San Agustín en la poética española e hispanoamericana



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San Agustín en la poética española e hispanoamericana
Herminio de la Red Vega, OSA
Centro Teológico San Agustín
Madrid

1. San Agustín, un poeta a su pesar que filosofa1
La personalidad de san Agustín es tan singular y única, como complejos y polifacéticos sus perfiles (354-430). En él se conjugan el ardor de la genética africana con la sutileza intelectual y el caudal cultural grecorromanos. Vital por temperamento y proclive a saborear cuanto las circunstancias le ofrecían, proyecta una peculiar dialéctica en todo su proceso existencial. Bien formado por sus estudios en Tagaste y en Madaura (365-371), por sus lecturas filosófico-literarias de juventud y por los estudios de especialización como retórico en Cartago, consigue una cosmovisión intelectual pagana en distensión con los gérmenes cristianos que mamara, en él nunca agostados, y que siendo niño le inculcó su madre Santa Mónica. Diestro en el ejercicio de la docencia, ejerce la profesión de literato-científico, sin dejar de ser un autodidacta ecléctico de identidad afrorromana (371-383). Inmigrante en Roma y en Milán con ansias de triunfar y de integrarse en el mundo occidental, no renuncia nunca a su africanidad (383-385). Inquieto buscador del amor y de la verdad, peregrina por todos los caminos del saber, de las artes y de las religiones; discierne con mirada introspectiva y contrasta sus pesquisas dialogando en la amistad. Desde que encuentra a san Ambrosio, la mente de Agustín evoluciona de una lógica pura a la psicología concreta; pasa de los razonamientos abstractos a la dialéctica histórica, y se interesa, más que por las esencias, por las existencias mismas (385-387)2. Plantado en la coyuntura de los siglos IV-V, contempla el sucederse de los tiempos y vislumbra e intuye el declinar del primer gran poderío de Europa; debate honradamente, filosofa sobre el ser perdurable y transitorio, y afronta las cuestiones radicales de la persona humana con sus proclividades éticas, estéticas y eviternales. Tomando como punto de partida el conocimiento de sí mismo, Agustín aborda los problemas de la verdad y de la felicidad, así como las cuestiones de la libertad y del mal, y analiza los impulsos del amor, del orden y de la paz. El corazón inquieto de Agustín busca empatizar con Dios, y cómo esclarecer lo relativo al tiempo, a la providencia divina y a la eternidad (387-391). Su magisterio antropológico e introspectivo inspira a fenomenólogos y psicólogos; la configuración que, por ejemplo, diseña de la sociedad en su obra magna la Ciudad de Dios (426), interesa por igual a filósofos, juristas, teólogos e historiadores. Los sociólogos ven en san Agustín al reanimador de la humanidad cansada; los moralistas a un magnífico referente de los auténticos valores y los escritores admiran el genio de su estilo cálido, preciso y rotundo, de frases bellas y giros sorprendentes3. Siendo afín a los filósofos, se muestra un gran comunicador sin que el catequista vaya a la zaga del polemista o del teólogo, sin que el retórico desmerezca del poeta, y sin que la palabra, el pensamiento y la cordura pierdan armonía en sus discursos de un estilo que agrada, instruye, conmueve y contagia (+430).


    1. Filocalia y Filosofía

No es momento de entrar a debatir aquí y ahora, si san Agustín es poeta o es filósofo. Quizás rehuyera él mismo tales denominaciones en su sentido más convencional. Pero es una evidencia que Agustín sí filosofa4; y es notorio que en todos sus escritos late una poética constante, un pálpito que genera el encanto, el lirismo y la frescura de quien escribe con palabras siempre vivas. La intensidad psíquico-sensóreo-afectivo-conceptual que vierte en cuanto comunica5, le acreditan por justicia aquilatada y sin ninguna desmesura, que al filosofar tiene analogías de poeta y que, por el tono y la armonía con que cifra las palabras en sus expresiones entrañables, logra, casi sin quererlo, auténticos poemas cuando escribe.


