Romano Guardini



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Romano Guardini

ELOGIO DEL LIBRO






El taller de libros

La Coruña 2007

PREFACIO
Tal como nos sucede a veces que, de repente, nos asalta una idea que se ha ido formando en nuestro espíritu, se me ocurrió que sería bueno hacer un elogio del libro. Pero esta idea se me impuso, al mismo tiempo, como una misión, en un tiempo en el que tantos amantes de los libros perderán sus amigos y muchos otros, capaces de tan noble amistad, se verán privados de ella durante el largo dominio del anti-espíritu.

Acepté, pues, esta misión, convencido de antemano de no conseguir penetrar en la profundidad del tema o de dominar su riqueza, pues cuanto más he meditado sobre su naturaleza, con mucha más claridad el libro se me presentaba como un asunto inagotable.

En él se encuentra por entero todo lo que el hombre ha creado. En él se expresa el ser del hombre.

Más aún —puedo hablar así porque todo panegírico se basa en una especie de entusiasmo que permite decir cosas que de otro modo parecerían exageradas—, el libro parece ser la alegoría por excelencia de nuestra existencia, dada la amplitud de su naturaleza y la complejidad de la misma, tan cambiante y tan manejable, en el sentido propio de la palabra.

Había escrito mucho y estaba en condiciones de diseñar el discurso; eran los primeros años de la posguerra, años en los que los libros buenos eran escasos y los que estaban a nuestra disposición eran muy pobres. Hoy es distinto. Muchas cosas buenas e importantes están de nuevo a nuestra disposición y tenemos el derecho a esperar que se hagan bien. No obstante, algunos han comprendido que tener libros no es algo obvio; y nos es suficiente con echar una ojeada al Este más cercano para darnos cuenta de cómo poder disponer todavía libremente de libros es un signo de salvaguardia de la dignidad humana.

Tenemos, por tanto, motivos para reflexionar un poco sobre lo que en ellos se nos ha custodiado y que quizás no hemos apreciado como debíamos.



Munich, otoño de 1951

Amigos míos:



I


¿Amáis los libros? Puesto que mis palabras se dirigen sólo a los que aman el libro, tengo que plantear esta pregunta desde el principio. De otro modo, seguramente mis palabras podrían ser recibidas como estúpidas y, con toda seguridad, como superfluas.

Sin embargo, no quiero dejar nada a la suposición; por eso debemos intentar ponernos de acuerdo sobre lo que significa aquí la palabra «amar». Es decir, no sólo que en el libro se busque con gusto el pasatiempo o la distracción. Tampoco que el libro sea una fuente inagotable de conocimiento, o una cámara del tesoro, cuya profundidad y belleza de pensamientos iluminen al lector. Todo esto, es verdad, sería amor, y no pequeño. Pero este amor pasaría, por así decirlo, a través del libro. Pero como lo entendemos aquí, el amor se refiere al libro en sí mismo y como tal.

Quien ama el libro, toma en la mano, con un sentimiento de pacífica familiaridad, el objeto que lleva este nombre, impreso sobre papel y encuadernado en tela, cuero o pergamino. Lo siente como si fuera una criatura, que se honra y se cuida, feliz de su concreción material. No sólo constituye para él un medio para conseguir un objetivo, aunque sea el más espiritual, sino algo plenamente perfecto en sí mismo, lleno de múltiples significados y capaz de dar en abundancia.

Al verdadero amante del libro se le reconoce desde el momento en que lo coge de la estantería, lo abre, lo hojea y lo vuelve a dejar en su sitio. Por otra parte, de quien estoy hablando no es del puro bibliófilo, quien considera el libro sólo como producto estético o como objeto de colección. Éste no va más allá del hecho exterior —si bien a mí me agrada más una persona así que uno que considera el libro como puro medio para conseguir un objetivo y que provoca con su actitud una impresión similar a la que se tiene cuando un hombre trata a los animales con el único objetivo de un estudio científico o de una prueba práctica—.

Lo que quiero decir se puede expresar también de otra manera: el amor por el libro lo tiene precisamente quien al caer la tarde, sentado en su habitación, rodeado de silencio —presuponiendo, obviamente, que alrededor de él haya silencio de verdad— siente, de pronto, que los libros que están a su alrededor se convierten para él en seres vivos. Particularmente vivos. Objetos pequeños pero, no obstante, llenos de mundo. Que están allí sin moverse y sin hacer ruido y, sin embargo, dispuestos a abrir en cualquier momento sus páginas y a comenzar un diálogo que narra el pasado, que hace mirar al futuro o que invoca la eternidad, tanto más inabarcable cuanto más sabe atraer al que se le acerca.



