Raymond a. Moody, jr



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Platón
El filósofo Platón, uno de los mayores pensadores de todas las épocas, vivió en Atenas del 428 al 348 a. de J. C. Nos legó un cuerpo de pensamiento en la forma de veintidós diálogos filosóficos, la mayor parte de los cuales incluyen a Sócrates, su maestro, como interlocutor, y a un pequeño número de letrados.

Platón creía en la utilidad de la razón, la lógica y la argumentación para alcanzar la verdad y la sabiduría, pero sólo hasta cierto punto, pues también era un gran visionario que sugería que la verdad última sólo podía llegar con una experiencia casi mística de iluminación e intuición. Aceptaba que había planos y dimensiones de la realidad distintos al mundo sensible y físico, y creía que la esfera física sólo podía entenderse por referencia a los planos «superiores» de la realidad. En consecuencia, estaba interesado principalmente en el componente incorpóreo y consciente del hombre, el alma, y consideraba el cuerpo físico como su vehículo temporal. No es sorprendente, por tanto, que se sintiese atraído por el destino del alma tras la muerte física, y que varios diálogos -especialmente Fedón, Gorgias y La República- traten en parte de ese tema.

Los escritos de Platón están plagados de descripciones de la muerte que son semejantes a las que discutimos en el capitulo previo. Por ejemplo, Platón define la muerte como la separación de la parte incorpórea de una persona viva, el alma, de la parte física, el cuerpo. Es más, la parte incorpórea está sometida a menos limitaciones que la física. Por tanto, Platón señala que el tiempo no es un elemento de la esfera que existe más allá del mundo sensible y físico. Las otras esferas son eternas y, según la notable frase de Platón, lo que llamamos tiempo no es sino «el reflejo móvil e irreal de la eternidad».

Platón habla en varios pasajes de que el alma separada de su cuerpo puede encontrarse y conversar con los espíritus de otros y ser guiada en la transición de la vida física a la otra esfera por espíritus guardianes. Menciona que en el momento de la muerte puede encontrarse una barca que lleve a través de una masa de agua a la «otra orilla» de la existencia. En Fedón, el empuje y composición dramática de los argumentos y palabras utilizadas vienen a señalar que el cuerpo es la prisión del alma y que, en consecuencia, la muerte es como un escape o liberación de esa prisión. Aunque, como vimos en el capítulo primero, Platón articula -a través de Sócrates- la antigua visión de la muerte como sueño y olvido, lo hace sólo para desaprobarla y darle un giro de 180 grados. Según Platón, el alma viene al cuerpo físico desde una esfera del ser superior y más divina. Para él, es el nacimiento lo que constituye el sueño y el olvido, pues el alma, al nacer en un cuerpo, pasa de un estado de gran conciencia a otro mucho menos consciente y olvida las verdades que sabía en su estado anterior externo a un cuerpo. Por tanto, la muerte es despertar y recuerdo. Pone de manifiesto que el alma que ha sido separada del cuerpo en la muerte puede razonar y pensar con mayor claridad que antes y puede reconocer las cosas en su verdadera naturaleza. Nada más morir se enfrenta a un «juicio» en el que un ser divino muestra ante el alma todas las cosas -las buenas y las malas- que ha hecho en su vida.

En el libro décimo de La República encontramos la similitud más notable. Platón cuenta el mito de Er, un soldado griego. Er fue a una batalla en la que murieron muchos griegos, y cuando sus compatriotas recogieron los cadáveres de la misma, su cuerpo estaba entre ellos. Yacía sobre una pira funeraria junto con otros para ser quemado. Al cabo de un tiempo, su cuerpo revivió y Er describe lo que vio en el viaje a las esferas del más allá. En primer lugar, su alma salió del cuerpo, se unió a un grupo de otros espíritus y todos juntos marcharon a un lugar en el que había «aberturas» o «pasadizos» que conducían de la tierra a las esferas del más allá. Aquí las otras almas eran detenidas y juzgadas por seres divinos que podían ver enseguida todas las cosas que el alma había hecho en su vida terrena. Sin embargo, Er no fue juzgado. Los seres le dijeron que debía regresar para informar a los hombres del mundo físico acerca de cómo era el otro mundo. Tras tener otras visiones, Er fue devuelto, pero dijo que no sabía cómo había regresado al cuerpo físico. Despertó y se encontró sobre la pira funeraria.

