Raymond a. Moody, jr



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La frontera o límite
En algunos casos me han contado que durante la experiencia se aproximaron a lo que podría llamarse frontera o límite. En los diversos relatos ha tomado la forma de masa de agua, niebla gris, una puerta, un cercado o simplemente una línea. Aunque sea una especulación, cabe preguntarse si no habrá una sola experiencia básica o idea en la raíz de todos ellos. Si ello es cierto, las distintas versiones representarán tan sólo las diferentes maneras individuales de interpretar, describir o recordar la base de la experiencia. Veamos algunos relatos en los que juegas un papel predominante la idea de frontera o límite.
1) «Fallecí» tras un paro cardiaco y de repente me encontré en un campo que giraba. Era hermoso y de un verde intenso; un color que desconocemos en la tierra. Me rodeaba una hermosa luz.

Miré hacia delante, al campo, y descubrí una valla. Me dirigí hacia ella y vi a un hombre al otro lado que también caminaba hacia la valla, pero en dirección opuesta a la mía, como si desease encontrarme. Quise alcanzarlo, pero me sentí atraído irresistiblemente hacia atrás. Al mismo tiempo lo vi dar la vuelta y alejarse de la valla
2) Esta experiencia tuvo lugar durante el nacimiento de mi primer hijo. Al octavo mes de embarazo enfermé de algo que mi doctor describió como condición tóxica y me pidió que ingresara en el hospital para tener el hijo. Nada más acabar el parto sufrí una grave hemorragia que tuvieron dificultades para controlar. Era consciente de lo que estaba pasando, ya que, como yo misma era enfermera, comprendía el peligro existente. En aquel momento perdí la conciencia y escuché un molesto zumbido. En la siguiente imagen que vi navegaba en una nave o una pequeña vasija hacia el otro lado de una masa de agua. En la otra orilla pude ver a los seres queridos que habían muerto: mi madre, mi padre, mi hermana, y otros. Podía verlos, incluso sus rostros, como los conocí en la tierra. Me llamaban y pedían que fuera allí, y mientras tanto yo les decía: «No, no. No estoy preparada para unirme a vosotros. No quiero morir. No estoy preparada para ir.»

La experiencia fue muy extraña, pues durante todo el tiempo podía ver a los doctores y enfermeras trabajando con mi cuerpo, pero era más como si fuera una espectadora en lugar de la persona -el cuerpo- con la que estaban trabajando. Trataba desesperadamente de comunicarle al doctor que no iba a morirme, pero nadie podía escucharme. Todo -los médicos, las enfermeras, la sala de partos, la nave, el agua y la costa distante- formaba una especie de conglomerado. Todo estaba mezclado, como si una escena tuviera sobreimpresa la otra.

La nave casi alcanzó la costa distante, pero cuando iba a hacerlo dio la vuelta y tomó la dirección opuesta. Finalmente, logré comunicar con el doctor y decirle: «No voy a morir.» Creo que fue en ese momento cuando volví a entrar en el cuerpo y el doctor explicó lo ocurrido. Había tenido una hemorragia posterior al parto y casi me muero, pero iba a ponerme bien.
3) Me hospitalizaron por una grave afección en los riñones y estuve en coma durante una semana. Los médicos no sabían si sobreviviría. Durante ese periodo de inconsciencia sentí que me elevaba, como si no tuviera cuerpo físico. Se me apareció una brillante luz blanca. Tenía tal resplandor que no podía ver a través de ella, pero estar en su presencia resultaba tranquilizador y maravilloso. En la vida física no existe ningunas experiencia semejante. Mientras estaba en su presencia llegaron a mi mente los siguientes pensamientos: «¿Quieres morir?» Contesté que no lo sabía, pues nada conocía de la muerte. Entonces la luz blanca me dijo: «Traspasa esa línea y lo aprenderás.» Sentí que era consciente de la línea que había frente a mí, aunque en realidad no podía verla. Cuando la crucé, me inundaron los más maravillosos sentimientos de paz y tranquilidad y desaparecieron todas mis preocupaciones.
4) Tuve un ataque de corazón y me encontré en un hueco negro. Me daba cuenta de que había dejado el cuerpo físico. Sabía que estaba muriendo, y pensé: «¡Dios mío, hice todo lo que pude según lo que sabía en cada momento. Por favor, ayúdame!» Inmediatamente la negrura se tornó gris pálido y seguí moviéndome y deslizándome con rapidez hasta que enfrente de mí, muy distante, pude ver una niebla gris y me precipité hacia ella. Tenía la impresión de que no me acercaba tan deprisa como era mi deseo, pero cuando me aproximé lo bastante pude ver a través de ella. Más allá de la niebla había gente, y sus formas eran como las de los terrestres. También vi algo que podría tomarse como edificios. Todo era penetrado por una maravillosa luz: un resplandor vivo de amarillo dorado, pero de color pálido, no ese dorado duro que conocemos aquí.

