Que es el fip jorge abelardo ramos



Descargar 0.62 Mb.
Página1/13
Fecha de conversión26.06.2018
Tamaño0.62 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13

QUE ES EL FIP

JORGE ABELARDO RAMOS



1. ORIGENES DE LA “IZQUIERDA” EN LA ARGENTINA

Por cierto, en esa tarde caliginosa de diciembre (1971) fundamos el FIP (Frente de Inmigrantes Privatizados) con todas las de la ley. Pero la historia de su laboriosa gestación había comenzado mucho antes. Algún día la narraré en detalle. La asamblea se celebró en un maltrecho salón de la calle Tacuarí, casi esquina Hipólito Yrigoyen. Predominaban los jóvenes; una gran esperanza flotaba entre los cantos y banderas. Llamaba la atención precisamente el estandarte elegido: era una bandera que muchos argentinos habían olvidado y parecía absolutamente nueva: Belgrano la había creado con dos trazos azules y una banda blanca en el medio; y Artigas, con sus ejércitos gauchescos, la había cruzado con la roja insignia federal.

El discurso del FIP era nacionalista, revolucionario, socialista, latinoamericanista. Miraba con simpatía al general Perón, pero no ingresaba en sus filas. Se nutría de muchos católicos, de militantes que habían luchado desde mucho tiempo antes contra el reformismo amarillo y europeizante del socialismo de Juan B. Justo y que se habían mantenido distantes de los comunistas hipnotizados por Moscú, de jóvenes procedentes de las clases acomodadas y de algunos ganaderos y estancieros. Por definición estatutaria, ningún obrero ni asalariado podía formar parte del FIP. Algunos veteranos de la “Izquierda Nacional” habían luchado contra el ingreso argentino en la guerra imperialista de 1939-45, en perfecta y orgullosa soledad. En tanto, la “partidocracia” predicaba que los argentinos debían tomar las armas en defensa del Imperio inglés contra la Alemania nazi. Otros fundadores del FIP que estaban esa tarde en la calle Tacuarí eran fundadores de grandes sindicatos, como Fernando Manuel Carpio y Ángel Perelman, organizadores de la UOM en 1944. Había obreros, estudiantes, mujeres, librepensadores y creyentes, socialistas y nacionalistas, jóvenes y hombres maduros, provincianos y porteños. Allí estaba el FIP. Pero ¿cómo se había gestado? La “Izquierda Nacional” ¿era quizás algo diferente de la” izquierda cosmopolita” o “izquierda portuaria”? Se trata de otra historia, y sin contarla es imposible saber por qué nació el FIP.

Escribí esta historia muchas veces con diversos títulos, ya que es necesario machacar las cosas para que entren en la mente de las personas. Evocaré algunos de dichos estudios en la presente descripción. Durante mi juventud, hacia el fin de la “década infame” (1930-1943) los jóvenes de aquel tiempo nos preguntábamos: ¿Qué es realmente la izquierda en la Argentina? ¿Qué es el nacionalismo? ¿Y el radicalismo? Además, ¿en qué consiste el “internacionalismo”? Algunos de nosotros iniciamos una larga búsqueda que la cultura oficial y la hegemonía intelectual de las “izquierdas cosmopolitas” nos rehusaban. En ese camino difícil, poblado de obstáculos y de falsos mapas para navegantes, aprendimos a conocer el significado profundo de la sentencia de Simón Rodríguez, el maravilloso maestro del Libertador, Simón Bolívar: “Más nos cuesta entender al indio que a Ovidio”. Y esta otra: “O inventamos o erramos”. Veamos ahora los orígenes del socialismo y el comunismo en la Argentina.



El socialismo cosmopolita

Cuando en las jornadas de octubre de 1945 el país entero se divide, las majestuosas sombras de la Argentina oficial cambiaban entre sí miradas estupefactas. Las antiguas nociones y rótulos partidarios habían saltado en pedazos. Una especie de monstruo mítico, hechura del ejército y los sindicatos, había logrado, al parecer, algo imposible: trazar un corte de arriba debajo de la sociedad argentina, hasta ese momento homogénea. El debate se planteaba entre peronismo o antiperonismo, no como hasta el día anterior entre radicales y conservadores. La sabia estructura política de la “década infame”, donde los partidos “populares” ocupaban los asientos de la oposición de su majestad y los oficialistas el poder supremo (pues el poder detrás del trono estaba en manos imperialistas) se había desvanecido sin dejar rastros.