Es importante tener bien presente que el mismo Platón nos advierte que su descripción de los detalles precisos del mundo en el que entrará el alma tras la muerte son sólo «probabilidades, en el mejor de los casos». Si bien no duda de la supervivencia de la muerte física, insiste en que al intentar explicar la vida del más allá desde nuestra vida física actual nos enfrentamos con dos grandes desventajas. Ante todo, nuestras almas se encuentran aprisionadas en los cuerpos físicos y estamos, pues, limitados por los sentidos físicos en lo que se refiere a experimentar y aprender. La visión, el oído, el tacto, el gusto y el olor, cada uno en su forma, pueden confundirnos. Para nuestros ojos, un objeto enorme es pequeño si está distante, podemos oír mal lo que alguien nos dice, etc. De todo esto puede resultar que tengamos falsas opiniones o impresiones de la naturaleza de las cosas. Nuestras almas no pueden ver la realidad en sí mismas hasta que se hayan liberado de las distracciones e imprecisiones de los sentidos físicos.

En segundo lugar, Platón dice que el lenguaje humano es inadecuado para expresar directamente las realidades últimas. Las palabras ocultan, más que revelan, la naturaleza interna de las cosas. En consecuencia, las palabras humanas no podrán hacer otra cosa que indicar -mediante la analogía, el mito y en otras formas indirectas- el carácter verdadero de lo que está más allá de la esfera física.
El Libro tibetano de los muertos
Este notable libro es una compilación de las enseñanzas de los sabios de muchos siglos del Tíbet prehistórico que pasó de una a otra de las primeras generaciones por tradición oral. Fue escrito finalmente en el siglo VIII a. de J. C., pero incluso entonces fue escondido para mantener el secreto ante los extraños.

Este libro inusual ha tomado la forma que le prestaron sus diversos e interrelacionados usos. Los sabios que lo escribieron veían la muerte como una habilidad: algo que puede hacerse con arte o de manera inconveniente, según que se tuvieran o no los conocimientos requeridos para hacerlo correctamente. Por tanto, el libro era leído como parte del rito funerario o ante la persona que estaba muriendo cuando le llegaban sus últimos momentos. Se pensaba que servía así para dos funciones. En primer lugar, para ayudar a la persona que estaba muriendo a recordar cada uno de los maravillosos fenómenos conforme los iba experimentando. En segundo lugar, para ayudar a los que seguían viviendo a tener pensamientos positivos y a no mantener al muerto con su amor y preocupación emocional, de forma que pudiera entrar en los planos posteriores a la muerte con una estructura mental adecuada y liberado de todas las preocupaciones corporales.

Para conseguir esos fines, el libro contiene una detallada explicación de los diferentes estadios que atraviesa el alma tras la muerte física. La correspondencia entre su relato de los primeros estadios de la muerte y la descripción que me han hecho los que se han encontrado cerca de ella es fantástica.

Ante todo, en el Libro tibetano, la mente o alma de la persona muerta abandona el cuerpo. Poco tiempo después, el alma se «desvanece» y se encuentra en un vacío; no en un vacío físico, sino uno sometido a sus propios límites y en el que existe la conciencia. Puede oír ruidos y sonidos alarmantes, descritos como rugido, estruendo y ruidos silbantes, como los del viento, y generalmente el muerto ve que él y lo que le rodea está envuelto en una luz neblinosa y gris.

Se sorprende de verse a sí mismo fuera del cuerpo físico. Ve y oye a sus parientes y amigos lamentándose sobre su cuerpo y preparando el funeral, y cuando intenta comunicar con ellos, ni lo escuchan ni lo ven. Todavía no ha comprendido que está muerto y se encuentra confuso. Se pregunta a sí mismo si está muerto o no, y cuando comprende finalmente que sí lo está, no sabe adónde irá o lo que hará. Se siente pesaroso y deprimido en su estado. Durante un tiempo permanece cerca de los lugares que le han sido familiares durante su vida física.

Observa que todavía está en un cuerpo -llamado el cuerpo «brillante»-, que no parece estar compuesto de sustancia material. Puede atravesar las piedras, paredes y montañas sin encontrar resistencia. El viaje es casi instantáneo. Cuando desea ir a algún sitio, llega en un momento. Su pensamiento y percepción están menos limitados; su mente es muy lúcida y sus sentidos parecen más perfectos y cercanos a la naturaleza divina. Si en la vida física ha sido ciego, o mudo, o lisiado, se sorprende de que en su cuerpo «brillante.» tiene todos los sentidos, y que todas las facultades de su cuerpo físico se han restaurado e intensificado. Puede encontrarse con otros seres con el mismo tipo de cuerpo y con uno de luz pura y transparente. Los tibetanos aconsejan al muerto que se aproxima a esa luz que trate de tener sólo amor y compasión hacia los otros.

El libro también describe los sentimientos de inmensa paz que el muerto experimenta, así como una especie de «espejo en el que se refleja toda su vida, los actos buenos y malos, para que él y los seres que lo juzgan puedan verlos. En esta situación no cabe la mala interpretación, y la mentira sobre la propia vida es imposible.