Cuando me acerqué más, me sentí segura de que iba a atravesar la neblina. Tuve una sensación de maravillosa alegría; no hay palabras para describirlo en ningún lenguaje humano. No me había llegado el momento de cruzar la niebla, pues al instante apareció en el otro lado mi tío Carl, que había muerto unos años antes. Cerró el camino, y me dijo: «Regresa. No has completado tu labor en la tierra. Regresa ahora.» Si bien no quería hacerlo, no tenía otra alternativa, y enseguida estaba de vuelta en el cuerpo. Sentí un terrible dolor en el pecho y oí a mi hijo pequeño diciendo: «¡Dios mío, devuélveme a mamál»
5) Me llevaron al hospital en un estado crítico que llamaron «inflamación», y el médico dijo que no iba a superarlo. Avisó a los parientes cercanos porque no iba a vivir mucho tiempo. Llegaron y se reunieron alrededor de la cama, y mientras el doctor decía que estaba muriendo me pareció que mis parientes se alejaban. Era como si en vez de irme yo fueran ellos los que viajaran hacia atrás. Se hacían más y más oscuros, pero los veía. Perdí la conciencia y no supe nada más de lo que ocurría en la sala del hospital, sólo que estaba en un estrecho pasadizo en forma de u. Como un agujero de la anchura de un sillón. Pasaba justamente mi cuerpo con los brazos y manos pegados a los costados. Pasó primero la cabeza y estaba oscuro, con una oscuridad de las de allí. Me movía por él, y al final vi una hermosa puerta pulimentada que no tenía pomo. Al lado de la puerta había una luz muy brillante. Parecía que todo el mundo era muy feliz allí y los rayos se movían y agitaban. Daba la impresión de que todos estaban muy ocupados. Miré hacia arriba, y dije: «Señor, aquí estoy. Si me quieres, tómame.» Me tiró hacia atrás con tanta rapidez que sentí que había perdido la respiración.
El regreso
Como es obvio, todas las personas con las que he hablado han «regresado» desde algún punto de la experiencia. Por regla general, se ha producido en ellas un interesante cambio de actitud. Recordemos que los sentimientos más comunes informados en los primeros estadios de la experiencia eran un desesperado deseo de regresar al cuerpo y lamentaciones por el propio fallecimiento. Sin embargo, una vez que la persona había alcanzado cierta profundidad en la experiencia ya no quería regresar, e incluso se resistía a hacerlo. Así ocurrió, sobre todo, con los que habían ido lo bastante lejos para encontrarse con el ser luminoso. Como señaló un hombre de la manera más enfática: «Nunca quise abandonar la presencia de aquel ser.»

Las excepciones a esta generalización son frecuentemente aparentes, no reales. Algunas madres que tenían hijos pequeños en el momento de la experiencia me dijeron que, aunque por ellas mismas hubieran preferido seguir donde estaban, sintieron la obligación de regresar y educar a los hijos.