Al día siguiente del 17 de octubre el país había cambiado profundamente su rostro: tanto los oficialistas como los opositores de ayer- conservadores, radicales, demócratas progresistas, socialistas, comunistas- formaban ahora un solo bloque. Frente a ellos había brotado de las entrañas del país un nuevo enemigo. La realidad sin afeites, la nueva sociedad industrializada, surgida gracias a las dos guerras mundiales, había arrojado sobre la escena a un nuevo proletariado y nuevas fuerzas nacionales que se disponían a disputarle a la oligarquía y a sus aliados de izquierda y de derecha el manejo de la cosa pública. El concepto mismo de la palabra “izquierda”, como el de “clase obrera” o de “democracia”, modifican su contenido y su forma en la tormenta de 1945. Del mismo modo, la palabra “nacionalismo” debía sufrir la prueba de los hechos. Los petimetres aristocráticos que rodearon al general Uriburu en 1930 y que habían saludado la espada purificadora de 1943, se encontraban desconcertados y paralizados ante esa explosión de nacionalismo popular y revolucionario volcado en las calles.

Parece oportuno esclarecer el contenido genuino de esas dos tendencias tradicionales en el pensamiento político argentino, pues la clase trabajadora, el más importante sector productivo de una sociedad fundamentalmente parasitaria, debe conocer el pasado para no errar en el presente.



Los gerentes ingleses y el doctor Juan B. Justo

Irguiéndose apenas sobre su banca, con su barbita en punta y su agria voz en falsete, el doctor Juan B. Justo remató su discurso contra los gobiernos de la “política criolla” con estas palabras: “El país progresa, a pesar de sus gobiernos, debido a la necesidad de expansión de los pueblos y al capital europeo: progresaría más si en lugar de este gobierno tuviéramos por gobierno un consejo formado por los gerentes de los ferrocarriles.” En ese momento ejercía el gobierno, tan despectivamente aludido por Justo, el doctor Roque Sáenz Peña. El discurso del jefe socialista fue pronunciado en 1912, apenas cuarenta días después que la misma cámara de diputados aprobara la ley enviada por Sáenz Peña sobre el voto obligatorio y secreto. Así juzgaba Justo al presidente que barría el camino para la primera intervención popular en los comicios. ¡Curioso socialista!

Pero el doctor Justo no era el único en juzgar de este modo a Sáenz Peña, cuya posteridad se vería abrumada por una retórica de jardinería fúnebre. También los “diarios grandes”, con sus vozarrones, castigaban al presidente y detestaban la célebre ley. Ayer nomás, el traficante de libretas de enrolamiento, don Cayetano Ganghi, con su habano y su parla de cocoliche, la flor en el ojal y su familiaridad con los personajes, escribía confidencialmente a Càrcano:”Roca es un poroto a mi lado. Tengo 2.500 libretas.”

Justo era un socialista verdaderamente extraordinario al atacar de esa manera al presidente que ponía fin a la era del voto venal pretendiendo sustituirlo por los gerentes británicos ¿Por qué ese jactancioso desprecio por la “política criolla” en un país criollo o casi criollo? ¿En qué razones fundamentaba su admiración por el capital extranjero y su aversión hacia todos los gobiernos argentinos? Ya en 1894, antes de fundar el Partido Socialista, Justo había hecho sus primeras armas periodísticas en el diario del general Mitre: postulaba en un artículo los beneficios del librecambio (que hoy llamaríamos “libreempresismo”) y se dirigía a los ganaderos, según sus palabras, para que no fueran a caer, por ingenuos, en las pantanosas aguas del proteccionismo industrial.

Su formación positivista, hija de la época que intelectualmente lo formó, contribuyó a su exaltación de las virtudes de la raza blanca sobre la molicie mestiza o criolla. Justo, en un rincón de la América del Sur, sufría como propia la “carga del hombre blanco”. Había aprendido en la tradición familiar la versión canónica de una historia fabulosa urdida por los vencedores de Pavón: su juicio maligno sobre los gauchos, montoneros y caudillos que recoge su poco leída Teoría y práctica de la historia, agobiada de estadísticas australianas, así lo prueba. El fundador del socialismo en la Argentina resultaba ser positivista en filosofía, librecambista en economía y mitrista en historia. Como además Spencer le había enseñado que sólo sobrevive el más apto y que el progreso es indefinido y constante, Justo estaba persuadido de que el exterminio de los gauchos criollos por los ejércitos porteños respondía a las más profundas tendencias de la ciencia evolutiva y que la matanza de negros en África, como el dominio británico de la colonia argentina, confirmaba en todas sus partes la idea biológica de la adaptación al medio de la enérgica raza blanca.

