Prólogo del libro: pensar sin estado. La subjetividad en la era de la fluidez. De Ignacio Lewkovicz



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Prólogo del libro:

PENSAR SIN ESTADO. La subjetividad en la era de la fluidez.

De Ignacio Lewkovicz
Prólogo

Pensar en tiempos de contingencia. La subjetividad en la fluidez

Diciembre de 20011iquida nuestra posmodernidad. Puede parecer una afirmación desmesurada, pues el cambio en las realidades sociales desde 2001, a decir verdad, es ínfimo. Ínfimo, es cierto; pero no irrelevante: el cambio induce una alteración en los modos de pensar. Una vez alterados los modos de pensar, el cambio de realidad deviene drástico.

En algún momento supimos que la mentada modernidad sólo terminaría cuando concluyera su posmodernidad. Comprendo tardíamente que la polémica modernidad-posmodernidad estaba estructurada por el Estado como figura institucional, social, política que configuraba el pensamiento. La querella modernidad-posmodernidad se agota cuando el Estado ya no provee supuestos para la subjetividad y el pensamiento. Pues en retrospectiva, modernidad-posmodernidad era pensamiento instituido estatal versus pensamiento crítico antiestatal. En algún momento intuimos que Diciembre de 2001 era nuestro Mayo del '68. Comprendo ahora que precisamente nuestro Diciembre cierra el ciclo antiestatal de nuestro Mayo: en Mayo del '68 surgen la subjetividad y el pensamiento antiestatales, luego llamados posmodernidad; en Diciembre surge el pensamiento postestatal. El desfondamiento nos sitúa en los umbrales de una fluidez que liquida nuestra posmodernidad y su modernidad.

Una imagen puede sintetizar Diciembre de 2001: una gigantesca multitud coreando por todos lados que se vayan todos. La frase es sencilla, pero ninguna consigna tan multiplicada se deja leer en un solo sentido. Forzando mucho la cosa -pero cómo no hacerlo- se puede decir que la alteración esencial es la dislocación que le impone al pensamiento haber gritado colectivamente -y seguir haciéndolo- que se vayan todos. No es sólo que se vayan ellos; todos es más amplio que ellos. Ningún término de la pantalla anterior pasa a la siguiente -que se vayan todos, que no quede ni uno solo-. Por eso Diciembre de 2001 es un umbral. La consigna se lleva cada vez más cosas. El vórtice lo arrastra también a uno -que no quede ni uno solo-; ¿por qué no iba a contarse uno entre todos? Es cierto que el agotamiento del Estado-nación viene de antes. Pero la declaración subjetiva de la consigna configura ese desfondamiento de otro modo. Que se vayan todos abre a la posibilidad, y luego a la necesidad, de pensar sin Estado.



Pensar sin Estado es una contingencia del pensamiento -y no del Estado-; nombra una condición de época como configuración posible de los mecanismos de pensamiento. Pensar sin Estado no refiere tanto a la cesación objetiva del Estado como al agotamiento de la subjetividad y el pensamiento estatales. Por eso podemos poner en duda que haya desaparecido el Estado; podemos verificar enormes organizaciones técnicas, militares, administrativas con un vasto poder de influencia. Pero influencia no es soberanía; y la subjetividad estatal no arraigaba en la mera existencia del Estado sino en su soberanía. El Estado ya no es un supuesto -y esto tanto para el pensamiento estatal oficial como para el pensamiento crítico antiestatal-. Incluso para el pensamiento que ahora piensa que el Estado es necesario, suponerlo resulta letal. El Estado no es una condición dada; si se necesitara contar con Estado no bastaría con suponerlo, más bien habría que inventarlo.

Tras el desfondamiento varía la condición del Estado. Ya no constituye el fondo fundante de las experiencias sino una sucesión contingente de procesos de configuración y dispersión. El Estado configura en la superficie de las situaciones y no predetermina desde el fondo. El Estado es un término importante entre otros términos de las situaciones, pero no es la condición fundante del pensamiento. El Estado no desaparece como cosa; se agota la capacidad que esa cosa tenía para instituir subjetividad y organizar pensamiento.

El pensamiento italiano, el pensamiento francés no gozan de los privilegios de los que gozan sólo por disponer de un buen aparato publicitario o un afinado sistema académico o un mercado consolidado o una masa crítica de talento. Diego Sztulwark observó que los intelectuales franceses e italianos ejercen el hábito soberano de considerar sus coyunturas como grandes temas de pensamiento. Cada coyuntura así tomada resulta objeto de múltiples análisis, que le proporcionan densidad y realidad de pensamiento. Constituyen también ocasiones para forjar de nuevo los modos de pensar. Nada limita los temas a tratar o formular -por insignificante que pueda ser la coyuntura-. Las coyunturas así tomadas adquieren valor universal en un sentido muy preciso: forjan el universo según esa coyuntura. Entre nosotros, 2001 abre una posibilidad semejante.

Entre nosotros, la cultura de los años del agotamiento es- tuvo poblada de mesas redondas: fin de siglo, crisis política, malestar institucional, cambio del paradigma. La correlación no es estricta, pero sugiere que paralelamente al desfondamiento de la clase política y de las disciplinas sociales, las mesas redondas intentaban sin claridad armar espacios de pensamiento. Como cualquier intento de pensar, la probabilidad de que una mesa redonda resulte superflua es muy elevada. Pero cuando acontece, organiza una modalidad de pensamiento y agrupamiento afín con la contingencia. La participación en una mesa redonda equidista de la lectura de una conferencia y la intervención en una asamblea. Dista de la asamblea porque la mesa redonda dispone oradores y receptores; la palabra circula, pero afectada de restricciones. Dista también de la conferencia que pone a consideración del público una idea ya elaborada. La mesa redonda depende esencialmente de la contingencia del encuentro; no trabaja con palabras previamente preparadas: trabaja con las ideas que pasan por ahí. La intervención, desgrabada y corregida, es un texto de la situación. No es una cosa previa, corregida por la consideración de otros; es una cosa ulterior, originada a partir del encuentro.

Los artículos o capítulos de este libro proceden de distintas mesas redondas, que tuvieron lugar en los últimos diez años, desde el sintomático establecimiento de la nueva Constitución Argentina en 1994. Esta compilación de intervenciones expone el recorrido de pensamiento que va del agotamiento de la condición estatal para el pensamiento estructural al umbral del pensamiento en la fluidez. Los núcleos que aparecen en los distintos textos están tomados como cambios, mutaciones, alteraciones y emergencias que afectan la constitución posible de los procesos de pensamiento.*1
El recorrido intenta pensar una crisis desde el interior de su proceso. Los artículos o capítulos no son los distintos momentos de un mismo pensamiento sino puntos de un recorrido que hace entrar en crisis el pensamiento que lo impulsa. Modernidad tardía, agotamiento, destitución, catástrofe, desfondamiento, crisis, fluidez no son solamente categorías que califican una alteración que se agudiza, sino nombres de la alteración de una máquina de pensar que entra progresivamente en ocaso, extenuación, disolución, alteración. La secuencia de artículos testimonia cómo el intento de captar el progresivo agotamiento de esta lógica social extenuó el modo de pensar que intentaba captarlo.

La secuencia comienza con la pregunta -habitual en la historia de la subjetividad- por la historicidad de los modos de pensar. El historiador se pregunta cómo se puede tratar históricamente la correlación entre el cambio social y las formas de pensarlo. A poco de andar, el cambio somete al historiador a su propia historicidad; su figura se desdibuja -se amplía el campo de que se vayan todos-. La figura que resulta no es muy clara, tal vez porque no resulta ninguna; según las circunstancias se componen distintas configuraciones.

El recorrido intenta comprender de qué modos nuestros hábitos de pensamiento -esquemas lógicos, intuiciones topológicas, certezas subjetivas, atribuciones de pensamiento y sentido, tipos de sujeto supuestos- resultaban de los modos estatales de producción de realidad. Intenta comprender a la vez cómo nuestra intimidad pensante actualmente se desconfigura de modos inesperados y se configura de modo eminentemente contingente.

La secuencia va del agotamiento del Estado a la alteración de las formas de subjetividad; de ahí a las formas de pensamiento y de ahí a la contingencia del sujeto de pensamiento -ya la condición superflua sin pensamiento-. Tal vez el comienzo resulte excesivamente simple o banal; tal vez el final resulte excesivamente complicado o sofisticado. No pude evitarlo. Las formas de decir forman parte de un recorrido real y no resultan de una elección de estilo.

Al transcribir la experiencia de la mesa redonda intento conservar un modo de trabajo sin escrúpulos bibliográficos. En los encuentros, la remisión de las ideas circulantes a su supuesta procedencia textual opaca las potencias de la situación. Jorge Rulli observó que en las conversaciones con intelectuales, las discusiones reales actuales se convierten en ecos asordinados de discusiones que acontecieron con valor de verdad en otras circunstancias. Para conservar en lo posible el tono de los encuentros y para no fatigar al lector con llamadas y referencias, hemos preferido desplazar al final del libro una lista de las obras mencionadas, como así también las notas explicativas que contextualizan someramente algunos episodios aludidos en el texto. Por su parte, el estilo de las intervenciones intenta imitar los giros de las voces que incitan el pensamiento del que escucha: Borges, Castillo, Dolina.

Hace ya varios años Diego Zerba vaticinó que nuestra época no padecería carencia sino exceso de saber. Más tarde, Cristina Corea comprendió que el saber era consustancial con la carencia; el exceso lo convierte en información. La carencia ordenaba; el exceso desordena. La información fluye a velocidad real. En la información está todo dicho; todo y lo contrario de todo. No hay nada que agregar: es preciso configurar. La figura de pensamiento intrínseca a la información ya no es de autor; pensar es configurar los pensamientos que pasan por un punto. Sabemos cómo citar una autoría, pero no una configuración.



Nada de lo que yo tengo; nada de lo que soy; ni nada de lo que pienso es mío. Seguramente nada de lo que aquí se dice es realmente nuevo. Pero en fluidez, sobre el valor mercantil de lo nuevo prima el hacerse valer de lo actual. Por eso los capítulos de este libro, al modo de la mesa redonda, intentan pensar por composición con los lenguajes de la situación, con los nombres de los encuentros, con los enunciados y las palabras que ya se habían puesto a circular. Esas palabras y enunciados son nombres y categorías de la situación. No son directamente sentido común pero pueden entrar en la producción de sentido en común, si los pensamos conjuntamente. En esta línea, los conceptos y categorías de distintas filosofías o teorías no están tomados como elementos claros y distintos de sistemas de pensamiento sino, según una indicación de José L. Romero, como formas bastardas, fondo oscuro de flujos que pasan por el lugar, magma del pensamiento de la situación. El resto son referencias privadas, sustraídas a lo común, identidades.

Diciembre de 2001 es un nuevo comienzo. Argentina es un hervidero, un pensamiento en ciernes, focos dispersos de actividad configurante. Somos muchos los que estamos trabajando. El movimiento colectivo se realiza en malentendidos, cruces, choques, encuentros. Ningún centro configura todo; todos los centros configuran algo. El pensamiento de cada centro está influido (la palabra es justa) por los oleajes de los otros. No se sabe de dónde vienen, no hay corpus ni plano de la situación. Circulan, fluyen, vienen: nos encontramos con ellos. Cada uno diseña su universo; no es afán despectivo: es la forma que adopta el movimiento colectivo de pensamiento sin centro. Estamos siempre recomenzando. No nos une una corriente de opinión o de teoría sino un apremio en el movimiento de pensamiento actual, una corriente de problemas que podemos llamar, para simplificar, siglo XXI.

Las ideas están en movimiento; se dispersan, se pliegan, se cohesionan, se configuran, se vuelven a dispersar. Las ideas encuentran diversos modos de trabajar. Entre nosotros, encuentran un modo de cohesión que es un modo de producción. Hace tiempo integro y coordino grupos en los que el mismo campo de ideas está en proceso de trabajo. Ese trabajo en proceso constituye el fondo de ideas sobre el que opera este libro. Reconocer las circunstancias precisas de procedencia de cada una no sólo es imposible; ante todo es ridículo: no operan por procedencia.

Los que habitan ese fondo, se reconocerán y lo reconocerán fácilmente. Para tener una imagen genérica y precisa de la composición y la dinámica de ese fondo de ideas del que pasa a formar parte este volumen -así como de las personas que lo nutrimos y nos nutrimos en él- no imagino otra vía que visitar la página en que existe ese fondo: www.estudiolwz.com.a1: Se podrá ver que desde hace más de cinco años el grupo Viernes trabaja sobre las orientaciones del pensamiento contemporáneo; hace poco menos, el grupo Doce trabaja sobre las alteraciones de la subjetividad contemporánea; desde hace dos años el grupo Cuatro trabaja sobre las formas de pensamiento en la fluidez. Recuerdo ahora algunas procedencias más precisas. La idea de actividad configurante, que originariamente había desarrollado Ricardo Gaspari, se sometió durante dos años a la actividad configurante del grupo Cuatro. La intuición de la fluidez como relación contingente entre dos puntos, postulada por Ernesto Kreplak en sucesivas reuniones del grupo Sábado, fue también procesada en el taller sobre Lacan y la contingencia. La noción de umbral procede de sucesivos diálogos con Diego Sztulwark. El diálogo en el Estudio LWZ con Mariana Cantarelli y Cristina Corea se encarga de configurar permanentemente el fondo de ideas según las contingencias.

En este texto parece que transita sin control una ambigua persona llamada nosotros. Nunca es claro a quién refiere. Pero no sólo no es claro para usted; tampoco para mí -o para nosotros-. Como comprendió Diego Tatián para la idea de comunidad, nosotros no es un lugar al que se pertenece; es un espacio al que se ingresa para construirlo. En ese espacio no se sabe si nosotros somos los occidentales, los contemporáneos, los que hemos sido griegos demasiados siglos, los que venimos del marxismo, los que transitamos la larga agonía de la argentina peronista, los rioplatenses, los historiadores, los judíos, los que acabamos de romper el jarrón. Quizá nosotros no sea un conjunto de personas sino una configuración subjetiva de los pensamientos en una circunstancia. Imagino que nosotros es la forma de conjugar las acciones de ese fondo de ideas. Pero no es todo, pues nosotros también designa el conjunto de los reunidos en el entorno de una mesa redonda ya través de este volumen.

I.L. Ushuaia, 21 de enero de 2004



1. Del ciudadano al consumidor
La migración del soberano2 *

Algo esencial está cambiando esencialmente. Eso es claro. Sin embargo, no es tan claro qué está cambiando. y en qué planos transcurre el cambio. y con qué estrategias de pensamiento podemos situar los cambios, aunque más no fuera para formular los problemas.

Seguramente no estamos lejos de los núcleos problemáticos si nos abocamos a dos transformaciones paralelas, y hasta consustanciales: la conversión de los Estados-nación en técnico-administrativos; la conversión simultánea de los ciudadanos en consumidores. O tal vez no la conversión sino la emergencia de la figura del consumidor como nuevo término fundante de nuestro oscuro contrato social, si queremos conservar la agradable fórmula.

En nuestras circunstancias varía esencialmente el estatuto de la ley. Uno de los movimientos de esa variación en curso se llama La ley, entre la verdad y la ficción. Intentamos sondear el fondo histórico social de esta figura inestable.

Para anclar la conjetura en una situación concreta, volvamos la mirada ala reciente Asamblea Constituyente,1 que nos ha entregado un flamante texto constitucional. Pero antes de adentrarnos en el texto, detengámonos unos minutos en el contexto que rodeó el magno evento.

I

Algún observador podrá recordar que hace relativamente poco tiempo hubo una Convención Constituyente. Se la puede definir como eso que transcurrió entre el Mundial de los Estados Unidos y el atentado ala AMIA. Eso que pasó por detrás es el establecimiento de una nueva Constitución. y si realmente es eso que ocurrió ahí atrás no es porque ocultos poderes intentaron ocultar el hecho; más bien se veía que los poderes en danza se esforzaban en darle entidad pública a su encuentro. Pero no lo lograron: su Constituyente tuvo muy poca repercusión, un eco muy tibio; sólo fue un lejano rumor. Al pueblo, cuyos destinos aparentemente estaban en juego, no parecía jugársele realmente nada.



La Constituyente no armó el revuelo que se podría esperar. Eso puede indicar tanto un defecto de la Constituyente como un defecto de la esperanza que esperaba revuelo. ¿Qué es lo que se esperaba? ¿Y por qué se esperaba eso? ¿y por qué no ocurrió lo esperado?

Se esperaba el acontecimiento más decisivo, encendido y polémico de la vida de un pueblo. Eso es la Constitución. O eso es lo que la Constitución supone de sí misma. Porque eso es lo esperable sólo en una coyuntura, en una situación histórica. y en una situación histórica estructura da por la serie de supuestos que transforman en natural una institución, una significación o una ficción -como ustedes prefieran- que llamamos Estado-nación. En esta línea de los supuestos del Estado-nación, la Asamblea Constituyente sólo puede ser el acontecimiento fundamental de constitución, consumación y coronación de un pueblo-nación en un Estado que lo represente. Tiene que ser el episodio más glorioso, o más nefasto, o más algo -pero nunca el más intrascendente-, el momento absoluto de consumación de la realidad histórica de un pueblo, que pasa de su ser en potencia a su ser en acto.

En rigor, parecía que más que la consumación de un pueblo en un Estado que lo representa, era el acto de autoinvestidura de un Estado por fuera de un pueblo al que representar. El silencio colectivo que rodeaba la ruidosa Convención así lo sugiere. No asistimos entonces a la consumación sino ala des- realización, la volatilización de la sustancia pueblo en el fundamento supuesto del Estado representativo.

Inmediatamente apareció una serie de interpretaciones que intentaron postular la naturaleza ocasional, patológica, coyunturalmente desviada respecto de la buena norma, de este desfasaje atestiguable por cualquier par de ojos. Para estas coartadas, el desacople era un error, que no hallaba fundamento alguno en la historicidad actual de los lazos sociales.

Aparecieron por ejemplo interpretaciones que sostenían' que la gente no sabía qué se votaba en las elecciones de constituyentes. Quisiera hacer dos observaciones al respecto.

La primera es que en esta coartada aparece sintomáticamente algo de lo que se quiere no ver con ella. En la fórmula según la cual la gente no supo lo que se votaba, desapareció el pueblo y fue sustituido por la gente. Se podrá alegar que son formas de decir. Pero en tal caso, todo son formas de decir. La sustancia de la decisión no es el pueblo sino la gente. Habrá que irse anoticiando de esta evidencia que hace ya tiempo que no vemos.

El segundo detalle es más serio. ¿Cómo que la gente no sabía qué se votaba? El desconocimiento no hace razón suficiente. Metodológicamente, habrá que suponer que se trataba de otro saber que el esperado, pero eso no es ignorancia. Asumamos que la gente -digamos, nosotros- sabía perfectamente. Pero lo que sabía perfectamente no era lo que supuestamente se votaba, sino que sabía -con un saber donde los argumentos huelgan- lo que efectivamente se estaba votando. Lo que no sabía era precisamente lo que ya no es saber pertinente sino retórica de coleccionista. No sabía que ese hecho era el acontecimiento fundamental en su historia. Y si despreciaba de hecho ese acontecimiento, su supuesto acontecimiento fundamental, entonces ya no era su acontecimiento fundamental sino el ocurrir de otra cosa. En definitiva, sabía perfectamente qué se votaba, y lo sabía al desconocer radical- mente el sistema de coartadas en función de las cuales había que votar. Sabía el sentido del voto efectivo al ignorar activamente el significado jurídico: el significado jurídico no es el sentido situacional de aquel acto, sino lo contrario.

También hubo una interpretación más progresista. El pueblo no prestaba su atención a la Constituyente porque de hecho la clase política ya no representa a nadie. No se trataba de una Constituyente en regla sino de un acuerdo espurio de cúpulas. Así, la Constituyente perdía toda su realidad. Pero esta interpretación pasa por alto el hecho de que un acuerdo de cúpulas es cualquier cosa menos una entidad carente de realidad. Hoy, un acuerdo de cúpulas tiene valor de Constituyente. Eso es lo que vale la pena pensar, prescindiendo de los valores con que el progresismo se apresura a juzgar. No estamos ante una inadecuación respecto de la norma, sino ante la institución de su propia norma. La propia norma de esa cúpula, la propia norma de ese Estado sin pueblo al que re- presentar. Para esta interpretación, la definición ideal es la verdad, y el acuerdo de cúpulas es una ficción.

Cuando empezamos a percibir este desacople, la Constituyente todavía era una propuesta y una elección. Lo que entonces nos sorprendía era una declaración unánime: la parte dogmática de la Constitución no iba a ser tocada; sólo se iba a modificar la parte instrumental. Esto había que entenderlo de algún modo sensato. Una interpretación tradicional sostiene que la parte dogmática es la esencial, y que la instrumental es puramente instrumental: no tiene otra positividad que realizar lo que la esencia dogmática establece. Así, la modificación era superficial en la medida en que lo único que variaba era la regla operatoria. A no ser que -y ésta era nuestra interpretación- no se tocara nada de la parte dogmática por- que no se puede borrar el vacío. Si se insiste tanto en la parte instrumental es porque ya dejó de serlo para investirse como efectivamente dogmática. Y ésta es la mutación fuerte e imperceptible a la vez de nuestro estado de cosas.

La sustancia del Estado ya no es el dogma en función del cual se establecen las declaraciones, los derechos y las garantías de los habitantes y ciudadanos de la nación. La regla fundamental del Estado es, ahora, su autorreproducción, su regla operatoria, su práctica de renovación codificada, su puro funcionar. La legitimación ya no procede de los arcanos de la representación, sino del propio ejercicio de la periodicidad práctica de su renovación. Si ésta es la actual parte dogmática, ya tendríamos bastante.

Sin embargo, resultó que también en lo que se llamaba la parte dogmática hubo modificaciones. Quisiera llamar la atención sobre un artículo de la Constitución actual que no causó el menor revuelo. El artículo 42, que aparece en la sección de nuevos derechos y garantías. :

Los consumidores y usuarios de bienes y servicios tienen derecho, en la relación de consumo, a la protección de su salud, seguridad e intereses económicos, a una información adecuada y veraz a la libertad de elección ya condiciones de trato equitativo y digno.

Las autoridades proveerán a la protección de esos derechos, ala educación para el consumo, a la defensa de la competencia contra toda forma de distorsión de los mercados, al control de los monopolios naturales y legales, al de la calidad y eficiencia de los servicios públicos, y a la constitución de asociaciones de consumidores y de usuarios.

La legislación establecerá procedimientos eficaces para la prevención y solución de conflictos, y los marcos regulatorios de los servicios públicos de competencia nacional, previendo la necesaria participación de las asociaciones de consumidores y usuarios y de las provincias interesadas en los organismos de control.

Primera gran sorpresa. Ya hay una figura de rango constitucional -antes inexistente- que es la del consumidor. En el fundamento de nuestro contrato no hay sólo ciudadanos; también hay consumidores. El consumidor es también una sustancia primera, de rango constitucional. No se dice que todos los habitantes gozan de estos derechos y garantías. Tampoco se dice que los habitantes o ciudadanos son consumidores. Escuetamente se enuncia que estos derechos son de los consumidores. ¿Se trata de un estatuto de privilegio? ¿Se trata de un subconjunto del conjunto de los ciudadanos de la nación? ¿Un subconjunto del conjunto de los habitantes? Nadase aclara al respecto. Quizá se trate de la nueva definición del ciudadano, o del habitante, o del soporte subjetivo pertinente para el funcionamiento del Estado que y prescinde de la nación para legitimarse en su propia regla operatoria. Lo cierto es que el consumidor está ahí, sin lugar claro, demasiado presente.

Si bien en la Constitución esta aparición es una nimiedad -sólo un artículo, aparentemente nada malévolo-, cualitativamente revela una mutación decisiva. Es una aparición: pasaje repentino del no ser constitucional al ser constitucional. y la aparición de un soporte subjetivo para el Estado, que aparece en competencia con el viejo pueblo compuesto de ciudadanos. La mirada historiadora está condicionada para percibir en estos pequeños detalles olvidados la condición para grandes mutaciones, largo tiempo imperceptibles. El ciudadano ya no dispone del monopolio de los derechos, ya no es el fundamento homogéneo de nuestro ser en común.

En un pequeño ensayo, "El pudor de la historia", Borges compara los acontecimientos periodísticos con los acontecimientos históricos.

Han abundado las jornadas históricas y una de las tareas de los gobiernos […]. ha sido fabricarlas o simularlas, con acopio de previa propaganda y de persistente publicidad. Tales jornadas [...] tienen menos relación con la historia que con el periodismo; yo he sospechado que la historia, la verdadera historia, es más pudorosa y que sus fechas esenciales pueden se1; asimismo, durante largo tiempo, secretas.

Me atrevería a postular que la reelección del presidente es periodísticamente decisiva, pero que la sigilosa bienvenida del consumidor tiene los rasgos de pudor y de evidencia imperceptible propios de estas fechas esenciales y secretas de la historia. El unicornio, en razón misma de lo anómalo que es, ha de pasar inadvertido. Los ojos ven lo que están habituados a ver.

El único soporte subjetivo del Estado ya no es el ciudadano. Aparece el consumidor, y llegó para quedarse -quizá por- que ya estaba, aunque sin rango constitucional-. Lo más notable es que no es notable. Es un buen artículo. Me pone contento como consumidor.

A las interpretaciones ahistóricas que sostienen que la gente no sabe lo que se vota, o que la clase política no representa -perdiendo así la Constituyente su realidad en ambos casos-, quisiéramos oponerle una interpretación histórica según la cual la Constituyente tiene realidad. y tiene más que realidad: es real respecto de una ficción que se nos está agotando. Esta Constituyente indica el trastocamiento general de la figura del soberano, del legislado1: Estamos ante el agotamiento práctico de un modelo de lazo social.

El consumidor aparece en un momento en la Constitución, pero no tiene lugar en el sistema lógico de la Constitución. ¿Es un cuerpo extraño? ¿Un suplemento? ¿Un sustituto? Será preciso insistir en la indeterminación abierta por esta ambigüedad. ¿El consumidor es también un integrante del pueblo? ¿Es el átomo de la gente? ¿La gente figura en la Constitución? ¿Coexisten en armonía o en tensión la gente y el pueblo? ¿Hay dos países heterólogos en el mismo territorio textual? Parece que no importa la Constitución lógica. Importa que funcione. El devenir producirá las formas efectivas.

II

¿Quién legisla en los sistemas sociales? El soberano. El soberano es el legítimo legislador, es la fuente de toda ley y de la legitimidad de toda ley. Ahora, ¿quién es el soberano? Depende del tipo de lazo social con el que tengamos que tratar. Los vínculos entre los miembros de una sociedad históricamente varían disolviendo cualquier continuidad que se quiera postular como sustancial. Hace un tiempo ya se suele hablar en nuestro campo de ficciones. No es un progreso epistemológico; es un síntoma social. En las ciencias sociales actuales se suele llamar ficciones a estas grandes entidades discursivas que organizan y dan consistencia al lazo social. Entonces, el medio en que transcurre la experiencia está hecho de ficciones. Pero no todo es lo mismo. Como confundimos profesionalmente lo real con lo simbólico y lo imaginario, preferimos llamar verdaderas en situación a las ficciones activas y ficticias en situación a las ficciones agota- das. Todo se juega en la temporalización interna de estas ficciones -y no en su supuesta adecuación o desacople con una realidad verdadera y considerada en sí-. Es lo que podríamos llamar carácter trágico de las ficciones y sus lazos sociales. No son ni verdaderas ni falsas, sino que funcionan como verdaderas o falsas. y lo único que se sabe de lo activo es que en algún punto se agota. Lo único que se sabe de las ficciones verdaderas es que alguna vez se llamarán falsas de toda falsedad -sin saber cómo ni cuándo-.



Fernando Ulloa decía que una ficción es buena cuando opera en el régimen de la conjetura. La conjetura es la nobleza de la ficción cuando no es ficticia, cuando sin desconocer los hechos va más allá de ellos para llegar al punto en que es posible resignificarlos -o resingularizarlos-. En cambio, una ficción agotada ya es la vileza de la mentira, del desconocimiento deliberado: construcción fetichista sobre hechos cercenados que oculta a sabiendas su carácter ficticio.

Entonces, todo se juega en la victoria precaria de una ficción. Esto puede ser pura distinción conceptual, y hasta doctrinaria. y lo sería si no se inscribiera en ningún campo práctico. Prefiero creer que arraiga en un campo operativo, y que el arraigo es fuerte. Más que fuerte, quiere ser el corazón del argumento. Porque en ausencia de sustancia capaz de hacer un pueblo de un pueblo, la única consistencia es discursiva. y precisamente las ficciones son esta consistencia discursiva de un lazo precario, instituido, que sin embargo se habita como verdadero y hasta espontáneamente como sustancial cuando todavía no ha mostrado su hilacha -o, si prefieren, su real o su imposible-.

En este marco, la Constituyente es el acto de institución de una ley en el cual se desinviste una ficción. La ficción del Estado-nación queda desinvestida en tanto que verdadera -o activa-, y se presenta como ficción agotada o falsa. Ese carácter agotado de la ficción nacional aflora en los enunciados que ya consideramos: la gente no sabe lo que se vota; la clase política nada representa.

Pero ahí está presentado como pura negatividad. ¿Y la positividad cuál es? ¿Qué es lo que sustituye al Estado-nación? Aquí es donde más quisiera cuidarme de la tentación de hablar de más. Si ya es una extralimitación de la posición tradicional del historiador andar haciendo diagnósticos del presente, lo sería aún más andar haciendo conjeturas alrededor del futuro. Se lo puede anticipar, pero ya no como historiador; uno tendría que situarse en el límite de la tendencia y leer desde allí, como si desde el futuro narrara históricamente algo que hoy está por ocurrir y aún es incertidumbre. Lo dejo ahí porque me resulta más productivo señalar el pun- to que hoy causa malestar. y esta causa me parece que es la desinvestidura práctica del carácter verdadero de una ficción y la investidura de otra cosa que aún no es discernible y que entonces nos hace percibir el vaciamiento del carácter nacional del Estado como pura pérdida -y no como mutación en acto-.

III

El Estado representa el lazo social. ¿Desde dónde se instituye el lazo? Desde algún discurso. Ese discurso monta a la vez la ficción del lazo y la de la representación del lazo en el Estado. Un mismo gesto instaura el lazo y la instancia que lo representa. Aquí conviene partir de un hecho: en el fondo de lo social sólo hay inconsistencia. Hobbes lo planteaba como guerra de todos contra todos: la inconsistencia de la guerra es el punto de partida. Rousseau lo planteaba como el aislamiento feliz del buen salvaje, que la pasa muy bien pero no arma lazo social. Por guerra o autosatisfacción, el lazo vendría en un segundo momento. Si en principio no suponemos ningún lazo sustancial que genere consistencia, entonces ¿qué es lo que hace que un conjunto de hombres sea un pueblo, sobre todo si no hay hombres fuera de sociedad? No podemos poner ni los miembros antes que la sociedad, ni la sociedad antes que sus miembros. El discurso instituye a la vez el conjunto y sus elementos. El conjunto es el lazo social. Los elementos son los individuos, pero no tal como son en general sino tal como son instituidos por ese lazo y para ese lazo. Son los soportes subjetivos de y para ese lazo que a la vez se representa en el Estado.



Retomemos sin mayor precisión historiográfica la secuencia escolar francesa: Ilustración, Revolución, Imperio, Santa Alianza. No importa que sea imprecisa, importa que así ha funcionado en nuestra comprensión. En el Antiguo Régimen -la tradición llama así al modo estatal previo a la Revolución Francesa-, ¿qué es lo que hacía que un pueblo fuera un pueblo y ese pueblo? La figura del monarca. El reino era su propiedad y los individuos estaban relacionados entre sí por la mediación del rey. El soberano -el monarca- es el lazo. El conjunto de los vinculados por el lazo no tienen ningún vínculo autónomo entre sí, sino mediado por la figura del monarca. El pueblo está definido como conjunto de los súbditos de ese monarca. El monarca funda su pueblo; el pueblo no le preexiste: es pueblo de tal rey.3* La Revolución Francesa interrumpe este régimen. Instaura un principio totalmente distinto. Ya la soberanía no reside en el monarca sino que procede de la Revolución, que se legitima prácticamente a sí misma en función del postulado de los filósofos según el cual la soberanía emana del pueblo.

El efecto de esta lectura práctica revolucionaria es la hipó- tesis más bella: el axioma de la soberanía popular. Un axioma, una consigna que originó en estos dos siglos una multitud de efectos dislocadores de la consistencia estática del mundo, una multitud de creaciones políticas populares -y que me gustaría que siguiera vigente, vale decir, dando vida, engendrando nuevos actos-. Sin embargo, esta hipótesis, por hermosa que sea, no deja de ser una ficción.

El problema estalla casi inmediatamente. Una vez suprimido el monarca (el ciudadano Luis Capeto, de profesión último rey de Francia, como explicó Enrique Marí), ¿qué es lo que hace que un pueblo sea un pueblo? Pues la Revolución se había desarrollado en nombre de un pueblo universal, un pueblo que borrosamente coincidía con la humanidad en su conjunto.

Ese discurso establece un lazo basado en la soberanía del pueblo, y un soporte subjetivo para ese lazo que es el hombre concebido como ciudadano. Sin embargo, define -o asume- este lazo y su soporte subjetivo como universal. No hay un pueblo, sino una humanidad. Se puede comprender la tentativa napoleónica de conquista general de Europa -por fuera de sus aspectos caricaturizados por psiquiatras y cineastas- como intento de universalización del lazo revolucionario, universalización efectiva del pueblo universal que en París había derogado la división instituida por la usurpación monárquica. Es la universalización europea de la hipótesis o consigna de la soberanía popular. El intento napoleónico se interrumpe por la reacción, la Santa Alianza: el proyecto de universalización queda ahí coartado en sus fines. Afirmada ya la hipótesis de que la soberanía emana del pueblo, el pueblo no es universal.

Entonces estalla el problema. ¿Qué es lo que hace que un pueblo sea un pueblo -un pueblo francés, uno italiano, etcétera-? ¿Qué es lo que hace que distintos elementos construyan una nación? Ya no puede ser el universal ser hombre ni el particular efectivo estar sometido a tal monarca. Irrumpen los problemas básicos que aquejaron sistemáticamente a la sociología, y no a la historia: ¿cuál es la naturaleza del lazo social?

¿Qué es lo que hace vínculo para que se constituya una sociedad? No puede ser la comunidad de lengua, ni de religión, ni de raza, porque siempre nos encontramos con el mismo problema: dos pueblos nacionales distintos que comparten un rasgo; un pueblo nación que alberga dos de estos rasgos.

La respuesta es obvia y sorprendente. Lo que desde las prácticas de los Estados nacionales se instituye como soporte del lazo social que habría de dar fundamento a esos Estados, lo que hace que un pueblo sea un pueblo nación constituido es un intangible: su historia. A partir de ahí, la hegemonía secular de la historia como aparato ideológico de Estado. De ahí que la sociología no hallara el soporte sustancial del lazo social: era instituido. De ahí también que la historia no lo buscara: lo producía. Pero se despreocupó de la naturaleza del lazo sólo en la medida en que lo producía. Las historias del siglo XIX fueron masivamente historias nacionales, historias que producían la sustancia nacional. Lo más activo de esta definición histórica del lazo radica en que ningún rasgo constituía identidad. Más bien, todos los rasgos entran -a su turno- en la composición de esa identidad mayor, más abierta, más simbólica, menos despótica. La historia se constituye entonces en el discurso hegemónico de los Estados nacionales porque hace el ser nacional.

El soporte subjetivo de este tipo de lazo es el ciudadano. Se lo puede definir como sujeto de la conciencia: de la conciencia política, de la conciencia moral, de la conciencia jurídica, en definitiva, sujeto de la conciencia nacional. El ciudadano es el sujeto instituido por las prácticas propias de los Estados nacionales: escolares, electorales, de comunicación. Desde es- tas prácticas se constituye el elemento que constituye el lazo. El ciudadano, entonces, se establece como el soporte subjetivo de los Estados nacionales. El Estado se apoya sobre la nación que se apoya sobre los ciudadanos. Pero todo esto se instituye -muy evidentemente en nuestra Argentina de la generación del '80 al Centenario- desde el Estado. Se trata de operaciones ideológicas, que instituyen ficciones verdaderas -verdaderas hasta que se agotan, hasta que el proceso práctico las desintegra-.

IV

El proceso práctico hoy está liquidando el arraigo del Estado en la nación. El Estado actual ya no se define práctica- mente como nacional sino como técnico-administrativo, o técnico-burocrático. La legitimación hoy no proviene de 'su anclaje en la historia nacional sino de su eficacia en el momento en que efectivamente opera. Los Estados nacionales ya no pueden funcionar como marco natural o apropiado para el desenvolvimiento del capitalismo. Porque una nación era en principio la coincidencia de una identidad social más o menos laxa con una realidad de mercado interno, nacional. El mercado ya desbordó totalmente las fronteras nacionales. Se constituyen macroestados (Mercosur, NAFTA, CEE) en los que las decisiones económicas van mucho más allá de las naciones. La interioridad nacional ya no es el marco propio de la operación del capital. Su Estado-nación ya tiende a ser, bajo la supuesta sustancialidad de las fronteras nacionales, un obstáculo para la reproducción ampliada del capital.



Una prueba indirecta de este proceso es la actualidad del discurso histórico. La historia estuvo secularmente orientada a producir la sustancia nacional. Sin embargo, desde hace unos quince o veinte años, enuncia sistemáticamente que los Estados nacionales son invenciones y no sustancias. y no sólo en estas comarcas. Notoriamente, el abandono del carácter sustancial de las naciones ocurre más o menos simultáneamente en todas las naciones. Las historias nacionales, que habían producido la sustancia nacional, hoy operan activamente en la liquidación del supuesto carácter sustancial. Cuando se puede percibir el carácter inventado o" instituido de lo que se vivía como natural, es que eso se está agotando, es que el proceso práctico mismo hace aparecer las condiciones que lo vuelven retroactivamente inteligible como instituido. Desde la interioridad activa de la ficción es imposible percibirlo como artefacto inventado.

Un paralelo puede aclarar un poco las cosas. En el siglo IV a.C. se agota la vitalidad de esa invención griega que es la polis, algo que no tenemos mejor modo de traducir que como ciudad-estado. Entonces, aparecen dos tendencias simultáneas. Ser ciudadano de la polis era ser polités. Diógenes el Cínico, filósofo del siglo IV a.C., contestaba con un chiste cuando le preguntaban de qué polis era. Soy cosmopolités, cosmopolita, ciudadano del cosmos, un oxímoron que indica que el proceso práctico ya había liquidado ala polis como ficción natural de la vida común y había hecho nacer otras prácticas. Es interesante ver que en la filosofía moral, que también nace en ese siglo en Grecia, se presentan dos tendencias contrapuestas pero complementarias. Arruinada la consistencia del marco particular de cada polis, por un' lado se presenta una tendencia a la universalización del fenómeno hombre, tal como se leen la broma de Diógenes. Por otro, una tendencia al individualismo exacerbado, ligado tanto al ideal hedonista como al ideal estoico. Desaparecida la instancia intermedia, que es la polis, se dan dos reacciones que se complementan, incluso en cada individuo. Una tendencia a la universalización, una tendencia a la individuación. El átomo y el todo; el individuo y el universo cara a cara, sin mediaciones.

Hoy, el ciudadano comienza a debilitarse como soporte subjetivo de los Estados actuales. Porque el ciudadano es ciudadano de una nación. Podemos percibir un proceso forma/mente semejante al del siglo IV a.C. Así como entonces la polis, así hoy se desdibujan las naciones. El proceso práctico, por un lado, produce estos grandes Estados cuya única legitimidad consiste en funcionar correctamente, en garantizar la eficacia según las operaciones que momentáneamente asume como tareas. Ya no representa a los ciudadanos y sus derechos. Pasa a ser eficaz cuando satisface los requerimientos coyunturales de otra figura subjetiva, que es la que hace poco tiempo tiene carta de ciudadanía en nuestra Constitución. El Estado técnico-administrativo se apoya sobre el consumidor. Nuevamente, las tendencias complementarias a la universalización y al individualismo. El ciudadano cosmopolita ya es ciudadano sólo en una humorada, el consumidor realiza mejor el ajuste entre universal e individual.

La figura del consumidor como soporte subjetivo del Estado irónicamente refuta la hipótesis marxista de la determinación en última instancia por lo económico. Estamos ante la determinación en primera instancia por lo económico. La regulación operativa eficaz es la gestión económica que satisface los requerimientos instantáneos del consumidor -y no de todos los hombres-. De otro modo, si el consumidor no es- tuviera ya de hecho instalado en nosotros, difícil hubiera sido que la estabilidad fuera el mito fundante de nuestro ser en común durante seis largos años -y el proceso sigue vigente-. Porque es preciso recordar que el cambio apresurado de gobierno se dio en una coyuntura de estallido social.3 El estallido se originó en un proceso económico que violentamente dejó fuera del circuito a millones de ciudadanos. La estabilidad es consigna absoluta del Estado técnico, que no gestiona las de- mandas de todos los hombres sino los encargos de su soporte subjetivo: los consumidores.

Asistimos a una mutación del estatuto práctico del concepto de hombre -ahora determinado como consumidor-, una mutación del estatuto práctico del lazo social y del Estado. Habitamos también un trastocamiento general del concepto práctico de representación. ¿A qué llamamos concepto práctico? En nuestra perspectiva, una idea no es lo que significa en los libros sino en la red de prácticas en que se inscribe. ¿Qué es el hombre? Uno no podría dar una definición como historiador. Más pertinente es ver qué instituye una sociedad como su concepto de hombre. Cuáles son las prácticas a partir de las cuales se constituyen y significan los que para tales prácticas valen como hombres. Todo se juega en el registro de las prácticas. No todos los biológicamente homo sapiens son socialmente hombres. El mayor grado de coincidencia conjuntista entre la especie biológica y la definición cultural del concepto de hombre es la definición moderna -que sin embargo excluía, por ejemplo, a niños y locos-. Hoy, todo parece conducir a una decisión práctica del hombre como consumidor. El resto de la especie biológica no queda albergado en la definición de hombre, queda fuera de las murallas, fuera de la humanidad.

Varía el concepto práctico del lazo. La relación social ya no se establece entre ciudadanos que comparten una historia, sino entre consumidores que intercambian productos. Lo que Marx denunciaba que operaba en la profundidad secreta de la sociedad burguesa, se confiesa hoy visiblemente en la superficie. y parece no haber otra dimensión que la superficie. La representación estatal ya no es la representación sustancial sino la de una configuración instantánea del mapa de los encargos de los consumidores. La encuesta es el discurso, el discurso es el lazo social; y la encuesta es el reino de lo instantáneo. Incluso, según Adelina Dalessio, imagen estatal neo liberal de nuestros días neoliberales, la elección es la encuesta de la encuesta.

V

La mutación general -social y subjetiva- no podría dejar de ocasionar un trastorno muy grande en la configuración del mapa discursivo de la situación. El mentado ajuste no es sólo económico, sino también discursivo. El desplazamiento de la determinación económica, desde la secreta última instancia hacia la confesa y hasta obscena primera instancia, es correlativo de la caída del discurso histórico como hegemónico en el tratamiento de las realidades y de la emergencia victoriosa de una sociología degradada -hoy ya sociometría o encuestología- como discurso dominante. (Ese es un buen sentido para el machacón fin de la historia: fin de la hegemonía de la categoría historia como fundación de la racionalidad de los procesos.)



Las consecuencias no son lo que se dice un paraíso. Pero eso no las invalida como consecuencias vislumbrables, o posibles. Los pobres son extranjeros en este mundo de cosmopolitas y ser extranjero del mundo es caer fuera de la humanidad. Los no-consumidores pierden la condición humana. Estamos aprendiendo a sufrirlo y percibirlo. Quizá sea prudente leer en esta línea las dificultades con que tropieza el psicoanálisis en estas patologías del consumidor: anorexias, bulimias, adicciones. Otra consecuencia. La caída de los Estados-nación, la universalización abstracta de los mercados, induce un repliegue de las identidades sociales en guetos definidos por un rasgo: lógica de guerra entre guetos. Los poseedores del rasgo están en guerra virtual o efectiva con los que no lo poseen, sin un tercero que arbitre o componga el trabajo de las fuerzas antagónicas.

La descripción de las consecuencias puede aterrarnos con su infierno conjetural. La presencia del mal, desde el punto de vista historiográfico, explica bastante poco, y acarrea consecuencias negativas. La versión conspirativa, por un lado, olvida que todas las épocas son duras -y que éste es un dato de nuestra condición-. Pero también bloquea la percepción y la lectura activa de lo emergente. En ciertas cosas, el diablo siempre es neutral. Sin embargo, la forma espontánea de percibir esta transformación tiene la manera de la pérdida. La distancia historiográfica permite pensar que estamos viviendo el agotamiento de una ficción y la presentación sin claridad discursiva de otro orden de ficciones: el Estado técnico-administrativo y su soporte subjetivo consumidor. En este sentido se entiende la pérdida de resonancia popular -o mejor, la ausencia de la supuesta resonancia- de la reforma de la Constitución. Esa Constituyente es el acta de defunción del Estado-nación y la partida de nacimiento del Estado técnico-administrativo propio de nuestra modernidad tardía -o de nuestra post-hiperinflación, post-estallido social, último avatar de la capacidad del Estado argentino de incluir a todos los habitantes como ciudadanos de nuestra nación-.

El agotamiento de una ficción viene con su cortejo de desencantados y cínicos, en el sentido menos griego de la palabra. Habitamos esas consecuencias subjetivas. El agotamiento desaloja las certezas colectivas en las que hasta ahora, mal que al, habíamos podido descansar. Los consultorios de análisis y demás asesores del alma están llenos de las consecuencias de estos procesos. La figura del consumidor sustituye a del ciudadano. La ley fundamentada en un pueblo de ciudadanos soberanos ya es ficticia. Emerge una ley fundada en otra ficción naciente pero oscura, que retroactivamente vuelve ficticia la legitimidad nacional de la legalidad constitucional. En el agotamiento ficticio de la verdad del ciudadano, el consumidor aparece como nueva fuente de razón y justicia.

¿Adónde conduce esto? ¿Cuál es la tendencia? La pregunta es pertinente; lo que no es pertinente es el discurso que se dispone a responder. Porque ya no se podría conservar la poción de historiador y vaticinar un destino para los procesos. ¿Desde dónde se "puede responder la pregunta? Pues desde un discurso que esté autorizado por sus propios procedimientos a prolongar las tendencias e investigar las configuraciones que pueden producirse en el límite de tal tendencia. Como futurólogo, entonces, se puede conjeturar una configuración posible. Pero no como historiador: allí, la única respuesta decente es depende; y ni siquiera a sabiendas del tipo de factores del que depende. Se responde con una indeterminación bien verdadera -que pese a su aspecto no es una evasiva sino un amado, una provocación-. Depende de lo que hagamos prácticamente los contemporáneos, en la medida en que no hay ningún futuro escrito en ningún cielo secreto. Depende de nuestro hacer, sin un sentido determinado de antemano, pero que no es un libre hacer incondicionado. Depende de lo que se haga con las condiciones. Porque son condiciones y no determinaciones. Resulta imposible no tomarlas en cuenta. Pero resulta cobarde asumirlas como determinaciones. En definitiva: depende.

Pero como es cortés responder las preguntas que se plantean, nos es lícito el juego ligero de la conjetura -siempre que se lo lea como un juego ligero-. Ligero pero serio, como cuando se jugaba en serio, es decir, de niño. Veamos. Las tendencias se dibujan en el papel. Un atalaya imaginario, un otero. Desde ahí espiamos un futuro potencial. Nos agrada imaginarnos que las tendencias desmedidas tienen freno en alguna sustancia humana que impide las consecuencias más desagradables. Nuestro sustancialismo se calma suponiendo que los expulsados en algún momento van a poner un límite eficaz. Nos resulta imposible imaginar la posible realidad de estas tendencias consumadas. Pero sigamos jugando. Supongamos que ninguna sustancia pone freno: sólo las acciones colectivas desvían, trazan nuevos recorridos. Para este humanismo un antídoto profesional, en la remota historia romana. Acotando el período al máximo, entre los siglos III a.C. y II d.C., tenemos que vérnoslas con cinco siglos de esclavismo. Pues bien, no podemos contar más que tres revueltas esclavas de alguna envergadura -y ninguna orientada a una anacrónica supresión de la esclavitud-. Tambalea nuestra suposición de que hay límites naturales. De persistir, uno puede entrar ya derrotado en la lógica de la derrota, de la piedad, de la victimización.

La soberanía no emana ya del pueblo sino de la gente. La gente ya no son los ciudadanos sino los consumidores. Si el consumidor se inviste como soberano, la ley será la ley de consumo. Tanto como decir que la ley de la oferta y la de- manda pasará de fantasmagoría categorial de una disciplina a legislación explícita de la nueva ficción. Suena a parodia, pero no es lo esencial. Suena a parodia para nuestros supuestos de un humanismo sustancial. Los consumidores se definen como imágenes: ontología popular de mercado. Ser es ser una imagen, un sentido ya saturado. Ser, entonces, es ser signo. El que no es signo no es. Qué es el que no es signo. Feimann advirtió que la divisoria pasa entre famosos e ignotos. El signo, según planteó Ulloa, es arrogante: se dispone a ser visto por todos y no mira a nadie. Del otro lado -de la pantalla, se entiende, que ya funciona como muralla-, los que no son signo, los humillados, los avergonzados, que se esconden para ver, pero que no pueden ser vistos -una mirada los atraviesa sin verlos, los anula-. Los que no son signos, entonces, son insignificantes. Y lo son en un doble sentido. Por un lado porque su ser está vaciado de significación. Por otro, por- que si el otro es ya de por sí signo, el insignificante no tiene el lugar que la tradición dialéctica le atribuía al siervo en el comercio del reconocimiento mutuo: no tiene que significar al arrogante, al famoso, que se significa solo. No es significante para otro significante: uno es signo; el otro, resto.4*

Ante tal visión, conviene dejar al futurólogo entretenido con sus tendencias, y regresar a la posición propia del historiador. Repasemos lo que ya tenemos. En estas condiciones, es decir, hoy -que es el lugar perpetuo en que ocurren las cosas- disponemos de estos términos. Una Constituyente sin repercusión que liquida nuestro maltrecho Estado-nación. Un nuevo habitante de la parte dogmática de la nueva Constitución: el consumidor, primera irrupción del nuevo soporte subjetivo. Un malestar que traduce el agotamiento histórico de lo que aprendimos a imaginar como sustancial. Una ficción que se nos agota ante los ojos, una ley todavía sin legitimidad y un espacio vacante para un nuevo principio soberano. Si no recaemos en el tiempo homogéneo supuesto por las tendencias, veremos que habitamos un tiempo de incertidumbre -en el conjunto de las condiciones agotadas no está dado lo que viene a sustituirlas-; un tiempo abierto entonces de creación -estos momentos de agotamiento son los momentos privilegiados de institución práctica de nuevas ficciones-. Un tiempo, en definitiva, de silencio -de oclusión o de epifanía, ya veremos-. Lo único que sabemos del futuro es que diferirá del presente.



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