Me preguntaba si me quedaría allí, pero mientras lo hacia recordé a mi familia, mis tres hijos y mi marido. Lo que siguió es lo más difícil de decir: cuando en presencia de esa luz tuve esa maravillosa sensación ya no quise regresar. Sin embargo, me tomé mis responsabilidades en serio, y comprendí que tenía un deber con la familia. Por tanto, decidí regresar.
En algunos casos me han contado que aunque se sentían cómodos y seguros en su nueva existencia sin cuerpo, e incluso estaban gozando de ello, se sintieron felices de poder regresar a la vida física porque habían dejado sin hacer alguna tarea importante. En algunos casos tomó la forma de un deseo de completar una educación.
Llevaba ya tres años en el colegio y sólo me faltaba uno para terminar. Pensé: «No quiero morir ahora.» Creo que si la experiencia llega a durar un poco más, de haber estado más tiempo con esa luz, ya no habría pensado más en mi educación, pues me hubiera entregado totalmente a las cosas que estaba experimentando.
Los relatos que he recogido presentan una gran variación al llegar al momento del modo de regreso a la vida física y al motivo del retorno. Casi todos afirman que no saben cómo o por qué regresaron, o que sólo pueden hacer conjeturas. Unos pocos piensan que fueron sus propias decisiones de regresar al cuerpo y retornar a la vida terrena los factores decisivos.
Me hallaba fuera de mi cuerpo y comprendí que debía tomar una decisión. Sabía que no podía estar mucho tiempo así -muchos no podrán entender esto, pero para mí entonces estaba perfectamente claro-, por lo que tenía que decidir si me iba o regresaba.

Era maravilloso poder cruzar al otro lado, y creo que quería quedarme. Pero, en cierta manera, saber que tenía algo bueno que hacer en la tierra era igual de maravilloso. Por tanto, pensé: «Sí, debo regresar y vivir», y volví el cuerpo físico. Casi estoy por creer que yo mismo detuve la hemorragia. En cualquier caso, lo cierto es que enseguida me recuperé.
Hay otros que piensan que la vida les fue permitida por «Dios» o por el ser de la luz, ya como respuesta a un requerimiento propio -generalmente porque la petición se hizo sin motivos egoístas-, o porque Dios o el ser tenían alguna misión para ellos.
Me encontraba encima de la mesa y podía ver todo lo que estaban haciendo. Sabía que me moría y que así sería, pero me preocupé por mis hijos y por quién cuidaría de ellos. Por tanto, no estaba preparada para irme y el Señor me permitió vivir.
Como recuerda uno de los entrevistados:
Dios fue bueno conmigo, pues estaba muerto y permitió que los doctores me resucitaran para cumplir un fin. Se trataba de ayudar a mi esposa, que tenía un problema alcohólico y no podía seguir adelante sin mí. Se encuentra mucho mejor ahora, y estoy convencido de que su mejoría tiene relación con lo que pasó.
Una joven madre cuenta:
El Señor me envió de regreso, pero no sé por qué. Lo sentí allí y me di cuenta de que Él me reconoció y supo quién era yo. No se decidió a dejarme en el cielo, aunque desconozco el motivo. He pensado muchas veces en ello desde entonces y creo que era, o bien porque tenía dos niños pequeños que cuidar o porque yo personalmente no estaba preparada para ir allí. Todavía sigo buscando la respuesta y no puedo encontrarla.
En algunos casos, los entrevistados han expresado el sentimiento de que el amor o las oraciones de los otros los trajeron desde la muerte sin que para ello intervinieran sus propios deseos.
Estuve con mi tía mayor durante su última enfermedad, que fue muy prolongada. Ayudé a cuidarla, y todo el tiempo los miembros de la familia rezábamos para que recuperase su salud. Dejó de respirar varias veces, pero siempre se recuperaba. Finalmente, un días me miró, y me dijo: Joan, he estado allí, en el más allá, y es hermoso. Quiero quedarme, pero no puedo hacerlo si sigues rezando para que permanezca a tu lado. Tus oraciones me están sosteniendo aquí. Por favor, no reces más.» Todos dejamos de hacerlo y al poco tiempo murió.
Una mujer me comunicó:
El médico dijo que había muerto, pero viví a pesar de ello. La experiencia que pasé fue muy alegre, carente de toda, sensación desagradable. Cuando regresé y abrí los ojos, mi hermana y mi marido me vieron. Podía ver su consuelo y las lágrimas que brotaban de sus ojos. Pude comprobar que era un alivio para ellos que sobreviviera. Sentía que había sido llamada -magnetizada- por el amor de mi hermana y mi marido. Desde entonces he creído que otra gente puede hacerte regresar.
En algunos casos recuerdan haber retrocedido rápidamente por el túnel oscuro que atravesaron en los momentos iniciales de la experiencia. Un hombre recuerda que al morir fue impulsado hacia delante por un valle oscuro. Sintió que se aproximaba al final del túnel y, en determinado momento, oyó que lo llamaban desde atrás y volvió por el mismo camino.