“Filocalia y Filosofía son parientes. ¿Qué significa Filosofía? Amor a la sabiduría. Y ¿Filocalia? Amor a la belleza. Y, ¿no es la sabiduría la auténtica belleza? Son como dos aves. Pero la Filosofía fue sacada de su cielo, cogida con liga, y encerrada en la jaula. Su hermana Filocalia vuela libremente y la reconoce, aunque esté desplumada y mísera, pero rara vez la libera. Porque la Filocalia no sabe cuál es su propio origen. Eso sólo lo sabe la Filosofía. Ya ves que me he convertido en Esopo. Tu hijo Licencio te explicará mejor en verso todo esta fábula” 6.
Filocalia y Filosofía en Agustín se dan en abrazo y desencuentro. Algo similar a lo que acontece entre concepto e intuición, o entre el amor pensado y el amor vivido. Lo muestra en sus escritos más tempranos de inquietudes antropológicas, como en Contra los Académicos, Sobre la vida feliz o La Inmortalidad del alma; lo evidencian las Confesiones donde proyecta su radiografía más cabal y fenomenológica, y también se manifiesta cuando entona esa especie de canto fúnebre en la Ciudad de Dios a la Roma devastada, o cuando remonta el vuelo de su genio en el De Trinitate por las regiones trascendidas filosofando en fusión con lo teológico, y no menos cuando en sus Sermones exhorta, narra, argumenta, distingue y con familiar cordialidad conmueve y persuade.
Pero en Agustín filosofía y filocalia o poesía nunca aparecen como fines en sí mismas, sino como medios y recursos útiles y eficaces para conocer y contemplar la verdad y la belleza, para discernir de manera ponderada y comunicar con gusto y con provecho los milagros de la gracia7. Por eso las pondera, las hermana y las conjuga, y asume el pedigrí de la poesía y busca sustentar cuanto vive, siente y piensa, cuanto predispone a la sabiduría y cuanto conduce en orden y armonía a la bienaventuranza:
“Si amas el orden –le insistí- hay que volver a la poesía, porque la erudición moderada y racional de las artes liberales nos hace más ágiles y constantes, más limpios y bellos para el abrazo de la verdad, para apetecerla más ardientemente, para conseguirla con más ahínco, y unirse más dulcemente a la que se llama vida bienaventurada”8.
Agustín filosofa sobre la verdad vitalmente vivida. No desprecia la razón; pero viaja más por las veredas de la intuición y de la fe, brujulea más por las rutas de la interioridad iluminada, que a través de los mecanismos de la demostración empírica y del conocimiento abstracto. Agustín no persigue la verdad por sapiencial arrogación, sino para participar de la sabiduría y perseverar en la hoguera que le enciende el alma9. Las suficiencias de las ciencias le resultan alicortas, y los filósofos que se obcecan en especulaciones, en sutiles enredos y en hábiles mayéuticas descuidando vivir en la verdad, le resultan poco interesentes.
Enamorado de la verdad más que de la fidelidad histórico-critica, suscita pensamientos, esboza sugerencias y dibuja frases que difícilmente pueden encontrarse en los Diálogos de Platón. Cuando Agustín filosofa o teologiza, cuando polemiza, escribe e instruye y comunica, lo hace sin árticos cerebralismos ni gestos doctorales, y sus expresiones se tornan emotivas, llenas de voces lejanas y de iluminaciones. Agustín prefiere las teorías del amor a las del conocimiento, pues aquél implica y presupone a éste. Atisba la bienaventuranza por iluminación, acorde con lo que el filosofar exige. Filosofar postula amar en la verdad, optar por la virtud, reconocer que la sabiduría viene de Dios, y concordar vida, pensamientos, latidos y especulaciones con el Sumo Bien, que no puede ser otro que Dios mismo10.
Agustín convierte la filosofía en plegaria intelectual hacia Dios, y acepta sólo como auténtico filósofo, al que busca itinerarios en la gravitación de la vida, al que ofrece orientaciones donde se libran los combates del existir cotidiano y al que inspira devoción de amor con sus hallazgos y escritos11. La capacidad egregia de su espíritu impacta más cuando hace una oración, que cuando construye un silogismo. Y en cualquier caso, Agustín siempre comunica con la sensibilidad del poeta y con la perspicacia de un metafísico enamorado. Acontece en Agustín como en los poetas y los filósofos de altura. Al poeta le mueve una metafísica que expone en el poema, y se distingue del mero señorito que hace versos. Acaso los poetas sean enamorados metafísicos de las evocaciones que la realidad les brinda. Y a la contra, quizás los grandes filósofos, siendo auténticos poetas, encubran sus sentimientos y amores tras los sistemas de esparto con que tejen sus poemas12. No obstante, filosofía y filocalia se mantienen en dialéctica constante e inevitable; y es posible que algún día canten los poetas los asombros de las grandes metáforas metafísicas, y deseable es que los filósofos vean, miren y disciernan el mundo con sus cosas, como un poema de amor.
1.2 Los poetas en el genio literario agustiniano
