Reproducción social estratificada: El trabajo doméstico remunerado en México y la interacción entre mujeres de estratos medios y populares



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Reproducción social estratificada: El trabajo doméstico remunerado en México y la interacción entre mujeres de estratos medios y populares1
Stratified social reproduction: Paid domestic work in Mexico and the interaction between middle- and working-class women

Georgina Rojas García2 y Mónica Toledo González3


Resumen

En esta investigación, de carácter cualitativo, tenemos dos objetivos entrelazados. Por un lado examinar las maneras en que las mujeres resuelven o hacen compatibles sus responsabilidades domésticas y las extra-domésticas. Y por otro lado, nos interesa analizar las relaciones que se establecen entre dos grupos de mujeres: las que compran fuerza de trabajo para realizar tareas de trabajo doméstico –empleadoras—y aquellas que venden su fuerza de trabajo para realizar dichas actividades, es decir, las empleadas domésticas. Proponemos explorar la importancia que reviste el trabajo doméstico remunerado en la interacción de ambos grupos de mujeres y cómo a través de tal actividad se reproducen las relaciones de género y las posiciones de clase. Retomamos el concepto de “reproducción estratificada” (Colen 1989 y 1995), que se refiere a las maneras diferenciadas en las que se resuelven las tareas de reproducción física y social, con base en las desigualdades de clase, raza, pertenencia étnica o género. En nuestro análisis incluimos dos diferenciadores fundamentales que explican esta reproducción estratificada: El género y la clase social.


Palabras clave: Trabajo doméstico remunerado; participación femenina en la fuerza de trabajo; interrelación entre género y clase social; reproducción social estratificada; mujeres de sectores medios y mujeres de sectores populares.

Abstract:

This qualitative research has two intertwined goals. On the one hand, we examine the ways in which women reconcile domestic with extra-domestic duties. On the other, we analyze the relationships between two groups of women: those who buy domestic labor–employers—and those who sell it—domestic workers. We explore the importance of paid domestic work in interactions between the two groups of women and the way domestic work reproduces both gender relations and class status. We draw on the concept of “stratified reproduction” (Colen 1985 and 1995), which refers to different ways of carrying out physical and social reproduction rooted in class, race, ethnic, and gender inequalities. Our analysis we include two fundamental differentiators that explain the stratified reproduction: gender and social class.


Keywords: Paid domestic work; women’s participation in the labor force; interrelationship between gender and social class; stratified reproduction; middle- and working-class women.

Introducción

Se ha llamado la atención sobre una característica de las mujeres trabajadoras que ha acompañado a la creciente participación femenina en las actividades económicas en las últimas décadas: El perfil de la mujer joven, hija de familia que entra al mercado de trabajo antes de unirse en pareja y sale del mismo al contraer matrimonio o tener hijos, es asunto del pasado (García y Oliveira 1994; Bayón, et al., 2002; Pedrero, 2003; García, 2007; Rendón 2008). Pero a pesar de la creciente participación económica femenina y su permanencia en la fuerza de trabajo, se ha reportado también que poco han cambiado los márgenes de relativa autonomía de la mujer frente al esposo y persiste la identificación social del espacio privado o la esfera de la domesticidad como ámbito eminentemente femenino (Benería y Roldán, 1992; García y Oliveira 1994; Wainerman, 2000, Ariza y Oliveira, 2001).

Las repercusiones de lo anterior tienen que ver, al menos, con la necesaria búsqueda de la mujer de hacer compatibles su participación en la fuerza de trabajo y el cumplimiento de las responsabilidades domésticas que le han sido socialmente adjudicadas, que ella asume y, además, reproduce.

En este trabajo argumentamos que, con base en el reconocimiento de las obligaciones morales de las mujeres, dadas por los roles tradicionales de género –que históricamente ha asignado a las mujeres las responsabilidades de esposa, madre y ama de casa—ellas establecen arreglos que les permiten primeramente cumplir con sus compromisos domésticos y, a partir de ahí, participan en el trabajo extra-doméstico. La elección de estos arreglos, depende de la posición dentro de la estructura social donde se ubiquen las mujeres.

