Raymond a. Moody, jr



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Encuentros con otros
Algunos me dijeron que en determinado momento, mientras estaban muriendo -a veces nada más iniciarse la experiencia, a veces después de que habían tenido lugar otros acontecimientos- se daban cuenta de la presencia de otros seres, que estaban allí para facilitarles la transición a la muerte o, en dos casos, para decirles que su tiempo de morir no había llegado y debían regresar a sus cuerpos físicos.
Tuve esta experiencia cuando estaba teniendo un hijo. El parto fue difícil y perdí mucha sangre. El doctor dio el caso por perdido y dijo a mis parientes que estaba muriendo. Sin embargo, me daba cuenta de todo, y cuando le oí decir eso sentí que volvía en mí. Cuando lo hice, me di cuenta de la presencia de multitudes de ellos flotando por el techo de la habitación. A todos los había conocido en mi vida pasada y ya habían muerto. Reconocí a mi abuela y a una compañera de la escuela, así como a otros muchos parientes y amigos. Creo que, sobre todo, vi sus caras y sentí su presencia. Todos parecían complacidos. Era una ocasión de felicidad y sentí que habían venido para protegerme o guiarme. Era como si estuviera volviendo a casa y ellos se encontraran allí para darme la bienvenida. En ese tiempo tuve la sensación de que todo era luminoso y bello. Fue un momento glorioso.
Un hombre recuerda:
Varias semanas antes de mi experiencia de proximidad a la muerte, Bob, un buen amigo mío, había sido asesinado. Cuando salí de mi cuerpo, tuve la sensación de que Bob estaba allí, a mi lado. Podía verlo en mi mente y sentir su presencia, pero era algo extraño. No lo vi con su cuerpo físico. Podía ver cosas, pero no en forma física, sino algo así como en su apariencia. ¿Tiene algún sentido todo esto? Él estaba allí y no tenía cuerpo físico. Era una especie de cuerpo transparente, y aunque podía sentir todas sus partes -piernas, brazos, etc.-, no las veía físicamente. En aquellos momentos no pensé que fuera extraño, pues no necesitaba verlo con mis ojos. No tenía ojos, además.

Le pregunté: «Bob, ¿adónde voy ahora? ¿Qué ha ocurrido? ¿Estoy muerto?» Nunca me respondía, no decía una palabra. A menudo, mientras estuve en el hospital, lo vi allí y le repetí las preguntas; pero nunca respondió. El mismo día que el doctor dijo que viviría, él desapareció. A partir de ese momento ni lo vi ni sentí su presencia. Era como si hubiera estado esperando a que pasase esa frontera final para hablarme y darme todos los detalles de lo que iba a suceder.
En algunos casos, los espíritus que encontraron no eran personas a las que hubieran conocido en la vida física. Una mujer me contó que durante su experiencia de separación del cuerpo no sólo vio su propio y transparente cuerpo espiritual, sino el de otra persona que había fallecido recientemente. No sabía de quién se trataba, pero hizo una observación muy interesante: «No veía que esa persona, ese espíritu, tuviese una edad determinada. Ni siquiera yo tenía un sentido del tiempo.»

En unos cuantos casos, los entrevistados han llegado a creer que los seres con los que se encontraban eran sus «ángeles guardianes». A un hombre, el espíritu le dijo: «Te he ayudado en este estadio de la existencia, ahora te haré pasar a otros.» Una mujer me dijo que, mientras estaba abandonando el cuerpo, detectó la presencia de dos seres que se identificaron como «ayudantes espirituales».

