Raymond a. Moody, jr



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Explicaciones psicológicas
La psicología no ha alcanzado todavía el grado de rigor y precisión que tienen otras ciencias hoy en día. Los psicólogos siguen divididos en escuelas de pensamiento con puntos de vista, aproximaciones a la investigación y entendimientos fundamentales conflictivos sobre la existencia y naturaleza de la muerte. Las explicaciones psicológicas de estas experiencias variarán ampliamente de acuerdo con la escuela de pensamiento a que pertenezca el psicólogo o psiquiatra. En lugar de considerar cada uno de los tipos de explicación psicológica que podrían proponerse, me ceñiré a las que he escuchado con más frecuencia en las conferencias, y sobre todo a una que, en cierta manera, me parece la más tentadora.

Ya me referí antes a los dos tipos de explicaciones más comúnmente propuestos: aquellos en los que se da la hipótesis de que o bien el consciente miente o el inconsciente embellece. En este capítulo quiero considerar otros dos.


1. Investigación de la aislación
En ninguna de las conferencias públicas que he presentado sobre mis estudios se ha adelantado una explicación de esas experiencias en términos de resultados de experiencias de aislación. Sin embargo, es precisamente en esta área de relativamente reciente y rápido crecimiento de la ciencia del comportamiento en donde los fenómenos más cercanos a los estadios de la experiencia de la muerte han sido estudiados y producidos en condiciones de laboratorio.

La investigación del aislamiento es el estudio de lo que le ocurre a la mente y al cuerpo de una persona cuando es aislada en una u otra forma; por ejemplo, separándola de todo contacto social con otros seres humanos o siendo sometida a una tarea monótona y repetitiva durante largos periodos.

Los datos sobre experiencias de este tipo se han reunido de diversas maneras. Los relatos escritos de las experiencias de los exploradores polares o de supervivientes solitarios de naufragios contienen mucha información. Durante las últimas décadas los científicos han tratado de investigar fenómenos similares bajo condiciones de laboratorio. Una técnica bien conocida consiste en suspender a un voluntario en un tanque de agua que esté a la misma temperatura que el cuerpo. Así se minimizan las sensaciones de peso y temperatura. Se le vendan los ojos y taponan los oídos para intensificar el efecto del tanque a prueba de oscuridad y sonidos. Le meten los brazos en tubos para que no pueda moverlos y se sienta privado de muchas de las sensaciones normales de movimiento y posición.

Bajo estas y otras condiciones de soledad, algunos individuos han experimentado inusuales fenómenos psicológicos que conservan semejanzas con los subrayados en el capitulo 2. Una mujer que pasó largos periodos de soledad en las condiciones desoladas del Polo Norte cuenta que tuvo una visión panorámica de los acontecimientos de su vida. Unos marineros náufragos que estuvieron encallados en pequeños botes durante muchas semanas han descrito alucinaciones en las que eran rescatados, a veces por seres paranormales semejantes a fantasmas o espíritus. Ello guarda cierta analogía con el ser luminoso o los espíritus de amigos que se encuentran en los informes de los sujetos que he entrevistado. Otro fenómeno cercano a la muerte que se produce en los relatos de experiencias de aislación incluye: distorsiones del sentido del tiempo, sentimientos de estar parcialmente disociado del cuerpo, resistencia a volver a la civilización o a abandonar la aislación y sensación de estar «unidos» al universo. Además, muchos de los que han estado aislados, a causa de un naufragio o por cualquier otro motivo, dicen que a las varias semanas de verse en esa condición regresaban a la civilización con un profundo cambio de valores. Cuentan que después de la experiencia se sintieron interiormente más seguros. Tal reintegración de la personalidad es semejante a la reivindicada por muchos de los que han regresado de la muerte.

De igual modo, también hay algunos aspectos de las situaciones de muerte semejantes a los rasgos encontrados en las experiencias y estudios de aislación. Los pacientes que están cerca de la muerte frecuentemente se encuentran aislados e inmóviles en las salas de los hospitales, en unas condiciones disminuidas de luz y sonido, y sin visitantes. Cabe preguntarse si los cambios fisiológicos asociados con la muerte del cuerpo pueden producir un tipo radical de aislación de la que resulte una ausencia total de entradas sensoriales al cerebro. Como ya discutimos extensamente antes, algunos de los pacientes que han tenido experiencias próximas a la muerte me contaron que cuando estaban fuera de sus cuerpos tuvieron desagradables sensaciones de aislamiento, de soledad o de verse separados del contacto humano.

Pueden encontrarse casos fronterizos que no sean clasificables como experiencias cercanas a la muerte ni como experiencias de aislación. Por ejemplo, un hombre me contó la siguiente historia de su permanencia en un hospital a causa de una grave enfermedad.


Me encontraba gravemente enfermo en un hospital, y mientras estaba en la cama me llegaban imágenes, como si estuviera frente a una pantalla de televisión. Eran imágenes de personas y podía ver una, a distancia en el espacio, que comenzaba a andar hacia mí, luego desaparecía y en su lugar surgía otra. Era perfectamente consciente de encontrarme en la sala del hospital y enfermo, pero empezaba a preguntarme qué estaba ocurriéndome. Conocía personalmente a algunas de aquellas personas –eran amigos o parientes-, pero a otras no las había visto nunca. Súbitamente me di cuenta de que todas las que conocía ya habían muerto.
No es tan fácil clasificar esta experiencia, pues tiene puntos de contacto tanto con las de aislación como con las de proximidad a la muerte. Es análoga a las últimas en que se han producido encuentros con los espíritus de gente que ha fallecido, pero ningún otro fenómeno tiene en común con las experiencias de muerte. Es interesante el hecho de que en un estudio de aislación un sujeto que se encontraba solo en una cámara durante cierto tiempo tuvo alucinaciones en las que veía imágenes de hombres famosos que flotaban hacia él. ¿Puede clasificarse entonces la experiencia como de proximidad a la muerte a causa de la extrema gravedad del enfermo o como experiencia de aislación producida por las condiciones de confinamiento requeridas por el estado de su salud? Es posible que no exista ningún criterio absoluto que nos permita clasificarla en una de las dos categorías separadas. Quizá será siempre un caso fronterizo.

A pesar de las coincidencias, los resultados de la investigación de la aislación no suministran una explicación satisfactoria de las experiencias próximas a la muerte. En primer lugar, los diversos fenómenos mentales producidos en las condiciones de aislación no pueden, ellos mismos, ser explicados por alguna teoría. Invocar los estudios de aislación para explicar las experiencias próximas a la muerte sería, como en el caso de la «explicación» de las experiencias externas al cuerpo por referencia a las alucinaciones autoscópicas, sustituir un misterio por otro. Hay dos corrientes de pensamiento conflictivas por lo que se refiere a la naturaleza de las visiones que tienen lugar en condiciones de aislación. Algunos no dudan en tomarlas como «irreales» y «alucinatorias», mientras que en toda la historia los místicos han elegido la soledad con el fin de encontrar la iluminación y la revelación. La noción de que el renacimiento espiritual puede producirse mediante aislación forma parte integral de los sistemas de creencias de muchas culturas y es reflejado en diversos grandes textos religiosos, como en la Biblia.

Aunque tal idea sea algo ajena a la estructura de creencias del Occidente contemporáneo, todavía hay muchos que la proponen, incluso en nuestra propia sociedad. Uno de los primeros y más influyentes investigadores de la aislación, el doctor John Lilly, ha escrito recientemente un libro, una autobiografía espiritual, llamado The Center of the Ciclone. En él refiere que considera las experiencias que ha tenido bajo condiciones de aislación como verdaderas experiencias de iluminación e intuición, y no como «irreales» o «engañosas». Es interesante observar que cuenta una experiencia propia próxima a la muerte que es muy semejante a las que he referido, y que coloca su experiencia en la misma categoría que las de aislación. Ésta puede ser también, junto con las drogas alucinatorias y la cercanía de la muerte, una de las diferentes maneras de entrar en nuevas esferas de conciencia.
2. Sueños, alucinaciones y engaños
Quizá, dirán algunos, las experiencias cercanas a la muerte son sólo sueños de cumplimientos de deseos, fantasías o alucinaciones puestos en juego por diversos factores: drogas en un caso, anoxia cerebral en otro, aislación, etc. Así se explicarían como engaños.

Pienso que varios factores se oponen a ello. En primer lugar, la consideración de la gran similitud en contenido y progresión que encontramos entre las descripciones, a pesar de que los elementos más generalmente informados no coinciden con lo que cabría esperar de las posibilidades imaginativas de nuestro medio cultural con respecto a la muerte. Añadamos a ello que el cuadro de acontecimientos que rodean a la muerte en estos relatos se corresponde notablemente con el que es pintado en muy antiguos escritos esotéricos totalmente ajenos a mis sujetos.

En segundo lugar, las personas con quienes he hablado no son víctimas de psicosis. Son gente normal y emocionalmente estable, con buena adaptación social. Tienen trabajos y posiciones de importancia y los desarrollan con responsabilidad. Sus matrimonios son estables y están adaptados a sus familiares y amigos. Casi ninguno de ellos ha tenido más de una experiencia extraordinaria en su vida y, lo que es más importante, pueden distinguir entre los sueños y las experiencias que tienen despiertos.

Lo que les ocurrió cuando estuvieron cerca de la muerte no lo informan como algo soñado, sino como acontecimientos que les han ocurrido. Casi invariablemente, en el curso de las entrevistas me aseguraron que sus experiencias no habían sido sueños, sino episodios definidos y reales.

Finalmente, nos encontramos con el hecho de que existe una corroboración independiente para alguno de los episodios externos al cuerpo. Aunque los compromisos contraídos me impiden dar nombres y detalles, he visto y oído lo suficiente para decir que continúo sorprendiéndome. Opino que cualquiera que busque experiencias cercanas a la muerte de una manera organizada descubrirá probablemente tan extraña corroboración. Al menos descubrirá hechos suficientes para preguntarse si esas experiencias, lejos de ser sueños, no pertenecerán a una categoría diferente.
Como nota final, permítaseme señalar que las «explicaciones» no son abstractos sistemas intelectuales. En algunos aspectos son proyecciones de los egos de las personas que las sostienen. Los individuos se mantienen emocionalmente unidos a los cánones de las explicaciones científicas que idean o adoptan.

En las numerosas conferencias que he dado sobre el tema me han propuesto muchos tipos de explicaciones. Las personas fisiológica, farmacológica o neurológicamente mentalizadas adoptaban sus propias orientaciones como fuentes obvias de explicación, incluso en los casos que parecían estar en contra de ese tipo de explicación. Los seguidores de las teorías de Freud se complacían en ver en el ser luminoso una proyección del padre del sujeto, mientras que los jungianos veían arquetipos del inconsciente colectivo, y así ad infinitum.

Aunque quiero poner de relieve de nuevo que no trato de proponer nuevas explicaciones de mi propia cosecha, he tratado de dar algunas de las razones por las que me parecen cuestionables las explicaciones que con frecuencia me han propuesto. De hecho, lo único que quiero sugerir es lo siguiente: al menos dejamos abierta la posibilidad de que las experiencias próximas a la muerte representan un nuevo fenómeno para el que hemos de idear nuevos modos de explicaciones e interpretaciones.

6. Impresiones
AL escribir este libro he sido consciente de que mis propósitos y perspectivas podían ser fácilmente mal interpretados. En particular me gustaría decir a los lectores científicamente mentalizados que soy consciente de que lo que he hecho aquí no es un estudio científico. A mis compañeros filósofos les insisto en que no me engaño pensando que he «probado» que hay vida después de la muerte. Tratar con esas materias implicaría la discusión de detalles técnicos que están más allá del objetivo de este libro, por lo que me limitaré a una breves observaciones.

En los estudios especializados, como lógica, leyes y ciencia, las palabras «conclusión», «evidencia» y «prueba» son términos técnicos con unos significados más sofisticados que en el uso común. Incluso en la lengua de cada día se utilizan de muchos modos. Una ojeada a cualquiera de las revistas populares sensacionalistas nos permitirá ver que la historia más inverosímil se da como «prueba» de una afirmación poco probable.

En lógica, lo que puede y no puede decirse a partir de una serie de premisas no es un asunto casual, sino que está precisamente definido por reglas, convenciones y leyes. Cuando alguien dice que ha llegado a determinada «conclusión», está afirmando implícitamente que cualquiera que parta de las mismas premisas deberá llegar a igual resultado, a menos que haya cometido un error en el proceso.

Estas observaciones indican el motivo por el cual me niego a sacar «conclusión» alguna, y no intento construir una prueba de la antigua doctrina de la supervivencia a la muerte corporal. No obstante, sigo pensando que los informes de las experiencias próximas a la muerte son muy significativos. Lo que quiero hacer es descubrir un medio de interpretarlas: un medio que ni rechace las experiencias sobre la base de que no constituyen una prueba científica o lógica ni las convierta en algo sensacional apelando a vagas afirmaciones emocionales en el sentido de que «prueban» que hay vida después de la muerte.

Al mismo tiempo, creo que el hecho de que nuestra imposibilidad actual para construir una «prueba» no sea una limitación impuesta por la naturaleza de las mismas experiencias significa que tenemos una puerta abierta. Quizá sea una limitación de los modos aceptados de pensamiento científico y lógico. Puede ser que la perspectiva de los científicos y lógicos del pasado sea diferente. (Debe recordarse que, históricamente, la metodología y lógica no ha sido un sistema estático, sino un proceso dinámico y en crecimiento.)

Por ello, termino no con conclusiones, evidencias o pruebas, sino con algo mucho menos definido: sensaciones, preguntas, analogías y hechos asombrosos que deben ser explicados. Es más apropiado preguntar cómo me ha afectado personalmente el estudio, que cuáles han sido las conclusiones que he extraído de él. Como respuesta sólo puedo decir que hay algo muy persuasivo en la forma en que las personas describen su experiencia, y que ese «algo» no puede ser trasladado adecuadamente al texto. Lo sucedido era algo muy real para ellos y, a través de mi asociación con los entrevistados, se ha convertido en algo real para mí.

No dejo por ello de darme cuenta que se trata de una consideración psicológica y no de una lógica. La lógica es una materia pública, pero no ocurre lo mismo con las consideraciones psicológicas. Las mismas circunstancias pueden cambiar y afectar a varias personas en diferentes formas. Es un asunto de disposición y temperamento y no deseo que mi reacción ante este estudio se convierta en una ley para el pensamiento de otro. Podría alegarse que si la interpretación de esas experiencias es en última instancia una materia subjetiva, no está claro el motivo de estudiarlas. La única respuesta que se me ocurre es señalar nuevamente la preocupación universal por la muerte. Creo que cualquier luz que pueda arrojarse sobre su naturaleza es válida.

Los miembros de muchas profesiones y campos académicos necesitan iluminación sobre la materia. La necesitan los médicos, que han de enfrentarse a los miedos y esperanzas del paciente moribundo, y los sacerdotes, que han de ayudar a los otros a enfrentare a la muerte. También la necesitan los psicólogos y psiquiatras, pues para construir un método funcional y digno de confianza para la terapia de los disturbios emocionales necesitan saber lo que es la mente y si puede existir fuera del cuerpo. Si no puede, el énfasis de la terapia fisiológica derivaría en última instancia hacia los métodos físicos: drogas, electroshock, cirugía cerebral, etc. Por otra parte, si hay indicaciones de que la mente pueda existir separada del cuerpo y que tiene entidad propia, la terapia de los órdenes mentales deberá ser muy diferente.

Sin embargo, las cuestiones implicadas no son sólo académicas y profesionales. Penetran en cuestiones personales profundas, pues lo que aprendemos sobre la muerte puede producir importantes diferencias en la manera en que actuamos en nuestras vidas. Si las experiencias del tipo que he discutido son reales, entonces tienen profundas implicaciones en lo que cada uno de nosotros hacemos en nuestras vidas. En ese caso sería cierto que no podemos comprender plenamente esta vida hasta que sepamos algo de lo que hay más allá.

Bibliografía
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WEIL, ANDREW, doctor en Medicina, The Natural Mind, Boston, Houghton Mifflin, 1973.


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Contraportada
Hoy, veinte años después de su aparición, este libro sigue conservando todo su poder de impacto para el lector que se asome a sus páginas por vez primera. No en vano, desde entonces, no se puede hablar más de la muerte y sus fenómenos sin considerar las investigaciones aportadas por el Dr. Moody. Éstas se centraron en la recopilación de testimonios de personas que experimentaron la muerte clínica, y que, al ser reanimadas, revelaban detalles asombrosamente semejantes que apuntaban a una misma conclusión: la existencia de otra vida después de la muerte.

En la actualidad, el Dr. Moody continúa sus investigaciones en torno a la muerte y sus fenómenos, mientras millones de personas en todo el mundo han narrado experiencias similares. Estos testimonios son la prueba evidente de que la senda abierta por el Dr. Moody ha dejado una huella imperecedera en lo referido a la concepción que la sociedad moderna posee sobre la muerte, siendo imposible plantear hoy ningún debate sobre la misma sin recurrir a los contenidos de este libro, que, por méritos propios, ha entrado ya en la galería de clásicos sobre la materia.


FIN

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