Tenemos dos objetivos entrelazados, por un lado examinar las maneras en que las mujeres resuelven o hacen compatibles sus responsabilidades domésticas y las que han adquirido en la esfera extra-doméstica. Y por otro lado, nos interesa analizar las relaciones que se establecen entre dos sectores de mujeres: las que compran fuerza de trabajo para realizar tareas de trabajo doméstico –empleadoras—y aquellas que venden su fuerza de trabajo para realizar dichas actividades, es decir, las empleadas domésticas.

Proponemos explorar la importancia que reviste el trabajo doméstico remunerado (TDR) para develar cómo mujeres de diferentes estratos socioeconómicos logran la integración de sus tareas domésticas y extra-domésticas y cómo se reproducen las relaciones de género y las posiciones de clase. A partir de la información empírica que se presenta, proponemos el eje analítico de la “reproducción estratificada” (Colen 1989 y 1995) que se refiere a las maneras diferenciadas en las que se resuelven las tareas de reproducción física y social, con base en desigualdades de clase, raza, pertenencia étnica o género. En nuestro análisis incluimos dos diferenciadores fundamentales que explican esta reproducción estratificada: El género y la clase social.

Enfatizamos que el hecho de que sean dos mujeres quienes establecen esta relación directa, a partir del nexo laboral, responde a las construcciones de género que asignan a las mujeres una posición de subordinación dentro de los sistemas sociales. Las relaciones de género, de acuerdo con Bastos (2007) implican alteridad y jerarquía, igualmente, agregamos, las de clase social. La empleadora, según su socialización en la familia de origen y reforzada por la práctica diaria aprende a “llevar la batuta”; la empleada, frente al limitado espectro de posibilidades de trabajo, asume que su posición es la de “un burrito de carga”, en las palabras de las propias participantes en el estudio.

Si bien el concepto de reproducción social, debe ser desglosado en diferentes “reproducciones” como señala Narotzky (2004), en este trabajo nos centramos en la que la autora denomina “reproducción de la fuerza de trabajo”4. Ésta incluye las tareas tendientes al mantenimiento cotidiano de los trabajadores y a la “distribución de los agentes en posiciones dentro del proceso laboral en el transcurso del tiempo” (Narotzky, 2004: 227, cita a Edholm, et al., 1977: 105). Es decir, siguiendo a la autora, la reproducción abarca al trabajo doméstico que implica la transformación de mercancías en valores de uso consumibles, así como la socialización y la ubicación de “las personas en referencia a los medios de producción y a los medios de subsistencia” (Narotzky, 2004: 227).

¿Cómo entonces llevan a cabo las mujeres de diferentes estratos socioeconómicos sus tareas cotidianas necesarias para la reproducción social?

Nos hemos propuesto presentar las voces de la empleada y la empleadora, es decir, las dos partes que establecen esta relación laboral. En el país, al igual que en otras latitudes, son escasos los estudios que abordan las interacciones entre empleadas domésticas y empleadoras. El debate se ha centrado sobre todo en las condiciones macro-estructurales, como la clase, la pertenencia étnica y la racialización, que inciden en la configuración del mercado de trabajo. De la misma forma, se han explorado con mayor énfasis características y experiencias de las trabajadoras, y se deja de lado la interacción entre ambas participantes.

Para develar las interacciones que ocurren al interior de este empleo, la propuesta fue integrar las voces de las dos personas que deciden iniciar y mantener una relación de trabajo. Si bien inicialmente se buscó tener como unidades de análisis a la díada (empleada y empleadora unidas por una relación laboral), no resultó metodológicamente viable: Se hizo un seguimiento de una díada, pero la trabajadora supuso que la entrevistadora era amiga de su patrona y sólo se obtuvo información escueta y respuestas monosilábicas. En razón de estos posibles sesgos se optó por captar información de ambas, las empleadas y las empleadoras, pero que no formaran una mancuerna.

