Seminario de literatura infantil 2011



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ANTOLOGÍA DE CUENTOS DE TRADICIÓN ORAL
CUENTOS MÍNIMOS
1. Cuento de la banasta

Este es el cuento de la banasta,

y con esto basta que basta.

2. Cuento de la bellota


Este es el cuento de la bellota,

que tenía la panza rota

y el demonio de su mujer

no se lo quería coser.

Ni con una aguja.

Ni con un alfiler.

3. Cuento muy largo

¿Quieres que te cuente un cuento

muy largo, muy largo?

Un ratón se subió a un árbol,

este cuento ya no es más largo.
4. Cuento del gallo pelao

¿Quieres que te cuente el cuento

Del gallo pelao

Que nunca se acaba

Y ahora se ha acabao?



CUENTOS DE NUNCA ACABAR
5. Cuento de la hormiguita
Esta era una hormiguita

que de un hormiguero

salió calladita

y se metió a un granero;

se robó un triguito

y arrancó ligero.

Salió otra hormiguita

del mismo hormiguero

y muy calladita

se metió al granero;

se robó un triguito

y arrancó ligero.

Y salió otra hormiguita...
6. Cuento del gato

Este era un gato


con las orejas de trapo,
y la barriga al revés.
¿Quieres que te lo cuente
otra vez?

7. Cuento del haba

¿Quieres que te cuente otra vez

el cuento del haba

que nunca se acaba?

—Sí —contesta el niño

Pero si yo no te digo eso, sino...

8. Cuento del rey

Una vez era un rey

que tenía tres hijas,

las metió en tres botijas

y las tapó con pez.

¿Quieres que te lo cuente otra vez?...

9. Cuento del conejo reviejo

— ¿Quieres que te cuente un cuento?

—Sí.


—Pues mi abuela tenía un conejo con la cabeza vacía, porque corría, corría y corría. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?

—Sí.


—Pues mi abuela tenía un conejo reviejo, reviejo, reviejo y la cabeza vacía porque corría, corría y corría.
10. Cuento de sal y pimiento

— ¿Quieres que te cuente un cuento de sal y pimiento?

—Sí.

—Que no se dice ni que sí, ni que no. Que te digo que si quieres...



11. Cuento maravillé

¿Quieres que te cuente

un cuento maravillé

que nunca lo acabaré?

Sí.

Yo no digo que sí.



yo te digo que:

si quieres que te cuente

un cuento maravillé

que nunca lo acabaré.

No.

Yo no te digo...



12. Cuento del pan parapules

¿Quieres que te cuente el cuento

del pan parapules

el de las bragas azules

y el culo al revés?

¿Quieres que te lo cuente otra vez?

13. Cuento goloso

Érase que se era

un cerdo, un gato, un oso.

¿Quieres, goloso,

que te lo cuente otra vez?

CUENTOS ACUMULATIVOS

14. La bota que buen vino porta


Esta es la bota

que buen vino porta

de-Cádiz a Rota.

Este es el tapón

que tiene la bota

que buen vino porta

de Cádiz a Rota.

Este es el cordón

que amarró el tapón

que tiene la bota

que buen vino porta

de Cádiz a Rota.

Este es el ratón

que comió el cordón

que amarró el tapón

que tiene la bota

que buen vino porta

de Cádiz a Rota.

Este es el gato

que cogió al ratón

que comió el cordón

que amarró el tapón

que tiene la bota

que buen vino porta

de Cádiz a Rota.
15. Una vieja y un viejo

Una vieja y un viejo no tenían para comer más que un queso, y vino un ratón y comióselo.

Entonces vino el gato

y mató al ratón,

porque comió el queso

de la vieja y el viejo.

Vino el perro

y mató al gato,

porque mató al ratón

porque comió el queso

de la vieja y el viejo.
Vino el palo

y mató al perro,

porque mató al gato

porque mató al ratón

porque comió el queso

de la vieja y el viejo.


Vino el fuego

y quemó el palo,

porque mató al perro

porque mató al gato

porque mató al ratón

porque comió el queso

de la vieja y el viejo.
Vino el agua

y mató al fuego,

porque quemó el palo

porque mató al perro

porque mató al gato

porque mató al ratón

porque comió el queso

de la vieja y el viejo.


El buey ya durmió

el cuento acabó

la vieja y el viejo

sin queso quedó.



16. La calzaderilla

Fui a la escuela y se me perdió una calzaderilla. Se la encontró mi perrilla; no me la quiso dar sin que yo le diera un bocadito de pan del arca.

Fui al arca a que me diera el pan: no me lo quiso dar sin que le diera la llave de un herrero.

Fui al herrero a que me diera la llave; no me la quiso dar sin que le diera carbón el carbonero.

Fui al carbonero a que me diera el carbón; no me lo quiso dar sin que le diera el zancarrón de un becerro el carnicero.

Fui al carnicero a que me diera el zancarrón de un becerro: no me lo quiso dar sin que le diera la leche de una vaca.

Fui a la vaca a que me diera la leche; no me la quiso dar sin que le diera la hierba del prado.

Fui al prado a que me diera la hierba; no me la quiso dar sin que le diera el agua de las nubes.

Fui a las nubes a que me dieran el agua; no me la quisieron dar sin que les diera la pluma de una paloma.

Fui a la paloma a que me diera la pluma. La paloma me dio la pluma, yo les di la pluma a las nubes, las nubes le dieron agua al prado, el prado le dio la hierba a la vaca, la vaca le dio la leche al carnicero, el carnicero le dio el zancarrón del becerro al carbonero, el carbonero le dio el carbón al herrero, el herrero le dio la llave al arca, el arca le dio el pan a la perrilla y la perrilla me dio mi calzaderilla, y yo me fui muy contento a la escuela.


