Raymond a. Moody, jr



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Nuevas visiones de la muerte
Como era razonable esperar, tal experiencia tiene un efecto profundo sobre las actitudes ante la muerte física, especialmente en el caso de quienes previamente no hubieran creído que ocurriese algo después de la muerte. En una u otra forma, casi todos me han expresado que ya no temen a la muerte. Esta idea, empero, ha de ser clarificada. En primer lugar, ciertas formas de muerte resultan indeseables, y, en segundo lugar, ninguno de ellos busca activamente la muerte. Todos sienten que tienen tareas que realizar mientras estén físicamente vivos y se muestran de acuerdo con lo que me dijo uno de ellos: «He de cambiar muchas cosas antes de irme de aquí.» Igualmente, todos desaprueban el suicidio como medio de volver a las esferas que vislumbraron durante sus experiencias. La idea central es que el estado de muerte ya no les resulta lúgubre. Veamos algunos pasajes en que se expresan esas actitudes:
1) Supongo que esta experiencia modeló en cierta forma mi vida. Era un niño cuando me ocurrió, sólo tenía diez años, pero toda mi vida he estado convencido, a partir de entonces, de que hay vida después de la muerte. No me cabe la menor duda de ello, y no tengo miedo a morir. He conocido personas que se atemorizaban realmente ante la idea. Siempre sonrío interiormente cuando oigo a alguien dudar de la existencia de un más allá, o decir: «Cuando te has muerto, te has ido.» Pienso para mí mismo que no saben de qué hablan

.

Durante mi vida me han ocurrido muchas cosas. En el despacho he tenido una pistola apoyada en la sien, pero no he sentido apenas miedo, pues pensaba: «Si realmente muero, si de verdad me matan, sé que viviré en otro lugar.»
2) Cuando era un niño solía tener miedo a morir. Me despertaba por las noches llorando y con un ataque de nervios. Mis padres entraban corriendo en la habitación y me preguntaban qué ocurría. Les decía que sabía que tenía que morir, pero no quería, y les preguntaba si podían evitarlo. «No -me respondían-, así son las cosas y debemos enfrentarnos a ellas.» Mi madre me decía que todos teníamos que llegar a ello y que entonces lo haríamos muy bien. Años más tarde ella murió y hablé del asunto con mi esposa. Seguía temiendo la muerte y deseando que no viniera.

Sin embargo, desde que tuve la experiencia no la temo. Aquellos sentimientos desaparecieron. En los funerales ya no me siento mal. Al contrario, siento una especie de alegría en ellos, pues sé dónde se encuentra la persona muerta.

Creo que el Señor me hizo tener esa experiencia precisamente por la forma en que me sentía ante la muerte. Mis padres me consolaban, pero el Señor me mostró. Ahora ya no hablo de ello, pero lo conozco y me siento a gusto.
3) Ya no temo a la muerte. No es que la desee o quiera morir ahora. No quiero vivir en el otro lado porque se supone que estoy viviendo aquí. La razón por la que no temo a la muerte es que sé adónde iré cuando deje esto, pues ya he estado allí antes.
4) Lo último que la luz me dijo antes de volver al cuerpo, a la vida, fue...; bueno, la idea se reduce a que regresaría. Me decía que esta vez seguiría viviendo, pero que volveríamos a estar en contacto y que en esa ocasión moriría realmente.

Por eso estoy seguro que la luz y la voz regresarán, aunque no sé cuándo. Pienso que será una experiencia similar, aunque creo que mejor, pues sabré lo que me espera y no estaré tan confuso. De todas maneras, no quiero regresar demasiado pronto, pues todavía he de hacer aquí unas cuantas cosas.
El motivo de que la muerte ya no produzca temor, como se deduce de los anteriores extractos, es que tras la experiencia nadie duda de la supervivencia a la muerte corporal. Ya no es una posibilidad abstracta, sino un hecho experimentado.

Recuérdese que al principio discutí el concepto de «aniquilación», que utilizaba el «sueño» y el «olvido» como modelos. Las personas que han «muerto» desaprueban esos modelos y eligen analogías que hablan de la muerte como una transición de un estado a otro, o como una entrada en un estado superior de conciencia o ser. Una mujer cuyos parientes habían fallecido y fueron a recibirla en su muerte, compara la experiencia con un «regreso al hogar». Otros la han vinculado con diferentes estados psicológicamente positivos; por ejemplo, con el despertar, con una graduación o con la salida de una cárcel.