La información sobre la que se basa este texto es de carácter cualitativo, fue recopilada en el período que comprende de junio de 2010 a julio de 2011. Si bien la información fue captada en campo a través de diferentes herramientas, como observación participante, elaboración de genealogías o el diario de campo, la principal fuente de información utilizada son entrevistas semi-estructuradas y a profundidad a 34 empleadas domésticas y 38 empleadoras en las ciudades de México y Tlaxcala.

El criterio de inclusión de las empleadas fue que trabajaran en el momento de la investigación o que hubieran laborado como empleadas domésticas (que tuvieran menos de tres años sin ejercer esa actividad). Las empleadoras participantes fueron las mujeres que contrataran empleadas domésticas (que tuvieran menos de un año sin empleada). Cabe aclarar que la modalidad de trabajo (de planta o de entrada por salida)5 no constituyó un filtro para la selección de las participantes, pues se encontró que algunas mujeres han desarrollado y han contratado ambas modalidades a lo largo de sus trayectorias.

El análisis de la información que proponemos se apega a los lineamientos de la Teoría Fundamentada (grounded theory), la cual tiene como premisa básica hallar teoría en los datos, es decir, crear conceptos y teorías a partir de los datos recolectados en el campo y no del marco teórico construido a priori6 (Atkinson, 2003).

La estructura del texto es la siguiente: A continuación dedicamos un apartado a examinar el debate sobre el contexto de segregación laboral en que se ha registrado la mayor participación económica femenina y enmarcamos la importancia del trabajo doméstico remunerado ofreciendo algunas cifras de sus niveles y tendencias en México. Posteriormente describimos en forma breve los lugares en que se llevó a cabo la investigación de campo y proporcionamos información socio-demográfica básica de las empleadas domésticas y empleadoras participantes en el estudio. En las secciones siguientes discutimos el papel del trabajo doméstico remunerado en torno a la integración de las tareas domésticas y extra-domésticas de las mujeres, así como en la reproducción estratificada. Después ofrecemos nuestros comentarios finales.
Mayor participación económica femenina en un contexto de segregación laboral

La mayor participación económica femenina a partir de la década de 1980 ha sido una de las principales tendencias identificadas no sólo en México, sino también para la región latinoamericana y en otros lugares en el mundo (ver, entre otros, Standing, 1989; Rendón y Salas 1993; García, Blanco y Pacheco 2000; Galin y Pautassi, 2001).

En una revisión breve de las tendencias de la participación femenina en México desde mediados del siglo pasado, se ha estimado (García y Oliveira (1997) citan a Morelos (1972)) que en 1950 sólo 13% de las mujeres de 12 años o más se declaraba como económicamente activa y hacia 1970, la cifra llegó a 16%. Hasta 1970, de acuerdo con las autoras, la todavía limitada presencia femenina en el mercado iba acompañada del perfil de la mujer trabajadora joven y soltera, pues el grupo de edad con mayor participación era el de 15 a 24 años. Si bien la entrada femenina a la fuerza de trabajo creció durante la década de los setenta (en 1979 la tasa de participación era de 21.5%) y aumentó la presencia de mujeres de otros grupos de edad, García y Oliveira dejan ver que aún no se consolidaba el cambio del perfil de la trabajadora, pues la mayor participación se observaba entre las mujeres solteras y de quienes estuvieron alguna vez unidas –separadas, viudas y divorciadas.

García y Oliveira (1997) destacan lo que ha sido confirmado por diferentes fuentes: Fue entonces en la década de 1980 que no sólo se aceleró la participación de la mujer en la esfera laboral, sino que ésta vino acompañada del cambio de rostros y trayectorias previas. En 1991, de acuerdo con las cifras de las autoras, la tasa de participación femenina fue de 31.5% y era el grupo de edad de 35-39 años en que presentaba la tasa más alta; pero hacia 1995 se ampliaba el espectro de edades, pues las mujeres de entre 25 y 39 años tenían las tasas más elevadas. Se ha documentado entonces (García y Oliveira 1994 y 1997; Bayón, et al., 2002; Pedrero, 2003; Rendón 2008) que las mujeres han incrementado su participación económica y que no abandonan el mercado de trabajo al contraer responsabilidades domésticas, tales como el matrimonio y la crianza de los hijos.