17. El pollito de la avellaneda

Pues, señor,

este era un pollito

que picoteaba con su gallinita en la avellaneda

V se le atrancó una avellana,

y se iba a ahogar.

La gallinita corrió a casa de la dueña:

—Dueña, la buena dueña.

ven a sacar la avellana a mi pollito,

que está en la avellaneda y se va a ahogar.

—Ay, gallina, la mi gallinita, que no tengo zapatos; dile al zapatero que te los dé.

Y la gallinita corrió a casa del zapatero:

—Zapatero, el buen zapatero.

dame los zapatos de mi dueña,

para que saque la avellana a mi pollito,

que está en la avellaneda y se va a ahogar.

—Ay, gallina, la mi gallinita, que no tengo cuero; dile a la cabra que te lo dé.

Y la gallinita corrió a la casa de la cabra:

—Cabra, la buena cabra, dame cuero para el zapatero,

para que haga los zapatos de mi dueña, para que saque la avellana a mi pollito, que está en la avellaneda y se va a ahogar.

—Ay, gallina, la mi gallinita, que mi cuero tiene hambre; dile al prado que te dé hierba.

Y la gallinita corrió al prado:

—Prado, el buen prado,

dale hierba a la cabra,

para que dé cuero al zapatero,

para que haga los zapatos de mi dueña,

para que saque la avellana a mi pollito.

que está en la avellaneda y se va a ahogar.

—Ay, gallina, la mi gallinita, que mi hierba está seca;
di a las nubes que me den agua.

Y la gallinita voló a las nubes:

—Nubes, las buenas nubes,

dad agua al prado.

para que dé hierba a la cabra,

para que dé cuero al zapatero.,

para que haga los zapatos de mi dueña,

para que saque la avellana a mi pollito,

que está en la avellaneda y se va a ahogar.

Y las nubes, las buenas nubes, dieron agua al prado,

y el prado dio hierba a la cabra,

y la cabra dio cuero al zapatero,


y el zapatero hizo los zapatos de la dueña,
y la dueña corrió a la avellaneda

y sacó la avellana del pollito


que estaba en la avellaneda...
... y que no se ahogó. Versión de marta Cuenca


CUENTOS DE ANIMALES
18. El lobo y la zorra

Estaba la comadre zorra andando, andando, andando por el camino y se encontró con el compadre lobo, y no había por allí ningún animal para pillarle.

Ya que iban tan muertos de hambre, encontraron una venta. Le dice el lobo:

—Comadre zorra, ¿por qué no entra usté en la venta a ve si nos dan algo?

—Yo no quisiera entra, porque me van a da una paliza, ya sabe que a los lobo no nos pueden ver.

Dice la zorra:

—Yo tampoco quisiera entrá, que si el ventero tiene gallina, me van a dar una paliza.

—Anda, llégase usté.

—Yo no voy, porque como a los lobos le tienen tanto miedo, no me va a queré abrí la puerta.

Entonce llegó la zorra y llamó, y se asomó el ventero, y dice:



  • ¿Qué quiere usté?

Dice la zorra:

—Yo, que veníame dos caminantes, y venimo muertos de hambre; y venimos a ve si usté nos quiere dar algo de come.

—¿Quién es su compañero?

—Mi compadre lobo.

—Yo no quiero lobos. Y mira que no tengo más que esta cazuela de migas.

Y entonce la zorra dice:

—Esto no es para llevárselo a mi compadre, porque aquí no va a vení.

Y dice el ventero:

—Pues yo no quiero lobos en mi casa.

Entonce fue la zorra y se puso taque, taque, y se comió la cazuela de las migas; se puso como el quico, que de harto que estaba no se podía ni mové.

Le dice el lobo cuando llegó:

—Comadre, ¿no le han dao a usté na?

— ¿Que no me han dao na? Lo que me han dao es una paliza que no me puedo mové. ¿No ve usté cómo vengo?

—Fue súbase usté aquí encima de mí: yo la llevaré en carritorné.



Y el lobo, a pesar del hambre que llevaba, se la cargó a ella como quien lleva un baúl.

. Y la zorra, cuando se vio en coche, se puso tan contenta, que se puso a decí:

—Ita, ita, ita.

harta de migas

y en caballerita.
—Ita, ita, ita.

harta de migas

y en caballerita.


'19. Cabrín Cabrates y Lobín Lobates

Estaba Cabrín Cabrates encima de una peña penates

y llegó el Lobín Lobates y le dijo:

—Bájate. Cabrín Cabrates, de esa peña, penates.

Y Cabrín Cóbrales le contestó:

—No quiero, Lobín Lobates, que tú te has comido

a mi padre padrates y si me bajo me comerás comerates.

Y Lobín Lobates entonces dijo:

—Bájate, Cabrín Cabrates, que no te voy a comer camerates

porque hoy es viernes viernates.

Y Cabrín Cabrates le contestó:

—No quiero, Lobín Lobates, que al hambre no hay pecates.

20. El chivito

Esta era una viejecita que tenía un pequeño huerto. Allí cuidaba lechugas, coles y cebollas. Un día entró un chivito y mordía y comía sus plantitas y sus cebollitas. Salió la viejecita y le dijo que se fuera, pero el chivito la miró de frente y furioso le contestó:

—Soy el chivito del chivatal

y si me molestas te voy a dañar.


La viejecita se fue llorando por el camino, diciendo:

— ¡Ay, ay, las cebollitas del cebollar!

Y se encontró con el perro. Llorando le contó que el chivito no quería salir de su huerto. El perro le dijo:

—No llore, viejita. ni por el chivito ni la cebollita.

Cuando llegaron al cebollar, el perro dijo:

—Sal, chivito, sal.

Y el chivito, mirándolo fijamente, le responde:

—Soy el chivito del chivatal

y si me enfado te voy a dañar.