Las obras de san Agustín muestran constantes remembranzas de los clásicos grecorromanos. Conoció indirectamente a Homero, a Platón, a Aristóteles y, a través de los neoplatónicos, a Plotino entre los griegos13. Los cuentos de Apuleyo, las sátiras de Juvenal y el Hortensio de Cicerón encendieron su imaginación y le iniciaron a filosofar; el comediógrafo Terencio, el historiador Salustio, la retórica de Quintiliano, la oratoria delicada de Lucano y la poesía de Varrón, Horacio y Ovidio integran una nómina incompleta de los escritores latinos que admiró e influyeron en el genio de Agustín. Pero más que todos ellos, la relevancia de Virgilio es indiscutible, de quien conoce y cita todas sus obras14. Era el clásico por excelencia, el summus poeta y al que con más frecuencia, con mayor nostalgia y satisfacción memora el autor de los Diálogos de Casiciaco, el de las Confesiones y el de la Ciudad de Dios. Los niños coetáneos de Agustín conocían las bellezas poéticas y los ritmos de los versos virgilianos: “Vergilium parvuli legunt”15. La poética del mantuano la aprendió Agustín en Tagaste y Madaura, tuvo que explicarla en Cartago, en Roma y en Milán, y sus huellas son patentes en los giros, vocablos y expresiones de los escritos agustinianos16. El impacto que produce el autor de la Eneida, de las Églogas y de las Geórgicas en el estilo y en la mente iluminada de Agustín, se delata con frecuencia. Baste atestiguarlo con el fragmento siguiente:
“Y en los versos, donde decimos que hay una razón, que pertenece al gusto de los sentidos, ¿quién no sabe que la medida y dimensión es artífice de toda su armonía?... “Muéstrenme las musas por qué los soles invernales se apresuran tanto a bañarse en el océano y por qué se retardan las noches perezosas del estío”17, de diverso modo alabamos la armonía del verso y la belleza del pensamiento. Igualmente distinguimos entre una armonía bella y una expresión razonable”18.
En el estilo de Agustín influyen, además, los textos bíblicos y, sobre todo, san Pablo y los obispos de Cartago y de Milán, contemporáneos de Agustín, Ambrosio y Cipriano. Las cadencias y armonía de la elocutio ciceroniana; el lenguaje tropológico, alegórico y tipológico de la Biblia; los paralelismos y las antítesis de la oratoria paulina; las imágenes poéticas, las figuras y las descripciones un tanto barrocas y de sensibilidad religiosa del magisterio de Cipriano, y la palabra noble y ajustada, las metáforas, los períodos breves, secos, en forma paratáctica, pero vivos y expresivos de Ambrosio, son los ingredientes que confluyen y asimila Agustín, aunque los recree con su ingenio singular y los revista con su calor de humanidad y emotiva vibración equilibrada19.
Maestro en la riqueza conceptista y lexical conjuga mente y corazón, armoniza sentimientos y conceptos y maneja los artificios literarios con tanta espontaneidad como destreza al servicio de sus luminosos raciocinios. No debió ser cosa fácil a Agustín hablar conjuntamente a cultos (docti), a iniciados en gramática (mediocriter docti) y a los sencillos e incultos (rudes indoctique). Pues si los últimos se contentan con el fondo y los del medio disfrutan con ciertos juegos de palabras, los primeros sienten cierta decepción ante lenguaje de la Biblia20. Agustín combina el latín clásico con el popular; transmite con claridad sin descuidar la expresión bella, e incorpora el lenguaje bíblico y cristiano al servicio de la verdad y del mensaje evangélico. Mantiene los objetivos de todo orador -enseñar, deleitar y mover-, propicia una teoría y una práctica en la retórica cristiana, y aprovechando los procedimientos antiguos e inspirándose en el candor bíblico, fomenta la literatura cristiana y la lengua viva y popular.
1.3 Composiciones en verso de Agustín
Por sensibilidad y entraña contemplativa, por ilustración e inclinación platónica y propensión a empatizar con la belleza y la armonía, Agustín estaba bien dotado para coquetear en el parnaso de las musas. Lo trasluce la aparente inconsciencia e intrusión musical de un lenguaje que le brota a impulsos de su alma en trance y vibración lírica. Diestro en el teatro de la retórica y en el juego del concordar, y artista que bucea en la entraña del ser y del acontecer, regula las expresiones con mensura y despliega y contagia un goce estético tan templado como original, tan lleno de equilibrios y simetrías, como de grandes variedades y matices. Agustín sabe de armonías y sonoridades verbales, de modos, de proporciones, de variaciones, artificios y recursos que vierte en el decurso de la frase o del período. De la sinfonía de las sílabas y ordenación de las palabras deviene la función poética agustiniana, como trasunto de quien urde con destreza y equilibrio el verbo cordial y la razón21.