En resumen, aunque el Libro tibetano de los muertos incluye estadios más largos que ninguno de mis entrevistados han recorrido, es obvia la similitud entre lo que se relata en este antiguo manuscrito y lo que me han contado americanos del siglo veinte.


Emanuel Swedenborg
Swedenborg, que vivió entre 1688 y 1772, nació en Estocolmo. Era famoso en su época e hizo contribuciones respetables en varios campos de las ciencias naturales. Sus escritos, orientados en un principio hacia la anatomía, fisiología y psicología, le ganaron un gran reconocimiento. Sin embargo, en un periodo más tardío de su vida sufrió una crisis religiosa y comenzó a hablar de experiencias según las cuales pretendía haber estado en comunicación con entidades espirituales del más allá.

Sus obras posteriores tienen muchas descripciones de cómo es la vida que hay más allá de la muerte. De nuevo es sorprendente la correlación entre lo que él escribe de algunas de sus experiencias espirituales y lo que cuentan los que han tenido experiencias cercanas a la muerte. Por ejemplo, describe cómo, cuando han cesado las funciones corporales de respiración y circulación,


el hombre todavía no ha muerto, sino que está separado de la parte corpórea que utilizó en el mundo... El hombre, cuando muere, sólo pasa de un mundo a otro.1

1 Todas las citas de Swedenborg están tomadas del Compendium of the Theological and Spiritual Writings of Emanuel Swedenborg (Boston: Crosby and Nichols, 1853), págs. 160-197.

Afirma que él mismo ha pasado por las primeras etapas de la muerte y ha tenido experiencias fuera de su cuerpo.


Pasé por un estado de insensibilidad de los sentidos corporales, casi por el estado de la muerte; la vida de pensamiento interior seguía entera, por lo que percibí y retuve en la memoria las cosas que ocurrieron y lo que les ocurre a los que han resucitado... Especialmente se percibe... que hay una absorción..., un tirón de... de la mente, es decir, del espíritu, hacia fuera del cuerpo.
Durante la experiencia se encuentra con seres a los que identifica con «ángeles». Éstos le preguntan si está preparado para morir.
Aquellos ángeles me preguntaron primero cuál era mi pensamiento, si era como el de los que mueren, que generalmente se preguntan sobre la vida eterna; me dijeron que deseaban mantener mi mente en ese pensamiento.
La comunicación que tiene lugar entre Swedenborg y los espíritus no es de tipo terrestre y humano. Es casi una transferencia directa de pensamientos. No hay posibilidad de mala comprensión.
Los espíritus conversan entre sí mediante un lenguaje universal... Todo hombre, nada más morir, conoce ese lenguaje..., que es propio a su espíritu...

Lo que le dice un ángel o un espíritu a un hombre se oye igual que lo que le dice un hombre a otro hombre. Pero no es oído por los otros que están allí, sino por él sólo; la razón es que lo que dice el ángel o el espíritu fluye primero al pensamiento de hombre...
La persona recién fallecida no comprende que está muerta, pues sigue en un «cuerpo» que se asemeja al cuerpo físico en varios aspectos.
El primer estado del hombre tras la muerte es similar a su estado en el mundo, pues externamente es de la misma manera... Por tanto, no sabe otra cosa que el hecho de que sigue en el mundo... Una vez que se han maravillado de que están en un cuerpo y de que siguen en el mundo... desean saber lo que es el cielo y el infierno.
El estado espiritual es menos limitado. La percepción, el pensamiento y la memoria son más perfectos, y el tiempo y el espacio ya no constituyen obstáculos, como en la vida física.
Todas las facultades de los espíritus... se dan en un estado más perfecto, así como las sensaciones, pensamientos y percepciones.
El muerto puede encontrarse con otros espíritus, a los que conoció en vida. Están allí para ayudarle a pasar al más allá.
El espíritu de un hombre recién salido del mundo es... reconocido por sus amigos y por aquellos a quienes había conocido en el mundo..., que lo instruyen de lo concerniente al estado de vida eterna...
Puede ver su vida pasada en una visión. La recuerda con todo detalle y no tiene posibilidad de mentir u ocultar nada.
La memoria interior... En ella están escritas todas las cosas particulares... que el hombre ha pensado, hablado y hecho... desde su primera infancia hasta el momento de morir. Al hombre le acompaña el recuerdo de todas las cosas cuando pasa a la otra vida y es llevado sucesivamente a rememorarlas todas... Cuanto ha hablado y hecho... queda manifiesto ante los ángeles con una luz tan clara como la del día..., y... nada hay tan oculto en el mundo que no se manifieste tras la muerte... como visto en efigie, cuando el espíritu es visto a la luz del cielo.
Swedenborg también describe la «luz del Señor», que penetra el futuro, una luz de inefable brillo que él mismo ha visto. Es una luz de verdad y comprensión.
De nuevo en los escritos de Swedenborg, como antes en la Biblia, las obras de Platón y en el Libro tibetano de los muertos, encontramos notables paralelos con los acontecimientos que han contado nuestros contemporáneos que tuvieron experiencias próximas a la muerte. Surge, sin embargo, la cuestión de si dicho paralelismo es realmente tan sorprendente. Alguien podría sugerir, por ejemplo, que los autores de esas obras podrían estar influenciados entre ellos. Tal aserción podría sostenerse en algunos casos, pero no en todos. Platón admite que algunas de sus intuiciones derivan directamente del misticismo religioso de Oriente, por lo que podría estar influenciado por la misma tradición que produjo el Libro tibetano de los muertos. A su vez, las ideas de la filosofía griega influenciaron a algunos autores del Nuevo Testamento, por lo que podría argumentarse que la discusión de San Pablo sobre el cuerpo espiritual podría tener sus raíces en Platón.

