Seminario de literatura infantil 2011



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El héroe moderno, sin vivir la aventura al modo maravilloso, desencadena su existencia en otra dimensión­ de lo mágico o de lo real, y al hacerlo recurre a instancias y motivos que nos vienen de la más remota antigüedad y que la imagina­ción exige, como condiciones esenciales de la aventura.

El héroe pasa por distintas etapas:

1- E1 héroe abandona su forma de vida: surge alguien o algo que induce al héroe a cambiar de vida. La salida implica la necesidad de enfrentarse a aquello que no lo deja crecer, como enfrentarse a enemigos poderosos, superar miedos o traumas, lograr algo más que una existencia rutinaria y sin sentido. Simbólicamente aparece una situación u objeto que representa el momento del abandono, lo cual correspondería el cruce del umbral.

2- Esta etapa significa la adquisición de experiencias, es decir realización del viaje generalmente desarrollado en un camino donde hay obstáculos, dificul­tades, situaciones favorables que le irán develando un nuevo sentido para su vida o un sistema de valores diferentes. Aquí se hace posible en enfrentamiento con el oponente (simbólico), no ya como posibilidad sino como realidad.

3- Etapa del retorno, en el que el protagonista lleva consigo un bien preciado, que puede ser la sabiduría adquirida por la aven­tura, las nuevas experiencias que sirven como forma de integración de la sociedad que dejó. Puede ocurrir que la aventura sólo lo beneficia exclusivamente a él, obteniendo una verdad con la que ha de vivir, para bien o para mal, negándose a llevar esa verdad a la sociedad. También está la posibilidad de que el héroe se niegue retornar a la tierra de la cual partió porque encontró su lugar en ese nuevo ámbito espacial o psicológico.

AVENTURA Y PAISAJE EN LOS CUENTOS

Fernando Savater


Si tuviésemos que sintetizar en pocas palabras el mensaje general de los cuentos, el meollo más significativo de las leyendas maravillosas, la lección briosa de los relatos de aventuras, esas pocas palabras podrían ser: vocación de independencia, arrojo y generosidad. Cantan los cuentos la confianza perpleja y acechada, fi­nalmente jubilosa, del hombre en si mismo. O de cada hombre en si mismo y de los hombres en lo que todos los hombres tienen de humano. Esa confianza es más fuerte y más honda que la búsqueda a toda costa del "final feliz".

Aunamos aquí a sabiendas de su relativa y demasiado patente heterogeneidad cuentos, leyendas, poemas épicos y novelas de aventuras, cuantas formas de ficción dan priori­dad a la acción sobre la pasión, a lo excep­cional sobre lo cotidiano, al viaje sobre la permanencia, a lo iniciático sobre lo costumbrista, a lo ético sobre lo psicológico, a la riqueza de la invención sobre la fidelidad de la descripción. Después de todo, muchas de nuestras clasificaciones literarias tienen más utilidad académica que pertinencia real­mente significativa; como bien dijo Lope de Vega en La Filomena: "En tiempo menos discreto que el de ágora, aunque de hombres más sabios, llamaban a las novelas cuentos". Cuentos los llamaremos también aquí, aunque ni pretendamos disputar su discreción al siglo ni aspiremos a ser toma­dos por sabios. Es de los cuentos de lo que queremos tratar, de los cuentos que ilustran los ensueños de los niños y perfilan el vigor de los adolescentes, pero que nos acompañan sin deserta a todo lo largo de nuestra vida.

Hemos hablado de independencia y arrojo; es decir, de salir fuera, de romper con el calorcillo adormecedor y rutinario de un hogar donde el alma se constituye pero también se esclerotiza y asfixia. Palpita en los cuentos la constante tentación de la intemperie. Y recordemos que “tentación” es lo que atrae y repele juntamente, lo que seduce y espanta. El protagonista del cuento suele querer salir a “correr mundo”, a ver qué hay más allá de las montañas, en algunas ocasiones, quiere descubrir lo que es el miedo, presintiendo que el lugar del miedo son los confines del espacio y que todo lejano horizonte se prestigia con un halo tenuemente pavoroso, pero sabiendo también que el alma del hombre para alcanzar la estatura que merece, debe afrontar al menos una vez el pánico a lo remoto. El hogar no basta: si el joven aventurero no lo abandona, nunca sabrá lo que es el miedo, conocimiento indispensable para su maduración, ni siquiera conocerá la nostalgia, algo que le hace aún más falta si cabe. Sin noticia del miedo ni de la nostalgia, nada podrá saber tampoco de la forma humana de habitar un hogar, que supone, ante todo, haber vuelto.