1) Hay quien dice que no utilizamos la palabra «muerte» porque estamos tratando de escapar de ella. No es cierto en mi caso. Una vez que se ha tenido una experiencia como la mía, se sabe que no existe eso que se llama muerte. Simplemente te gradúas de una cosa y pasas a otra, de la misma manera que se pasa de la escuela pública al instituto.
2) La vida es como una prisión. En este estado no podemos darnos cuentas de hasta qué punto los cuerpos son prisiones. La muerte es una liberación, como escapar de una cárcel. Es la mejor idea que se me ocurre si busco una comparación.
Incluso los que con anterioridad a la experiencia habían tenido alguna convicción tradicional sobre la naturaleza del más allá parecen haberse separado un poco de ella para seguir su propia aproximación a la muerte. De hecho, en todos los informes que he reunido, nadie me hace un cuadro mitológico de lo que hay al otro lado. Ninguno ha descrito las puertas nacaradas de los dibujantes, ni las calles doradas, ángeles alados tocando el arpa, ni un infierno de llamas con demonios con horcas.

En la mayor parte de los casos se abandona el modelo de recompensa-castigo, incluso por parte de quienes estaban acostumbrados a pensar en esos términos. Descubrieron, para su sorpresa, que incluso cuando sus actos aparentemente más horribles y pecaminosos se hacían manifiestos ante el ser luminoso, éste no respondía con cólera, sino con comprensión e incluso con humor. Una mujer que pasó por la etapa de la revisión de la vida con ese ser vio algunas escenas en las que en lugar de amor había demostrado egoísmo. «Su actitud -cuenta ella-, cuando llegamos a esas escenas, era que con ellas había estado aprendiendo.» En lugar del viejo modelo, muchos se han vuelto hacia uno nuevo, a una nueva comprensión del mundo del más allá; una visión sin juicios unilaterales, con un desarrollo cooperativo hacia el fin último de la autorrealización. De acuerdo con estas nuevas visiones, el desarrollo del alma, especialmente por lo que se refiere a las facultades espirituales del amor y el conocimiento, no se detiene tras la muerte; continúa en el otro lado, quizá eternamente, pero con toda seguridad por un tiempo y una profundidad que sólo podremos vislumbrar, mientras estemos en los cuerpos físicos, «a través de un cristal, misteriosamente.»


Corroboración
Es natural plantearse ahora la cuestión de si es posible adquirir alguna evidencia de la realidad de las experiencias cercanas a la muerte, independiente a la misma descripción de las experiencias. Muchas personas informan que han estado fuera de sus cuerpos durante largos periodos y que han sido testigos de muchos acontecimientos del mundo físico mientras tanto. ¿Pueden comprobarse algunos de esos informes con otros testigos que hubieran estado presentes, o con acontecimientos posteriores que los confirmen, siendo de esta forma corroborados?

En bastantes casos, la sorprendente respuesta a esa pregunta es afirmativa. Incluso puede decirse que la descripción de los acontecimientos vistos desde fuera del cuerpo suele ser muy comprobable. Algunos doctores, por ejemplo, me dijeron que han quedado muy desconcertados por la forma en que pacientes sin conocimientos médicos podían describir, correctamente y con todo detalle, el procedimiento utilizado en los intentos de reanimación, aunque estos acontecimientos hubieran tenido lugar cuando los doctores sabían que los pacientes estaban «muertos».



En algunos casos, los entrevistados me han informado de que sorprendieron a sus doctores o a otras personas con la descripción de acontecimientos que habían visto mientras estaban fuera del cuerpo. Por ejemplo, cuando estaba muriendo, una joven salió de su cuerpo y pasó a otra sala del hospital, donde se encontró con su hermana mayor que lloraba, y decía: «¡Oh, Kathy; por favor, no mueras; por favor, no mueras!» La hermana mayor quedó sorprendida cuando, posteriormente, Kathy le dijo exactamente dónde había estado y lo que había dicho en esos momentos. En los dos extractos siguientes se describen acontecimientos similares.
1) Cuando todo hubo terminado, el doctor me dijo que había estado muy grave, y le contesté: «Ya lo sé.» «¿Cómo lo sabe?» «Puedo decirle cuanto ha ocurrido.» No me creía, así que se lo conté todo, desde el momento en que dejé de respirar hasta que volví a la vida. Él se sorprendió mucho de que supiera todo eso. No sabía qué decir, pero vino a verme en varias ocasiones para preguntarme cosas sobre ello.
2) Cuando desperté después del accidente, mi padre se encontraba allí, y yo ni siquiera quería saber cómo estaba, o lo que pensaban los doctores qué ocurría. Sólo deseaba hablar de la experiencia que pasé. Le conté a mi padre quién había sacado mi cuerpo del edificio, y hasta le describí el color de sus ropas y la conversación que sostuvieron. Éste afirmó que todo era cierto. Mi cuerpo había estado inánime todo ese tiempo, y no hubiera podido ver u oír todas esas cosas de no encontrarme realmente fuera de él.
En unos cuantos casos he podido obtener testimonios independientes que corroborasen tales acontecimientos. Sin embargo, surgen factores que complican el hecho de determinar el valor evidencial de tales informes independientes. En primer lugar, el hecho corroborador es atestiguado tan sólo por la persona «muerta» y, todo lo más, por un par de amigos o parientes próximos. En segundo lugar, incluso en los ejemplos excepcionalmente dramáticos y bien atestiguados que he recogido, he prometido no revelar los nombres reales. Aunque pudiera hacerlo, por razones que explicaré en el último capítulo, no creo que tales hechos constituyesen una prueba.
Hemos llegado al final de nuestro examen de los diferentes estadios y acontecimientos comúnmente informados de la experiencia de la muerte. Para terminar este capítulo quiero incluir un extracto de bastante extensión de un relato excepcional que encierra muchos de los elementos ya discutidos. Contiene además una variante única de la que no hemos hablado antes: el ser luminoso le habla de antemano de su inminente muerte y decide luego dejarlo vivir.
Cuando aquello ocurrió padecía, y sigo padeciendo, una grave asma bronquial con enfisema. Un día tuve un ataque de tos y se me produjo una ruptura en la parte inferior de la espina dorsal. Durante dos meses consulté a varios médicos, pues me causaba un dolor terrible, y finalmente uno de ellos me remitió a un neurocirujano, el doctor Wyatt. Me examinó y dijo que debía ingresar inmediatamente en un hospital, lo que hice sin demoras.

El doctor Wyatt sabía que tenía una grave enfermedad respiratoria y llamó a un especialista pulmonar, quien habló de consultar al anestesista, doctor Coleman, sobre la conveniencia de dormirme. El especialista pulmonar me trató durante tres semanas con el fin de que el doctor Coleman pudiera anestesiarme. Este último, aunque bastante preocupado, un lunes dio su consentimiento. Planearon la operación para el viernes siguiente. El lunes por la noche me dormí y tuve un sueño tranquilo hasta la madrugada del martes, en la que desperté con graves dolores. Me di la vuelta y traté de colocarme en una postura más cómoda, y en ese momento apareció una luz en una esquina de la habitación debajo del techo. Era una bola de luz, casi como un globo, pero no muy grande. Diría que no más de doce o quince pulgadas de diámetro. Al aparecer la luz tuve una sensación. Mentiría si dijera que era horripilante. Era una sensación de paz completa y relajación profunda. La luz extendió una mano hacia mí y me dijo: «Ven conmigo. Quiero enseñarte algo.» Inmediatamente, sin la menor vacilación, alcé mi mano y me cogí a la suya. Al hacerlo, tuve la sensación de ser arrastrado fuera de mi cuerpo, y al mirar hacia atrás lo vi allí, tumbado sobre la cama, mientras yo me elevaba hacia el techo de la habitación.

Nada más abandonar el cuerpo, tomé la misma forma que la luz. Sentí -he de utilizar mis propias palabras para ello, pues nunca he oído a nadie contar algo semejante-, que esta forma era un espíritu. No era un cuerpo, sino un jirón de humo o de vapor. Parecía como el humo de un cigarrillo iluminado al ascender hacia una lámpara. Sin embargo, mi forma actual tenía colores. Había naranja, amarillo y otro que no podía diferenciar muy bien..., podía ser un índigo, un color azulado.

