¡Primavera soriana, primavera



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ORILLAS DEL DUERO

¡Primavera soriana, primavera


humilde, como el sueño de un bendito,
de un pobre caminante que durmiera
de cansancio en un páramo infinito!
  ¡Campillo amarillento,
como tosco sayal de campesina,
pradera de velludo polvoriento
donde pace la escuálida merina!
  ¡Aquellos diminutos pegujales
de tierra dura y fría,
donde apuntan centenos y trigales
que el pan moreno nos darán un día!
 

Y otra vez roca y roca, pedregales


desnudos y pelados serrijones,
la tierra de las águilas caudales,
malezas y jarales,
hierbas monteses, zarzas y cambrones.
 

¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía!


¡Castilla, tus decrépitas ciudades!
¡La agria melancolía
que puebla tus sombrías soledades!
  ¡Castilla varonil, adusta tierra;
Castilla del desdén contra la suerte,
Castilla del dolor y de la guerra,
tierra inmortal, Castilla de la muerte!
  Era una tarde, cuando el campo huía
del sol, y en el asombro del planeta,
como un globo morado aparecía
la hermosa luna, amada del poeta.
  En el cárdeno cielo violeta
alguna clara estrella fulguraba.
El aire ensombrecido
oreaba mis sienes y acercaba
el murmullo del agua hasta mi oído.
 

Entre cerros de plomo y de ceniza


manchados de roídos encanares,
y entre calvas roquedas de caliza,
iba a embestir los ocho tajamares
del puente el padre río,
que surca de Castilla el yermo frío.
  ¡Oh Duero, tu agua corre
y correrá mientras las nieves blancas
de enero el sol de mayo
haga fluir por hoces y barrancas;
mientras tengan las sierras su turbante
de nieve y de tormenta,
y brille el olifante
del sol, tras de la nube cenicienta!…
  ¿Y el viejo romancero
fue el sueño de un juglar junto a tu orilla?
¿Acaso como tú y por siempre, Duero,
irá corriendo hacia la mar Castilla?

 

 



Orillas del Duero es un conocido poema de Antonio Machado que podemos encontrar dentro de Campos de Castilla, publicado por primera vez en 1912.  Este escritor sevillano ha sido incluido dentro de diferentes movimientos por la variedad temática de sus obras pero Campos de Castilla puede considerarse plenamente noventayochista, ya que habla de España y de su preocupación por ésta. En él se refleja el paisaje típicamente español que es relacionado, así, con el poeta y con reflexiones sobre lo humano, la vida y la muerte.

Este poema es un retrato más o menos objetivo de las tierras de Castilla que envuelven el Duero y, a su vez, el poeta lo aprovecha para presentar camufladas sus sensaciones, tan parecidas a esas tierras en las que vive.

Externamente encontramos una composición formada por doce estrofas de versos heptasílabos y endecasílabos con diferente rima asonante. Internamente podemos dividirlo en dos partes principales: la primera (versos 1-25) es una descripción del paisaje, y en la segunda (versos 26-52) también se describe el paisaje pero se centra más en las orillas del Duero.

Empieza esta poesía con una aparente idealización de las tierras castellanas, describiéndolas como un sutil paraíso donde todo es paz y donde te puedes perder por el horizonte. Además, también el autor las ve como unas tierras que tienen un futuro, que en el día de mañana quizás den algún fruto (…donde apuntan centenos y trigales


que el pan moreno nos darán un día!).
Pero todo esto se rompe a partir del verso dieciocho ya que pasa de la descripción puramente física e indaga más dentro del espíritu de Castilla, donde sólo encuentra soledad y muerte, una tierra donde nada tiene sentido (¡La agria melancolía que puebla tus sombrías soledades!). Cuando llegamos a la segunda parte del poema (verso veintiséis), encontramos un cambio en la estructura ya que ya no es una mera descripción y se usan verbos predicativos para empezar una narración. Esta segunda parte se convierte en la descripción de un momento concreto, cuando la noche cae sobre el Duero, pero lo acaba como ha empezado, apelando, esta vez, al río que se pasea por las tierras de Castilla.

A parte de toda esta estructura basada en el paralelismo, lo que llama más la atención de Orillas del Duero es la exclamación, presente en todo el poema. Este recurso consigue darle más fuerza y representar también mejor el sentido de éste, así como los sentimientos del autor; lo mismo se consigue con el escaso uso de los verbos durante casi todo el escrito. También se tendrían que destacar las numerosas apóstrofes, apelaciones a los diferentes elementos de los que habla, como si se dirigiera a ellos, que nos muestran una estrecha familiaridad entre el poeta y la tierra donde vive (¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía!). Si nos paseamos más lentamente por todas las estrofas podremos notar el uso de diferentes recursos más minoritarios pero no por eso menos importantes: la personificación (cuando el campo huía del sol), usada para dar más vida y personalidad; algún epíteto (las nieves blancas) que consigue esa sensación de lirismo; y, quizás, también algo de pleonasmo (¡La agria melancolía que puebla tus sombrías soledades!) que ayuda a intensificar determinados momentos. Y, finalmente, tendría que destacarse la adjetivación. Una adjetivación ni demasiado abundante ni escasa, totalmente precisa, que se convierte en un factor esencial para crear esa sensación de belleza e integración en esos versos.



Todas las palabras se convierten en una emotiva descripción de los campos y lugares que conviven con Antonio Machado. Se muestra perfectamente la preocupación de un hombre que teme por su destino y por el de su tierra, tierra que quiere, pero en esos páramos sólo se encuentra a sí mismo y a la soledad, que le acompaña donde quiera que vaya. Un final fulminante se convierte en la clave de toda la poesía (¿Acaso como tú y por siempre, Duero, irá corriendo hacia la mar Castilla?). En él se refleja una de las grandes preocupaciones del escritor, el tiempo. Se plantea si su hogar será siempre así o, por el contrario, habrá un día en que su río, la vida, ya no pasee por donde durante muchos años antes había caminado.

 

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