El niño vive en una casa que aun no se ha ganado, en un marco de reglas y preceptos, para él tan irremediables y tan poco elegidos como las mismas leyes de la naturaleza. Debe distanciarse del hogar para poder volver a él dándose cuenta y sentarse junto a un fuego encendido con la brasa que él mismo haya traído de lejos, robada de algún remoto volcán. Correr mundo es correr riesgos, asumir la posibilidad de perderse, ofrecerse una ocasión de extravío. Quien no ha estado alguna vez perdido, completa y atrozmente perdido, vivirá en su casa como un mueble más y ni sospechará lo que de hazaña y con­quista tiene el sosegado edificio de la coti­dianidad. Pero el niño lo adivina y es por amor a la casa que un día será suya, por fe en el hombre que el destino le hará ser, por lo que cierto día abandona silenciosamente el hogar de sus padres al despuntar el alba, con un hatillo al hombro, para partir hacia el horizonte distante y hacia el miedo aun desco­nocido.

Cada hogar es el resultado de una aventu­ra, pero para el niño se trata de una aventura de otro. Debe alzarse contra una rutina que para él no presenta más que el rostro apático de lo mecánico. Y es que nadie puede transformar definitivamente la vida para él y para sus descendientes, como el sueño omnipotente del héroe fundador: el sereno esplendor conseguido por el mayor esfuerzo y la más denodada audacia, el orden trama­do por la astucia a la que ningún monstruo ni catástrofe desalientan, redimen ciertamente a quien los logra pero esclavizan en la reiteración de lo idéntico a su progenie. La lección de los cuentos es que no basta sen­cillamente con ser heredero: todo legado ha de reconquistarse, ha de ser perdido para que pueda ganárselo triunfalmente de nuevo.

Es la fidelidad al esfuerzo de los padres lo que lleva a la rebelión contra ellos: independizarse, sublevarse incluso, es haber entendido lo que de voluntad humana hay en el orden y lo que comporta de forma elegida, no simplemente sufrida o tolerada. Los cuentos nos hablan de jóvenes héroes (el protagonista suele ser casi siempre una manifestación del arquetípico puer aeternus, el adolescente que guarda la disponibilidad cu­riosa y lúdica del niño junto a la vocación formadora e instituyente del padre) capaces de reinventar nuevas formas de organización del mundo o de combatir eficazmente lo que amenaza las actuales. Y como siempre su lección es ambigua, bifronte: só­lo quien rompe con lo cotidiano merecerá tener una casa, sólo el rebelde que ante nada se doblega podrá ser un buen yerno para el rey, pero también sólo el que retorna puede decir que ha corrido mundo y sólo en el so­siego de la rutina reinventada puede digerir­se provechosamente la revelación del pavor.

El niño sale a correr mundo; la mañana es nueva y fresca, el campo se estira recién la­vado, el viajero cierra tras de si la puerta de su casa y comienza la marcha, Los cuentos están tejidos con paisajes, tal como nosotros mismos, según la opinión shakespeariana, estarnos hechos de la urdimbre que forma los sueños. Y es que lo fundamental de los cuentos es el viaje que aleja al protagonista del ámbito cerrado de las segu­ridades familiares y le abre a lo imprevisto, a la aventura. Todos los medios son buenos para alejarse, desde los más sencillos hasta los más extraordinarios.

