“…Porque… para mí el arte, la literatura debe ser tal y tal y tal cosa y por ningún



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II) El canon, Emar y las relaciones entre ambos


Son muchas las alusiones (directas o indirectas) presentes en “Ayer” en relación al canon, y las maneras convencionales de entender el arte. Martin Heidegger sostiene al respecto: “…Las obras se hacen accesibles al goce artístico público e individual. Organismos oficiales toman a su cargo el cuidado y la mantención de las obras. Los conocedores del arte y los críticos del arte se dan que hacer con ellas. El comercio artístico cuida el mercado14”, así, puede señalarse que el canon es una suerte de apropiación de las maneras de ver el arte, efectuada por instituciones o personas particulares vinculadas a ella que, por lo general, suelen ser reacias a las propuestas innovadoras, o cuando menos, a su momento de irrupción.

Esto último, porque, cómo afirma Antonio Gramsci, “…el desarrollo de la renovación intelectual y moral no es simultáneo en todos los estratos sociales (…) Existen muchos “conformismos”, muchos combates por nuevos “conformismos” y combinaciones diversas entre lo que ya existe (…) y lo que se quiere hacer existir…15”.

Emar, consciente de ello (como ya se ha dicho), también entrega una definición bastante decidora de lo que constituye para él el canon, aunque utilizando el vocablo <>: “…Una verdad hallada, un ideal realizado, se conserva en la humanidad y se trata de darle todo su valor. Este valor conservado y continuado a través del tiempo, es lo que se llama tradición16

Pese a todo lo señalado hasta acá, es innegable el aporte que, en algún momento, significaron para el desarrollo de la literatura universal tendencias como el <>, el <> o el <>, bien sea por lo que constituyeron cada una de ellas por sí mismas, o bien por lo que permitieron proyectar hacia adelante. Lo que parece ser el objeto de la rebeldía de Emar y de todos los artistas que se atrevieron a realizar obras distintas, es la aceptación dogmática de las <> en boga en un período determinado, sólo por el hecho de estar asentadas y, en cierta medida, consagradas.

En relación a ello, complementa Antonio Gramsci, “…todos los hechos han sido <> (…) debemos combatirlos cuando ya no son racionales, es decir, cuando ya no son conformes a la finalidad sino que se prolongan por la viscosidad del hábito (…) si un tipo de vida, de acción o de pensamiento se ha convertido en <> en un ambiente, no lo es en todas partes y para todo el mundo (…) que, sin embargo, el hecho de que un tipo de vida , de pensamiento o de acción resulte ya irracional en un lugar determinado, es muy importante y debemos proclamarlo con todos los medios a nuestra disposición: así empieza a modificarse la costumbre…17”. Es que, al parecer, muchas de las defensas del canon imperante (en cuanto modos de construcción novelísticos vigentes), obedecían simplemente a mero acostumbramiento, a estar habituados a que el arte <> de una manera y no de otra, y a al hecho de sentirse descolocados al transgredirse esos márgenes impuestos por la convención.

En “Ayer”, se hacen presentes una serie de figuras que adoptan la postura de discursos canónicos, y que bien pueden considerarse como su representación, en cuanto cumplen funciones censuradoras al interior del texto (dentro de esta <


> que proponemos que exhibe la obra). A saber:

a) El padre de Juan Emar (personaje): Cuando hacia el inicio del séptimo y último capítulo de “Ayer”, el de la <>, se decide el patriarca a acompañar a su hijo y su mujer al momento de hacer éstos abandono de su casa, les dice: “…¡Hijos! ¡Aguarden un momento! Voy a encaminarlos algunas cuadras…18”. Con ello, puede decirse que instala (o pretende instalar), desde el inicio, cuál es el camino a seguir, cuál es el rumbo que debe alcanzar Juan Emar. Esta situación se acrecienta cuando, al hacerle el protagonista de la obra una acotación que parece de sentido común (no salir a pasear un sombrero de hongo en un día lluvioso), su padre le responde sin dejar espacio a refutaciones: “…No debes hacerme observaciones de ninguna especie…19”.