II


¿Habéis pensado alguna vez, amigos míos, qué maravillosa obra de la creatividad humana es el libro? Al decir esto no estoy pensando en absoluto en su contenido espiritual: la obra del poeta, o la representación del historiador, o el pensamiento del filósofo, sino que, muy al contrario, como ya he dicho, me refiero a esa cosa concreta, que se puede tener entre las manos y que, precisamente, se llama «el libro».

Pensad en el papel, hecho de materiales que inicialmente tienen un aspecto completamente diferente: restos de tejidos, fibras vegetales y otros elementos. Me ha parecido siempre incomprensible cómo materiales tan dispares y confusos puedan llegar a ser papel: ese objeto compacto y puro; liso, de forma que podamos pasar la mano con placer sobre él, o granulado, lleno de una vivaz irregularidad, o bien dotado de una fina aspereza, de una finura que hace que ningún detalle sobresalga y moleste a la vista.

¡Qué maravillosa es la superficie de este papel! ¡Una simetría clara y completa, una luminosa apertura y, junto a ello, la disponibilidad a acoger amistosamente los signos de la escritura, llenos de significado!

O bien, pensad en la escritura. Consideradla como un simple conjunto de formas impresas sobre una superficie. Cada letra es, de hecho, una pequeña y armoniosa figura. Sin embargo, existen también escrituras feas; pero es suficiente conque una de ellas sea noble para que se pueda reconocer la estructura terminada de cada signo gráfico. Para nosotros, que estamos habituados a la lectura, el signo gráfico ha llegado a ser algo abstracto, que sirve para podernos comprender y nada más.

Pero se intuye que el signo era algo más por su forma tan expresiva: una imagen, simplificada al máximo, que describe un objeto. Es más, el signo tenía un significado misterioso; era una figura mágica que evocaba seres ocultos y encadenaba a arcanos poderes. Todo esto se transparenta todavía, como tras un velo, a través de los signos gráficos —para darnos cuenta, nos basta con comparar una bella escritura con los garabatos y los rasgos artificiales de la taquigrafía—.

Pero, al mismo tiempo, cada una de estas pequeñas figuras, perfectas en sí mismas, tiende a una relación de integración con las otras, según una inclinación a asociarse a ellas. Son, por decirlo así, átomos de la figuración, dispuestos a unirse en conjuntos más amplios, y de esta unión nace la palabra. Se trata de nuevo de una forma que, si bien aparentemente indeterminada, se percibe —y es un descubrimiento que tranquiliza—como unidad. El arte del tipógrafo consiste en dar a las letras una forma que permita a cada una de ellas unirse con todas las demás en la asociación que es la palabra —naturalmente dentro del respeto de las reglas de cada lengua en cuestión que, de hecho, son muy diferentes—; pensemos, por ejemplo, en los grupos de consonantes que exige la lengua alemana, a diferencia de las romances.

Y no sólo esto: esencialmente la letra individual desarrolla, como forma, su plena fuerza sólo en el contexto que es la palabra. En cada nueva figura proporcionada por una nueva palabra, es decir, en la cercanía a esta o a aquella otra letra; en la conexión de una palabra breve o larga, constituida por estos o aquellos signos gráficos, la letra adquiere valores expresivos siempre nuevos.

La palabra se une a su vez a otras palabras, pequeñas o grandes, pocas o muchas, formando de este modo la frase. Las frases se asocian en párrafos hasta que, por fin, tenemos la página, la superficie impresa. Y si el tipógrafo conoce su oficio, veremos aparecer sobre el fondo blanco la peculiar imagen negra: fina y sutil, inmóvil y sin embargo llena de vida, articulada y firmemente terminada.

Y, de nuevo, tenemos cosas diferentes: una página compuesta en una única mancha o dividida en dos columnas, conteniendo solamente el texto propiamente dicho o bien incluyendo las notas a pie de página, y así sucesivamente.

Hay que pensar también en esas cosas tan diminutas que llamamos signos de puntuación: punto, coma, punto y coma, dos puntos, interrogación, guión. Tienen la función de clarificar la estructura de la frase, lo que no es más que decir la estructura del pensamiento, o mejor aún, su enunciación. Articulan, a modo de acentuaciones sutiles, la configuración de la frase. Y esto lo realizan en formas variadas porque cada lengua, en este punto, tiene su propia sensibilidad —pensemos, a modo de ejemplo, en el modo como se utiliza el relativo—.

Tal vez podría decirse que cuanto más claro es el modo en que la gramática de la lengua en cuestión construye la frase, tanto menor es el número de signos de puntuación que utiliza y, al contrario, será mayor cuanto más elementos todavía por formar contenga la frase —lo que significa, no obstante, una potencialidad vigorosa—.