Esta tendencia se ha consolidado plenamente, pues para el año 2000, la tasa de participación femenina, de acuerdo con García (2010) fue de 36%; para el presente año (2013) alcanzó el 43.3%7. Siguiendo los datos de Rojas y Salas (2010), en 2009, en los grupos de edad de 25 a 44 años, las mujeres reportaban tasas de participación por arriba del 60%; asimismo, la tasa de crecimiento anual de la participación económica de las mujeres entre 2000 y 2009 fue del 3.5%, es decir, considerablemente más acelerada que la de los hombres, pues para ellos, tal cifra fue 1.9% en ese periodo.

Ahora bien, ¿cuál es el contexto en que ha presentado la mayor participación económica femenina? En la literatura producida a lo largo de las últimas décadas, se percibe una constante preocupación por las condiciones de inequidad en que se insertan las mujeres al mercado. Una de las manifestaciones de tal desigualdad es la segregación laboral por género (ver por ejemplo, England, 1992).

La segregación laboral se puede expresar a través de la diferencial distribución de hombres y mujeres en las ramas de actividad y las ocupaciones, así como por medio de los ingresos recibidos por su actividad (Rendón, 2008). El origen de esta segregación puede encontrarse en la existencia de características sociales que distinguen a hombres y mujeres y que determinan la categoría de género, haciendo que ciertas actividades sean consideradas como “masculinas” o “femeninas”, según sea el caso. Las mujeres han tendido a concentrarse en actividades socialmente consideradas más “femeninas”, que consisten básicamente en la provisión de cuidados hacia otros, las mujeres tienden a ocupar puestos más bajos que los hombres en la jerarquía ocupacional y, en general, perciben ingresos inferiores a los de su contraparte masculina8 (Pedrero, Rendón y Barrón, 1997; Pedrero, 2003; Rendón, 2008).

Al examinar la existencia de tal segregación en México, Pedrero (2003) encontró que el 98% de las mujeres se concentra en 10 de los grandes grupos ocupacionales en que convencionalmente se clasifica a la fuerza de trabajo, a saber: “profesionales, técnicos, trabajadores de la educación, directivos, artesanos y obreros, trabajadores administrativos, comerciantes, vendedores ambulantes, trabajadores en servicios personales y trabajadores en servicios domésticos” (Pedrero, 2003: 746). Esta distribución se explica, de acuerdo con la autora, no sólo por la tendencia de las mujeres a efectuar actividades reconocidas como femeninas, sino porque las trabajadoras tienen un perfil que difiere del de los hombres. Por ejemplo, mientras casi la totalidad de los hombres en edades centrales reporta que el trabajo es su ocupación principal, no sucede lo mismo con las mujeres.

Entre las principales razones de las tasas de participación más bajas de las mujeres, se encuentra el hecho de que las mujeres asumen como propias “la responsabilidad de la crianza de los hijos, la gerencia del hogar y, en la mayoría de los casos, el trabajo doméstico” (Pedrero, 2003: 738). En los hechos esto las obliga a priorizar y –como es socialmente esperado y la mujer tiende a hacerlo—antepone su responsabilidad doméstica a lo demás, de modo que su participación en las actividades económicas no alcanza los niveles de la fuerza de trabajo masculina.

¿Cómo logran las mujeres hacer compatibles su participación en la fuerza de trabajo y sus responsabilidades domésticas? Pedrero enumera las siguientes posibilidades:


En ocasiones, ambos papeles (de trabajadora y ama de casa/madre) se cumplen simultáneamente, como en el caso del trabajo a domicilio (que abarca 18%), el de quienes se llevan sus hijos al trabajo (vendedoras ambulantes), las que se apoyan en redes sociales (principalmente familiares), o recurren al mercado para cubrir parcialmente su papel “no económico”. Quienes cuentan con mayores posibilidades de recurrir al mercado de trabajo son aquellas con mayor escolaridad, posiblemente porque tienen acceso a empleos con la prestación social de guarderías o porque sus propios ingresos les permiten contratar los servicios que suplen el trabajo doméstico (Pedrero, 2003: 743-744).
En esta investigación enfatizamos la importancia de examinar el papel que juega el trabajo doméstico remunerado (TDR) como uno de los posibles arreglos a los que recurren mujeres de estratos socioeconómicos medios, para conciliar sus responsabilidades domésticas. Así, esta relación laboral la establecen, por una parte, una mujer que contrata a otra para que la supla y, por otro lado, una mujer que realiza dicha tarea específica, misma que le permite obtener ingresos.
La relevancia del trabajo doméstico remunerado

El trabajo doméstico remunerado (TDR) es aquella actividad laboral en la que se efectúan procesos de compra y venta de mano de obra para labores de reproducción cotidiana. Es también una de las ocupaciones más emblemáticas de la segregación laboral por género, pues en México la gran mayoría de las trabajadoras domésticas son mujeres (91.9% en 2012).

El TDR es una actividad laboral que se ha reestructurado en el transcurso del tiempo. En el periodo contemporáneo, durante las décadas de crecimiento acelerado en diversos países latinoamericanos9, se llamó la atención sobre las migraciones del campo a la ciudad y se destacó al trabajo doméstico como una de las vías por las que la mujer –mayoritariamente soltera, joven, migrante reciente—se insertaba a la ciudad y al mercado de trabajo urbano (Arizpe, 1975; Jelin, 1977; Muñoz, Oliveira y Stern, 1977). En años más recientes se ha destacado la inserción de mujeres migrantes de los países periféricos a los países del centro, de ahí que se ha propuesto la existencia de un nuevo orden mundial doméstico (Hochschild, 2001; Sassen, 2010; Colen, 1995; Anderson, 2000; Russell, 2001; Hondagneu-Sotelo, 2007; y Ariza, 2004 y 2010)

El trabajo doméstico, siguiendo a Pedrero (2004), varía según el grado de desarrollo de una sociedad –porque implica, por ejemplo, la disposición de infraestructura o la existencia en el mercado de productos que permiten resolver las necesidades domésticas—y también varía de acuerdo con las características del hogar. En este sentido, dependiendo del tamaño del hogar y de la etapa del ciclo vital en que se encuentre la familia, se requerirá trabajo doméstico más o menos intensivo.

El desglose de las tareas domésticas –remuneradas o no—de acuerdo con Pedrero (2004) y Wainerman (2000), puede ser el siguiente:


  1. Limpieza y arreglo de la vivienda: barrer, trapear, sacudir, lavar pisos, ventanas, puertas; tendido de camas, aseo de cuartos; lavar, tender y doblar ropa.

  2. Alimentación: planeación de la comida, preparación, servir la comida y limpieza de utensilios.

  3. Cuidado de niños, enfermos y ancianos: Hacia los niños, educación, salud, higiene, alimentación, conducta, vigilancia; a los enfermos dar medicamentos, higiene, alimentación, compañía; y hacia los enfermos o discapacitados proporcionar terapias, higiene, alimentación, compañía, dar medicamentos.

Adicionalmente, se han enumerado una serie de actividades consideradas “auxiliares” que consisten en el transporte de los miembros del hogar, la realización de trámites, hacer gestiones y pagos de servicios, hacer compras, planificación y control de las finanzas, entre otras (Pedrero, 2004).

Siguiendo a la autora, cuando esta diversidad de tareas “que alguien tiene que hacer” –como señaló una de las informantes —se pueden delegar a un tercero mediante un pago, el trabajo doméstico se vuelve una actividad productiva.

Con base en la literatura se puede reconstruir la siguiente tendencia respecto de la PEA femenina ocupada en el trabajo doméstico remunerado en México: En 1970 el total de mujeres en el país involucradas en dicha actividad era de 19.8% y una década después (1980) había descendido al 13.3% (Goldsmith, 1993); en 1990, la cifra correspondía al 11.3%, de acuerdo con Jusidman y Eternod (1994).