Caminar es bueno y tonificante, pero aún mejor calzar las botas de siete leguas que sir­vieron a Pulgarcito para huir de la persecu­ción del ogro; también pueden utilizarse los servicios de un caballo o un camello, no di­gamos de un elefante, aunque los dichosos niños para los que Julio Verne inventó dos años de vacaciones no desdeñaron cabalgar avestruces. ¿Volar? pues tampoco es cosa de hacer remilgos ni a las alas de cera que la demasiado ambiciosa proximidad al sol puede derretir ni siquiera a las garras del ave Roe que transportó a Simbad, cuanto me­nos a los globos, las cometas, el palo de una escoba mágica, la alfombra voladora, el ca­ballo Pegaso en el que llegó Perseo para salvar a Andrómeda... o las ultra sofisticadas naves interplanetarias de los hermosos rela­tos de la ciencia-ficción de hoy. Y en cuanto a la navegación, los medios no son menos diversos, pues todo lo que flota puede cumplir como barco, sea la cáscara de nuez de la princesa diminuta, la nave de papel del valiente soldadito de plomo o el ataúd mer­ced al cual salvó Ismael su vida tras el hundimiento del Pequod por la cólera de Moby Dick... sin contar que tampoco es mal pro­cedimiento cruzar los mares a lomos de un complaciente delfín o asido a la concha de una tortuga gigante.

Incluso la simple caída es una posibilidad de transpone aceptable, como comprobó por si misma Alicia al precipitarse por la madriguera que la llevó al País de las Mara­villas o esos personajes de las Mil y Una Noches que pisan donde no deben o se apo­yan en falso y van a dar a la gruta del tesoro, quizá guardado por un genio (también al Mowgli de Kipling le ocurrió algo semejan­te, pues se hundió por descuido en una ca­verna llena de pasmosas riquezas custo­diadas por una gran cobra blanca). De lo que se trata es de llegar lejos, de alcanzar cuanto antes la plenitud antidoméstica del paisaje en libertad: da lo mismo que sea la naturaleza relativamente próxima pero siempre enigmática que veo a lo lejos desde mi ventana o la tierra fabulosa a la que me arrastra un tornado —como en El mago de Oz— o mi afán exploratorio. Desde que el viaje comienza nada es corno antes, todo es exótico y cualquier cosa puede ocurrir.

Los diversos elementos del paisaje que aparece en los cuentos tienen cada cual su propia significación. No se trata de un decorado neutro o "natural" en el sentido positivista y antimágico que la modernidad le ha dado a este término, el más misterioso y fan­tástico de todos; por el contrario, el marco en que sucede la acción del cuento forma parte de la acción misma. Los protagonistas de la narración se encuentran en relación de hostilidad o alianza con los elementos de la espontaneidad natural que les circundan y éstos, a su vez, se comportan de uno u otro modo respecto a ellos. No hay una relación de indiferencia entre el paisaje y el joven hé­roe: al contrario, se trata de un vis a vis dife­renciado y sumamente cualificado, como corresponde a quien ha salido de su casa buscando la distinción y tiene que comentar mostrando su aptitud en distinguir y acep­tando ser distinguido —a veces muy peligrosamente— por las fuerzas a las que su iniciación desafía.



El protagonista del cuento tiene que afrontar al genius loci allá por donde pase, medirse con él, vencerle o convencerle. Un cierto animismo de la naturaleza es esencial a la eficacia del cuento, género que decae cuando la química orgánica y la biología molecular sustituyen al vigor arcano del numen local. Si en el mundo no están en obra más que aspectos de la causalidad fisicoquímica que la ciencia moderna nos enseña, cualquiera puede triunfar en cual­quier situación dada, siempre que posea los conocimientos precisos; pero lo que el cuen­to exige de su héroe son recursos de índole muy diferente, individualizadores al máxi­mo de toda posible victoria: sólo quien sea de determinada manera podrá saber lo que hay que saber. Se nos enseña la astucia del joven héroe, las informaciones que posee y maneja (proporcionadas generalmente por mágicos aliados a los que antes ha debido ganarse), no sirven tanto para descubrir los mecanismos de funcionamiento de lo real como para demostrar el temple y la condi­ción de quien los utiliza.
Algunos narradores contemporáneos y ciertos atisbos de crear valores "naturales" con base científica apuntan hacia una relati­va inversión de este proceso de desmitificación o, más exactamente, de desanimización del paisaje, típico del pasado siglo: ¿acaso es pura coincidencia que el inmenso éxito po­pular de Lord of the Rings de Tolkien, má­ximo exponente del cuento cuyo paisaje es plenamente animista y ético, haya coincidi­do con la extensión de las preocupaciones ecologistas y que hayan sido hippies y otros partidarios de una encendida protección de la naturaleza los primeros entusiastas de la estupenda saga de los hobbits?