¡Y qué hermosos son los frontispicios en los libros bien hechos! En obras antiguas, pongamos de los siglos XVI o XVII, hay frontispicios que recuerdan la fachada de una casa construida con elegancia y nobleza: claros, serenos, perfectamente acabados y, al mismo tiempo, tan prometedores de lo que, detrás de esas paredes, se nos revelará en el interior del libro.

No quiero olvidar las formas que señalan el comienzo de un capítulo. La primera palabra se suele componer en caracteres grandes, o a veces se compone así toda la primera línea, haciendo presente de este modo al lector que debe empezar de nuevo, reclamando de esta manera un esfuerzo de atención y de colaboración. O bien la primera letra crece de tamaño respecto a las demás, a veces incluso se dibuja con ricas formas, y aparece ante nosotros la inicial. En la antigua impresión, y todavía más en sus precursores, los manuscritos, la inicial constituye una imagen bastante ornamentada, llegando a veces a desarrollarse sobre toda la página y provocando formas de transición respecto al grueso del texto.

¿No resulta maravilloso todo esto? Naturalmente —y con esto el círculo de mis oyentes se estrecha quizás todavía más— se precisa la capacidad para maravillarse. A quien encuentra todo obvio, semejantes consideraciones le parecen estúpidas. En realidad, lo que le sucede a uno así es que le falta lo mejor de la vida espiritual: la capacidad de, habiendo sido tocado por una entidad, por un proceso, por una forma, mantener viva esa relación.

Tendría una cosa más que decir. Si no temiera poner a prueba vuestra paciencia, os hablaría de los caracteres romanos y góticos; y dentro de estas dos grandes familias, os hablaría a su vez de cada uno de los distintos caracteres tipográficos que se usan en Europa.

Algunos son monumentales, otros elegantes y otros graciosos. Algunos serios, otros llenos de fantasía. Algunos austeros, otros frondosos, caracterizados por un derroche de forma y espacio, y así podríamos seguir hablando de todas las demás diferencias habituales en el mundo de los caracteres gráficos. En una famosa novela de Dostoievski, El idiota, hay un pasaje muy bonito, cuando el príncipe Miskin, obligado a esperar en una antesala, empieza a hablar de los distintos tipos de caligrafía y explica el alma y carácter de cada una y en qué consiste su belleza.

Lo mismo se podría hacer con los buenos caracteres tipográficos. No puedo olvidar la visita que hice, hace ya muchos años, a Jacob Hegner a Hellerau, cerca de Dresde: abriendo los cajones de su oficina, me mostró las espléndidas y viejas composiciones tipográficas que había reunido y me explicó en qué consistía la fuerza expresiva y la belleza de cada una. Es verdaderamente cierto que por sí mismo, y prescindiendo del contenido del libro, cada tipo de carácter conduce al lector sensible a una determinada atmósfera.

Se podría también discutir sobre lo que significa que en una misma página se mantenga siempre el mismo carácter o se empleen caracteres diferentes; que todo el texto esté compuesto en caracteres normales o que introduzca la cursiva aquí o allá; que una nota se componga en cuerpo menor o en el mismo que el texto; que las mayúsculas sean frecuentes, como en alemán, o raras, como en italiano y castellano, o que no existan, como en textos críticos o en libros compuestos según criterios absolutamente modernos —y muchas otras cosas parecidas—. Todo esto tiene que ver con esa cosa que se llama «libro».

Queda todavía el tema de la encuadernación como tal.

Es necesario, sobre todo, que los folios se corten correctamente, de forma que la parte impresa quede bien situada en el interior de la página. Los espacios libres en los márgenes, a derecha, izquierda, arriba y abajo, se distinguen unos de otros según un criterio preciso, aunque se relacionan uno con otro de forma que la parte impresa fluctúe libremente en el espacio y, al mismo tiempo, esté firmemente recogida. Generalmente suele desagradar que un encuadernador deje demasiado espacio libre en el margen superior de una página bien compuesta, lo que produce la impresión de que la página te golpea en la cabeza; o en el margen inferior, de forma que parece que el texto se desliza hacia arriba; o hacia los lados, pareciendo entonces que la página asfixia.

Pero por lo que se refiere a la encuadernación del volumen, ¿no es, una vez más, algo digno de mención el modo en el que se recogen en una unidad las muchas páginas, de forma que se pueda hojear, hacia adelante o hacia atrás? ¿No es estupendo que se pueda leer, rápida o lentamente, encontrar y repetir y confrontar, mientras el conjunto como tal permanece siempre perfectamente ordenado? ¿No es quizás la estructura del libro una de las grandes formas que han permitido a la humanidad dominar el caos y que, una vez descubiertas, permanecen válidas para siempre? En la batalla de la humanidad contra el enemigo oscuro existen victorias de este tipo. Así, por ejemplo, lo son los instrumentos elementales, como la rueda y el martillo, o la carretera y el puente, el tejado y la puerta. El libro es también una de estas formas fundamentales.