Información nacional más reciente10 muestra que en 1995 el total de la PEA involucrada en el trabajo doméstico era de 1,347,885 trabajadores, lo que representó el 4.1%, mientras que para 2012, las cifras fueron un total de 2,266,422 trabajadores y el 4.6% de la PEA total. Al interior de la PEA femenina el trabajo doméstico en esos años correspondió al 11.5% en 1995 y acusa un ligero descenso hacia 2012 con el 11.1% de las mujeres ocupadas.

Cabe destacar que el descenso ocurrido en esta ocupación de 1940 en adelante es explicado por Rendón (1990) por la transformación de la estructura económica –en la que destaca el crecimiento del empleo en el sector público, que requirió amplios contingentes de maestras, enfermeras y secretarias; asimismo, en la industria maquiladora, cuyo crecimiento acelerado descansó en el reclutamiento de mujeres jóvenes—y los cambios en el perfil de la fuerza de trabajo femenina, que se volvió más urbana y alcanzó mayor escolaridad. Siguiendo las cifras presentadas, llama la atención no obstante, que si bien en 1970 una de cada cinco mujeres en la PEA en México se dedicaba al trabajo doméstico, el descenso de 1980 en adelante ha sido constante, pero más lento, pues desde 1990 el total de la PEA femenina dedicada al trabajo doméstico oscila alrededor del 11%.

En el Cuadro 1 desplegamos información sobre algunas características de la población involucrada en el trabajo doméstico en el país. Como habíamos señalado, el trabajo doméstico es una actividad de alta concentración femenina (en 2012 el 91.9% eran mujeres). Estos datos confirman la tendencia que se ha reportado para el total de la PEA femenina respecto del estado civil pues el total de mujeres solteras desempeñándose en esta actividad pasó del 44.2% al 31.1% entre 1995 y 2012, creció la cifra de mujeres que viven en pareja (casadas o en unión libre) de 40.2% a 47.7% y la de aquellas mujeres que alguna vez han estado unidas (separadas, divorciadas y viudas) de 15.5% a 21.2%. Sobre la edad, también se confirma que se ha incrementado la importancia relativa de las mujeres en edad primaria pues el grupo de las más jóvenes (de 14 a 24) pasó del 36.3% al 16.4% en el periodo referido, en cambio, el grupo de mujeres entre 25 y 49 años ascendió del 46.9% a 57.5%.
Cuadro 1.

México, perfil sociodemográfico de las empleadas domésticas*,

1995 y 2012 (%)


Características

1995

2012

Sexo

Hombres


Mujeres

Total

10.0

90.0


100.0

8.1


91.9

100.0


Estado civil

Solteras


Unidas (casadas, unión libre)

No unidas (separadas, divorciadas, viudas)

No especificado

Total

44.2

40.2


15.5

0.1


100.0

31.1


47.7

21.2


0.0

100.0


Edad

De 14 a 24 años

De 25 a 49 años

De 50 y más

No especificado

Total

36.3

46.9


16.8

0.0


100.0

16.4


57.5

26.0


0.1

100.0


Escolaridad

Primaria o menos

Secundaria

Bachillerato

Profesional

No especificado

Total

81.8


16.8

1.6


0.4

0.0


100.0

60.3


32.8

5.2


1.7

0.0


100.0

Duración de la jornada (semanal)

24 hrs o menos

Entre 25 y 48 hrs

49 hrs y más

No especificado

Total

32.0

48.7


19.3

0.0


100.0

39.1


45.2

14.4


1.2

100.0


Nivel de ingresos

Hasta 1 salario mínimo

Más de 1 y hasta 2 salarios mínimos

Más de 2 y hasta 3 salarios mínimos

Más de 3 y hasta 5 salarios mínimos

Más de 5 salarios mínimos

No recibe ingresos

No especificado

Total

49.3


40.7

5.8


0.8

0.2


1.0

2.1


100.0

33.0


40.0

18.1


3.6

0.5


0.2

4.7


100.0


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