Como se desprende fácilmente, ésta era la idea prevaleciente en la Europa dispéptica y ahíta posterior a Sedán. Offenbach le había puesto música a esa hermosa fiesta que concluyó en 1914. Si estas ideas del doctor Justo no concernían en modo alguno a las particularidades de la realidad argentina a principios de siglo, formulaban, por lo menos, una apreciación más o menos correcta de la sociedad portuaria. Buenos Aires se había erigido como ciudad-puerto cosmopolita, burocrática e improductiva, una prolongación sudamericana y complementaria de la economía capitalista europea. Pero el resto del país era su más directa antítesis. Por ese motivo, el socialismo de Justo no se propagó jamás a toda la República. Desde su origen hasta el presente asumió el carácter no desmentido de un grupo político del municipio de Buenos Aires. Resulta inevitable que cada vez que un gran movimiento nacional pasara bajo los ojos miopes del “socialismo” desconociera su significado, pretendiera medirlo con un criterio europeo y condenara como bárbaro el río multitudinario tan sólo porque no estaba dibujado en sus mapas.

Traductor del primer tomo de El Capital, de Marx, Justo había ironizado muchas veces sobre el materialismo dialéctico, que se le antojaba una especie de “metafísica”. El mismo se confesaba un “realista ingenuo”. El pensamiento dialéctico era un pensamiento perturbador en una sociedad satisfecha de sí misma, que se expandía sin resistencia en un mercado mundial elástico y rico, como el de la Europa sibarítica del Centenario. El positivismo reinaba soberanamente en un mundo sin contradicciones, cuyo horizonte se iluminaba bajo el sol inmutable del patrón oro en un cielo sin nubes.

La división internacional del trabajo también parecía dar la razón a Justo: la providencia (o el gran arquitecto, en su caso) había distribuido sabiamente el genio inventivo en el brumoso mar del norte y el fértil humus en la pampa soberbia. Ese destino pastoril de la Grande Argentina gozaba de la aprobación de Justo: sólo exigía para el artesanado y la aristocracia del trabajo en la capital derechos políticos y seguridad social, como cabía exigirlos en una sociedad capitalista en crecimiento. Su librecambismo, según se ve, se fundaba en la clientela consumidora de Buenos Aires, que debía adquirir los productos industriales del viejo mundo a precios reducidos, del mismo modo que los europeos consumían los alimentos argentinos a bajo costo. Esta política sólo podía conducir a la eliminación del escaso proletariado industrial existente o a impedir su crecimiento. Como se sabe, sin industria no hay clase obrera. Esto mismo permite identificar al grupo social porteño que seguía sus inspiraciones. El “maestro” del socialismo había transformado la doctrina liberadora del proletariado en una panacea para consumidores pequeñoburgueses de la ciudad de Buenos Aires.

En cuanto a la historia argentina anterior a la inmigración, la consideraba como una de disputa étnica, a la manera de Sarmiento, que fue un gran escritor aunque un pensador arbitrario y cuyo poder visual dejaba que desear, ya que veía la civilización donde estaba la barbarie y la barbarie donde germinaba la civilización. Bajo la difusa polvareda de los combates, Justo sólo distinguía en ellos el primitivismo americano, cuna de caudillos asiáticos del tipo de Artigas o Quiroga, sentados en cráneos de vaca y bebiendo aguardiente en guampa. Así, Justo transfiguraba la factoría rioplatense en una sociedad verdadera, al estilo de Europa. Reducía la Argentina de su tiempo a los contornos de la ciudad de Buenos Aires, y la historia nacional anterior a la inmigración a una pura irracionalidad. Con un método análogo consideraba que las guerras coloniales “franquean a la civilización territorios inmensos. ¿Puede reprocharse a los europeos su penetración en África porque se acompaña de crueldades?” En cuanto a la América latina no era menos lapidario: “Apenas libres del gobernador español, los cubanos riñeron entre sí hasta que ha ido un general norteamericano a poner y mantener en paz a esos hombres de otra lengua y otras razas.”

Es que junto con la importación de ferrocarriles, artesanos e institutrices francesas habían llegado al Plata a fines del siglo pasado difusas nociones de un laboralismo británico tan cuáquero y prudente como el nacido en las lejanas islas. No puede asombrar, en definitiva, que este peculiar socialismo cosmopolita de la Argentina agraria se apresurase en librar de todo equívoco a aquéllos que suponían posible fusionar la tradición nacional con las ideas socialistas. Ese fue el caso de Manuel Ugarte. Cuando Ugarte defendió a Colombia contra la segregación de su provincia de Panamá, La Vanguardia asumió la defensa de la “soberanía panameña”, esto es, de la política norteamericana escisioncita. Ugarte debió alejarse del Partido Socialista. Algo semejante ocurrió con Palacios, que abandonó esa agrupación en 1915 y que a pesar de su énfasis oracular se había propuesto también un socialismo latinoamericano, aunque bañado en el agua de olor de su insoportable retórica. Luego advirtió que resultaba más ventajoso encomiar simultáneamente a Mitre y al Chacho, tomar el té con el almirante Rojas y posar de nacionalista, todo al mismo tiempo.