Atento a los recursos bellos y elocuentes, siempre le sedujo la retórica. No como un fin en sí misma, sino como recurso útil y medio eficaz para comunicar con gusto y con provecho22. La retórica agustiniana tiene el tono personal de quien ama la belleza, de quien ronda por las regiones secretas del alma e intenta concordar el pensamiento, la inspiración y el verbo con las revelaciones que Dios regala con su gracia. La retórica agustiniana se convierte en instrumento y transmisor de la verdad para mover los corazones y la voluntad de sus oyentes hacia Dios, y combina lo real y lo ideal, la poesía y el discurso, la hondura de pensamiento y, con mesura, combina lo serio y familiar, las frases elevadas y cargadas de ricos pensamientos, para comunicar con tono cercano y entrañable, y sugerir la belleza de las cosas cotidianas de manera cordial e incitativa. Por eso la aportación de Agustín resulta tan decisiva en la elocuencia sagrada, como difícilmente indiferente: a los amantes de la forma, por la armonía del lenguaje; y a los que buscan ideas sustantivas, porque en sus frases conseguidas no faltan nunca intención y sugerentes contenidos.
Agustín asume la retórica de manera consciente y la aprovecha de por vida, como instrumento válido en su ministerio de evangelizador y de escritor, con el fin de “que la verdad se haga patente, que deleite y que mueva”. Pero aunque sopesa y mide las palabras e integra las partículas menores, para orquestarlas sabiamente evitando lo prosaico, Agustín rehuye los elementos crónicos del ritmo cuanto puede, sortea el balancín de los hemistiquios, soslaya los acentos como denominadores comunes y apenas cultiva la poética regular versificada.
No obstante, en los libros de Música donde Agustín muestra sus predilecciones poéticas, al tiempo que arriesga e improvisa algunos versos –ad tempus fabricatus sum-23. En las Confesiones refiere que en sus tiempos juveniles recitaba versos de Virgilio24, que componía y participaba con éxito en las palestras literarias25 y que disfrutaba del aplauso y los laureles que le brindaban los certámenes poéticos26. En un pasaje de las Confesiones dice que en la soledad del lecho le venían a la mente versos del obispo Ambrosio27, y en el De Trinitate nos transmite esta sentencia: “Bueno el lenguaje humano, lleno de una dulce enseñanza y sabias advertencia para el que escucha; buena la poesía, armoniosa en sus números y grave en sus sentencias”28.
Pero Agustín no cultiva de manera decidida la versificación, por más que la vibración poética bulla en muchos de sus escritos, y por más que haya múltiples referencias y contenidos poéticos de Virgilio y de otros varios poetas latinos y griegos en sus obras. Y al igual que pospuso a Venus y Cupido en sus amores, así prefirió otros ámbitos y vuelos y relegó a Tisbe y a Píramo, cuando la belleza de la filosofía enamoró su lírica:
“Sea por inconstancia y veleidad juvenil, sea por alguna otra disposición y orden divino, no dudo en confesaros que me he vuelto de repente débil para el cultivo del metro poético; pues siento ahora arder dentro de mí una luz muy diferente y superior. Más bella es la filosofía que Tisbe y Píramo, más que Venus y Cupido y los demás amores. Y suspirando daba gracias a Cristo. Yo oía todo aquello con gozo” 29.
Sin embargo, Agustín prodigó generosamente lo que pudiera llamarse “la rítmica de los pareados”, composición de dos versos que riman entre sí, y que, por su sencillez, musicalidad y concisión, no andan muy lejos de lo que son nuestros refranes, adagios o proverbios30. Dotado de un alma en sintonía con los ritmos y creadora de armonías literarias, equipado en alto grado de la teoría musical y de los sonidos, así como de instinto y de un buen oído musical, Agustín incorpora el paralelismo, la rima, la aliteración y la paronomasia, características de la prosa popular y esencial en las canciones para catequizar a su feligresía. Sin atenerse rígidamente al cómputo silábico, por más técnicas que sepa31, aunque sí, por lo general, a la ley de la rima y de la antigua prosa artística, intuyó que era un medio eficaz para la propaganda religiosa y para la educación del pueblo sencillo y fiel.
Al respecto, tenemos un poema del Obispo de Hipona. Es su famoso himno o Salmo contra la secta de Donato 32: único poema en verso rimado que se conserva de Agustín33. Se le denomina Psamus abecedarius por seguir el orden de la A a la U (V) en los comienzos de cada estrofa, y guardar analogías con el salmo 118 (119). Es una exhortación a la unidad de la Iglesia. Lo compuso, según los eruditos, a finales del 393, y lo escribió sin pretensiones literarias ni tecnicismos cuantitativos clásicos34. Los destinatarios y la finalidad requerían un lenguaje directo, popular, meramente acentual, silábico. Por tener fines didáctico-pastorales, lleva un marcado ritmo apto para retenerlo en la memoria y ser cantado y recitado fácilmente35. Su estructura, en cierto modo acróstica, se practicaba en la primitiva comunidad cristiana griega y también en la occidental36. El salmo, himno o poema agustiniano tiene en total 297 versos de 16 sílabas, divididos en dos hemistiquios de 8 sílabas cada uno con rima invariable de e o –ae. Mantiene una regularidad, evidente armonía y cierto artificio literario. Comienza con un proemio de 6 versos, le siguen 20 estrofas de 12 versos cada una y concluye con un epílogo de 30. Entre las estrofas se repite un estribillo (ypopsalma) o verso responsorial. Incluso marca un creciente lirismo, conforme avanza la composición, para provocar el climax en el epílogo:
Audite fratres quod dico, et mihi irasci nolite,