Algunos han experimentado el volver a entrar en sus cuerpos físicos. Sin embargo, la mayoría dicen que en el último momento de la experiencia se durmieron o quedaron inconscientes y que más tarde despertaron en sus cuerpos físicos.


No recuerdo haber entrado en mi cuerpo. Sentí que me dormía y de repente desperté y me vi en la cama. La gente que había en la habitación se encontraba en la misma posición que tenía cuando estaba fuera de mi cuerpo mirándolo y mirándolos.
Por otra parte, algunos recuerdan haber sido atraídos a sus cuerpos físicos con una sacudida al final de la experiencia.
Me encontraba en el techo viendo cómo trabajaban con mi cuerpo. Cuando pusieron conexiones en mi pecho y mi cuerpo saltó, sentí que mi cuerpo caía como un peso muerto. En mi siguiente visión ya estaba dentro de él.
O bien:
Decidí regresar, y cuando lo hice me pareció sentir una sacudida que me introdujo en el cuerpo, y en ese mismo momento volvía la vida.
En los informes en que el acontecimiento es recordado con algún detalle, la reentrada se hace «a través de la cabeza».
Mi «ser» tenía un extremo grande y otro pequeño, y al final del accidente, tras haber estado suspendido sobre mi cabeza, volvió a entrar. Cuando dejó el cuerpo, lo hizo primero el extremo grande, pero al regresar fue el pequeño el que entró en primer lugar.
Otra persona relata:
Cuando los vi recoger mi cuerpo y sacarlo del volante se produjo una especie de silbido y sentí que pasaba por un área limitada, creo que una especie de embudo. La oscuridad era profunda y me movía por ella rápidamente de regreso al cuerpo. Tenía la impresión de que la succión que me atraía se iniciaba en la cabeza, que entraba por ella. No tuve la sensación de haber tomado una decisión, y ni siquiera me dio tiempo de pensar en ello. Estaba a varias yardas del cuerpo y de repente me encontré en él. Ni siquiera tuve tiempo para pensar: «Estoy siendo succionado hacia el cuerpo.»
Las sensaciones que estaban asociadas con la experiencia persistieron algún tiempo después de haberse resuelto la crisis médica.
1) Al regresar, estuve llorando una semana por tener que vivir en este mundo después de haber visto el otro. No quería regresar.
2) Cuando regresé, me llevé conmigo algunas de las maravillosas sensaciones que tuve allí. Duraron varios días, e incluso ahora las percibo algunas veces.
3) Esa sensación era indescriptible, y en cierta manera permaneció conmigo. Nunca la olvidé, y todavía pienso en ella con frecuencia.
Hablar con los otros
Hay que dejar bien claro que una persona que ha pasado por una experiencia de este tipo no alberga dudas con respecto a su realidad y su importancia. Las entrevistas que he hecho están frecuentemente adornadas con observaciones para precisar ese hecho. Por ejemplo:
Mientras estuve fuera del cuerpo me sentía sorprendido de lo que me estaba ocurriendo. No podía entenderlo, y sin embargo era real. Vi mi cuerpo con claridad desde fuera. Mi mente no estaba en una situación desde la que pudiera querer hacer algo o no hacer nada. No producía ideas. Me encontraba, simplemente, en ese estado de mente.
Y también:
No era una alucinación ni nada semejante. Una vez tuve una alucinación, cuando me dieron codeína en el hospital. Ocurrió mucho antes que el accidente en que «fallecí». Esta experiencia no tenía nada de alucinación.
Tales observaciones provienen de gentes muy capaces de distinguir el sueño y la fantasía de la realidad. Las personas a las que he entrevistado están bien equilibradas y no cuentan sus experiencias como si hubieran sido sueños, sino como acontecimientos que les sucedieron realmente.