El “socialismo” de Justo había nacido como manifestación de una sociedad exportadora y estática. En 1945 ya era un espectro de esa sociedad que tendía a desvanecerse ante un nuevo proletariado traído al mundo por la industrialización posterior al año 30. Aquellos cooperativistas y artesanos de 1910 se habían convertido en comerciantes o importadores, cuando no en industriales con fortuna nueva e ideas viejas, y su menguante influencia electoral porteña se cosechaba en un pequeño sector de la clase media, acomodada todavía en el viejo sistema y narcotizada por la lectura de los editoriales de La Prensa.

Pero ya resultaban extraños en el nuevo país. En 1945 el Partido Socialista se encontró de modo totalmente natural junto a la Marina de Guerra, cuyos oficiales llevaban en su uniforme luto por la muerte de Nelson, a diferencia de los paisanos de Salta, que todavía hoy llevan en sus ponchos rojos con rayas negras luto por la muerte de Güemes. Antes de 1945 estas cosas no podían entenderse; después, resultó más sencillo penetrar en su sentido.

El pensamiento esencial de Justo debía sobrevivirle en las filas del Partido Comunista, que también compartió su sitio junto a la Marina en 1945. Pues contra lo que podría suponerse, las coincidencias políticas entre ambos partidos fueron más persistentes que las coincidencias ideológicas, ya que ambos nacían de una sociedad de características semejantes y ambos fueron grupos típicamente porteños. Estas afinidades se pondrán de manifiesto sobre todo a partir de 1930, año, por lo demás, decisivo para comprender por qué en la Argentina la izquierda cipaya y el nacionalismo oligárquico coincidieron en la conspiración contra Yrigoyen.



El comunismo moscovita

Si los socialistas propendían a identificarse con el supremo modelo laborista, con su protestantismo, su antialcoholismo, su pragmatismo, los stalinistas vivían bajo la hipnosis de la burocracia soviética. Cuanto ocurría en la Unión Soviética se copiaba automáticamente en la Argentina con la autoridad de un imprimatur. Este curioso procedimiento de acción política ofreció los más notables testimonios para un museo de horrores ideológicos. Como Stalin había declarado que en 1929 daba comienzo un período de gigantescas conmociones revolucionarias en el mundo (mientras que, por el contrario, el mundo se encaminaba hacia un ciclo notoriamente contrarrevolucionario), los stalinistas en la Argentina declararon “fascista” al presidente Yrigoyen y juzgaron al radicalismo en rápidas vías de “fascistizaciòn”. En esta calificación entrarían casi todos los gobiernos posteriores. Su conservatismo es digno de estudio: caracterizaron como “fascistas” a los gobiernos de Yrigoyen, Uriburu, Justo, Castillo, Ramírez, Farrell, Perón y Onganìa. Si debemos creerles, el fascismo en la Argentina cubre casi cuarenta años de historia. De acuerdo con la consigna de Stalin (durante muchos años se autocalificaban orgullosamente de “stalinianos”) la lucha por una “Argentina soviética” cobró formas, sobre todo formas verbales; pero mientras llegaba ese Fausto día, el general Uriburu, con la colaboración moral y política de nacionalistas, conservadores, demócratas progresistas, socialistas, socialistas independientes (Pinedo) y comunistas derribaba al “fascista” Yrigoyen. Se inauguraba de este modo la década infame.

El intérprete de la eximia política stalinista en la Argentina era un ciudadano italiano, Vittorio Codovilla, hombre de confianza de la GPU soviética (policía política), de lo que daría más tarde numerosas pruebas durante su oscura actuación en la guerra civil española. Este singular personaje internacional ocupó hasta su muerte (ocurrida en Moscú, naturalmente) el puesto rector de un stalinismo inmodificable, ornada su ancha frente con los laureles de sus memorables aciertos: contra Yrigoyen en 1930; por el Frente Popular, en 1936; por la participación argentina en la segunda imperialista, en 1942; contra el gobierno militar de 1943, contra el peronismo a favor de la Revolución Libertadora y, finalmente, con su sostén al gobierno del doctor Illia. En realidad, cada vez que el pueblo argentino – sea bajo la forma yrigoyenista o peronista- se disponía a combatir políticamente a la oligarquía, las “izquierdas” cipayas se ubicaban simétricamente en el polo opuesto. La actitud antinacional de dichos sectores no obedecía a un puro error óptico de sus jefes. Brotaba directamente de aquella Argentina semicolonial, de esa antigua provincia agraria del Imperio Británico que hacia 1910 había construido una pequeña sociedad comercial improductiva e intermediaria, con su derecha y su izquierda ad usum de la factoría. Este sistema económico, con su constelación teórica, asumía todos los problemas de las metrópolis y adoptaba como amigos o enemigos a los amigos o enemigos de esos centros de poder mundial. Durante 1930 los adversarios comerciales y marítimos de Gran Bretaña y la URSS – Hitler y Mussolini- fueron para la Argentina proinglesa sus principales enemigos.