En dos casos muy similares me hablaron de haber escuchado una voz que les decía que no estaban muertos y debían regresar. Uno de ellos lo cuenta así:
Oí una voz. No era una voz de hombre, sino algo que está más allá de los sentidos. Me dijo lo que debía hacer -«regresar»- y que no debía sentir miedo por volver a mi cuerpo físico.
Los seres espirituales pueden tener una forma algo más amorfa.
Mientras estuve muerto en aquel vacío hablé con gente; en realidad no puede decirse que hablase con gente corporal. Tenía la sensación de que había gente que me rodeaba. Podía sentir su presencia e incluso sus movimientos, pero no pude ver a nadie. De cuando en cuando hablaba con alguno de ellos, pero no podía verlos. Siempre que preguntaba qué era lo que ocurría recibía un pensamiento de alguno de ellos diciéndome que no pasaba nada, que estaba muriendo pero que sería hermoso. Por tanto, nunca me preocupé de mi condición. Siempre obtenía una respuesta a cada pregunta que hacía. No dejaron mi mente en la incertidumbre.
El ser luminoso
El elemento común quizá más increíble de los relatos que he estudiado, y con toda certeza el que mayor efecto ha producido en el individuo, es el encuentro con una luz muy brillante. Lo típico es que en su primera aparición la luz sea débil, pero rápidamente se hace más brillante, hasta que alcanza un resplandor sobrenatural. A pesar de que esta luz -generalmente dicen que es blanca o «transparente»- tiene un brillo indescriptible, muchos de los entrevistados especifican que no daña a la vista, ni deslumbra, ni impide ver las cosas que los rodean -quizá porque en ese momento ya no tengan ojos físicos para «deslumbrarse».

No obstante la inusual manifestación de luz, nadie ha expresado duda con respecto a que era un ser, un ser luminoso. Todos afirman que es un ser personal, que tiene una personalidad bien definida. El amor y calidez que emanan de él hacia la persona que está muriendo carecen de palabras para expresarse, pero ésta se encuentra totalmente rodeada y poseída por él, muy a gusto y totalmente aceptada en su presencia. Siente una irresistible atracción magnética ante ese ser, una atracción inevitable.

Mientras que la anterior descripción del ser luminoso permanece siempre inalterable, su identificación varía entre los diferentes individuos y parece estar en función de los antecedentes religiosos, educación o creencias del individuo que ha sufrido la experiencia. Casi todos los cristianos por educación o creencia identifican la luz con Cristo o trazan paralelos bíblicos en apoyo de su interpretación. Un hombre y una mujer judíos lo identificaron con un «ángel». En ambos casos, los sujetos dejaron bien claro que ello no implicaba que el ser tuviera alas, tocara el arpa o tuviera forma o apariencia humanas. Sólo era luz. Ambos se referían a que consideraban al ser como un emisario o guía. Un hombre que no había tenido creencias ni educación religiosas antes de la experiencia lo identificaba simplemente con un «ser luminoso». La misma etiqueta utilizó una señora de fe cristiana, quien no parecía oponerse mucho a llamar Cristo a la luz.

Poco después de su aparición, el ser comienza a comunicarse con la persona que está sufriendo la transición. La comunicación es igual de directa que las que encontramos antes en la descripción de la forma en que una persona en el cuerpo espiritual puede «recoger los pensamientos» de los que lo rodean. En este estadio, todos afirman que no oyeron sonidos físicos o voz que proviniese del ser, y no le respondieron con sonidos audibles. Informan que tuvo lugar una transferencia directa y sin impedimentos de pensamientos, y que además se hacía en forma tan clara que no había posibilidad de malinterpretarlo o mentirle.

Además, ese intercambio comunicativo no se produce en la lengua nativa del sujeto, aunque la entiende perfectamente y toma conciencia de todo instantáneamente. Ni siquiera puede traducir los pensamientos que intercambiaron, cuando estaba cerca de la muerte, al lenguaje humano que habla ahora, después de haber sido reanimado.

El siguiente estadio de la experiencia ilustra perfectamente las dificultades de traducción de este lenguaje sin palabras. El ser dirige un pensamiento, casi inmediatamente, a la persona en cuya presencia ha aparecido de manera tan sorprendente. Usualmente, las personas con quienes he hablado tratan de formular el pensamiento en forma de pregunta. Entre las traducciones que he oído se encuentran: «¿Estás preparado para morir?», «¿estás listo para morir?», «¿qué puedes enseñarme de lo que has hecho con tu vida?», «¿qué has hecho con tu vida que sea suficiente?» Las dos primeras formulaciones, referidas a la «preparación», pueden, a primera vista, tener un sentido diferente a las otras dos, que enfatizan la «realización». Opino que todos tratan de expresar el mismo pensamiento, y tal idea es apoyada, en cierta manera, por la siguiente cita de una de las mujeres entrevistadas:


Lo primero que hizo fue preguntarme si estaba lista para morir o qué había hecho con mi vida que quisiera enseñarle.
Incluso en las formas más inusuales de construir la pregunta se descubre, tras la debida elucidación, que tienen en gran parte el mismo sentido. Por ejemplo, un hombre me dijo que, durante su muerte,
La voz me hizo una pregunta: «¿Vale la pena?» Lo que quería decir era si el tipo de vida que había llevado hasta ese momento me parecía válido entonces, sabiendo lo que sabía.
Dicho sea de paso, todos insisten en que la pregunta, por extrema y profunda que pueda ser en su impacto emocional, no se plantea en absoluto como condena. Todos están de acuerdo en que no dirige la pregunta para acusarlos o amenazarlos, pues, sin importar cuál vaya a ser la respuesta, siguen sintiendo la aceptación y el amor total proveniente del ser luminoso. La cuestión los hace pensar en sus vidas, sonsacárselas. Podría decirse que es una pregunta socrática, que no se hace para adquirir información, sino para ayudar a la persona interrogada a que escoja por sí misma el camino de la verdad. Veamos algunos informes de primera mano de ese fantástico ser:
1) Oí a los doctores cuando dijeron que había muerto y comencé a sentir que estaba cayendo -en realidad era como si flotase- por aquella oscuridad, que era una especie de cápsula. Lo cierto es que no hay palabras para describirlo. Todo era muy negro salvo, a gran distancia, esa luz. Era muy brillante, aunque no muy grande al principio. Crecía conforme me iba acercando a ella.

Trataba de llegar a esa luz, pues sentía que era Cristo. No era una experiencia atemorizadora. Al contrario, resultaba agradable hasta cierto punto. Inmediatamente conecté la luz con Cristo, quien dijo: «Yo soy la luz del mundo.» Me dije a mí misma: «Si es así, si voy a morir, ya sé lo que me espera al morir: esa luz.»
2) Entré a la sala y fui a servirme una copa. En ese momento, como descubrieron más tarde, se me produjo el ataque de apendicitis. Me quedé muy débil y caí al suelo. Comencé a sentir que iba a la deriva, un movimiento de mi ser real dentro y fuera de mi cuerpo, y a oír una música muy bella. Floté por la sala y salí de ella hacia el porche. Allí casi tuve la impresión de que las nubes, en realidad una neblina rosada, comenzaba a reunirse a mi alrededor. Luego floté a través del techo, como si no existiese, hacia una luz transparente como el cristal puro, una luz blanca resplandecedora. Era muy hermosa y muy brillante, pero no me hacía daño en los ojos. No es posible describir aquí esa luz. No veía realmente a una persona en ella, pero tenía una identidad especial. Era una luz de comprensión y amor perfectos.

A mi mente llegó el pensamiento: «¿Me amas?» No lo formuló exactamente como una pregunta, pero sospecho que la connotación de lo que la luz dijo fue: «Si me amas, regresa a la vida y completa lo que iniciaste en ella.» Durante todo el tiempo tenía la impresión de estar rodeado por un amor y una compasión irresistibles.
3) Sabía que estaba muriendo y que nada podía hacerse, ya que nadie podía oírme... Estaba fuera de mi cuerpo; no me cabía la menor duda, pues podía verlo en la mesa de operaciones. ¡Mi alma estaba fuera! Todo ello hizo que al principio me sintiera muy mal, pero entonces vino esa luz brillante. Parecía un poco apagada al principio, hasta que se convirtió en ese enorme haz. Era una tremenda cantidad de luz; no un gran foco brillante, mucho más. Me daba calor y me invadió una cálida sensación.

Era de un blanco brillante y amarillento...; predominaba el blanco. Tremendamente brillante, tanto que no puedo describirlo. Parecía cubrirlo todo y, al mismo tiempo, no me impedía ver cuanto me rodeaba: la mesa de operación, los doctores y enfermeras. Podía verlo todo porque no me cegaba.

Al principio, cuando la luz llegó, no estaba muy seguro de lo que ocurría, pero luego me preguntó -bueno, fue algo parecido a una pregunta- si estaba listo para morir. Era como hablar con una persona, aunque no había allí ninguna. La luz hablaba conmigo, sonoramente.