Así, estamos frente al discurso canónico por antonomasia. El discurso patriarcal de dominio, que busca imponerse por sobre el del hijo, el discurso de quien no acepta acotaciones de ningún tipo y que, tercamente, reitera en lo venidero, “…Te he dicho que no acepto observaciones; menos aún preguntas…20

Vale señalar la relación intertextual que Patricio Varetto advierte entre “El pájaro verde” de Juan Emar, y “El pájaro azul”, de Rubén Darío. Ello, porque en el texto del nicaragüense se patentiza un asunto que también se manifiesta en “Ayer”: la voz del padre como un ente censurador. “…Sé tus locuras en París. Mientras permanezcas de ese modo, no tendrás de mí ni un solo “sou”. Ven a llevar los libros de mi almacén, y cuando hayas quemado, gandul, tus manuscritos de tonterías, tendrás mi dinero21”, colecciona Varetto de la obra de Darío.

b) La Iglesia como institución: En el primer capítulo, en el del decapitamiento de <>, también se hace patente la concurrencia de un discurso avasallante: el discurso canónico de la institucionalidad tradicional, representada por el Arzobispo de San Agustín de Tango.

Así, el crimen por el que Malleco es recluido y finalmente decapitado es por hacer públicos los consejos que recibió, por dar a conocer a la comunidad que el goce está en el cerebro y no fuera de él. Lo expuesto por Rudecindo es, precisamente, lo que niega el canon representado por el <>, es lo que rehuye dicha institucionalidad: lo velado (lo oculto al ojo)22, lo que se aleja del discurso lógico que utiliza la autoridad eclesiástica en su alegato. Para él hay algo intransable, la libertad humana no puede exceder a Dios. Exacerbar los límites de esa libertad constituiría una ofensa imperdonable hacia él.

En este punto, también puede decirse que las palabras de la autoridad eclesiástica, “…¿Es posible que a un hombre se le devuelva la libertad por no haber ofendido directamente a un semejante y haber, en cambio, ofendido a Dios? ¿No es esto proclamar, establecer que el hombre, vil gusano, está por encima de Aquel que le dio la vida?...23”, son una muestra de temor, de incomodidad ante la eventual instalación (o <>, para ser justos con las palabras del beato) de una nueva doxa24, que eche por tierra todo cuanto conocían hasta entonces.

La Iglesia, cuando atisba un leve asomo de divergencia de opiniones entre sus miembros, recurre inmediatamente a la voz de mayor potestad, a aquella autoridad que no se puede objetar: <>. La voz irrebatible, dogmática, el postulado que no puede ser objeto de cuestionamientos.

Es sumamente significativo, en este sentido, que la aplicación específica de la pena sentenciada contra <>, sea la amputación. Así, puede decirse que, aquello que contravenga el discurso oficial, debe ser extirpado, eliminado de la sociedad.

Por otra parte, la figura de “Dios” no era tenida por Emar precisamente como la de alguien llano a la justicia o la libertad. Decía en sus “Diarios”: “…Él sabe el porvenir de su creación, sabe que pronto harán algo malo y que en vez de seguir en el papel de ser adorado, tendrá que convertirse en juez, en un juez símbolo de la injusticia, que castiga sus deseos en otros seres25”.



c) El entorno social de <>: Ante los consejos recibidos de parte de un amigo26 (del que tuvo la deferencia de no dar el nombre), y el sumo beneplácito que le acarrearon, <> se decide a propagar su felicidad, haciendo públicas las recomendaciones recogidas, a quien quisiera oírlas. No obstante, éstas no fueron tenidas en buena estima por todos los que las oyeron. “…Si es verdad que a muchos la idea les pareció bien y la adoptaron para su uso personal (…) no es menos verdad que a muchos, muchos, la cosa les parecía escandalosa, la juzgaban contra natura, la juzgaban práctica diabólica (…) hablábase a media voz de corrupciones, de licencias, de negras degeneraciones. La opinión pública entró a manifestarse. En los periódicos hacíanse alusiones entre líneas27”. Con estas palabras, Emar alegoriza28 la recepción que, más allá de la crítica especializada, realiza la sociedad misma frente a este nuevo quehacer, y que no siempre fue positiva (vinculado a que sea el receptor quien complemente el <> mediante su propio trabajo cerebral).

Las palabras de Hauser complementan esta teoría: “…El efecto sorprendente de las primeras exposiciones impresionistas no podía comprarse con nada que se hubiese experimentado nunca antes en toda la historia de la innovación artística. La gente sintió las pinturas rápidas y la carencia de forma de los impresionistas como una provocación29

Lo anterior, porque como sostenía ya en 1914 Juan Emar, “…Los hombres tienen una inteligencia y una voluntad propias y las masas formadas por esos mismos hombres tienen una inteligencia y una voluntad completamente diferentes…30”. Todo lo precedente, se verá reflejado en la recepción crítica de la obra de Emar, asunto que se tratará a continuación.



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