Los mítines conjuntos de Alvear, Repetto, Lisandro de la Torre y los comunistas reproducían a su modo el alineamiento de fuerzas de las “potencias democráticas”. Si Alvear, cuyas campañas electorales eran financiadas por la CADE, era para el partido stalinista un gran demócrata, León Trotsky era, por su parte, no el creador del Ejército Rojo, sino un agente “fascista”. Recordemos que la CADE, Compañía Argentina de Electricidad filial de SOFINA, era un trust internacional. Mediante el soborno de concejales radicales y conservadores obtuvo en 1936 la prórroga ilegal a su concesión en la ciudad de Buenos Aires hasta el año 2000. El general Justo, en el poder, se ocupaba de pisotear y adulterar las tradiciones democráticas argentinas; Alvear sepultaba en el compromiso perpetuo con Justo la herencia del Yrigoyenismo; los nacionalistas admiraban al sangriento Duce; los socialistas y comunistas falsificaban el pensamiento socialista revolucionario y calumniaban a sus simpatizantes. La palabra “imperialismo” era un vocablo impronunciable en la era del izquierdista rosa. Liberal en la política económica, mitrista en la historia argentina, stalinista en el marxismo, rooseveltiano, “progresista” y “antifascista”, el Partido Comunista resumía acabadamente la década a la que pondrían término las jornadas del 17 de octubre de 1945. Como podía esperarse de toda su historia, en esas jornadas el embajador Braden no encontró mejores amigos ni admiradores que los discípulos de Codovilla. En mi libro Historia del Stalinismo en la Argentina1 expongo con abundante documentación la historia asombrosa de ese partido.

A la luz de este cuadro, en la década infame ( 1930-1945) las ideas motrices del socialismo, su potencia crítica, su capacidad de previsión, su abierto desafío a la sociedad capitalista en quiebra se muestran en la Argentina bajo las formas sui generis de un monstruoso colonialismo intelectual. El puñado de jóvenes que resistían este proceso no podía pesar – y no pesó- en la escena. Los principales contribuyentes a la formación de una Izquierda Nacional Revolucionaria fueron Aurelio Narvaja, sin duda la cabeza más notable de su generación, Adolfo Perelman, Esteban Rey, Mateo Fossa, Ángel Perelman, Carlos Díaz, Hugo L. Sylvester, Enrique Rivera, Alfredo Terzaga, Ernesto Ceballos y, desde otro ángulo, Liborio Justo. Oriundos del Partido Comunista, pasaron al campo nacional hombres notables como Rodolfo Puiggròs, Eduardo Astesano, Luis V. Sommi, Alberto Astudillo, así como Joaquín Coca desde el Partido Socialista. Por supuesto, Manuel Ugarte, a principios de siglo, es el precursor intelectual por antonomasia de la Izquierda Nacional Contemporánea. En el exterior, la reacción triunfaba arrolladoramente. En el mundo capitalista los bandidos fascistas instauraban la dictadura terrorista del capital financiero; en la Unión Soviética, la reacción stalinista imponía la dictadura burocrática a las masas y fusilaba a los fundadores del Estado. Las democracias occidentales devoraban en silencio, glotonamente y estremecidas de pánico, los frutos de sus satrapías coloniales.

Pero el de las izquierdas no era el único colonialismo político que padecía la Argentina. También se manifestaba la extranjerización de la derecha llamada “nacionalista” y que no era sino un gajo en ese momento lozano, del viejo tronco conservador y oligárquico.

2. EL NACIONALISMO ARISTOCRÀTICO

La palabra “nacionalista” recién aparece en la prensa política hacia el fin de la segunda presidencia de Yrigoyen. Adquiere su más plena difusión en la década infame. Antes de esa fecha el nacionalismo no existía como movimiento ideológico si se considera como algo singular y fuera de serie al periódico La Voz Nacional, que financiaban en 1926 una condesa italiana y un mutilado de guerra, también peninsular. Habían aparecido, sin duda, algunos grupos “patrióticos” hacia 1909. Eran las patotas de los “niños bien” que reñían en lo de Hansen con los grupos de extramuros o se propasaban con las señoras de la calle Florida. Los “niños bien” fueron arrancados de sus calavereadas en el kiosco de Palermo o en el café concierto del Gato Negro para formar las bandas “patrióticas” que asaltaron, tirotearon e incendiaron los sindicatos obreros de Buenos Aires. Valieron para esta actividad inesperada los buenos oficios del barón Demarchi durante la primera semana trágica. Volvieron a salir los “niños bien”, bajo la inspiración de Joaquín de Anchorena, en 1919; la capital presenció entonces progroms antisemitas, y las legiones de la juventud patriótica fueron adiestradas por el almirante Domecq Garcìa en el Centro Naval, Florida y Córdoba. Pero era un patriotismo “social” no “nacional”. Se dirigía contra los extranjeros pobres, no contra los extranjeros ricos, que generalmente eran los amos de la República. Las bandas patrióticas no volcaron su cólera contra el dominio británico en el país ni contra los rubicundos gerentes ingleses de los ferrocarriles, que vivían en sus fincas soleadas de Hurlingham y que eran “gente bien”. “Rusos” y “gringos” pertenecían a la clase de los que trabajan. Tales fueron los comienzos del nacionalismo, aún antes de llamarse con ese nombre.