Pienso ahora que la luz que me hablaba comprendía que no estaba preparado para morir, que se trataba más de probarme que de otras cosa. Desde el momento en que la luz me habló me sentí muy bien, seguro y amado. No es posible imaginar ni describir el amor que llegaba hasta mí. Era agradable estar con esa persona. Y tenía también sentido del humor.
La revisión
La inicial aparición del ser luminoso y sus preguntas de prueba sin palabras constituyen el preludio de un intenso momento en que el ser presenta a la persona una revisión panorámica de su vida. Es obvio que ese ser puede ver la vida del individuo y no necesita información. Su única intención es provocar la reflexión.

La revisión sólo puede describirse en términos de memoria, pues es el fenómeno que más se le parece de entre los que estamos familiarizados, pero tiene unas características que lo diferencian de cualquier tipo normal de recuerdo. En primer lugar, es extraordinariamente rápida. Esos recuerdos, en los casos en que reciben una descripción temporal, se siguen unos a otros a gran velocidad en orden cronológico. Otros entrevistados no tienen conciencia de un orden temporal. El recuerdo fue instantáneo; todo apareció al mismo tiempo y pudieron aprehenderlo todo con una mirada mental. Sea cual sea la forma en que lo expresan, todos están de acuerdo en que la experiencia transcurre en un instante de tiempo terrestre.

A pesar de la rapidez, mis informantes están de acuerdo en que la revisión, casi siempre descrita como una exhibición de imágenes visuales, es increíblemente vívida y real. En algunos casos se informa de que las imágenes son de color vibrante, tridimensionales, e incluso móviles. Aunque pasan con extrema rapidez, cada imagen es percibida y reconocida. Hasta las emociones y sentimientos asociados con las imágenes pueden ser experimentados de nuevo conforme van pasando.

Algunos de los que yo he entrevistado afirman que, aunque no pueden explicarlo, el hecho es que todo lo que habían hecho en la vida estaba en esa revisión: desde lo más insignificante a lo más significativo. Otros hablan de que sólo vieron los momentos cumbres de sus vidas. Algunos cuentan que hasta en el periodo posterior a la experiencia de revisión podían recordar con todo detalle los acontecimientos de sus vidas.



Algunos lo identifican con un intento educativo por parte del ser luminoso. Mientras ellos ven la exhibición, el ser parece poner de relieve dos cosas en la vida: aprender a amar a los demás y adquirir conocimiento. Veamos un relato representativo de esto.
Cuando apareció la luz, lo primero que me dijo fue: «¿Qué tienes que enseñarme de lo que has hecho con tu vida?», o algo parecido. En ese momento comienzan las visiones retrospectivas. Me pregunté qué estaba sucediendo, pues de repente había regresado a mi infancia. A partir de ese instante fue como si pasara desde mi primera infancia, año a año, hasta aquel momento.

Realmente es extraño en dónde empezó: cuando era una niña y jugaba en el riachuelo vecino. Hubo más escenas de esa época: experiencias que había tenido con mi hermana y con gentes de la vecindad y los lugares reales en los que había estado. De repente me encontré en el jardín de infancia y vi un juguete que me gustaba mucho en el momento en que lo rompí; y lloré durante mucho tiempo. Fue una experiencia realmente traumática. Las imágenes continuaron repasando mi vida y recordé cuando estaba en la escuela de niñas y fuimos al campo. Recordé muchas cosas sobre la escuela pública. Luego me encontré en la escuela superior, fue un gran honor ser elegida para el grupo de estudiantes avanzados, y recordé el momento de la elección. De allí pasé a otra escuela superior más avanzada, a la graduación y a los primeros años de universidad, en los que me encontraba en ese momento.

Las visiones retrospectivas se producían en orden cronológico y eran muy vívidas. Las escenas eran idénticas a cuando las ves en realidad: tridimensionales y en color. Además, se movían. Por ejemplo, cuando me vi a mí misma rompiendo el juguete, pude ver todos los movimientos. No los estaba viendo siempre desde mi propia perspectiva. Es como si la niña que veía fuera alguien más, en una película, una niña más jugando entre otras. Sin embargo, era yo. Me vi haciendo cosas de niños, exactamente las mismas cosas que había hecho, pues las recordaba.