Quia non sunt falsa quae auditis, potestis considerare.

Quid si ipsa mater ecclesia uos aloquatur cum pace

Et dicat: o filii mei, quid queremini de matre?

Quare me deseruistis, iam uolo a uobis audire.

 Accusatis fratres uestros et ego laceror ualde.

Quando me premebant gentes, multa tuli cun dolore.

Multi me deseruerunt, sed fecerunt in timore;

Uos uero nullus coegit, sic contra me rebellare.

Dicitis mecum uso esse, sed falsum uidetis esse.

Ego católica dicor et uos de Donati parte.

Iussit me apostolus Paulus pro regibus mundi orare”37.


Este cántico interesa más por lo que refleja, que por su vuelo poético. Los hechos, controversias y argumentos a los que alude dejan pocos márgenes a la creación artística. Pero a efectos de la poética castellana, suscita significaciones. Las enfatizó con acierto Luis Fernández Guerra y Orbe, cuando leyó su discurso de Recepción pública en la Academia de la Lengua, el 13 de abril de 1873. Sostuvo el ilustre académico, que de este himno “arquíloco tetrámetro acatalecto, bien claveteado con asonancias y consonancias, se vale el divino africano San Agustín para desconcertar a los Donatistas”, y traduce, entre otros, los versos siguientes:
Decid los que amáis la paz – ahora y siempre la verdad.