Por otro lado, en la mayor parte de los casos no es posible establecer que tal influencia haya podido tener lugar. Cada escrito tiene algunos detalles interesantes que sólo se producen en mis entrevistas y que, por tanto, su autor no podría haber sacado de autores anteriores. Swedenborg leyó la Biblia y estaba familiarizado con Platón. Sin embargo, alude varias veces al hecho de que quien acaba de morir no comprende su estado hasta pasado cierto tiempo. Este hecho, que se produce una y otra vez en los relatos de quienes han tenido una experiencia próxima a la muerte, no es mencionado ni en la Biblia ni en Platón. En cambio, sí es enfatizado en el Libro tibetano de los muertos, obra que Swedenborg no tuvo posibilidad de leer, pues no fue traducida hasta 1927.

¿Es posible que las experiencias próximas a la muerte que yo he recogido estuvieran influenciadas por las obras que he discutido? Todas las personas a las que he entrevistado conocían la Biblia con anterioridad a su experiencia, y dos o tres sabían algo de Platón. Ninguno tenía noticias siquiera de la existencia de las obras de Swedenborg o del Libro tibetano de los muertos. Algunos detalles que no aparecen en la Biblia ni en Platón afloran constantemente en las experiencias que he recogido y se corresponden exactamente con acontecimientos y fenómenos mencionados en las fuentes más inusuales.

Debe reconocerse que la existencia de paralelos y similitudes entre los escritos de los antiguos pensadores y los informes de americanos actuales que sobrevivieron a experiencias próximas a la muerte sigue siendo un hecho sorprendente y todavía no explicado. También hemos de preguntarnos la razón por la cual la sabiduría de los tibetanos, la teología y las visiones de Pablo, las extrañas intuiciones y mitos de Platón y las revelaciones espirituales -de Swedenborg están tan de acuerdo, tanto entre ellos mismos como con los informes de los individuos contemporáneos que se hallaron próximos al estado de la muerte.



4. Cuestiones
AL lector ya se le habrán ocurrido muchas dudas y objeciones. Gran cantidad de preguntas se me han planteado sobre la materia en los años que llevo dando conferencias en público y hablando de ello en privado. En general, suelen preguntarme las mismas cosas en la mayor parte de las ocasiones, por lo que me resulta sencillo hacer una lista con las que me han hecho con mayor frecuencia. En este capítulo y en el siguiente me dedicaré a ellas.
¿Se está inventando usted todo esto?
No. Trato de hacerme un porvenir en la enseñanza de la psiquiatría y la filosofía de la medicina, y si intentara perpetrar una trampa no sería el camino para llegar a ese fin.

Además, según mi experiencia, los que han buscado con diligencia entre sus conocidos, amigos y parientes experiencias semejantes pronto han visto desaparecer sus dudas.


¿No está siendo poco realista? ¿Hasta qué punto son comunes esas experiencias?
Soy el primero en admitir que, debido a la naturaleza necesariamente limitada de los casos que muestro, soy incapaz de dar un cálculo estadístico numéricamente significativo de la incidencia de este fenómeno. Sin embargo, quiero decir lo siguiente: la incidencia de estos fenómenos es más común de lo que pensaría cualquiera que no los haya estudiado. He dado muchas conferencias sobre la materia, ante grupos de diferentes tipos, y no se dio un solo caso en el que no se haya levantado alguien para contarme una historia semejante, e incluso públicamente en algunos casos. Por supuesto, puede alegarse -y quien lo haga no se equivoca- que hay más probabilidad de que vaya a esas conferencias quien ha tenido una de esas experiencias. Sin embargo, en muchos de los casos que me he encontrado, la persona no vino a la conferencia a causa del tema. Por ejemplo, recientemente me dirigí a un grupo de unas treinta personas. Dos de ellas habían tenido experiencias próximas a la muerte y se encontraban allí por ser miembros del grupo. Ni siquiera conocían de antemano el tema de la charla.
Si las experiencias próximas a la muerte son tan frecuentes como usted dice, ¿por qué no es algo generalmente conocido?
Hay varias razones para ello. En primer lugar, se encuentra el hecho, en mi opinión, de que nuestra época está decididamente en contra de la discusión sobre la posibilidad de supervivencia a la muerte corporal. Vivimos en una era en que la ciencia y la tecnología han dado pasos de gigante en la comprensión y conquista de la naturaleza. Hablar de la vida posterior a la muerte les resulta algo atávico a muchos que sienten que la idea pertenece más a nuestro pasado «supersticioso» que al presente «científico». En consecuencia, quienes han experimentado lo que recae fuera de la esfera de la ciencia, tal como la entendemos, son considerados ridículamente. Siendo conscientes de esas actitudes, las personas que han tenido experiencias trascendentes se muestran remisas a relatarlas abiertamente. Estoy convencido de que una gran cantidad de material se esconde en las mentes de quienes han tenido esas experiencias, pero que, por miedo a ser tomados como «locos» o «excesivamente imaginativos», nunca lo han contado salvo a uno o dos amigos íntimos o parientes.

Además, la oscuridad pública del tema parece derivar en parte de un fenómeno psicológico bastante común que implica a la atención. Gran parte de lo que oímos y vemos queda sin registrar en nuestras mentes. Sin embargo, si nuestra atención es atraída por algo, tenemos la tendencia anotarlo después. Muchas personas han tenido la experiencia de aprender una nueva palabra y luego verla en todo lo que leían en los días siguientes. La razón no es que el lenguaje haya adoptado esa palabra y aparezca por todas partes, se trata más bien de que la palabra estaba en todo lo que había leído, pero, no siendo consciente de su significado, la pasaba por alto sin darse cuenta de su existencia.

Similarmente, tras una conferencia abrí el turno de discusión y un doctor se levantó y me dijo: «Llevo varios años dedicado a la medicina. Si estas experiencias son tan comunes como usted dice, ¿cómo no había oído hablar de ellas?» Sabiendo que probablemente habría alguien que conocería algún caso, devolví la pregunta al auditorio, y pregunté: «¿Ha oído alguien hablar de alguna experiencia semejante?» La esposa del doctor levantó el brazo y contó una que le había ocurrido a un amigo íntimo de ambos.

Por dar otro ejemplo, puedo citar el de un médico a quien yo conozco, que tomó conciencia de estos fenómenos leyendo un antiguo artículo de periódico sobre una de mis conferencias. Al día siguiente un paciente le relató, sin haberle preguntado él nada, una experiencia similar. El médico estableció que su paciente no podía saber nada de mis estudios. Le confió la historia porque estaba sorprendido y algo alarmado por lo que le ocurrió y buscaba una opinión médica. Es posible que en ambos casos los doctores supieran algo del asunto con anterioridad, pero de ser así habían pensado en ello como desviaciones individuales y no como fenómenos ampliamente extendidos, motivo por el cual no le prestaron atención.

En el caso de los médicos existe un factor adicional que puede contribuir a la explicación de su desconocimiento de los fenómenos próximos a la muerte, a pesar de que sería de esperar que los médicos, con más motivo que nadie, se tienen que haber encontrado con casos de ese tipo. Durante su aprendizaje en las facultades de medicina se los bombardea constantemente con la idea de que deben guardar muchas reservas ante la expresión que hace el paciente de lo que siente. Un médico presta mucha atención a los «signos» objetivos de los procesos de la enfermedad, pero toma los informes subjetivos («síntomas») con muchas reservas. Es un procedimiento razonable, pues es más factible enfrentarse a lo objetivo. Sin embargo, dicha actitud tiene también el efecto de esconder las experiencias que nos incumben, pues muy pocos médicos suelen preguntar a los pacientes que han reanimado sobre sus sensaciones y percepciones. A causa de ello, cabe sospechar que los doctores -en teoría el grupo con más posibilidades de encontrar experiencias cercanas a la muerte- no tienen más posibilidades que el resto de las personas de encontrarse con tal tipo de casos.
¿Ha detectado alguna diferencia entre mujeres y hombres con respecto a este fenómeno?
No parece existir ninguna diferencia en los contenidos o tipos de experiencias informados por unas y otros. Tanto los hombres como las mujeres han descrito los elementos más comunes de los encuentros con la muerte que hemos discutido y ninguno de los aspectos se da con más frecuencia en unos o en otras.

Las diferencias son de otro tipo. En general, los hombres que tuvieron esas experiencias se han mostrado más reticentes a la hora de hablar de ello. Fueron más los hombres que me contaron con brevedad sus casos y no han respondido a mis cartas o contestado a mis llamadas cuando he tratado de obtener un informe más detallado. Más hombres que mujeres me han dicho: «Traté de olvidarlo, de suprimirlo», aludiendo con frecuencia al miedo, al ridículo o confesando que las emociones implicadas en la experiencia eran excesivamente abrumadoras para volver a contarlas.

Aunque no puedo ofrecer ninguna explicación del hecho, no he sido el único en observarlo. El doctor Russell Moores, famoso investigador, me dijo que tanto él como algunos de sus compañeros habían observado la misma situación. Los hombres que llegan a él para informarlo de alguna experiencia psíquica son tres veces menos numerosos que las mujeres.

También es interesante el hecho de que durante el embarazo el número de experiencias ha sido mayor. También puedo explicar el motivo. Quizá se deba a que es un estado fisiológico en el que hay mayor posibilidad de riesgo y mayor número de complicaciones médicas potenciales. Unido el hecho de que ese estado sólo se da en las mujeres, al de que éstas son menos reticentes para hablar, podría explicarse la mayor frecuencia de tales experiencias durante el embarazo.


¿Cómo sabe que no le están mintiendo?
A quienes no han escuchado y visto cómo relataban las experiencias les resultaba fácil mantener la hipótesis de que esas historias son falsas. Me encuentro, sin embargo, en una posición única. He sido testigo de que hombres y mujeres adultos, maduros y emocionalmente estables, se venían abajo y lloraban al contarme acontecimientos que les habían sucedido tres décadas antes. He detectado en sus voces una sinceridad, calor y sentimiento que no pueden ser transcritos en el libro. En consecuencia, la noción de que esos relatos puedan estar preparados me resulta insostenible, aunque desgraciadamente es imposible que muchos otros compartan mi creencia.

Aparte de mi opinión, hay una serie de consideraciones que se oponen a la hipótesis de tal preparación. La más obvia es la dificultad de explicar la similitud de tantos relatos. ¿Cómo es posible que en ocho años tantas personas hayan venido a mí con la, misma mentira? La confabulación podría ser una posibilidad teórica. ¿Es concebible que una agradable dama de Carolina del Norte, un estudiante de medicina de Nueva Jersey, un veterinario de Georgia y muchos otros hayan formado una banda e iniciado una conspiración para producir una mentira elaborada para mí? ¡No creo que sea una posibilidad muy factible!


Si no están mintiendo abiertamente, quizá lo estén desfigurando de una manera más sutil. ¿No es posible que hayan elaborado sus historias con los años?
Esta cuestión hace referencia al bien conocido fenómeno psicológico de que una persona puede iniciar un relato simple de un acontecimiento o experiencia, convirtiéndolo con el paso del tiempo en un relato elaborado. Cada vez que lo cuenta añade un detalle sutil y acaba por creérselo él mismo, de forma que al final la historia está tan embellecida como alejada del original.

No creo que ese mecanismo haya sido operativo en la mayor medida en los casos que he estudiado. En primer lugar, los relatos de las personas a las que entrevisté inmediatamente después de su experiencia -en algunos casos cuando aún se encontraban en el hospital son idénticos a los de quienes recordaban historias que habían sucedido hacía décadas. Además, en algunos casos habían escrito descripciones de sus experiencias al poco tiempo de haberlas tenido y me leían sus notas durante la entrevista. También estas descripciones son del mismo tipo que las recordadas tras un lapso de varios años. Hay que tener en cuenta el hecho de que a veces he sido la primera o segunda persona con la que hablaban de ello, y que aun así lo hacían con bastante desgana a pesar de que habían pasado varios años. Aunque en esos casos la oportunidad de embellecimiento era escasa o nula, tampoco se diferenciaban de los relatos que habían sido contados muchas veces en varios años. Lo que sí ha sido posible en algunos casos es lo contrario al embellecimiento. Es lo que los psiquiatras llaman «supresión»: un esfuerzo consciente por controlar los recuerdos indeseados, los sentimientos o los pensamientos, o por ocultarlos a la conciencia. En numerosas ocasiones, en el curso de las entrevistas me han hecho observaciones indicativas de que se había producido la supresión. Por ejemplo, una mujer que me contó una experiencia muy elaborada que tuvo lugar durante su «muerte», me dijo: «Creo que hay más cosas, pero no puedo recordarlas. Traté de olvidarlas porque sabía que la gente no iba a creerme.» Un hombre, que sufrió un paro cardiaco durante una operación debida a unas heridas graves recibidas en Vietnam, me contó sus dificultades para tratar emocionalmente con sus experiencias externas al cuerpo. «He dejado de contarlo hasta ahora..., creo que hay muchas cosas que no recuerdo. He tratado de olvidarlas.» En resumen, parece evidente que el embellecimiento no ha sido un factor significativo en el desarrollo de estas historias.