El perro le dijo a la viejecita que volvería otro día para ayudarle y se fue silbando. La viejecita volvió al camino llorando y diciendo:

— ¡Ay, ay, las cebollitas del cebollar!

Y se encontró con el toro. Llorando le contó que el chivito no quería salir de su huerto. El toro le dijo:

—No llore, viejita,

ni por el chivito ni por la cebollita.

Cuando llegaron al cebollar el toro dijo:

—Sal. chivito, sal.

Y el chivito, mirándolo fijamente y bajando la cabeza, contestó:

—Soy el chivito del chivatal

y si me enfurezco te voy a dañar.

El toro dijo a la viejecita que volvería otro día y se fue suspirando. La viejecita volvió al camino llorando y lamentándose:

— ¡Ay, ay, la cebollita del cebollar!

Y se encontró con una hormiga delgada de cintura. Llorando le contó que el chivito no quería salir de su huerto, y la hormiguita dijo:

—No llore, viejita,

ni por el chivito ni por la cebollita.

Cuando llegaron, la hormiguita se acercó al chivito y le dijo muy bajito:

—Sal, chivito, sal.



Y el chivito, rojos sus ojos:

—Soy el chivito de mi chivatal

y si me enojas te voy a dañar.

Y la hormiguita, plantándose:

—Pues yo soy hormiguita del hormigal y si te pico vas a llorar.

El chivito no quiso oírla y siguió comiendo lechugas y cebollas. La hormiga trepó por las barbas del chivito y le picó a todo picar. El chivito, sorprendido y dolorido, salió disparado balando, balando, balando, hasta que se perdió de vista por el camino.

La hormiga volvió pasito a paso a la casa de la viejecita.

La viejecita le regaló un saco de trigo, pero la hormiguita aceptó tres granos y se fue.



Y entra por el sano

y sale por el roto;

el que quiera venga

y me cuente otro.


21. El tordo, la paloma r el zorro

El tordo, la paloma y el zorro decidieron trabajar juntos en un monte.

—Sí vosotros hacéis el cerco, yo cavaré el suelo, dijo el zorro. La paloma y el tordo cercaron el terreno, y el zorro dijo:

—Si vosotros caváis, yo sembraré el trigo. Cavaron la paloma y el tordo, y el zorro dijo:

—Si vosotros sembráis los trigos, yo los segaré.

La paloma y el tordo sembraron y segaron y vino la partición.

—Porque tú eres blanca, paloma, para ti la paja.

Porque tú eres negro, tordo, para ti la cizaña.

Porque yo soy el zorro de la cabeza roja, para mí los trigos.

22. El pollito y la mazorquita del Rey de Oro

Este era un hombre que tenía un pollito y le mandó un día a traer la mazorquita del Rey de Oro. Y se marchó el pollito adelante, adelante.

En el camino se encontró un montón de piedras v le dice:

—Amigo montón de piedras, ¿te quieres venir conmigo?

—Y ¿dónde me llevas?

—Métete en mi culito, que yo atrancaré con mi palillito.

Y sigue el pollito, adelante adelante, y se encuentra con una zorra y le dice:

—Amiga zorra, ¿te quieres venir conmigo?

—Y ¿dónde me llevas?

—Métete en mi culito, que yo atrancaré con mi palillito.

Y sigue el pollito adelante adelante, llega al río y le dice:

—Amigo río, ¿te quieres venir conmigo?

—Y ¿dónde me llevas?

—Métete en mi culito que yo atrancaré con mi palillito.
Conque ya llega el pollito al palacio del Rey de Oro, y va y monta
al tejado y canta.

— ¡Quiquiriquí!

¡La mazorquita del Rey de Oro la quiero aquí!
Entonces le dice el Rey a su criado:

—Anda y ve al tejado y coge aquel pollo y lo echas al pozo.

Sale el criado, coge al pollito y ¡cataplum!, lo echa al pozo. El pollito, que se ve en el pozo muy abajo y oscuro, dice:

—Amigo montón de piedra, salga usted.

Y sale el montón de piedra, y plim, plim plim, y llena el pozo. Muy derechito, el pollito sale de un vuelo. Se monta otra vez al tejado del palacio y vuelve a cantar:

— ¡Quiquiriquí!

¡La mazorquita del Rey de Oro la quiero aquí!
Dice el Rey a su criado:

—Anda a ver qué ha pasado en el pozo.

Va el mozo, vuelve y le dice al Rey:

—Magestá, está todo lleno de piedras.

—Anda, ve, coge al pollito y échalo al corral con los gallos ingleses, ésos que se pelean mucho.

Fue el criado, cogió al pollito, lo metió en el corral de los gallos ingleses. Y los gallos comenzaron a picotearlo. Y cuando ya estaba muy picoteado por los gallos ingleses, dice el pollito:

—Amiga zorra, salga usted.

Salió la zorra rabiando y se comió a todos los gallos en un momento.


Y por lo alto del corral se escapó.

Vuelve el pollito al tejado cantando.

— ¡Quiquiriquí!

¡La mazorquita del Rey de Oro la quiero aquí!

Sale el Rey y dice al criado:

—Anda, a ver qué pasa en el corral.

Va y vuelve el criado diciendo:

—Magestá, en el corral no hay ni plumas, ni gallos ingleses, ni oste ni moste.

Y oyen cantar al pollito...

— ¡Quiquiriquí!

¡La mazorquita del Rey de Oro la quiero aquí!

El Rey, que muy nervioso dice:

—Anda y le coges, y le echas al horno.

El criado coge al pollito y ¡hala, al horno!

Cuando ya estaba el pobre medio quemado dice:

—Amigo río. salga usted.

Salió el río y apagó el horno.