Mientras observaba todo aquello no vi la luz. Desapareció nada más preguntarme lo que había hecho y comenzaron las visiones, pero sabía que seguía conmigo todo el tiempo, que me llevaba a través de las visiones, pues sentí su presencia y hacía comentarios. Trataba de enseñarme algo en cada uno de los episodios. No estaba tratando de ver lo que estaba haciendo -ya lo sabía-, sino que elegía determinados momentos de mi vida y los ponía frente a mí para que tuviera que recordarlos.

A través de todos ellos seguía poniendo de relieve la importancia del amor. Los momentos en que me lo mostró mejor implicaban a mi hermana; siempre había estado muy cerca de ella. Vi algunos momentos en que había sido egoísta con ella, pero también otros en que la había amado y había compartido cosas. Me señaló que debía intentar hacer cosas para otras personas, que debía intentarlo al máximo. Sin embargo, no era una acusación ni nada que pudiera parecérsele. Cuando pasábamos por episodios en los que había sido egoísta, su actitud es que debía aprender también de ellos.

Otra de las cosas que le interesaba mucho era el conocimiento. Me señaló las cosas que debía hacer con lo aprendido, y dijo que iba a continuar aprendiendo, y que cuando regresara -pues en esos momentos ya me había dicho que iba a hacerlo- habría siempre una búsqueda de conocimiento. Dijo que es un proceso continuo, por lo que tuve la sensación de que prosigue después de la muerte. Creo que mientras veíamos las escenas estaba tratando de enseñarme.

Todo era realmente extraño. Yo estaba allí viendo las visiones retrospectivas; las revivía y todo era muy rápido. Sin embargo, la velocidad era suficiente para que pudiera aprehenderlas. No transcurrió mucho tiempo. La luz vino, tuve las visiones y se marchó. Debieron ser menos de cinco minutos y más de treinta segundos, pero no puedo decirlo con seguridad.

Sólo me asustó enterarme de que no podía terminar todavía mi vida terrena. Con las visiones retrospectivas disfruté, era agradable. Había regresado a la niñez, casi la había revivido. Era una forma de regresar y ver que ordinariamente no puede hacerse.
Es de señalar que hay informes en los que se produce la revisión sin que haya aparecido el ser luminoso. Por regla general, en las experiencias aparentemente «dirigidas» por el ser la revisión es más apasionante. Sin embargo, es usualmente caracterizada como vívida y rápida y como exacta, tanto si el ser aparece como si no, y tanto si se produce en una experiencia cercana a la «muerte» como si lo hace durante una aproximación.
Tras atravesar aquel lugar largo y oscuro, todos los pensamientos de la niñez, mi vida entera, estaban allí, frente a mí, al final del túnel. Creo que tenían más la forma de películas que de pensamientos. No puedo describírselo con exactitud, pero todo estaba allí, al mismo tiempo. Quiero decir que no aparecía y desaparecía un acontecimiento, sino que todo, absolutamente todo, se producía al mismo tiempo. Pensé en mi madre, en las cosas que había hecho mal. Tras ver las pequeñas cosas que hice de niño y haber pensado en mi madre y mi padre, deseé no haber hecho esas cosas y poder regresar y deshacerlas.
En los dos ejemplos siguientes, aunque no se había producido muerte clínica en el momento de la experiencia, tuvieron lugar con verdadera tensión psicológica o con heridas.
Toda la situación se desarrolló repentinamente. Había tenido un poco de fiebre y malestar durante dos semanas, pero esa noche me puse muy enfermo y me sentí mucho peor. Estaba en la cama y recuerdo haber intentado incorporarme para decirle a mi mujer que estaba muy enfermo, pero me resultó imposible moverme. Después me encontré en un hueco totalmente negro y las imágenes de toda mi vida pasaron frente a mí. Regresé a la época en que tenía seis o siete años y recordé a un buen amigo de la escuela pública. Pasé de allí a la escuela superior, al colegio, a mis estudios de dentista y a la práctica profesional.

Supe que estaba muriendo, y recuerdo haber deseado dejar medios de mantenimiento a mi familia. Me inquietaba sentirme morir y que hubiese cosas que había hecho y lamentaba, así como otras que sentía haber omitido.