Aquel espíritu no tenía la forma de un cuerpo. Era aproximadamente circular, aunque tenía lo que podíamos llamar una mano. Lo sé porque cuando la luz me tendió la suya yo se la cogí. El brazo y la mano de mi cuerpo seguían con él, pues pude verlos sobre la cama al lado de mi cuerpo cuando me elevaba hacia la luz. Cuando no utilizaba la mano espiritual, el espíritu recobraba la forma circular.

Fui atraído hasta la posición de la luz y ambos atravesamos el techo y la pared de la sala del hospital, traspasamos un corredor y creo que unos suelos hasta pasar a un piso inferior. No teníamos dificultad para atravesar puertas o paredes, pues desaparecían de nuestra vista cuando nos aproximábamos a ellas.

Durante ese periodo me pareció que nos movíamos. Mejor dicho, sabía que nos estábamos moviendo, aunque no hubiera sensación de velocidad. En un momento, casi instantáneamente en realidad, me di cuenta de que habíamos llegado a la sala de recuperación del hospital. Ni siquiera sabía entonces en qué parte del mismo se encontraba, pero llegamos allí y de nuevo nos encontramos en una esquina de la habitación cercana al techo. Pude ver a los doctores y enfermeras con sus trajes verdes y las camas que allí había.

Entonces me dijo el ser -me enseñó-: «Ahí te van a llevar. Cuando te saquen de la mesa de operaciones te pondrán en esa cama, pero nunca despertarás. No te darás cuenta de nada desde que te lleven a la mesa de operaciones, hasta un poco después, que vendré por ti.» No dijo esto con palabras. No era una voz audible, pues, si así hubiera sido, la habrían oído los que se encontraban en la habitación. Era más bien una impresión que me llegaba, pero en forma tan vívida que yo no podía decir que no la había oído o sentido. Era bien definida.

Con respecto a lo que veía...; bueno, era mucho más fácil reconocer las cosas estando en forma espiritual. Me preguntaba qué era lo que estaba tratando de enseñarme. Inmediatamente supe lo que tenía en su mente. No había duda. Aquella cama -la cama de la derecha según se entra del corredor- era donde iba a estar y que me sacaría de allí con un propósito determinado. Luego me explicó el motivo. No quería que tuviese miedo cuando llegara el momento de que mi espíritu abandonara el cuerpo, pero sí que conociese la sensación que se tenía al pasar por ese punto. Quería asegurarse de que no tendría miedo, pues el paso no sería inmediato; tendría que atravesar otras etapas primero, pero él lo supervisaría todo y estaría esperándome al final.

Cuando me uní a él para viajar hasta la sala de recuperación y me había convertido yo mismo en un espíritu, en cierta manera nos habíamos fusionado en uno. No obstante, seguíamos siendo dos espíritus separados. Él tenía pleno control de cuanto iba sucediendo en lo que respecta a lo que me concernía a mí. Incluso si viajábamos a través de las paredes y los techos, tenía la impresión de que seguíamos en tan estrecha comunicación que nada podía molestarlo. Nunca había sentido esa paz, esa calma y serenidad.

Tras decirme aquello, regresamos a mi habitación y volví a ver mi cuerpo en la misma posición en que lo dejamos. Creo que estuve fuera de él unos cinco o diez minutos, pero el paso del tiempo no tenía nada que ver con aquella experiencia. De hecho no recuerdo si alguna vez pensé en que el tiempo estaba pasando.

Me había cogido tan de sorpresa que estaba anonadado. Era tan vívido y real..., más que una experiencia ordinaria. A la mañana siguiente no experimentaba el menor miedo. Al afeitarme no sentí temblor en la mano, como me venía ocurriendo desde hacía seis u ocho semanas. Sabía que iba a morir, pero no me daba pena ni miedo. No pensaba siquiera en si podía hacer algo para evitarlo. Estaba preparado.

En la tarde del miércoles, un día antes de la mañana de mi operación, me encontraba en la habitación del hospital y me sentí preocupado. Mi esposa y yo teníamos un hijo, un sobrino adoptado, que nos estaba causando problemas. Decidí escribirles una carta a cada uno, expresándoles mis preocupaciones, y esconderlas en donde no pudieran ser encontradas hasta después de la operación. Cuando ya había escrito dos páginas a mi esposa, mis ojos se abrieron y rompí a llorar. Sentí que alguien estaba presente, y pensé que había llorado tan alto que una enfermera se acercaba para ver qué me pasaba. Pero no había oído abrir la puerta. De nuevo sentí aquella presencia, pero sin ver ninguna luz esa vez. Al igual que antes, me llegaron pensamientos y palabras: «Jack, ¿por qué estás llorando? Pensé que te gustaría estar conmigo.» «Sí, me gusta, lo deseo con fuerza.» «¿Por qué estás llorando, entonces?» «Tenemos un problema con nuestro sobrino, y temo que mi esposa no sepa cómo solucionarlo. Estoy tratando de ponerle en palabras cómo me siento y lo que quiero que ella haga por él. También estoy preocupado porque creo que mi presencia habría contribuido algo a solucionarlo.»

Entonces volví a sentir sus pensamientos: «Como te estás preocupando por alguien más y pensando en los otros, te garantizo que tendrás lo que deseas. Vivirás hasta que tu sobrino se haya hecho un hombre.» Después se fue. Dejé de llorar y destruí la carta para que mi esposa no la encontrase accidentalmente.

Aquella tarde, el doctor Coleman entró a verme y me dijo que esperaba tener problemas para hacerme dormir y que no debía sorprenderme de despertar y encontrarme con muchos cables, tubos y máquinas rodeándome. No le conté mi experiencia, limitándome a asentir y decirle que cooperaría.

A la mañana siguiente la operación fue muy larga, pero salió bien. Cuando estaba recuperando la conciencia, el doctor Coleman se encontraba allí, y le dije: «Sé exactamente dónde me encuentro.» Él me preguntó: «¿En qué cama?» «En la primera de la derecha, según se entra en la sala.» Se rió y pensó que estaba hablando por efectos de la anestesia.

Iba a decirle lo ocurrido, pero en ese momento entró el doctor Wyatt, y dijo: «Está despertando ahora. ¿Qué piensa hacer?» El doctor Coleman respondió: «No tengo que hacer nada. Nunca en mi vida me he sorprendido tanto. Estoy aquí con todo ese equipo preparado y no necesita nada.» El doctor Wyatt replicó: «Todavía ocurren milagros.» Cuando me levanté y vi lo que me rodeaba me encontré en la misma cama que la luz me había mostrado días antes.

Hace tres años de esto, pero sigue tan vívido como entonces. Ha sido lo más fantástico que me ha ocurrido nunca y me ha cambiado. Sólo he hablado de ello con mi esposa, mi hermano, mi sacerdote y con usted. No sé cómo contarlo, es muy difícil de explicar. No trato de producir un gran shock en su vida ni de fanfarronear. Pero después de aquello ya no tengo dudas. Sé que hay vida después de la muerte.

3. Paralelos
LOS acontecimientos producidos en los diversos estadios de la experiencia de la muerte son, como mínimo, inusuales. Por ello, mi sorpresa ha ido en aumento cuando con los años he ido encontrando una serie de paralelos. Éstos se hallan en antiguos y muy esotéricos escritos de la literatura de muy diversas civilizaciones, culturas y áreas.
La Biblia
En nuestra sociedad, la Biblia es el libro más leído y comentado de cuantos tratan de materias relativas a la naturaleza del aspecto espiritual del hombre y de la vida posterior a la muerte. Sin embargo, en general, la Biblia tiene muy poco que decir con respecto a los hechos que se producen después de la muerte y sobre la naturaleza precisa del mundo posterior a ella. Esto es especialmente cierto por lo que se refiere al Antiguo Testamento. Según los expertos bíblicos, sólo dos pasajes del Antiguo Testamento hablan inequívocamente de la vida posterior a la muerte:
Isaías 26, 19: «Revivirán los muertos; junto con los cadáveres se levantarán. Despertarán y cantarán los que vivieron en el polvo... y la tierra arrojará a los muertos». 1
1 Todas las citas de la Biblia están tomadas de la versión inglesa del rey Jaime.
Daniel 12, 2: «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, algunos para la vida eterna, algunos para la vergüenza y el desprecio eternos.»
Obsérvese que en ambos pasajes se sugiere la resurrección del cuerpo físico, y que el estado de muerte física es comparado al sueño.

Es evidente, a partir del capítulo precedente, que algunas personas han sacado conceptos específicos de la Biblia cuando han tratado de elucidar o de explicarme lo que les ocurrió. Por ejemplo, se recordará que un hombre identificó la oscura envoltura por la que pasó en el momento de la muerte con el bíblico «valle de la sombra de la muerte». Dos personas mencionaron las palabras de Jesús: «Yo soy la luz del mundo.» Al menos en parte, identificaron a la luz con Cristo sobre la base de esa frase. Uno de ellos me dijo: «Nunca vi a una persona en esa luz, pero para mí era Cristo... La conciencia, la unidad con todas las cosas, el amor perfecto. Creo que Jesús se refería a eso cuando dijo que era la luz del mundo.»

En mi propia lectura he encontrado algunos paralelos que ninguno de los entrevistados había mencionado. El más interesante se encuentra en los escritos del apóstol San Pablo. Era un perseguidor del cristianismo hasta su famosa visión y conversión en el camino de Damasco.
Hechos 26, 13-26: «Al mediodía, ¡oh rey!, vi en el camino una luz venida del cielo, más brillante que el sol, que me rodeó a mí y a quienes viajaban conmigo. Cuando hubimos caído todos a tierra, escuché una voz que me hablaba y me decías en lengua hebrea: "Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues? Te es duro dar coces contra los aguijones."

»Yo le dije: "¿Quién eres tú, Señor?" Él respondió: "Soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y ponte de pie, pues me he aparecido a ti para que seas mí servidor y testigo de las cosas que has visto y de las que te mostraré..."

»Así pues, oh rey Agripa, no fui desobediente a la visión celestial... Mientras decía esto, Festo gritó: "¡Pablo, estás loco, tanto aprender te ha afectado a la mente!"

«Yo le respondí: "No estoy loco, noble Festo; hablo de cosas verdaderas y sensatas".»
Este episodio tiene alguna semejanza con el encuentro con el ser luminoso en las experiencias cercanas a la muerte. Ante todo, el ser está dotado de personalidad, aunque no se vea forma física, y de él emana una «voz» que hace preguntas y da instrucciones. Cuando San Pablo trata de contárselo a los otros, se burlan de él y lo consideran loco. Sin embargo, la visión cambió el curso de su vida. Desde entonces se convirtió en el primer promotor del cristianismo, como forma de vida que implicaba el amor a los otros.

También hay diferencias, por supuesto. San Pablo no estuvo cerca de la muerte durante su visión. También habla de que fue cegado por la luz y perdió la vista durante tres días, lo que se opone a los informes que dicen que, a pesar de que tenía un brillo indescriptible, ni los cegó ni les impidió ver las cosas que les rodeaban.

En sus discusiones sobre la naturaleza de la vida del más allá, San Pablo dice que algunos ponen en duda el concepto cristiano de otra vida al preguntar por el tipo de cuerpo que tendrá el muerto:
Corintios 15, 35-52: «Alguno dirá: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo? Loco..., lo que tú siembras no es el cuerpo que brotará, sino un simple grano...; pero Dios le da el cuerpo que le place, y a cada semilla su propio cuerpo... Hay cuerpos celestiales y cuerpos terrestres: una es la gloria del celestial y otra la del terrestre... Así es también la resurrección del muerto. Se ha sembrado en corrupción y resucita en incorrupción. Se ha sembrado en deshonor, resucita en gloria. Se ha sembrado en debilidad, resucita en poder. Se ha sembrado en un cuerpo natural, resucita en un cuerpo espiritual... Fijaos, os muestro un misterio: no todos moriremos, pero todos seremos transformados. En un momento, en el pestañear de un ojo, con la última trompeta, pues la trompeta sonará, todos los muertos resucitarán incorruptibles.»
Es interesante que el breve esbozo que hace San Pablo de la naturaleza del «cuerpo espiritual» se corresponda tan bien con los relatos de quienes se han encontrado fuera de sus cuerpos. En todos los casos, la inmaterialidad del cuerpo espiritual -su falta de sustancia física- se ha puesto de relieve. San Pablo dice, por ejemplo, que mientras el cuerpo físico es débil y feo, el espiritual será fuerte y hermoso. Esto me recuerda el relato de una experiencia cercana a la muerte en la que el cuerpo espiritual estaba completo mientras que el físico podía verse mutilado; así como otro en que el cuerpo espiritual no parecía tener una edad particular; es decir, no estaba limitado por el tiempo.



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