Y se va el pollito medio quemado, monta al tejado otra vez y canta:

— ¡Quiquiriquí!

¡La mazorquita del Rey de Oro la quiero aquí!

Conque sale el Rey muy enfadado y dice a su criado:

—Anda, a ver qué ha hecho el pollito en el horno.

—Magestá. el horno está apagado.

—Pues coge el pollito —dice muy enfadado— y me lo guisas con perejil.

Pues que el criado guisó al pollito entero con perejil y se lo llevó al Rey. Y así que enterito se lo tragó con perejil, así enterito salió sin perejil. Y subió otra vez medio guisado, hecho una calamidad, al tejado y cantó:

— ¡Quiquiriquí!

En la barriga del Rey caí '
y entero salí sin perejil.

— ¡Quiquiriquí!

¡La mazorquita del Rey de Oro la quiero aquí!

Y el Rey, entre colorado de rabia y aburrido del pollito, gritó a su criado:

— ¡Anda ya, dale la mazorquita de oro al pollito quiquiriquí!

Y el pollito, muy contento y peladito, se llevó la mazorquita de oro.


Y se acabó el cuento con pan y pimiento

y rábano asao pa' el que ha escuchao.


CUENTOS MARAVILLOSOS
23. Blancaniña y la reina mora

Era que se era un Rey que iba de caza, y encontró a Blancaniña, que estaba jugando con sus hermanos. Blancaniña tenía largos cabellos y el Rey se prendó de ella. Quiso llevársela con él en su caballo. El Rey le pidió a la niña que lo esperara, porque él quería traer hermosos ves­tidos, piedras brillantes y una carroza transparente, rodeada de caba­lleros, para que entrase como una reina.

Blancaniña sintió miedo al quedarse sola en el monte, pero el Rey la calmó diciéndole que volvería al día siguiente, a mediodía. Y se marchó.

La niña vio una fuente de aguas muy claras y se subió a una rama de alto árbol para esperar al Rey. Veía desde allí el camino; también se veía reflejada en el agua, como en un espejo.

Una morita vino con un gran cántaro a la fuente y vio la imagen de la niña en el agua y creyó que era ella misma. Y dijo suspirando:

—Mora, morita. de la morería...

¡Y venir por agua a la fuente fría!
Tiró el cántaro y se fue. Pasó el sol alto a mediodía, y el Rey no vino. Blancaniña se entristeció porque temía que el Rey no volviera a bus­carla. Y peina que te peinarás sus cabellos de oro con peines de plata fina.

Esa tarde volvió la morita con otro cántaro más pequeño, se acercó al borde del agua, vio otra vez a la niña, y creyendo nuevamente que era ella misma, dio un suspiro más hondo y nervioso y dijo:

—Mora, morita, de la morería...

¡Y venir por agua a la fuente fría!

Estrelló con más fuerza el cántaro y se fue. Blancaniña sonrió, y si­guió peinando sus cabellos pensativa.

Pasó alto otro sol de mediodía y el Rey no vino. Al atardecer volvió la morenita. Mientras llenaba su cántaro vio otra vez reflejada la niña en el agua y dijo, creyendo que era ella misma:

—Mora, morita de la morería...
¡Y venir por agua a la fuente fría!

Tiró el cámaro con tanta furia y enfado que Blancaniña rió, con risa cantarina.

La morita buscó de dónde venía la risa y vio a la niña sentada en la rama, y como tenía tanto enfado, pensó hacerle daño, y le dijo:

— ¿Qué hace ahí, la blanca? ¿Qué hace ahí, la niña?

Y Blancaniña contestó:

—Estoy esperando al Rey,

que vendrá entre las doce y la una

La morita se puso verde de envidia y dijo:

— ¡Baja de allí, niña, que te ayudo a peinarte!
Y pensó encantarla y tomar su lugar.

Bajó la niña sin temor, y la morita se puso detrás, y comenzó a peinar los cabellos de Blancaniña con el peinecito de plata. Mientras le hacía las trenzas, en un movimiento rápido, le clavó un alfiler negro, y Blancaniña se convirtió en una paloma y salió volando en el azul cielo.

Por el camino venían dos hermanos de Blancaniña y le preguntaron a la morita si no había visto pasar por allí al Rey, con la niña montada en su caballo.

La morita, al adivinar quiénes eran los muchachos, dijo rápida no saber nada de nada. Entonces, antes que se dieran cuenta de lo que allí sucedía, los convirtió en dos bueyes.

La morita se subió al árbol, y cuando el sol estuvo alto, vio venir al Rey con sus caballeros, pajes y una carroza de mucho rumbo.

La morita se bajó del árbol, se presentó al Rey. y éste, asombrado por el cambio, dijo:



  • ¿Dónde el color, la blanca? ¿Dónde el color, la bella?

Contesta la morita muy desenvuelta:

—¡El sol de la espera me volvió morena!

El Rey no supo qué hacer del disgusto. Pero palabras son palabras, promesas son promesas.

Así fue que el Rey volvió a palacio con la morita y se casó con ella.

Todas las mañanas, por los jardines de palacio llega una paloma diciendo:

—-Jardín del Rey, jardín del amor,

¿qué hace el Rey, tu señor?

—¡Ay, mi señor, casado con reina mora!

Unos días mudo, y otros llora.

La paloma aleteando, aleteando, desaparecía. Volvió una y otra vez al jardín; entonces, el jardinero, maravillado, se lo contó al Rey.

El Rey le ordenó untar la ramita donde se posaba la paloma.; Cuando volvió al día siguiente, la paloma preguntó al jardinero:

—-Jardín del Rey, jardín del amor,

¿qué hace el Rey, tu señor?
--¡Ay mi señor, casado con reina mora!

Unos días mudo, y otros llora.

