día a día, la mañana de un lunes sin sorpresas ni consuelo. ¿Y ahora qué? Esta pregunta debió de ser muchas veces pronunciada entre los primeros cristianos. Y, si vivimos la fe con honestidad, también ha de asaltarnos a nosotros.

No es legítimo verter, demasiado deprisa, una respuesta teórica. La Pascua se fragua desde la experiencia, y ésta incluye muchos sentimientos: la alegría y la esperanza, el coraje y la creatividad pero, también, el desánimo, la sombra de la decepción, la solitaria rutina o la traición al propio sueño. El evangelio, ya lo hemos visto en los domingos anteriores, no presenta a los discípulos como seguidores perfectos. En Hechos de los Apóstoles, Lucas retrata la perplejidad de éstos en la Ascensión: Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? (Hch 1,11). Seguramente estamos ante una actitud: mirar al cielo, desconfiar de nuevo de que Jesús resucita con las llagas, espiritualizar (desencarnándola) su vida.

En palabras de Bonhoeffer: "Viviendo plenamente la vida terrestre es como uno llega a creer”. Y es que, la gran tentación radica en querer ascender a los cielos, en olvidar nuestra existencia concreta en una sociedad herida que nos ofrece, sin embargo, pruebas de resurrección. La fuga mundi, ese lema que tanto éxito tuvo en el pasado, no casa bien con la espiritualidad de Francisco. Quizás su gran tentación consistió en el eremitorio, o mejor dicho, en convertir en refugio el eremitorio. En la carta que escribió a un hermano ministro leemos: “Que esto sea para ti más que el eremitorio. Y en esto quiero conocer si tú amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si hicieras esto, a saber, que no haya hermano alguno en el mundo que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después que haya visto tus ojos, no se marche jamás sin tu misericordia”.

Aquí están las dos miradas: la dirigida al cielo, desde el eremitorio, y la mirada horizontal, que nos encara con la imperfección del hermano, con los límites de la existencia. Francisco, seguramente, se habla a sí mismo. El eremitorio es un lugar legítimo, un espacio de búsqueda y encuentro con la profundidad interior y la hondura del Misterio. Pero puede ser, también, el cuartel que cobije al hermano contra el invierno fraterno.

A Dios no se le encuentra huyendo. Su presencia es real en la Eucaristía, comida fraterna, en la Palabra, libro de Vida, en el pobre: rostro interpelante de Dios. Por eso la Pascua nos acerca a la tierra. Hay un verso de Gloria Fuertes que resume muy bien el sentido de la Ascensión: “Haz que me acostumbre a las cosas de abajo”. Y es que, en las cosas de abajo, en la humanidad divinizada por Jesús, late con ambigüedad y pasión la Trascendencia.

LA HERIDA DEL ESPÍRITU




(Jn 20, 19-23: Domingo de Pentecostés)

El evangelio de hoy, fiesta de Pentecostés, nos descubre una sorpresa: el Espíritu Santo no es una presencia etérea de Dios, al contrario, se relaciona con las manos heridas y el costado abierto de Jesús. Ya hemos visto, en los primeros domingos de Pascua, la insistencia de los evangelistas en conectar al Jesús crucificado con el Señor Resucitado. Comentábamos, al hilo del asunto, el gran problema que vivió la comunidad primitiva: el recuerdo de Jesús contenía una parte oscura, su condena a muerte era una sombra alargada sobre la reputación de sus seguidores. La tentación de olvidar esa parte de la historia debió de ser grande.

En el texto evangélico de hoy vuelve a aparecer la misma secuencia: el miedo de los discípulos, la presencia del Señor y el reconocimiento de éste en las marcas de la pasión, la alegría. Y encontramos un añadido: la efusión del espíritu. Se habla de Nueva Creación, o de culminación de la obra creadora. El espíritu exhalado en la creación (Gn 2,7) que infunde en el ser humano el aliento de vida, es completado por el propio aliento de Jesús. Los discípulos, receptores del Espíritu, son recreados con la humanidad gloriosa de Jesús. Desciende sobre ellos, también, la existencia herida del Maestro, sin la cual no hay resurrección, sin la cual la búsqueda del Reino no se convierte en vida en abundancia. El Espíritu confiere la capacidad de creer que en la herida está la salvación.

Si atendemos a la vida de Francisco descubrimos que la impresión de las llagas no sucede en la Verna. Allí acontece un encuentro íntimo, envuelto por el Misterio, con Jesús. Pero la estigmatización es todo un proceso. Comienza con su acercamiento al leproso, verdadero signo de comprensión del Reino en clave de misericordia, y continúa en la construcción de la fraternidad, origen del dolor de Francisco. Podríamos leer su vida desde la relación “herida / salvación” o, en otras palabras, “llagas / Espíritu”. Y es que el proceso de estigmatización de Francisco coincide con su Pentecostés personal: a medida que se identifica con Jesús recibe su Espíritu, el don de creer en la fraternidad como un camino.



El mensaje que el franciscanismo lanza al mundo es, por eso, pascual. Incluye el recuerdo renovado (buscando nuevas formas, adaptando los lenguajes) de quién es Jesús. El franciscano ha de considerar a Jesús como un mapa: el que le acerca a Dios y le dirige al propio centro personal. Ha de indagar en la personalidad de Jesús, conocer su manera de amar, observar sus opciones, dirigirse por su modo de relación. La tarea consiste en resucitar al Jesús de los libros, en mostrarlo a la sociedad. Y mostrar, también, su herida: la que sufrió por amar, por proyectar una religión constituida en el gozo y la libertad, la alabanza y el cariño. El franciscanismo, más allá de las cuatro paredes de los conventos, es un grito que el Espíritu lanza al mundo. Su contenido es claro: “los diferentes pueden convivir”.

Nuestras Constituciones repiten que el primer apostolado del capuchino es la vida en fraternidad. Tal idea, profundamente cierta, no nos exime de la urgente responsabilidad de atender las heridas de este mundo. Al contrario, nos obliga a hacerlo, indicándonos que la relación fraterna es el criterio a seguir. Se trata de continuar el proceso de los discípulos quienes, reconociendo en las heridas de Jesús la posibilidad de salir de sí mismos, reconducen su existencia con la ayuda del Espíritu, ampliando su horizonte.

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