Padre y custodio del hombre – sumo Dios, líbranos ya

De estos mentidos profetas – que nos van a devorar.

La paz, la paz os cantamos – hermanos, si de oír gustáis;

Os damos paz, Dios la exige, - y a todos nos juzgará”.

.

Pero concluye el lúcido letrado: “He aquí, Señores Académicos, en el año 393 y en África, el ejemplar más antiguo, precioso y completo de un popular romance, con su rima peculiar, e inalterable medida octosilábica; pero escrito de manera que cada dos versos forman uno solo, a fin de que terminen todos en idéntica vocal, la e; sin que deje, ni por descuido el poeta de aprovechar cuantas infinitas asonancias y consonancias de todo género se le vienen a tiro… Esta fue quizá la pauta, seguramente hermosa, que nuestros romances castellanos tuvieron para colocar en los versos pares o segundos la rica pompa y atavío de la asonancia”38.


2. San Agustín en la poética española e hispanoamericana
Al declinar la civilización romana emerge relevante la personalidad de Agustín. En La Doctrina Cristiana, y en otros de sus escritos, subordina la cultura y las literaturas clásicas a la concepción cristiana de la vida y sus valores; aunque intenta armonizar la fase cultural pagana en decadencia, con la nueva que inaugura el cristianismo. Agustín adquiere gran protagonismo por su formación clásica y su retórica, por su ingenio indiscutible y por los recursos populares y bíblicos que incorpora con inteligente perspicacia. Ante sus contemporáneos aparece como paradigma que aprovecha las técnicas escolares, literarias, científicas y filosóficas greco-romanas en servicio y utilidad del cristianismo39. Una actitud la suya que contribuyó a salvar casi todo lo que hubo de más valioso en la cultura pagana40, e hizo de Agustín el gran clásico del medioevo y su magisterio un referente para la Iglesia, para Europa y, en concreto, para la cultura hispana.
Agustín era conocido en vida y admirado en la Península Ibérica. Intercambia cartas con algunos escritores, como con el obispo Consencio y el sacerdote e historiador Paulo Orosio, a quienes incluso les dedica dos de sus obras41. La Carta 48 del año 398, dirigida al presbítero Eudoxio, abad de una comunidad de la isla Capraria42, certifica que dos de su comunidad, Eusebio y Andrés, visitaron a Agustín y a sus monjes de Hipona. La estima de la literatura agustiniana en la Península era notable. Cuando san Donato llega el año 579 a España, procedente de África con cerca de setenta monjes y muy abundantes códices de libros43, buena parte de ellos consta que eran obras de Agustín. San Isidoro de Sevilla (570-636) atestigua que, en el monasterio Servitano construido por san Donato, se manejaban obras agustinianas44. El mismo san Isidoro utiliza ampliamente literatura agustiniana45. Así aparece, además de en la Regula Monachorum de Isidoro al compararla con la Regula ad Servos Dei de Agustín, en casi toda la producción isidoriana y, de manera evidente, en su Libro o tratado de las Sentencias46. Las obras del obispo de Hipona se proyectan también en los símbolos de la Fe elaborados por los concilios de Toledo47.
El mozárabe cordobés, Álvaro Paulo (+859) habla, en su Vita vel passio S. Eulogii, de un cenobio de Navarra que obsequió un lote de libros al santo, entre los que figuraba la Ciudad de Dios. La misma obra aparece en una colección de códices que regala el obispo de León, Cixila II, el 5 de noviembre del 927, al monasterio de los Santos Cosme y Damián48. Las Glosas Emilianenses y las Silenses, siglos IX y X, muestran que los Sermones de san Agustín eran una fuente en la que beben con fruición monjes y eclesiásticos; y es notorio que varios de los primeros escritores de prosa castellana, recurren a la Ciudad de Dios, como arsenal de elementos y señal de prestigio y distinción. Tal sucede en las obras El Septenario, Las Siete Partidas, Crónica de España y General Estoria, escritas durante el reinado de Alfonso el Sabio (1252-1284), en las que la inspiración de la Ciudad de Dios es clara49. Sorprende comprobar, no obstante, cómo el prestigio de Agustín no se corresponde con los restos manuscritos que han llegado hasta nosotros50.

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