Por esta propiedad que le es propia, al libro se le ha erigido un monumento en uno de los lugares más sublimes de la poesía de todos los tiempos, es decir, en el último Canto de la Divina Comedia. En ella, Dante cuenta cómo le ha sido permitido contemplar, en la profundidad del ser divino, la unidad de la existencia. Hay una cantidad incalculable de cosas que nacen, se transforman y pasan. Por tanto, existen en el tiempo y en la insuficiencia, pero tienen la raíz de su ser y de su sentido en los modelos eternos y perfectos. Granito y cristal de roca, vid y rosa, golondrina y corzo —cada una de estas cosas está unida a muchas otras de su especie en el modelo según el que han sido formadas—. Los distintos modelos se recogen a su vez en la sencillez de la idea que Dios ha tenido del mundo, idea que es su fundamento y medida. Para la relación de todas las relaciones Dante utiliza la semejanza del libro:


En sus profundidades vi que se contiene,

Ligado por el amor en un volumen,

lo que por el universo está desencuadernado;

sustancias y accidentes y sus cualidades

unidos por tal modo,

que lo que digo no es más que un débil reflejo.

No se puede rendir homenaje mayor al libro que éste.

¿Y por qué no añadir a la imagen de Dante esa otra imagen con que la cultura hebraica designa la «cosa», que es igual a la que usa para designar la «palabra», de modo que la existencia aparece como una narración y las cosas como las palabras de esa narración, pronunciada por el Creador no sólo a través de sonidos, sino a través de formas y energías, de modo que todas las letras aparecen como los símbolos de la unidad originaria de todo lo que existe y acontece? De esta representación puede derivarse toda clase de magia y brujería, como de hecho ha sucedido en la cabalística, pero la capacidad de una idea no puede nunca contradecirse por su abuso. Y, en realidad, cuando el salmo dice que «los cielos proclaman la gloria de Dios», no sólo está hablando de la profundidad de la idea de Dios, sino que «el firmamento pregona la obra de sus manos, sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz», y que «a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje».

Cuando se consagra una iglesia, se trazan en el espacio principal, partiendo de las cuatro esquinas, dos líneas de ceniza que se cruzan transversalmente, y el obispo dibuja con su báculo las letras del alfabeto latino a lo largo de una línea y las del alfabeto griego a lo largo de la otra, para que el edificio, que significa precisamente la creación transportada a aquel lugar sagrado del que nace, contenga en sí la quintaesencia de todos los elementos del universo...

Agustín, con el magnífico estilo que le es propio, ve en cambio la historia como un carmen pulcherrimum decurrens per tempora: un canto absolutamente estupendo que discurre a través de los tiempos.

¿No es cierto que esta idea sugiere de nuevo, y esta vez a partir de la composición tipográfica, la imagen del libro —en el conjunto ordenado de sus signos recíprocamente relacionados— como símbolo del Todo?



III



Permitidme ahora, amigos míos, que interceda en favor de los libros, y espero que no lo consideréis una pedantería. Los libros necesitan de esta intercesión porque no siempre —se podría incluso decir que raramente— están en buenas manos.

¿Cómo se trata a un libro cuando se le aprecia? ¿Qué podemos exigir de su propietario?

Lo primero de todo, que lo tenga limpio —una exigencia obvia en sí misma pero, en realidad, no siempre cumplida—. ¡Qué impresión tan deprimente da un libro sucio! Es como la imagen de una persona descuidada y maltratada por los que la deberían honrar.

La mínima señal de respeto que hay que tener con el libro es tener las manos limpias cuando se le abre y cuidar que esté también limpio el lugar en el que se quiere colocar.

Quien coge en la mano un libro y se da cuenta que está desencuadernado porque el lomo está quebrado en el punto en que dos cuadernillos entran en contacto —de forma que incluso la cubierta se ha dañado— comprenderá de inmediato que quien ha hecho una cosa así no puede amar el libro. Puede ser que ame el contenido del libro, pero no ese singular objeto en el que materia y espíritu se unen de una forma tan excepcional. Un libro se puede utilizar durante muchos años sin que tenga por qué estropearse su encuadernación, de modo que sus páginas se puedan hojear cómodamente porque en la estructura que las enlaza constituyen una unidad firme.

Además, no hay que alisar las páginas con la uña o con el borde de la mano porque se formaría una arruga que estropearía inmediatamente el margen. La página perdería su propia elasticidad y la capacidad de extenderse con elegancia. Le pasaría lo mismo que a su hermana en el reino de la naturaleza, la hoja de la planta, que cuando se la dobla se le quita la feliz flexibilidad que le es propia.

