Raymond a. Moody, jr



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1. «Muerte» como ausencia de signos vitales clínicamente detectables
Hay quien dice que una persona está «muerta» si su corazón deja de latir y permanece sin respirar por un periodo de tiempo extenso; si su presión sanguínea desciende tanto que no puede detectarse; si dilata las pupilas; si la temperatura corporal comienza a descender, etc. Es la definición clínica, y ha sido empleada desde siglos por médicos y abogados. De hecho, la mayor parte de la gente que fue considerada muerta ha sido tratada con ese criterio. En ese nivel clínico se encontraron muchas de las personas cuyos casos he estudiado. Tanto los testimonios de los médicos como los datos registrados apoyan el argumento de que tuvieron lugar muertes» en ese sentido.
2. «Muerte» como ausencia de actividad eléctrica cerebral
El avance de la tecnología ha producido el desarrollo de técnicas más sensitivas para detectar los procesos biológicos, incluso los que no son observables con los sentidos humanos. El electroencefalógrafo (EEG) es un aparato que amplifica y registra los reducidos potenciales eléctricos del cerebro. Recientemente, hay una tendencia a determinar la muerte «real» cuando no hay actividad eléctrica en el cerebro, lo que se determina por trazados erectos» en el EEG.

Obviamente, en todos los casos de reanimación con que he tratado existía una extrema emergencia clínica y no había tiempo para colocar un EEG. Los médicos estaban ocupados en conseguir reanimar al paciente. En consecuencia, puede argumentarse que ninguna de esas personas estuvo «muerta».

Supongamos por un momento que se han obtenido lecturas «rectas» con un EEG en un gran porcentaje de las personas que fueron consideradas muertas y resucitaron. ¿Añadiría mucho ese hecho? Por tres motivos, creo que no. Primero, los intentos de reanimación son siempre emergencias que pueden durar todo lo más treinta minutos. Colocar una EEG es una tarea técnica muy complicada, y es bastante común que incluso los más experimentados tengan que trabajar con él algún tiempo antes de obtener lecturas correctas, incluso en las mejores condiciones. En una emergencia, con su consiguiente confusión, la probabilidad de error sería mucho mayor. Por tanto, incluso aunque pueda presentarse un trazado erecto» de EEG obtenido en una persona con una experiencia próxima a la muerte, cualquier crítico podría decir, con justicia, que la lectura podía no ser exacta.

Segundo, incluso la maravillosa máquina que mide las ondas cerebrales, apropiadamente colocada, no nos permite determinar con infalibilidad si la reanimación es posible en un caso dado. Se han obtenido trazados rectos de EEG en personas que posteriormente fueron reanimadas. Las sobredosis de drogas que actúan como depresoras del sistema nervioso central, así como la hipotermia (baja temperatura corporal), producen ese fenómeno.

Tercero, si pudiese contar con un caso en que se hubiese establecido que la máquina estaba bien conectada, todavía quedaría un problema. Alguien podría decir que no hay prueba de que la experiencia cercana a la muerte tuvo lugar mientras el trazado era rectilíneo, pues pudo ocurrir antes o después. Por tanto, mi conclusión es que el EEG no resulta muy válido en el estadio presente de la investigación.
3. «Muerte» como pérdida irreversible de funciones vitales
Hay quien adopta incluso una definición más restrictiva, sosteniendo que no puede hablarse de que una persona está muerta si posteriormente es reanimada, con independencia del tiempo en que los signos vitales hayan sido clínicamente indetectables y del tiempo en que los trazados del EEG hayan sido rectilíneos. En otras palabras, se define a la muerte como el estado del cuerpo del cual no se puede salir. Obviamente, según esta definición, ninguno de los casos que he conocido han implicado el estado de muerte, pues en todos se ha producido la reanimación.
Hemos visto, entonces, que la respuesta a la pregunta depende de lo que se entienda por muerte. Hay que tener en cuenta que es una disputa semántica; la cuestión no pierde por ello importancia, pues las tres definiciones encierran significativos puntos de vista. De hecho, yo estaría de acuerdo con la tercera, con la más rigurosa de todas. Incluso en los casos en que el corazón no palpita, los tejidos del cuerpo, particularmente del cerebro, deben seguir con oxígeno y alimento la mayor parte del tiempo. No es necesario en ningún caso suponer que se ha violado una ley biológica o fisiológica. Para que se haya producido la reanimación en las células del cuerpo debe haber continuado algún grado de actividad residual, aunque los signos normales de esos procesos no sean clínicamente detectables con los métodos empleados. No obstante, en el momento presente parece imposible determinar con exactitud cuál es el punto sin retorno. Puede variar de un individuo a otro, y posiblemente no sea un punto fijo, sino una gama de variación en un continuo. De hecho, hace unas décadas la mayor parte de las personas con las que he hablado no podrían haber regresado, por lo que podemos pensar que en el futuro dispondremos de técnicas para revivir a gente que no puede ser salvada hoy en día.

Supongamos que la muerte es una separación de la mente y el cuerpo y que la primera pasa a otras esferas de la existencia en ese punto. Habría que llegar a la conclusión de que existe algún mecanismo por el cual el alma y el cuerpo se liberan tras la muerte. Seguimos sin ninguna base para suponer que este mecanismo funciona exactamente de acuerdo con lo que en nuestra era hemos aceptado arbitrariamente como el punto sin retorno. Ni podemos suponer que funciona perfectamente en cada caso, ni, mucho menos, que cualquier sistema corporal funciona siempre perfectamente. Quizá el mecanismo pueda ponerse en funcionamiento alguna vez antes de la crisis fisiológica, proporcionando a alguna persona una breve visión de otras realidades. Ello podría dar cuenta de los informes de quienes han tenido visiones retrospectivas de sus vidas, experiencias externas al cuerpo, etc., cuando están seguros de que van a morir, antes incluso de que se haya producido una herida grave.

Lo que en última instancia quiero afirmar es lo siguiente: cualquiera que sea el punto de muerte irrecuperable -en el pasado, presente y futuro-, aquellos con quienes he hablado han estado mucho más cerca de él que la gran mayoría de seres humanos. Por esta razón, deseo oír lo que ellos tienen que decir.

En un análisis final, por tanto, es inútil cavilar sobre la definición precisa de la «muerte» -irreversible o no- en el contexto de esta discusión. Lo que la persona que pone tales objeciones ante las experiencias cercanas a la muerte tiene en la mente es algo más básico. Para dicho crítico, en tanto quede una posibilidad de que haya alguna actividad biológica residual en el cuerpo, ella podrá ser la causa de la experiencia.

Doy por supuesto de antemano que esa actividad biológica residual debe existir en todos los casos. Por tanto, la cuestión de si hubo una muerte real se reduce al problema más básico de si la función biológica residual podría dar cuenta de la existencia de esas experiencias. En otras palabras:
¿Son posibles otras explicaciones? (es decir, otras que no sean la supervivencia a la muerte corporal).
Esta pregunta nos lleva al tema del siguiente capítulo.

5. Explicaciones
DISPONEMOS de «explicaciones» alternativas al fenómeno de proximidad a la muerte. Desde un punto de vista puramente filosófico pueden construirse infinidad de hipótesis para explicar cualquier experiencia, observación o hecho. Es decir, siempre se pueden dar más explicaciones teóricamente plausibles para cualquier cosa que se quiera demostrar. Lo mismo sucede con estas experiencias; se presentan todo tipo de explicaciones posibles.

De las numerosas explicaciones que pueden aportarse teóricamente, unas cuantas me las han hecho con relativa frecuencia en los encuentros públicos que he tenido. Trataré de estas explicaciones más comunes y de otras que todavía no me han propuesto. Las he dividido arbitrariamente en tres tipos: sobrenatural, natural (científica) y psicológica.


Explicaciones sobrenaturales
Aunque muy raramente, en las conferencias me han propuesto explicaciones demoníacas a las experiencias cercanas a la muerte, sugiriendo que eran dirigidas por fuerzas enemigas. Como respuesta a ellas puedo decir lo siguiente: creo que la mejor forma de distinguir entre experiencias dirigidas por Dios y las dirigidas por Satán es ver lo que la persona implicada hace y dice después de la experiencia. Es de suponer que Dios trataría de que aquellos ante quienes aparece fueran amorosos y perdonaran. Satán preferiría que sus siervos se dedicaran al odio y la destrucción. Las personas con las que he hablado están dispuestas a seguir el primer camino y a desaprobar el segundo. A la luz de las maquinaciones de un hipotético demonio tendría que haber hecho para engañar a su desventurada víctima (¿y con qué propósito?), ha fracasado miserablemente -por lo que yo sé- en la consecución de emisarios persuasivos de su programa.
Explicaciones naturales (científicas)
1. La explicación farmacológica
Se ha sugerido que esas experiencias están causadas por las medicinas administradas al enfermo en su momento de crisis. La plausibilidad superficial de esta idea deriva de varios hechos. Por ejemplo, la mayor parte de los médicos y abogados están de acuerdo en que algunos medicamentos producen experiencias y estados mentales engañosos y alucinatorios. Además, nos encontramos en una época en que hay un interés profundo por el problema del abuso de drogas, y gran parte de la atención pública se ha enfocado en el uso lícito del LSD, marihuana, etc., que parecen causar episodios alucinatorios. Nos encontramos, finalmente, con el hecho de que incluso muchas drogas médicamente aceptadas están asociadas a diversos efectos en la mente que pueden recordar a los acontecimientos de la experiencia de morir. Por ejemplo, la cetamina (o ciclohexanona) es un anestésico que se aplica mediante inyección intravenosa con efectos lateralmente similares en algunos aspectos a las experiencias externas al cuerpo. Ha sido calificado de anestésico «disociativo» porque, durante la inducción, el paciente puede quedar sin respuesta no sólo al dolor, sino también al entorno como totalidad. Se siente «disociado» de su entorno, incluyendo en él las partes de su propio cuerpo: brazos, piernas, etc. Después de la recuperación, durante cierto tiempo puede tener disturbios psicológicos, como alucinaciones y sueños muy vívidos. (Obsérvese que pocas personas han utilizado esa palabra -«disociación»- para caracterizar sus sentimientos cuando estaban fuera del cuerpo.)

También he recogido algunos relatos de gente que, cuando estaban bajo el efecto del anestésico, identificaron como visiones alucinatorias de la muerte. Veamos un ejemplo.


Ocurrió cuando tenía diez años. Había ido al dentista para un empaste y me dieron óxido nítrico. Me ponía nervioso tomarlo porque pensaba que no despertaría de nuevo. Cuando la anestesia comenzó a hacer efecto, me sentí dando vueltas en espiral. No tenía la impresión de que yo mismo me estuviese moviendo, sino de que el sillón del dentista daba vueltas y ascendía más y más alto.

Todo era brillante y blanco cuando llegué al final de la espiral; unos ángeles bajaron a recibirme y llevarme al cielo. Uso el plural, «ángeles», porque aunque era algo muy vago estaba seguro de que había más de uno. No puedo decir cuántos.

En determinado momento, el dentista y la enfermera hablaban entre sí sobre otra persona, y los oía, pero cuando habían acabado una frase ni siquiera podía recordar el principio. Sabía que estaban hablando y que sus palabras formaban un eco que daba vueltas y vueltas. Era un eco que parecía alejarse, como el de las montañas. Recuerdo que me pareció oírlos desde arriba, pues tenía la impresión de estar subiendo al cielo.

Es todo lo que recuerdo, aparte de que no tenía miedo ante el pensamiento de morir. En esa época de mi vida temía ir al infierno, pero cuando ocurrió aquello sólo pensé que iba al cielo. Más tarde me sorprendió mucho que la idea de la muerte no me hubiera atemorizado, pero llegué a la conclusión de que en el estado de anestesia nada me molestaba. Me sentía feliz porque el gas me había quitado toda preocupación. Pensé que ése era el motivo. Fue algo muy vago y no me volví a preocupar de ello.
Obsérvese que hay algunos puntos de similitud entre esta experiencia y otras que fueron sentidas como reales por quienes las sufrieron. Se describe una luz brillante y blanca, el encuentro con otros que lo llevan al otro lado y no hay preocupación por estar muerto. También hay dos aspectos que sugieren una experiencia externa al cuerpo: su impresión de que oía desde arriba las voces del dentista y la enfermera y la sensación de «flotar».

Por otra parte, otros detalles de la historia son muy atípicos de las experiencias que se consideraron que realmente habían sucedido. La luz brillante no es personificada y no se producen inefables sentimientos de paz y felicidad. La descripción del otro mundo está muy literaturizada y, según propia confesión, muy de acuerdo con las enseñanzas religiosas recibidas. Los seres son identificados con «ángeles» y habla de ir al «cielo», que se encuentra «arriba». No ha visto ni su cuerpo ni cualquier otro cuerpo, y siente que es el sillón del dentista, y no su propio movimiento, la fuente de la rotación. Expresa repetidamente la vaguedad de su experiencia y ésta no tiene efectos sobre su creencia en un más allá. (De hecho, sigue teniendo dudas sobre la supervivencia a la muerte corporal.)

Comparando los informes en los que la experiencia es atribuida a la droga con las experiencias cercanas a la muerte que se consideran reales, deben mencionarse algunos puntos. En primer lugar, quienes me han descrito las experiencias con «drogas» no son ni más ni menos románticos, imaginativos o inteligentes. En segundo lugar, estas experiencias son extremadamente vagas. En tercer lugar, las historias varían unas de otras, pero la variación es mucho mayor con respecto a las visiones «reales» cercanas a la muerte. Además, al elegir el caso específico de experiencia con «anestésico», he escogido a propósito el que más claramente se asemeja al grupo de las experiencias «reales». Sugeriría, por tanto, que, en general, hay grandes diferencias entre los dos tipos de experiencias.

Hay factores adicionales que desaprueban la explicación farmacológica de esos fenómenos. El más significativo es que en muchos casos no se administró ninguna droga antes de la experiencia, y en algunos ni siquiera fue administrada con posterioridad. Muchas personas me han insistido en que la experiencia tuvo lugar antes de que les suministraran cualquier tipo de medicación, en algunos casos antes de que obtuvieran cualquier clase de atención médica. Incluso en los ejemplos en que sí existieron drogas terapéuticas, la variedad de los medicamentos empleados con los diferentes pacientes es enorme. Desde sustancias como la aspirina, pasando por antibióticos y adrenalina hormonal, a anestésicos locales y gaseosos. La mayor parte de las drogas no se asocian con efectos sobre el sistema nervioso central o con efectos físicos. También hay que tener en cuenta que no existen diferencias entre los grupos que no recibieron medicamentos y los que sí. Diré, por último, sin añadir comentario alguno, que una mujer que «murió» dos veces en distintas ocasiones separadas por varios años, atribuye la falta de experiencia en la primera ocasión a que estaba anestesiada. La segunda vez, cuando no había tomado ninguna droga, tuvo una experiencia completa.

Una de las suposiciones de la moderna farmacología médica es la noción, que también ha ganado aceptación entre muchos abogados de nuestra sociedad, de que las drogas psicoactivas producen los episodios psíquicos con los que está asociado su uso. Estos acontecimientos psíquicos son considerados, por tanto, como «irreales», «alucinatorios», «engañosos» o producidos «sólo en la mente». Debe recordarse que esta idea no es universalmente aceptada; existe otra noción de la relación entre las drogas y las experiencias que suceden con su uso. Me refiero a la utilización iniciática y exploradora de lo que llamamos drogas «alucinógenas». En distintas épocas, el hombre ha utilizado esos compuestos psicoactivos en su búsqueda de otros estados de conciencia y realidad. (Para una exposición contemporánea viva y fascinante de esa utilización de la droga, véase el reciente libro, The Natural Mind, del doctor Andrew Weil.) De esta manera, el uso de la droga ha estado asociado históricamente no sólo con la medicina y el tratamiento de enfermedades, sino también con la religión y el logro de la iluminación. Por ejemplo, en los bien conocidos rituales del culto del peyote entre los indios americanos del oeste de Estados Unidos, el peyote (que contiene mescalina) es ingerido para alcanzar visiones religiosas e iluminación. Hay cultos similares en todo el mundo, y sus miembros comparten la creencia de que la droga empleada constituye un medio para pasar a otras dimensiones de la realidad. Suponiendo que esta idea sea válida, podría pensarse hipotéticamente que el uso de la droga sería un camino más entre los muchos que llevan al logro de la iluminación y al descubrimiento de otras esferas de la existencia. La experiencia de morir podría ser, en ese caso, otro de los caminos, y así nos sería posible explicarnos el parecido entre las experiencias inducidas por drogas con las que hemos analizado en este libro.
2. Explicaciones fisiológicas
La fisiología es la rama de la biología que trata de las funciones de las células, órganos y cuerpos completos de los seres vivos y de las interrelaciones entre esas funciones. Una explicación fisiológica de los fenómenos cercanos a la muerte que se han propuesto con frecuencia es que, dado que el abastecimiento de oxígeno al cerebro se suspende durante la muerte clínica y en otros casos de grave tensión corporal, el fenómeno percibido debe representar una especie de último grito compensatorio del cerebro moribundo.

El error principal de esa hipótesis es el siguiente: como puede verse fácilmente observando las experiencias relacionadas con la muerte que antes mencionamos, muchas de ellas se produjeron con anterioridad a cualquier tensión fisiológica del tipo requerido. En algunos casos ni siquiera hubo daño corporal durante el encuentro. Además, todos los elementos que aparecen en los casos de heridas graves se encuentran también en las historias contadas por quienes no habían sido heridos.


3. Explicaciones neurológicas
La neurología es la especialidad médica que trata de la causa, diagnosis y tratamiento de las enfermedades del sistema nervioso -es decir, el cerebro, la médula espinal y los nervios-. En determinadas condiciones neurológicas también se observan fenómenos similares a los que fueron informados por personas que estuvieron cerca de la muerte. En consecuencia, algunos pueden proponer explicaciones neurológicas de las experiencias cercanas a la muerte en términos de supuestas malfunciones del sistema nervioso de la persona moribunda. Consideremos los paralelos neurológicos de dos de los más sorprendentes episodios de la experiencia de la muerte: la «revisión» instantánea de los acontecimientos de la vida del moribundo y el fenómeno de salirse del cuerpo.

Encontré un paciente en una sala de neurología de un hospital que me describió una forma peculiar de ataque en la que tenía visiones retrospectivas de los acontecimientos de su vida.


La primera vez que me ocurrió estaba mirando a un amigo que se encontraba en la habitación. El lado derecho de su rostro se distorsionó y, repentinamente, mi conciencia fue invadida por escenas que me habían ocurrido en el pasado. Se producían en la misma forma como habían ocurrido: vívidas, en color y tridimensionales. Sentí náuseas, y me asusté tanto que traté de evitan las imágenes. Desde entonces he tenido muchos de esos ataques y he aprendido lo suficiente para dejar que sigan su curso. El paralelo más cercano que puedo encontrar son las escenas que ponen en televisión en la noche de año nuevo. Las imágenes de lo ocurrido durante el año pasan por la pantalla, pero cuando estás viendo una ya se ha ido, sin que tengas tiempo ni siquiera de pensar en ella. Así ocurre con esos ataques. Veo algo y pienso que lo recuerdo. Trato de mantenerlo en la mente, pero ya ha sido sustituido por otra imagen.

Siempre son imágenes de algo que ha ocurrido y nada está modificado. Sin embargo, cuando ha terminado me resulta muy difícil recordar las imágenes que vi. A veces son las mismas imágenes, otras veces no. Cuando aparecen, recuerdo: «Son las mismas que vi antes», pero, cuando han terminado, es casi imposible recordar cuáles eran. No parecen acontecimientos particularmente significativos de mi vida. En realidad ninguno de ellos lo es. Son muy triviales. No se producen en orden, ni siquiera en el orden en que aparecieron en mi vida. Vienen al azar.

Cuando llegan las imágenes, puedo ver lo que está ocurriendo a mi alrededor, pero mi consciencia ha disminuido. Es casi como si la mitad de mi mente estuviera ocupada en esas imágenes y la otra mitad prestara atención a lo que estoy haciendo. Quienes me han visto durante un ataque dicen que dura un minuto, pero a mí me parecen siglos.
Existen ciertas similitudes obvias entre estos ataques, ocasionados sin duda por un foco de irritación en el cerebro, y la memoria panorámica de que habló alguno de mis entrevistados. Por ejemplo, el ataque de ese hombre toma la forma de imágenes visuales increíblemente vívidas y en tres dimensiones. Además, las imágenes parecen venirle, independientemente de cualquier intención por su parte. También alega que se producen con gran rapidez y pone de relieve la distorsión de sus sentidos del tiempo durante la experiencia.

Por otra parte, también hay notables diferencias. En oposición a la visión panorámica producida en las experiencias cercanas a la muerte, las imágenes no le vienen en el orden que tuvieron en la vida y no son vistas enseguida, en una visión unificadora. No se refieren a acontecimientos significativos de su vida; por el contrario, ponen de relieve su trivialidad. Por tanto, no parecen tener un motivo de juicio o educacional. Mientras que muchos de los sujetos que han tenido experiencias de muerte señalan que tras la «revisión» pueden recordar los acontecimientos de su vida con mayor claridad y detalle que antes, el paciente de neurología alega no recordar las imágenes particulares que siguieron al ataque.

Las experiencias externas al cuerpo tienen un análogo neurológico en las llamadas «alucinaciones autoscópicas», materia de un excelente artículo del doctor N. Lukianowicz en la revista médica Archives of Neurology and Psychiatry. En esas extrañas visiones, el sujeto ve una proyección de sí mismo en su propio campo visual. El extraño «doble» imita las expresiones faciales y movimientos corporales de su original, que se encuentra totalmente confundido cuando ve una imagen de sí mismo a distancia, generalmente enfrente de él.

Aunque la experiencia es algo similar a las externas al cuerpo ya descritas, las diferencias superan con mucho las similitudes. El fantasma autoscópico siempre se percibe como vivo -a veces el sujeto piensa que incluso está más vivo y consciente que él-, mientras que en las experiencias externas al cuerpo éste es visto como si no tuviera vida, como si fuera un cascarón. El sujeto autoscópico puede «oír» a su doble hablándole, dándole instrucciones, burlándose de él, etc., mientras que en las experiencias externas el cuerpo todo él es visto -a no ser que esté parcialmente cubierto u oculto de otra manera-; frecuentemente, el doble autoscópico sólo es visto desde el pecho o el cuello.

De hecho, las copias autoscópicas tienen mucho más en común con lo que he llamado cuerpo espiritual que con el cuerpo físico que es visto por una persona moribunda. Los dobles autoscópicos, aunque a veces son vistos en color, son descritos con más frecuencia como tenues, transparentes y sin color. El sujeto puede ver cómo su imagen pasa a través de puertas o de otros obstáculos físicos sin problema aparente.

Presento aquí un relato de una alucinación autoscópica que me fue descrita. Es una experiencia única por cuanto implica simultáneamente a dos personas.


A las once de la noche de un verano, dos años antes de que mi esposa y yo nos casáramos, la llevaba a su casa en un deportivo convertible. Aparqué en la calle débilmente iluminada que había frente a su casa. Ambos quedamos sorprendidos cuando miramos hacía arriba al mismo tiempo y vimos unas imágenes de nosotros mismos, de la cintura para arriba y sentadas una al lado de la otra, en los grandes árboles que había en la calle a unos cien pies frente a nosotros. Las imágenes eran oscuras, casi como siluetas, y no podíamos ver a través de ellas, pero de todas formas eran réplicas exactas. Ninguno de los dos tuvimos problema para reconocerlas enseguida. Se movían, pero no imitando nuestros movimientos, pues estábamos sentados mirándolas. Hacían cosas como ésta: mi imagen cogía un libro y enseñaba algo que había en él a la imagen de mi esposa, y ella se inclinaba y miraba atentamente el libro.

Mientras estábamos sentados allí contaba a mi esposa lo que veía que estaban haciendo las imágenes, y cuanto decía era exactamente lo que ella veía. Luego cambiamos. Ella me decía lo que estaba viendo y coincidía exactamente con lo que veía yo.

Estuvimos mucho rato sentados, por lo menos treinta minutos, mirando y hablando de lo que veíamos. Creo que hubiéramos podido pasar así el resto de la noche. No obstante, mi esposa tenía que ir a su casa y subimos juntos por las escaleras de la colina que conducían al portal. Cuando bajé, volví a ver las imágenes, que siguieron allí mientras me marchaba.

No hay ninguna posibilidad de que fuera cualquier tipo de reflejo sobre el parabrisas, pues había retirado la parte superior del coche y todo el tiempo mirábamos por encima. Ninguno de los dos habíamos bebido, y todo ocurrió tres años antes de que oyéramos hablar del LSD o drogas parecidas. Tampoco nos encontrábamos cansados, aunque era algo tarde, por lo que no estábamos dormidos y soñando. Nos encontrábamos bien despiertos, alerta y sorprendidos cuando estábamos viendo las imágenes y hablábamos de ellas entre nosotros.
Concedamos que las alucinaciones autoscópicas son en cierta manera como los fenómenos externos al cuerpo asociados con una experiencia cercana a la muerte. Sin embargo, aunque nos remitiéramos sólo a los puntos de similitud y despreciáramos las diferencias, la existencia de alucinaciones autoscópicas no nos daría una explicación de la ocurrencia de experiencias externas al cuerpo, por la razón de que tampoco hay una explicación para la existencia de las alucinaciones autoscópicas. Varios neurólogos y psiquiatras han propuesto muchas explicaciones contradictorias, pero el debate continúa y ninguna teoría ha ganado la aceptación general. Por tanto, tratar de explicar las experiencias externas al cuerpo como alucinaciones autoscópicas seria sustituir una situación sorprendente por un enigma.

Queda finalmente otro punto relevante en relación con las explicaciones neurológicas de las experiencias cercanas a la muerte. En un caso, encontré un sujeto con un problema neurológico residual derivado de un encuentro con la muerte. El problema era una parálisis parcial de un pequeño grupo de músculos de un lado del cuerpo. Aunque a menudo me pregunté si se trataba de un déficit residual, ha sido el único caso que he encontrado de daño neurológico posterior a un encuentro próximo con la muerte.



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