Diez años más tarde una nueva generación escribe el semanario La Nueva República y redacta las páginas políticas del diario vacuno-conservador La Fronda, que dirige Francisco Uriburu. Ese órgano de la oligarquía bonaerense bautizará al presidente Yrigoyen con el mote de “el Peludo” y se convertirá, al concluir el período despreocupado de Alvear, en el más mordaz adversario del caudillo nuevamente en el poder. Toda la oposición, desde los socialistas, demócratas progresistas o antipersonalistas, hasta la más cerril reacción conservadora, lee cada día la primera página de La Fronda. Allí escriben un puñado de brillantes jóvenes que ya empiezan a llamarse nacionalistas y que el conservadurismo utilizará, en ese momento y luego, para voltear a Yrigoyen.

Los hermanos Laferrère, los Irazusta, Ernesto Palacio, Pico, Padilla y muchos otros escriben feroces sátiras contra el yrigoyenismo y su jefe. Daré un sólo ejemplo: en su edición del 10 de mayo de 1929, La Fronda publica el acta textual del matrimonio de los padres de Yrigoyen, donde puede el lector informarse que ambos contrayentes no sabían leer ni escribir. La Fronda titula el documento del siguiente modo:” ¡Analfabeto de padre y madre!” y luego comenta: ¡Analfabeto de padre y madre! ¡Pobrecito! ¿Cómo no lo habíamos sospechado antes? ¡Qué magnífica genealogía para un jefe de República civilizada!” Apenas cabe recordar que a Perón no lo trató mejor la oligarquía y que ese mismo nacionalismo de 1930 reapareció en 1955 con su odio intacto hacia el pueblo; sólo habían cambiado los caudillos. Yrigoyen había sido elegido presidente de la nación un año antes por el voto de 800.000 argentinos, contra unos 400.000 de todos sus adversarios coligados. A estos 800.000 votantes, La Fronda los llamaba invariablemente en su primera página los “800.000 papanatas”. Los motes injuriosos aplicados al presidente eran múltiples. Rara vez era mencionado por su apellido: el Megaterio, el Fenómeno, el César Pardo, el César Viudal, el Fósil, el Divino Caimán, el Megaterio plebiscitario, el Cacique, el Peludo austero, llorón y magnánimo, eran lo habitual en la delicada hoja. El séquito de Yrigoyen, según La Fronda, estaba formado generalmente por la “fauna reparadora” o por “mulatillos malolientes”. El mal gusto de Yrigoyen, el origen desconocido o dudoso o equívoco de sus colaboradores era señalado con malignidad por las nacionalistas de La Fronda, orgullosos de sus apellidos y de su sintaxis. Bajo esta burla, a veces soez, se adivinaba, sin embargo, una irritación profunda. Un turbador desconcierto invadía el espíritu de estos socios del Jockey Club metidos a libelistas. Esto era fácil de entender.

La crisis de 1930 se desencadenaba sobre el mundo con un poder devastador. Los países productores de alimentos, como la Argentina, no sólo ven precipitarse la otrora sólida estructura de los precios mundiales, sino que su clase terrateniente pierde la quimera de la Grande Argentina. Su norma de derroche en un mundo de posibilidades ilimitadas se estrellará ante la crisis. Las “ilusiones del centenario” se desvanecen ante el horror de un mercado internacional que rechaza las carnes pampeanas o las adquiere a precios inferiores a su costo de producción. Los calaveras que han pasado diez o veinte años de su vida en París regresan precipitadamente a la Argentina ante la desvalorización del peso nacional. Una profunda consternación envuelve a la clase parasitaria por excelencia. Los más sofisticados ocultan su angustia con una ironía a la francesa: Quelle difference, de parís a l` estance!