A pesar de estar convencidos de la realidad e importancia de lo que les ha ocurrido, comprenden que la sociedad contemporánea no es un entorno en que informes de esa naturaleza puedan ser recibidos con simpatía y comprensión. Algunos me han dicho que se dieron cuenta desde el principio de que los otros los considerarían mentalmente inestables si relataban sus experiencias. En consecuencia, decidieron permanecer en silencio por lo que respecta a ese asunto o hablarlo sólo con parientes muy cercanos.


Fue muy interesante, pero no me gustaba hablar de ello con los demás, pues suelen mirarte como si estuvieras loco.
Otro de ellos recuerda:
Durante mucho tiempo no hablé de ello con nadie. No conté nada en absoluto. Me atemorizaba que nadie pensara que estaba contando la verdad y me dijeran: «Te estás inventando todo eso.»

Un día me decidí: «Bueno, veremos cómo reacciona mi familia ante ello», y lo conté, pero no lo he hecho con nadie más hasta ahora. Creo que mi familia pensó que había ido demasiado lejos.
Algunos trataron al principio de contárselo a alguien, pero no los creyeron y resolvieron desde entonces permanecer en silencio.
1) Sólo se lo he contado a mi madre. Un poco después del hecho le dije cómo me había sentido, pero era un niño y no me prestó mucha atención; por tanto, no hablé de ello con nadie más.
2) Traté de comentarlo con un sacerdote, pero me dijo que había tenido una alucinación, así que mantuve la boca cerrada.
3) Era muy popular en la escuela superior, aunque no dejaba de ser una más. Era partidaria, no líder. Tras aquella experiencia traté de hablar con los demás y automáticamente me consideraron loca. Intentaba contarlo y me escuchaban con interés, pero más tarde descubrí que decían: «Está ida.» Cuando vi que se había convertido en materia de bromas dejé de comunicarlo. Yo había estado intentando decir: «Fíjate qué cosa más extraña me ha ocurrido.» Trataba de que comprendiesen que necesitamos saber muchas cosas sobre la vida, más de las que yo hubiera podido imaginar, y más, por supuesto, de las que ellos creían.
4) Al despertar, traté de hablar con las enfermeras sobre lo que había experimentado, pero me dijeron que no hablara, que sólo había estado imaginando cosas.
5) Enseguida te das cuenta de que los demás no lo aceptan con la facilidad que tú desearías. Por eso no intentas ir por ahí contándole esas cosas a todo el mundo.
Es curioso que de todos los casos que he estudiado sólo un médico revela cierta familiaridad con las experiencias de proximidad a la muerte o expresa alguna simpatía hacia ellas. Tras su experiencia de salir del cuerpo, una joven me dijo:
Mi familia y yo preguntamos al doctor sobre lo que me había ocurrido, y éste dijo que era frecuente, en las personas con graves heridas o dolores, que el alma se saliera del cuerpo.
Teniendo en cuenta el escepticismo y falta de comprensión que acompañan a cualquier intento de expresar una de estas experiencias, no es sorprendente que casi todos los que la han pasado acaben pensando que es algo único que nadie más ha experimentado. Por ejemplo, un hombre me dijo: «He estado en un lugar en el que nadie más ha estado.»

Con frecuencia, me ha ocurrido que tras entrevistar a alguien preguntándole detalles de su experiencia y decirle que otros han tenido exactamente las mismas percepciones y han pasado por las mismas situaciones, esa persona se ha sentido aliviada.