A menos que sea necesario —por alguna finalidad científica o por algún otro serio motivo—, no se debe ni siquiera escribir en las páginas de un libro. Existen páginas a propósito para ello.

El libro habla y, si es bueno, lo que dice es el fruto de una reflexión y un largo trabajo; no hay por qué oponerle, sin más, nuestras observaciones personales. El libro no puede, de hecho, defenderse cuando, de repente, por un impulso o inspiración extemporáneos, se escribe una observación en sus márgenes. ¿No creéis que produce la misma impresión que produciría un grito interrumpiendo un discurso bien ordenado? Y, si se vuelve a leer después, ¿no producen esas observaciones la mayoría de las veces un efecto penoso? Se puede pensar entonces: ¿cómo he podido escribir algo tan desconsiderado, pedante o presuntuoso?, decidiéndose luego a borrar de la página lo que se ha escrito antes.

Se podría tocar otro asunto que constituye un motivo de auténtico conflicto para quien ama sus libros; me refiero al préstamo.

¿Hay algo más obvio que el hecho de que quien posee un libro lo preste a algún otro que quiera leerlo? Porque lo necesita pero no puede obtenerlo, porque la lectura le será beneficiosa, porque es hermoso establecer una relación humana a partir del conocimiento y la alegría que produce la lectura de un mismo libro. ¡La cantidad de experiencias que se tienen en este sentido! ¿Cuánto tiempo pasa antes de que el libro prestado vuelva a su propietario y en qué estado vuelve, hasta el punto de que, a menudo, querría uno tirarlo? Sufre todos lo que hemos llamado abusos que pueden hacerse a un libro. Está sucio; la encuadernación se ha roto; las páginas tienen arrugas y están dobladas; en los márgenes tienen, si no observaciones, garabatos. Y el comportamiento de quien ha tenido prestado el libro es tan cándido y despreocupado que tenemos la impresión de que no ha tenido ninguna conciencia de tener en sus manos libros que eran de otros... Antes uno podía comprarse un ejemplar nuevo pero, ¿y si hoy no existe tal posibilidad? Por no hablar de la imposibilidad de hacerse con muchos libros en nuestros días.

Y llegados aquí resulta casi imposible encontrar el modo de hacer justicia al deber que tenemos con relación a la vida espiritual de otros y la preocupación por nuestros propios libros. Conozco personas que afrontan este conflicto con una decisión radical en un sentido o en otro, sin resolverlo. El conflicto permanece y cada uno ha de encontrar el compromiso que corresponda a la propia situación.

Habría otras cosas que decir del mismo tipo: por ejemplo, que debemos tener los libros protegidos del sol para que el lomo no se desencole... Desempolvarlos de vez en cuando para que el polvo no penetre por el canto de las hojas... Dar la vuelta de vez en cuando a los libros pesados para que el peso de las páginas no tire de la encuadernación unilateralmente hacia abajo, y cosas parecidas.

Baste por ahora lo dicho. Podríais pensar que quizás no sea del todo equivocada la vieja opinión que asocia libros a pedantería, lo que me desagradaría. Amor y pedantería son, en efecto, dos cosas distintas.



IV


Volvamos ahora a lo esencial, es decir, a la reflexión sobre la relación entre el libro y el misterio de la palabra.

¿Qué es una palabra? Se suele decir que es algo «espiritual» creyendo hacerle un favor. Pero de este modo se la volatiliza, porque es plenamente humana, unidad íntima de espíritu y cuerpo. Es un conjunto de tonos y sonidos, articulado por su diversidad, el grado de su fuerza y el ritmo de su movimiento. El hombre introduce en este conjunto lo que está escondido en su espíritu y en su corazón. Yo pienso algo y nadie se entera de ello. Pero después formo una palabra, hecha de sonidos, y os insinúo mi pensamiento o, mejor, la palabra nace en la medida en que el pensamiento toma forma sonora y mi intimidad se abre en la sonoridad de la palabra. Se abre en el espacio que hay entre mí, el que habla, y el otro, el que escucha.

Con esto no estamos hablando del espacio puramente físico, sino del espacio humano, corpóreo-espiritual en sí mismo, constituido por la distancia, exteriormente mensurable, y de la relación personal entre nuestro yo y nuestro tú. El primer elemento siempre existe; el segundo, en cambio, surge a través del interés recíproco en la forma de atención, voluntad de verdad, reverencia, amor, y dura tanto cuanto dura aquél. En este espacio se encuentra la palabra, y mientras resuena mi pensamiento sigue abierto. Pronto el sonido se apaga; vuelve a introducirse el silencio, y el pensamiento se esconde de nuevo; pero ahora no sólo se esconde en mí, sino en el otro en cuanto lo ha oído y lo lleva en su espíritu.