Pero la crisis mundial no sólo pulveriza el ideal lejano de una Europa pacífica y opulenta, sino que reduce a la nada los regímenes políticos y democráticos en aquellas naciones que carecen de recursos para sostenerlos. En 1929 el Duce consolida su poder en Italia, en 1933 asume el gobierno Hitler; en 1934 es dictador de Austria socialista el canciller Dollfuss. Toda la Europa Oriental, con sus monarquías putrefactas, evolucionaba hacia regímenes fascistas o semifascistas. Esta marea de antiliberalismo planetario se manifiesta en la Argentina a través del nacionalismo de origen oligárquico a que nos hemos referido. Yrigoyen es responsabilizado de todos los males que aquejan a la República, y con Yrigoyen es enjuiciado el propio régimen representativo: el voto de la chusma constituye la raíz del drama. El ala nacionalista de la vieja oligarquía conservadora repetirá con nuevos argumentos el odio antiyrigoyenista de sus padres.

Sus maestros eran Burke, el famoso reaccionario inglés hay adversario de la revolución francesa, o Maurras, que reclama el trono de Francia para coronar al último cretino sobreviviente con sangre real, o el Duce, al que Lugones llamará “admirable” y cuyo programa di lavoro estudiará Uriburu, el patético espadón del 6 de septiembre. En la historia argentina, que afirman es la historia de la patria y de sus padres, los nacionalistas encontrarán un prócer en la persona de Tomás de Anchorena, aquel diputado porteño que llamó “cuicos” a los diputados mestizos del congreso de Tucumán, y otro en Rosas, en quien saludarán al espíritu encarnado de la dictadura ganadera como ideal de gobierno. Pero la consistencia misma del pensamiento nacionalista oligárquico se encontraba en la Europa ultramontana y no en los archivos argentinos. Reflejarán a su modo, como la izquierda cipaya, la otra cara del colonialismo intelectual de la década infame. Dejo a un lado, como es lógico, a muchos nacionalistas “plebeyos”, como Josè Luis Torres, que combatieron en ese período como patriotas sin sangre azul. Resulta sugerente señalar que un escritor de simpatías nacionalistas, Bruno Jacovella, evocando recientemente estos temas, reafirma bizarramente lo que acabo de explicar. En su escrito, Jacovella dice lo siguiente:” La recepción del pensamiento de Maurras hizo posible una crítica nacional, no meramente ética, del sistema liberal- que Yrigoyen aceptará como algo obvio-; una crítica a la que no tenía derecho el marxismo por su carácter exterior o internacional”. Aunque sabíamos que los nacionalistas detestan la dialéctica, la lógica formal tampoco parece ser de su agrado. Maurras o Mussolini son tan criollos como Marx y Engels. Pues la cuestión fundamental en cuanto a la izquierda cipaya residía en su impotencia para la aplicabilidad del pensamiento socialista en un país semicolonial, no en la esterilidad del pensamiento mismo. Mientras que en lo que respecta al nacionalismo oligárquico importaba al país un sistema ideológico que si era antihistòrico en Europa no podía sino duplicar su carácter monstruoso en un país atrasado, que sólo por medio de la clase trabajadora y del pueblo podía liberarse.

La predilección del nacionalismo aristocrático por las espadas (simétrico al maníaco y abstracto antimilitarismo de la izquierda cipaya) por la autoridad, la policía y el orden medieval – tenían una curiosa idea de lo que fue el turbulento y gozoso Medioevo- expresaba un nacionalismo contrarrevolucionario, justamente todo lo contrario de lo que exigía la tragedia de un país semicolonial aplastado por la parálisis de su vieja estructura. Eran los guardianes de un orden antiguo. Aborrecían los tiempos modernos, la industria, la clase obrera, las decisiones mayoritarias, en las que veían un plan infernal. Virtuosos de la prosa política, cultivaban amorosamente el estilo, hijo de los grandes ocios y de un refinamiento muy fin de época, de época de vacas gordas. Algunos de ellos proclamaban abiertamente su deseo de ordenar la Argentina bajo la jerarquía monárquica. En la revista Sol y Luna podía leerse: “La voz auténtica de la hispanidad nunca enmudeció del todo en nuestra tierra ni aun en el siglo de los feos coroneles liberales... Y no hablamos de fidelidad al imperio político que fue y puede volver a ser España, sino al imperio espiritual que ha sido siempre, y ahora como nunca.”(1939).

Y, en un artículo titulado “Defensa de la oligarquía”, Héctor Sáenz y Quesada resumía el pensamiento nacionalista ante el radicalismo y la inmigración: “ El año 1916, por medio de la ley Sáenz Peña, accede al gobierno el aluvión inmigratorio llegado al país después del servicio de vapores con la Europa. El gobierno escapa de las manos de los hispano-argentinos para extenderse a otras razas cuyos apellidos- tan jocosamente comentados en su hora- demuestran la transformación racial más bien que social, llamada “radicalismo”. Y es entonces que la descendencia semi-asimilada del inmigrante, que hasta había llegado a olvidar el dialecto ligur o siciliano aprendido en su casa, siente la necesidad de inventar un término despectivo que lo distinga de los desplazados y le confiera – a despecho de la realidad de la sangre- una patente de argentinismo. Y el diccionario le proporciona, con sentido gramatical pero no histórico, la palabra oligarquía`”.