Diría que las imágenes de la visión tenían la forma de películas mentales, aunque eran mucho más vívidas que las normales. Sólo vi los momentos cumbres, y era tan rápido que daba la impresión de ver parte de toda mi vida y ser capaz de hacerlo en pocos segundos. Pasaba ante mí como una película en movimiento a tremenda velocidad, que, sin embargo, era capaz de ver y comprender totalmente. No había tiempo para que las emociones volvieran con las imágenes.

No vi nada más durante la experiencia. Salvo las imágenes, todo era oscuridad. Sin embargo, todo el tiempo sentí la presencia de un ser amante enormemente poderoso.

Es realmente interesante. Cuando me recobré, podía contarles a todos cualquier parte de mi vida con gran detalle. Es toda una experiencia, pero difícil de poner en palabras, pues ocurre con excesiva rapidez, sin que ello pierda claridad.
Un joven veterano describe así su revisión:
Mientras servía en Vietnam recibí varias heridas, más tarde me consideraron «muerto» a causa de ellas, aunque en todo momento era consciente de lo que estaba ocurriendo. Recibí seis impactos de ametralladora, pero no me sentí preocupado. Reviví en mi mente el instante en que fui herido. No estaba atemorizado y me sentía muy a gusto.

En el momento del impacto mi vida pasó frente a mi como una película, regresé al tiempo en que era un niño, desde donde las imágenes fueron progresando a través de toda la vida.

Puedo recordarlo todo, pues era muy vívido. Pasaba con gran claridad frente a mí. En poco tiempo pasé de las primeras cosas que podía recordar hasta aquel momento. No era nada desagradable, y no me lamenté ni tuve sentimientos de culpa.

Si he de hacer una comparación, lo mejor que encuentro es una serie de cuadros; como diapositivas. Es como si alguien estuviese pasándome diapositivas a gran velocidad.
Para terminar, un caso de extrema emocionalidad. La muerte fue inminente aunque no se habían producido heridas.
El verano siguiente a mi primer año de colegio universitario acepté el trabajo de conductor de un tractor que arrastraba una camioneta. Ese verano tenía el problema de quedarme dormido al volante. Una mañana, bien temprano, hacía un largo viaje e iba dando cabezadas. Lo último que recuerdo fue haber visto una señal de carretera, tras lo cual me dormí. Luego oí una terrible rozadura. El neumático exterior derecho estalló y, a causa del peso y la inclinación de la camioneta, lo mismo ocurrió con los izquierdos. Quedó sobre uno de sus lados y se deslizó hacia abajo en dirección a un puente. Me asusté al darme cuenta de lo que estaba ocurriendo: el tractor iba a estrellarse contra el puente.

Durante el tiempo que se deslizaba pensé todas las cosas que había hecho. Sólo vi algunas, las más culminantes, pero eran muy reales. En el primer recuerdo seguía a mi padre mientras caminaba por la playa; tenía dos años. En orden cronológico fui viendo más cosas de mis primeros años y recordé haber roto el coche rojo nuevo que me habían regalado en Navidad. Recuerdo haber llorado cuando fui por primera vez a la escuela, con un impermeable amarillo limón que me había comprado mi madre. Recordé algo de cada uno de los años que pasé en la escuela pública: a cada uno de mis profesores y un poco de cada año. Luego fui a la escuela superior de primer grado, me saqué el permiso de conducir y comencé a trabajar en una tienda de ultramarinos. Recordé hasta ese momento, un poco antes de comenzar el segundo año.

Esas cosas y algunas otras pasaron por mi mente con gran rapidez. Posiblemente no duró más de una décima de segundo. Ahí terminó todo y me quedé mirando al tractor. Pensé que estaba muerto, que era un ángel. Me pellizqué para saber si estaba vivo, si era un fantasma o qué cosa era.

El vehículo estaba destrozado, pero no me hice ni un rasguño. De alguna manera conseguí saltar por el parabrisas, pues los cristales estaban rotos. Cuando me calmé, pensé que era extraño que esas cosas que ocurrieron en mi vida y tanto me habían impresionado hubieran pasado por mi mente en esos momentos de crisis. Ahora podría recordarlas y describirlas una a una, pero tardaría como mínimo quince minutos. Todo había pasado enseguida, automáticamente, en menos de un segundo. Era sorprendente.

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