Cuando quiso volar se quedó pegada al rosal. El jardinero, con cui­dado, la llevó a su señor. La paloma cautivó al Rey; entonces la puso en su mano, sentándose a la mesa a comer. La reina mora se enfureció cuando vio a la paloma beber en la copa del Rey. Ordenó a los criados que la asaran a la noche. El Rey, que acariciaba el plumón de la paloma, sintió bajo sus dedos la dura cabeza del alfiler. El Rey abrió unos ojos muy grandes y, de un tirón, quitó el alfiler. Apareció en sus brazos Blancaniña que llorando, le contó todo lo que había pasado.

La mora, con sus artes, desapareció; los hermanos dejaron de ser bueyes y llegaron a palacio, cuando todos estaban de fiesta, por las bodas de Blancaniña y del Rey, su señor.

Como me lo contaron os lo cuento

24. El rey y la piel de piojo

Era un rey que encontró un piojo y lo crió. Se hizo muy grande, muy grande; entonces lo desolló, y con su piel se hizo una gorra y mandó poner bandos por ahí: «Quien acertara de qué piel era la gorra del rey, se casaría con su hija.»

Pues fueron muchos, muchos, muchos, pero nadie acertaba de qué piel era la gorra del rey. Y entonces, un pastor de aquí, de este pueblo, se dijo: «Yo también voy a ir». Andando, caminando, andando (enton­ces no había trenes) sé encontró con un hombre en una pradera, que estaba así de rodillas escuchando. Y dijo el pastor.

—¿Qué haces ahí?

—Estoy oyendo misa en Roma —contestó aquel que estaba de rodillas.

— ¿Cómo oyes tanto?

—Pues sabrás que yo oigo nacer las hierbas (las oía nacer, las sentía nacer, no las veía). Y tú ¿adonde vas?

—Voy a ver si acierto de qué piel es la gorra del rey y a casarme con su hija.

—Ah; eso lo sé yo —dice El-que-oía todo—; es de la piel de un piojo.

Ya marcharon contentos los dos. Caminando, andando, caminando, se encontraron a otro, El-que-apuntaba sin ver, apuntando con una escopeta, y no había nada.

— ¿Qué haces ahí? ¿A quién apuntas?

—A una paloma que está en la Torre de Babel. Y vosotros, ¿dónde vais?

—Vamos a ver si el rey nos da su hija, pues sabemos ya de qué piel es la gorra del rey.

—Pues voy yo también con vosotros —dice El-que-apunta sin ver.

Andando, caminando, andando, se encontraron con otro, que estaba atándose las piernas y le preguntaron qué hacía.

—Estoy atándome las piernas para coger una liebre que va por allí, por aquellas piedras, porque si corriera sin atarme las piernas, pasaría adelante, y correría más aprisa que la liebre.

Y El-de-las piernas atadas preguntó dónde iban, y caminó con ellos.

Se encontraron a otro que estaba con los pantalones bajos, soplando con el trasero y dijeron:

—Pero ¿qué haces ahí?

—Estoy haciendo moler aquel molino que está allá encima de la cuesta.

Les preguntó adonde iban y marchó con ellos. Y encontraron a El-que-llevaba la casa a cuestas.

—¿Adonde vas con la casa a cuestas? —le preguntaron.

—Voy a ponerla ahí en ese sitio, porque aquí donde la tengo hace mucho frío, y la cambio para que esté más abrigada —y les preguntó adonde iban y caminó con ellos.

Marcharon todos y llegaron a casa del rey. Dijeron que la gorra era de piel de piojo y acertaron. Pero el rey no les quería dar a la prin­cesa, no quería que casara con un pastor. Entonces le pidió que antes le trajera una flor de maravilla, en un país muy lejano, y que correría un galgo con él; y si llegaba el galgo antes con la flor, no le daba a su hija.

Entonces El-de-las piernas atadas, se desató, y corría más aprisa que el galgo. Llegó corriendo y cogió la flor de maravilla. Cuando venía ya de vuelta vio una fuente y, ¡hala!, se puso a beber. Rodó una piedra, cayó una piedra, cogiéndole el dedo de la mano del corazón. Tira que tira, tira que tira, aunque se hiciere daño, pero no lo podía sacar. Así pasaban las horas y no podía llegar a tiempo.

Llamó a El-que-oía todo, y éste llamó al otro, El-que-apunta sin ver. Entonces él cogió la escopeta, apuntó y le cortó el dedo. Pues que El-de-las piernas atadas siguió su camino, y llegó primero con h flor de la maravilla, para dársela al rey.

Pero el rey no quería dar a su hija, y les dijo que se conformaran con todo el oro y el dinero que pudieran llevar a cuestas.

Entonces viene El-que-lleva la casa a cuestas y empiezan a coge oro y más oro, y el rey, muy asustado, dice:

—A ver, que ya es bastante, ¿no veis que no lo podréis llevar? Y contestaban entre risas:

— ¡Bah, bah! Ahora empezamos, ahora empezamos. Metieron hasta el último dinero que tenía el rey y se marcharon dejándole la hija. El rey, desesperado, decía:

— ¿Qué hacer sin oro? ¿Qué va a hacer la Casa Real sin dineros ¡Vamos, a por ellos!

Mandó un piquete de tropa y de caballeros, pero El-que-oía todo les oyó venir por el arenal. Y El-que-sopla-con el trasero baja su par talón, empieza a soplar y les ciega de remolinos a caballos y caballeros en el arenal. Pues que así cegados, tuvieron que dar la vuelta y allí quedó el rey con gorra de piel de piojo, su hija, sus caballeros, y su Casa Real sin dineros. Y el pastor y sus amigos, tan contentos con todo el oro se volvieron para casa.

Y colorín colorado, cuento acabado. .

25. Blancaflor

Érase que se era un joven gastador que no le gustaba trabajar ni un poquitín. Un día se le presentó un misterioso caballero y le dijo:

—Si me prometes que al cabo de veinte años vas a buscarme, tendrás todo cuanto quieras; cada vez que metas las manos en el bolsillo las sacarás llenas de oro.

— ¿Por dónde iré a buscarle? —dijo el mozo.

—Pregunta por el Castillo de Oro, allí te espero.

Hicieron el contrato y el misterioso caballero desapareció.

El joven vivía feliz, lleno de riquezas, pues nada más meter las manos en el bolsillo las sacaba con monedas de oro. Pasó un día y otro día. un año y otro año, hasta veinte pasaron, el plazo se cumplió y el mozo echó a andar, pregunta que te preguntarás por el Castillo de Oro. Llegó a un monte, lleno de pájaros de todos colores y volvió a preguntar.

Los pájaros tampoco lo sabían, pero le dijeron que vendría el Ave tamaña, que tal vez pudiera ayudarle, aunque mejor se escondiese porque nunca se sabe el humor de un Ave. A la noche llegó el Ave tamaña; entonces un gorrioncillo decidido va y le dice:

—Señora, hay un mozo que pregunta por el Castillo de Oro, y sólo tú puedes ayudarle.

— ¿Dónde está el mozo? —graznó el Ave tamaña.

—Aquí, señora Ave.

— ¡Desdichado de ti..., desdichado de ti...! —dijo el Ave—. Aquel caballero que te llenó de oro es un mágico poderoso, muy malo. Cuando te vea te mandará tres trabajos imposibles: si no los haces te matará. Pero si no vas te buscará y te matará. Ven, te llevaré; pero debes com­prar dos fanegas de trigo, un pellejo de vino y una vaca, porque tendré hambre por el camino.

Pues el Ave tamaña se lo llevó volando y volando, comiendo y co­miendo por prados y montañas, y, al bajar a un río se despidió:

—Mira, allí tienes el Castillo de Oro. Allí vive el mágico con su mujer y sus tres hijas. La menor sabe mucho y es muy guapa. Aquí vendrá a bañarse, esconde sus vestidos. Ella cantará:

«¿Quién mi vestido blanco me guardó?


Que me lo entregue. De todos cuantos peligros
se vea con mi padre, he de librarle yo.»

A la tercera vez que oigas esto, sales y le entregas sus vestidos y ya te dirá ella lo que tienes que hacer.

Volando por el cielo, el Ave se fue. Todo sucedió corno el Ave le había dicho. A la tercera vez que cantó la niña:

- ¿Quién mi vestido blanco guardó?

Que me lo entregue. De todos cuantos peligros

se vea con mi padre, he de librarle yo.

Salió el mozo, dándole su vestido blanco. Ella le miró:

— ¿Qué te trae por aquí?

—Hice un trato con tu padre —contestó el joven.

— ¡Ay, pobre de ti! —dice ella—. Escucha, si haces todo lo que yo diga te salvaré; si no, somos perdidos los dos, pues te mata a ti y me mata a mí.

Siguió el camino hasta el Castillo, y ya que se presenta ante el mágico, éste le dice, mirándolo fijamente:

—Mañana tienes que traerme un anillo que perdí hace cien años en el fondo del mar.

El mozo se fue a orillas del mar; allí estaba, con su vestido blanco, la niña Blancaflor.

—Pues eso no es lo peor —dice ella—. eso no es lo peor. Vete a la plaza, compra la olla más grande que veas, trae un cuchillo afilado, me matas y me pones dentro de la olla, bien tapada.

—Yo no..., yo no te mato —dice él asustadísimo.

—Calla —dice Blancaflor—. que si no lo haces te pierdes tú y yo. Haz lo que digo. Luego echas la olla a andar por el mar. Cuida de no derramar ni una gota de mi sangre, ni quedar dormido, ni penar, que yo volveré con el anillo.

El mozo, temblando, hizo lo que Blancaflor aconsejara, pero perdió una gota de sangre en la arena. Espera que te espera, sin pasar pena, ni quedar dormido, vio llegar por el mar a la olla meciéndose en la espuma. Saltó Blancaflor, aún más hermosa que antes.

—Toma el anillo, llévaselo a mi padre y le dices: «Sé más que tú y tu casta».

Al coger el anillo vio el mozo el dedo meñique sangrando; Blanca­flor le explicó que era la gota de sangre que había caído, mas que no pasara pena.

Llega al Castillo de Oro, entrega el anillo al mágico y éste le dice furioso:

— ¿Tienes en mi casa quién te enseña, o acaso sabes tú más que yo?

—Sé más que tú y toda tu casta —contesta decidido el mozo—. Manda otra vez, amo, lo que has de mandar, que los trabajos cumpli­dos serán.

—Has de ir a aquella montaña, cavar, quemar, sembrar, esperar y segar, moler, amasar, y mañana hasta mi mesa traer el pan.

Bajó el mozo a buscar a Blancaflor para contarle el mandato del padre.

—Vete a la montaña —dijo ella—; allí aguarda. Si duermes, dormi­do quedes.

Así que hubo llegado el mozo a la montaña quedó dormido. Al des­pertar Blancaflor le entrega el pan blanco y cocido diciendo:

—Llévaselo a mi padre y le dices que sabes más tú que toda su casta.

Cuando el mozo entregó el pan al mágico, éste, enfurecido, le grita:

—¿Tienes en mi casa quién te enseñe o acaso sabes tú más que yo?

—Sé más que tú y toda tu casta —responde fuerte el mozo—. Manda por última vez, amo, lo que has de mandar, que los tres trabajos cum­plidos serán.

—Tendrás que domar un potro morado que hay en la cuadra mora.