Es muy interesante descubrir que otros han tenido la misma experiencia, pues no había entendido... Me alegro de haberlo oído y saber que alguien más ha pasado por ello. Ahora sé que no estoy loco.

Siempre lo consideré como algo real, pero no hablé con nadie porque tenía miedo de que me miraran y pensaran: «Tu mente se paró al mismo tiempo que tu cuerpo.»

Me imaginaba que alguien más habría pasado por esa experiencia, pero pensaba que probablemente nunca me encontraría con nadie que supiera de ellas, pues la gente no iba a ir por ahí contándolo. Si alguien, antes de haber pasado yo por ello, hubiera venido a contármelo, lo miraría y me preguntaría a mí mismo qué era lo que estaba tratando de sacar de mí, pues así nos comportamos en esta sociedad.
Todavía hay otra razón por la que algunos son reticentes a relatar esa experiencia. Piensan que es tan indescriptible, que se encuentra tan alejada de las posibilidades del lenguaje humano y de las formas de percepción y existencia terrestres, que carece de sentido intentarlo.
Efectos sobre las vidas
Por las razones ya explicadas, ninguno de los que tuvieron la experiencia se fabricaron un atril portátil y se han ido a predicarla. Nadie se sintió dispuesto a ganar prosélitos, a intentar convencer a los otros de las realidades que ha experimentado. Por el contrario, he descubierto que la dificultad es la opuesta: se muestran reticentes para contar a los otros lo que les ha ocurrido.

Los efectos que esas experiencias tuvieron sobre sus vidas han tomado las formas más enmascaradas y sutiles. Algunos me contaron que sentían que los horizontes de sus vidas se habían ampliado y que habían profundizado más en ellas, que eran más reflexivos y se preocupaban más por las cuestiones filosóficas fundamentales.


En aquella época, antes de abandonar el colegio, estaba en una ciudad muy pequeña habitada por personas de mente estrecha, a las que me encontraba unido. Era el típico mocoso de una fraternidad de escuela. Quien no pertenecía a ella no tenía entidad.

Después de aquello quise conocer más. Sin embargo, no había nadie que supiera lo más mínimo, pues nunca salí de ese pequeño mundo. Nada sabía de psicología o algo parecido. Pero de la noche a la mañana, gracias a esa experiencia, había madurado y se abría ante mí un mundo nuevo del que antes no conocía ni siquiera su existencia. Pensé: «Tengo que descubrir tantas cosas...» En otras palabras, la vida es algo más, aparte de la película de los jueves por la noche y el partido de fútbol. Hay más cosas de las que conozco. Entonces comencé a pensar: «¿Cuál es el límite del hombre y la mente?» Esa pregunta me abrió un mundo totalmente nuevo.
Otro dice:
Desde entonces tengo siempre en mente lo que he hecho y lo que haré con mi vida. Por lo que respecta al pasado, me siento satisfecho. El mundo no está en deuda conmigo, pues he hecho todo lo que he querido en la forma que he preferido, y además sigo viviendo y puedo hacer más. Tras fallecer y tener la experiencia, comencé de repente a preguntarme si había estado haciendo esas cosas porque eran buenas o porque me agradaban a mí. Antes seguía un impulso, ahora medito primero las cosas lentamente. Todo ha de pasar por mi mente y ser digerido.

Trato de hacer las cosas que tengan más significado, y eso hace que mi mente y mi alma se sientan mejor. Procuro no juzgar a la gente ni favorecer a uno u otro. Quiero hacer las cosas porque sean buenas, no porque lo sean para mí. La comprensión que tengo ahora de las cosas es mucho mayor. Creo que se debe a lo que me ha ocurrido, a los lugares y cosas que vi en la experiencia.
Algunos han informado de un cambio de actitud ante la vida física a la que han retornado. Por ejemplo, una mujer me dijo: «La vida tiene ahora más valor para mí.»

Otra persona relata lo siguiente:


En cierta manera fue una bendición, porque antes del ataque de corazón estaba tan ocupado planeando el futuro de mis hijos y preocupándome por el pasado, que me perdía las alegrías del presente. Ahora mi actitud es muy distinta.
Unos cuantos me dijeron que lo que ha cambiado es su concepto de la mente y el de la importancia relativa del cuerpo físico con respecto a la mente. Esto queda muy bien ilustrado en las palabras de una mujer que tuvo una experiencia de salirse del cuerpo muy cercana a la muerte:
Era más consciente de mi mente que del cuerpo físico. La mente, y no la forma del cuerpo, era lo más importante. Antes, en cambio, había sido al revés. El cuerpo era lo más importante, y lo que estaba sucediendo en la mente...; bueno, estaba sucediendo y eso era todo. Después de aquello, mi mente se ha convertido en el principal punto de atención y el cuerpo ha ocupado un lugar secundario; sólo es algo que contiene la mente. No me importaría no tener un cuerpo, pues de todo lo que me interesa, la mente es lo más importante.
En un número muy pequeño de casos me han dicho que, tras la experiencia, han comenzado a adquirir o percibir facultades de intuición parapsíquicas:
1) Después de la experiencia me pareció estar invadido de un nuevo espíritu. Desde entonces muchos me han comentado que cuando están perturbados les produzco un efecto calmante casi instantáneo. Tengo la impresión de que ahora sintonizo más con la gente, que percibo cosas de ellos con más rapidez.

2) Creo que las experiencias de la muerte me ha proporcionado la facultad de sentir lo que otros individuos necesitan en sus vidas. A menudo, por ejemplo cuando estoy con gente en el ascensor de la oficina donde trabajo, casi me parece que puedo leer sus caras, saber si necesitan ayuda y de qué tipo. Muchas veces he hablado con gente que se encontraba en apuros y las he llevado a mi despacho para aconsejarlas.

3) Desde que fui herido he tenido la sensación de que puedo recoger los pensamientos y vibraciones de la gente y percibir el resentimiento en los otros. A menudo puedo saber lo que van a decir antes de que lo hagan. Pocos me creerán, pero he tenido algunas experiencias realmente extrañas desde entonces. Una vez, en una fiesta, recogí el pensamiento de los otros, y unos cuantos, que no me conocían, se levantaron y se fueron. Tenían miedo de que fuera un brujo o algo parecido. No sé si es algo que comencé a tener al estar muerto o si lo tenía dormido y no lo usé hasta después de la experiencia.
Hay un notable acuerdo en las «lecciones» extraídas de tan cercanos encuentros con la muerte. Casi todos han puesto de relieve la importancia que tiene tratar de cultivar en esta vida el amor a los demás, un amor profundo y único. Un hombre que se sintió totalmente amado y aceptado por el ser luminoso, incluso cuando su vida era mostrada panorámicamente para que el ser la viese, tuvo la sensación de que la «pregunta» que le estaba haciendo era si se sentía capaz de amar a los otros de la misma manera. Ahora piensa que mientras esté en la tierra su misión será tratar de aprender a actuar de ese modo.

Además, muchos han enfatizado la importancia de buscar conocimiento. Durante la experiencia vieron claramente que la adquisición de conocimiento continúa incluso en el más allá. Una mujer ha llevado a cabo todas las oportunidades educativas que se le han presentado desde la experiencia de «muerte». Otro hombre da el siguiente consejo: «No importa la edad que tenga. No deje de aprender, pues ese proceso continúa durante toda la eternidad.»



Ninguno de los que he entrevistado me ha dicho que saliera de la experiencia sintiéndose moralmente «purificado» o perfeccionado. Tampoco ninguno muestra una actitud de mayor santidad que los demás. Casi todos han llegado a la conclusión de que sienten que están todavía intentando, todavía buscando. Su visión les dejó nuevas metas, nuevos principios morales y una renovada determinación de vivir de acuerdo con ellos, pero no sentimientos de salvación instantánea o infalibilidad moral.

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