Que las afirmaciones arrogantes de Sáenz Quesada no eran broma, lo demostrarán los nacionalistas oligárquicos varias veces y siempre a su costa. Pues si en general padecían de esteticismo, su más cara ambición era modesta: soñaban con ocupar el cargo de consejeros de algún príncipe armado. Esto último era una verdadera estrategia y les resultó ruinosa. Para no hablar de la actualidad, recordaré que el nacionalismo oligárquico dio impulso a Uriburu, tan sólo para comprobar que el general Justo se quedaba con el poder en 1932. Sostuvo inicialmente al general Ramírez, pero el coronel Perón los apartó enérgicamente de su camino calificándolos de “piantavotos de Felipe II”; rodearon a Lonardi y salieron bruscamente de la escena al aparecer Aramburu. Tenían la obsesión del asalto al poder y la desgracia de hacer revoluciones para otros. He relatado por lo menudo, en La factoría pampeana y en La era del Peronismo la historia política del nacionalismo aristocrático y no me repetiré aquí.

Al ideal de retorno a una desaparecida edad de oro agraria, se añadía en el nacionalismo oligárquico un notorio desdén por el “cabecita negra” y el peronismo tal como habían surgido de las entrañas de la historia argentina. Se consideraban a sí mismos como parte medular del “núcleo fundador” y lloraban en su relamida literatura por la crisis de una “clase dirigente”. No se sabe todavía por qué motivo habían adquirido la manía de arrogarse la representación de la nación, paranoia quizá justificada por la desproporción entre sus ganas de mando y su número. Algunos de ellos, como los hermanos Irazusta, escribieron una diagnosis exacta de la expoliación británica en el tratado Roca-Runciman, aunque lo hacían desde un ángulo puramente agrarista; otros, contribuyeron a contrabalancear la historia liberal unitaria, cuyas fábulas habían formado a varias generaciones de argentinos nuevos. Pero al antirrosismo de la historia liberal, completamente estéril, opusieron un rosismo liso y llano que recluía el drama argentino en las fronteras de Buenos Aires y su puerto avaro.

En resumen, las izquierdas cipayas eran antirrosistas y anglófilas, y el nacionalismo oligárquico (que también tuvo sus anglófilos) asumía una postura prototalitaria y rosista. Durante la década infame todo el país yacía en el cepo de esa falsa opción y se veía impedido de remontar la corriente de la historia nacional para encontrar en ella el nacionalismo democrático y popular del morenismo, de las montoneras, del federalismo de provincias, del yrigoyenismo.

Al condenar a los vástagos de los extranjeros sin linaje hispánico, el nacionalismo oligárquico se ponía al margen de la Nación, de la Argentina tanto como de América latina. Rechazaba en realidad la Argentina tal cual ha llegado a ser: una fusión indestructible de la vieja sociedad criolla con los hijos y nietos de la inmigración arraigados definitivamente al país. Del mismo modo, cuando la izquierda cipaya se hacía eco de las invectivas mitristas contra caudillos y montoneros, o de los motes oligárquicos contra los “cabecitas negras” negaba a la vieja Argentina que había sobrevivido a todas sus derrotas y que resurgía, más fuerte que nunca en los días del 45.

Izquierda cipaya y nacionalismo oligárquico morían en cierto modo ese año, agotaban en esa fecha su significado, pues la sociedad agraria de 1910 había dejado simbólicamente de existir. El nuevo capítulo estaba por escribirse. Cuando se escriba dirá, sin duda, que en un país que aún no se ha librado del imperialismo no puede haber otro nacionalismo que no sea popular ni otra izquierda que no se defina orgullosamente como nacional. Hechas las salvedades críticas de orden político, es de estricta justicia señalar que el nacionalismo intelectual argentino aportó, sobre todo en el orden de la investigación histórica, contribuciones documentales decisivas para exhibir a plena luz la belleza del parnaso liberal. Sus grandes nombres son Ernesto Palacio, Rodolfo y Julio Irazusta, Carlos Ibarguren (h), Carlos Steffens Soler, Manuel Gálvez, entre otros. Cabe observar que los primeros y más notables revisionistas de la historia argentina fueron liberales: Juan Bautista Alberdi, Adolfo Saldìas, Luis Alberto de Herrera.




Compartir con tus amigos:
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal