Rev Cubana Salud Pública 2000;26(1): 12-6



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El mito de la desvinculación y falta de compromiso.

El ansia de vivir de la inmensa mayoría de las personas de la Tercera Edad y su alto grado de participación, favorece el encargo social, al cual están llamados los miembros, de este grupo poblacional. El hecho de que no exista un horario laboral estricto, no implica que no haya un compromiso y una responsabilidad familiar, con sus amigos y los grupos sociales en los cuales se desenvuelven; sienten la necesidad de sentirse útiles, dan sus opiniones y toman decisiones, que le permite reforzar su sentido de pertenencia y su compromiso grupal - comunitario, con alto grado de participación.


No hay persona con mayor sentido de la responsabilidad, que el Adulto Mayor. Su sistema de valores lo hace inflexible, en eso de “dar su palabra” y estar presente en eventos, ya sea familiar, grupal o comunitario.

Se consolida la socialización y el deseo de ser tenido en cuenta, a la hora de tomar decisiones. El desempeño de un rol asignado, facilita la integración activa y el proceso comunicativo intergeneracional, estimula la autogestión y el trabajo en tareas de bien común; necesidad de corregir errores y crear nuevas expectativas para él y los demás, lo ayudan a crecer en su dimensión cultural.




  • El mito de la senilidad unido al ”somos demasiado viejos para aprender”.

En estos momentos en que se habla por activa y por pasiva de la educación permanente desde el nacimiento hasta la muerte. La educación formal e informal, sin ser una panacea universal, sí desempeña un papel importante en la socialización del Adulto Mayor, convirtiéndolo en un ente activo de la promoción cultural en su más amplio concepto. Los esfuerzos educativos en la Tercera Edad, deben estar en consonancia, con la convocatoria al saber, desde la participación, lo cual permitirá, una toma de conciencia de sus derechos y deberes, por lo tanto de su responsabilidad en la transmisión de valores y experiencia.

La asimilación de nuevos conocimientos, aptitudes y hábitos puede tener lugar a cualquier edad; sólo requiere que el anciano en un aprendizaje efectivo, posea mayor tiempo y estímulos motivantes. La vejez es un período útil, con satisfactores y potencialidades a descubrir, esto favorece el aprendizaje a partir de un circuito retroalimentación - educación permanente.

La educación en la Tercera Edad, favorece la actitud positiva ante el envejecimiento; ya que retroalimentan antiguos conocimientos, crean nuevos sistemas y construyen ellos mismos el proceso docente educativo; mejorar así su salud física y mental, al aportar un flujo de conocimientos en la elevación del nivel cultural, que promueve estilos de vida saludable; de esta forma, asumir conscientemente su propio envejecimiento, garantiza mejores condiciones de vida, el autovalidismo, la autoestima y los prepara como agentes de cambio.


  • El mito de la edad dorada


El Adulto Mayor está sometido a un mayor stress que otros grupos, enfermedad, jubilación, pérdida de seres queridos y otras causales, esto contradice la idea optimista de que esta edad es para no preocuparse y realizarse plenamente, ya que, todo se le es permitido, son el centro de la familia y su única preocupación es esperar pacíficamente el final; los cambios en los sistemas de valores de las generaciones jóvenes y las diferencias en las cuotas de saber y poder en el mundo moderno, hacen que, el llegar a viejo se convierta en algunas latitudes, en lugar de un honor, en una tragedia.
La transformación de la dinámica familiar, el cambio de rol del anciano y las dificultades a las cuales se enfrenta este grupo, hace que las organizaciones no gubernamentales y los especialistas constaten, que el bienestar del Adulto Mayor, no está en la seguridad y asistencia, ni en “la importancia museable”, que algunos le confieren, si no en la verdadera promoción de una dimensión cultural del desarrollo en la Tercera Edad.
Las investigaciones y diseños de políticas deben centrarse más, en esta dimensión. No se puede seguir considerando al Adulto Mayor, como un número, una carga, sino en lo que realmente es: una persona en desarrollo.

A estos mitos y a otros más, nos enfrentaremos en el proceso de cambio, donde el anciano es protagonista del trabajo cultural, social y cotidiano. La importancia que para una persona mayor adquiere el entorno, es otro de los aspectos a tener en cuenta, su barrio, vecinos, amigos y familiares, adquieren una relevancia creciente en el momento en el cual, según lo establecido, más necesitan de ellos.


Habría por tanto, que empezar a ver la vejez como una edad privilegiada, ya que rotos los mitos y desterrados los prejuicios, el anciano puede empezar a realizar aquello con lo que siempre soñó, pero no pudo o no supo. Es el momento de disfrutar la retribución social del trabajo y esfuerzo de años, llenar sus espacios con procesos creativos, pintar, bailar, cantar, narrar, escribir, dedicarse a ejercitar su cuerpo, memoria, ampliar lenguaje, estimular su imaginación, contemplar la naturaleza, potenciar nuevos proyectos y todo tipo de actividades deportivas, culturales y sociales.
Un abuelo es una pieza clave en la marcha de la empresa familiar y comunitaria, ya que transmite con puntualidad y exactitud una cultura y un patrimonio, sin lo cual, queda incompleto el acontecer social; por tanto, necesitamos plantear desde diferentes ámbitos, la modificación de la comunidad, sus relaciones intergeneracionales, así como, asumir una responsabilidad social, individual y comunitaria, capaz de iniciar una transformación cultural, en un mundo cuyo avance nos convoca a dar, nuevas respuestas a viejos problemas.
Las necesidades de los Adultos Mayores son por costumbre desatendidas, de la misma manera que las cuestiones minoritarias de antes, como género, medio ambiente, los derechos de niños y adolescentes, las cuales son consideradas de una forma rutinaria. La utilidad del anciano está fundamentalmente en su experiencia, conocimiento de la vida y capacidad de respuesta, esto de hecho, se convierte en un valor de cambio, para establecer relaciones de igual a igual, con sectores más jóvenes dentro de la comunidad. Empezar a tomar conciencia de todo lo que se haga hoy por ellos, camino que estamos marcando y por el que inexorablemente pasaremos algún día, por tanto la preparación es obligada.
La dimensión cultural del desarrollo, favorece la aparición de proyectos que colocan al Adulto Mayor en el lugar que verdaderamente le corresponde, sin paternalismo, discriminaciones, maltratos o complacencias. Los proyectos diseñados para el Adulto Mayor, deben de estar orientados realmente, a la dignidad de la persona mayor, como miembro activo de la sociedad y constructor de su historia personal y de la memoria colectiva, o sea, no es más que, incorporar al quehacer cultural, a sus proyectos e intervenciones, la dimensión humana del desarrollo, a partir de estrategias participativas, en el fomento de un cambio de actitudes, voluntades y valores, que proporcionen una mayor realización, en planos individuales, grupales y comunitarios.
A diferencia de otros cambios sociales y económico mayores, el envejecimiento es posible predecirlo con cierto grado de confiabilidad y antelación. Esto permite a los que formulan política, una oportunidad de desarrollar y adaptar las estrategias, para satisfacer la necesidad de la Tercera Edad del mañana. De no hacerse, el envejecimiento poblacional sería la próxima crisis del mundo en vías de desarrollo.
La reunión de la comisión para el Desarrollo Social de la ONU (CDS) en febrero de 1998 indicó que el Programa en Envejecimiento de la ONU, debe trabajar todas las aristas de la promoción humana en colaboración con UNDP, se impone por tanto una revisión del pensamiento e imaginario, ya que, UNA POBLACIÓN QUE ENVEJECE NO ES UNA CARGA, SINO UN POTENCIAL ÚTIL A DESARROLLAR E INTEGRAR SOCIAL Y COMUNITARIAMENTE.


4. LA ACCIÓN SOCIOCULTURAL EN LA TERCERA EDAD. (DOCUMENTO 4)

Autora.

MsC. MARIA AMELIA GONZALEZ BRANIELLA

2001

De las culturas antiguas orientales llegó a griegos, romanos, y hebreos la idea del “SOPLO O CUANTUN DE VIDA” al ser creado el hombre por un ser supremo, dicho aliento vital, se va consumiendo con el tiempo hasta llegar la muerte. Esta creencia, tiene una fuerte base de la paleomedicina euroasiática (Estudio de las ideas, acerca de la enfermedad, vejez y muerte, que tenían pueblos muy primitivos ubicados en el noroeste de Europa y zonas de la Siberia, relacionadas con la primitiva capa de población asiática, de cultura muy atrasada) (6) y de la Neuma griega (Premiun, componente vital para los griegos, espíritu, soplo, aliento) (7).

Son famosos los casos recogidos por la literatura, de personas de cientos de años, como los casos de Matusalem, Enoch y muchos más, esto responde a que el promedio de vida de aquella época, estaba entre los 25 y 30 años y las personas que llegaban a la longevidad, se consideraban centenarias como referencia metafórica.

Muchos fueron los filósofos y médicos, que hicieron recomendaciones para prolongar la vida o rejuvenecer. Textos remotos de China refieren, que dormir con jóvenes favorecía un intercambio de energía, al sustraerle el Yang, que retardaría la decrepitud.

En la Biblia existen varias historias relacionadas con el intercambio del soplo de vida, una de ellas es la del Rey David, viejo ya no podía guardar el calor de su cuerpo y para esto se le ofreció la joven sunamita Abisag; de este relato, parte el principio del sunamismo, o cuidado y convivencia con los ancianos por parte de personas más jóvenes.

Las civilizaciones clásicas nos brindaban dos paradigmas de imitación: los héroes, valientes, hermosos, audaces, de corta vida, cuyas hazañas les otorgaban la inmortalidad; y los ancianos, los cuales con su saber promovieron el ideal del hombre estoico. Los precolombinos compartían esta dicotomía, sólo merecía la pena, morir joven en combate o muy anciano como miembro del consejo.

Nuestra cultura occidental, de tradición judeocristiana, ha rendido culto durante siglos a estos dos modelos; la heroicidad, que enfrentan dificultades y forja el carácter y a la experiencia, adquirida con los años. La vejez es por tanto, la edad de la razón.

En muchas zonas de estructura tribal, el envejecimiento es un proceso de representatividad positivo ya que, él es el sabio, el modelo a seguir, él resistió la muerte y las dificultades, lo cual sirve de inspiración en valores grupales.



En África, el anciano no teme a la muerte, pues le representa un paso, un encuentro con sus ancestros, lo cual garantiza una acción benéfica y sagrada por la comunidad Lo que para los cultos occidentales son síntomas de decrepitud: pérdida de memoria, aislamiento, sordera y ceguera, son para ellos, una transformación hacia una fase superior de desocialización, es ponerse en contacto con sus antepasados, hablan y ven a los espíritus, no poder caminar, refleja un franco proceso de metamorfosis para convertirse en espíritu, mientras más viejos, más sabios y sagrados.
En las sociedades occidentales, el enfoque es diferente, aún en aquellos países con tradición judeocristiana, donde la gerontofilia, fue piedra angular de un sistema de valores y costumbres; la vejez, es considerada como un período de soledad, incapacidad e inutilidad social, donde ser viejo es sinónimo de carga y dependencia.

El primer mundo, hace esfuerzos y programas de atención al anciano, para la protección económica y social, pero la visión tenida es profundamente asistencial y económica. Aumenta la segregación por edades, cada vez más agresiva, al establecer una separación intergeneracional pronunciada entre jóvenes y viejos, los cuales, realizan actividades diferenciadas, en territorios separados y en momentos del día distintos.

En algunos países existen barriadas o pueblos, sólo habitados por Adultos Mayores, donde el intercambio intergeneracional, la armonía de las edades y la transmisión de ideas, experiencias y tradiciones se ha roto. Aparecen nuevos valores favorecedores del individualismo, discriminación y aislamiento. La solidaridad se debilita y se rechaza la maravilla de la reciprocidad entre generaciones.
Culturalmente el rechazo a lo viejo, la pérdida de valores humanos solidarios, pragmatismo y el rejuego de nuevos valores utilitarios, hace que la gerontocrasia sea ya, un concepto obsoleto en muchos lugares del orbe.

Se ha comprobado que los extremos son negativos. No podemos coquetear entre una segregación y una mitificación; lo cual traería como consecuencia, una falta de visión ante esta problemática. Se impone pues, un cambio de actitud que propicie, la ubicación real del anciano en su medio familiar y social.


La utilidad en la familia y en la sociedad, es un objetivo universal de los ancianos; cumple siempre ciertas funciones, mientras conserva su capacidad psicofísica para hacerlo. Hace aportaciones a la familia, su propia presencia es un factor de integración familiar, que aporta continuidad, a la vez es una “reserva activa”, al hacerse imprescindible en situaciones críticas; es árbitro en negociaciones entre generaciones, construye socialmente la biografía familiar, partiendo de datos, relaciones y nexos, recordar o interpretar lo pasado. La familia y la red de parientes, desempeñan un papel importante en la protección del anciano. Cuando las necesidades del anciano, rebasan las capacidades familiares, existen formas aceptadas socialmente para transmitir toda o parte de la responsabilidad a su encargo.
Se evidencia que la modernización, implica cambios en las funciones de la familia más que en su estructura, y la atención familiar, puede producirse de distintas formas, donde la cohabitación es sólo una de ellas.
Cuando más incide el cambio sociocultural en diferenciar generaciones, menor es la inserción del anciano en su familia. Por este y otros motivos, cuando el anciano, no está bien adaptado a su familia, recurre con más frecuencia, a la relación con otros ancianos y a su implicación en actividades asociativas.
El nivel educativo alcanzado, es hoy, un factor que incide positivamente, en su capacidad para velar por sus intereses y para la incorporación activa a las actividades que distintas instituciones promueven o diseñan para ellos.
Las definiciones culturales de las distintas etapas del ciclo vital, son cambiantes en el tiempo, lo cual incide de manera inequívoca, en la variación de los intentos adaptativos y socializadores de los ancianos.
La edad, como criterio de diferenciación, juega un rol en la cultura. El valor adjudicado a ese rol, incide en el valor otorgado a los ancianos y, por tanto, a su situación en el seno de una sociedad. Las normas respecto al establecimiento de barreras de ancianidad, tales como, la jubilación laboral en Occidente o la institucionalización de los incapacitados, son barreras que se establecen, determinadas principalmente por factores demográficos, económicos y educativos.
La adaptación del anciano a la senectud, depende de la existencia de pautas y valores atribuidos a ella en su cultura. La variable que con más frecuencia, se asocia a la satisfacción de los ancianos en su vida, es el control ejercido sobre sí mismo. Esta capacidad de autocorregir la vida, depende tanto, de la habilidad personal para plantear las estrategias correctas, que han de satisfacer sus necesidades y tomar para ello las oportunas decisiones, como de las posibilidades que sus condiciones sociales, le ofrecen para llevarlo a cabo.
Los valores, que son variables por criterio de edad, pueden llegar a ser contradictorios. Al alcanzar la vejez, los individuos se verán impulsados a tomar valores y asumir actitudes, que chocan con los que se les había impuesto, durante toda la vida. La adaptación del anciano será entonces, tanto más difícil, cuanto mayor sea esta discrepancia y más difícil sea responder adecuadamente a las expectativas.

La desvinculación de los ancianos, es parte de los procesos generales de alienación, lo cual reviste una particular intensidad en las sociedades industrializadas de Occidente; se van distanciando del medio social, dando una posibilidad a su desaparición psíquica y social, reforzada de la muerte.


Los Adultos Mayores que pueden mantenerse activos más tiempo, vinculados a sus relaciones habituales básicas, están más satisfechos y mejor integrados, la vejez se valora universalmente como adecuada, cuando existe seguridad, respeto por parte de otros y posibilidades de ser socialmente útil. Todas las sociedades distinguen entre ancianos competentes y dependientes. Será más valorado cuanto más competente y participativo sean; el respeto es un factor de adaptación cultural que beneficia al anciano.

Los estereotipos de los ancianos, como otras imágenes, constituyen expectativas que cambian con el tiempo; son compartidas en el seno de una cultura por personas jóvenes y viejas de igual manera.


La ancianidad es una etapa culturalmente pautada, que se caracteriza por la escasez de roles y por la ambigüedad de los que asumen. Supone, para el individuo, el tener que hacer un ajuste a causa de esa pérdida, por tanto, lo importante no es la edad cronológica, sino cuando se define culturalmente su retirada de los roles sociales. Es una etapa vulnerable de la vida, pues la autoestima y el sentido de la utilidad a veces no se tienen, en una escala de valores positiva.
En algunos lugares y sociedades “los ancianos pueden llegar a ser aculturales”. Viven afuera y aparte del cuerpo disponible de tradiciones, que constituyen la pauta cotidiana de los más jóvenes, la causa sería el proceso de desculturación. Es posible que el núcleo de una cultura esté centrado en torno a la etapa joven de la vida, antes de iniciar el declive. Llegado el momento, éste va vaciando de contenidos culturales la vida, dando lugar a la situación antes expuesta.
El sistema cultural, entendido aquí como sistema de valores, prestigio y jerarquías creadas sobre esas bases, es una variable de primer orden, que determina de manera muy importante las posiciones y condiciones de adaptación de los ancianos. Las ideas que se tienen sobre ellos, afectan sobre todo a sus condiciones físicas y psíquicas, y a sus características intelectuales, morales y de calidad de vida. Así pues, la posición de los ancianos en la sociedad y aún más, las posibilidades que tienen de adaptarse a ella, dependen en buena medida, de factores normativos e ideológicos. La autoconsideración de su nueva situación mejoran su calidad de vida. El conocimiento acumulado, la experiencia y el tiempo libre disponible en los Adultos Mayores, exigen análisis y atención a la hora de diagnosticar, planear, organizar y diseñar acciones o servicios culturales, destinados a este sector poblacional.
La acción sociocultural va cobrando más importancia en el mundo entero, y en Cuba, ha comenzado a preocupar, dada la proliferación de proyectos culturales y sociales dirigidos a los Adultos Mayores; el problema está en el abordaje, ejecución y la evaluación de los mismos.

Una intervención de este tipo, que no parta de un diagnóstico real, de un estudio profundo de las características del sector al que va dirigido y de la búsqueda de fuentes y antecedentes, difícilmente podrá diseñar una estrategia de impacto.



No sólo debemos partir, del sujeto sobre el cual vamos a incidir, debemos tener en cuenta, edad, sexo, nivel escolar, gustos, preferencias, necesidades básicas, estilos de vida, estado de salud física y mental, potencialidades; además del análisis de los recursos materiales y humanos con que contamos para acometer esta tarea, también es medible, la disponibilidad social comunitaria, dentro del marco de la cultura del envejecimiento.
Es un reclamo asumir un nuevo enfoque y un análisis consciente de un problema abordado con toda la seriedad que requiere; dado el reto que el envejecimiento poblacional impone a científicos y culturólogos en el presente siglo.

  1. Gutiérrez Pedro Los hijos de Matusalen ¿ cuánto puede vivir el hombre?. Revista Bohemia # 16, 31 de Julio de 1997.

  2. . Hernández Castellón El envejecimiento de la población en Cuba. CEDEN, Habana 1995.

  3. . Jiménez Herrero Gerontología. Ediciones CEASA, Barcelona 1993.

  4. Manso Ricardo Gerontología Social. Barcelona 1991.

  5. National Geografic Envejecer, nuevas respuestas a viejas preguntas. Volumen 1 número 2 1997.

  6. . Oficina Nacional El envejecimiento poblacional en Cuba.

de Estadísticas Centro de estudios de población. Mayo 1997

  1. Oficina Nacional Centro de estudios de población. Junio 1997

de Estadísticas Estudio de datos.

    1. “ Anuario demográfico 1996 y 1997.

  1. OM Salud Informe sobre Gerontología y Geriatría 1997.

  2. OP Salud Anuarios estadísticos del 1997.

  3. OP Salud Carta de Otawa. Boletín Único. Volumen 3, Julio 1987.

  4. . Pszemiarower. R Calidad de vida y desarrollo en la vejez. Barcelona 1992.

  5. . UNESCO Asamblea mundial sobre envejecimiento. Viena 1982, Boletín.

  6. UNESCO Revista Correo. Octubre 1982.

  7. UNESCO Revista Correo. Enero 1999.

  8. . UNESCO Encuesta sobre educación de adultos. Revista Tercera Edad, 1997-1998.

  9. . Vandomulbrok P. La educación de adultos como procesos. Edición popular, Madrid 1999.







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