¿Profesaban esas personas una religión con anterioridad a la experiencia? ¿No estará formado todo, en ese caso, por las creencias y antecedentes religiosos?
Parecen estarlo hasta cierto punto. Como mencioné antes, aunque la descripción del ser luminoso es invariable, sí cambia la identidad que se le adscribe, aparentemente en función de los antecedentes religiosos del individuo. Sin embargo, en toda mi investigación no he escuchado una sola referencia al cielo o al infierno, ni el cuadro que acostumbramos a oír en esta sociedad. Muchas personas han señalado qué diferentes fueron sus experiencias a lo que hubieran esperado teniendo en cuenta su aprendizaje religioso. Una mujer me contó: «Siempre había oído que al morir se veía el cielo y el infierno, pero yo no vi el uno ni el otro.» Otra, que tuvo una experiencia externa al cuerpo tras unas heridas graves, me informó: «Lo extraño es que en la educación religiosa que recibí siempre me habían enseñado que al morir te encuentras ante las bellas y nacaradas puertas. Pero yo flotaba alrededor de mi cuerpo..., ¡y eso fue todo! Estaba asombrada.» Además, en algunos casos los informes provienen de personas que carecían de creencia o educación religiosa anterior a la experiencia, y sus descripciones no parecen diferir en contenido en comparación con las de personas con fuertes creencias religiosas. En algunos casos, alguien que había estado expuesto a doctrinas religiosas y las había rechazado adquirió profundos y nuevos sentimientos religiosos tras la experiencia. Otros comentan que aunque habían leído textos religiosos, como la Biblia, hasta que tuvieron aquella experiencia no habían comprendido realmente algunas cosas.
¿Qué relación tienen las experiencias que ha estudiado con la posibilidad de la reencarnación?
Ninguno de los casos que he observado es indicativo de alguna manera de que la reencarnación se produzca. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que ninguno de ellos excluye esa posibilidad. Si la reencarnación existe, parece lógico pensar que se producirá un intervalo en alguna otra esfera entre el tiempo de separación del viejo cuerpo y la entrada en otro nuevo. En consecuencia, el entrevistar a quienes han estado cerca de la muerte no es la técnica apropiada para estudiar la reencarnación.

Otros métodos se han intentado para estudiar ese fenómeno. Por ejemplo, algunos han utilizado la técnica de la «regresión lejana». Un sujeto es hipnotizado y se le sugiere que retroceda mentalmente a etapas cada vez más lejanas en la vida. Cuando alcanza las primeras experiencias que puede recordar de su vida presente, se le dice que trate de retroceder un poco más. En ese punto, algunas personas comienzan a contar historias elaboradas sobre vidas anteriores en épocas pasadas y lugares distantes. En algunos casos, tales historias se comprueban con notable precisión. Así ocurre cuando se establece que el sujeto no podía haber conocido de forma normal los acontecimientos, personas y lugares que describe con tanta precisión. El caso de Bridey Murphy es de los más famosos, pero hay muchos otros, algunos incluso más impresionantes y mejor documentados, que no son tan ampliamente conocidos. Los lectores interesados en conocer esta cuestión pueden confrontar Twenty Cases Suggestlve of Reincarnation, del doctor Ian Stevenson. También es digno de tener en cuenta que en el Libro tibetano de los muertos, en donde se describen con tanta precisión los estadios del encuentro con la muerte, se dice que la reencarnación se produce en un punto posterior, tras los acontecimientos que han sido relatados por mis entrevistados.


¿Ha entrevistado alguna vez a alguien que haya tenido una experiencia cercana a la muerte en relación con un intento de suicidio? ¿Fue la experiencia diferente en ese caso?
Conozco algunos casos en los que un intentó de suicidio fue la causa de la «muerte» aparente. Estas experiencias fueron uniformemente caracterizadas como desagradables.

Una mujer me dijo: «Si dejas esto con un alma atormentada, también allí la tendrás.» En resumen, dicen que los conflictos que les llevaron a suicidarse para escapar estaban todavía presentes cuando murieron, pero con más complicaciones. En el estado incorpóreo no podían hacer nada por sus problemas, pero tenían que ver las desgraciadas consecuencias que resultaban de sus actos.

Un hombre que se pegó un tiró, deprimido por la muerte de su esposa, «muriendo» y resucitando luego, cuenta:
No fui adonde estaba [mi esposa]. Fui a un lugar horrible... Inmediatamente comprendí el error que había cometido y pensé: «Ojalá no lo hubiera hecho.»
Otros que han experimentado ese desagradable «limbo» cuentan que tuvieron la sensación de que estarían allí mucho tiempo. Fue su castigo por «romper las reglas», por tratar de liberarse a sí mismos de lo que era una «misión»: cumplir un cometido en la vida.