El otro responde —y qué hermosa es la expresión ant-wortet, forma la contra palabra—, y el misterioso proceso se cumple en el retorno desde él a mí. Hablo de nuevo, ahora como una nueva respuesta, y así el pensamiento se desarrolla. En el intercambio entre persona y persona se cumple comunicación y contra-comunicación, se expresan acuerdo y contradicción y el sentido de lo que se ha entendido se hace cada vez más claro: se cumplen verdad y comunión en la verdad.

Todo esto es ya, de por sí, la palabra. Pero hemos de explicamos con más precisión: la frase. Lo primero que viene no son palabras que pueden ser luego ordenadas en unidades superiores; creer esto sería mecanicismo. Antes que nada aparecen enunciados, actos de conocimiento, es decir, frases. La palabra es un elemento del acto de conocimiento; y tal es, a priori, su función en la frase. Pero no queremos perdernos en la filosofía del discurso. Sean palabras o frases, en cualquier caso resuenan, para inmediatamente apagarse.

Y llegados aquí, el hombre ha conseguido algo maravilloso gracias a lo cual vence el caos. Esta vez, se trata del caos que se llama «olvido»: está en condiciones de fijar en signos permanentes la palabra cuyo sonido muere. En la forma sonora de la palabra, el espíritu había encontrado ya el propio cuerpo. Sin embargo, el sonido era sólo temporal, y así era también temporal su cuerpo. Ahora el hombre le encuentra, por decirlo de alguna manera, un segundo cuerpo que no pertenece ya al mundo del oído, sino al del ojo. Cada sonido se transforma en una figura visible, en un signo gráfico; la palabra hablada se transforma en palabra impresa, y el argumento tiene lugar ahora en las páginas del libro.

El libro es, por tanto, un discurso que permanece incluso después de haber sido pronunciado: gracias a los signos, que tienen la propiedad de la duración, el lector puede hacer que la palabra se repita continuamente. Naturalmente, de esta forma se hace claro también qué debería ser la lectura: un despertar del discurso hablado. Cuando un hombre de la antigüedad tomaba un libro en sus manos —o mejor, un rollo de escritura; el libro tenía para él una figura distinta que para nosotros—, no leía sólo con los ojos, sino que pronunciaba las palabras a media voz. Tenía de esta forma la garantía de que se hacía evidente la forma entera de la palabra y de la frase. Hablaba y escuchaba al mismo tiempo y, escuchando, controlaba la propia lectura.

Nosotros, hombres de hoy, leemos callando, y con esto corremos el peligro de no captar hasta el fondo el sentido de las palabras. Los ojos se deslizan de un signo a otro, el intelecto se dirige inmediatamente a sus significados; cae el elemento corpóreo. En esto se encuentra el objetivo de aprender a leer, sobre todo cuando se trata de libros en los que es esencial la sonoridad de la palabra; cuando se trata de lenguaje estilísticamente elaborado, sea prosa o poesía. Cosas de este tipo, cuando se leen, habría que referirlas al discurso hablado. La ganancia sería grande.

¿No resulta maravilloso, una vez más, de lo que es capaz el libro? ¿La posibilidad, siempre abierta, de que la palabra hablada vuelva nuevamente a la vida?

Se objetará, no obstante, que existen dos formas diferentes de escribir y, por tanto, dos formas diferentes de libros; y es verdad.

Existen libros auténticamente hablados. A menudo han nacido de un discurso, sencillamente: conferencias o conversaciones puestas por escrito, que se han vuelto a elaborar posteriormente. O, por lo menos, el escritor, mientras escribía, hablaba interiormente a alguien: a hombres determinados, a los que consideraba destinatarios de su palabra, pero también a un público indeterminado de oyentes, «a los jóvenes», o «a los espíritus en búsqueda», o a personas que se interesaban por los mismos argumentos que el autor. Libros de este tipo se reconocen de inmediato: por su inflexión, por la estructura de sus frases, por el modo en que desarrollan los pensamientos. En ellos papel y escritura son sólo dos sustitutos: se vuelven vivos de verdad cuando se leen en voz alta.

Otros, en cambio, se «escriben» de un modo especial. Sus frases tienen una relación esencial con el folio y con la pluma. Para ellos, la lengua es un material que modela y con el que se construye. Lo escrito se localiza en el mismo espacio en el que se localiza una obra de arte, a la espera de que alguien lo visite. También este tipo de libro es bueno. De este modo, de hecho, han nacido los mayores escritos; las auténticas «obras». En torno a ellos, la soledad parece reinar y circundar al escritor y a su obra. No obstante, también estas obras son habladas, si bien lo son en un modo distinto y se dirigen a otro oyente. Quien habla en ellas, se habla a sí mismo; a la existencia o, en un sentido extremo, a Dios. Es siempre, por tanto, un discurso y la auténtica lectura debe conseguir hacerlo sonoro; pero el sonido es otro.

De todo lo dicho, resulta clara otra relación: la del libro con la memoria; con esa misteriosa capacidad, propia del hombre, de hacer llegar del pasado al presente todo lo que sucedió antes, pero —y esto es esencial porque, de otro modo, el recuerdo perdería la propia dimensión espacio-temporal y se transformaría en locura— sin olvidar que es pasado. Es más, hablando con propiedad, lo absolutamente caduco no existe. Todo acontecimiento continúa en los nuevos que él mismo suscita. El mundo es, pues, por decirlo de alguna manera, la gran memoria en la que todo lo que ha existido existe todavía. Pero se trata de una memoria que no se conoce a sí misma; es la fuerza capaz de conservar al ser.

Solamente en el hombre se revela la auténtica memoria, la de la conciencia. Las imágenes de lo que me ha sucedido, de lo que ha tenido lugar en torno a mí, permanecen en mí y se ordenan dentro de mi vida interior, de modo que allí se recoge una cantidad incalculable de imágenes. Conservadas en su forma más perfecta: no acumuladas caóticamente, sino ordenadas de manera vital; siempre terminadas, pero nunca absolutamente cerradas; en movimiento, pero que se pueden aferrar en cualquier instante.

En el décimo libro de sus Confesiones, Agustín escribió sobre este argumento algo que es imperecedero. Percibimos su conmoción cuando dice: «Grande es la virtud de la memoria y algo no sé qué de horrendo, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma; y esto soy yo mismo. ¿Qué, pues, soy, Dios mío? ¿Qué naturaleza es la mía? Vida varia y multiforme y sobremanera inmensa. Ved aquí los campos, antros e innumerables cavernas de mi memoria —llenos innumerablemente de los géneros innumerables de cosas, ya por sus imágenes, como las de todos los cuerpos; ya por presencia, como las de las artes; ya por no sé qué nociones o notaciones, como las de los afectos del alma, las cuales, aunque el alma no las haya padecido, las tiene la memoria, por estar en el ánimo cuanto está en la memoria— a través de las cuales discurro y vuelo de aquí para allá, y penetro cuanto puedo, sin que dé con el fin en ninguna parte. Tanta es la virtud de la memoria, tanta es la virtud en la vida de un hombre que vive mortalmente»

Ahora bien, en el contexto de lo que llamamos «memoria» se inserta también el libro. Lo que está escrito es, por decirlo así, memoria objetiva. Está a mi disposición, y puedo servirme de ella en cualquier instante. Entonces empieza a hablar, y lo que existió hace tiempo se hace presente...

No hemos de ocultar que la escritura es también destructora de la memoria. Antes que historia, sabiduría y poesía fuesen escritas y leídas, se transmitían de generación en generación, a través de una tradición viva. La investigación ha reconocido el grado de fiabilidad de esta tradición. Quien haya tenido la ocasión de constatar la amplitud de la memoria de analfabetos dotados de talento sabe que el progreso que supone la posibilidad de escribir y leer tenía que pagarse con una pérdida.

Si todo esto es así —y tendríamos todavía mucho que decir, ya que la argumentación es interminable—, ¿no es entonces el libro, verdaderamente, la quintaesencia y el símbolo de la vida humana?

Se comprende bastante bien la veneración que épocas antiguas alimentaban respecto a las cosas escritas. Se trataba de algo no únicamente útil y precioso, sino de algo misterioso que suscitaba un respeto reverencial. La palabra escrita podía constituir, sin duda alguna, una fórmula de poder, en el sentido de exorcismo, protección o maldición. Un eco de este sentimiento, liberado de toda sordidez, se escucha todavía cuando consideramos la reverencia que Francisco de Asís tenía frente a la palabra escrita. Él, que había rechazado todo para ser completamente libre; que, temiendo la avidez de la posesión, no había permitido a los suyos tener ningún libro, levantaba del suelo cualquier cosa escrita que se encontrase, incluso el papel más pequeño, y lo alababa.

Tenía también la costumbre de interrogar al Libro Sagrado, costumbre que todavía hoy se cultiva en algunos lugares. En la Leyenda de los tres compañeros se cuenta: «Cuando terminaron de rezar, el beato Francisco cogió el libro cerrado (los Evangelios) y, arrodillándose ante el altar, lo abrió. Se topó de inmediato con el consejo del Señor: «'Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo'». No digamos precipitadamente que se trata de una superstición. Una misma actitud tiene distintos significados en la vida de personas diferentes. Lo que hizo Francisco tiene que ver con la relación que tenía con Dios presente y con el texto de la Sagrada Escritura. Se sentía guiado en todo momento por la voluntad divina y estaba dispuesto a obedecer inmediatamente; pero la palabra de la Escritura era para él palabra que Dios dirigía a su servidor.