Cada cultura, cada latitud, valoran diferentemente los elementos paisajísticos según representen para ellas lo exótico o lo coti­diano, Respecto a la relatividad de! exotis­mo —que es una satisfacción de nuestra facultad imaginativa tan legítima como cual­quier otra-- recuerdo una anécdota que contaba Borges; cierto japonés le relató extasiado su viaje a Persia y, corno Borges le encomiara los prodigios de la patria de Firdusi y Ornar Khayyam, el viajero repuso: "Sí, por fin me di cuenta de lo que es Occi­dente...". Del mismo modo, variará nuestra consideración mítica del mar según vivamos a su orilla o en tierra adentro y el león será para unos, bestia casi fabulosa y para otros nada más que un distinguido conciudadano. Yo sólo puedo hablar de los paisajes narrativos que formaron mi subjetividad de niño euro­peo. En primer lugar, hay que destacar el prestigio umbroso del Bosque. Para los lec­tores (o para quienes escuchamos la narra­ción) de las peripecias de Caperucita Roja, de Pulgarcito o de Hansel y Gretel, la pa­labra "bosque" es aun más misteriosa y amenazadora que la mismísima "selva". El bosque es la sede del lobo y el terreno de ca­za del Ogro; en el bosque no hay caminos válidos o todos llevan a la casa de la bruja antropófaga que acecha en su centro; es un lugar de perdición y extravío, de oscuridad hostil y zarzas que detienen con sus garras la marcha del fatigado caminante: sólo cabe esperar la colaboración de algunos pequeños animales (pájaros, ardillas, conejos...) que se alíen con los niños perdidos para guiarles hacia los lindes de la espesura o avisar a sus padres. Y más allá del bosque, que es algo así como el exotismo que el europeo tiene más a mano, el lugar aventurero mas verosímil, tendríamos que mencionar esas otras maravillas menos accesibles: el Desierto, por el que hemos vagado con Beau Geste o con los pequeños protagonistas del relato de Sienkiewicz, el Volcán, por donde des­cendimos hacia el centro de la tierra con los personajes de Verne o de donde llegó la destrucción a la decadente Pompeya de Bulwer Lytton, la Cueva en la que ocultan sus tesoros magos o reyes olvidados y que custodian dragones melancólicos o genios inge­nuos, la Nieve y los Hielos, protagonistas absolutos de las aventuras polares y tan pre­sentes siempre en la incomparable obra de Andersen (pensemos en la. Reina de las Nieves recibiendo al pequeño Kay en su géli­do palacio); la Isla que acogió la saga de Robinson y sus émulos, las Montañas, los Pantanos... y, sobre todo, el Mar. El mar de Ulises y el de Long John Silver, el mar de la sirenita y el de Moby Dick, el mar de Sim­bad y el de los capitanes intrépidos de Kipling, el mar que une y separa, permanen­te promesa de aventuras remotas y aventura en si mismo, la mayor de todas, paisaje privilegiado de la peripecia narrativa ya en su superficie tormentosa o ya en sus profundi­dades, a las que el Gran Rey Alejandro — llamado Iskander por los indosianos a quienes conquistó— descendió el primero en una campana hermética de cristal...

Por los cuentos y con los cuentos, viaja nuestra alma, y también se arriesga, se compromete, se regenera, El niño o el ado­lescente que se entregan al embrujo de la narración están desafiando en su ánimo lo inexorable y abriéndose a las promesas de lo posible. De ese insustituible aprendizaje del valor y la generosidad por vía fantástica de­pende en gran medida el posterior temple de su espíritu, la opción que determinará su vi­da hacia la servidumbre resignada o hacia la enérgica libertad.

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