Salió el mozo, encuentra a Blancaflor y le cuenta el otro trabajo mandado.

.—Malo, malo, trabajo malo. El potro es mi padre, la silla es mi madre y han de querer matarte los dos.

Y dice:


—Vete al monte, busca varas de avellano cortas, montas el potro y le das con la vara, pues, según salgas montado, tratará de tirarte en el barranco para matarte, pero tú ¡zas. zas!, con las varas todas, hasta que quede bien domado.

Dicho y hecho, según lo saca de la cuadra y monta, ¡buf!. ¡buf! como cosa loca quiere tirarlo al barranco. El mozo empieza pim pam. pim pam. a la silla, pim pam para otro, hasta quebrar la última vara de avellano y quedar el caballo manso y quieto.

En cuanto el mozo se presentó al mágico, lo ve todo maltrecho y ven­dado.

—Ahí tiene el potro, mi amo, bien domado.

— ¡Tú en mi casa tienes quien te enseñe! ¿O acaso sabes tú más que yo?

— ¡Sé más que tú y que toda tu casta! He cumplido con lo mandado, así que dame licencia para irme.

El mágico lo miró como un basilisco todo vendado y dice:

—Irte te irás, pero antes has de casar con una de mis hijas.

Llamaron a las hijas, las pusieron tapadas en tres sillas, sentadas iguales; sólo asomaban sus manos sobre las faldas.

Entró el mozo, miró las niñas sentadas, dio una vuelta alrededor... Reconoció a la menor, por aquel meñique de la herida. Pues va di­ciendo mientras las señala:

—Pues bien, ésta queda, ésta sale, ésta quiero. Háganse las bodas. Pero, en la noche, Blancaflor le secretea:

—Hemos de huir, ellos han dispuesto matarnos. Vete a la cuadra, hay dos caballos. Uno es el Pensamiento, otro el Viento. Coge el caballo más flaco, no cojas el gordo, que somos perdidos. Cuando él sale, escupe Blancaflor tres salivillas en la puerta.

El mozo, aturdido, escogió el caballo más gordo, que era el Viento, dejando el más flaco, que era el Pensamiento.

—¡Ay, ay! ¡Por traer el Viento has dejado el Pensamiento! —gemía Blancaflor al ver llegar al mozo—. ¡Pobre de ti, pobre de mí, pobres de nosotros!; pero ahora hemos de irnos con el Viento, pues no hay tiempo que perder.

—¡Blancaflor! —llamó su padre en la noche.

— ¡Síííí! —contestó la salivilla primera, mientras Blancaflor y el mozo huían a caballo del Viento.

—¡Blancaflor! —repitió el padre en la noche.

— ¡Síííí! —contestó la-salivilla segunda, mientras Blancaflor y el mozo huían en el Viento. Al amanecer llamó:

— ¡Blancaflooor!

La salivilla última contestó débilmente:

— ¡Síííí!

La mujer del mágico desconfió, fue al dormitorio, descubriendo la huida.

Montó el mágico en el caballo flaco del Pensamiento. Por ser más veloz que el Viento, pronto los alcanzó.

— ¡Pobre de ti, pobre de mí!; ya viene mi padre detrás de nosotros. Me convertiré en ermita, tú en ermitaño y sólo dirás: «A misa, a misa, a misa».

Y soltándose la cinta del pelo se transformó en ermita, y el mozo en ermitaño.

Llegó el mágico preguntando:

—Ermitaño, ¿ha visto a un hombre y a una mujer pasar por aquí? Y el mozo convertido en ermitaño responde:

—A misa, a misa, a misa.

Dio media vuelta el mágico, que no le convencía tanta misa, y su mujer le dice:

—Te ha engañado otra vez tu hija; ella era la ermita, el otro el ermitaño; ¡vuelve a la carrera a por ellos! Ya los vio llegar Blancaflor.

—Ahí viene mi padre, pero no vamos a ser perdidos. Me convertiré en huerto y tú en hortelano, y cuando te pregunte por un hombre y una mujer tú dices: a cuarto vendo las berzas, a cuarto.

Y tirando el peinecillo convirtióse en huerta, y él en hortelano.

Ya llega el mágico preguntando:

—Hortelano, ¿ha visto a un hombre y una mujer pasar por aquí?



  • ¡A cuarto!, a cuarto vendo las berzas, ¡a cuarto!

Dio la vuelta y su mujer:

—Te ha engañado otra vez tu hija, pero ahora iré yo y ya verás como me engaña. Cuando Blancaflor vio llegar a la madre se lamentó.

— ¡Ay, pobre de ti, pobre de mí! ¡Ay, a ella sí que no la engaño! Y se soltó su pelo y lo echó atrás y lo hizo un río de sangre, largo, largo, que ellos no pudieron pasar. Ya lo supo la madre:

— ¡Mira, mira tú, cómo era ésta la que lo salvaba! Yo no puedo pasar, pero ¡olvidados os veréis antes de ser casados!

Y habiendo echado la maldición se volvió.

Anda que te andarás llegaron cerca de la ciudad y, volviéndose el joven a Blancaflor, dice:

—Espérame aquí, que iré a buscar un coche para entrar en la ciudad.

— ¡Ay, a y —dijo Blancaflor—, que me olvidarás!

—Olvidar no olvido.

—Me olvidarás, me olvidarás —repetía Blancaflor—. Escucha, toma esta varita, con ella vas alejando a todos, no dejes que ninguna mujer sea joven ni vieja te abrace, pues, si no, me olvidarás.

Llega el joven, pide el coche, todos quieren abrazarle, y él, cuidán­dose con la varita de por medio, hasta que el ama le abraza por detrás.

— ¡Ay, querido, tanto tiempo! ¡Ay, querido!