V


Y ahora nuestros pensamientos tendrían que dar otro paso: deberíamos preguntarnos qué significa el libro en el contexto de la vida humana. Me apresto a decir que no nos va a ser posible porque terminaríamos agarrados por la riqueza y la complejidad de la historia. Sólo algunos rasgos llevarán a término nuestras consideraciones.

Habría que hablar, por ejemplo, del libro en el que se narra la historia de un pueblo. Y no me estoy refiriendo a la narración como recuerdo de un individuo, o como resultado de la investigación histórica, sino en el sentido en que ese pueblo hace historia, que tiene en sí mismo algo que funda, forma y conserva.

Pensemos, por ejemplo, en la escena que encontramos en el Antiguo Testamento, en el libro de Ester: «Aquella noche el rey no lograba conciliar el sueño. Entonces mandó traer el libro de los anales o crónicas. Se los leyeron. Y allí se contaba cómo Mardoqueo (...)», padre adoptivo de Ester, salvara la vida del rey Asuero, sin recibir ninguna recompensa, cambiando en adelante su destino y el de todo su pueblo (Est 6,1ss)7. El libro conserva aquí la memoria de lo que, según el narrador, es significativo para la vida del reino. Para los sucesores, el soberano y el pueblo, es una fuente de sabiduría y guía para el recto comportamiento.

O bien pensemos en el libro que recoge el ordenamiento legal vigente, el código. No sólo significa la agrupación de las leyes en vigor, sino que representa el orden mismo.

Sobre él se encuentra —provocando una cierta repercusión incluso sobre nuestro tiempo, un tiempo de realismo escéptico—un poco de aquel poder para domar el caos de las pasiones humanas, inherente a la ley que los fundadores del Estado habían recibido de la sabiduría divina.

Pensemos también en el significado de los libros que contienen los clásicos. Para la cultura occidental tienen un sentido concreto —sentido que, con un acento distinto, pero quizás aún más fuerte, se encuentra también en la cultura china—. No representan simplemente textos bien escritos, sino que han nacido con un especial favor de la historia.

Para que surja el fenómeno clásico han de concurrir no pocos elementos. Todo lo dicho hasta ahora debe ser fuerte en el contenido y claro en la forma. La palabra debe situarse en un nivel alto de cultura personal y objetiva —por otra parte, no debe excederse en finura, sino que debe acoger de la sencillez de otros tiempos un soplo de frescura y esencialidad originaria—.

Última cosa que no hay que olvidar: el modo en el que nacen estas obras no ha llegado a ser todavía, a causa de la escritura, algo que podamos dar por descontado. Hay en todo esto una cierta medida de excepción y rareza, de vocación y de gracia, de forma que la obra puede imponerse sobre otras y tiene tiempo para enraizarse como modelo en la conciencia de la comunidad. Por este motivo los clásicos tienen un no sé qué de intangible y de normativo. Penetran de manera siempre nueva en la vida de las generaciones siguientes y determinan su formación espiritual. Un volumen que contenga La Odisea o La Divina Comedia, el Fenón de Platón o el Tao-te-king, tiene un valor ejemplar en su concreta corporeidad: semilla y monumento, alimento y juicio al mismo tiempo.

También hay libros que se utilizan en el culto y que contienen las prescripciones para la administración de los sacramentos, el ritual, los textos para las formulaciones sagradas, la lectura y la oración. Cuando un libro de este género se levanta en alto, con gesto solemne, colocado sobre el altar o sobre el púlpito, se percibe con gran intensidad la unidad de forma tangible y contenido espiritual, de entendimiento concreto y estímulo omnicomprensivo, de lo que ha llegado a ser historia y lo que es permanentemente válido.

Y llegamos por fin al «libro» por excelencia, la Biblia. Es el conjunto de las Escrituras sagradas, biblia; es el diseño mediante el cual, en forma siempre nueva, la revelación habla al hombre como palabra de Dios. Habla a cada hombre, puesto que, si bien ha sido escrita en determinadas épocas, viene, sin embargo, de la eternidad y, por eso, es siempre contemporánea.

El libro está ante nosotros como una figura originaria. En él se reasume la existencia.

Su fecundidad, pero también sus peligros. De hecho, si el libro nos puede por una parte ser gratificante, consolarnos y darnos ánimos, ¡con cuánta profundidad puede también inquietar, engañar y destruir!



Pero no quiero pararme en este punto porque mi intención era, precisamente, la de pronunciar el elogio del libro y no la de acusarle.

Esta conferencia fue pronunciada por el autor en el año 1948 y dirigida al Leibniz Kolleg de la universidad de Tubinga.

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