Esas observaciones coinciden con las informaciones de personas que «murieron» por otras causas, pero que mientras estaban en ese estado les llegó el pensamiento de que el suicidio era un acto muy desafortunado al que le esperaba un grave castigo. Un hombre que estuvo cerca de la muerte tras un accidente automovilístico, cuenta:


[Mientras estuve allí] tuve la sensación de que dos cosas me estaban totalmente prohibidas: suicidarme y matar a otra persona... Si me matara a mí mismo, sería arrojarle a Dios su regalo a la cara... Matar a otro sería interferir en los propósitos de Dios para ese individuo.
Sentimientos como ésos, que me han expresado en distintas entrevistas, son idénticos a los encerrados en los más antiguos argumentos teológicos y morales contra el suicidio, descritos en diversas formas en los textos de pensadores tan diferentes cómo Santo Tomás de Aquino, Locke y Kant. Un suicida, según Kant, está actuando en oposición a los propósitos de Dios y llega al otro lado con la consideración de rebelde a su Creador. Santo Tomás de Aquino afirma que la vida es un don de Dios, y que a Él, no al hombre, le corresponde retirarlo.

Sin embargó, discutiendo esto no paso de un juicio moral contra el suicidio. Sólo informó de lo que me han contado otros que han pasado por esa experiencia. Estoy preparando ahora un segundo libro sobre experiencias cercanas a la muerte en el que este tema, junto con otros, será tratado con mayor amplitud.


¿Conoce algún caso perteneciente a otra cultura?
No. De hecho, una de las múltiples razones por las que digo que mi estudio no es «científico» se debe a que el grupo de individuos a quienes he escuchado no está constituido por una muestra al azar de seres humanos. Estaría muy interesado en escuchar experiencias cercanas a la muerte de esquimales, indios kwakiutl, navajos, de watusis, etcétera. Sin embargo, debido a limitaciones geográficas y de otro tipo no he podido localizar ninguna.
¿Hay ejemplos históricos de fenómenos cercanos a la muerte?
No los conozco. Sin embargo, dado que he estado totalmente ocupado por ejemplos contemporáneos, he carecido de tiempo para investigar esa cuestión. No me sorprendería descubrir que existen informes de ese tipo en el pasado. Por otra parte, tengo la sospecha de que las experiencias cercanas a la muerte han sido más comunes en las pasadas décadas que en periodos anteriores. La razón es que sólo en los últimos tiempos ha podido producirse la reanimación tecnológica. Muchos de los individuos que sobrevivieron en nuestra época no hubieran podido hacerlo en tiempos pasados. Inyecciones de adrenalina al corazón, una máquina que produce un shock en él, corazones artificiales y pulmones de acero son ejemplos de esos avances médicos.
¿Ha investigado los registros médicos en sus entrevistados?
Siempre que me fue posible. En los casos en que me invitan a hacerlo han demostrado la exactitud de las afirmaciones hechas por las personas implicadas. En algunos casos, debido al paso del tiempo y/o a la muerte de las personas que realizaron la reanimación, los registros no estaban disponibles. Los informes de los cuales no existen registros no son diferentes de los que los poseen. En muchos casos, cuando los registros médicos no han sido accesibles, he contado con el testimonio de otros -amigos, doctores o parientes del informante-, quienes han afirmado que se produjo la muerte clínica.
He oído que al cabo de cinco minutos la reanimación es imposible, y, sin embargo, usted dice que algunos de los entrevistados estuvieron «muertos» hasta veinte minutos. ¿Cómo es posible?
La mayor parte de los números y cantidades que se citan en la práctica médica son valores medios y no deben tomarse como absolutos. La cifra de cinco minutos que con frecuencia oímos es un promedio. Es una norma clínica no intentar la reanimación después de cinco minutos porque, en la mayor parte de los casos, puede haberse producido algún daño cerebral por falta de oxígeno. Sin embargo, como es un promedio, puede esperarse que existan casos individuales a ambos extremos. Incluso he encontrado casos en los que la reanimación se produjo después de veinte minutos, sin que de ello resultara dañado el cerebro.
¿Algunos de ellos estuvieron realmente muertos?
Una de las razones principales por las que esa cuestión es tan confusa y difícil de responder es que hay un problema semántico en relación con el significado de la palabra «muerte». Como revela la reciente controversia en torno a los trasplantes de órganos, la definición de la «muerte» no está establecida ni siquiera entre los profesionales en el campo de la medicina. Los criterios no varían sólo entre abogados y médicos, sino entre los mismos médicos y de hospital a hospital. La respuesta dependerá, por tanto, de lo que se entienda por «muerte». Será provechoso examinar aquí las tres definiciones y hacer un comentario de ellas.

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