Y así olvidó el coche que había pedido, cuanto le había pasado. Blancaflor, esperando. Todo, todo se le pasaba de la memoria. Entonces Blancaflor lo supo al momento:

— ¡Olvidada, ya estoy olvidada! —lloraba la niña.

Vienen días, pasan días, y el mozo decidió casarse con otra dama del lugar. En el banquete de boda se presentó Blancaflor diciendo que sabía contar historias y juegos de magia para entretener a los invitados.

Blancaflor contó la historia de cómo un mozo que no quiere trabajar recibió riqueza de un mágico, y cómo fue al Castillo de Oro y cómo Blancaflor le ayudó a encontrar el anillo, a preparar el pan y a domar el potro infernal.

El joven estaba cada vez más inquieto: pero no. no recordaba nada. Ella prosiguió contando cómo el mozo eligió por esposa a Blancaflor que le había salvado, y cómo huyeron en el Viento perseguidos por el mago montado en el Pensamiento, y la ermita, la huerta, el río de san­gre y cómo Blancaflor quedó sola y olvidada.

El joven estaba cada vez más pálido, pero que muy pálido: en­tonces ella moja el dedo en su salivilla y se lo pone en la frente. Como un relámpago el joven, saltando, dice:

—¡Tú eres Blancaflor, tú eres mi esposa!

Así que se casaron, vivieron felices, y comieron perdices, y a mí no me dieron nada.


26. LAS HABICHUELAS MÁGICAS

Éranse una madre y un hijo que vivían pobremente en su casita y que tenían una vaca. Un día la madre va a decir al niño: «Anda, hijo mío, ve con la vaca al mercado y mira de venderla a buen precio, pues de ello depende nuestro porvenir». El niño se dispuso a hacer lo que le decía su madre mientras ésta le daba toda clase de recomendaciones sobre la operación. Y allá que se fue, en una mano el atillo y en la otra la cuerda de la vaca, por el camino rumbo al mercado. Como iba ligero no tardó en encontrar a un viejito que con un saquito avanzaba lentamente. «Buenos días», dijo. «Buenos sean, muchachito, ¿a dónde vas tempranito?» «Al mercado a vender esta vaca», respondió. «Hijo mío, ¿cómo te podría comprar esta vaca, que es lo que necesito, si sólo tengo este saquito con habichuelas?». «Mi madre y yo necesitamos el dinero, sino no tendremos para vivir». «Si tú me cambiaras la vaca por este saquito, nunca ya más pasarías necesidad ni tú ni tu madre, y yo tendría leche para criar a mis nietos». Con estas y parecidas razones, el niño aceptó el canje y allá que se fue todo contento por haber conse­guido unas habichuelas que, según el anciano, eran mágicas. La madre, al enterarse del canje se enfadó muchísimo y le mandó a la cama; y no contenta con eso le tiró las habichuelas por la ventana. Tras de la noche vino el día, y. al levantarse el niño, vio que por la ventana casi no en­traba la luz y, al asomarse, vio una tupida y robusta enredadera que subía y subía .y se perdía en las nubes; sin pensárselo dos veces se agarró a las ramas y viendo que resistían comenzó a subir y a subir y a subir, y ya se veía la casa pequeña, y a subir y a subir, y ya tenía las nubes cerca, y a subir y a subir, y ya salía a una llanura de nubes, en la que divisaba a lo lejos una construcción como un castillo. Al llegar a la puerta vio que era muy grande; entró con cautela, y, cuando estaba medio perdido, una viejita muy arrugada le asustó al decirle: «Escóndete, que el ogro vendrá y, si te huele, te comerá»; y se oyeron entonces unas pisadas tremendas; asustado, corrió a esconderse y, desde su escondite, vio a un gigante horrible que gritaba: «Huelo a carne fresca, ¿dónde estará?»; y la anciana le servía de beber en la gran mesa. «Huelo a carne fresca». La anciana le trajo un arpa y se puso a tocar una música hermo­sísima que apaciguaba al ogro; luego le puso de comer y le echaba más vino y, cuando hubo acabado de comer, le llevó una gallina en una cesta. «Gallinita. pon un huevo», gritó el ogro; y la gallina puso un huevo ¡de oro! «ja, ja, toca arpa, toca». Y sonó de nuevo una mú­sica dulcísima que fue durmiendo al ogro. En ese momento, a pesar del miedo que tenia, nuestro héroe salió de su escondite y, cogiendo la gallina, salió corriendo; pero el arpa tocó fuerte y el ogro se despertó entre gruñidos, mientras ¿i ya corría a atrapar la enredadera, ya bajaba, corriendo, venga y venga, deprisa, deprisa, y el ogro ya bajaba también y ya veía la casa y gritaba a su madre: «Madre, madre, toma un hacha, saca el hacha, madre», y notaba los meneos que el ogro daba a la enredadera, y ya estaba llegando, y al ogro aún le quedaba un gran trecho. No bien hubo puesto los pies en el suelo cuando empezó a cortar con el hacha los tallos de la enredadera, y, cuando cortaba uno, su madre le cogía el hacha y cortaba otro, y el ogro viendo que se iba a desmoronar con la enredadera, echó para arriba otra vez gruñendo y profiriendo terribles amenazas hasta que, llegando arriba, escapó por un pelo de caer cuando la enredadera se deshizo. Y la madre y el hijo, aún no repuestos de la emoción, entraron en la casa y el hijo le dijo a la gallina: «Gallinita, pon un huevo», y ¡pum!, salió un huevo ¡de oro! La madre lo tocaba y lo miraba, y el hijo le decía: «¿Ves como eran mágicas?». Y ya no tuvieron más escasez, pues, cuando lo nece­sitaban, le pedían a la gallina y ésta les ponía un huevo de oro. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Versión de carlos berastegui







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